LOS PERSONAJES PERTENECEN A STEPHENIE MEYER, LA HISTORIA ES UNA ADAPTACIÓN…

LA HISTORIA PETENECE A ROBYN GRADY


Capítulo 2

A la mañana siguiente, Edward despertó boca abajo, abrazado a la almohada y dolorosamente consciente de una erección matinal.

Cuando abrió un ojo descubrió que estaba en una habitación extraña, solo. Y tenía que darse la vuelta.

Llevando la almohada con él, dejó escapar un gemido cuando la luz del sol que se colaba por las cortinas golpeó sus ojos.

Y luego recordó la noche anterior, sobre todo su conversación con la señorita Swan. Intentando relajarse, recordó aquella bomba de beso y su irónico comentario de despedida.

¿Hielo?, pensó, con una sonrisa en los labios. Más bien gasolina sobre una hoguera. Pero, aunque le gustaría hacer algo más que darle un beso, el sentido común le decía que, si se acercaba demasiado a esas llamas, alguien acabaría quemándose. Él estaba allí para hacerse cargo de la empresa Swan; una empresa que necesitaba una rápida inyección de fondos y su total atención para rescatarla de la ruina. Si Charlie Swan veía la compra como una salvación, también lo era para Edward. Y estaba deseando empezar.

Entonces oyó risas y, apartando la almohada, salió al balcón. Bella Swan estaba en el jardín, jugando con dos cachorros que corrían cuando ella les tiraba una pelota.

Sentada a la sombra de un árbol, la melena castaña enmarcando su rostro, podría ser una ninfa del bosque. Pero luego se levantó y, al ver esas largas y bien torneadas piernas, sus castos pensamientos se esfumaron.

Aunque había hecho mal besándola la noche anterior, no se arrepentía en absoluto, pensó, pasándose una mano por el pelo. De hecho, no le importaría nada volver a hacerlo.

—¡Hola! —gritó Bella, poniendo las manos sobre su boca a modo de altavoz.

Edward tuvo que sonreír al ver que Bella se quedaba mirando fijamente su torso desnudo. Era transparente, desde luego, no podía disimular. Y se alegraba mucho.

—Se ha levantado temprano.

—Suelo hacerlo —dijo él—. ¿Le importa si bajo un momento?

—Esperaba que lo hiciera.

—Ah, veo que está dispuesta a ponerse a trabajar.

—No he estado más dispuesta en toda mi vida. Baje cuando quiera.

Treinta segundos después, Edward estaba bajo una ducha fría, intentando controlarse.

Había tenido muchas relaciones con mujeres a las que respetaba y con las que lo pasaba bien. Pero desde que sus ojos se encontraron la noche anterior, Bella Swan le había parecido diferente. Debería haber imaginado que era la hija de Charlie. Y más tarde, en el estudio de su padre, debería haber imaginado que iba a tenderle una trampa, obligándolo a aceptar un plan con el que esperaba recuperar la compañía.

Edward salió de la ducha y tomó una toalla. Sí, su sentido común, siempre despierto, parecía haberse dormido con aquella chica. Pero ahora sabía cuál era su juego. Bella tenía una misión, y él era un estorbo que quería apartar de su camino.

Edward se pasó una mano por el torso, sonriendo.

Sería divertido dejar que lo intentase.

Cuando salía de la habitación, el ama de llaves le dio una nota.

Un asunto personal de la mayor urgencia me obliga a salir de viaje. Espero que me disculpes, Edward. Bella será tu anfitriona hasta que yo vuelva.

Charlie Swan

Bella acababa de conseguir algo de tiempo, pensó, guardando la nota en el bolsillo. Estaba claro que quería dirigir la empresa para que su padre se sintiera orgulloso de ella, y Edward la entendía, incluso la envidiaba. El daría cualquier cosa por haber conocido a su padre. O a su madre.

Pero había aprendido algo de sus días en casas de acogida… una técnica de supervivencia que se había convertido en un instinto infalible para los negocios: la habilidad de analizar a la gente y las situaciones con toda rapidez.

En aquel caso, no tenía la menor duda de que Charlie Swan no estaba dispuesto a darle las riendas de la empresa a una chica tan joven, aunque fuera su única hija.

Y en cuanto a Bella… ella tenía su propia empresa, de modo que era una chica emprendedora, pero para dirigir una gran empresa como Swan, una empresa al borde la ruina, era necesario contar con más experiencia.

Aún no quería aceptarlo, pero tendría que hacerlo tarde o temprano. El no solía equivocarse y estaba seguro de que no se equivocaba sobre eso.

