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Capítulo 2: La Operación

Una semana después de la conversación en el Gran Comedor (en la que los Merodeadores habían llegado a la conclusión de que tenían que arreglar de algún modo lo que Bertha Jorkins había empezado con aquel dichoso rumor), James no había conseguido grandes progresos. En realidad, ni grandes, ni pequeños. Había ido tras Lily en los pasillos entre clase y clase, pero ella lo había ignorado por completo, quedando muy claro que no quería verlo ni en pintura. Había intentado hablar con ella en el Gran Comedor, pero aquello tampoco había dado resultados. Incluso había intentado abordarla después de las reuniones de prefectos, a las que James debía acudir como Premio Anual, y había sido en vano. De hecho, Lily estaba utilizando a Remus como intermediario entre ambos en todo lo referente a sus obligaciones como Premios Anuales. Como último recurso, se había sentado junto a ella en la biblioteca aprovechando que estaba sola, pero diez minutos después la señora Pince lo había echado de la sala de estudios, porque "no podía quedarse callado ni debajo del agua", según la bibliotecaria.

Tras la clase de Defensa Contra las Artes Oscuras, los Merodeadores se encaminaron con paso rápido a la sala común de Gryffindor. James tiró su mochila a los pies de un sillón y se dejó caer en él con apatía y pesadez.

-Te veo "depre", Cornamenta –comentó Sirius, que se había sentado en la alfombra con la espalda apoyada contra el sofá donde estaban Remus y Peter-. ¿Te hace una broma? Ya sabes, para subir los ánimos...

-No, hoy no me apetece. Además, esta tarde tenemos entrenamiento de quidditch, por si no lo recuerdas.

-Ah, sí, es verdad –Sirius se puso en pie con agilidad y se acercó a la ventana-. No llueve, no nieva y el viento es muy suave, las condiciones perfectas para jugar al quidditch.

-Te he visto hoy hablando con Lily –soltó Remus como quien no quiere la cosa.

James apartó la vista del fuego de la chimenea y miró a Remus.

-Para hablar hacen falta dos personas, y ella ha pasado de mí olímpicamente –contestó James con pesadumbre.

-Cornamenta, tienes la cara más mustia que he visto en mi vida. Tenemos que llevar a cabo cuanto antes el O.J.E.T.E –dijo Sirius con decisión.

-¿El qué? –preguntaron Peter, Remus y James al unísono con caras de total incomprensión. Evidentemente, habían oído mal, pensaron.

-El O.J.E.T.E –repitió Sirius con impaciencia-: Operación Jorkins Es Tremendamente Estúpida.

Pues no, no habían oído mal. James, Remus y Peter observaron a Sirius como si necesitase terapia urgentemente.

-Menuda tontería...

Sirius continuó hablando como si no hubiese escuchado el comentario de Remus.

-La semana pasada quedamos en que teníamos que desmentir el rumor de que James y Evans se habían liado en el armario de...

-¡Quieres hablar más bajo! –exclamó James, que había visto llegar a Celestina Warbeck a través de hueco del retrato y se había sentado dos mesas más allá.

-Bueno... desmentir eso que ya sabemos todos –siguió Sirius con un tono de voz más discreto que el anterior-. Así que queda abierta la primera reunión del O.J.E.T.E. ¿Alguna idea?

Sirius miró primero a Remus, después a Peter y por últimos a James. Y por las caras de todos ellos era fácil adivinar que no se les había ocurrido ningún plan.

-Yo he intentado hablar con ella, pero...

-Muy mal, Cornamenta –lo interrumpió Sirius-. Las mujeres necesitan hechos, no palabras.

-Pues como no pegue carteles por todo Hogwarts y ponga un anuncio en ElProfeta... –espetó James con sarcasmo.

Sirius se remangó la camisa y consultó su reloj:

-Bien, pues después de esta productiva sesión en la que han sobrado las buenas ideas –dijo con tono burlón poniéndose en pie-, deberíamos ir a por nuestras escobas y salir corriendo hacia el campo de quidditch. Queda fatal que el capitán llegue tarde –comentó en dirección a James.

Cinco minutos después y con las escobas sobre el hombro, Sirius, James y Peter se despidieron de Remus, que estaba enfrascado en la lectura de otro grueso tomo, un libro bastante interesante según Lupin que le había prestado Tristan Geller, un compañero de Runas Antiguas.

James y Sirius formaban parte del equipo de quidditch de Gryffindor, pero Peter sólo los acompañaba de vez en cuando para ver los entrenamientos. Justo cuando salían por el hueco del retrato, otras dos personas entraban al mismo tiempo.

-¡Ay!

Marlene se frotaba la frente con expresión de dolor después de que el mango de la escoba de Sirius casi la noqueara en la entrada a la torre.

-Black, todos sabemos que a tus dos únicas neuronas les cuesta hacer conexión, pero, ¿es que ni siquiera eres capaz de andar como una persona normal sin llevarte a la gente por delante? –espetó Marlene de muy mal humor.

Sin darle a Sirius tiempo de replicar, la chica entró a la sala común, seguida por Lily, que ni siquiera miró de reojo a los Merodeadores.

-Wow, Canuto, me parece que esa chica te tiene más asco que Evans a Cornamenta, y eso ya es difícil –dijo Peter antes de recibir un codazo por parte de James.

De pronto, Sirius giró la cabeza con brusquedad hacia Peter y lo miró con los ojos muy abiertos y una expresión de admiración en el rostro, como si hubiese hecho el comentario más inteligente de toda su vida (y eso que era difícil).

-Es ella –murmuró Sirius como en trance.

-¿Qué? –preguntaron James y Peter a la vez, preocupados por la salud mental de su amigo.

-Es ella, tíos. McKinnon.

-Sí, y la otra Evans –contestó Peter-. ¿Qué te pasa?

-¿Es que ya no lo recordáis? Lunático tenía que escoger a la chica que más manía me tuviese y yo debía ligármela para probar que el "Toque Black" es irresistible –explicó Sirius con una mueca seductora y levantándose los cuellos de la túnica de quidditch como todo un galán de telenovela.

-¿Y piensas intentar ligarte a McKinnon? –el tono de voz de Peter dejaba muy en claro su incredulidad-. Que Merlín te ayude...

El entrenamiento de quidditch fue muy satisfactorio para todo el equipo. Si continuaban así, ganarían el próximo partido contra Slytherin que se celebraría en dos semanas. Tras una ducha caliente que relajara los músculos, James, Sirius y Peter regresaron al castillo acompañados por otros dos miembros del equipo: Jason Salinger y Luke Stevenson.

