Hola chicos! Aquí esta el capitulo 2! Disfrutad!
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Pareja: Sparlithyia (Spartacus/Ilithyia)
Parejas secundarias: Craevia (Crixus/Naevia) − Spura (Spartacus/Sura flashbacks) − Galitta (Gannicus/Melitta flashbacks) − Ligeros toques de SparMira y Nagron.
Estado: Proceso.
Advertencias: lemon, lenguaje malsonante (insultos), violencia, lenguaje antiguo típico de la serie… Vamos, Spartacus en estado puro!
Disclaimer: Spartacus y su historia y personajes no me pertenece, si asi fuera, Gannicus estaría secuestrado en mi cama XD
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Capitulo 2
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"Cara a Cara"
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Esa mañana estaba siendo ajetreada.
Desde que el día anterior había estado hablando con Spartacus, no había tenido mucho tiempo para descansar, ya que esa misma noche tras dormir unas pocas horas habían reanudado la marcha por el bosque a paso rápido, para ganar terreno en la oscuridad, donde las posibilidades de encontrarse con alguien eran menores, y así alejarse cada vez más de las ciudades. Sin embargo en lugar de parar a descansar como ella había esperado, habían continuado caminando durante buena parte de la mañana; aun cuando el sol ya comenzaba a subir mas y mas alto en el cielo y el calor se hacía más intenso. Solo cuando ya era casi mediodía se detuvieron para descansar, comer y aliviarse de la larga noche de caminata.
Ilithyia estaba molida, agotada, sudando y maldiciendo internamente por su suerte… y lo peor es que los Dioses no tenían intención de ser benevolentes con ella de momento, ya que cuando creía que por fin podría sentarse bajo un árbol y recuperar el aliento, alguien se acercó a ella, que se había apoyado contra un tocón de árbol caído para descansar.
Se trataba de una chica joven, una esclava que Ilithyia no conocía, de cabello oscuro largo y ondulado recogido en una trenza. Llevaba una cesta de mimbre en los brazos, cargada de algo que iba cubierto por una tela y abultaba bastante, lo cual le hizo preguntarse que podía ser… algo que no tardaría demasiado en averiguar dada su suerte.
La joven se acercó a ella con paso vacilante y se detuvo a unos pasos de distancia, lo justo para ser cortes y no incomodarla; algo que ella agradeció internamente, recelosa de cualquiera que se le acercara. No podía engañarse por más tiempo, la amarga realidad era que tenía miedo de las intenciones de todas las personas que estaban allí, y aunque jamás lo confesaría, temía por su vida y la de su hijo a pesar de que Spartacus le había dado su palabra de que nada le sucedería… no podía confiar en nadie, ya no, excepto en si misma.
Por eso se mostró recelosa cuando la chica se acercó a ella y mostró una pequeña sonrisa tímida antes de atreverse a hablarle.
−Disculpas… yo –carraspeó nerviosa la chica − Spartacus dice que me acompañes en mis labores –comenzó la joven.
Ilithyia la miró sorprendida por la declaración, desconfiada.
− ¿Con que propósito? –dudó llevándose inconscientemente una mano a su tripa, gesto que se había vuelto habitual en ella.
−Dijo que debía ayudarte enseñándote algunas cosas que hacemos las mujeres aquí –explicó la chica –todos ayudamos con alguna tarea, por pequeña que sea…
Las palabras sonaban sinceras, sin segundas intenciones, por lo que Ilithyia se mostró receptiva y lo demostró alzando una ceja en señal de aceptación, aunque la angustia la estuviera consumiendo por dentro… solo rogaba a los Dioses que eso no fuera una estratagema de alguna de las esclavas que le guardaban rencor… no obstante si era cierto que la orden venía de labios de Spartacus no podía ser tan malo para ella, así que ahogó un suspiro, asintiendo.
−Mnnn, algo necesario entonces –dijo finalmente Ilithyia con resignación y amargura latente en su voz, cuando la duda surgió en ella –espero que no implique ningún esfuerzo que pueda hacer que mi hijo…
La comprensión llegó rápidamente a la esclava, que vio el escepticismo reflejado en esos ojos azules frente a ella. Al parecer la mujer temía que intentara hacer algo que le hiciera perder a su bebe. Negó internamente, exclamando que jamás haría tal cosa, a nadie, nunca. Y esa no seria la primera vez… así que se apresuró a responder para tranquilizar a la rubia.
− ¡No! no, no –exclamó la joven negando con la cabeza rápidamente –no haríamos nada que os pusiera en peligro… no todos somos así.
Y esa vez fue el turno de Ilithyia de mirarla con sorpresa.
− ¿No lucháis? –dudó Ilithyia extrañada –creía que todos aquí tomaban las armas para… ¿aumentar las posibilidades?
−Bueno, algunas de las mujeres si han tomado las armas –respondió la chica, asintiendo –algunas el arco y otras la espada… pero no todas servimos para ello; las mas jóvenes, los niños y los ancianos ayudamos a la causa haciendo labores mas seguras pero igualmente necesarias.
− ¿Por ejemplo? –inquirió Ilithyia confusa.
