Bueno, bueno... ¿Se acuerdan de este fic? Pues traigo una ¿secuela? que espero disfrutéis leyéndola tanto como yo escribiéndola. Aviso que no tengo pensado hacer un longfic de esto, ya advertí en otros fics que no lo haría. Hago la misma advertencia que en el anterior, habrá muchas menciones a la religión y la relación se basa entre un cura (Eren) y un ateo (Levi). No es mi intención ofender a nadie, solo entretener. Sin más, ¡me despido de ustedes con un fuerte abrazo!
Shingeki no kyojin no me pertenece.
Dedicado a Luna de Acero por ofrecerme sus fantásticas ideas y hacer posible que esto cobre vida de nuevo :)
Advertencias: EreRi, temática religiosa.
Eren Jaeger releía por enésima vez el versículo de Marcos 12:30. Lo repetía en voz alta como un loro, sin pasión, sin ganas, pronunciando cada palabra en voz muerta.
—Amarás al señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente, y con toda tu fuerza… Amarás al señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente, y con toda tu fuerza… Amarás al señor…
Levi le había pedido su número de móvil. Él no tenía móvil, pero se compró uno justo esa misma mañana. El aparato seguía en la caja, sin abrirse.
—Amarás al señor tu Dios con todo…
Levi no quería ir todos los días a la iglesia para hablar con él. Nunca le gustaron los recintos sagrados. Él vivía permanentemente en ellos.
"Solo míralos. Esas expresiones de dolor, me da escalofríos" —decía mirando las esculturas de Cristo crucificado.
—Amarás al señor tu Dios con todo tu corazón…
Se había gastado 370 euros en ese móvil. La dependienta le encasquetó el más caro al advertir su nulo conocimiento sobre tecnología. Almacenaba miles de aplicaciones que no tenía ni idea de para qué servían, y que lo más probable es que sirvieran de adorno.
—Amarás a…
No le había dado su número a Levi; no se habían visto desde la última quedada, y no había acudido a la iglesia en ningún momento del día. Por su parte, Eren había oficiado una ceremonia por la mañana, luego una boda y ahora leía la biblia para recordar quien era y por qué estaba donde estaba. Si el obispo descubría de su romance con otro hombre, lo excomulgarían de por vida.
"Quizás incluso me salpicarían con agua bendita" —pensó, dibujándose una sonrisa en sus labios.
Levi era su perdición. Lo fue desde el momento en que lo conoció. El mismísimo diablo en persona. La tentación hecha carne.
—…y con toda tu alma, y con toda tu mente, y con toda tu fuerza… Aceptaré mi penitencia y castigo.
—Flashback—
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Los Ackermans siempre fueron muy devotos, creían en la palabra del Señor y predicaban a raja tabla todas las enseñanzas del evangelio. Tenían muy buena relación con el padre Eren, e incluso le pidieron que fuera él quien bautizara a su hija Mikasa de cinco meses. Eran un matrimonio ejemplar: ella ama de casa, él trabajaba en una inmobiliaria, iban a misa los domingos, daban gracias a Dios por el pan de cada día…
Pero en todas las familias había una oveja negra. En este caso, Levi Ackerman. Hijo de una prostituta, nacido por accidente, pues se desconocía la identidad del padre, seguramente fuera un cliente sin rostro que vivía ajeno a la existencia de un hijo fecundado por su esperma.
Los Ackerman, como buenos cristianos, lo adoptaron. Dejando a un lado de quién era hijo, pues Jesucristo no tenía prejuicios y trataba y amaba a todos por igual sin importar su procedencia.
Su educación, o como lo llamaría Levi, adoctrinamiento, fue un verdadero dolor de cabeza. Con seis años, Levi formulaba preguntas demasiado complejas, cuyas respuestas no podían darle.
—¿Por qué Dios permite las guerras?
—¿Por qué existen dioses distintos? ¿Cuál es el verdadero?
—¿Por qué en el pasado se cometieron tantos crímenes en nombre de Dios?
Los Ackerman insistían en la fe.
—Solo ten fe en Dios. Él te guiará —le respondían.
Por más que le hicieran rezar, Levi no sentía absolutamente nada. Le hablaba a la nada, mirando a un punto fijo en la pared de su habitación. En las misas se dormía, y por más que le hicieran leer la biblia, no escuchaba la llamada del Señor.