De vuelta a la sala común, dejaron de lado el quidditch y el tema de conversación se centró en la nueva conquista de Jason: Anne Walter.

-¿Y tú, Sirius?

-Bueno... ahora estoy trabajando en un asunto peliagudo. Pero espero obtener resultados pronto –contestó Sirius bastante seguro de sí mismo mientras pensaba en Marlene.

-Lo que yo no entiendo es lo de éste tío –dijo Luke señalando a James con el pulgar-. Después de pasarte años detrás de las faldas de Lily Evans, consigues liarte con ella y luego pasas del tema. No sería para tanto el amor eterno que le jurabas –a su lado, Jason soltó una carcajada. James empezaba a pensar que Luke era un bocazas-. Oye, y dime, ¿hasta dónde llegasteis? Porque se rumorea que...

En ese mismo momento James decidió que iba a partirle la cara a Luke a pesar de ser su compañero de equipo. De hecho, le hubiese cerrado la boca de un golpe igualmente aunque se tratase del mismísimo Godric Gryffindor. James se giró en dirección a Luke al mismo tiempo que otra persona doblaba la esquina.

Lily Evans pasó junto a ellos con la cabeza erguida, las mejillas ruborizadas y un libro apretado fuertemente contra el pecho. Caminó a paso ligero con una expresión fría e insondable, a pesar de que se moría de ganas por estamparle aquel libro de mil páginas en la cabeza a cada uno de aquellos imbéciles arrogantes que se creían unos sementales.

James sintió que se quedaba sin aire cuando vio pasar a Lily. Lo había oído todo... Estaba seguro de ello. En lugar de arreglar las cosas, sólo estaba consiguiendo empeorarlas.

-Lily... ¡Lily! –y James echó a correr detrás de ella.

-Muy bien, Stevenson. Prepárate para morir, porque James va a matarte –dijo Sirius con una mueca de disgusto.

Un piso más abajo, James trataba de alcanzar a Lily.

-¡Lily! ¡Lily, espera!

Pero, al contrario, Lily aceleró aún más el paso.

-Lily, por favor...

James asió su brazo con firmeza para detenerla y aquello fue más de lo que ella pudo soportar. Con un movimiento rápido y brusco se deshizo de él y lo encaró con una mirada dura y furiosa.

-¡No te atrevas a ponerme un dedo encima, Potter!

James no tuvo agallas para acercarse más. Nunca había visto a Lily tan enfadada, ni había leído en sus ojos tanto desprecio. Tuvo la horrible sensación de que realmente le odiaba.

-Lily, puedo explicarte...

-¡No necesito que me expliques nada! –lo interrumpió Lily con voz áspera-. Llevo semanas escuchando ese tipo de comentarios por todo el castillo, así que no te molestes en justificar a tus amigos...

-Luke Stevenson no es amigo mío y...

-Es la última vez que te lo digo, Potter: aléjate de mí.

Lily estaba a punto de continuar su camino hacia la biblioteca cuando James, decidido a aclarar aquel desagradable asunto, volvió a hablar.

-Lily, de verdad que yo no tengo la culpa de...

Pero esas palabras hicieron estallar a Lily y perdió el poco dominio de sí misma que le quedaba.

-¿Que no es culpa tuya? –repitió en un siseo-. Dime, Potter, ¿qué no es exactamente culpa tuya? ¿Que todo el colegio piense que nos revolcamos en un armario? ¿Que haya tenido que escuchar en los lavabos de las chicas que en realidad soy una buscona que interpreta el papel de santurrona? ¿O que los chicos piensen que cualquiera de ellos es capaz de llevarme a un cuarto oscuro después de haberlo conseguido tú? –Lily agarraba con tanta fuerza el libro que sus nudillos se habían tornado blancos-. ¿Cuál de todas esas cosas no es culpa tuya, Potter?

Y tras escupir con rabia aquella última pregunta, Lily dio media vuelta y siguió andando escaleras abajo, mientras James se perdía en el balanceo de su cabello pelirrojo. En mitad del pasillo, de pie e inmovil, James escuchaba dentro de su cabeza las palabras de Lily como un eco. Y de pronto, se encendió una luz de alarma en su cerebro.

Mientras tanto, Sirius, Peter y Remus ocupaban una mesa cerca de la chimenea en la sala común.

-...y entonces adivina quién apareció –Sirius hizo una breve pausa para crear suspense, pero antes de que pudiese continuar, Peter se adelantó:

-Evans.

Remus abrió tanto los ojos que parecía que iban a salírsele de las órbitas.

-¡No!

-¡Sí!

Sirius miró a Peter con irritación y espetó con fastidio:

-¿Quién está contando la historia, Colagusano? ¿Tú o yo? –sin esperar respuesta, volvió a mirar a Remus-. El caso es que Evans lo ha escuchado todo.

-¿Seguro?

-Si le hubieras visto la cara, no tendrías ninguna duda. Entonces James echó a correr detrás de ella. Y eso es todo.

-Tarda en llegar –dijo Remus mirando el reloj que colgaba de la pared en la sala común.

-¿Creéis que Evans lo habrá embrujado? –inquirió Peter, asustado.

Sirius hizo un gesto de despreocupación con la mano, desechando esa idea.

-Una mujer enfadada puede ser muy peligrosa, pero Evans no tiene pinta de ir por ahí maldiciendo a la gente.

De repente Sirius se fijó en Marlene, que parecía muy concentrada sujetando con una mano el libro de Pociones y con la otra la pluma con la que escribía en un pergamino muy largo.

-Por cierto, Lunático –dijo Sirius con una sonrisa torcida-. Te he facilitado la tarea, ya no tienes que buscarme una chica para mi "proyecto de fin de estudios".

Remus, que acababa de sacar un pergamino de su mochila y lo había alisado sobre la mesa para empezar su ensayo de Herbología, torció la vista hacia Sirius y enarcó las cejas.

-Sorpréndeme, ¿quién es la afortunada?

-McKinnon.

-¿Marlene McKinnon? –Remus frunció el ceño-. No tienes ninguna posibilidad con ella.

-Gracias por la confianza que tienes en mí, Lunático. Tú sí que sabes cómo animar a un amigo.

Remus puso los ojos en blanco, exasperado.

-Lo digo porque Marlene ya está saliendo con alguien.

-Joder, Lunático, estás al día con los chismes –respondió socarronamente Sirius-. ¿Cómo sabes tú eso?

-Pues porque me lo ha dicho Lily.

Sirius lo miró pensativo.

-Cada día me sorprendes más, Lunático. No te imagino a ti hablando sobre la vida amorosa de los demás con Evans. ¿Celebráis algún tipo de reunión semanal, como una fiesta de pijamas, donde os ponéis rulos en la cabeza mientras habláis de los chicos que os gustan?

