Hola, aquí otro capítulo, dicho sea de paso tiene escenas fuertes, así que si alguien es sensible queda advertido. Aprovechó para decirles que será un fanfic +/- corto, ojala lo disfruten y me dejen muchos comentarios. (si me dejan 4 o cinco el próximo sábado tendrán el siguiente capitulo)
Siracusa, un mundo entre murallas
El verano siciliano continuaba, pero la brisa nocturna del mar adriático, que rosaba la piel del viajero, traía el sentimiento del otoño. Aquellos que llegaban a Siracusa, con buenas intenciones, se quedaban en posadas; aquellos que no las tenían, dormían bajo el cielo a la espera de que las puertas se abrieran. Así estaba Inuyasha, un joven de casi 30 años, durmiendo al calor de una fogata moribunda y cubierto solo con una piel de carnero como manta.
Se levantó de su lecho de hierba movido por la fuerza de la costumbre, Apolo todavía no comenzaba su recorrido por la cúpula celeste, pero él no tenía tiempo de esperarlo, había cabalgado por dos días y le faltaba tan poco para llegar a su destino que quedarse a esperar el alba solo sería una pérdida de tiempo. Se puso de pie y luego de asegurarse de extinguir bien las pocas brazas que quedaban recogieron sus cosas y volvió a poner en marcha su carreta.
No paso mucho tiempo cuando, en el horizonte iluminado por el amanecer, apareció la gran necrópolis de Sicilia, Siracusa, sonrió emocionado, era su primera vez en la ciudad, y por una buena causa. Suspiro de alivio, le gustaba viajar, pero también le traía algunos recuerdos amargos. Estaba tan inmerso en sus planes y recuerdos que no vio un guardia que salía de las puertas hasta que lanza le hizo caer de golpe de la carreta.
- ¡eh! ¿Por qué hizo eso? – se quejó frotándose la mandíbula.
- ¡silencio! ¿De dónde eres campesino? – gruño el viejo guardia apuntándole al pecho con su lanza.
- de Ítaca, cerca de Mesina – gruño Inuyasha apartando la punta de la lanza con su mano.
- ¡¿eres cartaginés?! – pregunto el guardia acercando más la punta afilada del arma, esta vez a la garganta del muchacho.
- no, soy griego – gruño enfadado, desde que inicio la guerra púnica todo el mundo estaba de los nervios, especialmente con los forasteros.
- ¿tu nombre? - le exigió el guardia poniendo cara de buldog.
- Inuyasha Taisho – se quejó, seguramente le quedaría un moretón, y casi podría jurar que se le aflojo una muela. Finalmente el guardia bajo su lanza.
- aquí en Siracusa, las carretas no pasan de este punto ¡más te valdría recordarlo campesino! – le escupió el guardia haciéndose a un lado. Inuyasha se puso de pie, pero entonces algo llamo su atención por el rabillo del ojo.
- ¡eh! ¿Entonces porque si lo dejas pasar a él? – pregunto señalando a un anciano que pasaba con una carreta a rebosar de ánforas y lo que parecían tapetes.
- campesino ignorante, ese hombre cuenta con un permiso especial de mercante, ¡ahora has un lado tu vehículo que estorbas! – le escupió antes de volver a su puesto. Inuyasha se tragó una maldición, no valía la pena meterse en problemas con semejante ser.
Hizo a un lado su carreta y luego de dejar su caballo atado en un lugar donde podría pastar a gusto finalmente cruzo las enormes puertas de la ciudad amurallada. Tal como había imaginado, nada más entrar en la ciudad se encontró con un enorme mercado, cientos de tiendas y carpas de tela y piel esparcidas por todas partes, el aroma de frutas, perfumes, flores, y manjares recién cocinados. Apenas y podía oír sus pasos o sus propios pensamientos con el sonido de las voces de los vendedores que anunciaban las virtudes y ventajas de sus mercancías o desprestigiaban a la competencia.
