Capítulo 2


Sus ojos vagueaban en la estantería de mangas de la librería. Sus compañeros le habían dicho un par de veces que irían a la cafetería más próxima, y él los dispensó afirmando que ya estaría con ellos en breve. Súbitamente su mirada se cruzó con la contratapa de un libro, era ese libro que esperaba ansiosamente hacía meses. Miró hacia ambos lados para certificarse que no había nadie a su lado, lo tomó y lo escondió debajo de la chaqueta que llevaba puesto. Se dirigió al cajero y lo puso sobre el mostrador, intentaba fingir indiferencia pero no conseguía, estaba casi sudando. El dependiente miró la tapa del libro, luego miró la cara del chico que tenía delante, hizo eso un par de veces con una expresión poco convencida.

— Es para mi hermana – explicó, intentando hacer con que su voz saliera más grave.

— Ya lo veo – señaló el dependiente, aún sin convencerse demasiado – esta es una publicación para adultos, y... ¿Tú tienes más de 18?

La mejor y más ensayada mirada de indignación relució en las suaves facciones del chico, como si le hubieran ofendido de modo inimaginable. Apoyó el brazo contra el mostrador, beligerante.

— Por supuesto que sí, ¿O usted qué cree?

— Si serías tan amable de facilitar una identificación, por favor...

El chico hurgó entre sus bolsillos, sacó una tarjeta y lo deslizó sobre el mostrador. En él constaba que Max Mizuhara, nacido el día catorce de agosto de 1993, tenía diecinueve años y estaba casi alcanzando los veinte. Todas las dudas sobre su mayoridad quedaron disipadas en ese momento. El dependiente devolvió amablemente la tarjeta.

— ¡Vaya! Es que pareces más joven, ¿sabes?, hoy en día los chicos los chicos hacen de todo para burlar las leyes y siempre debemos estar atentos.

— Sí, entiendo perfectamente – repuso el chico, haciendo un gesto que denotaba restarle importancia al asunto – la gente me suele confundir mucho, en verdad. Es cosa de todos los días.

— Aquí tiene, tenga un buen día.

El chico salió con el libro en la mano, caminando a pasos largos y decididos, y siguió así durante media cuadra. Luego se echó a correr y sólo se detuvo tres cuadras después, con el rostro encendido y una sonrisa maléfica estampada en el rostro. Lo había logrado, todo había salido a la perfección. Se sentó en un banco de piedra cercano. Mientras desempacaba lentamente su más preciada adquisición, se acercó a él su amigo, Takao Kinomiya.

— ¡Hey, Maxie! ¿Qué hay de nuevo?

El rubio no dijo nada, apenas se limitó a levantar el libro como si fuera un trofeo. Takao se limitó a girar los ojos.

— Ese libro. Ya has comprado ese libro, supongo que ahora estarás con la vida realizada.

— Takao, si no fueran por tus excepcionales habilidades gráficas, no tendría esto en manos. No sé cómo agradecerte – repuso Max, con una resplandeciente sonrisa.

— Ya que ahora puedes, invítame a salir a una fiesta regada a alcohol – contestó Takao, sentándose a su lado.

— Taka, tú no eres capaz de tragar una agua tónica, menos aún lo que sea más alcohólico.

— Pensé que esa era la intención cuando te conseguí una identificación falsa – suspiró – al final de cuentas, ¿Qué se supone que hacen chicos de 17 años con identificaciones falsas? Van a fiestas para mayores a probar toda suerte de cosas. No van a librerías a comprar ese tipo de cosas.

— Esto no es "ese tipo de cosas" - replicó Max, molesto – es el más reciente libro de Kai Hiwatari, ese hombre escribe como pocos. Tú sabes que soy fan de todas sus obras.

— Claro que escribe como pocos, ¿Cuántos escritores de ese género hay en total? No se contarán en los dedos de las dos manos. Y no entiendo cómo puedes ser fan de ese género específico. ¿Acaso te excitas leyendo ese tipo de cosas?

— ¡C-Cómo puedes preguntar ese tipo de cosas! - exclamó el rubio, completamente alterado por la vergüenza - ¡El hecho de que contenga escenas subidas de tono no implica necesariamente en...!

— Te masturbas leyendo eso – interrumpió mecánicamente Takao.

Lo siguiente fue apenas una sonora bofetada propinada por Max, usando el libro como arma. Takao se restregó el rostro enrojecido por el golpe, miró detenidamente el rostro del rubio y luego bajó la mirada al suelo.

