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«Todo sucedió a partir de aquella sonrisa escondida en sus labios. El alcohol desataba su lado divertido y sensual. No se daba cuenta de que con cada risa suelta, de que con cada mirada oscura que mostraba mi corazón se sacudía e iba en picada, directo hacia la locura.

Aquella taberna estaba tenue, se podía oler el humo del cigarrillo, el del licor, se escuchaba el murmullo de lo que parecía una conversación ajena, varias, de hecho; las mujeres en sus vestidos cortos y negros, con cabello recogido en una coleta y siluetas tipo guitarra entregaban tragos a los pescadores solitarios que iban a embriagarse al final de su jornada, los cantineros observaban atentos a cualquier situación, velando por el bienestar de las camareras... Eructos, besos en los rincones oscuros, manos que se escondían y colaban debajo de una falda corta, caricias, y gemidos también formaban parte del ambiente de aquel lugar, Claroscuro bar, la única taberna abierta ese día, un lugar de mala muerte… a pesar de ello, aquel sitio parecía ser perfecto.

Era perfecto porque ella estaba allí. Mis ojos besaban los suyos cada vez que ella me miraba con fijación, no podía evitarlo, me consumía rápidamente en el fuego de aquella mirada, me ahogaba en ellos sin sentir desesperación.

Tomé un trago, de repente tenía sed.Ella dijo algo y luego explotó en risas.

Tomé otro, aun mi lengua se sentía rasposa, pajosa, seca. Una muchacha de senos generosos se acercó a rellenar nuestras copas, le sonreí y creo que hasta le eché un cumplido, dos minutos después ella ponía una nota con su número de teléfono celular debajo de mi trago. Sora pareció haberse molestado. Se veía tan tierna y su rostro tan rosado. ¿Cómo podía estar celosa de una extraña? Además, ella era hermosa, más que todas las de la isla.

Volví a beber, no podía pensar en esas cosas, aunque, al final terminé diciéndole lo bella que estaba. Ella rió escondiendo aquella mueca detrás de sus manos. Parecía que me seguía el juego y no dudé en darle prolongación, era la segunda mitad de la prorroga de nuestro juego de amor no correspondido. O por lo menos del mío y esta vez no quiero perder.

¡Matt! recordé de golpe. Estaba coqueteando con la ex novia de mi mejor amigo y hermano. Rompía la primera regla no escrita, pero implícita en el código de mejores amigos. Sin embargo, justo como aquella vez, tan pronto recordé a Matt, el alcohol borró su nombre de mi mente, ahora solo importaba Sora. Solo ella»

-2-

Las reglas del juego.

Y más rápido de lo que pudo haber sido planeado, allí estaban: tumbados en la azotea de aquel barco, uno al lado del otro, con gafas de sol nuevas y ropa de vacaciones. Dormían la resaca de la última noche, obtenida en la taberna Claroscuro de Taiwán, aquella había sido su última parada en tierra firme, las próximas horas estarían en el mar, navegando rumbo a la pequeña y hermosa isla turística Phuket, destino final de aquel mini tour por las islas del pacifico norte. A la muchacha le habían recomendado el lugar y corrió con la suerte de encontrar pasajes económicos con pocas semanas de reservación.

Pese a que se sentía de lo peor por la resaca, Sora tenía un objetivo en mente ese día: poner reglas en el viaje. Podía sonar fastidioso, estaba segura de que Taichi se comportaría como un niño a quien su madre le obligaba a ponerse bloqueador solar en la playa. Odiaba tener que lidiar con él y sus arranques infantiles, pero, eso no le importaba en lo absoluto, más le preocupaba mantener al impetuoso, temerario y osado Taichi en calma y bajo custodia. Adoraba que fuese valiente y espontaneo, sin embargo, no era la primera vez que salían juntos de vacaciones, sabía muy bien de lo que él podía ser capaz y ahora no estaba Yuuko para prevenir que hiciera alguna locura.

—Debemos plantearnos reglas —dijo Sora, decidida.

