Hola, ya les traje un nuevo capítulo. Lo iba a subir ayer pero el universo se puso en mi contra y no pude hacerlo.
A los que agregaron a favoritos y siguen la historia muchas gracias, espero no decepcionarlos con la historia y que esta les siga pareciendo interesante.
Todo el texto en negritas pertenece a J. k Rowling, al igual que los personajes, yo solo los utilizo para entretenerme y entretenerlos un rato.
Por cierto, lo que está en negritas y en cursiva es de los miembros del Trío de plata ya que decidieron colarse aún más en la historia.
Disfruten.
El niño que vivió.
James tomo el libro que se le ofrecía y lo acomodo para empezar a leer.
- El libro se titula Harry Potter y la piedra filosofal. -leyó James-. Y el primer capítulo es El niño que vivió
James se preguntó a quien se refería el libro, aunque por la manera en que observaban a su hijo era a él obviamente.
El señor y la señora Dursley, que vivían en el número 4 de Privet Drive, estaban orgullosos de decir que eran muy normales, afortunadamente.
- ¿Quiénes son? -pregunto Sirius.
- Son mi hermana y mi cuñado, desgraciadamente. -respondió Lily con algo de enojo, quería a su hermana, siempre lo haría, pero ya no estaba dispuesta a sufrir por su culpa.
- ¿Conoces a tío Vernon? -pregunto Harry.
- Solo los conocimos una vez. -respondió James.
- Y por lo visto no son muy agradables. -comento Alice.
James solo asintió y continúo leyendo.
Eran las ultimas personas que se esperaría encontrar relacionadas con algo extraño o misterioso, porque no estaban para tales tonterías.
- ¿Tonterías? -pregunto Neville.
- Se refieren a la magia. -respondieron a la vez Harry y su madre, esta última se preocupó por el hecho de que su hijo lo supiera ya que en su opinión él no debería de relacionarse con su hermana, pero no menciono nada.
- Ya les diré yo que son tonterías. -mascullo Sirius.
El señor Dursley era el director de una empresa llamada Grunnings, que fabricaba taladros. Era un hombre corpulento y rollizo, casi sin cuello, aunque con un bigote inmenso.
- No entiendo como Petunia se casó con él. -cometo Lily.
- ¿Porque señora Potter... -comenzó Fred.
- si es todo un adonis? -termino George.
Lily los miro como si se hubieran vuelto locos, pero al ver que algunos reían entendió que esos chicos eran los bromistas de esta generación.
La señora Dursley era delgada, rubia y tenía el cuello casi el doble de largo de lo habitual, lo que le resultaba muy útil, ya que pasaba la mayor parte del tiempo estirándolo por encima de la valla de los jardines para espiar a sus vecinos.
En este punto la mayoría miro a Lily preguntándose como podía tener una hermana así siendo ella una mujer tan hermosa y amable.
- Ni yo misma lo entiendo. -comento adivinando lo que pasaba por la mente de todos.
Los Dursley tenían un hijo pequeño llamado Dudley, y para ellos no había un niño mejor que él.
- Yo conozco un niño mejor que él y que cualquiera. -se auto interrumpió James.
- Nosotros también, ¿verdad Lunático? -dijo Sirius.
- Sí, y su nombre es Harry Potter. -dijo Remus mientras ellos junto con Lily lo miraban con orgullo.
Mientras tanto, Severus miraba la escena con el ceño fruncido pensando que el príncipe mimado no necesitaba que le agrandaran más el ego.
- No creo que sea mejor que nadie. -respondió Harry algo rojo por las atenciones que recibía.
Eso sorprendió a Severus ya que esperaba que el chico comenzara a darse aires como lo habría hecho el inútil de su padre, sin embargo, su respuesta se acercaba más a la forma de ser de Lily. Tal vez debería de comenzar a hacer caso a lo que Dumbledore le dijo respecto a que el chico era más parecido a su madre que a su padre.
Los Dursley tenían todo lo que querían, pero también tenían un secreto, y su mayor temor era que lo descubriesen: no habrían soportado que se supiera lo de los Potter.
- Los Potter son excelentes personas. -comento Frank.
- Y son los mejores amigos que se podría tener. -dijo Alice con una sonrisa dirigida a su amiga.
Ellos solo les sonrieron en agradecimiento a sus cumplidos y continuaron con la lectura.
La señora Potter era hermana de la señora Dursley, pero no se veían desde hace años; tanto era así que la señora Dursley fingía que no tenía hermana,
Lily bajo la cabeza, por más que intentara no salir lastimada por las acciones de su hermana no podía evitarlo. Severus al ver esto simplemente comento.
- Solo tenía envidia de Lily porque era especial y Petunia solo era una bruja amargada.
Todos en el comedor se quedaron en silencio ante el comentario del profesor pues nunca esperaron algo así de su parte. Lily, por otro lado, alzo la vista rápidamente y después de ver al que alguna vez fue su mejor amigo ambos soltaron la carcajada por el comentario de este, mientras recordaban los viejos tiempos en que solo con eso lograba animarla después de una pelea con su hermana.
Ver reír a su profesor estuvo a punto de hacer caer en shock a todos, pero justo en ese momento James continuo con la lectura.
porque su hermana y su marido, un completo inútil,
- Repite eso bruja. -gritaron los merodeadores y Lily.
eran lo más opuesto a los Dursley que se pudiera imaginar.
- Y que lo digas. -comentaron varios.
Los Dursley se estremecían al pensar que dirían los vecinos si los Potter apareciesen por la acera. Sabían que los Potter también tenían un hijo pequeño, pero nunca lo habían visto. El niño era otra buena razón para mantener alejados a los Potter: no querían que Dudley se juntara con un niño con aquel.
- Nuestro hermanito es mucho mejor que ese niño. -gritaron los gemelos.
- Mil veces mejor. -apoyaron James y Sirius.
Harry no estaba acostumbrado a los halagos y se sentía bastante avergonzado por esto así que se ocultó en los brazos de su madre que le susurro al oído:
- Es la verdad cariño.
Nuestra historia comienza cuando el señor y la señora Dursley se despertaron un martes, con un cielo cubierto de nubes grises que amenazaban tormenta. Pero nada había en aquel nublado cielo que sugiriera los acontecimientos extraños y misteriosos que poco después tendría lugar en toda la región. El señor Dursley canturreaba mientras se ponía su corbata más sosa para ir al trabajo, y la señora Dursley parloteaba alegremente mientras instalaba al ruidoso Dudley en la silla alta.
- Que niño más encantador. -comento Ron.
Ninguno vio la gran lechuza parda que pasaba volando por la venta.