La chica comenzó a andar antes de responder, haciendo un gesto amistoso a Ilithyia con la cabeza para que la siguiera, cosa que ella hizo, aun esperando la respuesta que la joven tenía que darle… y mientras caminaban entre los árboles, hacia más allá del campamento, la chica comenzó a hablar con voz alegre, tranquila y sin preocupaciones.
−Algunas cocinamos, preparamos las viandas con las presas que los hombres cazan –comenzó la joven sonriendo ligeramente –también tallamos flechas con astillas de madera, y lanzas y arcos con ramas caídas en el bosque…
Ilithyia asintió, viendo que sus opciones no eran nada agradables. Al parecer la vida que iba a tener que llevar de ahora en adelante iba a ser la de una vulgar esclava domestica… pero ¿Qué era lo que se esperaba? ¿acaso esperaba encontrar otra cosa viviendo entre unos esclavos huidos y rebeldes contra la vida que ella tanto había amado?
Tragó saliva sin responder, deprimida, pero la joven no se había percatado de su cada vez mas amplio pesimismo, y continuó explicándose en sus de ahora en adelante animadas labores diarias.
−Tambien trenzamos hojas de palma y hacemos cestas para llevar lo que obtenemos, y preparamos telas y hiervas para curar sus heridas –continuó ella deteniéndose de pronto –y también hacemos lo que vamos a hacer ahora nosotras.
Finalmente la chica se detuvo, haciendo que Ilithyia se detuviera bruscamente también, distraída como estaba con la conversación; y así, ante los azules ojos de la hija del difunto senador la chica se arrodilló frente a un riachuelo que estaba frente a sus narices sin que Ilithyia se hubiera dado ni cuenta de que estaba delante de ella. Con cuidado, la chica retiró la tela que cubría la cesta, que había depositado suavemente en el suelo y le mostró su contenido.
Ilithyia abrió los ojos sorprendida y miró con repugnancia el montón de telas manchadas de sangre y barro entre otras cosas más desagradables, como lo que parecían ser pieles de animales aun con restos de carne y grasa adheridos a ella que contenía la cesta. Sin pretenderlo una nausea se apoderó de su cuerpo, y su espíritu languideció, cayendo de rodillas junto a la joven, aun con los ojos horrorizados.
La chica la miró ampliando su sonrisa pequeña de antes, intentando animarla.
−Alguien tiene que encargarse de lavar toda esta ropa y estas pieles manchadas de sangre –explicó –la ropa la dejamos secar y se la entregamos, y las pieles las curtimos para hacer lechos y mantas.
Ilithyia tragó saliva, ganándose una mirada de compasión por parte de la joven, que ya esperaba esa reacción por su parte. Ni hacía falta mas que verla para saber que las costumbres de una Domina no incluían esa clase de trabajos.
−Ven, te enseñare –dijo con una pequeña de nuevo.
Finalmente Ilithyia asintió, dejándose guiar por la otra, que repartió algunas telas delante de ella; quedándose con el resto y dejando la cesta vacía. Ilithyia estaba a punto de tomar una de las telas entre sus manos con resignación, cuando la voz alegre de la chica la sorprendió, sacándola de su ensimismación.
−Yo soy Vibia –dijo la joven, presentándose.
−Ilithyia… –respondió ella distraídamente, sintiéndose como en un sueño, por lo irreal de la situación.
Entablando amistad con una esclava ¿eso era posible? Al menos era mejor que la crueldad y los insultos a los que la sometían otros en el campamento… podía acostumbrarse a esa cordialidad.
−Bien Ilithyia –asintió Vibia satisfecha –lo que tenemos que hacer es dejar eso listo antes de que el sol comience a bajar o no se secara, las noches son frías… y por Juno que no desearás escuchar como se ponen los hombres si sus pieles no están listas.
−Hablas con la verdad –asintió ella, muy de acuerdo –no deseo tal cosa.
Vibia rió, animada por ver que la mujer recuperaba la picardía; ella era un espíritu alegre, y como tal no le gustaba ver decaídas a las personas.
−Démonos prisa entonces –rió Vibia volviéndose hacia sus telas.
Y así, dos horas mas tarde, una Ilithyia mojada hasta los codos, y una empapada Vibia habían terminado con su labor, llenando la cesta de prendas y pieles limpias, así que se pusieron en pie para regresar al campamento antes de que el sol se pusiera.
Un trozo de pan duro golpeándolo en el brazo hizo que "El que trajo la lluvia" levantara sus ojos azules de la hojarasca entre sus piernas.
Spartacus estaba sentado a las afueras del campamento, en un pequeño claro entre varios árboles, sentado en una roca frente a una hoguera crepitante en la que Naevia se afanaba en cocinar algo de carne y hiervas en una olla de barro. Cuando sintió el golpecito en el brazo, vio que se trataba de un trozo inofensivo de pan, así que levantó la mirada para ver quien se lo había arrojado; encontrándose con los claros ojos azules, ahora divertidos, de Agron; que estaba sentado en el suelo apoyado en un tronco de árbol caído justo frente a él. A la derecha de Agron estaban Crixus y Gannicus, uno con la mirada perdida entre las llamas, y el otro jugueteando con una ramita de pino que tenía en la mano.