A su paso se encontró con personas regateando en los puestos, damas comprando joyas, perros y cerdos vagando libres, campesinos como él intercambiando ovejas y lana. Mujeres caminaban con ánforas de aceite o vino sobre sus cabezas, los hombres con cestos de fruta o mercancías varias a sus espaldas. Cerca de la mitad el aroma a carne asada le abrió el apetito, al final se encontró caminado con su costal al hombro, el dinero atado al cinturón de su quitón y con una brocheta de carne de cordero en la mano, comiendo mientras caminaba; incluso se detuvo una que otra vez a disfrutar de los espectáculos callejeros.
- ¿Qué le parece señor? ¡No encontrara un plato de mejor calidad en toda Siracusa! – lo detuvo un vendedor de cerámica, e Inuyasha tuvo que darle la razón, en verdad era un plato de ofrenda magnifico, sería perfecto para la boda de Shiory.
Una vez conseguidos los productos básicos como las pieles, las frutas, el incienso y demás cosas para las ofrendas necesarias para la boda de su hermana menor, Inuyasha se alejó del bullicioso mercado hacia la calzada de los herreros, para buscar el siguiente artículo en su lista. No había avanzado demasiado por la calzada casi desierta cuando el ruido de un mazo llamo su atención a un local.
- Buenos días – saludo al entrar, pero le herrero le ignoro, conectado en su tarea de templar el metal.
- ¡disculpe! – le grito casi en su oído para que su voz sonara por encima del golpeteo del martillo contra el metal, pero solo provoco que el pobre herrero salta del susto.
- ¡ESTUPIDO! Casi me das un paro cardiaco – grito enfadado el viejo forjador, mientras recogía su martillo, el cual había caído a menos de medio centímetro de su pie.
- disculpe, estoy buscando una espada ceremonial, para una boda – se disculpó, recordando sin querer las palabras impulsivo y bruto que usaba su madre para describirlo de más joven.
- ¿eh? Para eso ve con el vendedor de espadas junto al templo, yo soy herrero de la armada. Hago trabajos por encargo, no vendo ni compro nada – gruño el herrero volviendo a su trabajo.
- ¡y quítate que me estas estorbando! – empujo a Inuyasha antes de meter el acero al rojo vivo en una pileta con agua fría. Inuyasha gruño alejándose del vapor repentino.
- ¡espera muchacho! Esta si está a la venta, incluso te haremos un descuento – lo llamo otro hombre, quizá un par de años mayor que él, pero mucho más joven que él anciano.
- esa no me sirve, es una espada de combate, necesito una ceremonial, para una boda – negó al reconocer el brillo del acero recién afilado. Estaba dispuesto a marcharse, pero el joven lo intercepto.
- ¿de dónde vienes muchacho? Ahora se usan esta clase de espadas para las ceremonias – insistió.
- bien, supongo que me la llevare - Inuyasha se dio por vencido, la verdad era que entre más pronto terminara, más podría ver de la ciudad.
Continuo su recorrido por las calles, ahora solo le faltaba lo más importante, un vestido de novia apropiado para su hermana. Mientras recorría las calles, el peso de las cosas a su espalda lo inquietaba; preguntándose si sería el mismo peso que su padre habría cargado hacia exactamente 10 años, para la que sería su boda con una de las jóvenes más bellas que tenía su pueblo en aquel entonces. El corazón se le encogió y agito la cabeza, no quería pensar en eso, no ahora, seria empañar de malos pensamientos el futuro matrimonio de Shiory.
Pasaba por una de las calles alejadas del templo de atenea cuando un ruido llamo su atención. No lejos de ahí, un grupo de hombres se reunía entono a la entrada de una casa cerrada por lo que parecía un corral, gritaban y algunos maldecían. Curioso se acercó, se trataba de una pelea de gallos, ambas aves agresivas se tacaban y se hacían fuertes cortes debido a las navajas que tenían atadas a sus patas. Deseando despejarse se acercó y observo, no era fanático de esa clase de deportes salvajes, pero lo prefería a perderse en las dolorosas nubes de su memoria.
- ¡alto! ¡Detengan la pelea! – trono de pronto una voz.
- oye muchacho ¡si no haces una apuesta no se te permite mirar! – lo señalo un hombre mayor vestido de joyas de mala calidad.
- ¿tienes dinero? – pregunto otro hombre sonriendo con burla. Inuyasha los vio con una ceja alzada, por instinto se llevó a la mano al cinturón donde colgaba su bolsa, gran error, porque cuando ese hombre lo vio se la quito de un solo movimiento.