Sirius y Peter estallaron en carcajadas, imaginándose a Remus con una bata de seda rosa y hojeando Corazón de Bruja rodeado de un montón de chicas en camisón... Un momento, ¿chicas en camisón? A lo mejor no era una idea tan espeluznante...

-Como iba diciendo –continuó Remus haciendo caso omiso de los chistes de Sirius-, eso la deja fuera de tu alcance.

-Hey, Lunático, no vayas tan rápido. Has dicho que está saliendo con alguien, no que esté casada, así que técnicamente...

-¿Técnicamente vas a meterte en medio sólo por tu enorme ego? –lo interrumpió Remus con asombro.

-No, yo sólo voy a mostrarle mis encantos y entonces ella podrá decidir si quiere seguir saliendo con ese tío que... por cierto, ¿quién es?

-O sea, lo que yo decía –repuso Remus con desaprobación.

Pero Sirius había dejado de prestarle atención a Remus cuando escuchó que alguien lo llamaba.

-¡Black! ¡Black, ven aquí!

Era Marlene, que se había puesto en pie y medio agachada miraba entre las patas de las mesas, como si estuviese buscando algo. Cuando se irguió, se encontró de frente con Sirius, que le lanzaba una de las sonrisas de su interminable repertorio.

-Aquí me tienes, nena.

Normalmente, con aquel tipo de frases ridículas Sirius solía conseguir que las chicas cayesen como moscas, pero aquella chica en cuestión era Marlene McKinnon, un hueso duro de roer. Y además con cerebro.

Marlene le observó durante un par de segundos como si estuviese mal de la cabeza, y siguió buscando debajo de las mesas y detrás de los sillones.

-Oh, aquí estás, Black.

Marlene se arrodilló detrás de un sofá y cuando volvió a ponerse en pie, Sirius vio que sostenía un gato negro entre los brazos.

-Vaya, vaya... conque Black, ¿eh? No sabía que me tuvieras tanto en consideración...

-Pues no, la verdad –respondió Marlene secamente-. Me regalaron a Black antes de venir a Hogwarts, y le puse ese nombre por su pelaje negro. Creí que hasta tú lo habrías deducido.

Marlene se sentó de nuevo con su gato junto a Celestina y Sirius se quedó allí plantado. Cuando volvió a su sitio entre Peter y Remus, éste le miraba con una sonrisa burlona.

-Ufff... Qué éxito...

-Cállate, Lunático –espetó Sirius, enfurruñado-. Además, todavía estoy en la fase numero uno. No pretenderás que me la ligue en cinco minutos, ¿no?

-Ya... ¿Y cuál es esa fase? ¿En la que ahuyentas a las chicas?

-Parece mentira, Lunático... –dijo Sirius con gesto ofendido-. Se supone que eres un Merodeador, haz honor a tu nombre ¿quieres? La primera fase es la Fase de Reconocimiento, donde se establece el contacto; ya sabes, algo de charla agradable y un poco de flirteo. La segunda es la Fase de Observación, miraditas por aquí, miraditas por allí... –Remus observaba a Sirius, tal vez tratando de recordar qué razones le habían llevado a ser su amigo-. La siguiente es la Fase del Cortejo, donde...

-Me parece que no quiero seguir escuchando... –lo interrumpió Remus-. Lo que no me explico es cómo has conseguido salir con tantas chicas, quiero decir que... ¿esas idioteces de verdad te funcionan?

Sirius estaba a punto de responder cuando vio a James entrando por el hueco del retrato, pero en lugar de sentarse con ellos, se dirigió con paso ligero hacia Marlene y Celestina.

-...y Laurie me ha dicho que Tristan está interesado en ella, y la verdad es que es un chico muy simpático... –decía Marlene, que se calló al instante cuando notó que una sombra las cubría.

Las dos levantaron la cabeza y vieron a James, que parecía mucho más alto porque ellas estaban sentadas.

-Tengo que hablar con vosotras.

Celestina parecía dispuesta a escuchar, pero Marlene no:

-Pues nosotras no tenemos nada que oír.

Y como si James no estuviera ahí, Marlene siguió escribiendo en su pergamino.

-¿Ni siquiera si se trata de Lily?

En esa ocasión, James había dado en el clavo. Marlene se puso en pie con tanta rapidez que estuvo a punto de volcar el tarro de tinta y preguntó:

-¿Qué le has hecho esta vez?

Celestina, que era bastante más pacífica que Marlene, se acercó a James con cara de preocupación, esperando su respuesta. James lanzó un fuerte resoplido y se pasó una mano por la cabeza, despeinándose aún más el pelo.

-Un imbécil del equipo ha dicho algo que no debería y... Lily lo ha oído.

-Ya, y ese algo no tendrá nada que ver contigo, Lily y un armario, ¿no? –espetó Marlene con los ojos entornados.

-¿Alguien ha estado molestando a Lily desde... desde... eso? –preguntó James, incómodo.

-¿Desde "eso"? ¡Llámalo por su nombre! ¡Desde que tú, grandísimo cretino, soltaste ese asqueroso rumor! –exclamó Marlene.

-¡No fue así cómo pasó! ¡Fue todo un malentendido!

-Ya, claro... –murmuró Marlene sin darle ningún crédito-. Vámonos, Tina.

Y tras recoger todos sus libros y pergaminos, Marlene se dirigió a toda prisa a las escaleras que conducían a los dormitorios. Celestina aún seguía afanándose por guardar en su mochila todas sus pertenencias cuando su amiga ya había desaparecido. Antes de darse la vuelta y seguir su mismo camino, miró a James muy seria y dijo:

-Arregla esto.

Sin darle tiempo a réplica, Celestina se marchó. James se acercó hasta sus amigos arrastrando los pies y se sentó en un sillón vacío.

-¿Qué tal te ha ido con Evans, Cornamenta? –preguntó Sirius.

-Fatal, ¿qué esperabas? Por cierto, ¿alguno de vosotros sabe si a Lily le han estado molestando con todo este asunto?

Remus, Sirius y Peter se miraron entre sí, como si ninguno quisiese responder a esa pregunta.

-Bueno... cuando tú no estás delante... los tíos lo comentan en los vestuarios, ya sabes... –explicó Sirius.

-Y hay una pintada reciente bastante... obscena, por decirlo de alguna manera, en los baños del tercer piso. Por eso te dijimos que estaban averiados, para que no la vieras...

-¿Algo más que deba saber? –demandó James, enfadado.