Spartacus cogió el trocito de pan y lo movió entre los dedos, sin comérselo, pensativo.
−Si sigues pensando tanto te vas a derretir –dijo Agron medio en broma, ganándose una mirada distraída del Tracio − ¿No te has decidido todavía?
Ante la pregunta de Agron, tanto Crixus como Gannicus alzaron la mirada en dirección a Spartacus, demostrando que estaban pendientes de la conversación y esperaban una respuesta. Él simplemente negó con la cabeza, frunciendo ligeramente el ceño, aun moviendo el churrusco de pan en su mano.
−Vamos hermano, no puedes seguir creyéndolo –continuó Agron obviando un hecho que todos creían evidente, excepto el propio Spartacus –esta claro que miente…
Crixus miró a Agron y asintió una sola vez, simple y directo, clavando su mirada después en Spartacus.
−En esto estoy de acuerdo con él –dijo roncamente con dureza en su voz al recordar –no puedes poner tu confianza en una mujer que miente y actúa como una serpiente… las garras de Lucrecia han arraigado profundamente en ella.
Spartacus continuó sin responder, así que Gannicus intervino. De pronto todos habían perdido la diversión, poniéndose serios.
−Sin contar la de pollas que habrá montado –dijo sin sarcasmo en su voz, serio completamente –empezando por la de su marido.
−El mismo hombre que te robó a tu esposa –continuó Crixus.
−El mismo que empezó todo esto Spartacus –dijo Agron con un deje de rencor − ¿y tu quieres criar al bastardo de esa mierda romana?
Spartacus se levantó bruscamente, enfadado, molesto e irritado todo a la vez. Tenía bastantes problemas y preocupaciones en la cabeza como para tener a sus tres hombres de confianza en contra, presionándole para que tomara una decisión que no estaba seguro de querer tomar, al menos no todavía.
− ¡¿Y que queréis que haga? –gritó Spartacus mirándolos con ira − ¿¡Matar a un inocente! ¿¡robarle la vida a un niño no nacido?
Ninguno respondió, así que el continuó, enfadado.
− ¿¡Me veréis convertirme en un tirano asesino peor que los que persigo! –exclamó negando con la cabeza − ¡No es lo que mi esposa hubiese querido! ¡ni la idea de libertad que quiero para esta gente!
Crixus se levantó también, adelantándose dos pasos, siendo imitado por Agron y Gannicus, que se levantaron también, pero se quedaron atrás.
− ¡Cójete la polla y haz lo que tengas que hacer! –gritó Crixus, tensando la mandíbula, calmándose a si mismo –en ocasiones dar la muerte es más clemencia que la vida… y ya deberías saberlo.
Y dichas esas palabras se dio la vuelta y se dirigió al centro del claro, desde donde Naevia los miraba seriamente, arrodillada aun junto a la olla ahora olvidada, su mirada fija en Crixus y en la discusión que estaban teniendo los cuatro hombres. Él se sentó en un tronco perdiendo su mirada en la lejanía, y al instante los suaves y calidos brazos de Naevia le rodearon, calmándole.
Sin embargo la discusión estaba lejos de darse por terminada.
− ¡Por los putos Dioses Spartacus! –exclamó Agron − ¡si ni siquiera sabes seguro si ese niño que carga es hijo tuyo!
Spartacus le dirigió una mirada dura, cargada de simbolismo y Agron lo entendió perfectamente, recordando sus palabras… pero aun así continuó.
−Que ella dijera tal cosa no hace ciertas sus palabras hermano –continuó él – ¡es una puta romana que diría cualquier cosa por salvar su vida! que yacieras con ella no significa nada… ¡no sabes que planes tenían el puto Batiatus y su zorra para ella!
El Tracio continuó sin responder, bajando la mirada y tensando la mandíbula, con los puños apretados.
Gannicus se había mantenido al margen de esa conversación, deduciendo por las palabras de Agron que algo más que él desconocía había sucedido entre Spartacus y la mujer romana; se hacía una ligera idea, algo que le recordó a sucesos que él mismo había tenido que vivir; pero su visión de la vida había cambiado mucho desde entonces… Spartacus sin embargo seguía cegado por la sombra de ese amor que había perdido y que le cegaba el juicio impidiéndole tomar decisiones dolorosas, motivadas por los sentimientos.
−Tal vez para ese niño sea mejor no nacer en este mundo de mierda –dijo Gannicus adelantándose, poniendo una mano en el hombro de Spartacus comenzando a alejarse – aún más teniendo por madre a una mujer así.
Y con eso, comenzó a alejarse en dirección al centro del campamento, perdiéndose entre los árboles en dirección a las luces de las hogueras. Agron no dijo nada más, cruzado de brazos y apoyado contra el tronco de uno de los árboles tras él, así que esperó a que fuera Spartacus quien rompiera el silencio, únicamente perturbado por el sonido de las llamas crepitantes tras ellos, donde Naevia y Crixus estaban aun abrazados y en silencio.