A las ocho y media, el señor Dursley cogió su maletín, besó a la señora Dursley en la mejilla y trató de despedirse de Dudley con un beso, aunque no pudo, ya que el niño tenía un berrinche y estaba arrojando los cereales contra las paredes. Diablillo, dijo entre dientes el señor Dursley mientras salía de la casa. Se metió en su coche y se alejó del número 4.
- Y le celebra la gracia. -comento reprobatoriamente el señor Weasley-. Esa no es manera de criar a un niño.
Al llegar a la esquina percibió el primer indicio de que sucedía algo raro: un gato estaba mirando un plano de la ciudad.
- ¿Es usted profesora/Minnie? -preguntaron todos en el comedor siendo los merodeadores quienes la llamaron de esa última forma, aunque Minerva no lo noto por el ruido en el comedor.
Durante un segundo, el señor Dursley no se dio cuenta de lo que había visto, pero luego volvió la cabeza para mirar otra vez. Sí había un gato atigrado en la esquina de Privet Drive, pero no vio ningún plano. ¿En qué había estado pensando?
- En nada, tío. -inició Harry.
- Como siempre. -completo Ron.
Los gemelos se miraron sorprendidos por la complicidad de esos dos, además de sorprenderse por el recién descubierto sentido del humor de su hermano.
Debía de haber sido una ilusión óptica. El señor Dursley parpadeó y contempló al gato. Éste le devolvió la mirada.
- Si es usted. -exclamo el comedor entero, complacidos por saber reconocer a su profesora.
- ¿Como pueden estar tan seguros? -pregunto Minerva.
- Minerva, creo que nunca he visto a un gato que no se comporte como tal. -respondió Dumbledore-. Esa solo podrías ser tú.
Mientras el señor Dursley daba la vuelta a la esquina y subía por la calle, observó al gato por el espejo retrovisor: en aquel momento el felino estaba leyendo el rótulo que decía «Privet Drive» (no podía ser, los gatos no saben leer los rótulos ni los planos).
- Minne sí. -comento divertido Sirius.
- Señor Black, creí haberles dicho que no me llamaran así. -exclamo molesta.
- Y yo creía que ya no me llamaría señor Black, profesora. -respondió divertido-. Minne, todos creíamos algo y eso resulto falso. En fin, creo que nunca dejare de llamarla así.
Todo eso lo dijo con seriedad, sin embargo, más de uno reía divertido por la discusión y esperaban impacientes a que su profesora descargara su furia sobre el hombre. James decidió continuar con la lectura para aplacar a la profesora y salvar a su amigo.
El señor Dursley meneó la cabeza y alejó al gato de sus pensamientos. Mientras iba a la ciudad en coche no pensó más que en los pedidos de taladros que esperaba conseguir aquel día.
Pero en las afueras ocurrió algo que apartó los taladros de su mente. Mientras esperaba en el habitual embotellamiento matutino, no pudo dejar de advertir una gran cantidad de gente vestida de forma extraña. Individuos con capa.
- ¿Qué tiene de extraño? -pregunto un chico de Slytherin.
- Los muggles hace siglos que dejaron de utilizar capas. -respondió Theodore Nott.
El señor Dursley no soportaba a la gente que llevaba ropa ridícula.
- ¡Él es el ridículo! -exclamaron muchos.
¡Ah, los conjuntos que llevaban los jóvenes! Supuso que debía de ser una moda nueva. Tamborileó con los dedos sobre el volante y su mirada se posó en unos extraños que estaban cerca de él. Cuchicheaban entre sí, muy excitados. El señor Dursley se enfureció al darse cuenta de que dos de los desconocidos no eran jóvenes. Vamos, uno era incluso mayor que él, ¡y vestía una capa verde esmeralda! ¡Qué valor! Pero entonces se le ocurrió que debía de ser alguna tontería publicitaria; era evidente que aquella gente hacía una colecta para algo. Sí, tenía que ser eso.
- ¿De verdad es tan... "inteligente"? -pregunto Katie.
- Lamentablemente, sí.
El tráfico avanzó y, unos minutos más tarde, el señor Dursley llegó al aparcamiento de Grunnings, pensando nuevamente en los taladros.
- Es que no piensa en otra cosa que no sea en los malditos taladros. -comento irritado Ron-. Por cierto, ¿qué son los taladros?
Hermione y Harry se dieron una palmada en la cabeza al ver las prioridades de su amigo, primero se quejaba y luego preguntaba, típico. Por otro lado, muchos del resto del alumnado agradecían internamente que Ron hubiera preguntado eso ya que habían tenido la misma duda, pero no habían querido preguntar antes.
- Es un aparato muggle que se utiliza para hacer agujeros. -respondió una dulce voz.
Todos buscaron a quien había respondido la pregunta y se sorprendieron al ver que lo había hecho la pequeña Luna ya que todos pensaban que no estaba poniendo real atención. La niña, al ver todas las miradas del comedor pregunto.
- Eso es o ¿no?
- Si eso es, pequeña. -respondió Fleur.
La niña sonrió mientras centraba su vista nuevamente en el techo, antes estaba preocupada de haberse equivocado ya que tenía mucho tiempo que su madre se lo explico.
El señor Dursley siempre se sentaba de espaldas a la ventana, en su oficina del noveno piso. Si no lo hubiera hecho así, aquella mañana le habría costado concentrarse en los taladros. No vio las lechuzas que volaban en pleno día, aunque en la calle sí que las veían y las señalaban con la boca abierta, mientras las aves desfilaban una tras otra. La mayoría de aquellas personas no había visto una lechuza ni siquiera de noche. Sin embargo, el señor Dursley tuvo una mañana perfectamente normal, sin lechuzas. Gritó a cinco personas. Hizo llamadas telefónicas importantes y volvió a gritar.
- Ahora lo saben amigos míos. -grito Fred mientras se ponía de pie con su gemelo.
- Si quieren tener un día agradable y perfecto deben gritarle a toda la gente que puedan. -dijo George.
- Y si lo quieren aún más perfecto, deberán volver a gritarle todo lo que quieran a la pobre e inocente gente.
Todo el comedor rio divertido por el espectáculo de esos dos. Una vez que todos se calmaron, James pudo reanudar la lectura.
Estuvo de muy buen humor hasta la hora de la comida, cuando decidió estirar las piernas
- ¡¿Qué?! -grito Harry sobresaltando a varios-. ¿Mi tío está haciendo ejercicio?
James reanudo la lectura con una sonrisa pues sabía que la respuesta de su hijo estaba delante.
y dirigirse a la panadería que estaba en la acera de enfrente.
- Ah, bueno. -comento Harry "aliviado"-. Por un segundo me asuste.
Había olvidado a la gente con capa hasta que pasó cerca de un grupo que estaba al lado de la panadería. Al pasar los miró enfadado. No sabía por qué, pero le ponían nervioso. Aquel grupo también susurraba con agitación y no llevaba ni una hucha. Cuando regresaba con un donut gigante en una bolsa de papel, alcanzó a oír unas pocas palabras de su conversación.