—¿Reglas? —soltó con sorpresa, algo histérico— ¿Para qué reglas? —Justo como ella lo había previsto, él armaba un berrinche por esas tres simples palabras—. Estamos de vacaciones, Sora.

Ella suspiró. Quería mostrarse paciente, explicar de la mejor manera posible que sí era necesario poner los puntos sobre las íes, después de todo, él estaba saliendo con Paola y ella continuaba saboreando el amargo néctar de su despecho y abandono, no quería que surgieran malos entendidos o pasar un momento para nada grato.

—Es necesario tenerlas —continuó Sora—. Por favor, Tai. Yo también quiero pasarla bien, me sentiría más segura de que eso sucederá si hacemos reglas ¿sí? —Taichi chasqueó la lengua y blanqueó sus orbes, la ignoraba, esta vez no caería ante las peticiones de Sora— ¿Sí? —exclamó y puso voz suplicante.

—¿Por qué quieres reglas?

Sora frunció sus labios.

¡Y se atrevía a preguntar!

¿No le bastaba con lo ocurrido la noche pasada en Claroscuro bar, cuando intentó coquetear con ella y con las otras tres meseras de la taberna? Sabía que su cinismo se debía a aquellas copas demás, pero aun así, más le valía que recordara que ella estaba de viaje con él para alejarse de su vertiginosa y errada vida, no para agregarle más drama y problemas. Eso sin mencionar que prefería no caer en la garras de Taichi, Sora era consciente de que era un chico que se salía muchas veces con la suya, era guapísimo, carismático y encantador ¡Un adonis griego, con piel canela y ojos cafés! No, no podía darse el lujo de que viejos sentimientos renacieran, mucho sufrió a sus trece años. Porque sí, Sora, en algún momento de su pasado quiso a su mejor amigo, y mucho.

Pero ¿Quién podía amar a esa edad?

Ella. Ella amó, y fue decepcionante cuando supo que no la querían de la misma forma. Puso mucho empeño en algo que no se concretó. Estar sentada, haciendo arreglos florares, aburriéndose, mientras esperaba que Taichi se deshiciera de su balón de fútbol para que éste le llamara. Eso no era lo suyo y Tai nunca dio alguna señal de que ella le gustaba. Las cosas cambiaron, al final se enamoró de Matt, Tai volvía a ser su mejor amigo, nada más. Pese a ello, de todos modos, aunque no hubiera existido un Matt de por medio, a estas alturas del partido, ella no se hubiera atrevido a tener algo con él. Tai era un espíritu libre y jovial, ella un alma vieja y restringida.

—Tai, ¿estás para ayudarme o para liarme más? —preguntó en forma retórica.

—Está bien —respondió con tono cansino, resignado.

Ella le dedicó una amplia sonrisa llena de satisfacción:

—Ok. Regla número uno —dijo triunfal—: Nada de habitaciones compartidas. Debemos evitar eso de dormir en camas juntos y esas cosas incomodas. Ya no tenemos once años.

El chico la miró sin comprender. Enarcó una ceja y frunció un poco sus labios ¿Acaso era una broma?

—Oh, eso… ¿sabes qué? —Lucia fingidamente nervioso—. Es algo gracioso, pero, de eso iba a hablarte. Hubo una confusión con el registro y…

—¡Tai! —chilló.

—Es una broma —dijo dejando visible su dentadura—. Qué regla tan estúpida, nunca haría nada que tu no quisiera que sucediera.

«Ese es el problema» se dijo ella desde su fuero interior. Abrió sus ojos sin poder disimular su sorpresa. ¿Ella había pensado aquello? Seguro no en la forma que lo había interpretado ¿Cómo podía interpretarlo? Mejor dicho ¿Cómo podía no entender un pensamiento propio?

Un abrazador calor cubrió sus mejillas y cuello. Tomó el libro que venía leyendo y abanicó un poco su rostro.

—¿Te sucede algo? —preguntó él al notar nerviosismo en el rostro de su amiga.

