Capítulo 2
Columbia Heights, Washington, D.C., 2 de marzo de 2006
El taxi que le había recogido en el aeropuerto Ronald Reagan aparcó frente a la casa, en el barrio de Columbia Heights. "La casa tiene un jardín en la parte de atrás, por si desean salir," le dijo el taxista, en realidad, un agente de Seguridad Nacional, el único contacto que tendrían en las siguientes semanas con alguien del exterior. "Aquí tiene las instrucciones que debe seguir. Ábralo y léalo. Dígame si tiene alguna duda," continuó tendiéndole un sobre.
Leyendo rápidamente el contenido de la hoja que encontró en el interior del sobre, lo memorizó y guardándola de nuevo, la devolvió. "Está bien," comentó en español.
"Debería empezar a hablar en inglés. Estamos en Washington," observó el agente. "Si tiene alguna pregunta, hágala ahora."
"¿Cuándo llegarán los demás?"
"En las próximas horas, pero despreocúpese. Cada uno de ellos tiene su propia llave. Descanse, le sentará bien."
'Seguro', pensó mientras se bajaba. Palpó la llave en el bolsillo de su pantalón, lo único que llevaba encima a excepción de la ropa que le habían proporcionado en la base militar a su llegada. Estaba hambriento, aunque sabía que su organismo aún no toleraría sin protestar casi cualquier ingesta de alimento.
Hizo una mueca de dolor antes de introducir la llave en la puerta de la casa. Girándose, observó como el taxi abandonaba la calle.
A primera vista, la vivienda de dos plantas parecía amplia y confortable.
Cerrando la puerta, encontró a su derecha el dispositivo de la alarma y la desconectó, marcando los números que había memorizado un momento antes. A continuación se dirigió a la segunda planta y entró en uno de los dormitorios. Abrió el armario, donde encontró un móvil nuevo, un ordenador portátil, los cargadores y una caja de donde extrajo la documentación personal de todo el equipo y un arma similar a la que normalmente usaba. No estaba cargada pero también encontró una caja de munición en el armario. Lo puso todo sobre una mesa, y cogió el teléfono móvil. Un escalofrío recorrió su cuerpo al darse cuenta de lo cerca que estaba del final. No tanto, pues el teléfono y el portátil tenían las baterías totalmente descargadas. Instintivamente los conectó a sus respectivos cargadores y los enchufó a la corriente. Ya se ocuparía Tony de los detalles técnicos más tarde.
Abandonó la habitación y se dedicó a revisar el resto de la casa, la disposición de las habitaciones, las salidas al exterior. Pudo observar en cada habitación una distribución similar a la suya, aunque no tocó nada. En cada uno de los armarios de los dormitorios, aparte de los objetos de trabajo, encontró ropa suficiente para los cuatro, completamente nueva, productos de aseo en los baños individuales... todo bastante impersonal. Todas ellas tenían amplios ventanales dirigidos hacia la parte trasera de la casa, de forma que podían ser abiertos sin peligro de ser observados por algún curioso. Recordó las contraventanas que se veían desde el exterior de la casa y entendió que eran falsas.
Bajando de nuevo a la planta baja se preguntó cuántas personas habrían vivido en ella antes, aunque la vivienda tenía aspecto de ser completamente nueva. Desde luego, no podría quejarse del confort. El amplio salón unido a la cocina contenía prácticamente todo lo necesario para pasar el tiempo de la forma más cómoda posible, además de un lugar de trabajo claramente definido.
Dirigiéndose a la cocina, abrió la nevera. No estaba demasiado surtida, unas cuantas piezas de fruta, agua, un pack de cervezas. En los armarios encontró algunas cajas de cereales, frutos secos y poco más. No le haría gracia a Miguel descubrir que no había hamburguesas por ningún lado.
Los cuatro estaban muy unidos. Orgulloso del equipo que había formado, sin embargo, le preocupaba que la convivencia que tenían por delante abriera una brecha entre ellos. Era su responsabilidad mantener la calma. Pensando en ello, abrió de nuevo la nevera y sacó el pack de cervezas, dejándolo sobre la mesa. 'Más tarde', pensó, se ocuparía de todo eso. Ahora estaba cansado.