− ¿De verdad crees que matarla es el único camino? –preguntó Spartacus con la mirada fija en el horizonte.
Agron se acercó lentamente, deteniéndose a dos pasos de él y siguiendo la dirección de su mirada, centrándola en la puesta de sol, cada vez más cerrada, entrándolos en la noche.
Finalmente el Germano suspiró, respondiendo.
−Todos te seguimos Spartacus… –dijo Agron – pero solo se que yo no arriesgaría todo por lo que hemos luchado por las mentiras de una zorra que tiene las manos manchadas de sangre...
Tras sus palabras, Agron dio un toque amistoso en el antebrazo de Spartacus y tal como hiciera Gannicus antes, comenzó a alejarse en dirección al campamento, perdiéndose entre las sombras.
Spartacus suspiró, llevándose los dedos de la mano derecha al puente de la nariz, apretando en un intento por despejar el creciente dolor de cabeza que estaba surgiendo en él como una tormenta. Tal vez sus hermanos tenían razón y se estaba equivocando, tal vez ellos decían la verdad y estaba siendo egoísta, tal vez solo la salvaba aun sabiendo las cosas horribles que Ilithyia había hecho por el deseo de tener ese hijo que deseaba y sabía que era suyo, que ya no podría tener jamás con Sura…
Si, tal vez ellos tenían razón y solo había un camino…
Después de haber estado toda la tarde con Vibia lavando la ropa y hablando de los temas que ninguna de las dos podría llegar a considerar espinosos entre ambas, debido a su anterior condición de Domina-esclava, Ilithyia podía considerar que no había sido un día tan malo después de todo. Tras llegar al campamento habían tendido la ropa mojada en unas ramas, y después Vibia la había llevado hacia las hogueras para poder curtir las pieles a la luz y el calor del fuego, para poder después secarlas y utilizarlas sin problemas.
Se encontraban en eso ahora, ambas de rodillas sobre unas pieles de venado. Ilithyia aprendía rápido, para sorpresa de la joven esclava, que la enseñó como tomar una piedra afilada para quitar el sobrante de la piel y rasparlo hasta dejarlo suave y sin restos. Ahora que las pieles estaban limpias, Ilithyia lo había hecho sin mayor discusión, sabiendo que tenía que hacerlo aunque no lo deseara, así que estaban avanzando a buen ritmo, con la luz disminuyendo cada vez más, iluminadas por el fuego.
A su alrededor había mas mujeres, jóvenes y ancianas, algunas cosiendo pieles para hacer odres, y otras raspando tal como ellas; y para sorpresa suya, no la miraban con hostilidad como antes al ver que la joven niña rica se había manchado las manos de tierra y sangre. Quizá estaban silenciosamente comenzando a aceptarla entre ellas…
Lo cual no significaba que tuviera su confianza, ni su amistad, únicamente su aceptación… que por otra parte ya era mucho, dada su situación y su origen.
Vibia miró su trabajo asintiendo al comprobar que no lo hacía tan mal, y sonrió internamente, solo corrigiendo la fuerza de la chica, que era demasiado briosa en su afán por quitar todo el sobrante.
−Tienes que ser mas suave en tu tacto, como si fueras Venus tejiendo pétalos de rosa –dijo Vibia parando las manos de Ilithyia para que se detuviera –no deseamos rasgar la piel, únicamente pulirla...
Ilithyia la miró, y después a la piedra afilada en sus manos, asintiendo distraída.
Se encontraban en eso sin darse cuenta de que eran observadas desde las sombras de los árboles, unos ojos azules descansaban sobre ellas; y al ver que habían hecho un descanso en sus labores, la figura salió de entre la oscuridad, acercándose a ellas pasando entre todas las mujeres, que comenzaron a murmurar en susurros al ver donde se detenía su líder.
Spartacus se quedó en pie frente a Ilithyia y Vibia, que no se habían percatado de su presencia hasta que su sombra les tapó la luz haciendo que levantaran la mirada para ver que pasaba.
Los claros ojos azules de Ilithyia se abrieron de sorpresa al toparse de lleno con los azules intensos de Spartacus, pero ninguno dijo nada, hasta que él rompió el silencio.
− ¿Estas teniendo problemas con la tarea asignada Vibia? –preguntó Spartacus con una curiosidad que trato de disimular.
−En absoluto –negó ella con la cabeza, sonriendo un poco –los Dioses nos favorecen y todo avanza a buen ritmo.
Spartacus asintió complacido, pasando su mirada ahora de Vibia a Ilithyia, que trago saliva al sentir los ojos del Tracio sobre ella.
−Compartiría unas palabras contigo ahora –dijo él neutralmente –lejos del bullicio…
Ilithyia le miró extrañada, pero aún así asintió, sabiendo que tampoco tenía la opción real de negarse; nadie la apoyaría si lo hiciera, así que asintió de nuevo lentamente.
−Como quieras –dijo sencillamente, posando la piedra en el suelo.
