No soy Stephenie Meyer, no creé "Twilight" ni a ninguno de sus personajes, lo que sí hago es ocuparlos para mis ideas de crear historias que jamás pasaron en los libros reales; tampoco lo hago con fin de lucro, aunque si me pagaran sería de lo más guay.
Alma en un sofá.
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II Capítulo: Más allá de lo que ven tus ojos.
"Había una vez una mujer en una habitación silenciosa"
Por fin habíamos llegado al famoso castillo. Y para serles completamente sincera, mi imaginación dejaba bastante que desear. El castillo era aún más hermoso de que la jamás imaginé. Era difícil saber cuantos pisos tenía, eran más de tres de eso estaba segura, se notaba que tenía ventanas muy grandes y que los cuartos estaban bastante iluminados. El jardín era realmente maravilloso, había muchas flores y árboles muy grandes que le daban un toque de vida al gran castillo.
Me bajé de la moto y sonreí complacida, por lo menos tenía donde entretenerme, definitivamente ese castillo tenía que tener muchas habitaciones. Un gritito ahogado me sacó de mis pensamientos. Definitivamente jamás iba a acostumbrarme a lo efusiva que era Alice.
- ¿Lo haz visto Bella? – me preguntó. Era una pregunta estúpida, era un castillo gigante en medio de la nada, creo que esta un ciego lo hubiera visto – Es mucho más hermoso en vivo y en directo, ya quiero ver mi habitación, y la tuya Bella ¡Oh Dios! Tiene una vista increíble…
- Alice, cariño se que no necesitas respirar pero por favor – le suplique sin despegar la vista de aquel espectáculo.
- Bien mis queridas damiselas – habló Emmett a nuestras espaldas – a bajar las maletas, ni crean que yo las bajaré… sobre todo tu Alice son demasiadas.
- Siempre tan caballero Emmett – le dije volteándome a verlo.
- Sí hermanita, es un don que se me da – sonrió con suficiencia y me guiñó un ojo.
- Sigue soñando Emmett – le dijo Alice – tú único don es ser insoportable – agregó bajando una de sus cinco maletas.
- Me haz herido pequeñaja, me haz herido – dije haciendo pucheros.
- Bienvenidos – saludó una voz a nuestras espaldas. Los tres nos dimos media vuelta para encontrarnos con un hombre muy apuesto.
Era un hombre alto, su cabello era rubio y corto. En sus labios bailaba una sonrisa hogareña e inclinó su cabeza a modo de saludo, en aquel momento pude ver que atrás de él había una pequeña mujer, era mucho más baja, tenía el cabello ligeramente ondulado de un hermoso color caoba, sus ojos nos miraban con cariño y en sus labios había una sonrisa maternal. Por un momento me recordó a mi madre, por un pequeño momento me sentí como en casa.
- Mi nombre es Carlisle Cullen y ella es mi esposa Esme – dije abrazando a su esposa por la cintura, mientras ella nos dirigía una mirada llena de ternura.
- Mucho gusto Carlisle – saludé por mis hermanos
- ¡Carlisle! – gritó mi hermano - ¿puedes creerlo Bella? ¡es él!
- Emmett, por favor – rogué – lo siento mucho - El hombre sólo rió
- No hay problema – nos dijo.
- Soy Bella Swan – me presenté y ofrecí mi mano – ella es Alice y el grandote que casi se lo come es Emmett.
- Lo siento – dijo mi hermano avergonzado.
- No hay problema Emmett – dijo Esme hablando por su marido. Realmente ella era muy dulce – pero por favor, no se queden ahí pasen, pasen.
- Muchas gracias – agradecí a la mujer y le sonreí.
Todos tomamos nuestras maletas. Emmett al final tubo que ayudar a Alice a trasladar sus maletas, mientras que Carlisle se ofrecía a llevar las demás. No era que Alice no tuviera fuerza, lo que pasa es que sólo tenía dos manos.
Si os había dicho que el castillo era hermoso por fuera, por dentro era aún mejor. Sólo al entrar y mirar hacia arriba me di cuenta de que cada uno de los pisos tenía una decoración diferentes. En la que estábamos era la sala y el comedor, seguramente en una puerta a la derecha estaría la cocina, algún baño y alguna que otra habitación. Era de un color piel, que le daba calidez al hogar, había muchos cuadros de grandes pintores, jarrones antiguos y alfombras tan peludas que daban ganas de acostarse para sentir la suavidad que emanaban.
- Todo es muy hermoso – susurré o eso creí.
- Muchas gracias – sonrió Esme
- Todo lo ha hecho mi esposa – sonrió orgulloso Carlisle.
- Eres muy buena en esto Esme, tal vez podrías decorar nuestra casa – reí ante mi comentario.
- No sería problema – dijo riendo ella también.
