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Pelirroja
If you can't get what you want
Then you come with me
Disclaimer: Digimon no es mío
II
Taichi fue el último de todo el grupo en obtener su cartón. Influyó la crisis vocacional que le hizo saltar de carrera en carrera los primeros tres años, más el año sabático que pasó en Australia para aprender el idioma. Pensó que sería algo así como el eterno estudiante, que se sorprendió cuando llegó el día en que lanzó su birrete al aire. Y cuando cierra los ojos, siente que ha pasado más de un decenio de aquella vez. Entonces Koushiro le recuerda que ni siquiera se han cumplido dos años y que no exagere nuevamente con eso de la vejez.
—Koushiro, cállate.
Luego de reencontrarse con Sora en aquel pasillo de hotel, a esas horas de la noche, Taichi ratificó lo viejo que estaba. Él, Sora, Koushiro, todos, y descargó su furia contra la máquina expendedora de rasuradoras.
—¡Taichi! ¡Cuánto tiempo! —le hubo dicho Sora luego de recuperarse de la impresión—. Estás, estás…
—Fatal, no hace falta que lo digas —ayudó y se encogió de hombros—. He tenido mejores días.
Sora sonrió avergonzada.
—No quise decir eso. Estás distinto a cómo te recordaba —Sora alargó una mano y acarició con los dedos un mechón de la barba de Taichi—, quien se habría imaginado que te sentaba bien.
La barba de Taichi, aunque poblada, era hirsuta. Los ojos de Sora brillaron.
—¿Y bien? ¿No vamos a celebrar este encuentro fortuito? Porque es fortuito ¿no? ¡Ay! ¡Pero qué estupideces digo! Estás ocupado, claro, claro. No quiero retrasarte más. Mira, mejor… ¿y si te doy mi tarjeta? Sí, mejor haremos eso. Y ya, algún día tal vez…
Taichi vio a Sora enrojecer de súbito y revolver al interior de su cartera de sobre en busca de una tarjeta.
—¿Por qué piensas que me estás retrasando? Es tarde, no pienso ir a ningún lado.
—¿Y entonces por qué corrías?
—¡A buscarte! ¿Qué más si no? Es que te acabo de ver por televisión, y me di cuenta que estabas en Tokio y yo… deja de alzarme las cejas ¿quieres? ¡Es un encuentro fortuito! ¡Lo prometo! El destino nos está dando una señal, ¡hay que averiguarlo!
Sora se encogió de hombros. Y dijo:
—Si se trata del destino, no ha de ser tan malo. Ten, mi tarjeta.
Sora Takenouchi, diseñadora de modas.
Hasta allí todo bien. Seguía con su apellido de soltera, así que no se había fugado al caribe a casarse a escondidas, bien. Pero luego, Taichi pensó que debió haberle dicho que sí iba a algún lado, o que ya tenía planes para la noche. Maldito destino.
·
·
Sora no solo vestía como una mujer sofisticada, sino que se había convertido en una. Usaba un vestido negro con costuras doradas que se amoldaban muy bien a su figura, y el cabello peinado hacia atrás, resaltando sus pronunciados pómulos. Tomó asiento con cuidado en las altas sillas negras que había frente la barra del bar del hotel y ladeó sus piernas hacia la izquierda. Levantó un brazo para llamar la atención del barman y pidió un cóctel llamado Manhattan. Se lo sirvieron en una copa de Martini, con una cereza marrasquino por Oliva, y ella le dio las gracias con una suave sonrisa.
Por un momento, Taichi pensó que se trataba de una broma, pero Sora no dio muestras que se tratase de una.
Taichi se pidió una cerveza. Se la sirvieron en un jarro de medio litro. Sora encontró su elección de lo más chistoso, y Taichi pensó: «¿se embriagó con solo oler de la marrasquino? ¡Vaya con Sora!» Así que pidió una porción de pistachos, como para llenarle a la pelirroja el estómago con algo.
—Estás delgada, Sora —se le ocurrió que era una buena forma de iniciar una conversación.
—Gracias. Y yo pensaba que el masaje reductor no servía, pero ya ves.
—¿Masaje reductor? Explícame eso.