Lentamente se puso en pie con dificultades, dado lo abultado de su vientre, apoyándose en un árbol para no caer hacia atrás. Spartacus hizo un gesto con la cabeza indicándole que le siguiera, e Ilithyia obedeció siguiéndole lentamente entre los árboles, cruzando el campamento y dejando atrás las hogueras calidas y seguras en dirección al bosque mas oscuro y frío, alejados de los ojos curiosos que pudieran escuchar sus palabras y adivinar sus intenciones.
Anduvieron por unos cuantos minutos que a Ilithyia se le hicieron eternos, teniendo siempre cuidado de no tropezar en una rama y caer, con ambos brazos rodeando su vientre en un gesto tan habitual en ella que era inconsciente, siguiéndolo de cerca. Spartacus no se volvió hacia atrás par mirarla, sabiendo que ella le seguía por los ruidos torpes que hacía la chica cada vez que se pinchaba con una rama o su piel rozaba con alguna astilla; y así continuaron durante unos cuantos minutos más, hasta que estuvieron completamente rodeados de árboles y la quietud del bosque solo dejaba que se oyera el canto de algún pájaro o alguna lechuza solitaria, solo interrumpidos por la soledad y la oscuridad, y el sonido del agua corriendo un poco mas adelante.
Finalmente Spartacus se detuvo, volviéndose hacia ella, que se detuvo sus pasos suspirando al ver que por fin se detenían.
Ilithyia alzó la mirada hacia su rostro, mirándole interrogante sin saber que esperar, hasta que el hombre se acercó a ella un paso, hablando con tranquilidad y sin emociones que ella pudiera identificar.
−Has trabajado bien –afirmó Spartacus mirándola directamente –y te has puesto la ropa de nuestras mujeres.
Ella asintió sorprendida positivamente, pensando que tal vez en su locura él la estaba… ¿halagando? al menos así se lo indicaban sus palabras de reconocimiento hacia ella.
−Debes de sentirte humillada, al llevar las ropas de una simple esclava –continuó Spartacus con hiriente sarcasmo –algo terrible para la hija de un senador, una noble romana…
Craso error, pensó avergonzada apartando la mirada y con la rabia creciendo dentro de ella.
Ilithyia sintió sus palabras como una bofetada. Ella creyendo que su esfuerzo había servido de algo, para ganarse un poco de su reconocimiento, cuando solo había obtenido como premio por su largo esfuerzo palabras hirientes y sentimientos pisoteados. Por las siete furias, ese puto Tracio no conocía su carácter si jugaba con ella de esa forma. Se sintió tentada de darle una bofetada, pero se contuvo al ver que estaba en clara inferioridad en ese lugar, sola e indefensa a merced de ese salvaje esclavo.
Finalmente le miró, no sabiendo que emoción la dominaba.
− ¿Para eso me has traído aquí? –inquirió ella, tensa − ¿para regodearte en tu victoria sobre mi y sobre mi padre? ¿no has tenido bastante con robar la vida de mi esposo?
− ¡Vida que me pertenecía desde que él me arrebató a mi esposa! –exclamó Spartacus, haciendo que ella se estremeciera –pero no… mi venganza por ella está zanjada, Sura me espera en la otra vida, ahora que la vida de los hombres que se la llevaron de mis brazos arden en el Tártaro.
Ilithyia tragó saliva sintiendo un escalofrío recorrerla, e irracionalmente un miedo se apoderó de ella, así que retrocedió ligeramente; distancia que no sirvió para nada, ya que los pasos que ella retrocedía, Spartacus los avanzaba salvando la distancia entre ellos.
−Entonces… ¿qué quieres de mí? –dudó Ilithyia − ¿vas a matarme también?
Spartacus no respondió, recordando las palabras de Crixus, Agron y Gannicus, y sus dedos rozaron el mango de la Gladius que llevaba atada a su cinturón, haciendo que los temores de ella se dispararan.
− ¡Dijiste que no lo harías! –gritó ella, asustada, retrocediendo más − ¡mátame y los Dioses verán tus manos manchadas con la sangre de tu hijo!
Él se detuvo bruscamente al oír sus palabras, como si le hubieran golpeado, alejando la mano de la espada y frunciendo el ceño con una expresión dolida, haciendo que ella se detuviera bruscamente también sorprendida por el cambio en sus acciones y tropezara con una raíz, cayendo al suelo y quedando sentada, mirándole desde abajo.
Spartacus se acercó lentamente a ella, arrodillándose a su lado y sacando finalmente la Gladius la puso sobre la garganta de ella, que dejó que las lagrimas se escaparan de sus ojos, por pura rabia y temor contenidos al saber que moriría allí, en medio de la nada, rodeada de mierda barro y hojarasca. Inconscientemente de nuevo una mano se dirigió a su vientre, y el gesto no pasó desapercibido para el Tracio.
− ¿Tanto me odias…? –dijo ella mirándole con resignación, aún llorando.
La punta de la espada rozó su cuello haciendo que una gota de sangre apareciera, haciendo que Ilithyia cerrara los ojos esperando el final. Spartacus miró la sangre resbalar en su cuello, y lentamente tensó la mandíbula y alejó la Gladius de ella, clavándola en la tierra a su lado dejando a Ilithyia atónita, sin creer lo que estaba pasando cuando sintió los dedos calidos del hombre rozar su mejilla para apartar una lagrima que corría por ella, abriendo los ojos incrédula
La voz dolida del hombre hizo que algo se revolviera dentro de ella.