-Sí... Varios tíos... han estado rondándola, y no con muy buenas intenciones, ya me entiendes... Pero Remus se ha encargado de espantarlos a todos...

-Pues claro, Lily es amiga mía. Aunque el hecho de que seamos amigos no ha servido para que quiera escuchar mis explicaciones sobre todo este asunto… –respondió Remus y viendo que James parecía al borde de un ataque, siguió-: Bien, creo que es obvio lo que tenemos que hacer para arreglar todo esto.

-¿Obvio?

-Sí, tenemos que acudir al origen del problema.

-Explícate –pidió James.

-¿Quién extendió el rumor? Bertha Jorkins. ¿Quién es la mayor chismosa de todo Hogwarts? Bertha Jorkins –repitió Remus-. ¿Quién es la única persona que puede desmentir el rumor y conseguir que todos lo crean?

-Bertha Jorkins –dijo James mirando a Remus, maravillado.

-Sí, pues ya me dirás cómo vamos a conseguir que la "Berza" Jorkins contradiga un rumor... –masculló Sirius, que no estaba tan convencido como James-. Va a ser tan fácil como quitarle un caramelo a una quimera...

-0o0o0o0o0o0o0-

Lily cruzó las puertas de la biblioteca furiosa, sujetando aún fuertemente el libro contra su pecho. Le devolvió el viejo volumen a la señora Pince y cuando se dirigía hacia la salida, cambió de idea. Si regresaba a la sala común y se encontraba de nuevo con Potter, no podía asegurar que no fuese a embrujarle… De modo que dio media vuelta, merodeó por la sección de Ficción Mágica y cuando encontró lo que buscaba se encaminó al fondo de la sala de estudios y tomó asiento junto a los enormes ventanales, su sitio favorito.

Mientras hojeaba el ejemplar de los Cuentos de Beedle el Bardo en busca de su relato favorito, Lily pensó en cuánto habían cambiado las cosas entre ella y James en los últimos meses. El inicio del curso había sido al mismo tiempo el comienzo de una relación cordial entre ambos. Una relación que había acabado por convertirse en una amistad. O al menos eso pensaba Lily, hasta que semanas atrás las cosas volvieron a dar un giro radical y James le asestara aquella puñalada por la espalda…

Lily dejó volar la memoria a aquellos días, no tan lejanos, en los que compartía tiempo con James…

Cinco semanas antes. 10 de diciembre, viernes.

Sentada en un sillón de la sala común, cerca de la entrada de la torre de Gryffindor, Lily leía por enésima vez su ejemplar desgastado de Oliver Twist. En realidad debería estar cumpliendo con sus obligaciones de Premio Anual, pero James llegaba tarde. Y lejos de ser algo habitual en él (como en un principio Lily había pensado que sería), James había sido muy puntual en todas y cada una de las reuniones desde el inicio del curso: con los prefectos, con la profesora McGonagall, con ella misma…

Lily tenía que admitir que se había equivocado al pensar que Dumbledore empezaba a chochear cuando nombró a los Premios Anuales aquel curso. Porque lo cierto era que desde que ambos recibieran su insignia, Lily se había llevado más de una sorpresa (en el buen sentido) en cuanto a James, y a esas alturas ya se había acostumbrado a un hecho que le había resultado de lo más inesperado al principio: eran amigos. Así que no le quedaba más remedio que reconocer el notable cambio que se había producido en él. Seguía siendo un sinvergüenza muchas veces, pero uno bastante más maduro y menos engreído.

Aquella tarde, sin embargo, James sí llegaba tarde. Lily consultó su reloj y comprobó que pasaban quince minutos de la hora acordada. Tal vez había olvidado que habían quedado a las cuatro en la sala común para reasignar las rondas de los prefectos, puesto que debido a una epidemia de gripe muchos de ellos aún estaban recuperándose en la enfermería. Era inevitable que en un internado donde cientos de alumnos convivían unos con otros el virus se propagara rápidamente. Lo que hizo pensar a Lily que quizá James también había caído enfermo… Cerró la novela, tomó los pergaminos que había dejado sobre la mesa, así como su pluma y el tintero, se ajustó la capa y salió por el hueco del retrato.

Cuando Lily había bajado varios pisos de camino a la enfermería, se encontró con Remus, que cargaba un par de libros polvorientos, signo inequívoco de que venía de la biblioteca.

-¡Remus! ¿Has visto a James? Se suponía que habíamos quedado en la sala común para cuadrar los nuevos horarios de las rondas –preguntó Lily.

-No le he visto en toda la tarde. He estado en la biblioteca, necesitaba unos libros de Herbología –contestó Remus mostrando los tomos que llevaba bajo el brazo.

-Esperaba que tú me dijeras dónde encontrarle… -murmuró Lily con el ceño fruncido-. Había pensado pasarme por la enfermería. Ya sabes, están cayendo todos como moscas por la dichosa gripe…

-Dudo mucho que esté allí… Antes de la clase de Runas de esta tarde estaba perfectamente. No le he visto desde entonces –explicó Remus. Entonces reparó en el libro que Lily llevaba en la mano junto con las hojas de pergamino y enarcó una ceja-. ¿Oliver Twist? ¿Otra vez? ¿No se te ha ocurrido que podrías leer algo nuevo, para variar? Algo que no sea de Dickens, quiero decir. Porque cuando no es Oliver Twist es David Copperfield y cuando no es…

-No seas pesado. Me gusta Dickens, ya lo sabes –Lily interrumpió a Remus con una mueca de hastío-. Y volviendo al tema, espero que tu amigo tenga una muy buena excusa para llegar tarde… O para no presentarse, al paso que va…

-¿Mi amigo? ¿Ya no es amigo tuyo? –inquirió Remus sonriendo.

-Depende de la excusa que intente venderme.

En ese preciso momento tres figuras aparecieron corriendo al fondo del pasillo, con las túnicas desarregladas hondeando a sus espaldas, las camisas por fuera de los pantalones del uniforme, las corbatas mal anudadas y el pelo completamente revuelto. Tres chicos que se detuvieron frente a Remus y Lily con las mejillas sonrosadas, las frentes perladas de sudor y las respiraciones agitadas.

-¡Lily! –exclamó James entre resuellos-. ¿Qué haces aquí?

-No, la pregunta correcta es qué haces tú aquí –replicó la aludida con un tono de voz severo y una mirada igualmente inflexible, imaginándose por las pintas que traían James, Sirius y Peter que algo habían hecho. Y cuando James la miró a los ojos, lo supo a ciencia cierta. Sí que habían hecho algo.

-Estábamos echando unas carreras, pelirroja. Forma parte del entrenamiento de quidditch –dijo Sirius con una sonrisa encantadora de su repertorio interminable.

