El lado oscuro de la Luna.
Primer encuentro.
Bella
Se sentía fatal, su cabeza daba vueltas y se sentía peor que nunca. Se levantó de la cama y caminó hacia el espejo y contempló allí por unos minutos su reflejo.
Se veía fatal, sus ojos estaban enrojecidos y debajo de ellos ennegrecidos, sus labios hinchados; la sombra negra corrida y el lápiz labial rojo a medio desaparecer hacían que su rostro se viera demacrado y avejentado.
No recordaba porque había pintado sus labios de rojo, detestaba ese color…hasta que recordó…Alice.
Ella no quería salir, no recordaba casi nada de la noche anterior, nada más que un corto vestido rojo y un par de zapatos stilletos en los que Ángela y Alice la habían obligado a vestirse.
Se había prometido que saldría, se divertiría e incluso conocería a alguien para pasar la noche, aun cuando Isabella Swan no era del tipo de chica que prometía y no cumplía, y mucho menos la chica que pasaba la noche con desconocidos.
La noticia de haber conseguido un ascenso había hecho que la gris entidad desapareciera para dar lugar a la joven vivaz, sin embargo toda la energía que brotó desapareció cuando noto que alguien más había estado allí…
ººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººº
En la mesa del living se encontraban plegados los recortes recibidos, cada uno colocados en el orden en el que le habían sido entregados. Nada de su hogar faltaba, el lugar no estaba desordenado ni la cerradura forzada, el intruso no tenía intención alguna de robarle y, si la puerta no había sido forzada, tal vez tenía llave.
Tengo que cambiar la cerradura.
Sus manos comenzaron a sudar y la paranoia hizo creer que el intruso aún se encontraba en su casa, escondido y esperando el momento adecuado para atacarla. Recorrió cada rincón del departamento en compañía de su gas pimienta y cuando verificó que nadie más estaba allí, se encerró en su cuarto y mirando la pared blanca comenzó a enumerar a los viejos conocidos.
Embry
Mike
Ben
Billy
Jacob.
No, ninguno de ellos puede ser.
No tenía idea alguna de quién podía ser su acosador y eso hacía en Bella que su temor creciera y la paranoia aumentara. Y cuando empezaba a enloquecer nuevamente el teléfono sonó.
-¡Nada de quedarse en casa señorita Swan, esta noche se celebra el ascenso en la empresa del Rey Escorpión!
No, definitivamente Alice no aceptaría un no por respuesta, aun cuando había anunciado que no saldría por problemas de salud, no mentía del todo, su psiquis estaba hecha pedazos pero ni Ángela ni Alice le creyeron; de hecho fue acusada de mentirosa y obligada a vestir un vestido que apenas cubría su figura y calzar un par de zapatos con los que caminaba muy mal.
No lo pudo evitar, después de recomponerse y guardar nuevamente los recortes en la mesa de luz de su dormitorio, escuchó como tocaban tres veces el timbre de su piso, mientras se escuchaba la voz de una Alice demasiado enérgica ordenándole que le abriera.
ºººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººººº
Era seguro que había comenzado a beber desde temprano, ni siquiera recordaba cuando se maquilló y peinó, ni siquiera la vuelta a casa, ni con quién había vuelto. Miró detrás suyo, en dirección a su cama, la vio desordenada y sus sábanas blancas cubriendo el cuerpo de alguien. Parece que después de todo sí había encontrado con quién pasar la noche.
Se estremeció y miró su cuerpo, llevaba la ropa interior puesta, no había marcas y lo único que le dolía era la cabeza. Se dirigió al cuerpo en su cama, notó que no emitía ruido ni movimiento alguno, entonces se alarmó.-debe estar muerto-. Solo cuando se acercó los suficiente y pudo escuchar el leve sonido de una respiración su corazón dejó de palpitar tan rápido, después de una leve inspección cercioró cuan pequeño y delgado era el cuerpo. Alice. Noto que a su lado yacía tendido un vestido negro de lentejuelas y un par de zapatos altísimos. Tal vez había estado tan ebria que su amiga tuvo que acompañarla hasta su casa, la muy pobre al estar tan cansada debió recostarse a su lado y quedar dormida. La dejó dormir, no tenía nada más que hacer, era sábado por la mañana y ninguna de las dos debía trabajar.
