2
Brookline
Regina y Henry vivían en un edificio pequeño, con pocos departamentos, en la calle de Mifflin en Brookline. El vecindario tenía encanto por sí solo. Regina se había esforzado mucho en los últimos años para conseguir un buen nivel de vida para su hijo y ella. Hasta entonces, las cosas iban bien para los dos.
El departamento era pequeño, pero suficiente para madre e hijo, con tres habitaciones (una de las cuales una se había convertido en el estudio personal de Regina) en una sola planta, además de la sala, el comedor y la cocina. Era evidente el buen gusto de Regina en cada detalle. Las paredes blancas contrastaban muy bien con todo y el piso de madera siempre estaba pulido. El mobiliario fue elegido con sumo cuidado, algunos muebles compartían un estilo contemporáneo y otros tenían un toque clásico, como la silla Luis XVI con tapiz rosa pálido en la sala de estar. En el centro de la habitación, estaba el sofá, un love seat azul marino impecable, con cojines grisáceos. Delante de éste una mesita de centro color chocolate que Regina compró en un bazar por unos cuantos billetes y luego restauró ella misma. Y al fondo de la habitación, un mueble del mismo tono, sobre el cual estaban la pantalla, el X-Box y el DVD. En un estante, al lado, lucía la colección de películas de Regina y Henry; las de ellas todas de corte tipo comedia romántica y las de él de Disney.
A lo largo de una pared de la habitación había un librero de madera blanca con un montón de libros de todo tipo: literatura clásica, literatura moderna, recetas de cocina, libros de viaje, libros de diseño textil y en una sección especial estaban los libros para niños de Henry. Regina también conservaba los libros de arquitectura, en uno de los estantes del librero, por encima de todos, que habían sido de Daniel.
Algunas fotos decoraban la pared. En casi todas estaba la carita de Henry, en diferentes etapas de su vida. En otras aparecía con su madre. Y, en el centro de la sala, en el centro de todo, una fotografía enmarcada en un lienzo especial donde aparecían los tres: Regina, Daniel y Henry.
En una esquina de la sala, debajo de una ventana, estaba una tornamesa que Regina nunca usaba realmente, excepto como un mueble más, hermoso y elegante, para colocar unas macetitas con cactáceas. Ahí, apilados, estaban los álbumes de vinil que su padre le había dado alguna vez como herencia en vida. Ella sólo los conservaba por el valor emocional, nunca se daba el tiempo para escucharlos realmente.
La cocina era quizá el lugar donde Regina pasaba más tiempo luego de su propio estudio, pues como buena amante de la comida, también era excelente guisando. Regina era la reina de las tartas de manzana. Todo mundo lo decía. Si bien la cocina no era demasiado grande, cada cosa estaba en su lugar. Sobre las paredes de mampostería de ladrillo blanco, estaban los gabinetes de madera oscura, en medio del espacio, una mesa de madera que servía muchas veces de desayunador con sus respectivos bancos. La nevera era grande y siempre estaba llena. Algunos jarrones con flores también adornaban el espacio de la cocina. En una esquina estaban los entrepaños donde Regina guardaba la despensa, como los cereales y algunos especieros.
La casa entera era un refugio para ella. Era la fortaleza que proporcionaba estabilidad y seguridad para su niño.
Después de ese almuerzo con los "extraños" del parque, Regina, Henry y Perdita regresaron a casa. Enseguida, Henry se lanzó a los videojuegos. Regina sólo le permitía una hora al día, así que mientras el chico se sumergía en ese mundo que sólo él parecía controlar, ella fue al suyo. Se metió a trabajar en su estudio a dibujar. Desde hacía un par de meses trabajaba en la colección de otoño de ese año. Debía tener los bocetos listos para el lunes y eso la tenía muy nerviosa. Sabía que el trabajo estaba ya terminado, pero nunca dejaba de reparar en detalles y corregir como una loca compulsiva. Con Chopin de fondo.
Regina fue a la universidad de Boston y estudió Arte. Allí conoció a Daniel, un estudiante de Arquitectura. Ambos se enamoraron perdidamente. Su relación fue perfecta, con sus detalles minúsculos, como que a él no le gustaba el verano y a ella sí. Salieron durante un año y justo el día de su graduación, Regina descubrió que estaba embarazada. Sin duda fue algo inesperado y poco conveniente, su carrera ni siquiera había empezado. Siempre quiso hacer una residencia artística en París, pero con el bebé ya no fue posible. Sin embargo, pese a sus miedos, Daniel la apoyó en todo momento. Para él era muy importante que ella cumpliera sus sueños. Él le pidió matrimonio. Fue de una forma esporádica, sin mucha ceremonia. Así, con Daniel de su lado, Regina enfrentó a sus padres (especialmente a su madre), y finalmente dio la noticia de que estaba esperando un bebé.