— Creo que llegamos al punto de la cosa – dijo Takao, moviendo la boca para certificarse que no se había salido nada del lugar.

— Los libros que él publica son extraños – repuso Max, con un suspiro – ciertamente tiene sus partes subidas de tono, pero de un modo general parecen nostálgicos y melancólicos, parecen tener embutido una cierta sensación de pérdida. Parecen... parecen escritos únicamente para aquél que los lee. A veces tengo la sensación de que escribe solamente para mí.

— Toda una declaración de amor, Maxie – dijo Takao, burlón - ¿Por qué no lo buscas y le dices todo lo que piensas de él?

— Ya lo hice unas cuantas veces – replicó Max, con una vaga sonrisa – le mandé varios e-mails pero...quizás no los lee. Además, soy apenas uno entre miles, millones tal vez. Las personas famosas son así.

— A veces me parece que estás... enamorado de él – murmuró Takao, levantando instintivamente las manos al sospechar que otra bofetada vendría en su dirección.

El rubio cambió la sonrisa por una expresión más bien seria, su anterior alegría cambió de repente a un vago aire de tristeza. Takao le puso una mano al hombro.

— No es como si lo estuviera – dijo Max, rompiendo el silencio – es una tontería enamorarse de gente así, ¿sabes?, a veces pensamos que los libros reflejan la mentalidad de aquellos que los escriben, sin embargo, muchas veces tales historias son apenas representaciones ficticias de un mundo que apenas existe en la cabeza de los escritores, algo que incluso es ajeno a ellos.

— ¿Y por qué no sales con alguien? - susurró Takao al oído de Max.

— ¿E-Estás insinuando en que debo tener una relación? - replicó el rubio, abriendo mucho los ojos.

— Hmmm... tal vez.

— Vaya, Takao, dices eso como si estuviera rodeado de personas que quisieran salir conmigo – rió nerviosamente Max.

—Hay muchas personas interesadas en ti – murmuró Takao, acercándose peligrosamente al rostro de su amigo.

— ¿E-En serio? No estoy muy enterado de ello, pero si tú dices...

— Debías prestar más atención – señaló Takao, levantándose del asiento – y bien, ¿qué te parece si vamos a la cafetería?

El rubio se levantó y siguió a su amigo. Charlaban amenamente, y Takao pasó su mano por el hombro de Max nuevamente; sus oídos apenas prestaban atención a aquello que era dicho, ya que sus ojos se concentraban en su rostro marcado por adorables pecas y la mirada azulina que cautivaba su corazón. Estaba enamorado de su mejor amigo y Max siquiera sospechaba que, todas las noches, Takao ensayaba un nuevo método de declarar lo que sentía, y también que le invadía los celos cuando comenzaba a suspirar hondo por un escritor que el siquiera conocía en persona. Takao tenía a Max por una persona bien centrada, sin embargo abrigaba dentro de sí un vago temor a que un día el rubio decidiera ir detrás de Kai Hiwatari, el cual, se suponía, vivía en la misma ciudad que ellos.

Ambos se habían criado en el mismo vecindario, frecuentaron las mismas escuelas, iban a los mismos eventos y compartían casi los mismos gustos. Sin embargo, el rubio comenzó a desarrollar una afición casi enfermiza por los libros publicados por Kai, aislándose por completo de todas las señales de interés personal más o menos evidentes que su amigo le demostraba, prefiriendo sumergirse en un mundo de romances y fantasías propios de una mentalidad inocente como la suya. Por su parte, Takao desarrollaba una atracción creciente por su amigo, y le parecía que perdía terreno cuanto más dejaba que Max se entretuviera con ese tipo de literatura, tenía ganas de entablar una relación más íntima con él, pero al mismo tiempo temía que eso asustara a Max y se alejara de él.

Takao se había lastimado más de una vez tratando de decir lo que sentía, por alguna motivo desconocido Max nunca comprendía enteramente lo que quería decir. En realidad, hacía tiempo que Max sospechaba vagamente que su amigo pudiera estar interesado en él, y la sospecha le atemorizaba un poco.

— Abre esa boca – dijo Takao, sujetando una rosquilla untada de jalea de fresas – sé que te gusta esto.

El brazo de Takao se estremeció un poco ante la escena, la húmeda y rósea boca de su amigo entreabierta y los ojos cerrados, era una oportunidad estúpidamente fácil de acercarse y robarle aquél beso con el cual soñaba desesperadamente todas las noches. Tragó en seco al ponerle la rosquilla en la boca, el rubio masticó la crujiente rosquilla cuando, súbitamente, sujetó su mano con firmeza, lamiéndole sugestivamente los dedos untados de jalea. Takao, boquiabierto y sonrojado como un tomate, enmudeció ante el gesto.