Fue al baño y se metió bajo el agua caliente, despejó su mete y solo se concentró en las gotas que caían. Agradeció internamente a su amiga, con su somnolienta compañía se sentía más segura, entonces sintió la culpa. No podía decirle a ninguna de sus amigas que alguien la seguía, eso significaba develar su pasado en Forks-porque estaba segura de que su acosador provenía de allí- y Forks y sus habitantes eran una cuestión que quería olvidar.
NO OLVIDES- era la frase que habían escrito junto los recortes. Ella no estaba dispuesta a recordar, pero un loco la torturaba a hacerlo.
El agua de la ducha ayudó a que su cuerpo se estabilizara, la resaca era algo que no soportaba y había tenido que lidiar con ella solo en dos ocasiones: Cuando Embry y Jacob le habían retado a beber toda una botella de tequila y cuando su madre murió. Fue en la segunda ocasión cuando descubrió que podía desaparecer por un momento de la tierra y que todo lo demás se olvidara, pero solo eso duraba un momento luego sufriría un tortuoso dolor de cabeza a cambio. Entonces se dijo a sí misma que en solo las ocasiones al límite lo haría, y esta era una ocasión muy al límite. Un loco la estaba siguiendo, le envió cartas con viejos periódicos y había osado a entrar a su único lugar seguro, solo con el motivo de que NO OLVIDARA, ¿pero qué era lo que no tenía que olvidar?; porque en Forks no solo había dejado a una antigua Bella, había dejado su infancia, su adolescencia, amigos, un padre y una tumba.
Cada recorte recibido hablaba de un tema diferente, su infancia, el trabajo de su padre y la muerte de su madre.
Escuchó ruidos que provenía de la cocina, respiró profundo intentando calmar su corazón y recordando que Alice estaba en casa, pensó que quizá estaba haciendo el desayuno. Se envolvió en una toalla y se dirigió al origen de los ruidos.
No, Alice no estaba allí. De espaldas a ella una figura esbelta lucía un vestido verde y una larga y oscura cabellera llena de rizos le caían por la espalda hasta la cintura, Ángela estaba descalza y ordenaba el sofá cama donde había pasado la noche. Se dio la vuelta y le sonrió, a pesar de que recién se levantaba su piel relucía y, aun cuando no llevaba ni una gota de maquillaje, se veía muy hermosa.
-Buenos días Bella durmiente, o ¿debería decir buenas tardes?- hizo un leve movimiento en dirección a la pared, dónde se ubicaba un reloj- van a ser las cuatro de la tarde-caminó hasta la cocina y de la alacena sacó dos tazas y un sobre de té verde.
Bella hubiera preferido un café, pero su amiga nunca le daría algo que contenga el veneno oscuro, o cafeína para la gente normal, simplemente la miro preparar la infusión.
-Anoche fue una buena noche- le dijo mientras una sonrisa torcida se asomaba por sus labios.
No sabía que decir, no recordaba nada y ante la mirada pícara de su amiga rogó que no hubiera hecho ninguna locura, o por lo menos que las noticias no llegarán a oídos de su jefe. Pensó por un momento, no era la clase de chica que se descontrolaba durante una noche y hacía cosas de las que luego se arrepentiría, pero no había nada de que arrepentirse; no había amanecido en un sitio extraño, desnuda y al lado de un desconocido. Todo lo contrario, estaba en su casa, en su cama y su amiga era la única con la que había compartido la cama, no hay nada de que arrepentirse, por lo menos nada que recuerde.
La duda le carcomía el cerebro, pero su consciencia le gritaba que mejor era enterarse de nada, se limitó a responder
-Primera y última vez, ni una palabra más de lo que pasó anoche- después de su sentencia, se trasladó a su cuarto para buscar con que vestirse y se vistió en el baño, por temor a despertar a Alice.