—Los Potter, eso es, eso es lo que he oído...
—Sí, su hijo, Harry...
El señor Dursley se quedó petrificado. El temor lo invadió. Se volvió hacia los que murmuraban, como si quisiera decirles algo, pero se contuvo.
- ¿De qué hablan? -preguntaron algunos.
- ¿Que ocurrió? -preguntaron otros.
James y Lily se miraron, al fin comprendían de que día se trataba el capítulo. Ninguno quería averiguar nada sobre sus muertes, pero si querían saber porque razón su hijo parecía conocer muy bien lo horribles que son sus tíos. James reanudo la lectura algo decaído mientras Lily abrazaba por los hombros a Harry, su hijo era muy listo por lo que seguramente ya se habría dado cuenta de que día se trataba.
Se apresuró a cruzar la calle y echó a correr hasta su oficina. Dijo a gritos a su secretaria que no quería que le molestaran, cogió el teléfono y, cuando casi había terminado de marcar los números de su casa, cambió de idea. Dejó el aparato y se atusó los bigotes mientras pensaba...
- ¡El estúpido cerdo está pensando! -gritaron James y Sirius.
- ¡Noooo!, ¡es el fin del mundo! -les siguieron el juego los gemelos, estos estaban a punto de correr como locos gritando por todo el comedor, pero...
- ¡Fred, George!, dejen de jugar y siéntense. -les grito su madre.
- ¡Señor Potter, señor Black!, actúen como los adultos maduros que se supone que son y compórtense. -les grito Minerva.
Todos en el comedor estaban riendo por sus payasadas, incluso las dos mujeres que los regañaron trataban de ocultar la sonrisa de diversión que les provocaban esos cuatro.
Finalmente, se sentaron con tranquilidad e intercambiaron una sonrisa al ver que habían cumplido su cometido. Harry aun trataba de recuperarse de la risa mientras Lily lo abrazaba con una sonrisa. Esos cuatro habían notado el estado en el que se encontraban desde hace un rato y sabiendo lo difícil que sería ese capítulo para ellos habían decidido hacer algo al respecto.
No, se estaba comportando como un estúpido.
- Eso siempre. -comento Ron.
Potter no era un apellido tan especial.
- Es muy especial. -dijeron varios.
Estaba seguro de que había muchísimas personas que se llamaban Potter y que tenían un hijo llamado Harry.
Y pensándolo mejor, ni siquiera estaba seguro de que su sobrino se llamara Harry. Nunca había visto al niño.
- No conoce a su propio sobrino y ni siquiera sabe cómo se llama. -exclamó escandalizada Molly.
Harry en cambio pensó con amargura que desgraciadamente su tío lo conocía ahora.
Podría llamarse Harvey. O Harold.
- Esos nombres son geniales. -exclamaron los gemelos.
Lily y James se miraron unos segundos pensando y luego exclamaron a la vez.
- Decidido.
- ¿Qué decidieron? -pregunto algo preocupado Harry.
- Ya no te llamaras Harry James Potter. -explico James.
- A partir de ahora te llamaras Harvey Harold Potter. -dijo maravillada Lily.
- Me parece buena idea. -comento Remus.
- Tienen un pésimo sentido del humor. -comento Harry mientras trataba de pensar en alguna manera de vengarse de ellos.
Mientras tanto, todo el comedor reía divertido de la broma que ellos le estaban jugando a Potter y poco a poco cayeron en cuenta de que tenían la venganza perfecta de Potter. Ya verían quien ríe al último.
No tenía sentido preocupar a la señora Dursley, siempre se trastornaba mucho ante cualquier mención de su hermana. Y no podía reprochárselo. ¡Si él hubiera tenido una hermana así...! Pero de todos modos, aquella gente de la capa...
Aquella tarde le costó concentrarse en los taladros, y cuando dejó el edificio, a las cinco en punto, estaba todavía tan preocupado que, sin darse cuenta, chocó con un hombre que estaba en la puerta.
—Perdón —gruñó, mientras el diminuto viejo se tambaleaba y casi caía al suelo.
- Oí bien, ¿se disculpó? -pregunto incrédulo Harry.
Los payasos de hace rato se iban a levantar para correr de nuevo por todos lados, pero...
- Ni siquiera lo piensen. -exclamaron a la vez Lily y Remus mientras sujetaban a Sirius y James.
También aprovecharon para lanzarles una dura mirada a los gemelos, así que resignados los cuatro se volvieron a sentar.
Segundos después, el señor Dursley se dio cuenta de que el hombre llevaba una capa violeta. No parecía disgustado por el empujón. Al contrario, su rostro se iluminó con una amplia sonrisa, mientras decía con una voz tan chillona que llamaba la atención de los que pasaban:
—¡No se disculpe, mi querido señor, porque hoy nada puede molestarme! ¡Hay que alegrarse, porque Quien-usted-sabe finalmente se ha ido! ¡Hasta los muggles como usted deberían celebrar este feliz día!
Y el anciano abrazó al señor Dursley y se alejó.
Ahora todos estaban seguros de que día hablaba el capítulo, en ese momento toda la gracia que el asunto pudiera tener se esfumo.
El señor Dursley se quedó completamente helado. Lo había abrazado un desconocido. Y por si fuera poco le había llamado muggle, no importaba lo que eso fuera. Estaba desconcertado. Se apresuró a subir a su coche y a dirigirse hacia su casa, deseando que todo fueran imaginaciones suyas (algo que nunca había deseado antes, porque no aprobaba la imaginación).
Cuando entró en el camino del número 4, lo primero que vio (y eso no mejoró su humor) fue el gato atigrado que se había encontrado por la mañana. En aquel momento estaba sentado en la pared de su jardín. Estaba seguro de que era el mismo, pues tenía unas líneas idénticas alrededor de los ojos.
—¡Fuera! —dijo el señor Dursley en voz alta.
- Eso no funcionara, Minnie es muy persistente. -comento Sirius-. No se moverá por nada del mundo.
- Por cierto, profesora. ¿Qué hace ahí? -pregunto Hermione.
Minerva no estaba dispuesta a responder eso así que la lectura continuo.
El gato no se movió. Sólo le dirigió una mirada severa. El señor Dursley se preguntó si aquélla era una conducta normal en un gato.
- En un gato normal no, en Minnie sí. -comento Remus.
- Usted también, señor Lupin.
- Lo lamento profesora, pero ellos dos me mal influencian. -comento señalando a sus amigos.
- Y encima nos culpas. -exclamo James-. Me lastimas Lunático.
Ver esa discusión tan ridícula y sin sentido, además del dramatismo que James le agrego, logro sacar sonrisas a todos además de algunas risas aligerando el ambiente nuevamente.