Lily le miró brevemente sin inmutarse y después volvió a dirigir la vista a James.

-Sabes que tenemos que organizar los horarios de las rondas, ¿no?

-Sí sí sí –se apresuró a contestar James mientras se revolvía el pelo-. De hecho, iba hacia la sala común…

-Corriendo como alma que lleva el diablo –le interrumpió Lily.

-Claro, porque como llegaba tarde, pues… -pero James, de nuevo, tampoco pudo terminar.

-Ya. Ibas corriendo por los pasillos con estos dos –Lily señaló con la cabeza a Sirius y a Peter- como si te fuera la vida en ello porque llegabas tarde. Sólo por eso.

James, Sirius y Peter asintieron al mismo tiempo con toda la inocencia de la que fueron capaces. Aquello no había quien se lo tragase…

-¿Y por qué llegabas tarde? –preguntó Lily volviendo a la carga. Resultaba hasta divertido poner a James contra las cuerdas y tenía curiosidad por ver qué era lo próximo que se inventaba.

-En realidad no tengo un buen motivo. Se me olvidó. Estaba pasando el rato con los chicos y de repente caí en la cuenta de que había quedado contigo –contestó James con toda la naturalidad de la que fue capaz, pero no la suficiente para que Lily se lo creyese.

-De acuerdo. Haré como que doy por válida tu excusa y así tú y yo podemos ponernos manos a la obra de una buena vez con los horarios –dijo Lily con una sonrisa falsa.

Sirius soltó una risa contenida y tras ponerle el brazo sobre el hombro a Peter, lo arrastró con él en dirección a la sala común, seguidos de cerca por Remus, James y Lily.

Habían llegado al séptimo piso, donde se encontraba la torre de Gryffindor, cuando al adentrarse en el corredor vieron salir del despacho del profesor Flitwick (ubicado también en la séptima planta) nada más y nada menos que a Snape. De manera instantánea la tensión y la hostilidad pudieron palparse en el ambiente.

Sin detenerse, todos juntos siguieron caminado en dirección a Snape, cuyos ojos reflejaban un odio intenso, pero cuando estos se posaron sobre Lily, su expresión cambió, como si se sintiera indignado y ofendido con su sola presencia. Sin embargo, ella no pudo verlo, porque hacía mucho tiempo ya que había decidido no mirar siquiera a la cara a Snape. Sabía, pues lo conocía bien, que consideraba poco menos que una traición el hecho de que desde que comenzara el último curso mantuviera una relación amistosa con James. Pero hacía siglos que Snape había perdido el derecho a opinar sobre aquella nueva amistad, o sobre si podía considerarse o no una traición. Concretamente desde que había decidido mezclarse con aquellos magos que nada más salir de Hogwarts pensaban engrosar las filas de Lord Voldemort.

-Cómo le jode verte con nosotros… -comentó Sirius tras dejar atrás a Snape, mientras se dirigían al retrato de la Señora Gorda.

Lily se encogió de hombros, como restándole importancia, aunque la expresión de su rostro seguía siendo seria.

-Ya no somos amigos, y no tiene derecho a opinar sobre mis compañías. Sobre todo cuando las suyas son Avery, Mulciber, Rosier y Wilkes.

-Unos tíos encantadores, ¿verdad? –dijo Sirius con sarcasmo.

Tras pasar por el hueco del retrato, Sirius, Peter y Remus se dirigieron al fondo de la sala común y ocuparon unos sillones junto al ventanal de la torre, mientras Lily y James se sentaban en torno a una mesa cerca de la chimenea.

-Bien, veamos… -Lily hojeó sus pergaminos y le tendió uno a James-. Este es el horario actual de las rondas y estos –le alargó otra hoja a James- son los prefectos que están en la enfermería. Así que tenemos que reasignar las parejas para las rondas y doblar algunos turnos…

Lily sacaba su pluma y el tintero del bolsillo de su túnica al tiempo que James la observaba con detenimiento, en lugar de prestar atención a los pergaminos que tenía entre las manos.

-No hace falta que finjas que no te importa lo de Snape, ¿sabes? –soltó James sin rodeos.

Lily, que estaba mojando la pluma en el tintero, la dejó suspendida en el aire y levantó la vista, clavándola en James, que continuó hablando:

-Quiero decir que… es evidente que estás enfadada. Es normal. Y quiero que sepas que entiendo lo que ocurre. Antes no. Antes no me explicaba cómo podíais haber llegado a ser amigos Snape y tú. Pero después de que me contaras cómo os conocisteis y cómo os hicisteis amigos… Desde entonces comprendo la situación bastante más que antes. Supongo que es duro tener que alejarse de un amigo…

-Sí… Pero te equivocas en algo –respondió Lily con aire cansado-. Ya no estoy enfadada. Estoy decepcionada. Creía que le conocía bien, creía que a pesar de estar rodeado de Avery, Mulciber… y los demás, no terminaría mezclándose con ellos, no acabaría siendo como ellos. Pero ya ves, al final me llevé unas cuantas sorpresas desagradables… No quería que sus "amigos" de Slytherin nos vieran juntos. ¿Y qué me dices de todas esas ideas sobre la pureza de sangre que se empeñan en aclamar? No podíamos seguir siendo amigos. Era imposible. Si hasta me llamó sangre sucia…

-Sí, lo recuerdo… -murmuró James con expresión dura.

-En fin… No tiene caso darle más vueltas. Como le dije a él, cada cual ha elegido su camino. Y yo estoy segura de haber escogido el correcto.

-Por supuesto –aseveró James con determinación-. Es Snape quien se está juntando con gente que no le conviene.

-Debería alejarse de ellos, ¿verdad? Pero no lo hará. No creo que le importe realmente nada de lo que está ocurriendo fuera de Hogwarts. No le importa el peligro que corren los nacidos de muggles…

-Pero tú…

-Sí, yo soy nacida de muggles –le interrumpió Lily al ver la expresión confusa de James-. Supongo que conmigo hizo una excepción. El hecho de que nos conociéramos tiempo antes de entrar en Hogwarts pudo ser bastante significativo. Y las circunstancias en las que nos conocimos también. Él no tenía amigos, y yo tenía una relación… algo complicada con mi hermana, por decirlo de alguna manera. ¿Crees que de no ser así, una vez aquí dentro habríamos acabado siendo amigos? –Lily negó con la cabeza repetidas veces-. Lo dudo, la verdad.