- bien, esto será una buena ganancia ¡duplicaras tu dinero niño! – sonrió el hombre haciendo tintinar las monedas dentro del cuero de la bolsa.
- ¡ay devuélvamelo! – gruño Inuyasha, pero otros dos hombres se interpusieron en su camino.
- cálmate muchacho ¿de dónde vienes? – pregunto uno de ellos intentando parecer cordial, pero su sonrisa era puro diente.
- de Ítaca – respondió Inuyasha un a la defensiva.
- ¿Ítaca? Estas muy lejos de tu casa niño – se rio el hombre, el otro que era más joven también sonrió.
- ¡ya decía yo que apestaba a campesino! – los otros hombres reunidos unieron sus carcajadas a la burla.
- y además esta feo, lárgate! – tocio un poco el que parecía ser el jefe haciendo una seña despectiva con la mano.
- devuélvame mi dinero – exigió Inuyasha.
- ¿Cuál dinero? Vamos ¡fuera de aquí campesino! – se rio el jefe, Inuyasha frunció el ceño y avanzo dos pasos.
- ¡no son más que unos sucios ladrones! – gruño, grave error, aquellos hombres se pusieron serios de inmediato.
- ¿ladrones eh? Eso no es muy amable – farfullo el que le había quitado su dinero, entregándole la bolsita a un subordinado.
- será mejor que te vayas o te convertiremos en comida para pollos – lo amenazo sacando un cuchillo.
Inuyasha se puso en guardia, pero pronto se dio cuenta de que ese hombre no sabía nada sobre combate. Movia el puñal de una mano a la otra y se agitaba de derecha a izquierda como si tuviera hormigas rojas en las sandalias. Cuando este intento apuñarlo Inuyasha le esquivo fácilmente y lo mando contra el suelo de una patada; al verlo otro de los hombres intento envestirlo, aprovechando el gran peso de su costal Inuyasha lo golpeo dejándolo inconsciente al instante; el resto salto sobre él en grupo. Al final la pelea causo tanto escándalo que los transeúntes de 3 o incluso 4 calles alrededor comenzaron a congregarse para ver lo que pasaba, incluido un anciano bajito rechoncho y con bigotes que bebía en una cantina cercana.
- ¿Qué pasa ahí? – pregunto intentando asomarse por entre el mar de hombros, brazos y piernas.
- ese forastero le está dando una paliza a la banda de Charole – explico uno de los espectadores. Finalmente Inuyasha derribo al último de los hombres de una patada. Apenas y había sudado, de niño su padre, que era un antiguo general espartano, le había enseñado a pelear, y esos hombres, aunque musculosos, eran solo unos matones de baja estofa.
- ¡eh tú! – gruño empujando a uno de los cuerpos con el pie, el hombre salto de su lugar y se escondió en una esquina como un gatito, "patético" pensó el joven.
- devuélveme mi dinero – exijo poniéndose a su altura. El hombre tembló como una hoja seca y le dio su bolsa junto con algunas monedas sueltas.
- esto es demasiado – gruño Inuyasha, solo le faltaba que le dijeran ratero.
- ¡es tuyo, es tuyo, llévatelo! – chillo el hombre encogiéndose todavía más contra la esquina.
Finalmente el joven se encogió de hombros y se guardó las monedas, quizá con eso podría conseguirle a Shiory sus dulces favoritos como regalo de bodas. Cuando salió del lugar los espectadores reunidos se hicieron a un lado, como si temieran alguna agresión de su parte. Inuyasha rodo los ojos, ni que fuera a asaltarles o algo parecido, estaba retomando su camino cuando el viejito le salto enfrente.
- ¡oye bribón espera! – le grito, cuando Inuyasha le rebaso.
- ¿te refieres a mí? – pregunto el joven viéndolo con una ceja alzada, no le habían llamado así desde que era niño.
- mi nombre es Myoga, podría darte un recorrido por la ciudad a un precio muy bajo – sonrió el anciano.
- ¿un recorrido? – repitió Inuyasha, él había ido de compras no como turista, entonces se acordó de las monedas extra.