La conversación más aburrida, a juicio de Taichi. Y aquella derivó en otra más aburrida, y la noche entera, se transformó en un desastre mega. No porque se haya convertido en una pelea, sino por la ausencia de estas. Mientras más hablaba con Sora y más se enteraba de su vida durante esos años que estuvieron sin verse —que Taichi no sabía cuantos y trató de sacar cuentas con los dedos sin éxito— menos reconocía Taichi a quien tenía al frente.
—¿Cómo lo llevas con tu madre?
—¿Todavía juegas fútbol?
—¿Al menos sigues la liga?
—¿Algún romance prohibido?
—¡Vamos! ¡Algo verde te estás olvidando!
La Sora que conocía, esa llena de palabras picantes y relatos divertidos, capaz de tragarse toda una cuba de alcohol sin perder la cabeza, se asemejaba a los trilobites fosilizados del despacho de Koushiro. Un ser extinto de la naturaleza.
Antes, se reunían junto con Yamato en algún bar de Shibuya o Shinjuku a comer frituras tradicionales y beber cervezas. Hablaban de fútbol, de sus últimas conquistas, y soltaban grosería tras grosería. En ese aspecto, Sora nunca fue menos. Salvo por el sujetador copa C que delataba que era mujer, Sora siempre se comportó más como un chico que una chica, y Taichi nunca se hubo cuestionado que bajo los vaqueros ajustados de Sora, la chica usaba bragas y no calzoncillos largos.
Era graciosa y no tenía pelos en la lengua. Esa Sora decía cosas como:
—¡Mierda! ¡Es el mejor agesashi tofu que he comido! Acabo de experimentar un agedashi-orgasmo ¿te vas a terminar el tuyo, Tai?
Ahora…
—Un chef de renombre es quien cocina para las modelos. En estos eventos de altas costura, hay que cuidar hasta el más nimio detalle. En la cartera siempre guardo un labial Kryolan, y si estoy en el ascensor y se sube alguien importante, lo saco y me pinto los labios. He conocido a muchos estilistas prestigiosos gracias a aquello.
La persona frente a él quien decía llamarse Sora Takenouchi, difícilmente sabría lo que era un agedashi-orgasmo.
—¿Y qué hay de ti, Taichi? He escuchado que la situación está bárbara en el Digimundo.
Bárbara, ¿de dónde habrá sacado esa palabra?, pensó Taichi.
Cuando Taichi le habló de su trabajo, todo fue peor. Porque al oírse hablar, se dio cuenta que él, increíble pero cierto, también estaba lleno de preocupaciones absurda. A su yo de diecisiete años le habrían dado arcadas. ¿Y hace cuánto habían pasado los diecisiete años? Otra vez empezó a sacar cuenta con los dedos. Era pésimo con los números.
—¿Qué haces? ¿Qué cuentas tanto?
—Nada. He pensado… no puedo dejar de sentirme viejo.
—No digas eso. Si tú estás viejo, yo también ¿eso piensas de mí?
El error de Taichi, fue que tardó en contestar.
—¡No! ¡Quiero decir…!
Pero Sora no le dio un bofetón en el rostro como tenía acostumbrado cada vez que Taichi le insultaba sin querer. Ella se limitó a cubrirse la boca y reír con disimulo.
—No estás viejo. Estás… madurando.
Madurar no era la palabra que habría elegido la Sora de los diecisiete. Esa Sora irreverente que tenía una opinión para todo, les habría dicho a ambos que se habían aburguesado. Y que si ese iba a ser su futuro, se habría suicidado.
·
·
Después de tres reuniones violentas, Taichi estaba exhausto. La china Hong le entregó la tarjeta del despacho de políticos visitantes, y allí se pasó tres horas redactando esquelas de muerte.
Los informáticos no habían logrado restaurar la conexión con el Digimundo. Los países se inquietaban, los civiles salían a las calles a marchar, y los gringos hablaban de ataque terrorista. Todo era un caos.
