― ¿Estás preparado? -preguntó ella.
― Sí,
supongo -respondió David con un pronunciado bostezo-. ¿Dónde están
los demás?
― John aún no se despierta, y tu padre está
trabajando.
― ¿Un sábado?
― Dijo que es urgente, pero
seguramente regresará antes de que... ¿a qué hora dijiste que te
vas?
― Harry Potter dijo que después del mediodía.
―
Entonces será mejor que empiece a preparar el almuerzo.
En ese
momento sonó el timbre de la puerta. Evelin giró y cruzó la puerta
de la cocina. Unos segundos después se oyó el característico
sonido de la llave dentro del cerrojo; unos pasos cansados anunciaron
la llegada de Bean Harrison.
― ¡Buenos días querida familia!
-exclamó al entrar en la cocina, en un intento de ocultar su
abatimiento. Como me gusta verlos a todos juntos de nuevo.
―
Papá -dijo David-, falta John.
― Er... es cierto, por
supuesto, falta John, lo que pasa es que... -comenzó.
― ¿Qué
sucede? -preguntó Evelin, y en sus ojos hubo un destello de
pánico.
Bean dejó su portafolios sobre una de las sillas,
suspiró y explicó:
― Las cosas no están yendo bien en la
empresa últimamente. Estamos buscando las salidas que podamos tomar
para volver a ser lo de antes, pero es inútil.
― ¿Por qué la
gente no contrata más a la empresa para transportar sus cosas?
―
¡Si lo supiéramos! En fin, la semana que viene voy a empezar a
buscar nuevas opciones de trabajo... Por supuesto, no pienso
mencionarlo en la empresa, pero es algo necesario... ¡Ah, buenos
días, John! -agregó cuando su primogénito se unió al grupo.
El almuerzo fue abundante pero rápido
para David, quien probó su último bocado poco antes de que sonara
nuevamente el timbre. Dio un pequeño salto para incorporarse, corrió
hacia la puerta de entrada y luego volvió a la cocina para anunciar
que se marcharía en ese instante. Sus padres lo acompañaron hasta
la puerta (John emitió un gruñido y siguió comiendo su porción de
pollo).
― Lo traigo de vuelta esta tarde -dijo Harry con una
sonrisa.
Después de las cálidas despedidas, la puerta se cerró
y los dos magos caminaron por el tormentoso exterior. Cuando llegaron
al límite de la vereda, David supuso que esquivarían el auto que se
encontraba delante de ellos, pero se sorprendió al ver que Harry lo
bordeaba para colocarse del lado del conductor.
― Atrás, si no
te molesta -le dijo.
David abrió la puerta trasera y se llevo
tal sorpresa que olvidó entrar al auto. Allí ya había tres
jóvenes; pero no iban apretujados, sino que parecían realmente
cómodos. El coche debía de estar encantado para ser más
espacioso.
― ¡Hola! -saludaron los tres-. Ya puedes entrar, si
aún quieres venir.
Dos de los ocupantes eran hombres. David ya
conocía a uno de ellos: el pelirrojo, que parecía el mayor de
ellos, se llamaba James; lo había conocido en Hogwarts hacía unos
meses. El otro, que iba sentado al medio, era una versión
rejuvenecida de su padre. La persona que estaba más próxima a David
era una chica pelirroja, y muy hermosa. Ella debía de ser la
buscadora tan famosa que había tenido el equipo de Quidditch de
Gryffindor, porque aparentaba, cuanto mucho, unos veinte años.
David
entró al coche y se acomodó junto a la pelirroja, que no tardó en
dirigirle la palabra.
― Soy Lily. Nuestro padre nos habló
bastante de ti, en verdad a todos nos parece que...
― No es que
últimamente esté necesitando mucha publicidad¿verdad? -apuntó
James, y su hermano lanzó una carcajada al aire.
― No creo que
sea un motivo de burla, James, querido -dijo la voz de una mujer, y
una cara muy parecida a la de la chica giró para verlos-. Hola,
David. Yo soy Ginny -le sonrió-. No le hagas caso a James, se cree
gracioso.
― Hola -saludó David tímidamente.
― No lo
dije con mala intención, mamá -dijo James, indignado-. Además no
me creo gracioso; muchos dicen que sí lo soy.
Ginny guiñó un
ojo y volvió su mirada al frente.
―
¿Por qué no podemos aparecernos? -preguntó el chico que era
idéntico a Harry-. Por cierto, soy Albus -extendió su mano y
estrechó la de David.
― David todavía es muy chico para
aparecerse. Además los muggles
se sobresaltarían si ven aparecer a seis personas de la
nada.
¿Había muggles en un zoológico mágico? David no se
atrevió a preguntar, porque estaba bastante cohibido por la
situación.
― ¿Cuánto falta? -preguntó Lily.
― Si
apretara este botón... -dijo Harry, e hizo un ademán con su mano
derecha, apuntando a un botón rojo que había junto al volante.
―
Pero no lo apretarás, sería demasiado peligroso. Veinte minutos,
cariño.
El viaje fue bastante tranquilo. El auto marchaba a la
velocidad adecuada para tratarse de las calles de Londres. A David le
sorprendió que los magos utilizasen autos; se había imaginado que
todos viajaban por Polvos Flú,
como él mismo había hecho el año pasado, o se aparecían,
como había dicho Albus. Sin embargo, viajar en los vehículos a los
cuales estaba acostumbrado le provocaba más comodidad.