- ¿y exactamente a donde me piensas llevar viejo? – pregunto inquisitivo.
- bueno… ¡podríamos comenzar por la plaza de las ejecuciones! – sonrió el viejo, Inuyasha se quedó perplejo.
- ¿ejecuciones? – repitió preguntándose ¿Qué podría tener de importante o mejor aún o interesante ese lugar?
- sí, apenas comienzan, ¡date prisa bribón! – sonrió el viejo tomándole de la mano y tirando de él con una fuerza que uno jamás le atribuiría al verse tan bajito el viejito.
Finalmente Inuyasha se encontró en medio de una multitud dentro de una plaza cuadrada, de frente a él había una tarima lata de madera, en la cual estaban ya acomodadas 4 cruces de aspecto amenazante. Se sorprendió de encontrar a tanta gente reunida; apenas unos segundos después de que llegaron, unos prisioneros comenzaron a subir por la tarima, todos vestidos de ropas gastadas y con las manos fuertemente atadas a su espalda.
- mmm… hoy solo sacrificaran a cuatro, es algo inusual – escucho murmurar al anciano ¿inusual? ¿Qué tenía de inusual ejecutar a cuatro hombres?
- el rey debe estar perdiendo su toque – se quejó Myoga agitando su cabeza de manera pensativa.
- ¿el rey dices? – repitió Inuyasha, aun consternado por la visión.
- sí, mira hacia tu izquierda, ahí arriba en el balcón – Inuyasha dirigió su vista hacia el lugar indicado, ahí había parado un hombre de la edad de su padre, con largo cabello griego, un Quirón de seda morada y una corona de oro en la cabeza que miraba hacia abajo en atentamente.
- ¿ese es el rey? – pregunto ensimismado, era la primera vez que veía a alguien tan importante.
- Si… es Naraku el tirano de Siracusa, a su lado podrías ver a su tercer esposa Kagura, la cual está por dar a luz a su quinto hijo, el de su derecha es Hakudoshi, el capitán de la guardia de palacio. Es curioso, es un tirano, pero el pueblo le idolatra – explico Myoga.
Inuyasha asintió, volvió su vista al frente a tiempo para ver como los guardias desgarraban las ropas de los condenados. Para posteriormente clavarles de manos y pies a la estructura de la cruz y elevarles. El muchacho sintió que su estomago se encogía, pero intento mantener sus sentimientos ocultos para no verse en un lio. No solo la crueldad de él acto le impactaba, sino que además ver las condiciones de esos hombres, todos tan delgados que parecía que no habían comido en meses y además algunos tenían marcas de cortes y moretones visibles incluso a esa distancia y a pesar de la sangre que goteaba de sus brazos.
- hoy son dos ladrones, un asesino y un asambleísta- continuo Myoga su explicación.
- ¿Por qué el asambleísta? – preguntó Inuyasha en voz baja, por más que quería no podía apartar los ojos de esa escena.
- según se dice por conspiración contra él rey – explico Myoga, Inuyasha fijo su vista en el hombre que le señalaba el anciano, era joven, quizá un par de años mayor que él, llevaba una barba descuidada, pero su cabello negro estaba finamente peinado en una trenza que le caía por el hombro derecho y de todos era él que tenía más signos de tortura en su piel.
- ¿contra el rey? Entonces es normal que este ahí – se atrevió a opinar, no sabía nada de la política, pero si entendía que un delito así conllevaba una sentencia de muerte.
- así mismo lo considera el rey – asintió Myoga con tono despectivo.
- ¿y no debería? – pregunto Inuyasha pasando su bulto de un hombro al otro.
- ¡bueno, no le digas a nadie, pero al rey ya casi nadie le quiere como antes! – grito el anciano, haciendo que muchas miradas se giraran hacia ellos.
- oye viejo, habla más bajo – murmuro Inuyasha nervioso por la atención repentina.
- ¡¿Qué dices, bribón?! – grito aún más alto el anciano Myoga, como si fuera un pobre sordo.
- que no tienes que gritar – le volvió gruñir Inuyasha, sus manos hormigueando por cerrarle la boca a ese viejo.
- ¡LA POPULARIDAD DEL REY ESTA DISMINUYENDO! – grito Myoga a todo lo que sus pulmones dieron.