−Te odio –dijo Spartacus con voz ronca –pero no voy a matarte… dije que no morirías por mi mano y así será, lo dejo en manos de los Dioses…
Ella le miró aún en shock, atónita.
− ¿Harías tal cosa? –dudó ella encontrando su voz por fin.
Él no respondió, acariciando su mejilla ya libre de lágrimas antes de retirar su mano, mirándola entre divertido, dolido y resignado.
−Nunca he creído en los Dioses –respondió finalmente –pero tienen que estar ahí, odiándome, si unen nuestros destinos de esta forma.
−Es a mí a quien castigan –contradijo Ilithyia con amargura –por eso aquella noche me atormenta cada vez que cierro los ojos… no puedo sacarte de mi pensamiento…
Al oír sus palabras fue el turno de Spartacus de sorprenderse, sin creer lo que ella estaba diciendo, atónito. La miró sorprendido esperando a que ella continuara.
−…aún en sueños siento tus manos sobre mí –dijo ella sin mirarle, como si hablara para si misma –cruel recuerdo de una noche deseada con Crixus, tornada en pesadilla por las manos de Lucrecia ¿no lo crees así?
−Ella ha tenido lo que merecía –respondió Spartacus, sin querer ahondar en los recuerdos dolorosos de la casa de Batiatus.
−Extraña vida la nuestra –dijo entonces Ilithyia –unida por las manos de una serpiente y la voluntad de los Dioses… −él no respondió, aunque estaba de acuerdo −debo estar maldita por desearte a ti de esa forma, estoy condenándome par…
Y antes de que ella pudiera terminar, fue interrumpida con un beso.
Ilithyia ahogó un jadeo sorprendida cuando sintió los labios del hombre contra los suyos.
No es que se quedara paralizada por la impresión como debiera haber sucedido en una situación normal; sino que se amoldó a la sensación de calidez sobre sus labios y entreabrió la boca profundizando ella misma el beso, entrando en una lucha que ambos querían dominar, llevando el control de ese beso inesperado que había pasado de nacer a ser intenso y ardiente hasta el punto de robarles el aliento a ambos. Pero ninguno de ellos era normal y ambos lo sabían. No había amor allí. Ella no era una delicada flor sin tocar, y él tampoco sería su gentil caballero de laureles y rosas… ella le deseaba más que el aire que respiraba, su polla en ella haciéndola suspirar y gritar de placer, sus manos ásperas y llenas de sangre tocándola hasta hacerle enfebrecer, su voz ronca y salvaje en su oído, jadeando para ella…
Spartacus recorrió cada centímetro de su boca apasionadamente, uniendo su lengua en una danza febril, haciendo que ella jadeara y suspirara entre sus labios cuando se separaban para tomar aire antes de volver a unirse y juntar sus labios en un nuevo beso, que llevaba a otro, y luego a otro más, ambos devorándose la boca con desesperación.
Cuando ella no pudo soportarlo más tiempo se separó de sus labios y echó la cabeza hacia atrás, pasando ambas manos por el cuello del Tracio, que separó las piernas de la chica con una de sus rodillas y se acercó más a ella, acomodándose ligeramente hasta quedar ella casi tumbada y apoyada sobre sus brazos y él sobre su vientre sin llegar a tocarla. Estaba torturándola, y ella lo sabía… Ilithyia no soportaba más la distancia entre ellos, y cuando recuperó el aliento lo suficientemente para hablar arañó el cuello de él con una mano como escarmiento, dejando unas marcas que le dolieron y le excitaron a cual más, dando un tirón de su pelo hasta hacerle alzar la cabeza y dirigirla a su cuello, con la intención de sentir su boca en ese lugar.
Él se hizo de rogar acortando un poco la distancia entre ellos con una pequeña risa arrogante, sin obedecer sus deseos.
Ilithyia, que tenía los ojos cerrados, los abrió lo justo para mirarle desafiante, centrando sus pupilas dilatadas por el deseo y la lujuria en los azules iris del antiguo campeón de Capua.
−Por el coño de Juno Tracio… –amenazó ella, clavando aún más sus uñas en el cuello del hombre.
Spartacus no se inmutó por sus palabras, jugando con el lazo del vestido de Ilithyia, tirando de él lo suficiente para hacer que la atadura que unía la tela que cubría sus pechos quedara libre para ser retirada con un suave movimiento, cosa que no hizo, jugando la piel del hombro de la chica, que jadeó al sentir el contacto alzando las caderas inconscientemente rozando con el cuerpo del hombre, notando la erección dura bajo el subligar que él llevaba, cosa que la enardeció de deseo al sentirse igualmente deseada.
Una suave risa arrogante se escapó de sus labios, mirando al hombre que estaba sobre ella.
−Tu polla no miente… –dijo Ilithyia sabiéndose vencedora de su estúpido juego –te quiero dentro de mí ahora…
Eso hizo que él la mirara alzando las cejas, indescifrable.