Cora, su madre, fue dura con Regina. En todo momento le hizo saber que estaba profundamente decepcionada de ella. Tener un hijo fuera del matrimonio no era algo de lo que podía enorgullecerse. Sin embargo, Henry, su padre, con todo lo comprensivo que siempre fue, dio a Regina y a Daniel su bendición.
Ambos, jóvenes y emocionados, se mudaron a un pequeño departamento en East Boston, que si bien no era un barrio lujoso, no era del todo malo. Planearon casarse a finales del mismo año, pero la fecha se pospuso. Daniel salió del país un par de meses por su trabajo y Regina pensó que lo mejor era esperar.
Entonces, nació Henry. Desde el primer momento en el que Regina tuvo a su hijo entre sus brazos, supo que todo había valido la pena. Aquello no podía ser una decepción como Cora había dicho. Por el contrario, era lo mejor que le había pasado en la vida.
Daniel estaba muy emocionado también. Su pequeña familia se convirtió en el centro del universo. Él trabajó aún más duro y siempre esperanzado en que las cosas irían bien.
Durante el primer año de Henry, Daniel consiguió un par de ascensos. Todo marchaba a favor, tanto así que Regina pensó que en cuanto el bebé ingresara a la guardería ella regresaría a pintar, a moverse en las galerías y a ponerse al día con el mundo del arte. Ansiaba tanto poder hacerlo, aunque no se quejaba: Henry era toda una aventura.
Y el accidente sucedió. Una noche, los tres regresaban de una cena en casa de los padres de Regina. Llovía a cántaros y la carretera se llenó de una neblina especialmente densa. En la parte trasera del auto, en la sillita especial, viajaba Henry. Daniel conducía, mientras cantaba canciones para niños haciendo caras por el espejo retrovisor para que Henry se riera. Regina los observaba con una sonrisa; no quiso decir nada, pero estaba nerviosa: la carretera se extendía como un abismo. El mal tiempo estuvo en su contra. Tras una curva, las llantas del automóvil derraparon sacándolos del camino. Daniel intentó volantear y recuperar el control del automóvil, pero éste no respondió y terminó estrellándose en un árbol. Regina quedó inconsciente al instante. Cuando la ambulancia y la ayuda llegaron, encontraron a Henry atrapado entre los brazos de su padre, llorando desconsolado. Daniel se había interpuesto entre una rama y el bebé. Murió salvando la vida de su hijo.
Regina estaba segura de que sólo pudo reponerse al dolor por Henry. De otro modo, ella se habría dejado morir también. Esa pequeña familia que juntos habían comenzado de pronto quedó fragmentada, de una forma insoportable.
Vivir sin Daniel fue una pesadilla, ella debió regresar con sus padres, quienes la ayudaron en los días más terribles. Durante los primeros días, Regina no pudo salir de la cama, sumida en la profunda depresión. Su madre la ayudaba a vestirse y cuidaba de Henry. Algunas veces creía que aquello no había pasado, que Daniel seguía vivo y que si se dormía al despertar lo vería allí, como siempre, sonriendo, quizá acunando a su pequeño hijo.
Cora se ablandó. Fue inevitable. Pese a que nunca aprobó lo de Regina y Daniel, se comportaba como una abuela amorosa. Quería a su nieto y le dolía ver a su hija así.
Pero una noche, Regina soñó a Daniel. Era la primera vez después del accidente. Éste, en su sueño, le dijo una sola cosa: "Henry te necesita". A la mañana siguiente, Regina se rehusó a tomar los antidepresivos que el doctor había recetado. Decidió que se mudaría a un departamento, sola con Henry, y comenzarían todo de nuevo. Aunque sus padres eran una ayuda gigantesca, sabía que criar a su hijo sería su trabajo. Regina viviría para Henry y sólo para él. Desde la muerte de Daniel eso quedó muy claro. En el mundo estaban solos los dos.
Así fue. En un inicio fue difícil y doloroso. Regina se mudó con su bebé de seis meses a un departamento pequeñísimo. Por supuesto que lloraba algunas noches. Pensaba en el futuro, constantemente, y sentía mucha rabia: el destino había querido que su hijo creciera sin un padre y ella sin un marido, una pareja, alguien a quien contarle si su día había sido bueno o malo, alguien que la acompañara durante las noches y la abrazara por las mañanas. Simplemente su alguien.
Pero el tiempo pasó. Regina estaba segura de que sus heridas nunca cerrarían. Del accidente le quedó una cicatriz en el labio superior y muchas otras más, no visibles, en su interior. Pero Henry había salido ileso y creció, hermoso y sano.
