Me demoré mucho en escribir, pero aquí está la continuación. ¡Gracias por la lectura y comentarios! Le eché coco a este capítulo.


CAPÍTULO I

Cartas sobre la mesa.

Luego de que Killua tomase en potestad a su hermano menor, Alluka, Illumi no desperdiciaba hora del día en acosar al peliblanco. Junto con Hisoka, Illumi emprendía exhaustivas caserías, es decir, que desde hacía meses Illumi andaba como nómada del tingo al tango, sus idas a casa cesaron tanto como su capacidad de raciocinio disminuyó, focalizada su mente en un solo objetivo. Era tan imparable su sed de poder que sus soles y lunas giraban torno a un deber inamovible: Controlar a "Killu". Con Killua pendiendo de sus manos Alluka sería pan comido, la estrellita pegada en la frente tras haber realizado un buen cometido.

Por eso, cuando Mamá le llamó por teléfono y le exgióse ir a casa "de inmediato", Illumi supo que se avecinaban tiempos malos para él, estaba siendo empujado hacia el ojo de un huracán. Sorprendido, sin dudas, sintió a sus planes echándose a la fuga, la aparición de una mano invisible que pujó la palanca de freno en circunstancias de crítica velocidad.

Hisoka percibió que el semblante de Illumi cambió drásticamente, si de por sí la cara de Illumi asemejábase a un lote baldío, en el momento que Illumi despegó su oreja del móvil sus rasgos se volvieron peor que estériles, un pantano ceñido de oscuridad, plenamente desolado. Preguntar sobre "el exceso de entusiasmo" (Sonrisa sarcástica) podría costarle la vida a Hisoka. El mago limitóse a ensanchar aún más los labios y relamerlos con la punta de su lengua, a saber de qué, ¿Quién sabe? Al volver la vista hacia su camarada se encontró con que Illumi ya no estaba a un costado suyo en la barra de aquel bar. ¿En qué momento...? La descarga eléctrica que sintió sobre el estómago fue tremenda ("Los Zoldyck deben de tener algún pacto con el diablo para desaparecer sin dejar rastros")

La palabra de mamá es la ley, por tanto es perentorio no esquivarla, mucho menos refutarla con falsos argumentos. Mamá se sabe de pe a pa todos los pretextos habidos y por haber, de modo que Illumi sintiósese acorralado, inmerso en las profundas latitudes del océano, escasos segundos paralizado, mudo pero a conveniencia. Un "Estoy en medio de una misión" no funcionaría, todo lo contrario, sólo provocaría que mamá calentase sus fusiles y armarse una guerra interna en la que media familia Zoldyck estaría involucrada. Illumi pensó en Kalluto y muy someramente en la mantecada de Milluki ("Ellos dos no tienen por qué…").

Mamá actúa rápido, lo que la convierte peor que un depredador hambriento.

"Iré a casa"—Fue lo único que los dedos de Illumi pudieron procesar en el móvil. Kalluto recibió el mensaje y su expresión conservó ese aire desenfadado de hermano leal y decoroso.

Al día siguiente…

Región Dentora de la República de Padokia.

Illumi Iba internándose más y más en la montaña, el sol le caía en cara como agua hirviendo y sus cabellos, culpa del sudor, se apretaban a sus sienes.

No había en Illumi gesto esmerado que tradujera sus sentimientos o que pusiera fuera de ángulo alguna emoción. Caminaba presuroso sin darse crédito al descanso. Habiendo llegado al jardín, luego de un largo suspiro, se dirigió al gazebo, ahí su madre le esperaba impaciente; bebía té. Detrás de ella el portentoso Silva se erguía monumental y, Zeno, sin un propósito en particular, guardaba una distancia prudencial en uno de los extremos del gazebo, cruzado con los brazos por detrás y algo distraído viendo el cielo.

La ausencia de mayordomos torno a sus padres alertó a Illumi, supuso la existencia de un asunto delicado, y sí que era un asunto que debía tomarse con cierta sensibilidad porque lejos de ser saludado y extenderle la bienvenida, su madre empezó a cuestionarlo.

—Illumi ¿Qué edad tienes?—fue la primera pregunta de su madre.

—¿Eh?—Illumi se frotó el mentón con el pulgar y mientras arrugaba los párpados divagaba en si lo que había oído tenía estrecha relación con la rancia atmósfera que se respiraba en el lugar. —Dime tú, madre, que edad es la que tengo. No me parí por cuenta propia—. Su voz, además de monótona, resultó grosera.