− ¿Dando ordenes? –dijo él moviendo las caderas en un movimiento que imitaba lo que ella deseaba, sobre la ropa − ¿olvidas que… ya no estás en Roma?
Ilithyia se mordió el labio sin responder y apretó los ojos fuertemente cuando el repitió el movimiento, rozando sus caderas, jadeando y ahogando un suspiro, aferrando ambas manos a los hombros del hombre, que finalmente retiró la tela que cubría el cuerpo de la chica, revelando sus pechos, ahora mucho mas grandes que la ultima vez debido al embarazo, y un vientre suave y abultado en perfecta armonía para unas piernas largas y abiertas bajo su cuerpo, anhelando su tacto en ella…
Pero él no iba a entrar en ella tan rápido.
Se dedicó a lamer su piel despacio, marcando su cuello y dejando un rastro de saliva tras el a medida que se acercaba a sus pechos, deteniéndose en ellos hasta que tomó uno de los pezones duros y suaves de la chica entre sus labios, mordiéndolo ligeramente, ganándose un gemido en toda regla por parte de la rubia, cuyo pecho se movía arriba y abajo agitado por su respiración acelerada.
Spartacus sonrió satisfecho, separándose de ella, que suspiró disgustada por la falta de contacto.
− ¿Qué me impide irme ahora? –dijo de pronto él, tanteando el terreno.
Ilithyia alzó la cabeza bruscamente al oír sus palabras, frunciendo el ceño aún con la respiración agitada, achicando los ojos en una mirada amenazante, chocando con la mirada divertida que había en los ojos del hombre, que estaba disfrutando tenerla así, entre sus piernas y a su disposición, rendida.
−Por los Dioses…no te… no te atrevas… –ordenó Ilithyia irritada.
Él rió divertido.
− ¿Qué harás? –preguntó con mordaz ironía - ¿orarás para que bajen tus Dioses y me detengan?
−Spartacus… –advirtió ella duramente, tensando la mandíbula.
Y sin saber por que, inexplicablemente el escuchar de los suaves, embriagantes y mortales labios de ella el nombre con el que los romanos le habían marcado, ese nombre que no le pertenecía, que tanto había odiado, contra el que tanto se había resistido, le encendió como una llama en los infiernos.
Ya no escucharía jamás de los labios Sura el suspirar su verdadero nombre mientras hacían el amor bajo las estrellas; pero la voz de Ilithyia, desesperada, irritada y orgullosa como era ella llamándolo "Spartacus" hizo que rompiera la distancia que los separaba y se abalanzara sobre ella, tendiéndola en el suelo con dureza y moviendo su lengua dentro de su boca contra la de ella con dureza mientras desataba los cordones de su subligar, quedando desnudo y entrando en ella de golpe.
Ilithyia soltó un gritó ahogado cuando él entró de una sola envestida en ella, arqueando la espalda lo que podía, y dada su situación intentando aferrarse a cualquier cosa que le diera fuerza, mientras Spartacus, que se alzó para quedar de rodillas y no aplastarla con su peso ni a ella ni al bebe, embestía furiosamente, con los ojos cerrados y jadeando con salvaje abandono, instintivo, con dureza, una vez, y otra y otra, haciendo que los jadeos de Ilithyia se aceleraran acercándola a un punto donde casi sentía que la cabeza le estallaría de placer.
El sudor comenzó a recorrerla a pesar de que la noche era fría, y con cada embestida sus labios sollozaban por el deseo de rozar la piel que deseaba tanto, a pesar de que debido a su posición no podía, el sentirlo dentro de ella, penetrándola con una pasión que su difunto esposo jamás había soñado poseer ni en sus fantasías mas ambiciosas, la hizo llegar a unas sensaciones que solo había sentido una vez en su vida; la noche que había llevado la mascara de la Diosa Diana en la Casa de Batiatus y había yacido con el Dios Apolo, que no era otro que el propio Spartacus.
Saberlo suyo, él único que la había hecho llegar a los putos cielos, sentir su polla dentro su cuerpo, su semilla a punto de derramarse en ella, llevar un hijo suyo creciendo en su vientre y toda su pasión centrada en ella era demasiado para poder soportarlo; el orgasmo la golpeó con violencia, haciendo que se aferrara a la tierra bajo su cuerpo arrancando trocitos de hojas caídas y barro seco, arqueando las piernas sobre la espalda de Spartacus, que seguía embistiéndola con intensidad aún cuando sintió el placer que la hacía vibrar envolviendo su miembro como si fuera a ahogarse de placer.
El tampoco aguantó demasiado después de sentir el ardiente interior de Ilithyia contraerse sobre su polla, envistió unas cuantas veces más, con los ojos fuertemente cerrados y las manos sobre las caderas de ella para hacer las envestidas más profundas e intensas, y sin más explotó dentro de ella, llenándola de su semilla y cayendo hacia atrás aún sin salir de dentro de ella, doblado sobre sus rodillas con las piernas de la chica rodeándole la espalda.
Ambos tardaron unos minutos en recuperar su respiración, en normalizar el pulso que latía en su pecho antes de poder moverse luego de la intensidad del orgasmo que los había sacudido.