Trató de calmarse y entró en la casa. Todavía seguía decidido a no decirle nada a su esposa.
La señora Dursley había tenido un día bueno y normal. Mientras comían, le informó de los problemas de la vecina con su hija, y le contó que Dudley había aprendido una nueva frase («¡no lo haré!»). El señor Dursley trató de comportarse con normalidad.
- Eso es imposible en ti Dursley. -comento Fred.
Una vez que acostaron a Dudley, fue al salón a tiempo para ver el informativo de la noche.
—Y por último, observadores de pájaros de todas partes han informado de que hoy las lechuzas de la nación han tenido una conducta poco habitual. Pese a que las lechuzas habitualmente cazan durante la noche y es muy difícil verlas a la luz del día, se han producido cientos de avisos sobre el vuelo de estas aves en todas direcciones, desde la salida del sol. Los expertos son incapaces de explicar la causa por la que las lechuzas han cambiado sus horarios de sueño. —El locutor se permitió una mueca irónica—. Muy misterioso. Y ahora, de nuevo con Jim McGuffin y el pronóstico del tiempo. ¿Habrá más lluvias de lechuzas esta noche, Jim?
—Bueno, Ted —dijo el meteorólogo—, eso no lo sé, pero no sólo las lechuzas han tenido hoy una actitud extraña. Telespectadores de lugares tan apartados como Kent, Yorkshire y Dundee han telefoneado para decirme que en lugar de la lluvia que prometí ayer ¡tuvieron un chaparrón de estrellas fugaces! Tal vez la gente ha comenzado a celebrar antes de tiempo la Noche de las Hogueras. ¡Es la semana que viene, señores! Pero puedo prometerles una noche lluviosa.
El señor Dursley se quedó congelado en su sillón. ¿Estrellas fugaces por toda Gran Bretaña? ¿Lechuzas volando a la luz del día? Y aquel rumor, aquel cuchicheo sobre los Potter...
La señora Dursley entró en el comedor con dos tazas de té. Aquello no iba bien. Tenía que decirle algo a su esposa. Se aclaró la garganta con nerviosismo.
—Eh... Petunia, querida, ¿has sabido últimamente algo sobre tu hermana?
Como había esperado, la señora Dursley pareció molesta y enfadada. Después de todo, normalmente ellos fingían que ella no tenía hermana.
—No —respondió en tono cortante—. ¿Por qué?
—Hay cosas muy extrañas en las noticias —masculló el señor Dursley—. Lechuzas... estrellas fugaces... y hoy había en la ciudad una cantidad de gente con aspecto raro...
—¿Y qué? —interrumpió bruscamente la señora Dursley
—Bueno, pensé... quizá... que podría tener algo que ver con... ya sabes... su grupo.
La señora Dursley bebió su té con los labios fruncidos. El señor Dursley se preguntó si se atrevería a decirle que había oído el apellido «Potter». No, no se atrevería. En lugar de eso, dijo, tratando de parecer despreocupado:
—El hijo de ellos... debe de tener la edad de Dudley, ¿no?
—Eso creo —respondió la señora Dursley con rigidez.
—¿Y cómo se llamaba? Howard, ¿no?
- ¡No se les ocurra volver a cambiarme el nombre! -grito Harry a sus padres.
- ¡Cállate Howard! -respondieron los gemelos.
—Harry. Un nombre vulgar y horrible, si quieres mi opinión.
- Si, muy horrible. -dijo Ron.
- Demasiado diría yo. -le siguió Hermione.
- ¿Ustedes también chicos? -les replico molesto Harry.
—Oh, sí—dijo el señor Dursley, con una espantosa sensación de abatimiento—. Sí, estoy de acuerdo.
No dijo nada más sobre el tema, y subieron a acostarse. Mientras la señora Dursley estaba en el cuarto de baño, el señor Dursley se acercó lentamente hasta la ventana del dormitorio y escudriñó el jardín delantero. El gato todavía estaba allí. Miraba con atención hacia Privet Drive, como si estuviera esperando algo.
- ¿Qué espera profesora? -pregunto Hermione.
Al ver que todo el comedor la miraba con curiosidad no le quedo de otra más que decir.
- Ahora verán.
¿Se estaba imaginando cosas? ¿O podría todo aquello tener algo que ver con los Potter? Si fuera así... si se descubría que ellos eran parientes de unos... bueno, creía que no podría soportarlo.
Los Dursley se fueron a la cama. La señora Dursley se quedó dormida rápidamente, pero el señor Dursley permaneció despierto, con todo aquello dando vueltas por su mente. Su último y consolador pensamiento antes de quedarse dormido fue que, aunque los Potter estuvieran implicados en los sucesos, no había razón para que se acercaran a él y a la señora Dursley. Los Potter sabían muy bien lo que él y Petunia pensaban de ellos y de los de su clase... No veía cómo a él y a Petunia podrían mezclarlos en algo que tuviera que ver (bostezó y se dio la vuelta)... No, no podría afectarlos a ellos...
¡Qué equivocado estaba!
El señor Dursley cayó en un sueño intranquilo, pero el gato que estaba sentado en la pared del jardín no mostraba señales de adormecerse. Estaba tan inmóvil como una estatua, con los ojos fijos, sin pestañear, en la esquina de Privet Drive. Apenas tembló cuando se cerró la puertezuela de un coche en la calle de al lado, ni cuando dos lechuzas volaron sobre su cabeza. La verdad es que el gato no se movió hasta la medianoche.
Un hombre apareció en la esquina que el gato había estado observando, y lo hizo tan súbita y silenciosamente que se podría pensar que había surgido de la tierra. La cola del gato se agitó y sus ojos se entornaron.
Para este momento, todos en el comedor guardaban silencio, intrigados por quien era el desconocido y que hacía ahí.
En Privet Drive nunca se había visto un hombre así. Era alto, delgado y muy anciano, a juzgar por su pelo y barba plateados, tan largos que podría sujetarlos con el cinturón. Llevaba una túnica larga, una capa color púrpura que barría el suelo y botas con tacón alto y hebillas. Sus ojos azules eran claros, brillantes y centelleaban detrás de unas gafas de cristales de media luna. Tenía una nariz muy larga y torcida, como si se la hubiera fracturado alguna vez. El nombre de aquel hombre era Albus Dumbledore.
- ¿Qué hace ahí profesor?
- Ahora verán. -respondió con tristeza al recordar los motivos que lo llevaron a ese lugar.
Albus Dumbledore no parecía darse cuenta de que había llegado a una calle en donde todo lo suyo, desde su nombre hasta sus botas, era mal recibido. Estaba muy ocupado revolviendo en su capa, buscando algo, pero pareció darse cuenta de que lo observaban porque, de pronto, miró al gato, que todavía lo contemplaba con fijeza desde la otra punta de la calle. Por alguna razón, ver al gato pareció divertirlo. Rio entre dientes y murmuró:
—Debería haberlo sabido.