Al final de la sala, había una gran escalera de mármol, estaba perfectamente decorada con toques de dorado que seguramente era oro o algo así, le daba un toque antiguo pero muy elegante. De sólo ver esa escalera recordaba lo patosa que era cuando humana, tal vez, me hubiera roto algo si hubiera subido por allí.
- Suban y busque el cuarto que más les acomode – nos dijo Esme – hay cuartos para todos los gustos, me encargué que fuera así.
- Muchas gracias Esme, eres muy amable – dijo Alice sonriéndole.
- Aunque tengo que decirles que no son los primeros en llegar – dijo un cerio Carlisle.
Como si un silbato silencioso hubiera sonado, cuatro vampiros aparecieron por las escaleras. Dos de ellos iban muy juntos y con el debido respeto tengo que decir que parecían dos momias vivientes, en el último peldaño que bajaron pensé que iban a quebrarse algo.
Otro de los vampiros que bajó era más andrajoso, era más joven si y se notaba que era muy aventurero, tenía el cabello corto y algo desordenado, pero tenía una sonrisa acogedora que me hacía no tenerle miedo, o querer atacarlo. Atrás de él, venía una pequeña niñita que no superaba los quince años, tenía el cabello pelirrojo, largo y rizado y tenía un rostro perfecto con líneas definidas, parecía el rostro de un ángel.
- Ellos son Stefan y Vladimir – presentó Carlisle a las dos momias. Inclinaron un poco la cabeza y pensé que iban a quebrarse o algo así – La pequeña de allí es nómada y su nombre es Maggie, viene con…
- Garrett – habló el chico sonriéndonos a todos.
- Un gusto – dijo Emmett pasándole la mano. Creo que iban a ser grandes amigos esos dos grandotes – Ella es Bella la gruñona y ella es Alice la monstruillo – sonrió. Ambos levantamos nuestras manos y dos golpes certeros fueron a parar al brazo de Emmett – Auch – fue lo único que dijo, mientras que los demás reían. El ambiente era más liviano.
- Bueno, bueno suban y busquen algún cuarto – nos animó Esme.
- Gracias – dijimos a coro.
Los tres subimos al segundo piso, el cual estaba adornado de negro con blanco, el piso era de cerámica, mareaba un poco así que decidí ir de inmediato al tercer piso. Aunque no podía negar que la decoración de escala de grises era hermosa.
El tercer piso era muy diferente. Estaba decorado como si estuviéramos en otoño. Todo era muy cálido, y había varias pinturas de árboles con ramas secas y el piso estaba con hojas anaranjadas pintadas como una obra de arte. Realmente Esme había hecho un gran trabajo.
El cuarto piso y último, era una combinación extraña. Las paredes estaban pintadas con arte abstracta y el techo tenía miles de piedrecillas de colores, las ventanas tenían vidrios verdes, azules, rojos y transparentes y las cortinas eran largas hasta el suelo. Los pasillos no eran rectos, si no que curvos y las puertas eran de madera perfectamente talladas.
No sé si era idea mía o algo… pero para mí, el piso perfecto era este.
Comencé a abrir las puertas para ver cual cuarto me iba a quedar. Algunos eran muy pequeños, otros muy oscuros, otros muy psicodélicos, hasta que por fin, llegando casi al final del pasillo, encontré el cuarto perfecto; lastima que ese, ya estaba ocupado.
Las paredes eran de un azul cielo, que combinaba perfectamente con las cortinas azuladas. A un extremo había un sofá de cuero negro y al lado había un ventanal enorme que dejaba ver un paisaje espectacular, el bosque en toda su magnitud. Desvié la mirada de aquel paisaje y encontré un equipo de música el cual era de última generación, me acerqué y apreté PLAY.
Comenzó a sonar aquella melodía que me recordaba a mi madre, ella siempre la ponía para que yo durmiera. Sonreí; Claro de Luna de Debussy. Era una canción hermosa y hacía que todo mi cuerpo se relajara. Subí un poco mi mirada y me encontré con una colección perfectamente ordenada de CD's de todos los tiempos, había de todo un poco, y eso me hizo sonreír aún más, tal vez, el que vivía ahí podría prestarme para escuchar algunos.
Me di media vuelta y en una de las paredes encontré una pizarra de corcho. En ella había muchas fotos y algunas notas, seguramente para no olvidar nada, aunque seguramente eran innecesarias, los vampiros jamás olvidábamos.
Me acerqué a la pequeña pizarra y revisé cada una de las fotos, algunas era de Esme y Carlisle sonriendo como siempre. Otras eran de una pareja que aún no conocía, tal vez era su habitación, no lo sabía. En otras había un chico de cabellos cobrizos y fue ahí donde me detuve, era realmente hermoso, como un ángel o algo parecido, en todas las fotos se mostraba muy cerio, como si estuviera en su propio mundo o estuviera pensando en algo.