James guardó silencio y Lily le miró largamente como si estuviese sopesando algo. Finalmente, se inclinó hacia adelante y susurró:

-¿Sabes lo que dijo cuando le eché en cara que él y sus amigos mortífagos querían unirse a Quien-tú-sabes? Nada. No dijo absolutamente nada. Ni siquiera lo negó.

James abrió la boca, pero volvió a cerrarla sin decir una sola palabra.

-Así que ya ves… -Lily suspiró y se recostó en la butaca-. ¿No te parece espeluznante pensar que algunas de las personas con las que compartimos clases probablemente acabarán convirtiéndose en asesinos? Es surrealista…

-Cierto –respondió James con seriedad-. Pero, Lily, como tú has dicho, cada uno elige su camino. Así que no te sientas mal, porque estoy seguro de que fuiste más que paciente esperando que Snape cambiara. No lo hizo, y eso es sólo decisión suya. Aunque aún está a tiempo. Tal vez lo haga, quién sabe…

Lily no respondió, sino que se distrajo haciendo girar la pluma entre los dedos, hasta que volvió a hablar:

-¿Sabes lo que me irrita? Que sé perfectamente que cuando me ve con vosotros piensa que no podría caer más bajo o que soy una especie de traidora, mientras él se codea con mortífagos potenciales…

-Gracias por pensar que somos mejores que los mortífagos –contestó James con una sonrisa irónica.

Lily rió por primera vez desde que había visto a Snape en el pasillo. Últimamente James siempre conseguía hacerle reír cuando pensaba que nada ni nadie podía lograrlo…

-Pongámonos a trabajar o no acabaremos a tiempo para la cena –dijo Lily irguiéndose en su asiento. Echó un vistazo al horario de las rondas antes de continuar-. La compañera de Elliot Price de Hufflepuff está enferma, así que él podría hacer la ronda con… -Lily paseó la vista por una lista de nombres sin decidirse.

-Con Lisa Herbert, por ejemplo –concluyó James señalando un nombre.

-No puede ser –respondió Lily frunciendo los labios-. Da la casualidad de que Elliot y Lisa salían juntos hasta hace un par de semanas. Si les ponemos juntos no sé cómo puede acabar el asunto…

-¡No me digas! Cuéntame más… -James se inclinó sobre la mesa y compuso una mueca de exagerada sorpresa, lo que consiguió volver a arrancar una risa de Lily.

Terminaron de modificar los horarios antes de lo que ambos pensaban, y en poco más de una hora ya habían salido por el hueco del retrato (tras darle a Remus una copia de las rondas y encargarle de que informara sobre los cambios al resto de prefectos de Gryffindor). Lily y James se dirigieron entonces al despacho del profesor Flitwick (jefe de la casa de Ravenclaw) y después de entregarle a él los nuevos horarios, fueron en busca de Slughorn. El profesor salía de su despacho acompañado de un prefecto de Slytherin cuando James y Lily lo interceptaron.

-Profesor Slughorn, aquí tiene los horarios provisionales de las rondas de los prefectos –le dijo Lily entregándole un pergamino.

-Oh… Sí, señorita Evans, muchas gracias –contestó Slughorn, que parecía tener prisa. Miró entonces al prefecto que lo acompañaba y le extendió el pergamino a él-. Señor Crouch, encárguese de informar al resto de prefectos de Slytherin, yo he de ir a la enfermería ahora mismo.

El alumno se fue presuroso y antes de que Slughorn pudiera marcharse también sin mayor demora, Lily preguntó:

-¿A la enfermería, señor?

-Sí, señorita Evans. Han embrujado a tres alumnos de sexto de Slytherin esta tarde. Los han encontrado en el tercer piso, en la sala de trofeos –explicó con rapidez el profesor, que parecía preocupado y agobiado a partes iguales-. Buenas tardes, muchachos.

Fue como si algo en el cerebro de Lily hiciera clic, porque acababa de sumar dos más dos. Se giró lentamente hacia James, procesando todavía lo que acababa de adivinar.

-Habéis sido vosotros –susurró Lily con los ojos fijos en James, sin parpadear ni una sola vez.

-¿Qué?

Lily suspiró con pesadez, exasperada, y dio un paso adelante acercándose a James.

-No intentes tomarme el pelo ahora, ¿quieres? Habéis sido vosotros, James. Vosotros habéis embrujado a esos alumnos de Slytherin. Y no me mientas. Por eso has llegado tarde, ¿verdad?

James miró a Lily durante unos cuantos segundos antes de asentir levemente con la cabeza. Ella bufó, malhumorada, y dejó de mirar a James al tiempo que se apartaba de él. Cuando pensaba que por fin había madurado y había dejado de dedicarse a lanzar maldiciones por ahí, regresaba a las andadas. Volvió la vista de nuevo a James y se dio cuenta de que él no había movido un pie siquiera, ni había dejado de mirarla con determinación y ningún atisbo de arrepentimiento.

-Antes de que te pongas a gritar sobre lo irresponsable que soy, escúchame y deja que te explique cómo han ocurrido las cosas –dijo James con calma.

-Esta vez no voy a gritar, ni voy a echarte una bronca –contestó Lily con aire derrotado y James no pudo evitar enarcar las cejas-. Sí, no me mires así. Ya eres mayorcito. ¿Y sabes que más eres? Premio Anual, James. Pensaba que por fin te tomabas algo en serio, que entendías lo que era tener responsabilidades. En definitiva, que habías madurado.

-Me lo tomo en serio, Lily, de verdad. No te equivocabas conmigo –contestó James como pidiéndole con la mirada que le diera una oportunidad para explicarse.

-¿Ah, sí?

-¿Crees que ha sido por diversión? Te aseguro que tengo un buen motivo para haber actuado así.

-De acuerdo, te escucho –replicó Lily cruzándose de brazos, mientras James se aproximaba a ella.

-Sirius, Peter y yo subíamos hacia la sala común desde los jardines, y al pasar por el tercer piso sorprendimos a esos tíos de Slytherin haciendo de las suyas. Estaban acosando a unos alumnos de Ravenclaw de primero. ¡De primero, Lily! –exclamó James con fiereza. Tenía el ceño fruncido y una expresión airada en el rostro-. Los muy cobardes eran prácticamente el doble que esos niños. Les estaban lanzando hechizos a los pies para verlos dar saltos sin parar, asustados, mientras se reían a carcajadas y gritaban que… -James se interrumpió repentinamente, a pesar de lo furioso que estaba.

-Gritaban… ¿Qué? –inquirió Lily sabiendo que no iba a ser agradable.

James se removió incómodo y dudó antes de decir:

-Gritaban que a una escoria como los sangre sucia hay que pisotearlos y someterlos hasta acabar con ellos.