Tiempo después, cuando ya era más mayor, aproximadamente con doce años, se auto-proclamó ateo. No se lo dijo a sus padres, por supuesto. Comprendía que para ellos la fe era algo muy importante, algo que llevaban en el corazón, y no se lo recriminó ni una sola vez. Aunque a veces dejaba escapar comentarios mordaces o irónicos. Algunas situaciones le exasperaban y su mala lengua hablaba con cruel sinceridad.
Pese a ser un caso perdido, sus padres no dejaron de rezar por él.
Años después, tras la graduación de Levi, los Ackerman fueron bendecidos con su primer hijo biológico. Según ellos, Dios al fin había escuchado sus plegarias y les había concedido lo que por tanto años buscaron incansablemente.
Obviamente Levi no creía eso, pero se guardó sus palabras.
Su hermana se llamaba Mikasa. Una hermosa niña con mechones de pelo negro, con rasgos idénticos a los de su madre. Fue bautizada por Eren, en una ceremonia a la cual asistieron los familiares más directos. Levi lo observó todo desde el banquillo, aburrido e incómodo por la estatua de la Virgen que le miraba con ojos suplicantes.
Finalizado el bautismo, los Ackerman invitaron al padre Eren a comer a su casa para agradecerle el que hubiera sido él quien bautizara a su hija. Eren aceptó la invitación.
Dos días después, se presentó en casa de los Ackerman vestido de calle, pero con un rosario colgado en su cuello. Llamó al timbre de la puerta, esperando ser recibido por el anodino matrimonio; en su lugar, le abrió un chico joven con semblante serio y de aspecto amenazador.
Ahí empezó todo.
Eren tardó unos segundos en reaccionar. Su mente había quedado en blanco.
—Bue-Buenos días. Soy el padre Eren.
—Si viene a hablarme de Dios, no me interesa.
Y portazo en las narices.
Eren parpadeó incrédulo. Ese no era el recibimiento que esperaba. Volvió a llamar, y el mismo chico le abrió la puerta ya con expresión molesta.
—¿Otra vez? —inquirió con impaciencia.
—Los señores Ackerman tuvieron la amabilidad de invitarme a comer a su casa —dijo Eren en un tono educado.
Frunciendo el ceño, el chico lo miró unos instantes.
—Pase.
Eren sabía de antemano que el matrimonio adoptó a su sobrino, pues la hermana del señor Ackerman, murió en el parto, minutos después de nacer su hijo. Le confesaron que fue engendrado bajo pecado. Eren los escuchó con atención, pero no los juzgó. Por el contrario, les felicitó por su buena fe y aceptar ese hijo no deseado.
Nunca lo había visto, pero tras su primer encuentro, algo cambió. Un nuevo sentimiento sin nombre o identificación nació dentro de aquel cura, ajeno a los tormentos que más tarde le acarrearía ese chico.
La señora Ackerman preparaba la comida mientras su marido conversaba con el padre Eren. Le presentó a Levi, su hijo, que en aquellos momentos estaba más pendiente del móvil que del cura. Oía de fondo la charla sobre lo maravilloso que era tener una hija y como era lógico, no podían faltar los elogios a Dios. Levi chateaba con un hombre al que había conocido en un pub, enviándole mensajes subidos de tono. Se llamaba Erwin y le sacaba quince años.
Su homosexualidad era su secreto mejor guardado.
Tras esperar media hora, la señora Ackerman los llamó para comer. Sentados los cuatro en la mesa, —Mikasa dormía en su cuna—, se dispusieron a bendecir la mesa. Uniendo sus manos, Eren se percató de que Levi tenía una mano recostada en su barbilla y la otra por debajo la mesa.
—Gracias Señor por estos alimentos que recibimos a diario. Damos gracias también por bendecir tan generosamente esta familia. Amén.
La señora Ackerman y el padre Eren repitieron con él, Levi no les prestó atención, estaba demasiado ocupado en su conversación con Erwin.
La comida se desarrolló con normalidad, Levi apenas habló. En primera instancia, Eren se apiadó del alma del chico, evitaba mirarle a los ojos, puesto que cada vez que lo hacía, veía cosas que no quería ver. Estaba asustado.
—Cariño, deja el móvil. Ahora estamos comiendo —le dijo la señora Ackerman, contrariada porque su hijo tecleaba por debajo la mesa.
"Hagámoslo en tu coche. Quiero sentir tu polla mientras me das contra el cristal de la ventanilla".
Levi le dio a enviar y se guardó el móvil en el bolsillo. Una sonrisa lujuriosa apareció en su rostro, provocando un cosquilleo en la columna del padre Eren. Casi juró ver el infierno reflejarse en esos ojos libidinosos. Carraspeando, bebió un sorbo de agua. Se decía a si mismo que no debía juzgarle, no todos los hijos de Dios seguían el camino de la fe. Era cura, pero no tenía ningún derecho a sermonearle por su hosca actitud, él había elegido su propio camino, y le gustara o no, debía respetarlo.