Era bastante alto, y se notaba que tenía un buen cuerpo; calculé la edad que tenía y no demostraba más de veinticinco, su cabello era muy rebelde y se mecía por el viento que había cuando tomaron aquella foto. Toqué la foto con mis dedos y mordí mi labio. Realmente se veía perdido, como si estuviera buscando algo que se le perdió hace mucho tiempo.
Había también una foto familiar, supuse, estaban todos la pareja que no reconocía, Carlisle, Esme, el chico misterioso y otra chica más, la cual estaba mirándolo a él, era muy hermosa, delgada y con el cabello rubio con tonalidades rojizas. Era su novia, pensé. Y por un segundo mi estomago se revolvió ante la idea. Era su novia. Pero nuevamente mi vista se posó en la otra fotografía.
- ¿Qué estas mirando? – me pregunté en voz alta.
- El crepúsculo – contestó una voz aterciopelada a mis espaldas. Automáticamente mi mano bajó de aquella foto y me di media vuelta para encararlo, aunque jamás imagine que estaba tan cerca. Me mordí el labio inferior con urgencia, era aún más hermoso en persona.
Ahí estaba él, aquel chico de cabellos cobrizos que sin duda la foto lo único que hacía era que perdiera encanto. Realmente me perdí en su mirada, era tan profunda y tan cegadora que simplemente me deslumbró. Era más alto de lo que pensé y sus labios ¡Dios! Era como si me llamaran y me dijeran que los besara una y otra vez. Y quise tocarlo, para saber si su piel era tan suave a como se veía.
Bajé la mirada avergonzada. Él me miraba con curiosidad y con el ceño fruncido, y de nuevo me equivoqué, esta era su habitación.
- Lo siento – dije en un susurró que simplemente sonó patético – normalmente no allano cuartos ajenos – sonreí nerviosa – sólo buscaba un cuarto para mi.
- ¿Te gusta Debussy? – me preguntó mirándome fijamente.
- Sí, esa es mi canción favorita – le dije sorprendida por el cambio de tema.
- Él continuaba mirándome inquisidoramente y eso me estaba incomodando. Me removí incómoda, al tiempo que mi cuerpo chocó levemente con el de él. Una corriente no identificada recorrió mi cuerpo en apenas unos segundos. Y me maldije interiormente por todo lo que estaba sintiendo, es decir, era un extraño.
Su mano se levantó tímidamente hacia mi rostro. Y como si me hubieran pegado al piso yo no me moví, quería saber que tal se sentía su piel en contacto con la mía, si se sentiría tan bien como imaginaba, así que sólo lo miré confusa a los ojos y el me miró maravillado a mi. En realidad no tenía idea de que estaba pasando, pero me gustaba, me gustaba mucho.
Su mano subía lentamente hacia mi cuello y la posó ahí. Mis labios se abrieron sin querer hacerlo y él apretó los suyos evitando algún ruido que tal vez, quería escapar de sus labios. Sus dedos siguieron subiendo y tocaron mi barbilla, el contacto era realmente calido y suave y no pasó ni medio segundo cuando su mano por fin se posó en mi mejilla.
Era muy extraño lo que sentía por aquel desconocido, no sabía su nombre, no sabía su edad, no sabía si aquella mujer era su novia, y jamás en mi vida lo había visto. Pero no quería que se separara de mi, era como si un calor se extendiera por mi cuerpo desde mi estomago hasta la punta de pies y la punta de cada uno de mis cabellos.
Entonces, él se acercó más a mí, dejándome atrapada entre su cuerpo y la pared. Sus dedos avanzaron sin ningún pudor desde mi mejilla hasta mis labios entreabiertos y yo exhalé el aire que habían mantenido en mis muertos pulmones. En aquel instante sus labios se separaron y dejaron escapar un corto jadeo, al instante su ceño se relajó y me miró lleno de duda, como si yo pudiera contestarle lo que preguntaba, si ni yo misma lo sabía.
Su perfecto rostro comenzó a acercarse a mi y yo de nuevo no me moví, porque quería que lo hiciera, era un necesidad que estaba teniendo hace ya bastante tiempo, porque quería saber que sabor tenían sus labios, si sabían tan bien a como él olía, porque era una combinación muy rara que tal vez jamás lograría descifrar, pero olía a sol, olía a cielo.
Sentí su aliento helado rozar mis labios. Ambos cerramos los ojos ante el contacto de nuestros alientos que se combinaban en una danza perfecta. Ambos queríamos saber que se sentía, a que sabía, queríamos saber como se sentía el pecado.
- Edward, tienes que ver… - sus palabras se cortaron al instante en que nos vio.