— Estaba rico – sentenció el rubio, sonriendo espontáneamente - ¿Hay más?

Takao no contestó, apenas se excusó diciendo que iba al baño y se retiró atropelladamente, volviendo diez minutos después con una expresión más bien seria. Los pequeños y malpensados gestos de Max eran su perdición, no conseguía resistirlos, y para no hacer alguna tontería que acabara con esa amistad de largo tiempo, inventaba alguna disculpa y se retiraba el tiempo suficiente para recobrar el control de sí mismo.

— ¿Qué te parece la idea de ir al cine luego? - mencionó casualmente Max, apenas observando el alterado rostro de su amigo.

— ¿E-Estás diciendo que tengamos una...?

— Podríamos llamar a otros también – interrumpió el rubio, sacando su móvil del bolsillo. Cualquier esperanza que Takao abrigara en su interior simplemente se desvaneció.

— ¡No! Quiero decir, tú y yo, nosotros... podemos ir juntos, a solas...

— ¿Prometes no hacer nada raro?

— ¡Oh, diablos! ¿Hasta cuándo pretendes recordar eso? - reclamó Takao, exasperado.

— Pero si fuiste tú quien se acostó en mi...

— ¡Shhh! ¡No hace falta que cuentes toda la historia! - rugió Takao entre dientes, cubriéndose la cara roja de vergüenza .

La historia que siempre recordaban era cuando, cierta vez, ambos fueron al cine en la sesión nocturna. Hicieron una elección especialmente aburrida, la película era tan monótona que Takao terminó por dormirse en su asiento. Max sólo se percató de eso cuando el otro comenzó a escurrirse en su asiento, hasta desplomar su cabeza en su regazo. Una pequeña sonrisa se estampó en el rostro de Takao, quien repentinamente se sintió sobre algo considerablemente más cómodo que el duro respaldo del asiento, de modo que se acomodó más aún hundiendo la cabeza directamente entre las piernas del rubio. Un espanto inmensurable se apoderó de Max, estaba siendo objeto de atentado al pudor (al menos indirectamente) en medio de tanta gente absorta en la película y sin imaginar lo que ambos hacían. Aparentemente no contento con esto, Takao restregó la cabeza y aspiró con profundidad, haciendo que el rubio reaccionara de manera inesperada; Takao abrió los ojos al sentir la oreja caliente y pulsante, resultado de una bofetada feroz que Max le propinó con el objetivo de que despertara. La estupefacción de verse hundido entre las piernas de su amigo lo impedía moverse o siquiera pensar en decir algo. Por lo pronto, decidió sentarse y no decir palabra, mirando fijamente en frente, con el rostro ardiendo y la oreja doliéndole a rabiar, mientras Max miraba al suelo con expresión compungida y pensando si Takao se percató de algo. No se miraron la cara los siguientes quince días, luego Takao tartamudeó una disculpa y Max le quitó importancia al asunto. Vez u otra le recordaba la historia, para desespero de Takao.

— Mejor y vamos a casa – dijo Max, levantándose.

Ambos chicos salieron en la fresca calle y caminaron en dirección al suburbio de la ciudad. Los pasos acompasados, la respiración queda y los pensamientos atropellados acompañaban a ambos, en momentos andando tan juntos que repentinamente se percataban y se apartaban, con cierta incomodidad, y otras veces se apartaban tanto que no parecían seguirse. Llegaron frente al portón de la casa del rubio, y Takao pensó en tres formas diferentes de despedirse en aquél momento. Aún estaba pensando cuando Max le extendió la mano, con aquella sonrisa que lo atrapaba y le dejaba sin saber qué hacer; Takao apretó su mano con firmeza, luego dio un tirón al rubio y lo abrazó fuertemente, rodeó su delgado cuerpo y hundió su cabeza entre los hombros de su amigo. Max, algo sobresaltado, inicialmente se abstuvo de cualquier movimiento, pero luego también lo abrazó, el color subió a su rostro al sentir los labios de su amigo rozando, quizás accidentalmente, su cuello, y por último Max evitó mirarlo a los ojos, algo apenado. Se apartó sin decir nada y entró a su casa dando saltos por los escalones, bajo la atenta mirada de Takao quien, con algo de tristeza, vió al rubio con su preciado libro apretado entre brazos, con amor tal que sentía envidia y deseos de ser depositario de tan bellos sentimientos por parte del rubio.