Gracias a sus cualidades como dibujante consiguió buenos trabajos en revistas y periódicos que le permitían pasar tiempo en casa. Así fue como un día, cuando Henry recién comenzaba el prescolar, que la contrataron en una importante firma dedicada al diseño de modas. Y desde entonces trabajaba allí, convirtiéndose en una de las diseñadoras de más confianza de la firma.
Aunque no era lo que le apasionaba, a Regina le gustaba su trabajo. Además, le permitía pagar sin problemas las cuentas y mantener a su hijo de una forma, aunque no lujosa, sí estable. Procuraba a Henry en todo sin malcriarlo.
Henry fue un niño independiente desde que comenzó a caminar. Aprendía muy rápido y su inteligencia maravillaba a su madre. A sus diez años era un fiel lector y amante de los videojuegos. También de los animales. Era un niño amoroso y compasivo, lo cual tranquilizaba a Regina en muchos sentidos.
Henry tenía mucho de Daniel: la forma y el color verde de sus ojos, el cabello castaño y desordenado, la sonrisa y algunos de sus gestos. Regina procuraba decírselo siempre que el niño preguntaba cómo había sido su padre.
La vida de Regina y Henry era de lo más normal. Hasta que un día, Emma, la mejor amiga de Regina y madrina de Henry, llegó al departamento con una cajita roja especial en las manos. Se trataba de un regalo especial para su ahijado: Perdita.
A Regina siempre le gustaron los animales, pero no estaba segura del todo. Henry aún era un niño pequeño al que debía cuidar y no quería cargar con otra responsabilidad más. Pero Perdita se ganó a Regina en el primer segundo que la miró a los ojos.
Desde entonces así era su pequeña familia. Y la disfrutaba y amaba con locura.
Henry jugaba videojuegos en la sala cuando de pronto se escuchó el timbre. Perdita dormitaba en su propio cojín al fondo de la habitación y en cuanto escuchó el sonido levantó las orejas en señal de alerta.
Regina estaba ensimismada en su trabajo y Chopin era tan envolvente que no escuchó el timbre. Henry sabía que no debía abrir la puerta sin el consentimiento de su madre, sin embargo corrió a hacerlo de todos modos.
—¡Henry, cariño!
Henry arqueó las cejas, sorprendido. En la puerta le sonreía una mujer de ondulado cabello cobrizo, ojos profundamente azules y sonrisa grande.
—Zelena, ¿qué haces aquí? —preguntó el niño un poco confundido.
—Vaya, qué manera de saludar a tu tía, querido —respondió Zelena sin dejar de sonreír.
—Oh, quiero decir… ¿cómo estás, tía Zelena?
—¿Está tu madre? —preguntó Zelena echando una mirada hacia el interior.
—Sí, en su estudio —dijo Henry quitándose del camino.
Zelena esbozó una sonrisa y entró en la casa con su forma de caminar de siempre. Llevaba un ajustado vestido negro con un escote sugerente. Dejó su bolso y abrigo en el perchero y miró toda la habitación de forma rápida. En cuanto Perdi la notó, se sentó sobre sus patas traseras, muy atenta, pero sin emitir ningún sonido.
—Mamá está trabajando, pero…
—¿Zelena?
—Hola, hermanita, ¿cómo estás?
Regina había escuchado las voces de Henry y Zelena y salió de su estudio. Llevaba las gafas de pasta negra todavía puestas y en cuanto vio a su hermana se las quitó.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Regina con el mismo gesto que Henry había hecho.
—Oh, vaya, ¿qué no puedo visitar a mi hermana menor?
Zelena y Regina siempre fueron muy diferentes, en todos los modos posibles. Zelena era mayor que Regina por dos años y dos meses. Había heredado el cabello ondulado y rojizo de su madre, así como su terminante e inexorable carácter. Desde muy pequeña, Zelena conseguía todo lo que se proponía. Estaba acostumbrada al éxito. Era buena en cualquier cosa. Sus grandes y expresivos ojos azules resplandecían cada vez que obtenía un diploma, trofeo o medalla. Cora, su madre, no podía estar más orgullosa de ella. Era la hija que siempre deseó: sin temor al fracaso. Cuando Regina nació, su hermana ya estaba triunfando en la guardería de infantes. Por lo que toda su vida se vio marcada por los constantes éxitos de Zelena. Regina era mucho más parecida a Henry, su padre, tanto físicamente (de él heredó los ojos marrones y el cabello oscuro) como en personalidad. Regina siempre fue una niña noble y tranquila, atraída por la lectura, los animales y los juegos de té y, aunque nunca cuestionó la autoridad de su madre, ni en sueños podía seguir el ritmo de Zelena. Sin embargo, desde muy temprana edad, Regina mostró habilidad y empatía por las artes, podía pasar horas dibujando o coloreando. Su padre fue su principal entusiasta desde entonces, apoyándola siempre y alentándola a que siguiera haciéndolo.