Cuando se encontró con Bella en el jardín, y a pesar de la ducha fría, al ver esas simpáticas pecas en su nariz tuvo que tragar saliva.

Edward se inclinó para acariciar a los cachorros.

—Vaya, vaya, veo que se lo ha tomado en serio —sonrió Bella, señalando el pantalón caqui y la camiseta.

—Y aunque a mí me gusta mucho su vestido, no parece que usted esté muy preparada para trabajar.

—Había pensado que podríamos repasar los libros de cuentas. Pero puedo ponerme un traje de chaqueta si lo prefiere.

Imaginándola sobre su escritorio con una corbata y nada más, Edward tuvo que aclararse la garganta.

«Concéntrate, Cullen».

—He pensado que deberíamos empezar por el lado más práctico del asunto —dijo luego, frotándose las manos—. ¿Dónde hay un cortacésped?

Los labios de Bella Swan se curvaron en una sonrisa. Esos labios tan jugosos que le habían sabido a cerezas la noche anterior; las cerezas más jugosas y maduras que había probado nunca.

—¿Va a hacerme un examen? ¿Quiere que nombre todas las partes de un cortacésped?

—No, no —rió Edward—. Dijo usted que podría rescatar el negocio porque lo conocía bien…

—Y es verdad.

—¿Por qué no empezamos por algo básico, como cortar el césped del jardín? Imagino que tendrán un cortacésped por aquí.

Bella se inclinó para ponerse unas sandalias.

—Si está intentando asustarme, olvídelo.

—Entonces podrá enseñarme un par de cosas.

—No quería decirlo, pero la verdad es que sí —replicó ella.

Luego se dio la vuelta, su redondo trasero moviéndose de un lado a otro… tal vez demasiado para ser un gesto inconsciente. Hielo, sí, seguro, pensó Edward.

—¿De verdad quiere cortar el césped?

—¿Por qué no?

—Podría decirle a mi padre que necesita más tiempo para decidirse. Yo me encargaría de todo hasta entonces, y dentro de dos meses…

—Seis semanas —la interrumpió él.

—Seis semanas —asintió Bella—. Entonces verá que todo va estupendamente y no tendrá por qué comprar la empresa.

—Quiere decir que me porte como un caballero.

—Precisamente —sonrió Bella.

Aquella chica no se rendía fácilmente, estaba claro. Por desgracia para ella, él no se rendía nunca.

—Que yo estuviera a su lado era parte del trato, ¿recuerda? Claro que, si quiere que le recuerde la conversación de anoche…

Sabiendo perfectamente que se refería al beso, Bella apartó la mirada y apresuró el paso.

Edward metió las manos en los bolsillos del pantalón. Una respuesta interesante. ¿Sería Bella Swan una niñata enmascarada bajo esa ropa tan sexy? Aunque así sería más fácil manejarla, claro. Pero casi prefería que fuese de la otra forma porque le gustaban los retos… particularmente los que besaban como ella.

Bella se detuvo frente a un cobertizo y abrió una puerta corredera tras la que había una fila de cortacéspedes.

—Elija el que quiera.

Edward lanzó un silbido.

—Menuda colección.

—Antes de abrir las franquicias, mi padre arreglaba cortacéspedes para ganarse la vida, ahora los colecciona.

—Como coleccionar sellos, pero más grandes.

—Algo así —rió Bella.

Entraron en el cobertizo, y Edward eligió uno de los aparatos.

—Este me gusta.

Rojo y evidentemente bien cuidado, le recordaba a uno que solía usar cuando era niño. Le daban un dólar por limpiar el jardín, pero la sonrisa de su padre de acogida era la mayor recompensa, un hombre que siempre lo elogiaba, que jamás le había levantado la voz como otros «padres» habían hecho. Seis meses después de llegar a esa casa, aquel hombre había muerto de un infarto y, en los ojos empañados de su madre de acogida, Edward había visto su destino: otra casa, otra familia. En fin, para entonces ya debería estar acostumbrado.

Bella pasó la mano por el manillar de metal.

—Este debe de tener al menos veinte años. ¿No quiere un modelo más nuevo?

—No, me gusta éste.

Edward lo empujó hasta el jardín y tiro del cordón de arranque hasta que el motor se encendió, pero el aparato no se movía. Haciendo fuerza, volvió a tirar, pero nada. Apoyando una mano en el suelo, Edward tiró del cordón casi hasta arrancarlo…

—Debe de estar estropeado.

Bella dio un paso adelante y, con un dedo de uña perfecta, bajó una palanquita que decía «gasoil».

¿Cómo se le podía haber olvidado eso?

—Inténtelo ahora.

Suspirando, Edward tiró del cordón y el motor arrancó perfectamente.

