Mi madre había dejado un vestido verde claro sobre la cama. Tenía un pequeño cordón del mismo color que até con un lazo a mi cintura y abroché los botones. Me recogí el pelo húmedo en una trenza y ni siquiera me miré al espejo cuando bajé a la cocina. Mi madre estaba cocinando algo que olía francamente bien, pero mi estómago estaba completamente cerrado y sabía que no iba a ser capaz de tragar un solo bocado. Prim estaba agachada acariciando a Buttercup mientras este comía de su plato. Podía oírlo ronronear. En cuanto me escucharon entrar en la cocina se giraron a mirarme.

-Estás preciosa, Katniss. Sabía que ese color te quedaría bien.

-Gracias mamá.- realmente le estaba agradecida por haber elegido aquel vestido por mí. No tenía la cabeza para esas cosas. – No puedo quedarme a comer. De hecho- dije mirando al pequeño reloj que colgaba de la pared de la cocina. Las 13:10. Tenía el tiempo justo para atravesar el distrito y llegar al edificio de Justicia- me tengo que ir. Nos veremos luego… supongo.

No podía apartar la mirada de mi hermana. Esta podría ser la última vez que la viera así, feliz. Con el estúpido de Buttercup ronroneando por sus caricias. Con sus ojos brillando con orgullo, por su hermana, la que se presentó voluntaria para salvarla, que está allí. Ella no sabe que hay una parte de su hermana que nunca regresó. Una parte de la Katniss que fui que murió en la arena y nunca volverá.

Sin embargo le sonrío antes de darme la vuelta.

-¡Espera Katniss!- oigo sus pasos detrás de mí y me alcanza en la puerta de la calle. Me abraza. Y yo me dejó abrazar mientras acarició su cabeza y depositó un pequeño beso aspirando el olor a limón y amapola que desprende. Entonces se separa y me acerca un bollito de queso.- Toma. Los ha traído Peeta hace un rato. Quería verte pero aún estabas en la bañera.- Sigue ofreciéndome el panecillo, y el olor me acaricia las fosas nasales. Como ve que no lo cojo añade: Está recién hecho, y deberías comer algo.

Al final asiento y tomó el panecillo entre mis manos temblorosas. No soy capaz de decirle nada, las palabras que se forman en mi cabeza no las pronuncia mi boca. Ella me vuelve a sonreír infundiéndome coraje, y me da un pequeño empujón hacía la calle.

Me dirijo hacía el edificio de Justicia. El sol acaricia mi piel y es una sensación agradable pero a la vez es como si el sol acariciara otra piel y no la mía. Siento el calor de manera distante. Mi mente está en otro lugar, muy lejos de toda aquella pesadilla. Me imagino que estoy con mi padre en el lago y que este calor nos alienta a bañarnos, y jugamos con el agua fría. Y reimos, y escucho su risa distorsionada por el tiempo y es entonces cuando entiendo que aquello es un recuerdo. Mi padre empieza a cantar, y yo me callo al igual que todos los pájaros del bosque. Lo escuchamos. Su voz nos mece en una ensoñación, cómo si el mundo fuera perfecto, como si no existieran las atrocidades del Capitolio. Mientras camino, su voz me acompaña y por un momento siento que camina a mi lado, que no estoy sola y me siento protegida.

Todo aquel sentimiento se esfuma cuando vislumbro la silueta grisácea del edificio de Justicia. En la puerta principal las figuras del alcalde, Effie y Peeta me esperan. Me acerco respirando hondo con cada paso. El alcalde y Effie me sonríen con orgullo. Peeta me mira, escudriñando en mi mirada qué puede estar pasando por mi cabeza. Yo le devuelvo la mirada y aunque mi intención es tranquilizarlo, creo que no lo consigo porque alza levemente una mano en mi dirección. Tomo su mano sin dudarlo y la aprieto. Me devuelve el apretón sin decir una palabra.

-Bueno chicos, tenemos muchas cosas de las que hablar así que seguidme.

La voz del alcalde me llega distante, y lo sigo por inercia, sin pensar, porque en realidad no he escuchado ni una sola de sus palabras. Llegamos a una gran habitación. La decoración es austera, apenas unos sillones verdes rodeando una mesa baja en la que se encuentran cuatro carpetas negras idénticas. Tomamos asiento y la distancia entre los sillones me obliga a soltar la mano de Peeta. En cuanto nuestro contacto desaparece vuelvo a sentirme desorientada y sola. El alcalde nos insta a abrir y leer el contenido de las carpetas. Todas las hojas llevan el sello del Capitolio y siento arcadas aunque apenas he comido nada. En las dos primeras hojas se nos describe el procedimiento habitual de los mentores, todas nuestras obligaciones y el poder que tendremos sobre nuestros tributos. Lo leo pero en realidad ni una sola palabra cala dentro de mi cerebro. Hay que firmar, así que firmo, pero ni siquiera entiendo porqué. Al fin y al cabo, no hay manera de escapar de esto. Las siguientes hojas nos explican que como se trata de los Septuagésimo quintos Juegos del Hambre, este año se celebra el tercer Quartel Quell y eso conlleva un giro en los acontecimientos en la Arena: a los tributos que sobrevivan al primer día en la Arena, se les asociara un muto que sólo ellos serán capaces de matar. Es decir que el animal mutante los perseguirá hasta que uno de los dos muera a manos del otro. Si el muto se cruza con algún otro tributo, no atacará porque cada muto corresponde a un tributo. Y cómo si enfrentarse a un muto solo no fuera ya de por sí difícil, los Vigilantes han decidido que el animal tomará la forma que más asuste a cada tributo y todo esto con las características de un muto. Así que si te dan miedo las serpientes, una enorme serpiente con colmillos afilados y el triple de capacidad de producir veneno te perseguirá hasta tu muerte, a no ser que tengas un arma y seas lo bastante valiente como para sobrellevar tu miedo y acabar con ella. El problema es que las armas se consiguen en la Cornucopia. Se están asegurando un baño de sangre. Y probablemente la victoria de uno de los Profesionales.