Zelena, a diferencia de Regina, fue a la universidad de Yale y se graduó en Leyes. Era dueña de su propio bufete de abogados y aunque nunca tenía una pareja estable, siempre se rodeaba de gente importante e influyente, como ella. En su proyecto de vida no estaba el tener hijos, en lo absoluto.
Aunque Zelena nunca fue una tía muy cariñosa, la noche del accidente se quedó despierta, toda la noche, cuidando del sueño de Henry en el hospital. Regina no tenía una relación especialmente estrecha con su hermana, pero siempre agradeció ese gesto, y muchos otros más, de su parte.
—No deja de ser sorprendente que hayas venido a visitarnos, ¿quieres tomar algo? —dijo Regina mientras se dirigían a la sala de estar.
—¿Todavía tienes esa sidra de manzana? —preguntó Zelena sentándose en el sofá.
—Sí, por supuesto —sonrió Regina yendo hacia la cocina donde tenía un pequeño gabinete con los tragos "fuertes".
Henry apagó la consola de videojuegos y se dirigió a su habitación. Perdita lo siguió. A Zelena no le gustaban los animales y la dálmata podía sentirlo.
Regina regresó de la cocina con dos copas de sidra de manzana. Extendió una a su hermana y ella se sentó en el otro extremo del sofá.
—Conque todavía tienes a ese perro —dijo Zelena bebiendo de su copa.
—En realidad es hembra —corrigió Regina un poco incómoda—. Y sí, sigue siendo nuestra.
Zelena esbozó una sonrisa forzada, dejó su copa de sidra sobre la mesita de centro y miró a su hermana con curiosidad.
—Bueno, cuéntame, ¿cómo va tu vida?
Regina no sabía qué responder. Su hermana nunca aparecía así como así. Pocas eran las veces en que se veían realmente. Algunas veces en el Día de Acción de Gracias o en Navidad, siempre y cuando Zelena no tuviese una pareja en turno. Y, de pronto, así como así se sentaba en su sofá a preguntarle cómo iba su vida.
—¿Cuándo fue la última vez que nos vimos? —preguntó Regina con suspicacia.
—No lo sé… ¿dos meses?
—Un año, Zelena.
—No puede ser. Exageras.
—Nos vimos en el cumpleaños de papá. Estuviste como una hora y luego te marchaste porque tenías un vuelo a Madrid.
—Gajes del oficio —respondió Zelena bebiendo de su copa—. Ya sabes, no puedo quedarme quieta en un solo lugar. Pero dime, ¿qué hay de ti?, ¿cómo van las cosas?, ¿sales con alguien?, ¿cómo se llama?
Regina entendió de pronto las intenciones de su hermana. Dejó su propia copa en la mesita de centro y se aclaró la garganta.
—No estoy saliendo con nadie, Zelena.
—¿En serio? —preguntó Zelena con incredulidad—. ¿Desde hace cuánto?
—No lo sé… ¿tres años?
—¡No puede ser!
Al parecer esa era la frase favorita de Zelena. Siempre lo decía cuando Regina decía algo que le parecía irreal o ridículo.
—Sí, así es —asintió Regina con un suspiro—. ¿Y tú?, ¿cómo va tu trabajo?
—Fabuloso —respondió Zelena con rapidez—. Pero, dime, ¿algún prospecto en tu vida?
—No.
—Maravilloso —sonrió Zelena con ese gesto que la hacía parecerse más a su madre y dio un trago largo a su copa.
—¿Qué?, ¿qué es maravilloso? —preguntó Regina confundida.
—Te he conseguido una cita —dijo Zelena develando el verdadero propósito de su intempestiva visita.
—¿Qué tu qué?
Regina no podía creerlo. Su hermana lo había vuelto a hacer. No era la primera vez que le arreglaba una cita con un hombre completamente desconocido o ajeno a ella. Zelena tenía la idea de que Regina necesitaba a alguien para ser feliz. "Eso de ser madre soltera te hace ver aburrida", solía decirle con frecuencia.
—Mamá me contó que hace tiempo que no tienes una cita real, no desde el policía aquél —dijo Zelena hablando con muchos aspavientos.
—¿Mamá te dijo eso? —preguntó Regina sin poder creerlo.
—Sí, la visité la semana pasada, ¿te lo dije?
—No, Zelena. Tú nunca me dices nada.
—En fin, ella me dijo que le preocupa tu encierro. Que deberías salir más. Entonces, te he arreglado una cita con un amigo mío. ¡Oh, va a encantarte!