Cuando retornó a la cocina se encontró con una taza de té, dos tostadas y una Ángela que le sonreía de la silla de enfrente y la miraba como si fuera la primera vez.
- Lo que pasó anoche, quedó en el pasado…ni una palabra Angie, ya te lo dije- clavó los ojos en la taza de té y sintió que la mirada de su amiga aún estaba sobre ella.
-Eres muy débil….Alice se encargó de las bebidas, pero una sola botella de champán bastó para que la señorita vicepresidenta perdiera el control-
Así que solo una botella…
Juraba que podía resistir más, y que odiaba el champán.
Sin embargo una imagen hizo que su cabeza volviera a la realidad, desde su cuarto una Alice totalmente despeinada caminó en su dirección, su rostro pálido se encontraba enrojecido en la zona de los ojos y de la nariz; lo que significaba una sola cosa: había estado llorando. Aunque Bella no le preguntó nada, ella simplemente le respondió
-No hay más James y yo-dicho esto se encerró en el baño, posiblemente a llorar.
No sabía que sentir por su amiga, dolor porque había terminado con una relación muy larga o alivio porque al fin se habían liberado de la rata obsesiva que había acosado a su amiga por mucho tiempo, aunque Alice llamaba "relación" a que un tipo se le pegoteara todo el tiempo y exigiera saber dónde estaba y que estaba haciendo.
-Fuiste muy amable en dejarla pasar la noche, para que no se sintiera tan sola…yo simplemente me auto invité- esta le sonrió.
Asique eso había sido todo, puede ser que ella se había embriagado a tal punto de no recordar nada, pero su amiga estuvo mucho peor.
-Angie, si Al rompió con su novio anoche, ¿por qué dijiste que fue una buena noche?
-No te creas que no estoy mal por ella, pero el tipo era un idiota…no la merecía-la miró a los ojos y completó-además la señorita Swan por fin se descontroló, fue muy divertido ver como la nueva vicepresidenta de CULLEN &CO baila arriba de la mesa, solo esperemos que el Rey Escorpión no se haya enterado de nada- se levantó de la mesa y marchó hacia el baño.
Sí, había enloquecido anoche, solo esperaba que su jefe no se enterara de su locura o cancelaría su ascenso. El lunes puede ser el mejor o el peor día de mi vida.
El sonido de sus tacones hacía un eco que se expandían por todo el pasillo al tocar el suelo de cerámica, vestía un conjunto de falda tubo y blazer negro junto con una camisa blanca, debía parecer profesional para el nuevo puesto que le asignaron.
Finalmente la esclava Swan había llegado a la cima, después de pasar años trabajando arduamente como una abeja obrera trabaja en una colmena, había llegado al mayor puesto al que un empleado podía acceder. Pero remontándose a los acontecimiento de un viernes por la noche pasado, solo recordando lo que Ángela le había dicho, ese lugar podría serle fácilmente arrebatado de sus manos por el señor Cullen. Con un poco de suerte, su jefe podría haberse enterado de nada, pero algo era seguro: nadie más merecía el puesto.
Había llegado a la empresa con tan solo 20 años, consiguiendo trabajo como la secretaria del hijo del señor Denali, uno de los principales socios. Más todavía aún se acordaba de las miradas que su joven jefe le dirigía y algún que otro acercamiento indecente, lo que hacía que se sonrojara, todavía hoy. Pero aguantar un año de acoso dio sus frutos, había conseguido un lugar que la empresa ofrecía a los jóvenes profesionales y estudiantes de los últimos años de las carreras de arquitectura, diseño o ingeniería. Después de eso, sus altas capacidades la llevaron a formar parte del grupo de profesionales predilectos, jóvenes pero avanzados, cuyas ideas innovadoras ayudaban que el aglomerado de empresas, liderado por Cullen, fuera elogiado por su capacidad en ajustes de diseño a los nuevos tiempos.
