Lizzy huía del señor Collins y de los gritos de su madre. Se sentía dolida y traicionada por toda su familia, por dejarla a solas en el comedor con su primo, sabiendo bien a qué se debía. Ella no quería casarse con un hombre como él. ¡No lo amaba! Y ella jamás podría casarse con un hombre al que no amara. Pero es que ni siquiera tenía que ser amor… O al menos amor como lo concebían los poetas. Para Lizzy el amor, el verdadero amor, el que perdura y nunca se extingue, se nutre del respeto y la admiración, que constituyen las bases para una relación sólida y plena. Y ella no tenía ni de lo uno ni de lo otro para el señor Collins.

Su madre hizo lo que hacía siempre: poner el grito en el cielo, apelar a sus pobres nervios y buscar el amparo del cabeza de familia, corriendo hacia el despacho de su padre, refugio las más de las veces inútil contra las desmesuras de su madre. Cómo es que sus padres habían tenido cinco vástagos cuando obviamente no se admiraban y se respetaban muy poco, era un misterio para Lizzy.

La señora Bennet ni se molestó en llamar, escandalizada por el hecho de que su segunda hija tuviera la desvergüenza de rechazar una proposición de matrimonio que las salvaría a todas cuando su marido faltara. ¡No puede vivirse del aire! ¿Qué destino hay para seis mujeres solas, sin el apoyo ni el sustento de un varón? La cuneta, las zanjas de los caminos, sin duda… O algo peor en lo que no se atrevía ni a pensar.

Pero el grito de '¡Señor Bennet!' murió en su garganta en cuanto abrió la puerta. Se le atascó, estrangulado, enredado entre las zarzas del miedo y del pánico. Su marido, el padre de sus hijas, su compañero…, yacía desmadejado sobre su butaca, los ojos desorbitados y turbios, la boca deformada en una mueca horrible y un hilillo de saliva espesa cayéndole hasta el pecho.

Cuando el miedo alcanzó su corazón, cuando por fin advirtió que sus sentidos no le engañaban, la señora Bennet gritó.

Jane, y con ella sus hermanas, corrió hacia el despacho. La carta de Caroline Bingley, anunciando su precipitada partida a Londres, revoloteó hasta caer al suelo.


—Deben prepararse para lo peor… —les dijo el doctor ante la puerta de la habitación de su padre.

Todas las Bennet ahogaron un gemido, y un jadeo entrecortado salió de la señora Bennet. Los ojos se le llenaron de lágrimas, viéndose viuda, con sus cinco hijas en la calle. ¡Solteras! ¡Sin casar! ¡Sin un mal marido que les dé amparo!

La mente de Lizzy corre veloz. Mil pensamientos, mil locuras y sinsentidos… ¿Institutriz? ¿Dama de compañía? Apenas daría para mantenerse a sí misma. ¿Los tíos Gardiner? ¿La tía Phillips? No podrían acogerlas a todas.

¿Qué futuro tiene una mujer de su tiempo? ¿Cómo salir adelante si no es por la caridad y benevolencia de un esposo, de un tío, de un padrino? Cultas y educadas, el culmen de la femineidad y las buenas maneras, sin duda, pero sin ninguna habilidad para sobrevivir por sí mismas en el mundo real… Cualquier trabajo decente y bien visto para las de su clase social no puede soportar una familia tan grande. Una familia llena de hermanas solteras y con una dote minúscula e irrisoria que no atraerá a ningún marido.

En la calle. Ese es su futuro.

Y no habrá más duelos de ingenio. No habrá más miradas conocedoras ni esos diálogos que alimentaban su espíritu. Y la mano amable que secaba sus lágrimas de niña, no volverá…

Porque su padre se les va… Su querido padre… Se muere…

Lizzy podía verlo, claro como el día. William Collins, heredero legítimo tan solo por haber nacido varón, tomará posesión de Longbourn antes de que el cuerpo de su padre se enfríe en su mortaja, y ellas tendrán que separarse, entre parientes que apenas podrán darles asilo, buscarse un mal empleo, irse a las misiones, o vivir en la indigencia… O peor, deshonrarse buscando un 'protector'…

Lizzy se deshace del abrazo de sus hermanas cuando sus ojos se cruzan con los de su primo. Sin decirse nada, los dos bajan del piso de los dormitorios hasta el salón. Allí, con las puertas abiertas, su primo luce debidamente compungido, pero le delata el nerviosismo inquieto de sus manos. Lizzy aprieta las suyas, una contra otra, y se clava las uñas para no llorar. Debe ser valiente… Su padre le enseñó a ser valiente…

—Señor Collins… —dice ella, inspirando hondo.

—Querida prima —le interrumpe él, con una exagerada floritura—, no se preocupe. Entiendo que no será la boda que una joven dama espera, pero puedo conseguir una licencia especial del obispo, enviada por correo urgente, para casarnos en tres días.

Lizzy cerró los ojos. Sí, una licencia especial, sin duda. Deben casarse cuanto antes, porque esta misma sociedad que no le permite ser libre, ve con malos ojos una boda durante el período de luto. Así que deberán casarse antes. Antes de que su padre… No se leerán las amonestaciones y la menor (ella) ya cuenta con el permiso sobreentendido y tácito de sus padres.

Ella ladea la cabeza, reconociéndole la 'amabilidad' de encargarse de las onerosas gestiones del matrimonio. Pero especialmente, por ahorrarle la vergüenza y la humillación de tener que pedirle que la acepte de nuevo tras su rechazo.

—Gracias, señor Collins… —dice ella. Al menos puede sentirse orgullosa de que no se le quebrara la voz.


La ceremonia es sencilla, lúgubre. No hay sol que ilumine las vidrieras de la iglesia y que pinte el día de luz y color.

No hay alegría ni gritos de felicidad. Ni siquiera lanzan monedas al aire al salir de la iglesia.

La comitiva se encamina, a paso lento y cabizbaja, hacia Longbourn, donde yace su padre, apenas respirando. Lizzy se despoja con premura del abrigo y el sombrero y sin mirar atrás, sube deprisa las escaleras hasta la habitación de su padre.

En la entrada, su primo —mejor dicho, su marido— ve cómo todas sus primas siguen a la recién desposada y solo queda junto a él su madre política. Dadas las circunstancias, no es que él esperara un banquete de bodas, pero sí al menos, el reconocimiento de su esposa. Él debería estar con ella, a su lado, asistiendo a su padre en sus últimas horas y confortándola a ella y a sus cuñadas con lecturas edificantes.

Pero nadie le invita a hacerlo. Y él no sabe cómo imponer su presencia en un momento tan íntimo y familiar. ¿Quizás la señora Bennet pudiera…?

—Mi hija le hará muy feliz, señor Collins —dice ella, mientras se desata la lazada de su sombrero—. Mi Lizzy es sin duda hermosa… No tanto como Jane, es cierto —dijo subiendo los primeros peldaños de la escalera—, pero es una chica fuerte y voluntariosa. Como debe ser la esposa de un clérigo —añadió antes de dejarlo solo.

El señor Bennet falleció cuatro días después.

Pero las Bennet estaban a salvo. Lizzy las había salvado a todas.