—Muy bien.

—¿Significa eso que he pasado la primera prueba? —le preguntó ella, irónica.

—Creo que ésa ha sido la segunda prueba.

Los ojos chocolate de Bella se oscurecieron, pero esta vez no apartó la mirada y, contento de haber recuperado a la joven decidida, Edward puso las manos en el manillar, sintiendo una vibración que hacía castañetear sus dientes.

—En su opinión profesional, ¿cuánto tiempo cree que tardaremos?

—Este modelo es antiguo, así que gran parte de la mañana —contestó ella.

—Pues muy bien, empecemos.

—¿Quiere que lo haga yo?

—¿Qué ocurre? Imagino que habrá cortado el césped alguna vez.

Si la presionaba, volvería corriendo a su tienda en un par de días, quizá antes, pensó. Y un día incluso podría darle las gracias.

—Es un jardín muy grande. Si insiste en hacer esto, prefiero usar un modelo con asiento —Bella entró de nuevo en el cobertizo y, unos minutos después, salió subida a una especie de pequeño tractor.

Sonriendo, Edward cogió un sombrero que estaba cerca para ponérselo a ella.

—Le hará falta… para el sol.

—Gracias.

El asiento del cortacésped era lo bastante grande como para que cupieran dos personas sentadas una detrás de otra, de modo que Edward se sentó detrás de ella y la tomó por la cintura.

—¿Qué hace?

—Ya le dije anoche que, si íbamos a hacer esto, querría ser su sombra.

—A lo mejor necesitas una copa. O un té.

—Prefiero algo caliente por la mañana.

Bella se volvió para lanzar sobre él una mirada de advertencia.

—No va a asustarme.

—Entonces sugiero que siga conduciendo.

Bella arrancó de golpe, y Edward tuvo que agarrarse a ella con todas sus fuerzas. Y cuando giró bruscamente a la izquierda, estuvo a punto de salir lanzado del cortacésped, Ah, la señorita Swan era traicionera además de preciosa.

Acomodandose como pudo, tiró de ella hacia atrás. Ella misma le había dado razones para hacerlo, pero Bella pisó el freno y saltó del vehículo.

—No pienso hacer esto.

—Es culpa suya, no está jugando limpio.

—¿Y usted sí?

—Estoy haciendo lo que tengo que hacer para comprobar que mi inversión sea rentable.

Apretando los labios, Bella volvió a subir y durante casi una hora estuvieron cortando el césped del jardín. La vibración del vehículo parecía hacer eco por todo su cuerpo. No debería ser algo sexual, pero teniendo su trasero delante… moviéndose, frotándose, Edward tuvo que rezar para que terminase la tortura cuanto antes. Cuando volvieron al cobertizo y ella bajó del cortacésped, sus pantalones estaban ardiendo.

Bella se puso las manos en la cintura.

—¿Satisfecho?

Edward contuvo un gemido. En absoluto.

—Bien hecho —consiguió decir, aunque su voz no sonó tan firme como era habitual.

—¿Qué más tiene preparado?

—¿Qué tal si tomamos algo fresco?

—¿Algo con hielo? —sonrió ella.

—Un hombre no es un camello, señorita Swan.

Y tampoco era un bloque de madera… bueno, no enteramente. En aquel momento era un animal excitado que estaba a punto de demostrarle lo excitado que estaba.

Pero, obligando a su testosterona a controlarse, Edward se dirigió hacia la casa.

—Por cierto, puedes llamarme Bella —dijo ella entonces—. Ya está bien de señorita Swan.

—Ah, estupendo. Y tú puedes llamarme Edward.

—Muy bien, Edward.

El tuvo que sonreír.

—¿Desde cuándo tienes estos cachorros?

—Matilda y Clancy eran de la misma carnada. Los adoptamos… —Bella carraspeó, apartando la mirada—. Mi padre los adoptó hace quince años.

—Entonces tú tendrías…

—Diez años—contestó ella—. Fue el mismo año que murió mi madre.

Aunque Edward lo sentía, ese tipo de frase hecha le parecía vacía, sin sentido, de modo que no dijo nada. Y no se conocían lo suficiente como para preguntar por las circunstancias.

—Siguen pareciendo cachorros.

Bella se apartó el pelo de la cara, haciéndose una coleta con las manos.

—Ahora se irán a dormir bajo un árbol. Están todo el día dormidos.

—Entonces imagino que ya habrán desayunado.

—Seguro que Emily nos ha preparado algo, no te preocupes, Y tú pareces un hombre de los de huevos revueltos con beicon.

—Y lo dices porque…

—Tengo una bola de cristal.