- ¿ahora si me oíste verdad? – le pregunto a Inuyasha sonriendo, pero el joven de cabellos plateados no lo escuchaba, su mirada estaba centrada en un guardia que lo miraba inquisitivamente.
Sabiéndose en problemas, Inuyasha se agacho y comenzó a avanzar entre la multitud, de reojo pudo notar que el guardia también se introducía entre el público, buscándole. Tras él Myoga también lo buscaba, gritándole y haciéndole preguntas, pero él los ignoro. Llego hasta casi la primera fila, pero aunque no se irguió por completo, pudo notar que tanto él rey como los guardias se alejaban para escapar del quemante sol del mediodía. Creyéndose a salvo levanto la mirada, y una figura llamo su atención, una mujer cubierta por un velo color café oscuro, con un cántaro en la mano se acercaba sigilosamente al frente de la tarima.
La chica, subió a la tarima y se aproximó al asambleísta, intentando ofrecerle la bebida resguardada por el cántaro de barro, pero era muy bajita y no conseguía llegar a los labios del prisionero. Inuyasha pensó en subir a ayudarla, peor un joven de cabeza rapada se le adelanto, subió también al cadalso y la albo desde la cintura sentándola en su hombro.
- vamos, bebe – lo alentó, el asambleísta abrió los ojos apenas una rendija, pero no rechazo la oferta, tragando sonoramente. Los otros prisioneros soltaron exclamaciones de envidia.
- eres tu… gracias… - murmuro el asambleísta al reconocer a la mujer.
- ¡denos agua por piedad! ¡A nosotros también! – comenzaron a rogar los otros prisioneros, pero la pareja les ignoro.
- tengo que pedirte algo – le susurro el asambleísta la joven, antes de mirar encima de su hombro.
- ¿Qué puedo hacer? – susurro la muchacha.
- dame consuelo – le susurro, después de ver a los guardias refugiados lejos a la sombra de un edificio. La joven lo vio petrificada.
- Bankotsu… yo no puedo… - la chica sintió que las lágrimas inundaban sus ojos.
- te lo suplico – rogo el joven de la trenza mirándola a los ojos, ella podía ver su dolor, tan vivido como si lo sufriera en carne propia. Abrió la boca para responder cuando el joven que la tenía cargada la hizo saltar levente.
- tranquila, yo lo hare. Distráelo, no se dará cuenta – le murmuro sacando un cuchillo oculto de su cintura. La mujer finalmente se rindió, envolvió sus brazos alrededor del cuello de Bankotsu y lo beso. Escucho un golpe seco y luego él gimió de dolor contra sus labios.
- gracias… - susurro Bankotsu sonriendo mientras un hilo de sangre bajaba por la comisura de su labio, un instante después sus ojos se volvieron vacíos y su cabeza cayo como si se hubiera desmayado, fue cuando noto el puñal clavado en su corazón.
- lo hiciste bien, ahora corre. Nosotros nos haremos de aquí, estaremos bien – le indico el joven de la cabras afeitada antes de dejarla sobre sus pies, ambos comenzaron a correr por direcciones opuestas.
En la plaza un gemido se hizo escuchar en la multitud, los soldados, al ver lo corrido se apresuraron a subir a la tarima, pero era demasiado tarde, ambos habían desaparecido en la multitud. O eso creían, mientras corría la joven se quitó su manto manchado de sangre y lo arrojo a un lado, mientras se alejaba volteo una última vez hacia atrás antes de tomar una calle cercana y escapar de la plaza, perdiéndose entre las calles.
Inuyasha, que lo había visto todo sintió que su corazón se detenía por un segundo, y la respiración le ardía en los pulmones. Había sido en un parpadeo, pero estaba seguro de lo que había visto… aquella chica era… olvidándose de todo hecho a correr tras ella, ignorando cuando el viejo Myoga, que por fin había dado con él le gritaba preguntándole a donde se dirigía y reclamándole que aún no le había pagado por el recorrido. Se internó por las calles más pequeñas de Siracusa, buscándola como un loco. No podía equivocarse, aun después de diez años de no verla ahí estaba, su ninfa, su Kagome…
Continuara…