Sirviéndose un vaso de agua, extrajo del bolsillo de los vaqueros una píldora que le había dado el médico en la base militar de Guantánamo y se la tomó. Le ayudaría a aliviar el dolor y podría dormir algunas horas.
Regresando al único lugar donde podría encontrar un poco de privacidad, su dormitorio, se quitó la camiseta y aflojó el cinturón del pantalón. Acostándose en la cama sin siquiera retirar el edredón que la cubría, tardó pocos minutos en quedarse profundamente dormido. Eran las 10.00 de la mañana.
….
Javier Santos, permaneció un momento observando a su compañero. Probablemente, era la primera vez que dormía con cierta tranquilidad en semanas. Aunque la operación había resultado un éxito, su jefe había asumido una compleja responsabilidad y ahora él tendría que hacer su trabajo. Como médico, su vinculación en la operación, al inicio, era ocuparse de la salud de Andrés Miranda, un espía americano preso en una cárcel cubana, a quien debían evacuar lo antes posible. El delicado estado en el que, según informes de inteligencia, se encontraba había precipitado los acontecimientos, haciendo necesaria una intervención inmediata y para ello, el plan ideado por Diego Hernández, su jefe de operaciones, resultó ser providencial, aunque él tuviera que padecer durante más tiempo del inicialmente previsto y con mayor virulencia de lo pensado, aquellos ataques. Pero poner a salvo a Miranda era totalmente prioritario. Viendo a Diego ahora tumbado sobre la cama, con la espalda al descubierto dejando a la vista los recientes moratones y cortes sufridos, recordó la calma con que se tomaba la situación durante los meses que habían permanecido en prisión. Una calma únicamente rota el día anterior a su salida, y que había puesto en peligro su puesta en libertad. No podía culparle por perder el control cuando le vio dirigirse a su celda doblado por la mitad sin poder contener las lágrimas de dolor, después de que se ensañaran con él de manera especial aquel día, como si supieran que ya no podrían abusar de él nunca más. Santos se preguntó hasta qué punto, Diego Hernández había previsto aquel sufrimiento.
Procurando no hacer ruido, se dirigió a la que sería su habitación y, al igual que su jefe había hecho un rato antes, conectó el móvil y el portátil que encontró en su armario. Dirigiéndose al baño, se detuvo un momento frente al espejo que le devolvió una imagen de sí mismo muy diferente a la que obtenía casi ocho meses antes, cuando aún en los Estados Unidos, se preparaba para aquella misión. A sus 45 años, el ex marine hacía años que no experimentaba aquellas sensaciones, pero la adrenalina había surgido de nuevo como si tan sólo hubiesen pasado unas horas desde su última misión. Abrió el pequeño armario que había junto al lavabo en busca de unas tijeras y maquinilla de afeitar pero no encontró nada. Afeitar aquella poblada barba era casi una necesidad para él, e intuyó que igual debía serlo para sus compañeros.
Con una mueca de disgusto, dejó la habitación y se dirigió a la parte baja. Salió al espacio exterior en la parte posterior de la casa y despreocupadamente, cogió el balón de baloncesto e intentó algunas canastas. Pero estaba cansado y hambriento. Y le dolía la cabeza. Se preguntó cuánto tiempo tendrían que estar allí. Ya había reparado en la disposición de las habitaciones y los ventanales y se había hecho una composición de lo que les quedaba por delante. Se preguntó si Miguel y, sobre todo, Tony serían capaces de aguantar la presión.
Siendo el más joven del grupo, a sus 25 años, Miguel Dorta había demostrado sus dotes en el manejo de explosivos y falsificación de documentos con creces y su actuación había sido fundamental en la liberación de Miranda. Su seriedad y preparación militar habían sorprendido a Santos, aunque no a Diego, que parecía conocer a la perfección las características de su equipo. Tony era otra cosa, y su idilio con Clarita Torres durante el tiempo que permaneció en la isla, había hecho enfurecer a Diego nada más enterarse.