James apretaba la mandíbula con fuerza y Lily hundió los hombros con cierto aire de derrota. Suspiró al tiempo que cerraba los ojos y al abrirlos se dio cuenta de que la expresión de James no había cambiado.

-No puedes tomarte la justicia por tu propia mano. No es así como se hacen las cosas, James. Deberías haber…

-¿Debería haber avisado a un profesor? ¿Es eso lo que ibas a decir?

-Ahora eres Premio Anual, ya te lo he dicho. Lo que se espera de ti es…

-No me importa lo que esperen los demás de mí. ¿Qué esperas tú de mí? ¿Que sea un chico formal y no dé la cara por nadie? ¿Es que tú nunca has tenido ganas de…? –James alzó las manos con crispación y en un ademán repentino las bajó y apretó los puños con fuerza.

-Claro que sí. Muchas veces. ¿Piensas que yo nunca he pensado en lanzarles un maleficio? Pero quiero creer que existe otra manera de solucionar las cosas, antes de blandir una varita. Y no quiero caer en el ojo por ojo.

James se pasó las manos por el cabello, desordenándolo aún más si es que era posible. Lily puso la mano sobre su hombro y lo zarandeo suavemente con dulzura antes de decir:

-Es complicado. Y frustrante.

Lily esbozó una débil sonrisa, dando así a entender que no estaba enfadada con James y que comprendía su reacción. Él correspondió el gesto y preguntó con una expresión de fingida lástima:

-Después de esto, ¿vas a volver a pensar que soy un irresponsable, un cabeza hueca y un inmaduro?

Lily se esforzó por contener la sonrisa, pero falló estrepitosamente.

-No. Por ahora no. Vamos, aún tenemos que darle esto a la profesora Sprout –respondió ella poniéndose en marcha y señalando el pergamino que llevaba en la mano.

James se fijó entonces en el libro que sujetaba Lily junto con el horario de las rondas y en el que no había reparado antes.

-¿Charles Dickens otra vez? Es un poco como tu amor platónico, ¿no?

Lily puso los ojos en blanco y esbozó una sonrisa torcida, al tiempo que le pasaba el libro a James.

-Oliver Twist –él leyó el título de la portada y hojeó la novela con interés.

-Te gustaría. El protagonista es un niño huérfano que consigue dejar el orfanato y escapar a Londres. Allí se encuentra en medio de una banda de chicos carteristas, rodeado de delincuencia y… No te cuento más. Deberías leerlo, seguro que te gusta –explicó Lily mientras él escuchaba atentamente.

James enarcó las cejas y sonrió divertido.

-Así que estás muy segura de que me gustará… Ya veo… Bandas, carteristas, delincuencia… ¿Qué me estas queriendo decir? ¿Me lo tomo como algo personal o no?

Lily soltó una carcajada, agitando su larga melena pelirroja mientras reía con ganas. James, que aún sujetaba el libro entre sus manos, abrió la tapa para hojearlo nuevamente, pero entonces se fijó en algo que no había visto antes: en la primera página alguien había escrito con tinta un nombre y un apellido que él desconocía.

-¡Hey! ¡Este libro no es tuyo! ¿Se puede saber a quién se lo has robado, ladronzuela?

Lily, que aún sonreía, cambió su gesto risueño por otro nostálgico, casi melancólico. Una expresión que pasó desapercibida para James.

-Era de mi madre.

-¿Ella también es fan incondicional de Charles Dickens? –preguntó James devolviéndole el libro a Lily, que simplemente asintió.

Mientras salían por las puertas de roble del castillo en dirección a los invernaderos (si uno quería dar con la profesora Sprout, aquel era el primer lugar al que debía acudir), James se preguntó si tal vez habría dicho algo inapropiado, sin poder llegar a imaginar el qué, porque de repente Lily estaba muy callada, cuando hacía tan sólo cinco minutos se había mostrado de lo más entusiasta hablando de Oliver Twist.

-¿Qué tal los entrenamientos de quidditch, por cierto? –preguntó Lily al vislumbrar el campo de juego, como si intentara cambiar por completo el tema de conversación.

-Bastante bien, la verdad. Es pronto para decirlo, y sé que vas a pensar que soy un presumido –dijo James mirando a Lily con una mueca de disculpa-, pero tenemos muchas posibilidades de llevarnos la Copa este año.

-Eso espero –respondió Lily sonriente de nuevo-. Y sí, eres un presumido.

Vieron a la profesora Sprout entrando en el invernadero número tres, y tras entregarle el nuevo horario, tomaron rumbo al castillo. Sin embargo, cuando pasaban junto al lago se encontraron con algo, o alguien más bien, que los retuvo. Alguien bastante más desagradable que el calamar gigante que en aquellos momentos dejaba asomar sus tentáculos, pensó Lily.

-Estás metido en un buen lío, Potter –escupió Rosier con su habitual despreció-. Slughorn ya sabe que tú y tus estúpidos amigos sois los que habéis embrujado a esos chicos de sexto de Slytherin.

-Se lo han ganado a pulso. Prácticamente estaban pidiendo a gritos que alguien les pusiera en su sitio –respondió James con dureza, acercando con disimulo su mano al bolsillo de la túnica donde guardaba la varita.

-A ti sí que te van a poner en tu sitio, asqueroso traidor a la sangre –replicó Mulciber mirando de soslayo a Lily-. Slughorn debe de estar buscándote, y cuando te encuentre…

-¡Ah, por eso estáis aquí! –le interrumpió James con falso entusiasmo-. ¡Me buscabais para ver el espectáculo en primera fila! Sois un par de alcahuetas…

-Vámonos, James –dijo Lily entrelazando su propio brazo con el de él y tirando con fuerza para alejarlo de allí.

Al pasar junto a ellos, Mulciber le arrebató el libro de la mano a Lily y se apartó con presteza cuando ella hizo ademán de recuperarlo.

-¡Mulciber! ¡Devuelveselo ahora mismo! –exclamó James a punto de sacar la varita del bolsillo, pero Lily lo detuvo aferrando su muñeca con firmeza.

-Dame el libro, Mulciber –dijo Lily con total calma extendiendo la mano que le quedaba libre en su dirección.

-¿Leyendo basura muggle? ¿Y tú te haces llamar bruja? –inquirió Mulciber impregnando de menosprecio cada silaba, con una expresión de repugnancia en la cara.

-No es una bruja, es una sangre sucia –dijo Rosier torciendo el gesto.

Y entonces Mulciber hizo algo que Lily no vio venir: lanzó el libro hacia el lago con todas sus fuerzas y éste se hundió de inmediato en las oscuras aguas al mismo tiempo que los tentáculos del calamar gigante, que ya tenía algo que llevarse a la boca.

