Esta noche, solo estoy con mis pensamientos,
esta noche, busco mi verdadero ser,
esta noche, buscos mis recuerdos sangrientos;
esta noche espero mi amanece…
Sonrió. Tomo la delicada mano de su acompañante apretándola con firmeza trasmitiéndole que él estaba con ella. El suave llamado se su madre y la delicadeza como lo pronunciaba lo divirtió.
―InuYasha cuantas veces te dije que no corras.
―Lo siento mami solo jugaba―exclamo con un perfecto puchero.
Izayoi le sonrió― Ten cuidado no seas muy brusco con kagome―le dijo maternalmente.
― ¡Si!
Nocturno ser soy,
demonio de las tinieblas,
pantera de oscuras selvas,
te imploro solo hoy.
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Calor. La temperatura de su cuerpo se elevaba rápidamente, todo su cuerpo sudaba. Volteo su cara mirando a su madre quien dormía pacíficamente, se levantó caminado por la fría madera.
El cielo oscuro anhelaba ser iluminado, mientras el tortuoso frio helado deseaba trasmitir calor. Desorientado, InuYasha camino por la aldea balanceándose como un zombi, al llegar al árbol de la perdición se recostó en el cerrando los ojos.
―Mátala…
Movió su dedo adormecido sintiendo descargas eléctricas por su cuerpo.
―Mátala…
Abrió los ojos queriendo descubrir la dulce voz que le hablaba.
―Solo mátala InuYasha…―el fresco aliento femenino rosó su oreja.―Solo mata a tu madre…
―Como ordene.
Mariposas negras revolotean en mi hogar,
donde mis heridasse tornan más dolorosas
volviendo las noches más calurosas.
La suave risa de kagome lo animo, ya no sentía extraño… nada le pesaba, nada dolía y nada lo perturbaba.
― ¿Juguemos a yo te ordeno?― le pregunto con suavidad la dulce niña con cabello café.
― ¿Cómo se juega eso?
―InuYasha Se juega así…
Un escalofrío recorre lentamente
las venas de mi corazón
y pronuncias mi nombre con más entonación.
El llamativo olor a sangre se volvía más fuerte, dejo escapar dos lágrimas solitarias sin borrar la macabra sonrisa en su rostro.
―Bien hecho…
La dulce voz en su mente lo felicitaba, la sonrisa en su rostro se volvió más grande sintiéndose complacido.
―Fue fácil esa maldita perra no se dejaba pero al final aplaste su redonda y estúpida cara ―No tenía intenciones de hablar y mucho menos decir eso. Las rojas marcas aparecieron, toco desesperado por sentir el poder endiablado.
―InuYasha no hables así de tu madre ―lo regaño aquella voz espeluznante.
―Keh, ella no es mi madre es solo una basura.
― ¿InuYasha no te arrepientes? ―la femenina voz le pregunto.
― ¿Debería? ―su respuesta fue excelente para callarla. Silencio en aquellas dos almas sufridas se podía apreciar.
Este fuego abismal,
calienta mi sangre animal,
esta lumbre endiablada
quema mi corazón endemoniado.
―InuYasha ―río kagome con dulzura―estas en mi poder. ―aquella voz dulce, aquella voz hermosa se convirtió en una maldita costumbre. Cabello café, ojos marones fracciones inocentes nada convincentes.
―Como lo desees.
― ¿Juguemos a yo te ordeno? Prometo no dejar marcas ―Le sonrió mostrando su fina dentadura blanca.
―No me importa, deja marcas ―le pidió el pequeño de pelo plateado.
―Perfecto ―Sonrió la niña.
Caminado entre sombras estoy,
pálido, triste, solo voy.
Tú me has dejado marcas,
marcas permanentes.
―Señor eso fue rápido ―El duende abrió los ojos asombrado.
―Sí, la mocosa funciona bien ―Sesshomaru trono sus garras sin nada de delicadeza ―Mi querido hermano hibrido ha caído en un juego de niños.
―Marcas… ―dijo el demonio verde.
―Sí, marcas… solo falta el golpe final ―le dijo Sesshomaru con voz excitada.
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Oscuro fue lo único que vio, oscuro fue lo único que existió, el color oscuro fue lo único que renació.
―Duele ―se quejó con diminutas lágrimas.
―Si… duele mi querido InuYasha.
― ¿Porque lo haces kagome? ― le pregunto aquella niña amiga suya, una niña de confianza bien actuada.
―Marcas… ―Susurro.
― ¿Marcas? ―pregunto
―Todos viene con una marca y aquellos que no tienen son especiales, las marcas nos persiguen en cualquier cosa; pulsera, collar, en un lunar. Tu marca está evaporándose.
― ¿¡Que!?
―Exacto, la marca de la vida, la marca de la muerte; aquellas marcas destinadas.
El pequeño cerró los ojos mientras en su nariz, boca sangraban.
―Marcas… ―susurro por última vez en su dolorosa muerte.
Ven aquí con tu suave y dulce voz,
encanta mi corazón,
endúlzalo por favor.
Embriágalo ¡Oh! Corazón.
Tú me diste una marca,
la marca de la muerte...