En ello pensaba mientras se dirigía a la cocina y abría la bolsa que había dejado sobre la mesa, junto a un pack de cervezas. De la bolsa sacó un pequeño botiquín y comprobó que tenía todos los medicamentos necesarios para tratar las heridas de su jefe y cualquier eventualidad que surgiera, cortesía de los servicios médicos de la base militar de Guantánamo, a donde habían llegado hacía tres noches.
A esas alturas hacía meses que Miranda debía estar en los Estados Unidos. 'Espero que ese tipo lo mereciera', pensó, guardando algunas cosas en la nevera. Cogiendo una cerveza, aún fría, y guardando el resto, se dirigió al cómodo sofá y tomando el mando del televisor se dispuso a entrar en contacto con la rutina que le daría la bienvenida durante las siguientes semanas. 'Cinco semanas, al menos' le había dicho el agente de Seguridad Nacional que conducía el taxi que le había dejado frente a la casa. Una eternidad.
….
A Tony Rodríguez, la bronca que Diego le había echado nada más enterarse de su pequeño desliz con Clarita, aún resonaba en sus oídos. Pero para él, que había pasado gran parte de su vida dedicada al continuo estrés que su trabajo le ocasionaba e intentar ir siempre por delante de sus competidores sin ser descubierto, convirtiéndose en uno de los hackers más reconocidos del momento entre el mundillo y montando por otro lado una empresa de creación de software para videojuegos, la convivencia en el viejo edificio de cuatro plantas con dos baños y un único teléfono para las cinco familias que allí vivían, había sido toda una experiencia. En un lugar donde la privacidad prácticamente no existía, donde todos compartían y se ayudaban en aquello para lo que cada cual resultaba útil, Clarita se había convertido en la persona más cercana a él y, aunque siempre pendiente del trabajo que tenía encomendado, no pudo evitar enamorarse de aquella joven, que veía en él tan solo al apuesto electricista que fingía ser y jamás sospechó que se hubiera convertido en una especie de espía.
Nada más lejos de las intenciones de Tony, quien deseaba con ansias regresar a su antigua y estresada vida, nada comparable a la experiencia que vivía desde que recibiera aquella extraña misiva que pronto descubriría, provenía de la CIA. Temeroso de que sus actividades como hacker hubieran salido a la luz, Tony pronto conoció las razones para su reclutamiento. Por alguna razón que no alcanzaba a entender, aquella misión requería de un grupo totalmente alejado de la Agencia. Y él cumplía el perfil, no podía negarlo. La CIA tenía un amplio historial de sus actividades como hacker… no, no dejarían pasar aquella oportunidad. Tendría que ser más cuidadoso a partir de entonces.
'A partir de ahora' pensó, sintiendo el nudo que se le formaba en el estómago, mientras giraba la llave de la puerta de entrada en la vivienda. Sus instrucciones eran claras. Poner en funcionamiento portátiles y móviles y tener listas las conexiones con su contacto en Estados Unidos, alguien a quien él desconocía, pero a todas luces era el superior de Diego. ¿Con qué fin? Aún lo ignoraba, aunque sospechaba que su jefe sabría algo al respecto.
Nada más entrar reparó en el televisor encendido y la figura que descansaba en el sofá, aun sujetando el mando. Igual que Santos, Tony estaba a punto de sucumbir al cansancio tras el viaje y la tensión de las últimas horas. Recordando su mandato, se dirigió en primer lugar a la parte alta de la vivienda y entró en la que sería su habitación, un amplio dormitorio con baño adyacente que se le antojó todo un lujo. Dirigiéndose a él, abrió el grifo del lavabo y pudo comprobar la generosidad con que fluía el agua, autorreflejo de uno de sus múltiples trabajos en la isla. Sí, también había hecho de fontanero, aunque la electricidad se le daba mucho mejor; se miró en el espejo, sonriendo con satisfacción. Clarita había hecho un buen trabajo recortando su cuidada barba. Se la dejaría, como recuerdo, decidió.
Quitándose la ropa decidió desentumecer músculos y huesos bajo una confortante ducha. Las cuestiones técnicas podrían esperar un poco, pensó.