El grupo de empresas Cullen había construido los edificios que pasarían a la historia, sedes gubernamentales y monumentos imponentes, sin embargo los rumores de sus ideas anticuadas habían hecho que los expertos dijeran que "el constructor del futuro" terminaba su edad dorada; sin embargo todo esto fue desmentido cuando consiguieron a los mejores estudiantes de Oxford, Yale y Cambridge para que formaran parte del nuevo plan del hijo del señor Cullen, un grupo de jóvenes dotados con ideas para acercar el futuro en la construcción y el diseño. La empresa mudó su cede central a una de las ciudades más poderosas del mundo y ningún cerebro formado en las más prestigiosas universidades del mundo habían logrado lo que una joven de Forks había alcanzado.
Definitivamente Isabella Swan había sido más que la secretaria del jefe, la mejor alumna y más dedicada empleada; había sido esclava de la empresa Cullen & Co. No solo su vida dejó de pertenecerle, el gran jefe Cullen la poseyó en cuerpo, mente y alma durante mucho tiempo. Su perfil de niña buena había provocado que el mayor jefe de los jefes de la empresa la tomara como se toma prestado un trapo e hiciera con ella lo que quisiera, solo por un buen sueldo, pero esclavizándola al fin. La convirtió así, no solo en miembro de los "predilectos", también la convirtió en una mutación de asistente personal.
Prácticamente se encargó de su vida personal, pero para seguir allí, a cambio debía resguardar silencio, la mínima noticia del más pequeño detalle de la familia Cullen que saliera a la prensa era sinónimo de quedar desempleada. Ya que era solo Isabella Swan la única fuera de la familia que conocía lo que pasaba en el círculo familiar, aun así solo conocía los nombres sin rostros. De esos nombres se encargó de limpiar, borrar escándalos y dispersar a los revoltosos que querían colgarse del apellido y eso no era tarea fácil. Constantemente la familia recibía cartas de amenaza, niños cuyas madres juraban ser hijos de Cullen e incluso recordaba una mujer extraña de cabello rojizo quién siempre esperaba hasta altas horas de la noche para ver como su jefe partía hacia su casa; y juraba haberla visto en las afueras de la mansión, por lo menos la única vez que había estado allí.
Diane Harris la había llamado para que fuera en el auto de su jefe hasta la mansión para tranquilizar a su esposa. Cuando llegó encontró un edificio que parecía una obra de arte, su cuidada arquitectura hacía que en lugar de una casa de gran tamaño la mansión Cullen pareciera un pequeño castillo; cada una de las ventanas con un balcón y los jardines en su apogeo, con las flores vivaces y la hermosa fuente ubicada en el centro formando un pequeño arcoíris. Al ingresar notó que el interior era más hermoso, el sol era apartado con pesadas cortinas de terciopelo rojo y las luces del interior y la pintura blanca daban un aire hogareño, definitivamente la señora Cullen tenía buen gusto. A ella misma se la encontró llorando en medio de un gran sillón blanco, la razón no podía ser otra más que su propio hijo.
Al joven Cullen no lo había visto nunca, sin embargo era el integrante que más trabajo le daba, mujeres, drogas e incluso sobornos a la policía manchaban su nombre, aunque no solo a él, formaba parte de un grupo de jóvenes quienes compartían la dicha de llevar un apellido de renombre y la riqueza, solo por eso creían llevar el mundo a sus pies. Aquella oportunidad no supo nada, como siempre, solo tuvo que entregar su nombre para comprar dos pasajes a Moscú, dos certificados falsos: uno de nacimiento y otro de defunción, ambos en blanco; y por supuesto guardar silencio.
No le importaba lo que había hecho el "Cullen menor", pero tampoco tuvo la oportunidad de enterarse de algo, esa vez su padre se ocupó de borrar todo. Ella solo mantuvo silencio y entregó su nombre, había sido muy irresponsable de su parte pero mantenerse al margen era más seguro que sublevarse a su jefe.