Encontró en su bolsillo interior lo que estaba buscando. Parecía un encendedor de plata. Lo abrió, lo sostuvo alto en el aire y lo encendió. La luz más cercana de la calle se apagó con un leve estallido. Lo encendió otra vez y la siguiente lámpara quedó a oscuras. Doce veces hizo funcionar el Apagador, hasta que las únicas luces que quedaron en toda la calle fueron dos alfileres lejanos: los ojos del gato que lo observaba. Si alguien hubiera mirado por la ventana en aquel momento, aunque fuera la señora Dursley con sus ojos como cuentas, pequeños y brillantes, no habría podido ver lo que sucedía en la calle. Dumbledore volvió a guardar el Apagador dentro de su capa y fue hacia el número 4 de la calle, donde se sentó en la pared, cerca del gato. No lo miró, pero después de un momento le dirigió la palabra.
—Me alegro de verla aquí, profesora McGonagall.
Se volvió para sonreír al gato, pero éste ya no estaba. En su lugar, le dirigía la sonrisa a una mujer de aspecto severo que llevaba gafas de montura cuadrada, que recordaban las líneas que había alrededor de los ojos del gato. La mujer también llevaba una capa, de color esmeralda. Su cabello negro estaba recogido en un moño. Parecía claramente disgustada.
—¿Cómo ha sabido que era yo? —preguntó.
—Mi querida profesora, nunca he visto a un gato tan tieso.
Algunos rieron por ese comentario, pero la mayoría prefirió contenerse para no molestar a su profesora.
—Usted también estaría tieso si llevara todo el día sentado sobre una pared de ladrillo —respondió la profesora McGonagall.
- Pobre. -cometo comprensiva Hermione.
—¿Todo el día? ¿Cuándo podría haber estado de fiesta? Debo de haber pasado por una docena de celebraciones y fiestas en mi camino hasta aquí.
- Se imaginan a la profesora McGonagall en una fiesta. -comento George.
Los gemelos y los merodeadores se miraron y trataron de imaginar eso, instantes después, los cinco estaban retorciéndose de la risa por la imagen que les entro en la cabeza. La profesora McGonagall estaba sobre una mesa, borracha, despeinada y bailando de manera ridícula.
Minerva solamente resoplo enfadada y contuvo las ganas de hechizarlos. Por otra parte, Molly y Lily trataban de callarlos.
La profesora McGonagall resopló enfadada. (N/A: juro que no había leído esto cuando escribí lo de arriba)
—Oh, sí, todos estaban de fiesta, de acuerdo —dijo con impaciencia—. Yo creía que serían un poquito más prudentes, pero no... ¡Hasta los muggles se han dado cuenta de que algo sucede! Salió en las noticias. —Terció la cabeza en dirección a la ventana del oscuro salón de los Dursley—. Lo he oído. Bandadas de lechuzas, estrellas fugaces... Bueno, no son totalmente estúpidos. Tenían que darse cuenta de algo. Estrellas fugaces cayendo en Kent... Seguro que fue Dedalus Diggle. Nunca tuvo mucho sentido común.
—No puede reprochárselo —dijo Dumbledore con tono afable—. Hemos tenido tan poco que celebrar durante once años...
En ese momento todos volvieron a tensarse y la diversión desapareció, habían olvidado por completo de que día hablaba el libro.
—Ya lo sé —respondió irritada la profesora McGonagall—. Pero ésa no es una razón para perder la cabeza. La gente se ha vuelto completamente descuidada, sale a las calles a plena luz del día, ni siquiera se pone la ropa de los muggles, intercambia rumores...
Lanzó una mirada cortante y de soslayo hacia Dumbledore, como si esperara que éste le contestara algo. Pero como no lo hizo, continuó hablando.
—Sería extraordinario que el mismo día en que Quien-usted-sabe parece haber desaparecido al fin, los muggles lo descubran todo sobre nosotros. Porque realmente se ha ido, ¿no, Dumbledore?
"No, no lo ha hecho" pensaron a la vez Dumbledore, Hermione, Ron y Harry, pero ninguno comento nada para no preocupar aún más a los demás.
—Es lo que parece —dijo Dumbledore—. Tenemos mucho que agradecer. ¿Le gustaría tomar un caramelo de limón?
- ¿Un qué? -preguntaron varios.
Hermione iba a contestar, pero James negó con la cabeza y continuo la lectura.
—¿Un qué?
—Un caramelo de limón. Es una clase de dulces de los muggles que me gusta mucho.
-Ah.
—No, muchas gracias —respondió con frialdad la profesora McGonagall, como si considerara que aquél no era un momento apropiado para caramelos—. Como le decía, aunque Quien-usted-sabe se haya ido...
—Mi querida profesora, estoy seguro de que una persona sensata como usted puede llamarlo por su nombre, ¿verdad? Toda esa tontería de Quien-usted-sabe... Durante once años intenté persuadir a la gente para que lo llamara por su verdadero nombre, Voldemort. —La profesora McGonagall se echó hacia atrás con temor, pero Dumbledore, ocupado en desenvolver dos caramelos de limón, pareció no darse cuenta—. Todo se volverá muy confuso si seguimos diciendo «Quien-usted-sabe». Nunca he encontrado ningún motivo para temer pronunciar el nombre de Voldemort.
- Porque usted no tiene por qué temerle. -comentaron varios.
- Pero tiene razón, si no le decimos Voldemort todo terminará siendo muy confuso. -dijo Lily.
- La mayor parte de nuestra generación lo llama Voldemort, y muchos de nuestros padres hacen lo mismo. -comento Rose.
- Eso es porque en su época ya no deben de tener ninguna razón para temerle o ¿sí? -razono Ron.
- Aproximadamente el 60% de la población mágica continúa llamándolo Quien-tu-sabes. -respondió Scorp-. Pero no es más que un miedo infundado porque él no volverá.
- Saben, hubo un gran hombre que en una ocasión dijo que temerle al nombre solo agranda el temor al hombre. -comento Sev.
- Bien dicho, joven Severus. -alabo Dumbledore-. Lo ven, incluso en una época en donde Voldemort ya no existe la gente continua con ese temor irracional. Debemos enseñarles a las nuevas generaciones que es completamente irracional temerle a un simple nombre.
Varios asintieron a lo dicho por su director, pero la gran mayoría aun no parecía. dispuesta a dejar de llamarlo Quien-tú-sabes.
- Ahora que lo pienso, ¿ustedes también están escuchando la lectura? -pregunto Hermione.
- Sí. -respondió el Trio de plata a la vez.
- No se supone que ya los habían leído. -comento Ron.