No mucho, decidió después de vestirse de nuevo y comprobar el contenido del armario de su habitación. Se preguntó cómo habrían adivinado su talla sintiendo la inconfortable sensación de que su vida no era un secreto para nadie y de estar permanentemente vigilado. Cogiendo el móvil y el portátil se dirigió a la parte baja de la vivienda y los puso sobre la mesa de la cocina. Abriendo la nevera observó con disgusto que apenas tenía nada y cogiendo una caja de cereales que encontró en un mueble, se dispuso a trabajar en lo que más le fascinaba. Conectando el móvil al ordenador, comenzó a escudriñar las entrañas de ambos aparatos mientras, enchufados a la corriente comenzaban a cargarse.
No le llevó mucho tiempo encontrar las conexiones necesarias y las claves que le abrirían las puertas de la agencia de inteligencia americana y con ello la primera toma de contacto de vuelta a casa. A partir de ahí, silencio. Supuso que sería aún pronto para recibir algún tipo de señal y algo desilusionado, dejó el equipo a un lado y salió al exterior de la vivienda. Mirando incrédulo la barbacoa, se preguntó cómo les harían llegar la comida, si no podían abandonar en ningún momento aquel lugar. Decidió matar el hambre fingiendo un uno contra uno al baloncesto, interrumpido únicamente al ver la sonriente figura de Miguel Dorta en la puerta.
….
Miguel hacía tiempo que había abandonado la postura militar que le caracterizó en los primeros días y que Diego le había obligado a eliminar por completo. Sin embargo, su trabajo durante toda la operación poco había diferido de aquel para el cual estaba plenamente entrenado. Experto en explosivos, la afición le venía de tradición familiar, aunque en un campo ligeramente diferente. De feria en feria había recorrido gran parte del país con sus tíos, dedicados a la pirotecnia y con ellos había aprendido las bases de lo que más tarde, una vez fallecidos éstos, se había convertido en su profesión en lo que consideró su hogar a partir de entonces, el ejército.
Miguel se sentía feliz de estar de vuelta y aunque sabía que aún pasaría tiempo antes de retomar su vida, no temía las semanas de reclusión que le esperaban junto a sus compañeros. Algo parecido había vivido ya en el ejército y aquella casa le resultaba reconfortante. El sonido del televisor y del balón en el patio trasero, le indicó que no era el primero en llegar. La figura echada en el sofá y el suave ronquido de Santos le hicieron sonreír mientras se dirigía con sigilo al exterior de la vivienda. Allí, concentrado en alguna imaginaria jugada se encontró con Tony, junto al que había compartido gran parte del tiempo que habían permanecido en la isla y convirtiéndose en el único testigo de la relación que su compañero había mantenido con Clara Torres.
Una mueca de dolor surcó su cara al recibir el balón que le lanzó Tony. Aún su mano tenía restos de las heridas causadas por la manipulación de los explosivos utilizados para desviar la atención de la seguridad de la isla y poder entrar en la base militar de Guantánamo.
"Hey," saludó. "¿No ha llegado el jefe?" preguntó.
Tony se encogió de hombros. "No parece. Igual ni viene… ¿Has visto la nevera?"
Por su expresión Miguel dedujo que no debía estar demasiado llena. Ignorando el tono con que se había referido a Diego Hernández, recordó la bolsa que le habían dejado. "No te preocupes, yo he traído las provisiones."
Tony arqueó las cejas sorprendido. "¿A qué estamos esperando, entonces?" Soltó el balón que Miguel le había devuelto y ambos entraron en la casa.
"¿Te han dicho algo?" preguntó Tony, sacando el contenido del paquete que traía Miguel.
"No," respondió Miguel, notando cierta ansiedad en el tono de su compañero. "Oye, tómatelo con calma. Esto va a llevar un tiempo."
"¿Has estado alguna vez en esta situación? Porque yo…" empezó Tony.
"Sí, por supuesto, aunque eran entrenamientos," le dijo Miguel. Siendo siete años menor, sin embargo Miguel tenía mucho más control de la situación. Supuso que su formación militar tendría algo que ver y le preocupaba su amigo. "Oye Tony, esto… te puedo imaginar perfectamente, por lo que me has contado, días y días, encerrado trabajando en algún proyecto informático, ¿me equivoco?"