Mr. Silva echó rojizas chispas por los ojos, en breve temible oleada de cólera surcó sus pestañas. (Desde hacía noches no había conseguido fácil el sueño como para que su hijo, el mayor, se echara sus aires de cínico empedernido *¡Maldita sea!*).

—¡Iiiiiiiiilllllllllllumiiiiiii!—.(Decenas de pájaros se alzaron en vuelo, el bosque extrañamente se sintió vacío, desamparado y con fragmentos de silencio posados sobre las ramas de los árboles).

—¡Oh, sorry! Tengo 24 años, mamá.

Zeno se desprendió de su particular mutismo, miró por encima del hombro a su nieto y tras numerosos carraspeos se unió a la conversación:

—Illumi, ¿Qué edad crees que tienes?

— ¿Eh? ¿Es que no tengo 24 años, abuelo?

—Sí, hijo—habló Mr. Silva entre dientes, sobrecalentado—, lo que significa que…

—Hmmn—Illumi se mostró perplejo; a pesar de que sus rasgos no se movieron ni un ápice su gesto era de hondo desciframiento. La pregunta tenía un grado de complejidad que él no comprendía.

—Bueno—La cara de Zeno era de total frustración, sus arrugas claramente engrandecidas confirmaban sus sospechas—El muchacho todavía no está listo, Silva. Abandonen de una vez este proyecto, sus esfuerzos serán en vano.

La conversación acabó porque a Kikyo le entró perniciosa crisis que la dejó sin habla y sumamente indispuesta. Mr. Silva optó por abandonar el gazebo, se dirigiría a sus aposentos, las ganas de dormir eran demasiadas como para no obedecer las señales de su cuerpo. Del mismo modo, el viejo zeno imitó los pasos de su hijo, sólo que él no dormiría, buscaría con qué desquitar el tiempo de sobra; hablar con su nieto sería como pedirle peras al olmo.

Illumi se quedó en el gazebo lo que sobró del día. No hizo otra cosa más que sumergirse en una dura y pesada reflexión, sus pensamientos, lejos de especular los motivos ocultos detrás de la reunión familiar, eran direccionados al propósito de manipular a Killua, una suma ridícula de cálculos que le hacían ignorar los planes de su madre.

Kikyo, habiendo fracasado en su primer intento, se guardaba un as bajo la manga. Ciertamente se había paralizado y la tensión acumulada por días la superó justo cuando creía poder arrinconar a su hijo. El peso sobre los labios fue excesivo. No obstante, para ella no había impedimento de carácter imposible. Esperó a que el coraje disminuyera su intensidad, se recostó en cama y bebió harto té. A la hora de la cena se mostró como de costumbre, pasiva.

Los mayordomos acarreaban la comida hacia la mesa; salvo por el ruido de los cubiertos siendo manipulados por el personal y el agua siendo servida en las copas, lo demás era un tórrido silencio quiebra cabezas. Las miradas sobre Illumi no se hicieron de esperar, de verdad que el hombre "estaba" pero "no estaba", se proyectaba irreal, visible pero inexistente, disperso en una desconocida dimensión, apenas movía las manos y, y su respiración erase un siseo imperceptible.

A Milluki le frustraba comer de eso modo, su aterrador "Aniki" era un cabeza hueca falto de sentido común cómo para leer entre líneas que la tensión sobre la mesa era culpa suya y nada más. "¿Es esto enserio? ¿Qué no se da cuenta el imbécil?" Bueno, la ventaja a favor de Milluki es que nadie estaba sobre de él reclamándole su fiero apetito. Comía a pulsión, sin cuidado, sus modales eran los de un cerdo. Tocada la hora del postre planeó coger una rebana más de pie, sus rollizas manos se precipitaron al platón, pero su madre de golpe le arrebató cuchillo. Milluki creía que lo siguiente a suceder sería su expulsión de la mesa, no obstante, no fue así. La Sra. Zoldyck elevó su copa a la altura de su nariz y la hizo sonar con el cuchillo, enseguida fue engullida por la mirada interrogativa de sus hijos, esposo y suegro. Antes de hablar sus labios dibujaron una torcida curva muy lejos de interpretarse como sonrisa.

—Me complace saber que la mitad de la familia está reunida—su voz, para nada enternecida, sepultó el silencio del comedor—Bueno, bueno, no quiero quitarles mucho de su tiempo, seré breve…

Y sí que lo fue, sus palabras fueron:

—Tienes de aquí a dos meses para casarte, y nueve para hacerme abuela.

Continuara.