No, eso no podía ser posible. Zelena no se caracterizaba por buscar los mejores partidos para su hermana. La última vez quiso presentarle a un socio suyo, un hombre mucho mayor, con una hija de la misma edad de Regina, llamado Leopold que se notaba a leguas que era un rabo verde. Por fortuna a Henry le dio varicela y Regina tuvo la excusa perfecta para cancelar. Curar la comezón y atender la fiebre de su hijo fue mil veces mejor que cenar con un viejo frívolo y pretencioso del que no sabía nada.
—No estoy muy segura de eso —dijo Regina levantándose del sofá con un poco de fastidio—. ¿Por qué mamá cree que necesito salir con alguien?, ¿por qué tú lo crees siquiera? Estoy bastante bien con mi vida como es ahora.
—Oh, Regina, tú siempre te tomas todo a mal —dijo Zelena con desgana—. ¿Por qué siempre tienes que ser así?
—¿Cómo así?
—¡Así!
Regina se cruzó de brazos y soltó un suspiro. Debía tener mucha paciencia con Zelena.
—¡Tienes que vivir! —exclamó Zelena con una sonrisa—. Diviértete. Toma riesgos. No sé… debes ser un poco más…
—¿Cómo tú? —inquirió Regina enfadada—. ¿Acaso has olvidado que tengo un niño de diez años que aún tiene una hora de dormir? No tengo tiempo para salir y regresar antes de esa hora.
—Vaya, ya vas a comenzar —Zelena puso los ojos en blanco—. Eres una mamá, no una monja, ¿sabes?
Por un momento, sólo un breve momento, Regina pensó que su hermana tenía razón. Su última relación verdadera había sido hacía un par de años. Y fue precisamente con Graham, el policía aquél, como Zelena y su madre lo llamaban.
Regina conoció a Graham gracias a Emma. Graham no era policía, era un agente de fianzas, igual que Emma. Las cosas con él fueron bien durante casi un año. Graham era un hombre atractivo y simpático, tenía una buena relación con Henry lo cual era primordial para Regina y era un excelente compañero de cama. Sin embargo, ella nunca sintió una conexión verdadera con él. Parecía que la relación sólo se había basado en lo sexual. Pero, por supuesto, Regina no iba a contarle eso a su hermana. No le tenía suficiente confianza como a Emma.
Las cosas terminaron cuando debieron terminar. Regina lo echaba de menos de vez en cuando, cuando se sentía verdaderamente sola.
—Está bien —dijo Regina de pronto.
Zelena casi se ahoga con la sidra y dejó la copa sobre la mesita con una expresión boquiabierta.
—¿Estás aceptando? —preguntó la pelirroja casi sin creerlo.
—Sí, supongo —asintió Regina—. Sólo si me dices quién es y qué hace. Y también si me prometes que no será horrible.
—En lo absoluto —dijo Zelena aparentemente entusiasmada—. Su nombre es Sidney.
-x-
El mismo sábado por la tarde, Regina y Henry fueron al cine. Acordaron encontrarse allí con Emma. Henry había rogado a su madre durante toda la semana que fuesen a ver la nueva película de Iron Man. Así que ahí estaban.
Emma los esperaba muy cerca de la taquilla. La rubia vestía una chaqueta de color azul eléctrico que llamaba la atención. En cuanto Henry la vio echó a correr a su encuentro.
—¡Emma! —exclamó el niño abrazándose a su madrina.
—¡Hola, niño! —sonrió Emma—. ¿Qué te da tu madre de comer que cada vez estás más guapo?
Henry sonrió. Emma nunca lo trataba como a un niño realmente. Para ella Henry era un pequeño adulto.
—¿Llevas mucho tiempo aquí? —preguntó Regina saludando a su amiga con un abrazo.
—En realidad no. ¿Estacionaste muy lejos?
—Sí, la ciudad enloquece los sábados por la noche —respondió Regina.
—Ya sabes: las fiestas y esas cosas de las que no sabrás hasta dentro de diez años —dijo Emma mirando a Henry.
Ambas compraron un gran tazón de palomitas y unas sodas. Entraron a la función justo a tiempo.
Emma y Regina se conocieron justo cuando Regina se mudó con Henry después de la muerte de Daniel. Eran vecinas de departamento y alguna vez Emma llevó a Regina al trabajo cuando se hacía tarde. De pronto, de la noche a la mañana, ambas se hicieron amigas. Regina bautizó tarde a Henry, cuando estaba cerca de los dos años y para entonces Emma había demostrado ser una mejor amiga que cualquier otra que hubiese tenido. Así que se convirtió en la madrina del niño.
