Capítulo 1

Chicago, aeropuerto de Lakewood.

Unos seis meses antes

Candy estaba muy nerviosa. Aún no sabía cómo se había dejado convencer; apenas hacía una semana que le habían quitado el yeso de la pierna, eso de instalarse en casa de Terrence era una locura. ¡Hacía años que no lo veía! Era el mejor amigo de su hermano mayor y, por desgracia, el primer chico del que ella se había enamorado. Bueno, eso quizá era exagerar un poco. Cuando Candy era pequeña y Terrence era el complicado amigo de Albert, se había quedado atontada con él. Sí, ésa era la palabra, atontada. Por suerte él nunca se dio cuenta, así que ahora podía ahorrarse la vergüenza.

—Candy, ¿estás segura de que lo llevas todo? —preguntó su madre por enésima vez.

—Sí, estoy segura. Y si me olvido algo ya me lo mandarás, Londres no esta tan lejos—respondió ella sin saber muy bien qué era lo que le estaba preguntando.

—Estoy seguro de que esta experiencia te irá bien —comentó su padre mientras cargaba las maletas en la cinta para facturarlas—. Ya era hora de que dieras un cambio a tu vida.

—Ya —replicó Candy ausente.

Unos meses atrás, pocos días después de Navidad, Candy se cayó por la escalera y se rompió la pierna por varios sitios. La historia no tenía demasiado glamur; estaba sola en su piso de Chicago, un piso pequeño por el que pagaba un alquiler altísimo, cuando decidió ir a por las cajas de la mudanza que aún tenía por desempacar. Hacía casi un año que vivía allí y todavía no estaba del todo instalada. Las cajas que le faltaban por ordenar estaban, en el desván; que el portero del edificio le había cedido, muy amablemente, por un tiempo limitado. Bajaba cargada con las mantas y los abrigos y, como era habitual en alguien tan torpe como ella, tropezó por la escalera. Cuando se vio allí, en el suelo, con las mantas a su alrededor y sin su teléfono móvil encima, se echó a llorar. No sólo porque la pierna le dolía mucho, muchísimo, sino porque estaba sola, cansada y hacía tiempo que nada le salía bien.

Por suerte, antes de que perdiera por completo los nervios, apareció su vecina, la señora Anderson, con Boby, su perro. Le dijo que, al oír todo ese ruido, había decidido salir al pasillo para ver qué pasaba y claro, no iba a dejar a Boby solo dentro de su piso, porque cuando se quedaba solo se estresaba y luego no había modo de que dejara de ladrar durante horas. La señora Anderson era la típica vecina cotilla con incontinencia verbal, pero cuando vio los ojos de Candy llenos de lágrimas, se calló y se puso manos a la obra; en pocos minutos llegó una ambulancia.

En el hospital la historia empeoró. Le hicieron un montón de radiografías, y un médico de urgencias, no demasiado amable y nada parecido a George Clooney, le comunicó que se había roto dos dedos de un pie y un tobillo. No es que fuera muy grave, y como le habían dado suficientes analgésicos como para atontar a un caballo, a Candy no le interesó en absoluto esa lección de medicina. Lo único que quería saber era en qué se traducía todo eso y la respuesta no le gustó: tenían que enyesarla desde la punta del pie hasta la rodilla y, como mínimo, iba a tardar unos dos meses en recuperarse del todo. Fantástico, seguro que a su jefe le iba a encantar.

Cuando ya estuvo enyesada, la instalaron en una camilla en la sala de urgencias, en uno de esos cubículos que están rodeados de cortinas por todos lados, y le preguntaron si quería llamar a alguien. Tuvo que hacer cinco intentos antes de que uno de sus hermanos contestara. Tener familia numerosa para eso. Seguro que todos, incluidos sus padres, estaban en las rebajas. En fin, apoyó la cabeza en la almohada y se resignó a esperar a que Albert, el afortunado que había contestado a su llamada, fuera a buscarla. Tal vez pudiese dormir un rato, pero ni siquiera en eso tuvo suerte. A los pocos minutos, entró una enfermera. Si al médico no podía confundírsele con George Clonney, esa enfermera, en cambio, sí que parecía sacada de Alguien voló sobre el nido del cuco.

—Abra la boca..., señorita... White. —Fueron las primeras palabras que le dijo mientras miraba su nombre en la carpeta y le entregaba un vaso minúsculo con una pastilla intragable dentro y una botella de agua.