—Una bola de cristal nos vendría bien ahora mismo. ¿Le has preguntado por ese período de prueba?

—¿Qué crees que diría?

Edward no necesitaba una bola de cristal para predecir lo que iba a pasar. Pero, de pronto, no le apetecía jugar a un juego que sólo podía terminar de una manera. Aunque él se apartase, Charlie encontraría otro comprador… si encontraba comprador para una empresa al borde de la ruina.

¿Debería convencerlo para que dejase que Bella llevase las riendas de la empresa hasta que ella misma se diera cuenta de que no era lo suyo? ¿O sería mejor cortar el asunto de raíz en aquel mismo instante? Sabía por experiencia que agarrarse a una fantasía era peor que enfrentarse con la verdad. Cuanto antes aceptase Bella la verdad, antes podría seguir adelante con su vida.

Pero cuando entraron en la casa todos esos pensamientos se evaporaron. El aroma a café recién hecho y a tortitas era demasiado poderoso, y él estaba hambriento. Iba a disculparse para ir al lavabo cuando oyó una voz familiar en el pasillo.

—Mi padre ha vuelto —dijo Bella. Entonces oyeron una voz de mujer—. Y parece que no ha venido solo.

Encontraron a Charlie Swan y a su invitada en el salón. Edward reconoció a la mujer de la noche anterior y no le sorprendió en absoluto que Charlie estuviera besándola porque le había parecido…

Bella se tapó la boca con la mano, pero un gemido escapó de su garganta.

Sorprendido, Charlie se apartó de la hermosa viuda, Sue Clearwater, y carraspeó antes de saludarlos.

—Ah, hola… ya conocéis a la señora Clearwater.

Edward se adelantó para estrechar su mano, sabiendo que así le daba unos segundos a Bella para reaccionar…

—¿Qué está pasando aquí? —exclamó ella.

No, no había necesitado tiempo para reaccionar.

Sue puso una mano en el brazo de Charlie, y él le dio una palmadita.

—Sue y yo vamos a casarnos, Bella. Somos muy felices y estamos deseando formar una familia.

—Papá, tienes sesenta y cinco años…

—Sue está embarazada —la interrumpió su padre—. Anoche nos dimos un susto, pero hemos estado en el médico y todo va bien.

—Enhorabuena, Charlie —lo felicitó Edward—. Estoy seguro de que seréis muy felices.

Otra frase vacía, aunque esta vez sin duda apreciada. Edward creía en el amor, pero era el final feliz con lo que un hombre no podía contar.

La expresión de Sue era de preocupación mientras daba un paso adelante para tomar la mano de Bella.

—Lo siento, sé que esto debe de ser una sorpresa para ti. Queríamos contártelo esta noche, durante la cena… espero que podamos ser amigas.

Edward vio que Bella tragaba saliva, pero luego pareció encontrar fuerzas para sonreír.

—Me alegro mucho… por los dos.

—La compra de la empresa ha llegado en el momento adecuado —dijo Sue entonces, dirigiéndose a Edward—. Queremos disfrutar del niño sin que Charlie tenga que trabajar doce horas al día…

—Sí, lo entiendo.

—Tu padre me ha contado que quieres abrir otra tienda, imagino que estarás muy contenta.

Bella miró a su padre, pero él apartó la mirada.

Y Edward sintió su dolor como si fuera suyo. A él le había ocurrido algo parecido a los diez años, cuando de repente se quedó sin hogar. El dolor de ser apartado era el mismo tuviese uno la edad que tuviera. Pero al menos aquel día podía hacer algo para anidar.

—No esperaba verte tan pronto, Charlie. Acababa de invitar a tu hija a desayunar en el centro.

—Emily está sacando el desayuno a la terraza.

—Y con el apetito que tengo… —sonrió Sue, poniendo una mano sobre el brazo de su prometido— seguro que puedo comerme la mitad. Vosotros marchaos, nos veremos aquí después.

Cinco minutos más tarde, una Bella aún atónita subía al Mercedes de Edward para ir a la ciudad. Sin protestar. Las últimas doce horas habían sido un golpe detrás de otro para ella y, sin embargo, se había mostrado fuerte.

El no era un experto en cuestiones familiares, y aquel día era un extraño, como siempre. Sabía que no debería sentirse responsable, y sin embargo, ¿qué le costaba hacer sonreír a Bella de nuevo?

Y sabía por dónde empezar.


HOLA, GRACIAS POR SUS REVIEWS, ESPERO LES SIGA GUSTANDO LA HISTORIA... LOS DIAS DE ACTUALIZACION SON LOS VIERNES... BESOS... BY