Antes de que comenzara la película, mientras Henry comía palomitas entretenido en los anuncios previos, Regina contó a Emma sobre su próxima cita planeada por Zelena. Emma, sorprendida, echó una risotada.
—¿Y dijiste que sí? —preguntó la rubia con un gesto de burla.
—Aún no sé por qué —respondió Regina triturando una palomita con los dientes.
—Quizá porque ya es hora —siguió Emma encogiéndose de hombros—. ¿Y qué tal?, ¿es guapo?
—No lo conozco.
—¿Qué? —exclamó Emma y casi tuvo que recordarse que estaban en el cine—. ¿Una cita a ciegas?
—Algo así —dijo Regina, indiferente—. ¿Crees que eso sea tan malo?
—Bueno, es una cita a ciegas… —dijo Emma pensativamente.
—A veces dudo de que mi hermana me quiera, ¿sabes? —dijo Regina, divertida—. Aparece sólo para conseguirme una cita con un hombre desconocido.
—Míralo así: si no te gusta puedes huir.
—¿Cómo?
—Yo lo he hecho un montón de veces —dijo la rubia como si nada—. Te paras ahí, fuera del restaurante, ves al tipo en cuestión y si no te gusta te marchas. Luego llamas para disculparte y listo.
—¿Eso es… legal? —preguntó Regina sin encontrar la palabra adecuada.
—Legal sí. Un poco canalla también.
Regina sonrió y movió la cabeza sin remedio. Henry estaba tan entretenido con los comerciales y las palomitas que nunca se dio por enterado.
-x-
La semana pasó de largo para Regina. Estuvo enfrascada en el trabajo que no se dio cuenta de cómo pasaron los días.
La firma para la que trabajaba era una de las grandes en todo el país. El ambiente en el despacho era muy bueno. Excepto cuando la presidenta del grupo hacía aparición: Madame Feinberg.
La mujer era un genio en la industria del diseño de modas. Las mejores revistas recomendaban su trabajo y ella lo sabía. Estaba consciente del poder que tenía y lo explotaba, así como a sus empleados.
Regina trabajaba en el departamento de diseño. Su compañera de cubículo era una chica llamada Ruby, quien vestía siempre de una forma un poco exótica y cambiaba constantemente el tinte de su cabello. Regina y Ruby se llevaban muy bien pese a ser muy distintas. En el trabajo, Regina siempre vestía con mucha clase, sin llegar a ser aburrida. Cuando contaba que tenía un niño de diez años casi nadie le creía.
Cuando el viernes llegó, Regina apenas si recordaba lo de la cita. No fue sino hasta que se encontró con su vecina, Belle, en el lobby del edificio que lo recordó.
—Hola, Regina, ¿a las siete te parece bien? —dijo Belle, una muchacha de unos veinte años que vivía en el departamento de abajo y solía ser la niñera de Henry cuando Regina no estaba.
—¿A las siete? —preguntó Regina revisando la correspondencia que había sacado del buzón—. ¿Qué hay a las siete?
—Ehm… ¿Henry? —dijo Belle esbozando una sonrisa.
—¡Oh, claro! —recordó Regina apresurada—. Lo había olvidado. Sí, a esa hora está bien, Belle.
—Bien. Hasta entonces.
Regina subió las escaleras hasta su departamento casi corriendo. Henry estaba leyendo un libro echado de bruces sobre la alfombra de la sala, Perdita estaba a su lado con la cabeza apoyada sobre la espalda del niño.
—¡Hola, mamá! —exclamó Henry sin apartar los ojos de su libro.
—¡Hola, cariño! —respondió Regina corriendo hacia su recámara, quitándose el saco y los zapatos altos en el camino.
—Sí, se le hizo tarde —afirmó Henry para sí mismo, continuando con su lectura.
-x-
Regina llegó diez minutos tarde al restaurante. La cita fue arreglada por Zelena, así que ella no tuvo que elegir qué tipo de cena sería. Se vistió de forma semi formal, con un vestido negro ajustado a sus piernas, de mangas descubiertas y sencillo corte circular en el cuello. Usó tacones semi altos y encima llevaba un abrigo azul rey.
La especialidad del restaurante era la comida árabe. Regina estaba a punto de entrar por la puerta principal cuando pensó en las palabras de Emma: podía echar un vistazo antes y arrepentirse a tiempo. Pero no lo hizo. Una cita era una cita.
El mesero recibió a Regina. El restaurante tenía una atmósfera tranquila y acogedora. Ella le entregó su saco y dio el nombre de Sidney Glass. El mesero la condujo hasta la mesa. Regina caminó un poco nerviosa hasta llegar donde un hombre moreno, con el pelo cano, le sonreía.