—Candy, haz lo que te dice la enfermera.

—¡Albert!

La sargento de hierro aprovechó ese descuido, le lanzó la pastilla dentro de la garganta y le dio la botella de agua.

—Beba despacio. Muy bien, señorita White. —La enfermera salió del box de urgencias y la dejó a solas con su hermano. A ver si por fin lograba escapar de allí.

—¡Eres un traidor! Llevo más de dos meses sin ver a mi hermano mayor y, si no fuera por la pierna, ahora mismo me levantaría de esta camilla y te haría tragar la muleta. ¡No te rías! Aún no te he perdonado que no vinieras a casa en Navidad. ¡Incluso las familias que no se soportan se ven en esas fechas! ¡Te he dicho que no te rías!

—Lo siento, pequeña, pero si pudieras verte creo que también tú te reirías. ¿Necesitas algo más, aparte de huir de aquí?

Albert se agachó, le dio un beso en la frente y se dirigió a administración para llevar a cabo los trámites de su liberación.

Tras salir del hospital, Albert la llevó a casa de sus padres, en Lakewood, un pueblo cercano a Chicago con una preciosa vista al lago y las mejores cerezas del país, o eso decía siempre su padre. Durante el trayecto, Candy lloró y se durmió, pero antes, Albert tuvo que confesarle lo que había hecho durante esos dos meses en que no se habían visto, y justificar por enésima vez no haber ido de sus padres en Navidad. Albert trabajaba en una multinacional y, aunque él se negara a reconocerlo, era un adicto al trabajo y a los aviones. Cuando llegaron a la casa, toda su familia estaba allí.

La familia White era difícil de definir; si no se formaba parte de ella, no se lograba entenderla, y si sí, tampoco. Eran agotadores; siempre se peleaban y se abrazaban y se telefoneaban por cualquier tontería. Los padres, Rose y William, las dos Es, como los llamaban sus incorregibles hijos, llevaban juntos toda la vida, y aún parecían ser novios. William White estaba totalmente convencido de que podía controlar el destino y que, por lo tanto, a sus hijos nunca les ocurriría nada malo; y que, además, y ésa era la parte más complicada, ellos siempre harían lo que él quisiera. Rose, la matriarca, una mezcla curiosa entre una mamma italiana y una intelectual francesa, había educado a seis fieras, siete si contaba a su marido, con la más estricta suavidad. Era dulce e implacable, e imposible de engañar; todos lo habían intentado sin éxito.

Sus seis hijos también eran únicos, en más de un sentido. Albert era el primogénito, tenía treinta años y era duro, serio y estricto, el mayor a todos los efectos. Stear y Archie eran mellizos, lo que implicaba que nadie sabía nombrarlos por separado. A sus veintiocho años aún discutían sobre quién era el segundo y quién era el tercero en la cadena de mando. Candy, tenía veintiséis años y, hasta el momento, una vida un poco desastrosa. Karen y Elizabeth eran «las niñas», y con sus respectivos veinticuatro y veintidós años, tenían una vida social muy ocupada.

La mañana siguiente a «la catástrofe», que era como Candy llamaba a su caída por la escalera, todas sus pesadillas se hicieron realidad: perdió su empleo, pues su jefe no podía permitirse tener de baja a una diseñadora gráfica que ni siquiera estaba oficialmente contratada; Annie, su mejor amiga, había ligado por enésima vez, mientras que a ella sólo la llamaba su vecina; y su hermano mayor, Albert, se había pasado al bando enemigo, o lo que es lo mismo, se había aliado con sus padres para convencerla de que tenía que reorientar su vida.

Los primeros días, Candy se negó a escucharlos, pero luego vio que tenían algo de razón; una chica de veintiséis años, una edad fantástica, tenía que saber cuál era su objetivo en la vida, o al menos tener una vaga idea. No bastaba con que hubiera alquilado un piso en la ciudad y que tuviera un trabajo más o menos estable (más menos que más). Tenía que tener un plan, una meta. Tal vez estuvieran en lo cierto, tal vez había llegado el momento de dar un volantazo a su vida.

Así que, tres meses después de «la catástrofe», ahí estaba; aún un poco coja, pero a punto de subirse a un avión hacia Londres.

—Candy, ¿se puede saber en qué piensas? —preguntó Albert chasqueando los dedos delante de sus narices—. ¿Quieres tomarte un café o prefieres pasar ya el control?