El respeto era la base para una convivencia pacífica entre creyentes y no creyentes.
. . .
Fue una verdadera sorpresa encontrar a Levi en la misa del domingo. Sentado a un extremo del tercer banquillo, tenía la mirada perdida, ajeno al sermón que pronunciaba Eren, y su porte —espalda reclinada hacia atrás y piernas cruzadas—, detonaba desinterés y un aburrimiento extremo.
Se preguntó si su madre le había obligado a ir, porque estaba claro que no había acudido por propia voluntad.
Al terminar la ceremonia, Eren tomó la hostia consagrada y bebió del cáliz el vino. Luego llamó a los fieles para darles la hostia a cada uno. De reojo, vio que Levi no se levantó para ponerse en la cola que se estaba formando. Era recurrente que algunos no la tomaran, pues estos no habían expiado sus pecados y, por tanto, no se les concedía ese derecho.
A la semana siguiente, sucedió exactamente lo mismo. Y a la siguiente, y la siguiente… Levi asistía todos los domingos a misa, pero no se percibía ningún cambio en su comportamiento. Eren estuvo tentado de preguntar a los Ackerman por qué su hijo les acompañaba, pero se contuvo. Su única función era dar misa y guiar a los fieles.
Pero resultó ser más difícil de lo que creía. Muchas veces, Levi captaba su atención y no podía evitar mirarle de reojo mientras recitaba pasajes de la Biblia. Era como una fuerza de atracción imposible de repeler. Ese chico infiel —no le gustaba llamarle así—, poseía un aura magnética que le atraía como un imán. Sin embargo, nunca se acercó a él, mantuvo estrictamente las distancias, pero cuánto más lo intentaba, más era la tentación por acercarse a él.
Fueron unas semanas muy confusas, de preguntas y dudas que saturaban su cabeza sin darle apenas un respiro. Esa atracción… ¿Se debía a que quería hacerle recapacitar sobre su fe y reconducir sus pasos?
Negó con la cabeza, borrando esa conjetura. No podía imponerle algo que Levi había rechazado hacía tiempo. Si de verdad quería que se planteara su fe, Levi era quien debía hacer el primer paso. Él, como cura y mensajero de Dios, su misión era acoger a los fieles y darles cobijo.
No obstante, la prueba más difícil todavía estaba por llegar. Aquel domingo fue la primera vez que él y Levi hablaron en persona. La señora Ackerman le rogaba a su hijo que se confesara por lo menos una vez. Ella lo hacía todas las semanas, expiando sus pecados —que, por lo general, se centraban en la animadversión con su suegra—. Levi le respondía que él aceptaba sus pecados y que moriría con ellos.
Poco después se dio cuenta que, sin ser consciente, había herido a su madre con sus crudas palabras. Le pidió perdón al mismo tiempo que escribía en su móvil:
"Que te jodan. Eres un mierda".
No estaba de humor y a menudo lo pagaba con cualquiera que tuviera delante. Eren, quien observó la escena en todo momento, se decidió finalmente a dar el paso. De todos modos, la misa ya había acabado.
—¿Quieres hablar?
Levi se mostró asombrado por esa confianza, creyó dejar bien claro que él no pertenecía al rebaño.
—No creo que sea de su agrado lo que tenga que decirle —le contestó con voz burlona.
—Nosotros no juzgamos.
Levi alzó una ceja. El diablillo que llevaba dentro despertó. Quizás podía ser divertido…
—Dejé que un imbécil me diera por culo para después desecharme como si fuera basura. —Su expresión fue todo un poema. Eren abrió los ojos como platos y su boca formó una gran O. Levi se rió, divertido por la reacción del cura—. ¿Arderé en el infierno por eso?
—No —replicó Eren después de recuperarse de la impresión—. Quien te haya hecho eso no merece tu respeto.
—Ya… Dígame algo que no sepa.
"Yo puedo tratarte como te mereces".
Se alarmó ante ese pensamiento.
—Dios le castigará por sus malos actos —dijo rápidamente.
—Entonces a mí también me tendrá que castigar. ¿Lo sabe, padre? He pecado mucho.
Pronunció esas últimas palabras casi en un susurro, invadiendo el espacio del cura más de lo necesario.
—Todos cometemos pecados, pero si mostramos arrepentimiento…
—Yo no me arrepiento de mis pecados —le cortó Levi—. A mí me gusta pecar.