—¿Regina? —preguntó éste, extendiendo la mano.
—Hola, Sidney, gusto en conocerte —respondió Regina correspondiendo al saludo.
—El gusto es mío —dijo Sidney verdaderamente fascinado.
El mesero les dio las cartas y luego los dejó solos. Regina miró nerviosamente alrededor. Sidney no parecía ser tan malo, pero sin duda no era lo que esperaba. De nuevo, Zelena había pensado que un hombre mayor era lo que ella necesitaba. Sin embargo, parecía gentil y la comida se veía buena, así que Regina decidió quedarse.
—¿Te parece si pedimos algo de beber? —preguntó Sidney mirándola con una sonrisa.
—Sí, claro —respondió Regina un poco a la ligera.
Sidney indicó al mesero lo que debía traer. En cuanto las bebidas llegaron comenzó la verdadera charla.
—Así que… diseñas vestidos, ¿cierto? —siguió Sidney.
—Sí, ese es mi trabajo —respondió Regina.
—Zelena me contó todo de ti —dijo Sidney con un entusiasmo exacerbado.
—Oh, ¿en serio? —a Regina no pareció gustarle la forma en que él dijo eso.
—Sí, me ha contado lo talentosa que eres.
—Bueno, es mi hermana —sonrió Regina ligeramente sonrojada.
La charla no fue del todo mala y la cena fue deliciosa. Sidney conocía muy bien de cocina árabe, pues descendía de una familia oriental. Sin embargo, antes del postre, Regina sabía que aquella cena no iría a otro nivel. Sidney simplemente no era el tipo de hombre que estaba buscando. Era un inversionista con tres divorcios en la lista, los cuales no tuvo reparo en detallar a Regina. Parecía ser el ejemplo perfecto de un soltero amante de la vida nocturna y de las mujeres. Además, era alérgico al chocolate. Se lo dijo al mesero cuando pidió que a sus ghribat se lo quitaran.
—No te ofendas, pero nunca antes conocí a alguien alérgico al chocolate —dijo Regina, divertida.
—Oh, sí, me hincho como pez globo —rio Sidney.
—A Henry, mi hijo, le parecería una locura siquiera —siguió Regina, bebiendo de su taza de café.
—¿Tu hijo? —preguntó Sidney con curiosidad.
—Sí, él ama el chocolate —respondió Regina, todavía divertida—. No podría imaginarse que existan personas alérgicas a eso.
—No sabía que tenías un hijo —dijo Sidney de pronto, con un gesto que parecía más asustado que sorprendido.
—Oh… —Regina reparó de pronto en el detalle— Zelena no te lo dijo, ¿cierto?
—No, nunca —negó Sidney un poco nervioso.
—Así es, SIdney —dijo Regina, con todo el orgullo de madre—: tengo un hijo de diez años. Soy madre soltera.
—Eh… eso es… maravilloso, supongo —dijo Sidney intentando aparentar que la idea le agradaba, pero Regina notó inmediatamente que no era así.
En cuanto llegó la cuenta, Sidney la tomó y pagó enseguida. La situación se había tornado incómoda. Ambos se levantaron de las sillas, tomaron sus abrigos en recepción y salieron del restaurante. La noche arrojaba un viento frío y el ruido de los autos ayudaron a aminorar la tensión.
—Regina, ha sido un placer —dijo Sidney extendiendo la mano hacia ella.
—Igualmente, Sidney —respondió Regina, con un apretón de manos rápido.
—Supongo que… —comenzó a decir Sidney— ¿nos hablaremos luego?
—Sí, tal vez.
Ése fue un no, un absoluto y rotundo no. Sidney esbozó una sonrisa nerviosa y desapareció al final de la calle. Regina dio la vuelta y caminó por la acera hacia el estacionamiento donde había dejado su auto. Metió las manos en los bolsillos de su abrigo y suspiró: otra cita fracasada. Aunque ya no le sorprendía, la decepcionaba un poco.
Algunas veces, Regina tenía miedo de haber quedado lo suficientemente herida como para nunca recuperarse de la muerte de Daniel. Estaba segura de que no hacía conexión con nadie porque ella así lo quería. Estaba tan acostumbrada a estar sola que la idea de compartir con alguien más que no fuera su hijo le aterraba.
Caminó unas cuadras. La noche todavía era joven. Ella no tenía ánimo de ninguna otra cosa más que pasarse por la librería. Conocía una especialmente cerca, la misma donde trabajaba Belle, su vecina, por las mañanas y que Henry solía visitar con especial entusiasmo una vez por semana.
Henry era su único pensamiento. Le compraría un libro y se iría a casa para leérselo antes de su hora de dormir. Luego, ella se iría a la cama con el único pensamiento que tenía siempre: ser una buena madre al día siguiente. Así era como tenía que terminar aquella noche.
