Sistema Solar, Planeta Tierra, Reino Dorado
Milenio de Plata.
─¡Princesa! ¿Otra vez de paseo?
La voz tras ella le provocó un susto mayúsculo y, en un inevitable acto reflejo, soltó la cuerda, cayendo hacia el jardín desde una altura considerable.
─¡Yuusuke! ─susurró enfadada. Aunque todavía no recuperaba el equilibrio, debido al dolor provocado por la caída, consiguió incorporarse un poco y que sus rodillas la sostuvieran el tiempo necesario para enfrentar al responsible de su accidente─. ¿Qué rayos pretendes asustándome en esa forma?
─Lo siento, Alteza ─el inmediato cambio de actitud la hizo mirarlo con sospecha. No conocía algo más falso que Yuusuke actuando con respeto y solemnidad. Después de todo, su escolta personal la conocía desde que nació.
Asombrada, comprendió que él llevaba varias horas siguiéndola de cerca; probablemente desde que abandonara el Palacio Lunar. Era increíble la manera en que conseguía ocultar su presencia. No era la primera vez que la sorprendía en una travesura; aunque sí podía decir que, esta ocasión, había demorado un poco más en descubrirse.
─No me la pondrás fácil ¿Cierto? ─preguntó enfurruñada, mientras aceptaba su ayuda para ponerse de pie. En un gesto que esperaba pareciera de real resignación, no bien estuvo sobre sus pies cruzó los brazos, intentando simular arrepentimiento. Sin embargo, no albergó demasiadas esperanzas: sabía bien que Yuusuke siempre encontraba sospechosas tales actitudes.
─Si me permite opinar, diré que el Príncipe Endymion es quien se lo ha puesto difícil─susurró él, sonriendo abiertamente y, con eso, calculó descender por lo menos diez puntos en la escala estimativa real; lo cual no era tan trágico, pues cada día conseguía descender entre treinta y ochenta puntos, dependiendo del número de travesuras que consiguiera arruinarle a Serenity.
─¡Cállate! ─gritó Serenity, atrayendo con eso la atención del guardia que rondaba cerca de ahí. Apenas si tuvieron tiempo para guarecerse tras un arbusto, cuando el hombre se acercó en actitud amenazante. Estaba a tan sólo tres pasos y ambos contuvieron la respiración, rogándole a cualquier Hada Lunar con grandes orejas que anduviera cerca, no ser descubiertos.
─¿Quién está ahí? ─preguntó el soldado; sin embargo, ése era precisamente el límite de los aposentos privados del Príncipe y no se atrevió a acercarse un poco más, pues Su Alteza había ordenado terminantemente que no le molestaran esa noche.
─¡Uff! ─exclamaron a coro los dos intrusos, una vez que la amenaza se alejó lo suficiente. Estaban demasiado aliviados para notar lo cerca que se encontraban uno del otro; y, aún de haberlo sabido no le habrían dado la menor importancia. No obstante, para su mala fortuna, el príncipe Endymion apareció en ese momento tras ellos.
─¿Disfrutando de mi jardín, Princesa? ─la profunda voz masculina mostró un matiz desconocido hasta entonces para Serenity; de igual forma los ojos color zafiro despidieron una chispa misteriosa que la alarmó. Intuía que Endymion estaba molesto, pero no entendía la razón para ello.
El guardia personal de Serenity, sin embargo, comprendió todo perfectamente. Si Endymion hubiera puesto la debida atención habría notado cómo su mirada reflejaba una peculiar satisfacción. El Príncipe, no obstante, sólo advirtió la inadmisible falta de respeto que suponía para un simple guardia mostrarse tan familiar con la Princesa.
Una expresión de confusión se instaló en los principescos rostros; más, antes que el Príncipe o la Princesa pudieran decir otra palabra, el joven soldado desapareció, realizando un singular salto que lo llevó a perderse tras los arbustos, con rumbo al interior del palacio.
La tímida sonrisa asomando en el rostro de Serenity fue congelada por una irónica mueca de Endymion. El sabía perfectamente que Yuusuke obtendría toda la diversión que buscaba enfrascándose en un duelo con sus escoltas personales. Olvidado el incidente, decidió confrontar a aquélla irritante y mimada princesa rubia. ¡Nadie podía retarlo y salir indemne!
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Saltando entre los arbustos, completamente ajeno a los pensamientos de Endymion, Yuusuke avanzó hasta encontrar un jardín elevado, enteramente adornado con cerezos miniatura en plena floración. Inseguro sobre la dirección que debía seguir, caminó con cautela. Contempló por unos minutos el lugar y comprendió que se había desplazado en sentido opuesto al Salón del Trono; tal cosa lo confundió sobremanera, pues creía conocer bien el Palacio Dorado gracias a las frecuentes incursiones furtivas de la Princesa Serenity ¡Maldición! ¿Acaso nada le saldría bien esa noche?