Spartacus lentamente se incorporó, quedando de nuevo de rodillas, observándola desde su posición.
La imagen le despertó algo que no supo calificar. No sabía que emoción sintió al verla ahí tendida, desnuda y sudorosa, con su pecho subiendo y bajando agitado por la respiración mientras sus manos se acariciaban el vientre en un gesto dulce, los ojos cerrados y manchada de barro, hojas, mierda del bosque con las piernas abiertas y sus muslos manchados con su semilla fue desconcertante. Salió de ella lentamente, alzándose hasta quedar en pie, momento que Ilithyia eligió para abrir los ojos, centrando su mirada en él al notar que había perdido su calor en ella.
Ilithyia se incorporó lentamente, sentándose sobre la tierra, con el pelo alborotado y sucio, buscando con una mano su vestido para cubrir su desnudez mientras Spartacus terminaba de atarse el subligar de nuevo en completo silencio, ninguno sabía que decir en ese momento.
No sabían nada.
No se suponía que eso debería haber sucedido.
Spartacus había ido allí a terminar con su vida, y en lugar de eso había terminado haciéndola suya en el suelo del bosque, e Ilithyia se suponía que odiaba a ese hombre por condenarla a esa vida, y en lugar de eso había terminado por rogarle tener su polla dentro de ella.
Nada tenía sentido ni las palabras encontraban camino para salir a la luz hasta que uno de los dos rompiera el silencio.
−Esto… no cambia nada entre nosotros –dijo Spartacus mirándola.
Ella le miró finalmente una vez que hubo terminado de atar los lazos de su vestido, alisándolo y quitando unas ramitas que se habían enganchado en la tela.
−Nunca he pretendido otra cosa –respondió ella, alzando la cabeza ligeramente, fingiendo un orgullo que en ese momento sentía inútil y desaparecido –no busco tu amor…
−Haces bien, porque ya no hay quien de aliento a mis latidos –dijo Spartacus –y eso no cambiará, ahora ni nunca.
Ilithyia no respondió, sin saber por qué molesta por las palabras del Tracio.
Ella era Ilithyia Albinius, la hija de una familia de sangre Patricia, y dolía como una puñalada saberse infravalorada a favor de una zorra Tracia que había muerto hacía tiempo. En parte la envidió aún sin conocerla tan solo por el hecho por tener el amor de un hombre así, de un hombre que la amaba mas allá de la razón, entregando su corazón hasta que se reunieran en la otra vida… ella jamás había tenido eso con Claudio, y dolía saber que jamás podría aspirar a tener lo mismo con Spartacus… aunque no es que ella lo deseara, en absoluto, jamás.
− ¿Podemos volver al campamento? –dijo Ilithyia, intentando alejarse de él para pensar en todo lo que había pasado –la noche es fría y ansío el calor del fuego…
Spartacus asintió como respuesta, comenzando a andar seguido de cerca por ella, perdiéndose ambos entre los árboles, bajo la oscuridad de la noche solo rota en algunos lugares por algún rayo de luna que se filtraba entre las hojas que se movían con el viento suave, dándoles algo de luz para moverse.
No habían caminado ni diez minutos por el bosque, cuando Ilithyia de pronto se detuvo bruscamente, sintiendo un mazazo por dentro y como su pulso daba un vuelco.
−Spartacus… –murmuró en voz baja, sin saber si le había oído, así que exclamó mas fuerte cuando una segunda oleada de dolor la empujó − ¡Spartacus!
Él se giró volviéndose a mirarla al oír su grito, mirándola interrogante, y lo que vio le dejó sin poder decir palabra.
Ilithyia tenía una mano entre sus piernas, y el vestido se le había empapado con lo que parecía haber sido agua, lo cual solo podía significar una cosa, una que ninguno de ellos se esperaba.
−El niño… llega antes de tiempo… –logró articular Ilithyia, aterrorizada −llévame al campamento por favor… ¡ayúdame!
No allí, no en medio de la nada, no Dioses, no.
Spartacus la miró atónito, con los ojos desorbitados antes de reaccionar.
Se acercó a ella corriendo, tomándola en brazos antes de echar a correr entre los árboles con una asustada Ilithyia aferrada a él, con el pánico dominándola a medida que los dolores del parto la atenazaban, haciendo que su frente comenzara a perlarse en sudor y su respiración se agitara.
El momento había llegado. Su hijo vería la luz esa noche. Y ninguno de los dos sabía hacia donde sus vidas avanzaban con ello.
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Hasta aquí llegó el capitulo 2 ¿Qué tal ha estado?
No tengo mucho que decir este capitulo, el lemon siempre es bueno yeah! y la tension sexual entre Spartacus e Ilithyia ha sido palpable desde que se conocieron! No se podia evitar que pasara XDD
Y ahora se ha puesto de parto! Que pasara? Lo sabréis en el proximo capitulo; os adelanto que actualizare los Domingos! ^^
Me dejais vuestra opinión o critica del cap? Si es asi, el boton de review es vuestro amigo, os lo aseguro! :D