Por lo tanto no había nadie más quién mereciera el puesto, no solo limpiar los desastres de su hijo, renunció a todo aspecto de su vida, la social y la amorosa.
Era joven y hermosa pero el hecho de ser la "favorita" del jefe le había costado cualquier relación posible con cualquiera de sus pares, y había empeorado con los años, convirtiéndose en la odiada del grupo.
Al diablo con ellos.
Sin lugar a dudas lo merecía, por casi seis años en su cabeza no existió más que la empresa, su vida era la empresa, su cabeza era la empresa….su corazón era la empresa.
Acomodó su largo cabello castaño en una cola alta y toco dos veces la puerta de caoba fina que contenía un cartel que dictaba C. Cullen-Presidente. Esperó la aprobación de su jefe para pasar y rogo que no supiera nada, o en todo caso, fuera comprensible.
Entro en la inmensa habitación, con suerte la suya sería parecida, observó los detalles clásicos y modernos mezclados, el escritorio de fina madera y el hombre detrás de él.
No pudo evitar ruborizarse, su jefe no era un hombre avanzado en edad ni había sido poco agraciado por la naturaleza, era un muy hombre atractivo
Recordó la primera vez que lo vio, caminando rumbo al ascensor y como le giño el ojo cuando noto como ella lo observaba atontada, ese recuerdo provoco que se mordiese el labio inferior. ¡Ya no eres una niña Isabella!
Pare ese entonces, había cumplido los 21 años, cuando lo conoció ya no solo tenía un acosador en la empresa, sino un amor platónico; porque en algún momento a lo largo del camino laboral había sido tan estúpida de enamorarse de un hombre mayor, casado, con hijos y que, además, era su jefe.
-Isabella, querida, por favor toma asiento- señaló la silla frente a él y paso su mano a través de su dorada cabellera.
El gesto hacía que Bella pensara cosas inapropiadas, pasar las manos a través del sedoso cabello de su jefe….
Se sentó frente a él y observo detenidamente su rostro, aunque lo conocía como la palma de su mano, observó fijamente sus ojos grises, sus pestañas abundantes, su nariz recta y sus labios rosados…había fantaseado con ellos durante mucho tiempo, había pensado que sabor tenían, si eran cálidos o si eran como los de un simple mortal. Atractivo. Esa era la palabra que le venía a la cabeza cada vez que lo miraba, en su rostro jamás encontró algo que le disgustara, las marcas que dejaron el paso del tiempo le sentaban bien y la cicatriz que tenía desde el mentón hasta el nacimiento del cuello le daba un aire misterioso, tal vez porque nadie sabía qué o quién se lo había provocado.
Al perderse en sus sueños no se había dado cuenta de que entre ellos se había dado un silencio incómodo.
Di algo Bella, o va a creer que de verdad estas enamorada de él.
¿Lo estaba?
Me gusta, no lo amo…no puedo amarlo.
-Señor Cullen, tengo que admitir que estoy nerviosa…perdóneme-miró el suelo y sintió como la cara le ardía, debía de estar tan roja que él se reiría. No lo hizo.
-No se preocupe Swan, pero ahora que tiene un puesto cercano al mío, y tengo que admitir que lo tiene merecido, deberíamos cambiar los tratos- se paró de su asiento y el corazón de Bella comenzó al palpitar apresuradamente, creía que se le estaba insinuando.
¡Qué estúpida eres, lo notó! ¿A quién engañas Bella?, te gustaría que te propusiera algo…lo que sea…
Pero ese pensamiento se desvaneció cuando él se acercó a la ventana que estaba detrás de su escritorio y miró más allá de la ciudad, no tenía un punto dónde mirar, simplemente tenía la mirada perdida.
-Aunque va a ser por poco tiempo-
Se sobresaltó. ¿Qué iba a ser por poco tiempo? Tu puesto, ¡tonta! Entonces lo sabía, y la estaba corriendo, seguramente la daría un gran cheque a cambio de su silencio y una amenaza de muerte si llegaba a abrir la boca.