Desde que el Digimundo se hizo una realidad conocida, el viaje entre ambos mundos se volvió, irremediablemente, un proceso burocrático. Para viajar, era necesario poseer una visa. La visa digital, fue como la bautizaron los medios. Luego que muchos usaran el Digimundo como un medio para transportarse de un país a otro sin tener que pasar por aduana, se sucediera un alza de inmigraciones ilegales a nivel global, lo mismo con el contrabando, que los informáticos de la Digital se vieron obligados a levantar barreras de seguridad para impedir que las personas abrieran desde sus computadores personales portales hacia el Digimundo.
En ese periodo, aparecieron todas las canas que posee actualmente Koushiro.
—Que viejo —le hubo dicho Taichi al pelirrojo cuando, de un día a otro, las patillas de Koushiro se volvieron blancas.
—Es estrés. Se supone que a los pelirrojos no nos salen tantas canas, que nuestro pigmento es más fuerte, pero ya ves.
Luego de muchas reuniones que acabaron en golpes, se acordó crear puntos de transporte digital autorizado en todos los países. Si un civil común y corriente deseaba viajar al Digimundo, debía primero conseguir la visa. El proceso completo podía durar meses y no era barato ni en tiempo, ni en dinero.
Solo con la visa en mano era posible pedir una hora de viaje. Y habían dos meses de espera. Que se hubiesen cerrado las puertas de todos los puntos autorizados de transporte era, desde un punto de vista político, una tragedia con implicaciones astronómicas, empezando por las relaciones diplomáticas. Taichi no había terminado de pelear en todo el día.
Después de terminar de redactar un memorándum, Taichi se contactó por video-llamada con Koushiro.
—Dame quince minutos y te llamo yo —le pidió el pelirrojo con canas.
Cuarenta minutos después, el rostro gris de Koushiro apareció en pantalla. Nunca le había visto con el cabello tan desordenado y sucio. Se le empezaba a asomar algo de barba. Barba naranja ¡qué cosas! Sin embargo, sus ojos habían adquirido un brillo extraño.
—Taichi, qué sucede.
—Te parecerá una pregunta extraña, pero necesito hacerla: ¿las farmacéuticas pueden estar implicadas en este bloqueo? Es solo por ir descartando.
Koushiro se pasó los dedos por su cabellera sucia.
—¿Las farmacéuticas? ¿Y eso?
—Los conspiracionistas, no sabes como son. Koushiro, necesito que me expliques bien qué está ocurriendo. Lo único que ha salido a luz es que se trata de un virus que ha bloqueado las puertas ¿tan serio es? Virus aparecen siempre, pero nunca te habías tardado tanto en erradicar uno. Eso hace que me cuestione: ¿no será que en realidad ustedes están manteniendo la desconexión entre los mundos?
—No se te escapa nada —Koushiro sonrió—. Tienes razón, esto no es obra de ningún virus, pero nosotros tampoco somos los responsables. Hay un digimon que está jugando con la estructura digital. No sabemos por qué mantiene la desconexión entre los mundos, pero cada vez que logramos reestablecerla, se vuelve a caer.
—¿Y por qué no han hecho una declaración pública al respecto?
Koushiro se encogió de hombros.
—Órdenes de arriba. Cuando dices que hay un digimon detrás de todo, las personas recuerdan a Myotismon y se imaginan invasión y caos. Cuando dices virus, seguro que es un problema de la burocracia que rodea al Digimundo. Tal vez sí haya una conspiración después de todo.
—Me siento impotente. ¿No hay algo que pueda hacer al respecto?
—Esperaba que dijeras eso. Acabo de terminar una cosa
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—China Hong, cancela todas mis reuniones.
Se sintió muy importante cuando dijo eso. Pero la china lo bajó de la nube enseguida con su pregunta:
—Pelo señol Taichi-san ¿ya se va?
Le explicó que no estaba en condiciones de acudir a ningún lado. A lo mejor era debido al jet-lag o la diferencia climática, o bien algo que comió, pero ya no podía seguir allí. Se repondría en cosa de dos días.
—¡Dos días! Señol Taichi-san eso es demasiado tiempo.
—Cuando hay enfermedad, hay enfermedad. ¡Diarrea! —gritó y salió corriendo con las manos sujetando su trasero.
No estaba ni por asomo enfermo.