- Sí, pero es divertido escuchar sus comentarios. -respondió Sev.
- Pero sigan leyendo, ignórenos. -dijo Scorp.
—Sé que usted no tiene ese problema —observó la profesora McGonagall, entre la exasperación y la admiración—. Pero usted es diferente. Todos saben que usted es el único al que Quien-usted... Oh, bueno, Voldemort, tenía miedo.
—Me está halagando —dijo con calma Dumbledore—. Voldemort tenía poderes que yo nunca tuve.
—Sólo porque usted es demasiado... bueno... noble... para utilizarlos.
—Menos mal que está oscuro. No me he ruborizado tanto desde que la señora Pomfrey me dijo que le gustaban mis nuevas orejeras.
La profesora McGonagall le lanzó una mirada dura, antes de hablar.
—Las lechuzas no son nada comparadas con los rumores que corren por ahí. ¿Sabe lo que todos dicen sobre la forma en que desapareció? ¿Sobre lo que finalmente lo detuvo?
Harry se tensó consciente de a qué se refería su profesora. Lily al sentir eso solo lo abrazo más fuerte tratando de brindarle el apoyo que no pudo darle en todos esos años.
Parecía que la profesora McGonagall había llegado al punto que más deseosa estaba por discutir, la verdadera razón por la que había esperado todo el día en una fría pared pues, ni como gato ni como mujer, había mirado nunca a Dumbledore con tal intensidad como lo hacía en aquel momento. Era evidente que, fuera lo que fuera «aquello que todos decían», no lo iba a creer hasta que Dumbledore le dijera que era verdad. Dumbledore, sin embargo, estaba eligiendo otro caramelo y no le respondió.
—Lo que están diciendo —insistió— es que la pasada noche Voldemort apareció en el valle de Godric. Iba a buscar a los Potter. El rumor es que Lily y James Potter están... están... bueno, que están muertos.
Harry oculto su rostro en el hombro de su madre, sentía ganas de llorar, pero no quería hacerlo frente a todo el comedor. Cuando James vio el estado en el que se encontraban su esposa e hijo los abrazo a ambos.
Dumbledore inclinó la cabeza. La profesora McGonagall se quedó boquiabierta.
—Lily y James... no puedo creerlo... No quiero creerlo... Oh, Albus...
Dumbledore se acercó y le dio una palmada en la espalda.
—Lo sé... lo sé... —dijo con tristeza.
Todos trataban de no mirar a donde se encontraba la familia Potter ya que sabían lo duro que esto estaría siendo para ellos.
La voz de la profesora McGonagall temblaba cuando continuó.
—Eso no es todo. Dicen que quiso matar al hijo de los Potter, a Harry. Pero no pudo. No pudo matar a ese niño. Nadie sabe por qué, ni cómo, pero dicen que como no pudo matarlo, el poder de Voldemort se rompió... y que ésa es la razón por la que se ha ido.
Dumbledore asintió con la cabeza, apesadumbrado.
—¿Es... es verdad? —tartamudeó la profesora McGonagall—. Después de todo lo que hizo... de toda la gente que mató... ¿no pudo matar a un niño? Es asombroso... entre todas las cosas que podrían detenerlo... Pero ¿cómo sobrevivió Harry en nombre del cielo?
—Sólo podemos hacer conjeturas —dijo Dumbledore—. Tal vez nunca lo sepamos.
La profesora McGonagall sacó un pañuelo con puntilla y se lo pasó por los ojos, por detrás de las gafas. Dumbledore resopló mientras sacaba un reloj de oro del bolsillo y lo examinaba. Era un reloj muy raro. Tenía doce manecillas y ningún número; pequeños planetas se movían por el perímetro del círculo. Pero para Dumbledore debía de tener sentido, porque lo guardó y dijo:
—Hagrid se retrasa. Imagino que fue él quien le dijo que yo estaría aquí, ¿no?
—Sí —dijo la profesora McGonagall—. Y yo me imagino que usted no me va a decir por qué, entre tantos lugares, tenía que venir precisamente aquí.
—He venido a entregar a Harry a su tía y su tío. Son la única familia que le queda ahora.
- ¡Claro que no!, nos tiene a Lunático y a mí. -grito Sirius-. Harry no debería de vivir con personas como esas.
Harry levanto un poco la cara para mirar a su padrino, estaba agradecido de que lo defendiera. Sirius le sonrió a su ahijado tratando de transmitirle un poco de calma.
—¿Quiere decir...? ¡No puede referirse a la gente que vive aquí! —gritó la profesora, poniéndose de pie de un salto y señalando al número 4—. Dumbledore... no puede. Los he estado observando todo el día. No podría encontrar a gente más distinta de nosotros. Y ese hijo que tienen... Lo vi dando patadas a su madre mientras subían por la escalera, pidiendo caramelos a gritos. ¡Harry Potter no puede vivir ahí!
—Es el mejor lugar para él —dijo Dumbledore con firmeza—.
- ¡Él no puede vivir ahí! -gritaron los Weasley, Hermione, Remus y Sirius a la vez.
Sus tíos podrán explicárselo todo cuando sea mayor. Les escribí una carta.
- Dudo que Petunia lo haga. -comento Severus.
—¿Una carta? —repitió la profesora McGonagall, volviendo a sentarse—. Dumbledore, ¿de verdad cree que puede explicarlo todo en una carta? ¡Esa gente jamás comprenderá a Harry! ¡Será famoso... una leyenda... no me sorprendería que el día de hoy fuera conocido en el futuro como el día de Harry Potter! Escribirán libros sobre Harry... todos los niños del mundo conocerán su nombre.
—Exactamente —dijo Dumbledore, con mirada muy seria por encima de sus gafas—. Sería suficiente para marear a cualquier niño. ¡Famoso antes de saber hablar y andar! ¡Famoso por algo que ni siquiera recuerda! ¿No se da cuenta de que será mucho mejor que crezca lejos de todo, hasta que esté preparado para asimilarlo?
- Pero pudo dejarlo con cualquier otra familia. -grito Molly-. Esos muggles jamás sabrán cuidar de Harry.
La profesora McGonagall abrió la boca, cambió de idea, tragó y luego dijo:
—Sí... sí, tiene razón, por supuesto. Pero ¿cómo va a llegar el niño hasta aquí, Dumbledore?
- Minnie, usted era mi última esperanza. -dijo Sirius decepcionado.
De pronto observó la capa del profesor, como si pensara que podía tener escondido a Harry.
Hubo algunas risas, pero la tensión del momento seguía presente.
—Hagrid lo traerá.
—¿Le parece... sensato... confiar a Hagrid algo tan importante como eso?
—A Hagrid, le confiaría mi vida—dijo Dumbledore.