Tony frunció el ceño. "¿Dónde quieres llegar?"
"Empléate a fondo," le respondió Miguel con una sonrisa, señalando el equipo que había dejado Tony sobre la mesa de la cocina. "También creo que deberías aclarar las cosas con Diego," siguió esta vez más serio. "Sobre Clara," añadió, mientras se mordía la lengua para no continuar con 'te lo dije'.
"Sí, supongo, si es que viene. Si vamos a estar encerrados aquí no sé cuánto tiempo, no tendré más remedio. Joder," murmuró.
"¿Ibas en serio con ella?" preguntó Miguel.
"Sí… no… no sé, tenía algo especial," Tony frunció el ceño, molesto. "Pero no estábamos allí para eso." Tony empezaba a tomar conciencia de que quizás se habría retrasado en plantear la simulación del traslado de Javier Santos y Diego Hernández a otra prisión, manipular la información informática y obtener los documentos necesarios. Cuando vio el lamentable estado físico de Diego Hernández el día de su salida, fue consciente por segunda vez de lo arriesgado de un plan que había salido en su primera parte, simplemente perfecto. Nadie pudo relacionarles con la huida de Andrés Miranda y la cobertura había resultado absolutamente eficaz.
"Pero, ¿te gustaba o no?" insistió Miguel, sacándole de sus pensamientos.
"Mira chaval, dejémoslo, aclararé la situación con Diego. Sé que le debo una disculpa."
"Vale." Miguel decidió dejarlo. "Uhm… voy a… subir, según me han dicho, hay una habitación para cada uno…"
"Sí, suite con baño completo a nuestra disposición," Tony sonrió nerviosamente. "Hay de todo… ah, y baja tu móvil y el portátil, te los conectaré."
"Claro." Miguel abandonó el lugar y se dirigió a la parte alta. Sabía cuál sería su habitación y la encontró amplia y confortable, como el resto de la casa. Abriendo la ventana, vio que daba al patio donde había encontrado a Tony jugando al baloncesto. Ya había imaginado que las contraventanas del frente eran falsas. En el armario pudo encontrar ropa informal y un traje que llamó su atención, así como el móvil y el portátil que le había mencionado Tony.
Se sentó un momento en la cama. Sólo tenía 25 años y ya se había metido en una buena. Y no le disgustaba, razonó. Quizás podría pedirle a Diego una recomendación, seguro que él era un pez gordo de la CIA. Si le volvía a ver, claro.
Dejando la habitación regresó a la parte baja llevando consigo el portátil y el móvil, donde charlaban animadamente Tony y Javier, el cual se había despertado con el aroma de la comida que calentaba Tony. Eran las cuatro y media de la tarde y estaban hambrientos.
"¿Qué tal, Javier?" saludó Miguel, dando a un abrazo a su compañero.
"¿Cómo tienes la mano?" preguntó Javier, tomándole el brazo y examinándola cuidadosamente.
"Tú dirás, doctor," respondió Miguel con una sonrisa. "Duele un poco, pero por lo demás, todo en orden."
"Sí, sólo has de tener cuidado de que no se infecte," accedió Javier. "Tuviste suerte," añadió.
"Lo sé," repuso Miguel, recordando como la chaqueta se le había enganchado en la alambrada, y no pudo retirar el brazo con tiempo suficiente. "Fue una estupidez, podía haberlo hecho mejor," frunció el ceño. No había tomado las precauciones que normalmente tomaba, seguramente debido al cansancio y el accidentado trayecto hasta la base, parando a cada momento para atender a Diego y tomando todas las precauciones posibles para que el coche no diera muchos saltos y esquivar cualquier posible control. El pensamiento de que aquella operación llegaba a su fin, también le había hecho precipitarse y cometer errores. Igual no era muy buena idea pedir una recomendación al jefe.
Curioso, miró lo que removía Tony. "Tenemos comida china, pizzas en el congelador, bebidas y un regalito para la barbacoa," anunció éste con una sonrisa. "Al menos, parece que no pasaremos hambre."
A su vez, Javier había sacado de la nevera un par de manzanas y las estaba cortando en pequeños trozos. Por momentos, atendía un cazo con agua al fuego.