Regina entró en la librería, había pocas personas adentro, casi todos jóvenes. Se adentró en el pasillo de la literatura infantil y miró en los estantes. Era difícil reconocer qué libro no tenía ya Henry. Caminaba distraída, mirando cada título, cuando de pronto chocó con el hombro de alguien.
—Disculpe —dijo Regina mirando a la persona con quien había tropezado.
—No hay cuidado —respondió una voz familiar.
Regina alzó la mirada y se encontró con un par de ojos azules conocidos.
—¿Robin? —preguntó ella con sorpresa.
—¡Oh, vaya! —exclamó él, sonriente—. ¡Regina!
Ella sonrió también. Ahí estaba el desconocido del parque, el hombre inglés con el perro dálmata loco y el niño adorable.
—¿Qué tal?, ¿qué haces aquí? —preguntó Robin entusiasmado.
—Vine de… —comenzó a decir Regina, pero se detuvo antes de decir que venía de una cita que resultó un fracaso— Vine a comprar un libro para Henry.
—¿En viernes por la noche? —replicó Robin con curiosidad.
—Sí, una noche movida para una madre soltera, créeme —rio Regina, divertida.
—Lo sé —asintió Robin mostrándole el libro que tenía entre las manos—. Yo me reuniré con Marguerite Duras esta noche.
—Muy afortunado —sonrió Regina.
Robin rio.
—¿Alguna recomendación? —preguntó ella, mirando hacia los libros que se extendían a lo largo del pasillo.
—¿Para Henry? —preguntó Robin pensativo—. ¿Qué tal Harry Potter?
—Oh, los ha leído todos.
—¿Roald Dahl?
—Todos.
—¿Neil Gaiman?
—No estoy segura…
Los siguientes minutos se fueron en elegir el libro adecuado para Henry, quien ya no leía libros para niños tan pequeños como Roland, pero tampoco literatura para adolescentes, lo cual era verdaderamente difícil.
Robin acompañó a Regina la caja y ambos pagaron los libros que llevaban en las manos. Cuando salieron de la librería se sonrieron.
—Qué afortunada coincidencia —dijo Robin, con sus encantadores ojos azules brillando bajo las luces del faro.
—Lo mismo digo —Regina no dejaba de sonreír.
—¿Y bien?, ¿has decidido algo sobre Pongo y Perdita?, ¿una cita romántica tal vez? —preguntó Robin divertido.
—¿No es muy rápido? —dijo Regina con una mueca—. Creo que primero deberían ser amigos.
—Bien, estoy de acuerdo —asintió Robin, convencido—. ¿Qué tal si comenzamos con un café?
—Oh, no estoy segura de que sea muy saludable para…
—Me refería un café tú y yo —siguió Robin con una sonrisa.
—Oh… ¿ahora? —preguntó Regina sorprendida.
—Sí, ¿tienes prisa?
—No, ninguna.
—Yo tampoco. Creo que Marguerite Duras puede esperarme más tarde —guiñó el ojo Robin.
Regina se mordió el labio. Después de todo, ella tenía la noche libre.
—Sí, claro.
Robin sonrió. Ambos caminaron un par de calles. Conversaron todo el camino hacia el café y luego en éste. Robin siempre gracioso y simpático, Regina siempre sonriente y amigable. Platicaron tantas cosas que era curiosa la forma en la que todo se daba tan naturalmente.
Robin contó a Regina sobre su trabajo como músico. Regina contó a Robin sobre su trabajo en la empresa de modas. Ambos hablaron también de sus hijos y sus perros. Entre muchas otras cosas más lo suficientemente interesantes sin ser demasiado personales.
Cuando Regina miró el reloj ya habían pasado casi tres horas. Mucho más de lo que duró la cena con Sidney.
A la hora de despedirse, ambos se dieron la mano. Acordaron seguir en contacto por el asunto de sus perros.
—Por cierto, me llamo Robin Locksley —dijo Robin antes de marcharse.
—Encantada.
Y en verdad así era. Regina regresó a casa esa noche con una sonrisa iluminada. Era casi medianoche cuando Belle le deseó buenas noches y le dijo que Henry había cenado bien y había hecho sus deberes.
Regina se asomó a la habitación de su niño y se cercioró de que dormía profundamente. Luego, se fue a la cama. Esta vez con un único pensamiento: Robin.
-x-
N.A.: Muchas gracias por sus comentarios y por seguir esta historia. Me entusiasma saber que están leyéndome. Los capítulos son largos, así que agradezco infinitamente su tiempo y paciencia. ¡Nos vemos en el siguiente!