—Perdona —respondió aturdida—. ¿Tengo tiempo de tomar un café? —Miró el reloj.

—Sí, si nos damos prisa —apuntó su madre, que ya caminaba hacia la cafetería.

Su padre la rodeó con el brazo:

—Ya verás como este trabajo en Inglaterra te irá muy bien, y Terrence cuidará de ti. Aún me acuerdo de cuando solía venir por casa todos los veranos. ¿Y tú?

—No, no mucho. —Candy no creyó necesario informar a su padre, que era incapaz de guardar un secreto, de que de pequeña había estado pendiente de todos sus movimientos.

—Pues yo sí me acuerdo. —Su madre se añadió a la conversación mientras pedían al camarero que les trajera unos cafés—. Me dio mucha pena que se fuera a vivir a Inglaterra con su padre y su abuela. Albert, ¿qué le dijiste a Terrence cuando lo llamaste?

Candy miró a su hermano, muy interesada por escuchar la respuesta a esa pregunta.

—La verdad; que Candy se había roto una pierna y que cuando se recuperara quería dar una nueva orientación a su carrera profesional. Dado que él es el editor jefe de la revista en la que trabaja, pensé que podría ayudarla. Y así ha sido, ¿no?

Pagaron la cuenta y Candy, con lágrimas en los ojos, se despidió de ellos. Si en ese instante se le hubiera ocurrido una excusa para poder quedarse, habría recurrido a ella sin dudarlo, pero todo su cerebro estaba centrado en lo que la esperaba al llegar a Heathrow: un nuevo empleo, una nueva oportunidad, una nueva ciudad, y volver a ver a Terrence.

El empleo le venía genial, siempre había deseado trabajar en una revista y seguro que podría aprender mucho. La oportunidad; haría todo lo que estuviera en sus manos, y más aún, para no desaprovecharla. La ciudad; Londres siempre le había encantado y estaba ansiosa por vivir allí durante seis meses, en principio, lo que iba a durar su contrato en la capital británica. Terrence... bueno..., seguro que después de trece años, una ya ha superado la tontería del primer chico que le gusta, ¿no? Tan malo no podía ser. Al cabo de unas tres horas se dio cuenta de que era aún peor.

A Terry no le extrañó que Albert lo llamara un jueves a la una de la madrugada. Ellos dos solían hablar mucho y, como Albert viajaba tanto, a menudo lo hacían a horas raras. Lo que sí le extrañó fue el motivo de su llamada: Candy.

Hacía trece años que no la veía. Era la hermana preferida de Albert y siempre que Terry estaba con ella se sentía incómodo, era como si pudiera leerle el pensamiento.

Al principio de vivir en Inglaterra, incluso había llegado a echarla de menos. Vaya tontería. La recordaba pequeña, delgada, con los ojos más grandes y más verdes que había visto nunca, y muy tremenda. Era un caos, se caía continuamente, se olvidaba de las cosas y tenía una conversación imposible de seguir, al menos cuando estaba con él.

Siempre se acordaría del día en que él cumplió diecisiete años. Sus padres se estaban peleando, como de costumbre, y optó por ir a casa de Albert. Ya no se le pasaba por la cabeza llamar antes, sabía que allí siempre era bien recibido, así que agarró sus cosas y se fue para allá. Era verano, y cuando llegó a la casa sólo encontró a Candy. Estaba en el jardín, leyendo un libro, como siempre; levantó la vista y lo miró a los ojos. Él nunca supo que fue lo que ella vio en ellos, pero su cara cambió de golpe y se puso de pie.

—Terry, ¿estás bien? —preguntó levantando una ceja por encima de los lentes. Por aquel entonces llevaba todavía los lentes.

—Sí, claro —carraspeó él—. ¿Dónde está Albert? —¿Cómo podía ser que una niña de trece años pudiese ponerlo tan nervioso?

—En el lago —contestó ella acercándosele—. Todos están allí.

—¿Y tú qué haces aquí? —Él se apartó y se sentó en el escalón que separaba la casa del jardín.

—Yo, bueno. —Candy se sonrojó—. Estaba leyendo y... no me gusta leer en el lago; el viento, el sol. —Parecía como si se estuviera justificando—. Además, el lago no se moverá, mañana seguirá allí mismo, y yo necesitaba saber cómo acababa el libro.