Miguel se quedó mirándoles un momento. Apenas sabía cocinar y se había acostumbrado a la comida que les daban en el ejército, sus hamburguesas y comida precocinada. No dejaba de tener gracia. En Santiago de Cuba, en la casa donde había convivido con Tony, no le había visto cocinar jamás. Pero siempre encontraron un plato caliente en la mesa.
Cuando Javier introdujo los trozos de manzana en el cazo de agua y añadió un par de cucharadas de azúcar, frunció el ceño. "¿Qué es eso? ¿Un postre?" preguntó.
"No, estoy preparando esto para Diego. Estará hambriento y nada de lo que tenemos por aquí le va a sentar bien."
Tony se giró. Tanto él como Miguel se quedaron mirando a Javier. "¿Qué pasa?" preguntó éste.
"¿Está Diego aquí?" preguntó Tony nervioso.
"Por supuesto. Ya estaba aquí cuando yo llegué. Ha debido pasar el día durmiendo. El descanso le vendrá bien," respondió.
"¿Cómo está?" preguntó Miguel con tono preocupado. "Cuando os recogimos en la prisión de Santiago de Cuba, no tenía muy buena pinta, ¿qué le pasó?"
"Nada extraño en aquel lugar, ajustes de cuentas," les explicó Javier, dándose cuenta de que apenas habían tenido tiempo de hablar de nada durante su huida. Tony y Miguel lo habían hecho antes con Miranda, pero no por ello, resultaba más sencillo. El tramo que habrían de hacer a pie, preocupaba a Javier, quien no sabía si Diego, que no paraba de gemir cada vez que cogían algún bache, sería capaz de hacerlo. "Le dieron una buena paliza, pero es fuerte, saldrá de esta. Voy a… voy a subir, me parece que se oye algo arriba."
Javier les dejó, no queriendo dar demasiadas explicaciones de un asunto sobre el que tenía algunas preguntas que hacer a su jefe.
El sonido de la ducha que le había parecido escuchar desde abajo, se hizo más evidente según ascendía las escalera. Con la bolsa de medicamentos, se dirigió a la habitación de su jefe, y dio un par de toques en la puerta, ahora cerrada y esperó. "¡Voy!" escuchó decir y al poco tiempo se abrió la puerta.
Estupefacto, Javier sólo acertó a decir "¡te has afeitado!" antes de dar un abrazo a su jefe.
"Sí…, " dijo Diego, algo sorprendido. "¿Qué problema hay?"
"Para mi, el bien más preciado de esta casa es una maquinilla de afeitar. Parece que eres el único que tiene una," dijo Javier.
"Lo pondremos en la lista de peticiones y en un par de días tendrás una para ti," le dijo Diego. "¿Han llegado Miguel y Tony?"
"Sí, hace rato, están preparando algo de comer. Tengo algo para ti, también. ¿Cómo estás? ¿has descansado? Estabas profundamente dormido cuando llegué y no quise despertarte," comentó Javier.
"Estoy bien, un poco dolorido, eso es todo," contestó Diego sin mirarle a los ojos.
Javier hizo una mueca. "Tiéndete en la cama, vamos a revisar esas heridas."
Diego empezó a protestar pero Javier le interrumpió. "Oye, tómate esto en serio, Diego. Tú eres el jefe de operaciones pero yo soy el médico aquí, y en cuestión de salud, no voy a permitir que nadie ponga en duda mi autoridad. Así que túmbate."
Diego le miró dubitativo, pero Javier no parecía tener intención de dar marcha atrás. Así que, aun sin disimular su disgusto, se sentó en la cama y se levantó la camiseta nueva que se había puesto tras la ducha.
"Mejor te quitas la ropa," le pidió Javier, examinando algunos de los medicamentos de su bolsa que colocó junto a gasas y unas píldoras. Colocándose unos guantes, rompió una pastilla de la que manó un líquido aceitoso.