-¡Serás hijo de…! -empezó James, y tras deshacerse del agarre de Lily ya estaba dispuesto a blandir la varita cuando una voz a lo lejos gritó su nombre a sus espaldas.

-¡Señor Potter!

Era Slughorn, que avanzaba a paso raudo por los terrenos del castillo.

-A usted le andaba buscando, señor Potter –dijo Slughron resoplando cuando llegó frente a ellos, sin percatarse de lo que había estado a punto de suceder-. Tiene que acompañarme al castillo. Y debo hablar también con el señor Black y el señor Pettigrew. La profesora McGonagall se unirá más tarde a nosotros; ahora mismo se encuentra reunida con el director.

James estaba a punto de abrir la boca para responder, cuando Lily lo interrumpió:

-Disculpe, profesor, ¿qué ocurre?

Estaba furiosa, y no pensaba dejar que Rosier y Mulciber tuvieran lo que habían ido a buscar. Sí querían ver caer a James, aquel no iba a ser el día. Esos dos gorilas con retraso mental iban a tener que quedarse con las ganas...

Slughorn se atusó el bigote con nerviosismo y dejó de mirar a James para observar a Lily.

-Verá, señorita Evans, el señor Potter y sus amigos… Digamos que han transgredido unas cuantas normas del colegio esta tarde.

Y con toda la naturalidad del mundo, Lily soltó la mejor mentira de toda su vida:

-Profesor Slughorn, no sé qué cree usted que ha hecho Potter, pero sea lo que sea, debe de haber un error. Potter y yo hemos estado toda la tarde juntos modificando los horarios de las rondas de los prefectos. ¿Recuerda que nos hemos encontrado frente a su despacho antes?

-Sí, claro que lo recuerdo…

-Pues justo antes de verle a usted, hemos estado en el despacho del profesor Flitwick. Y antes de eso hemos pasado la tarde en la sala común reorganizando las rondas. Y Black y Pettigrew estaban allí también. Así que… creo que le han tomado el pelo, señor, lo siento.

Slughorn parecía confundido, pero no daba la impresión de estar dispuesto a poner ninguna pega a las explicaciones de Lily.

-Profesor Slughorn, ¿no irá a creer de verdad…? –comenzó Mulciber, que tenía la misma cara de aturdimiento que Rosier a su lado.

-Mulciber, ¿estás poniendo en duda mi palabra? Te recuerdo que soy Premio Anual –le interrumpió Lily señalando con el dedo su insignia y alzando apenas la barbilla en actitud desafiante-. ¿De veras crees que voy a encubrir las faltas graves de otros?

-Por supuesto que no –respondió Slughorn de manera tajante en lugar de Mulciber, que estaba boqueando como un pez fuera del agua. La cara de Rosier era igualmente ridícula.

-Profesor, Potter y yo tenemos que regresar a la sala común de Gryffindor para reunirnos con los prefectos. Si necesita hablar con nosotros para aclarar esta situación, puede encontrarnos allí –dijo Lily con aplomo y mirando con decisión a Slughorn.

-Gracias, señorita Evans. Sí, puede que tenga que hablar con ustedes de nuevo… -contestó el profesor atusándose de nuevo el bigote, pensativo-. Buenas tarde, entonces.

-Buenas tardes, profesor –respondieron al unísono Lily y James.

Y antes de que nadie pudiese añadir nada más, ambos se encaminaron hacia el castillo sin prisa pero sin pausa.

-Tenemos que avisar a Sirius y a Peter ya, antes de que metan la pata. Pero no corras, o pareceremos culpables –susurró Lily.

-Eso ha sido brillante –dijo James mirando a Lily maravillado-. En serio. Bri-llan-te –silabeó con expresión extasiada-. Gracias, te debo una.

-No te acostumbres. No puedo tapar todas las burradas que hagas –respondió Lily con una sonrisa torcida. Acto seguido su expresión se tornó furiosa-. Pero no te voy a engañar. Ver las caras de imbéciles que se les han quedado a Rosier y a Mulciber ha sido genial.

-En el fondo eres una rebelde –comentó James, complacido.

Lily meneó la cabeza con una débil sonrisa en los labios. A lo mejor sí que tenía algo de rebelde…

-Siento lo del libro. Mulciber es un auténtico hijo de puta –dijo James con rabia contenida, al tiempo que cruzaban las puertas de roble del castillo y entraban en el hall.

-No te preocupes –respondió Lily, pero sí que parecía alicaída-. Al menos hemos evitado que se salgan con la suya y vosotros os habéis librado por esta vez.

-No lo hemos evitado. Lo has evitado. Tú solita –le corrigió James, que seguía mirándola con admiración-. Sirius va a alucinar cuando se lo contemos. ¡Se la has colado a Slughorn!

-Ya… Supongo que a Sirius le va a costar creérselo. Siempre me llama la prefecta perfecta…

-No te quejes. A mí me llama Premio Anal.

Lily abrió desmesuradamente los ojos ante semejante confesión y al segundo siguiente prorrumpió en unas sonoras carcajadas. Tal fue el ataque de risa, que se quedó en mitad de la escalinata de mármol del hall agarrada a la barandilla, atrayendo las miradas de los alumnos que pasaban por allí en dirección al Gran Comedor para la cena.

Presente. 17 de enero, lunes.

Sentada al fondo de la biblioteca, Lily cerró de golpe el libro gastado y descolorido. James y ella ya no eran amigos y las risas que habían compartido ya no significaban absolutamente nada. Lily se dijo a sí mima que tenía que dejar de pensar en el estúpido James Potter de una vez por todas, porque no merecía que le dedicara ni cinco minutos siquiera.

Se puso en pie, tomó el libro que había dejado sobre la mesa dispuesta a devolverlo a su estante y fue entonces cuando algo llamó su atención. La luz de la lámpara que había justo sobre su cabeza iluminaba la deslustrada mesa de madera, y Lily pudo ver que en una esquina alguien había grabado una snitch, dentro de la cual se leían claramente dos iniciales: J & L.

Es una casualidad, pensó Lily sintiendo una sacudida en el estómago. Una ridícula y estúpida casualidad. Tenía que serlo… Y a pesar de que se había quedado en la biblioteca tratando de apaciguar su genio, Lily salió de allí igual o peor que cuando había entrado.


Hasta aquí el capítulo 2. Espero que os haya gustado.

Por cierto, ¿cuál es vuestro relato favorito de Los Cuentos de Beedle el Bardo? El mío es "El corazón peludo del brujo".

Próximo capítulo "El plan".

¡Un beso a todos!