Él no dijo nada y ella tampoco, pensó en cómo formular una serie de justificaciones, sintió como sus ojos se llenaban de lágrimas y su rostro enrojecía aún más. Cuando finalmente supo que decir, tomó aire para no quebrarse y tartamudear pero Cullen la interrumpió.
-Mi hijo- volvió a sentarse frente a ella, posiblemente notó las lágrimas a medio brotar porque le dedicó una cálida sonrisa-Mi hijo va a tomar la presidencia señorita, supongo que mi edad y los años que llevo trabajando me permiten retirarme.
Así que no la estaba despidiendo, él se estaba despidiendo de ella y la sola idea de que se alejara provocó en Bella una sensación que hace mucho que no experimentaba: vacío. La pérdida de una pieza clave en su vida y ella no podía evitarlo. Se miraron por unos minutos en silencio hasta que ella lo rompió.
- ¿Cuándo?-solo dijo eso, no quería que su voz se quebrara y que él notara que su partida repercutía dentro de ella.
-Por motivos personales me veo obligado a partir lo antes posible, aún no tuve tiempo de anunciar mi salida….así que hay que darles la sorpresa- le sonrió y le dedicó un giño. Eran esas las expresiones que la habían enamorado. Sufría por dentro, ella lo sabía porque en los años que trabajaron juntos supo que se mostraba como un hombre frío y duro pero se mostraba tal cual era ante personas de su confianza. Y vaya que Bella se había ganado su confianza.
Entonces, si nadie de la Junta Directiva lo sabía, ni los empleados, era ella la primera en enterarse del cambio. Su hijo mayor en su lugar. Entonces todo cayó de golpe, como un baldazo de agua fría, no solo se marchaba su jefe/amor secreto, sino que la dejaba en las garras de su hijo, el mismo "niño" al que se le encargó de cuidar, cubrir y limpiar del mundo mediático; el mismo "travieso" que la había dado dolores de cabeza y miles de problemas junto con su banda de delincuentes juveniles de apellidos importantes. Así que prácticamente la dejaba sola, al mando de una gran empresa y de niñera de su hijo mayor. Nada más podía salir peor.
-Señor Cullen, su hijo solicita verlo, dice que tienen pautada una junta-la voz dulce de la mujer mayor provenía del parlante del escritorio de su jefe.
-Sí Diane, déjalo que pase a la sala de juntas principal- se levantó de la silla y se dirigió a bella- No te preocupes Bella, la junta es de tres-era la primera vez que la llamaba así, coloco una mano detrás de su espalda Su tacto… ¿puede quemarme?, la guió tras la puerta ubicada a un lado de su oficina.
Una pequeña sala brillaba de esplendor, con sus grandes ventanas que dejaban ver casi toda la ciudad y la gran mesa de fina madera y las sillas cómodas alrededor de esta. Era pequeña, solo porque allí se reunían los socios del aglomerado de empresas denominado Cullen &Co, el presidente y el vicepresidente; aunque a partir de ahora era la vicepresidente.
Esperaron allí unos minutos hasta que el heredero llegara y se presentara formalmente, el presidente y su vicepresidenta. Cullen se removió detrás de ella cuando por fin el hijo pródigo traspasó la puerta, allí paso el hombre de sus pesadillas y a partir de ahora, y en este momento en el que el nombre tenía cuerpo y rostro, traspaso el hombre de los sueños de Bella y de cualquier mujer.
Vistiendo un traje Armani y corbata azul, se dirigió con una gran sonrisa plasmado en su rostro perfecto a donde estaban ubicados.
-Bella, quiero presentarte a mi hijo, el nuevo presidente- él la examino desde la cabeza hasta la punta de los pies, cuando terminó de hacerlo le dedicó una sonrisa que provocó en Bella sonrojarse, su corazón latir rápidamente y un sentimiento parecido a la adrenalina recorrer su cuerpo.
