Una discusión amistosa mantenía ocupados a Ana y a Reinhardt. Trataban de dar con la nacionalidad de un director de cine, y esto hacía que Mirembe no pudiese parar de reír.
«Es bonito saber que hemos unido a personas de todo el mundo», se dijo Angela al verles. Últimamente trataba de aferrarse a todos los buenos sentimientos que localizaba. Espontáneamente, Gérard entró en su campo de visión… recordándole que ella era la responsable de que un héroe como él estuviese siendo engañado. Sabiéndose culpable, martirizándose por haberlo colocado en aquella situación, se apartó de la conversación para utilizar su teléfono móvil. Abrió su e-mail y comenzó a redactar una confesión para limpiar su conciencia. Gérard tenía que saber la verdad…
«Y lo cierto es que esto no es una cuestión de sexo», escribió tras haber expuesto la situación a lo largo de varios párrafos. «Al día siguiente de haber sanado su pie, ella me invitó a un café. Estábamos la una frente a la otra, hablábamos y nos reíamos en esa cafetería parisina que jamás olvidaré… y yo disfrutaba porque hacía años que no me sentía tan bien en la compañía de otra persona. Es difícil de explicar, lo más racional que puedo decir era que su conversación me embelesaba: su perspectiva sobre la vida (sin duda altiva, pero enormemente cultivada), sobre nuestra sociedad (tanto la francesa como la suiza), sus conocimientos humanistas… Pero no era eso. No sé cómo decir lo unida que me sentí a ella sin frivolizarlo», dejó de teclear. Le había llegado un mensaje. Era de Amélie.
«Mon ange, mira en tu bolsillo», le decía.
Angela obedeció y palpó una tela suave y fina hecha un gurruño. No debía sacarla del bolsillo ante sus compañeros por nada del mundo, pues a juzgar por el tacto podía tratarse de la lencería de su amante. Su rostro se encendió y buscó la presencia de la francesa en el jardín: estaba sentada y sostenía una copa de champán con zumo de naranja; inclinó la copa hacia la doctora con la comisura de los labios sutilmente contraída en una perversa sonrisa que pretendía robarle el aliento.
Tuvo éxito.
La suiza trató de responder al mensaje… pero Amélie fue más veloz y le envió una fotografía.
—Herrje…! —exclamó. La bailarina había posado junto al piano antes de regresar con el grupo.
… y por lo que se veía en la imagen, Angela no se había equivocado al deducir que la tela de su bolsillo era la ropa interior que ella misma le había retirado a su anfitriona.
—¿Pasa algo? —preguntó Reinhardt. Él hablaba alemán y había comprendido la sorpresa en la expresión usada por la suiza.
—No, no… nada. Una avispa. Creí que me picaría —improvisó.
—Y quizá lo haga. No bajes la guardia, doctora Ziegler —intervino Amélie.
—Ah, sí… El año pasado acabé en el hospital por estas fechas debido a una picadura —agregó Gérard.
¡Gérard, ingenuo y afable! ¡Ajeno a la infidelidad de su esposa! ¡Dolía! ¡Dolía muchísimo!
«El e-mail…», se recordó Angela. Tenía que detener aquello.
«Tu esposa y yo desarrollamos una conexión ese día al tomar café. Había empezado mientras la sanaba, en aquella mirada fugaz que suplicaba compañía y comprensión. Eso es lo trágico, y también el único consuelo que te puedo ofrecer: no te ha traicionado por un capricho… nos amamos. Aquel día pasamos la tarde en esa cafetería. Charlábamos, reíamos; nos quedábamos profundamente fascinada la una por los pensamientos de la otra. Nos mirábamos a hurtadillas… no podía apartar la vista cuando ella fruncía los labios al apoyarlos sobre la cerámica de su taza. Pasaron las horas y el establecimiento cerró. Amélie me sugirió que durmiese en vuestra casa para no cruzar todo París por la noche, y yo decliné la oferta… porque antes de decirlo, ella había agarrado mi mano de un modo especial. Nuestros dedos no se entrelazaron, no nos acariciamos. No había nada tentador, nada que nos invitase a ir más allá… sólo un singular sentimiento de ternura que se oponía a la soledad. Lo opuesto a la oscuridad y al sufrimiento. Ni siquiera podía diagnosticarlo, ¡me aterraba porque en el fondo sabía lo que sucedía! Le dije que no por eso… así que ella me llamó al día siguiente».
A Angela le llegó otro mensaje.
«Di que vas al tocador, chérie. Yo diré que voy a la cocina. Necesito besarte», había escrito Amélie.
La doctora trató de centrarse en redactar el e-mail, pero aquella joven y caprichosa noble francesa no iba a consentir que la ignorasen.
«Tengo que morder el interior de tus muslos ahora mismo, doctora, es indispensable».
Angela intentó hacer desaparecer el mensaje deslizando el dedo de un lado a otro.
«De acuerdo… no me hagas caso. Eres demasiado inteligente como para no darte cuenta de que en realidad quiero vengarme… ¿Cómo te has atrevido a marcharte sin devolverme las bragas, rubita insolente?».
Contra su voluntad, la doctora sonrió. Lo hacía con cariño, con la certeza de que aquella broma privada («rubita insolente») era algo que ambas habían creado. Les pertenecía.
Era una de las muchas cosas que habían construido juntas.
Llegó otro mensaje. Era un corazón; Amélie había visto su sonrisa.
—Disculpadme… tengo que ir al baño.