Eren quería echarse para atrás, alejarse todo lo posible e incluso poner una cruz en medio para ahuyentarlo. Pero ojos afilados, esos en los que vio el infierno, le tenían hipnotizado. Quedó sin habla, sosteniendo el aliento a la espera de algo.
Levi se apartó. La expresión del cura era indescifrable, quizás se había excedido un poco. No le cabía duda de que el padre Eren había oído todo tipo de confesiones, pero como la suya, ninguna se parecía ni por asomo.
—Lo siento, padre. A veces olvido que estoy en la casa de Dios —se excusó con burla.
Y se fue sin más.
A Eren le hubiera gustado centrarse en sus asuntos y olvidar esa violenta conversación. Pero lo dicho por Levi se repetía como un mantra en su cabeza: "Dejé que un imbécil me diera por culo para después desecharme como si fuera basura".
Sabía de sobra que Levi no era un santo, y que distaba mucho del modelo que con tanto esfuerzo le enseñaron sus padres. Pero descubrir que era homosexual puso su mundo de cabeza.
Eren jamás tuvo prejuicios contra el colectivo homosexual, eran hijos de Dios como el resto, y aunque no aprobara esa libertad sexual que les caracterizaba, no existían motivos para repudiarlos como hacía un sector de la iglesia (el más conservador).
Esa noche luchó por primera vez contra sus demonios.
Tendido en la cama, Eren no podía conciliar el sueño. Levi era gay… A Levi le gustaban los hombres… A Levi le gustaba que otros hombres le… Borró inmediatamente esa imagen de su mente. Pero su cerebro proyectaba esa misma imagen en su cabeza, sin importarle que él fuera un siervo de Dios y que esos pensamientos pecaminosos lo arrastrarían al pecado.
Resistió una noche, dos noches, tres noches… La cuarta noche fue una absoluta locura.
"Solo será una noche. Solo una. Mañana rezaré a Dios y expiaré mis pecados" —se decía a sí mismo.
Después de un largo dilema, cedió a las debilidades de la carne.
Se tocó pensando en Levi.
En un primer momento, todo parecía ir bien. La figura de Levi aparecía con claridad, perdiéndose en esos ojos que invitaban a la lascivia. Pero pronto se dio cuenta que no tenía suficiente con eso, y sus pensamientos degeneraron poco a poco. Su mano subía y bajaba cada vez más rápido, no podía parar. Levi desnudo, Levi tumbado bocarriba en la cama, Levi con las piernas abiertas, Levi gimiendo su nombre…
Quería someterlo. Hacerlo suyo, marcarlo, que le rogara, que le suplicara por más… El ritmo frenético de su mano fue en aumento, el placer era desbordante, jamás había experimentado tal sensación de liberación. Su imaginación sobrepasó todos los límites, se vio a si mismo castigando a Levi, azotándole por haber sido malo, por dejarse follar por otros, por disfrutar sin su compañía… Y Levi entre gemidos y sollozos, le imploraba su perdón.
Eren experimentó el mayor éxtasis de todos, incluso más fuerte y más violento que el de Santa Teresa. Estaba agotado físicamente, su respiración errática y los desenfrenados latidos de su corazón le mantenían postrado en cama, consciente de lo que acababa de suceder.
La excitación fue disminuyendo, dando lugar a la culpa y el remordimiento. No aguardó ni cinco minutos. De rodillas en el suelo, rezó por la salvación de su alma impura.
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—Fin del flashback—
Detrás de todo acto pecaminoso, le secundaba una oración, dos, tres, cuatro… Las que hicieran falta para limpiar su aura. Pero no podía seguir engañándose, leer los versículos no surtía ningún efecto, rezar a Dios era una pérdida tiempo. No era digno ni de tocar las páginas del libro sagrado, ni de pisar el suelo de la iglesia, ni de llevar puesta la sotana.
Incluso se había planteado la posibilidad de dejar el hábito de cura. En pocas palabras, no era digno de Dios.
Y, sin embargo, la fe siempre fue su vocación. Amaba a Dios y amaba las enseñanzas que predicaba Jesucristo; esa había sido su vida hasta ahora. Si renunciaba a eso… ¿Qué le quedaba?
Sumergido en ese mar tormentoso de dudas y conflictos sobre la moral, la fe, el instinto y el deber, Eren halló la única verdad que no admitía discusión: para entrar en el cielo no era preciso morir.
Él había tocado el cielo con las manos, y no gracias a la ayuda de Dios.
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