—¿Qué libro es? —preguntó él.

Charlie y la fábrica de chocolate. ¿Lo has leído?

—No, creo que no. ¿Es el de los niños que ganan el sorteo de los chocolates?

—Sí.

—Pues no, no lo he leído.

Ella volvía a estar a su lado, y lo miraba de una manera extraña.

—¿Qué?

—Acabo de acordarme de una cosa —dijo Candy sin apartarse.

Él la miró extrañado.

—Hoy es tu cumpleaños.

—¿Y?

—Nada. Felicidades.

Candy se acercó a él para darle un beso en la mejilla, pero Terry giró la cabeza para que sus labios encontraran los de ella. Siendo sincero consigo mismo, todavía no tenía ni idea de por qué lo había hecho; tal vez una parte de él quería sentir que alguien lo quería, que para alguien, él era especial. Fue una tontería, pero aún se acordaba del vuelco que le dio el corazón al sentir los inexpertos labios de ella bajo los suyos. Fue una leve caricia y Candy en seguida se apartó. Terry se sonrojó de la cabeza a los pies.

Él sabía que en aquella familia se besaban a la más mínima y nunca había entendido el porqué. La verdad era que al principio esa costumbre lo incomodaba un poco; en su casa nunca se besaban, ni siquiera se abrazaban. Mientras que los White eran muy cariñosos. Con los años, ya se había acostumbrado; ya no le sorprendía ver a Rose y a William dándose un beso, ni que Stear y Albert se abrazaran después de insultarse, pero aun así nunca lograría acostumbrarse a ser él el que recibiera esas muestras de cariño. Cada vez que la madre de Albert le abrazaba, no sabía dónde poner las manos y cuando se apartaba tenía miedo de que todos notaran que él no sabía hacerlo, que no sabía ser cariñoso. Pero el beso de Candy lo sacudió, tuvo ganas de llorar y aún entonces, trece años después, se acordaba de lo dulce que había sido ese momento.

—Gracias —consiguió responder él—. Eres la primera persona que me felicita.

—Me alegro —dijo ella—. ¿Vas a ir al lago o prefieres esperar aquí? —Candy volvió a agarrar el libro y siguió leyendo.

—Esperaré aquí. ¿Te molesto? —preguntó él tumbándose en la hamaca que había en el jardín.

—No —contestó ella sin levantar la vista.

Él se quedó mirándola. Era curioso, había salido de su casa con ganas de matar a alguien y, tras hablar con ella unos minutos, ya se había olvidado de sus padres, de sus gritos, de su tristeza.

—Ya está —exclamó Candy sacándolo de su ensimismamiento. No sabía si habían pasado diez minutos o dos horas.

—¿El qué?

—El libro. Lo he terminado. —Se levantó y se acercó a la hamaca en la que él estaba tumbado—. Toma, te lo regalo. —Ella le dio el libro y al ver que él la miraba sorprendido, añadió—: ¿Es tu cumpleaños, no? —Lo besó en la mejilla y se fue.

Con el recuerdo de ese beso tan inocente, se durmió y no se despertó hasta que el tonto de Albert lo duchó por completo con el agua helada de la manguera para felicitarlo.

A partir de ese verano las cosas cambiaron mucho. Sus padres iniciaron ya los trámites definitivos del divorcio, y la vida de Terry se convirtió en un infierno hasta que por fin se fue a vivir a Inglaterra, con su abuela. Toda la familia White se despidió de él, lo abrazaron y le dijeron que siempre sería bien recibido. Nunca volvió a esa casa, ni tampoco a ese pueblo, pero él y Albert habían seguido siendo amigos; de hecho, Albert era su mejor amigo. Y Charlie y la fábrica de chocolate estaba guardado en el primer cajón del escritorio de su despacho.

Hacía años que no se acordaba de ese beso ni de ese verano, ¿por qué diablos lo había hecho ahora? Bueno, tampoco tenía demasiada importancia, Candy no llegaría hasta dentro de unas semanas y seguro que ella ni lo recordaba. La trataría como si fuera su hermana, lástima que no tuviese ninguna; la ayudaría en el trabajo y se esforzaría para que se sintiese a gusto durante los meses que pasara en Londres. Después de lo bien que esa familia se había portado con él, era lo mínimo que podía hacer.

CONTINUARA...


Mil gracias por seguir esta historia.

saludos