—No estoy diciendo que su corazón no esté donde debe estar —dijo a regañadientes la profesora McGonagall—. Pero no me dirá que no es descuidado. Tiene la costumbre de... ¿Qué ha sido eso?
Un ruido sordo rompió el silencio que los rodeaba. Se fue haciendo más fuerte mientras ellos miraban a ambos lados de la calle, buscando alguna luz. Aumentó hasta ser un rugido mientras los dos miraban hacia el cielo, y entonces una pesada moto cayó del aire y aterrizó en el camino, frente a ellos.
- Mi moto. -exclamo Sirius.
- ¿Tienes una moto? -pregunto Harry.
-Si, despúes puedo enseñártela si quieres cachorro.
Harry asintió, aunque se preguntaba si su madre permitiría que se montara en la moto de su padrino.
La moto era inmensa, pero si se la comparaba con el hombre que la conducía parecía un juguete. Era dos veces más alto que un hombre normal y al menos cinco veces más ancho. Se podía decir que era demasiado grande para que lo aceptaran y además, tan desaliñado... Cabello negro, largo y revuelto, y una barba que le cubría casi toda la cara. Sus manos tenían el mismo tamaño que las tapas del cubo de la basura y sus pies, calzados con botas de cuero, parecían crías de delfín. En sus enormes brazos musculosos sostenía un bulto envuelto en mantas.
—Hagrid —dijo aliviado Dumbledore—. Por fin. ¿Y dónde conseguiste esa moto?
—Me la han prestado; profesor Dumbledore —contestó el gigante, bajando con cuidado del vehículo mientras hablaba—. El joven Sirius Black me la dejó. Lo he traído, señor.
- Ahora que lo pienso, jamás me la regresaste Hagrid.
- Al día siguiente fuiste a Azkaban, ¿cómo querías que te la regresara? Pero no te preocupes, está muy bien guardada.
—¿No ha habido problemas por allí?
—No, señor. La casa estaba casi destruida, pero lo saqué antes de que los muggles comenzaran a aparecer. Se quedó dormido mientras volábamos sobre Bristol.
Dumbledore y la profesora McGonagall se inclinaron sobre las mantas. Entre ellas se veía un niño pequeño, profundamente dormido. Bajo una mata de pelo negro azabache, sobre la frente, pudieron ver una cicatriz con una forma curiosa, como un relámpago.
- ¡Aww! -exclamaron varias chicas avergonzando a Harry.
—¿Fue allí...? —susurró la profesora McGonagall.
—Sí —respondió Dumbledore—. Tendrá esa cicatriz para siempre.
—¿No puede hacer nada, Dumbledore?
—Aunque pudiera, no lo haría. Las cicatrices pueden ser útiles. Yo tengo una en la rodilla izquierda que es un diagrama perfecto del metro de Londres. Bueno, déjalo aquí, Hagrid, es mejor que terminemos con esto.
Dumbledore se volvió hacia la casa de los Dursley
—¿Puedo... puedo despedirme de él, señor? —preguntó Hagrid.
Inclinó la gran cabeza desgreñada sobre Harry y le dio un beso, raspándolo con la barba. Entonces, súbitamente, Hagrid dejó escapar un aullido, como si fuera un perro herido.
—¡Shhh! —dijo la profesora McGonagall—. ¡Vas a despertar a los muggles!
- De cualquier forma, tienen que despertarlos para entregarles a mi hijo o ¿no? -comento James.
—Lo... siento —lloriqueó Hagrid, y se limpió la cara con un gran pañuelo—. Pero no puedo soportarlo... Lily y James muertos... y el pobrecito Harry tendrá que vivir con muggles...
Harry se abrazó más a sus padres recordando cómo era vivir con los Dursley.
—Sí, sí, es todo muy triste, pero domínate, Hagrid, o van a descubrirnos — susurró la profesora McGonagall, dando una palmada en un brazo de Hagrid, mientras Dumbledore pasaba sobre la verja del jardín e iba hasta la puerta que había enfrente. Dejó suavemente a Harry en el umbral, sacó la carta de su capa, la escondió entre las mantas del niño y luego volvió con los otros dos.
- ¿No ira a dejarlo solamente ahí?, verdad Dumbledore. -pregunto Kingsley.
- Porque si mal no recuerdo dijeron que habría lluvia. -comento Tonks preocupada.
Al ver que Dumbledore no respondía todos comenzaron a preocuparse.
Durante un largo minuto los tres contemplaron el pequeño bulto. Los hombros de Hagrid se estremecieron. La profesora McGonagall parpadeó furiosamente. La luz titilante que los ojos de Dumbledore irradiaban habitualmente parecía haberlos abandonado.
—Bueno —dijo finalmente Dumbledore—, ya está. No tenemos nada que hacer aquí. Será mejor que nos vayamos y nos unamos a las celebraciones.
—Ajá —respondió Hagrid con voz ronca—. Voy a devolver la moto a Sirius. Buenas noches, profesora McGonagall, profesor Dumbledore.
Dumbledore se volvió y se marchó calle abajo. Se detuvo en la esquina y levantó el Apagador de plata. Lo hizo funcionar una vez y todas las luces de la calle se encendieron, de manera que Privet Drive se iluminó con un resplandor anaranjado, y pudo ver a un gato atigrado que se escabullía por una esquina, en el otro extremo de la calle. También pudo ver el bulto de mantas de las escaleras de la casa número 4.
- ¡¿De verdad lo dejara?! -preguntaron varios.
—Buena suerte, Harry —murmuró. Dio media vuelta y, con un movimiento de su capa, desapareció.
- Dumbledore, ¿cómo se le ocurre dejar a mi hijo, así como así? -pregunto Lily.
- Bueno, no habría sido muy cortes...
- Al diablo la cortesía, le pudo pasar algo a mi ahijado. -interrumpió Sirius.
- Alguien se lo pudo haber llevado. -grito James-. ¿Esa es la manera en la que cuida de mi hijo?
- Tranquilos, no me paso nada.
- Eso no importa Harry. Por fortuna estas bien, pero pudieron ocurrirte muchas cosas. -comento molesto Remus-. Fue muy irresponsable hacer eso profesor Dumbledore.
Una brisa agitó los pulcros setos de Privet Drive. La calle permanecía silenciosa bajo un cielo de color tinta. Aquél era el último lugar donde uno esperaría que ocurrieran cosas asombrosas. Harry Potter se dio la vuelta entre las mantas, sin despertarse. Una mano pequeña se cerró sobre la carta y siguió durmiendo,
- ¡Aww!
El grito de ternura de la gran mayoría de las chicas del comedor sobresalto al resto, esto aligero un poco el ambiente tan tenso que se había formado con la lectura. Lily sonrió y les dijo.
- Si quieren después les muestro fotos suyas.
- ¡Si! -gritaron todas emocionadas.