Querían volverla loca, y lo estaban consiguiendo. La empresa la había enloquecido y ahora querían fundirle el cerebro al imponerle tal hombre como su nuevo jefe. Lo único que quería hacer era lanzarse a sus brazos bien formados y besar los labios rosados que se parecían a los de su padre, pero tenía un aire más juvenil, por supuesto. Y entonces se preguntó cuántos años tendría el nuevo presidente. Tal vez sea dos años mayor, es imposible que pase los treinta
-Hijo, Isabella Swan, vicepresidenta de Cullen & Company.
Sus ojos claros la miraban fijamente, directamente a los suyos y Bella sintió como si él pudiera verle el alma
-Señorita Swan-dijo con voz clara y dulce, mientras le tendía la mano, pero cuando estuvo a punto de estrecharla él la tomo y beso su dorso. -Carlisle Cullen-concluyó con una sonrisa en su rostro.
Xxxxxxx
Edward
Ajustó su corbata y miró el resultado final en el espejo, su reflejo no era más que una mentira. Se veía joven, exitoso y con el mundo a sus pies. En años físicos aún era joven, tenía veinticinco años y seguramente muchos años más por vivir, pero Edward se sentía mayor. La causa de esa sensación: haber vivido muchos sucesos en poco tiempo. Se había enamorado, le habían roto el corazón, había lastimado, lo traicionaron, descubrió secretos y cubrió otros, cambió la verdad, vio nacer a unos y morir a otros.
Él estaba muerto, lo habían matado y aun así muchos más lo querían ver muerto, esperaban que el hombre hecho de acero se convirtiera en madera y se fundiera en su propio fuego. Pero él era demasiado orgulloso para demostrarse débil, y más aún para demostrarse derrotado.
Exitoso. Había tenido éxito, su familia llevaba un apellido que por lo menos la mitad del mundo conocía, muchos lo respetaban y muchos otros alguna vez temieron.
Primero Liam, luego Sam.
Hace menos de cien años la empresa familiar había sido fundada, para los años ´20 una parte de la clase adinerada había caído ante el encanto de un joven de diecinueve años, quien por su rostro aniñado y grandes y tristes ojos azules, hacían que las personas quisieran protegerlo de los males del mundo real. Peo lo que no sabían era que ese joven, a pesar de su corta edad, ya había sufrido demasiado en su tierra natal.
William Masen había huido en 1917 de la Europa en crisis, junto a su esposa Charlotte. El estallido inminente de la guerra y el llamado a reclutamiento de mujeres y niños era lo que habían provocado la decisión de huir hacia América, además de la miseria en la que sus hijos morían de hambre.
Ambos partieron en barco uno de los primeros días de octubre casados con tan solo quince años, en las condiciones más deplorables en las que se puede viajar, el destino: Detroit.
Cuando llegaron a América, William y Charlotte consiguieron entrar en el nuevo mundo de la industria, habían oído hablar del acero como instrumento armamentista para la guerra, pero en Detroit el acero era una salida. Pronto las cualidades de líder y su inteligencia para los negocios hicieron que William avanzara en categoría, dejo de ser un simple empleado metalúrgico y se convirtió en socio de los dueños del acero.
William Masen mutó de un simple británico sumido en la pobreza y la hambruna a un joven líder apto para los negocios, las principales cabezas de Detroit peleaban por probar su capacidad, y no solo ganó en cada una de las pruebas impuestas, también se ganó la confianza de los hombres de la industria. Para cuando cumplió los treinta años un hombre rico sin herederos le cedió una de sus empresas que estaba cayendo, si el genio Masen lograba salvarla, esta le sería cedida y finalmente sería oficial su puesto como empresario del acero. A los treinta y cinco jamás había perdido, además de poseer una empresa gradual el mismo hombre que se la dio le dejó todo su dinero, formo parte de los nuevos ricos y ante la hostilidad de los adinerados formuló su estrategia de mercado: "cuanto más ganes, mejor. Si es necesario juega sucio"
Cuando estuvo cerca de los cuarenta, su esposa quedó embarazada. Sería el primer hijo que sobreviviera y sería el último. Cuando nació, William decidió nombrarlo con un derivado de su propio nombre: Liam protector inquebrantable, ese sería su hijo. El día después del nacimiento de su hijo, Charlotte moría.