Me separé al instante de él y agradecí interiormente el tener ese momento de cordura. No miré hacia atrás a donde él aún permanecía, y tampoco quise mirar por mucho tiempo a aquella chica que me miraba queriéndome matar.
- Hola soy Tanya – se presentó la chica ante mi con un tono cortante.
- Soy Bella – le dije en un tono ahogado por la desesperación y la vergüenza – yo… seguiré buscando alguna habitación – le dije mirando mis pies, no tenía el valor de mirar a los ojos.
- Sí, es lo mejor – me dijo fríamente mientras pasaba por su lado, tomé mis maletas y simplemente escuché como la puerta se cerraba tras de mi.
Jamás en mis años de inmortal me había cegado de esa manera, jamás había besado a alguien porque simplemente no había hallado la oportunidad o el deseo de besar a alguien. Pero ahora había sido diferente, porque el deseo y la necesidad no habían faltado, pero ese era el problema, yo lo deseaba, deseaba besar a aquel extraño.
Edward, su nombre sonaba una y otra vez en mi cabeza. Él vivía aquí, esta era su casa y yo estaba en su habitación y nos acababa de pillar su novia.
Dejé caer las maletas y agarré mi cabeza con ambas manos, estaba volviéndome loca. ¿Cómo había sido capaz de hacer algo así? No lo conocía ¿qué mierda me estaba pasando? Golpee la pared, pero creo que no apliqué la fuerza necesaria para que esta se rompiera, al contrario, abrí la puerta que estaba mi lado. Entré en ella y definitivamente, iba a quedarme en aquel cuarto.
Era muy espacioso, había una cama en medio de dos plazas, no sabía para que estaba ahí pero simplemente me encantaba. Tenía cortinas que encerraban la cama y le daban un aire místico. Las paredes eran de un verde limón que contrastaban perfectamente con las cortinas de un verde más oscuro, en un equilibrio perfecto.
El piso era de madera reluciente, tenía un armario lo suficientemente grande para que entrara toda mi ropa, bueno la que Alice había elegido. Había una repisa también grande para poner todos mis libros y mis chuchearías, y un espejo en la pared para poder mirarme de cuerpo entero, un pequeño tocador y un ventanal gigante que daba al lado contrario que el de Edward.
Me estremecí. Edward.
No salí de mi habitación en toda la tarde. Tenía que arreglar todas mis cosas y en especial mis pensamientos. Aunque por más que intentaba ordenar mi ropa y ocupar mis pensamientos en otra cosa, simplemente la cara de Edward se venía en mi cabeza, y también la mirada fría de aquella chica, simplemente la había cagado. Aunque aún sentía su aliento fría sobre mis labios y sus manos grandes sobre mi piel. Sacudí mi cabeza y arrugué el ceño. Era suficiente.
Mi mente se fue a otro lugar. ¿Dónde rayos estaban Alice y Emmett? Y aún peor ¿Qué locura habían hecho ahora?
Abrí mi puerta y me sorprendí por el silencio que había en los pasillos, así que aceleré mis pasos para llegar rápidamente a la planta baja. A medida que me acercaba pude escuchar perfectamente gritos de aliento. Alice y Maggie eran las que gritaban por Emmett y Garrett, sonreí, seguramente estaban haciendo algún tipo de competencia.
Al pasar por la puerta de Edward un escalofrío me recorrió todo el cuerpo, arrugué el ceño y suspiré. ¿Qué iba a hacer con él? Iba a ser como si no pasara nada, o tal vez ignorarlo, tal vez sonreírle así nada más o tirármele encima con las ganas que tenía. Sacudí mi cabeza por doceava vez en la tarde.
Simplemente lo ignoraría lo más posible, apenas hablaría con él, no lo miraría y tampoco intentaría acercármele, simplemente le hablaría cuando fuera necesario y lo miraría a la vez. Eso era todo, y así simplemente el se cansaría de intentar hablar si es que quisiera y todo acabaría como lo que nunca pudo ser.
Aunque por dentro las ganas de volver a tenerlo así de cerca me carcomieran.
¡Hola gente hermosa! ¿cómo han estado? espero que de lo más bien, lo que es yo feliz por todos los review's que he recivido tanto en esta historia como en la otra que estoy publicando. Quice subir de inmediato un segundo capítulo, porque no creo poder subir en estas semanas que me quedan para entrar al colegio, aunque una nunca sabe y a lo mejor encuentran otro capítulo antes de marzo.
Bueno, aquí el segundo capítulo de esta historia, como ven Edward ya apareció y se se preguntan ¿por qué una reacción así de Edward? y es porque Edward sabe algo que Bella no, así que van a tener que seguir esperando para que esa atracción se aclare. En fin, espero sus review's, y espero que sean más que el capítulo anterior, soy algo obsesiva con respecto a ellos. Saludos y que tengan una linda semana.