—El sol —dijo sin más —. Hace calor —echó una risa nervosa. Él enarcó una ceja y miró hacia el cielo, las nubes cubrían las alturas, de hecho, estaba haciendo algo de brisa fresca, bajó su rostro y le miró como si ésta estuviese loca, o eso fue lo que Sora interpretó en su mirada—¡Regla numero dos! —alzó la voz en su afán de disimular aquel breve delirio—. No puedes ligarte a nadie.

—¡¿Qué?! —dijo él un tanto escandalizado.

—Anoche me sentí incomoda mientras le coqueteabas a… ¿Cómo se llamaba esa rubia con senos pornográficos?

Tai soltó una risa estoica. Ella le echó una mirada fría.

—Olvidalo. La cosa es que no puedes coquetearle a nadie, no es necesario decirlo otra vez.

—¡Bah! Sora, le quitas la diversión a todo.

—La regla aplica conmigo también.

—¡Ju! Y yo que pensaba flirtear contigo y luego llevarte a la cama. Tendré que rehacer mi itinerario de vacaciones —dijo con sarcasmo en su voz.

Sora le golpeó en el hombro. Taichi solo reía, las reglas de Sora eran ridículas, aun así las cumpliría, después de todo, ¡estaba allí para hacerla feliz! Y, ni siquiera había pensado en hacer aquellas cosas que ella había prohibido en un principio.

Él la atrajo hacia su pecho, le atrapó entre sus brazos y besó su frente:

—Tranquila, Sorita. Sólo hemos venido a divertirnos. Deja de preocuparte, ¿quieres?

—Aún faltan otras reglas.

—¿Más? —preguntó abrumado.

—Sí, la tercera regla es la que más me preocupa, sobre todo porque sé que sí lo harás, a menos que te lo prohíba.

—Ya, ya, ya. Dime.

—Nada de desnudos. Es totalmente inadecuado bañarse sin traje de baños. —Él echó una risa que no pudo contener. Sora le miró a los ojos y le apuntó con el dedo hacia el pecho, sin cortar aquel abrazo— No-me-digas-que-no-lo-habías-pensado.

—Ya sabes lo que dicen—volvía a jugar con el voluble humor de la pelirroja—, quien no exhibe no vende.

—¡Tai! —soltó con escándalo. Tuvo que tapar su boca y hundirse dentro de los brazos de Taichi, que aun la sostenía, para esconderse de las personas que habían girado a verle por semejante grito que pegó. Tai solo rodó sus ojos, sin borrar aquella gigantesca sonrisa de su boca.

—Está bien, prometo cumplir con tus reglas —dijo—. Relájate.

Pero ella no le escuchó del todo bien. Se sentía tan pequeña, aquellos brazos que la refugiaban le hacía sentir chica, insignificante, a la vez protegida y segura. Sus pómulos adquirieron un tono rosado y a su vez se sintieron calientes. No estaba avergonzada, aunque tampoco se trataba de una sensación que podía comparar con otras ya vividas, estaba segura que no podría describirla.

Él acariciaba su hombro, puso barbilla sobre la cabeza de su amiga y miró hacia el océano, aunque en realidad no lo contemplaba, estaba totalmente ido y sumergido en la nada de su interior.

Sora carraspeó y comenzó a alejarse. Suficientes abrazos por ese día. Tomó su libro, y volvió a tirarse en su silla, dispuesta a seguir leyendo.

—Regla número cuatro… —Sora sintió cómo le arrebataban el libro de sus manos.

—¡Hey! —exclamó.

—… no se puede leer. Estamos de vacaciones. Nada de libros ni de juegos como puzzle ni siquiera de Srcrabble.

—¿Venganza?

—Para mí leer es aburrido estando de vacaciones, no tiene gracia, así que está prohibido.

Ella le sacó la lengua y reviró los ojos. Él se limitó a sonreírle con esa sonrisa de galán de cine en la alfombra roja.


Siento lo corto que es. prometo subir el otro capitulo dentro de unos dos o tres dias.

Gracias por sus reviews y follows.

Los quiere, Genee~