Koushiro, con ahora barba naranja, era menos apegado a las normas de lo que la gente creía, y Taichi pensaba, que había aprendido del mejor (él, Taichi, claro). Al llegar a su habitación del hotel, se aflojó la corbata, se fue al baño, y sacó del envoltorio la rasuradora que compró en una máquina expendedora.
Se hubo olvidado de la crema para afeitar ¡qué detalle!
—No importa —dijo a nadie en particular—, no hay nada que el jabón no pueda resolver.
Un sonido intermitente le indicó que Koushiro ya estaba conectado.
—Espérame un segundo, no estoy listo —pidió Taichi.
Koushiro había planeado una distracción. Abriría un bucle que permitiría a Taichi entrar al digimundo por medio de su computadora enlazada a la de Koushiro, dentro de un margen de tres minutos. Podían ocurrir tres cosas: que el plan fallara y Taichi se quedara en su habitación de hotel, enceguecido temporalmente por el flash producido por la pantalla; que Taichi lograse entrar por su computadora pero fuese expulsado por la de Koushiro; y tres, que llegase al digimundo.
La segunda era el peor de todos los escenarios. Porque si sus superiores se enteraban que Taichi estaba en California cuando debería estar en Japón, y que había violado varias reglas por hacer aquello, el ambiente político se caldearía mucho más de lo que ya lo hacía.
Con su rostro mal afeitado y con algunas heridas en las mejillas, se echó tónico que le hizo arder la cara, reemplazó el traje por un pantalón corto y una polo, y los mocasines por unos zapatos más cómodos, y metió en la maleta todo lo que creyó que podría ser de utilidad: jabones del hotel, barritas de chocolate, la cortaplumas, un chaleco, desodorante, el digivice, y dólares.
Estaba preparado para asumir el riesgo. Volver al Digimundo a buscar a ese digimon conflictivo, era una forma de tomar contacto con esa infancia que ya estaba muy lejana.
—Koushiro, cuando quieras.
Le habría gustado tener sus gafas de aviador en ese momento. Tirar de la goma, y que los lentes rebotasen en su cabello alborotado. Y por algún motivo, aquel sentimiento le recordó a Sora.
—¡Maldita Sora! ¡Está tan condenadamente vieja! ¡Como yo!
—¡Pero qué…! —Koushiro no logró terminar la frase. De pronto, Taichi se hubo levantado y huido de la habitación, y Koushiro ya había empezado a correr el programa que abriría el bucle.—. Lo odio tanto.
Taichi corrió a toda velocidad por los pasillos del hotel y aporreó la puerta de la habitación de Sora hasta que le abrió.
—¡Toma unos zapatos cómodos y sígueme!
El destino, tenía que ser el destino. Lo sabía. Siempre había sido lo mismo si se trataba del digimundo, de él, y de ella: las coincidencias allí no existían. Nada. Koushiro hablaba de eventos probables, Wallace se hubo obsesionado con el concepto del caos, pero Taichi pensaba, que si Sora y él estaban tan cambiados y viejos, y que de pronto se presentaba una alternativa para reencontrarse con el pasado, no solo Taichi debía… Sora también.
Agarró a Sora del brazo omitiendo todas las quejas de ella, echó abajo la puerta de su habitación, y alcanzó a coger su maletín justo en el momento que una luz cegadora inundaba la habitación y sentía un jalón en su estómago que lo llevaría al digimundo.
El bucle de Koushiro no fallaría. Nunca lo hacía. Porque era pelirrojo. Y los pelirrojos, incluso aquellos con cabello naranjo o con canas, son un evento improbable en sí mismo. Estaba seguro de ello.
Notas
Genee, siento el retraso. Yo... presiento que está absurdo (algo), y que debería cambiar el género a humor y ya. Pero una parte de mí insiste que se trata de un fic serio, de aventura y romance. Anyway... espero te guste. Lo escribí con amor pensando en tí.
En otras notas... los japoneses sí tienen máquinas expendedoras donde venden rasuradoras. Tienen máquinas expendedoras para todo. También, los pelirrojos normalmente son menos suceptibles a que les salgan canas porque su pigmento es muy fuerte. Esto no quiere decir que no existan excepciones.
Y eso. Adieu !