Diego cerró los ojos un instante, adivinando lo que ocurriría a continuación. No era la primera vez que sentía su intimidad intensamente violada en aquellos meses, pero Javier no sólo era su médico, sino además el mejor aliado que podría tener a su lado. Se quitó la ropa e hizo todo lo que le pidió Javier. No pudo evitar sin embargo estremecerse al identificar el dolor. "Lo siento, es sólo un momento. Habrás de hacer esto al menos dos veces al día. Si no puedes, te ayudaré. Tómatelo en serio, no te gustaría tener una infección y esto te protegerá, además de ayudar a cicatrizar más rápidamente las heridas," le explicó Javier. Quitándose los guantes le pasó una toalla para cubrirse mientras palpaba el hígado, el estómago, las zonas inflamadas por los golpes que había recibido. Los moratones más antiguos comenzaban a ponerse amarillos y el conjunto le hizo mover la cabeza con disgusto. Había memorizado las radiografías que le habían realizado en la base militar y que no quisieron dejarle y, aunque parecía mejor, no se encontraba a gusto sin material médico más preciso.
"Siéntate, te cambiaré las gasas de la espalda," le ordenó Javier continuando su meticuloso trabajo. "No debes dejártelas húmedas si te das una ducha, mejor te las quitas antes y luego me avisas. Te pondré un cicatrizante. Escuece un poco, Miguel ya estuvo protestando antes." Mientras lo hacía, se preguntó qué pretendían con aquellos cortes, como si no les valiese con todo lo demás. Pero no se atrevió a preguntar, sería innecesario y no quería añadir más angustia a la que su jefe ya padecía, aunque lo disimulara muy bien.
"Tienes que comer, Diego," le dijo al finalizar. "Te he preparado algo que te irá bien. Vístete mientras lo subo."
"Puedo ir yo, no hace falta el servicio a domicilio," protestó Diego, ya más tranquilo.
"Te conviene descansar, sé que has estado durmiendo gran parte del día, pero te recomiendo seguir así. Mañana por la mañana, veremos cómo vas," le dijo Javier, en tono serio.
Cuando regresó, Diego ya se había vestido por completo y examinaba su portátil, totalmente cargado. "Tony lo conectará, pero te anticipo que más allá del logo de la Agencia, no hay nada," le anunció Javier. "Estaba decepcionado," añadió con una sonrisa.
"¿Ha conectado los portátiles? ¿Y los móviles?" preguntó Diego, frunciendo el ceño.
"El suyo, creo."
Diego hizo una mueca. "No tiene por qué haber nada en los ordenadores. Dile que no toque los móviles. Y si ha conectado el suyo, ya puede empezar a desconectarlo. Ya os explicaré de qué se trata. ¿qué es eso?" dijo Diego, señalando el cuenco que traía Javier.
"Puré de manzana, la experiencia me dice que lo tolerarás bien… y no sabe nada mal," le advirtió.
"Tengo hambre… pero no sé…" Diego miró el plato sin atreverse a llevarse nada a la boca.
"Confía en mi," le dijo Javier. "La inflamación ha bajado algo. Estoy bastante seguro de que esto te sentará bien. Llevas cinco días sin apenas probar bocado y eso no es bueno."
Diego comenzó a comer despacio, no muy convencido, pero pronto descubrió que efectivamente, no sólo tenía buen sabor, sino que además parecía llegar a su estómago sin que éste se revolucionara y terminara haciéndole vomitar como en las ocasiones que estando en la base de Guantánamo, casi le habían forzado a comer algo.
Javier le observó en silencio, mordiéndose la lengua por preguntar. "Diego," empezó finalmente. Este levantó la mirada un momento. "Me gustaría preguntarte algo aunque no tienes por qué responder si no quieres. ¿Esperabas algo de esto?"
Diego permaneció en silencio un momento, quizás buscando las palabras de una pregunta que sabía habría llegado en algún momento. "Cuando leí los informes que inteligencia me pasó sobre las condiciones en que estaba Miranda en aquella prisión, entendí que teníamos que hacer algo, nada más llegar. Y si alguien iba a correr ese riesgo, tenía que ser yo," Diego hizo una pausa. "Contestando a tu pregunta, sí, me lo esperaba y por eso te llevé conmigo dentro. No sólo para que ayudaras a Miranda. No voy a negar lo evidente, no ha sido divertido, pero lo hemos conseguido, Javier," terminó con una sonrisa.