Cuando Effie y el alcalde salieron por la puerta estaba temblando de pies a cabeza. Teníamos diez minutos hasta que empezara la cosecha que tendríamos que presenciar desde el improvisado escenario.

-Es horrible. No podemos decirles que vayan a buscar un arma... No pueden no tener un arma…- susurré mientras miraba mi firma en la esquina inferior derecha de los papeles. Peeta no respondió, lo miré y su semblante era impenetrable, parecía una bella estatua de mármol. Me levanté con las piernas temblando y me senté en el respaldo de su sillón. Vi cómo me miraba sin mirarme en realidad, pero abrió los brazos para que me sentara en su regazo en un amán protector que debía ser un acto reflejo. Me acurruqué y escondí mi cara en su pecho y eso es todo lo que necesitaba para empezar a sollozar. Me abrazó aún más fuerte.

-No voy a poder con esto… Peeta, no voy a poder hacerlo…- él no habla, sólo me abraza y por un momento me parece escuchar un grito ahogado en el fondo de su garganta. Quiero consolarlo, que no me vea tan débil, pero no sé de dónde sacar las fuerzas para sacar mi cara de su pecho. Así que como siempre, dejo que sea él el emocionalmente fuerte.

El ruido de la puerta al abrirse bruscamente hace que nos separemos pero Peeta no deshace nuestro abrazo. Creo que, como me dijo un año atrás en los carros, si le suelto se caerá. Aunque esta vez no sea literal. Por el ruido de la puerta ya sabía que no podía ser Effie pero cuando veo a Haymitch entrar casi bailando de felicidad con las manos detrás de la espalda, no puedo creerlo. Se descplaza hacía nosotros, riendo y cómo si tuviera un buen motivo para ser feliz. Está borracho, mucho más de lo que ha estado en los últimos meses, y eso es decir mucho. Pero intuyo que esta vez no ha bebido para olvidar los horrores de 25 Juegos del Hambre, incluyendo sus Juegos. No. Esta vez ha bebido para celebrar, y en cuanto llega a nosotros y retira sus manos de detrás de la espalda para ofrecernos una botella de alcohol blanco, lo entiendo. Se acabó. Para él, después de 25 años viendo cómo los niños a los que tenía que salvar morían, por fin se acabó. Ahora es libre.

Cojí la botella y su sonrisa se ensanchó, si es que eso era posible, se giró hacia Peeta y le dio unas palmaditas en la espalda. Y se fue tal y como había venido: bailando, tambaleándose y riendo a carcajada limpia mientras canturreaba el himno del Capitolio.

No me lo pensé dos veces. Desenrosqué el tapón y bebí un largo trago de la botella. El alcohol quemaba mi garganta cómo si fuese fuego líquido, pero yo no iba a dejar de beber hasta que me faltara el aire. Sin embargo las manos de Peeta tiran de la botella y la depositan en la mesa con un golpe seco.

-No.

-Alomejor lleva razón, alomejor es la única forma de encarar esto. Lleva más años aquí que tú y que yo…- mi voz no era más que un susurro que pretendía convencerlo a él y auto convencerme a mí también.

-¡No voy a permitir que te conviertas en una alcohólica!

Me empujó de su regazo con dureza. Se levantó cogiendo la botella y con paso decidido la arrojó a la papelera al lado de la puerta. El portazo se mezcló con el ruido de los cristales rotos. Nunca lo había visto así. Estaba realmente fuera de sí. Toda la ternura con la que me abrazaba para protegerme se había convertido en dureza, en rabia. El azul claro de sus ojos desaparecía mientras se alejaba de mí.

No podía ser sólo por mi intento de beber una botella. Su enfado estaba cargado de toda la rabia que sentía por la obligación de ser mentores de estos niños. Esa era la única explicación para su reacción. Y mientras me sumergía en la soledad y la desesperación, pasaron los minutos y una tímida Effie que seguramente había oído la pelea, me indicó que ya hora de salir.

Respiré hondo tres veces antes de atravesar las grandes puertas delanteras del edificio de Justicia.