PRIMER AÑO.
A veces la vida no es justa con la gente que vive en ella. Mala suerte, destino u otras teorías más relacionadas con dioses de diferentes nacionalidades. Yo sabía que ninguna se me podía aplicar a mí. Desde que nací se me dejó muy claro que mi existencia era miserable y así sería hasta que me muriera. Y el que yo creyera que por recibir una carta lacrada de un colegio de magia y hechicería la cosa cambiaría, era simple esperanza infantil.
¿Por qué no? Había gente que hacía más daños con sus actos que naciendo, como yo.
Naturalmente, yo habría aceptado encantado, aunque solo fuera por librarme durante la jugosa cantidad de nueve meses de los continuos abusos mutuos y otras joyas familiares que mi madre y padre se repetían.
Empezar entrando en un gran salón y que un raído sombrero sucio y gris te separe de la única persona que alguna vez se ha esforzado en negarte la dolorosa realidad que te persigue, no es que se considere un comienzo ideal. Pero lo que desde luego no es ideal es que por esa elección, completamente ajena a ti y a tus gustos e intereses, seas instigado al borde del suicidio.
Pero en aquel momento, yo no lo sabía.
Solo sabía que la cara de la mujer que se convertiría en mi cruz y el ángel que se dibuja sobre ella, se iluminó como las velas que sobrevolaban teatralmente sobre nuestras cabezas al enterarse de que vestiría el rojo.
La realización no me llegó entonces, no. Yo era demasiado inocente, demasiado niño, demasiado bueno. Creía que el color que nos rodeaba me rodearía a mí, que no podía ser tan horrible como para no merecer algo más que burlas y malas maneras.
Lily, pues ese era el nombre, se sentó junto a un grupo de muchachos. Bien vestidos, bien peinados, bien plantados y considerablemente mal educados.
Un muchacho de un par de cursos superior a mí, miró condescendiente en la dirección de Lily.
Más tarde me enteraría de que aquel muchacho de porte galante y aristócrata se trataba de Lucius Malfoy, único hijo y orgullo de Abraxas Malfoy, patriarca de ésta familia de magos puros hacía siglos. Lucius arrugó su pálido gesto y sin que un pelo saliera de su perfecto peinado, bajó la cabeza colocándose la servilleta con mucha ceremonia protocolaria mascullando "sangre sucia".
No sería hasta que tuviera la edad del propio Lucius que ésa palabra cobraría significado para mí, y llegaría a ser tan importante como el aliento.
Pero de momento, yo aún no entendía eso. Los recuerdos, aún así, son difusos. Rechacé toda conversación con las personas de mi casa, mucho más asertivas de lo que jamás nadie fue conmigo, salvo quizá una persona. Lily, claro. Fue por su culpa, ¿sabéis? Me sentía tan culpable de haber sido seleccionado para Slytherin que me negué a relacionarme con otra persona que no fuera ella. Con cualquiera. Los de mi casa se mostraban displicentes con ella, y yo les odiaba por ello. ¿Cómo odiar a un ser vital y perfecto como Lily? Los de su casa se mostraban displicentes conmigo, pero ella no les odiaba por ello. Quizá algún reproche aquí y otro allá, pero ella disfrutaba con ellos una amistad más o menos profunda.
No fue hasta mi segunda semana en Hogwarts cuando los conocí. Eran cuatro, niños al igual que yo. Dos ojos, una nariz, dos brazos, dos orejas, dos piernas y una boca con la que insultar. No creo que supieran hacer otra cosa con ella, a decir verdad.
De los cuatro niños, dos, evidentemente eran los líderes, de los que sabría que eran ambos los primogénitos de excelentes familias de magos desde hace siglos. Los otros dos, menos considerados, un tercero y un cuarto porque tiene que haberlos. James y Sirius. Como más tarde comprobaría por mí mismo, no me equivocaba. Peter (Pettigrew) y Remus (Lupin) eran neutrales e inocuos. El problema era el Gryffindor excelente (Black) y el Gryffindor fuera de serie (Potter).
Y aunque llegue un día en el que olvide mi nombre, nunca me olvidaré de la primera vez que fui objeto de su recreo cuando el aburrimiento podía con sus perfectas y excelentes vidas.
-Eh. ¿Tú eres el amigo de Lily, no?- Al girarme, la visión no me atraía nada peligroso ni amenazante. Un niño de mi misma edad, pelo castaño, gafas redondas, uniforme pulcramente desempolvado.
-Sí.
Me miró con superioridad, comparándome con él mismo. Con su excepcional y prodigiosa presencia.
-Eres el del tren. El que quería ser de Slytherin. Has cumplido tu sueño, ¿eh?- No contesté. El tono no lo merecía.- Bueno, te separaron de Lily. Nos ha hablado muy bien de ti. Así que mestizo, ¿eh? Curioso que te pongan en Slytherin. Acabarás siendo una genialidad del mal, supongo. Cuando Lily sepa un poco más del mundo mágico dudo que siga yendo con…-Un examen de pies a cabeza con especial hincapié en el uniforme desgastado y la nariz ante la que él hizo un gesto, le sirvió de énfasis para su frase de golpe de efecto.-…tigo.
-¿Qué tenemos aquí?- Un hombre de aspecto cómico y ejemplar hizo acto de escena, deslizando por el suelo su túnica añil, y, por poco, sus largas barbas blancas. Aspecto inofensivo de nuevo. Sombrero de seda con estrellas plateadas, gafas de media luna, ojos de un color grisáceo y fuerza punzante, y sonrisa amable para unos, enigmática para otros, inquietante para mí. Y, hacia Severus Snape, muy, muy inusual. Por ejemplo, ésa sonrisa en ése momento, era para James Potter. –Dos alumnos retrasándose para ir a clase. James Potter y… - Me invitó a que me presentara con una inclinación de su altiva cabeza. ¿Por qué el conocimiento que llevaban sus ojos no alcanzaba hasta mí pero sí hasta James Potter?
-Severus Snape.- James Potter contuvo muy mal una carcajada.
-Ah, sí. Un nuevo miembro de la casa Slytherin. La próxima vez no se olvide de que el retraso se penaliza, ¿eh? Bueno, vayan a sus clases.
-Hasta luego, director Dumbledore.
-Igualmente, joven Potter.
Fue inevitable fijarse en que al mentar la resta de puntos, tan solo me mentó a mí y no a James Potter. Solo al miserable Severus Snape, el cual no sabía que podía contar con los dedos de una mano el tiempo que me quedaba siendo benefactor de la simpatía y el afecto de mi único cable a tierra. Exacto. Lily Evans.