- ¡No! -grito Harry.
- Tranquilo, era una broma. No lo iba a hacer de verdad.
Harry la miro agradecido mientras todas las chicas lucían muy desilusionadas.
sin saber que era famoso, sin saber que en unas pocas horas le haría despertar el grito de la señora Dursley, cuando abriera la puerta principal para sacar las botellas de leche. Ni que iba a pasar las próximas semanas pinchado y pellizcado por su primo Dudley..
- Dumbledore, como lo pudo dejar ahí. -grito James.
- Suficiente. -grito Lily mientras se levantaba y apuntaba al director con su varita-. Sectu...
- Petrificus Totalus.
- ¡Que rayos! -exclamo James-. Snape, ¿por qué lo hiciste?
- Eso no importa, Potter. Quítale la varita a Lily y yo le quito el hechizo.
James hizo lo que le dijo mientras Snape le quitaba el hechizo a Lily.
- ¡James Potter, dame mi varita!
- No se la des. -grito Snape cuando vio que estaba por obedecer la orden de su esposa-. Lily, juraste jamás usar ese hechizo sino era una emergencia.
- Era una emergencia. -le grito-. Pero bueno, juro que no usare otra vez ese hechizo, aunque se lo merezca.
Lily se sentó molesta con los brazos cruzados una vez que recupero su varita. Snape trataba de reprimir una sonrisa, la actitud de su amiga le recordaba a los viejos tiempos.
No podía saber tampoco que, en aquel mismo momento, las personas que se reunían en secreto por todo el país estaban levantando sus copas y diciendo, con voces quedas: «¡Por Harry Potter... el niño que vivió!».
- Termino el capítulo. -comento James mientras abrazaba a su esposa e hijo.
- En ese caso propongo que todos nos vallamos a la cama y mañana despúes del desayuno reanudaremos la lectura. -dijo Dumbledore.
Todos los estudiantes se levantaron y salieron del comedor para dirigirse a sus salas comunes. Los recién llegados, en cambio, se quedaron en el comedor junto con los profesores, Ron, Hermione y los gemelos se habían querido quedar con ellos también, pero la señora Weasley los mando a la torre. Únicamente Harry y Neville se habían quedado ya que nadie quería separarlos de sus padres.
- ¿Nosotros donde dormiremos? -pregunto el señor Weasley.
- Eso ya lo hemos arreglado. -respondió Rose.
- O, mejor dicho, Hogwarts lo arreglo. -aclaro Sev.
- ¿Dónde dormiremos? -pregunto Remus.
- En la sala de Menesteres. -respondió Scorp y antes de que alguien preguntara algo continuo-. Es una sala oculta en Hogwarts que se ajusta a las necesidades de quien la ocupa. Se encuentra en el séptimo piso junto al tapiz de Bárnabas el Chiflado, si van hacia allá y piensan en que necesitan un sitio para dormir la sala se los dará.
- Bueno, eso resuelve el asunto de su lugar de descanso. -anuncio alegre Dumbledore-. Que pasen buena noche.
Así todos se dirigieron fuera del comedor y mientras los invitados se iban al séptimo piso, cada profesor se dirigía rumbo a su despacho.
Mientras caminaba a su despacho en las mazmorras, Severus iba pensando en que le gustaría poder arreglar las cosas con Lily, pero no se sentía capaz ya que dudaba que ella quisiera escucharlo o perdonarlo. Entonces, una nota apareció en sus manos.
De verdad piensas volver a repetir la historia. Nosotros te dimos una nueva oportunidad, aprovéchala y ve a buscarla. Lily te estará esperando afuera de la torre Gryffindor, más vale que no lo arruines esta vez.
ATTE: El Trio de plata.
En otra parte del castillo una mujer pelirroja comenzaba a considerar el darle una nueva oportunidad a su amigo de la infancia, despúes de todo, se habían equivocado respecto a Pettigrew y pude que ocurriera lo mismo con Severus. Llegaron al séptimo piso y tal y como habían dicho los chicos del futuro apareció una enorme sala de un estilo similar a la de las salas comunes, se encontraba adornada con estandartes de Gryffindor, Hufflepuff y Ravenclaw. En un extremo de la sala se encontraban varias puertas y detrás de estas se encontraban diversos dormitorios.
En uno de los dormitorios dejaron la jaula en donde se encontraba la rata, cerraron la puerta y le aplicaron diversos hechizos para evitar que escapara. Ninguno de ellos quería volver a verla después de conocer las consecuencias de su traición, era mejor así. Por último, para evitar que alguien la liberará colocaron un hechizo sensor que los alertará en caso de que alguien abriera la puerta.
Los Weasley se extrañaron de esto, pero al enterarse de que era parte de la evidencia para liberar a Sirius se calmaron, aunque su confusión persistió. Así que todos se fueron a dormir.
Harry y Neville querían quedarse con sus padres, pero ambos sabían que sus amigos los estarían esperando así que debían volver a su torre, además de que tendrían mucho tiempo para estar con ellos y por ahora sus padres necesitaban estar a solas para asimilar todo.
Lily se ofreció a acompañarlos hasta la sala común, nadie encontró nada extraño en eso porque era obvio que quería pasar tiempo con hijo. Lo que nadie sabía es que, cuando nadie miraba, una nota del futuro había aparecido frente ella.
Si de verdad quieres darle una oportunidad espéralo afuera de la sala común de Gryffindor. Es momento de que ambos hablen con la verdad.
¿Qué les pareció?
Espero les gustara y me dejen un comentario diciéndome sus opiniones del capítulo.
Antes de despedirme hay un par de cosas que aclarar; en primera, recuerdan la broma que le estamos jugando a los merodeadores, esa idea no es del todo mía ya que lo leí hace tiempo en otra historia y me pareció divertida. Tal vez no debería de estarla utilizando ya que no es mía pero no se me ocurría otra cosa para lo que tengo planeado, ya lo verán. Espero que si martuki7 llega a leer la historia me perdone por utilizar esta idea, te juro que no lo hago con mala intensión y había olvidado mencionar esto en el capítulo anterior, pero mejor tarde que nunca.
La segunda cosa que tenía que aclarar es lo del Sectumsempra que casi usa Lily, sé que no va acorde a su personalidad y temporalmente esta incorrecto ya que creo que el hechizo lo creo Snape en sexto curso y ya entonces no se hablaban. No pregunten de donde salió eso, pero me gusto como quedo así que lo deje, es muy incongruente y eso, pero bueno.
Adiós.
Atte: Andrea.
Creo que esto lo publique, originalmente, una o dos semanas después del anterior pero no recuerdo. ¿O fue el mismo día?
Mou Hitori no Boku: Das vergüenza.
Yo: (Avergonzada) Jajaja, lo sé.
Corrección 14/07/18