A los veinte años Liam Masen heredaba el "gigante de acero", su padre se ocupó de hacerla estable mientras Detroit se convertía en potencia y de hacerla sobrevivir en la crisis del `29. Para ese entonces, antiguos socios de su padre se pusieron un arma en la cabeza o pidieron un salvavidas, no dudo en darles uno pero como condición quedaban en deuda. Ambos hombres Masen eran inteligentes y fríos, todo a su alrededor se calculaba y no hacían ningún movimiento sin que no haya sido planeado con anterioridad.
Pero este no era el caso del padre de Edward, quien no había heredado la capacidad para los buenos negocios ni la madurez para mantenerse alejado de los problemas del éxito. En realidad era por las malas decisiones que su padre había tomado lo que conducía a Edward a tomar el control. No lo culpaba por las grandes pérdidas, al parecer la misma crisis venía a presentarse de nuevo ochenta años después, pero si era el culpable de que su familia se desintegrara.
Salió del edificio dónde vivía y se dirigió a la principal sede de Masen Building, ahora él debía sostener el legado que le habían dejado su padre, su abuelo y su bisabuelo. Y eso hacía que su espalda le pesara más, como si llevara una piedra en ella.
Lo que su bisabuelo había creado, lo mejoro su abuelo, ahora no solo el acero les pertenecía sino que también construían, todo desde la nueva sede en Nueva York. Sabía que su abuelo había heredado la frialdad, observó detenidamente como pequeñas o medianas empresas se iban a la quiebra y no dudó en absorberlas. De vez en cuando lanzaba salvavidas, pero aquellos que lo aceptasen quedaban en deuda y para mal de ellos Liam Masen jamás olvidaba. Cuando Sam asumió el control los empleados supieron que Liam ya no estaba en el poder, sino su hijo, el mismo que protagonizó escándalos y se desvió del camino, pero que volvió totalmente rehabilitado en el momento exacto para asumir el control.
Edward también había heredado la rebeldía, había perdido el control de su vida y chocó contra la dura pared de la realidad, porque a diferencia de su padre, no había sido un niño mimado y pago cada una de las consecuencias de sus acciones. Pero también había heredado la capacidad para los negocios, aunque esta vez era diferente, su padre no solo había tomado malas decisiones y aunque ningún rumor había sido develado, aparecía un miembro de la competencia que hacía temblar los cimientos de Masen Buildings. Hace cinco años que su empresa estaba cayendo y hace años que Cullen & Company, una fusión de empresas británicas, había mudado su sede central a Norteamérica.
Cullen
No era la primera vez que oía el apellido del magnate inglés, ambos se conocían desde hace años, sus familias fueron amigas y se enemistaron por el poder.
Liam y Sam Masen fueron socios de la empresa que lideraba Caius Cullen desde que se había fundado, con el abuelo de Cullen, solo que para ese entonces no eran más que dueños de pozos petrolíferos que iniciaban su recorrido por el campo de la construcción. Los rumores que circularon alrededor de la figura de Caius fueron durísimos, desde su incapacidad para dirigir hasta la ignorancia para los negocios, lo que daba ventaja a los Masen. Sin embargo, si algo aprendió referido a la familia Cullen era que ninguno de ellos era lo que aparentaban ser.
Caminó por un largo pasillo, aquel lo llevaría a la sala de juntas en el que se reuniría con los miembros para salvar la empresa. Miró a través de las paredes de vidrio que mostraban la ciudad, contempló como los edificios se intercalaban, antiguos y modernos pero solo uno de ellos llamó su atención. Tan solo hace dos meses que su construcción había finalizado, estaba listo a ser inaugurado, si se acordaba bien sería la semana próxima. Su mayor competidor estaba a la vista y no tenía idea que en ese preciso momento, mientras se dirigía a asumir el control, otro que ocuparía ese edificio también lo estaba haciendo.