Javier asintió en silencio. La importancia que su presencia tenía para Diego le conmovió.
"¿Por qué la CIA decidió contactar con nosotros? Quiero decir, vosotros tenéis gente bien preparada, recursos más que evidentes, ¿por qué Tony o Miguel, o incluso yo?" preguntó Javier.
"No lo sé, pero por lo que me dijeron, tienen algún problema con uno de los grupos infiltrado en la isla y la urgencia por sacar a Miranda y traerle de vuelta a los Estados Unidos les impidió hacer uso de sus agentes de campo, y no parece que quisieran confiar en nadie vinculado a ese sector geográfico, supongo. Dudo que haya muchas personas conocedoras de esta misión, en realidad." No era todo, pero no desvelaría lo que él solo sabía. Tampoco pensaba sacar a Javier Santos de su error. Aún no.
"Entiendo. Se arriesgaron," razonó.
"Puede, pero les ha salido bien."
"Tú trazaste un plan, no ellos." dijo Javier, frunciendo el ceño.
"Sí, un plan para Miranda y un plan para nosotros," remarcó Diego esperando que Javier en algún momento recordara sus palabras. "Aunque costó más de lo previsto que Tony consiguiera introducir nuestro perfil en las bases de datos del gobierno cubano y extraer la orden de traslado que nos sacó de prisión," le explicó Diego. "Nunca dudé de él pero cuando me enteré de lo de Clara… puso en peligro nuestra seguridad, la de los cuatro. Ahí, íbamos a ciegas, Miranda ya estaba fuera de la isla y…"
Javier asintió. "Por eso pediste información sobre ella nada más llegar a la base." Una duda le asaltó repentinamente, por qué se habían ensañado con Diego justo cuando les iban a sacar.
"Por supuesto. Aún no estamos a salvo. Por ello estamos aquí. Si la inteligencia cubana descubriera la conexión entre Miranda y nosotros, nuestras vidas podrían estar en peligro y ya nada sería igual. Creo firmemente que ninguno de los cuatro desea eso. No nos hemos tomado tantas molestias en desligarnos de Miranda para que un desliz lo eche todo por tierra."
"Y ¿has sabido algo?" preguntó Javier, preocupado.
"No, aún no. Pero llegará en cualquier momento. Oye… ¿no hay más de esto?" preguntó Diego pasándole el plato vacío a Javier.
"Poco a poco, no vamos a tentar al diablo. Pero es buena señal que lo toleres, y las heridas de la espalda curan bien. Pronto estarás como nuevo," le respondió Javier con una sonrisa.
"De acuerdo, ¿qué hora es?" preguntó mientras alargaba la mano y cogía el móvil. "Vaya, ¿ya son las cinco y veinte?"
"Sí, ha sido un día extraño. Voy a comer, a ver si Tony o Miguel me han dejado algo. Descansa, mañana nos organizaremos mejor."
"Por supuesto, dile a los chicos que mañana a las 9 les quiero listos para una reunión," dijo Diego.
"De acuerdo, jefe." Javier recogió sus cosas y dejó la habitación, sin poder quitarse de la cabeza a Clara Torres y la paliza que le habían dado a Diego el día antes de la salida de Santiago de Cuba.
'Reunión a las 9' pensó Diego. Ahí pondrían las cartas a la vista, todo cambiaría y comenzarían a trabajar su regreso, algo que anhelaba desesperadamente.
Aún recordaba el abrazo de su superior, sus palabras de ánimo y la tristeza que dejó entrever por un instante. "Esto te cambiará la vida, te cambiará a ti," le había dicho. Esperaba que no fuera así, aunque ser consciente de que eran sus decisiones las que contaban, de que era responsable de tres personas, cuatro si se incluía a sí mismo, cambiaba totalmente la perspectiva. Deseaba y así rogó en la pequeña plegaria que aquella tarde rezó, haber hecho bien al conservar aquel pequeño hilo de contacto con el mundo del que había formado parte hasta hacía unos ocho meses, un tiempo que le parecía una eternidad.
….