Como si la orejona y trasnochadora Hada Lunar invocada anteriormente por él contestara a su pregunta, sus pies tropezaron con un pesado objeto haciéndole perder el equilibrio. Sintió como los espinosos setos le rasgaron las ropas, lastimándole la piel; luego, notó que caía más y más. arrastrando consigo infinidad de ramas, hasta que su intempestivo avance fue frenado por una superficie acuosa, en la cual se hundió sin remedio.
Tras unos desesperantes momentos, consiguió salir. Su cuerpo destelló al romper el agua, y por varios minutos no consiguió aclarar su visión, simplemente se limitó a permanecer fuertemente asido de un suave lienzo que había conseguido aferrar, por suerte, antes de caer.
Recuperando la tranquilidad continuó en la dirección marcada por el lienzo considerándolo una guía segura para salir de ahí. No se equivocó: la pieza era corta y terminaba en un curioso soporte, tan suave como blando, cuya consistencia no pudo identificar de inmediato.
─¡Cómo te atreves! ─exclamó, casi inaudiblemente, una voz femenina que se escuchó encima de su cabeza. Preocupado por la suerte que correrían tanto él como Serenity si los descubrían, apartó rápidamente las gotas de agua que aún enturbiaban su vista e intentó identificar la potencial amenaza.
Azorado miró hacia abajo descubriendo su mano aferrada al sedoso extremo de un batín. Y no solamente a tan lujosa prenda, sino también al sensual y terso muslo femenino que pretendía cubrir. Aún confundido, notó que los enormes ojos café de una chica, tan empapada como él, lo miraban con furia.
Totalmente boquiabierto y resintiendo aún los efectos del inesperado chapuzón permaneció inmóvil. Contemplando azorado unas perfectamente torneadas piernas, casi descubiertas por completo, y unos suaves senos bellamente definidos bajo la delicada tela. Los brazos femeninos eran suaves y estaban aferrando los de él intentando, obviamente, hacer que se apartara. Al percibir esto último, entendió finalmente el lío en que se había metido.
─Lo... lo... siento ─consiguió decir con vacilación. Y, esperando de todo corazón que su disculpa fuera bien recibida y que ella no se percatara de la Insignia Lunar en su arruinado atuendo, agregó:
─Venía caminando por el jardín y resbalé. No quise asustarla.
─¡Quítate! ─gritó ella. Y él comprendió que aún se encontraban los dos sobre el suelo. Avergonzado, la obedeció inmediatamente y miró hacia otro lado en espera de que ella recuperara la compostura.
Al recorrer el sitio con la mirada, notó que estaban en un onsen privado, contiguo a las habitaciones reales. Se preguntó, intrigado, porqué razón esa mujer se encontraba ahí, pues a ese lugar en particular sólo se podía llegar desde el dormitorio del Príncipe.
Sintiendo cierta timidez giró para volver a disculparse, con más formalidad de ser preciso... y se encontró con un bello, delicado, y suave; aunque muy violento y sólido puño, que se estrelló directo en su nariz enviándolo de nuevo al agua.
Un sólo destino perseguía mi ser,
Forjado desde el inicio del tiempo.
Mi ansioso espíritu sólo esperaba,
Una eterna promesa completar al fin.
El día que te conocí olvidé,
Aquéllo para lo cual nací.
Mi entera alma destrozaste,
De toda una hiciste mil.
Mi única y verdadera senda,
En mil direcciones partió.
En castigo por el pacto,
Que para siempre rompió.
¡Oh, Media Luna!
Dime, ¿Cuál fue tu belleza?
¿Acaso tu oscuridad a medias?
¿O fue a medias tu resplandor?
Millones de estrellas brillaban,
Cuando ante mí apareciste.
Resplandecías como un sueño,
Incluso más que la Luna Plena.
¡Oh, efímero resplandor!,
¡Oh, misteriosa oscuridad!
De ti y de ti surgió el amor
Bajo tu luz...
¡Media Luna!
Un lago cuajado de estrellas
despertó en mi este sentimiento
¡Un anhelo tan prohibido!
Que me llevó a más que amar.
Olvidados los milenios,
De indivisible existir.
Más allá del destino,
Tu mirada perseguí.
Sin importarme nada
¡Quise unirme a ti!
¿Acaso nunca seré feliz?
¿Qué es este dolor sin límites?
¿Qué, esta agonía eterna?
Quiero llorar, más no debo.
Si esto es amor ¿No he de reír?
Apenas dos corazones,
Bajo la noche del tiempo.
Fuimos sólo dos mortales,
Que compartían un anhelo.
¡Oh, Media Luna!
Dime, ¿Tan hermosa eres?
¿Porqué tu oscuridad refulge,
Mientras tu resplandor opaca?
Destruido el pacto divino,
La plegaria eterna olvido.
Y una vez que haya vencido,
Estarás siempre conmigo
Por ti y sólo por ti.
Por tu amor desesperado.
Habré de morir mil muertes,
Hasta llegar a tu lado.
Muy lejos ya estoy
Del cielo y la tierra
Más, ¡cuán feliz soy!.
Pues hacia ti voy...
¡Media Luna!.