James
consumió el tiempo contemplando el mundo muggle que se abría al
otro lado de su ventana; Lily conversaba animadamente con sus padres,
y Albus parecía absorto en sus pensamientos. Harry manejaba
medianamente bien, ya que, aunque de vez en cuando hacía alguna
maniobra innecesaria o complicada, no sufrieron ningún sobresalto
durante el recorrido.
Por
fin, llegaron a destino. O al menos eso parecía, porque el auto se
detuvo.
― ¿Están seguros de que es aquí? -preguntó David,
contemplando el exterior a través de su ventanilla, sin
comprender.
Ya había estado allí. De hecho, había visitado ese
zoológico en incontables ocasiones. Los muggles
entraban y salían por aquella gran y majestuosa entrada, dispuestos
a pasar una agradable jornada en el Zoológico de Londres. Pero nada
parecía indicar que hubiese algún zoológico mágico, o algo por el
estilo. Todo seguía siendo tan usual y tan poco encantado como lo
había sido cada vez que David había visitado aquel lugar.
―
Por supuesto que es aquí. Bajen del auto -indicó Harry, y abrió su
puerta.
Los demás imitaron la acción, de modo que a los pocos
segundos se encontraron caminando entre la multitud. Sobre la puerta
principal, en un gran cartel, se leía el nombre del zoológico;
David y los Potter se dirigieron hacia allí, pero giraron de
imprevisto hacia la derecha. Lo hicieron porque en ese lugar, lejos
de la atención de los interesados visitantes, se erguía una
descuidada jaula de madera podrida.
Harry avanzó primero, subió
por los escalones de la jaula -que crujieron bajo su escaso peso- y
entró a ella. Acto seguido, todos los miembros de su familia, y
David, hicieron lo mismo.
Harry y los Potter miraron en todas las
direcciones, comprobando que no había nadie observándolos, y el
padre de familia habló con claridad:
― Queremos visitar el
Zoológico Exótico Scamander.
A David le pareció que estaban
siendo transportados a una velocidad impensable. La gente, los
animales, y los puestos de comida quedaron atrás en una pequeña
fracción de segundo.
Ahora se encontraban en un lugar mucho más
elegante y bien cuidado. La jaula ya no era tal cosa, sino un
acogedor claro bordeado de árboles. Sin duda se encontraban en el
linde de un espeso bosque. Y, frente a ellos, había una gran
construcción con paredes, torres y detalles extraños. La gran
entrada era bastante parecida a la que habían visto hacía escasos
minutos, pero David notó una ligera diferencia: ya no decíaZoológico de Londres,
sino Zoológico Exótico Scamander.
Recorrieron el trecho que los separaba de la puerta con mucha emoción
y excitación.
Junto a la entrada había un hombre cuya expresión
no dejaba en claro si estaba aburrido o simplemente no sabía dónde
estaba su lado derecho.
― Seis entradas, por favor -dijo
Harry.
El guardia, sin salir de su aparente ausencia, movió la
varita con gran pasividad y seis extraños boletos aparecieron en las
manos de los visitantes. A continuación Harry entregó el dinero,
saludó con un movimiento de cabeza y siguió caminando, seguido por
los demás, hasta unas grandes rejas formadas, aparentemente, por una
intensa luz azul.
― Ni se les ocurra cruzar sin pagar -observó
Harry. Tomó su boleto y lo colocó con sumo cuidado sobre las rejas
mágicas. Éstas se desvanecieron, y Harry caminó sin
preocupaciones; pero en cuanto el último átomo de su cuerpo ingresó
al zoológico, las rejas reaparecieron. Los demás lo imitaron con
naturalidad, y pudieron contemplar la inmensidad de aquel
lugar.
Caminaron con lentitud durante unos segundos, sin dejar de
girar la cabeza de un lado hacia otro, intentando abarcar aquella
vastedad con los ojos. Aquí y allá se paseaban hechiceros curiosos,
brujas con niños de la mano y, además, adolescentes que a David le
pareció haber visto en Hogwarts.
― ¡Hola! -dijo de pronto una
voz a su derecha.
Junto a ellos había una mujer de cabellos
rubios que tenía una expresión similar a la del guardia de la
entrada, aunque mucho más alegre y amigable. Llevaba una camiseta muy
extraña, ya que rezaba en letras azules: "Yo vi un snorkack
de cuernos arrugados".
―
¡Hola, Luna! -contestó Harry, y Ginny sonrió en señal de saludo.
Los tres hijos del matrimonio inclinaron la cabeza.
― ¿Qué
hacen? -preguntó la mujer llamada Luna, en un tono de total
despreocupación.
― Vinimos a visitar el zoológico -comentó
Ginny, como era obvio-. Traemos un acompañante esta vez.
La
mujer palmeó la espalda de David, quien intentó esconderse detrás
de Albus.
― Ah... eres el chico David Harrison¿verdad? Te vi
en una foto de El Profeta
-aseguró Luna, y escudriñó cada centímetro de David con
pasividad-. Yo no creo que seas tan malo -agregó, con su ya habitual
tono de indiferencia.
― Er... gracias... -contestó David, que
no logró encontrar otra palabra.
― Por supuesto que no es malo
-observó Harry-. Vamos, Luna, dijiste que había una sorpresa
esperando por mí. ¡Ya quiero verla!
― No es nada muy
emocionante, en realidad... pero tengo entendido que te gustan...
aunque no sé cómo puedes preferir ver uno de esos a contemplar un
verdadero snor...
Pero
no completó su frase, porque una voz volvió a hacerse escuchar en
un saludo, muy cerca de ellos:
― ¡Hola!
Esta vez era un
hombre. A pesar de su verdadera edad, los rastros de el tiempo no se
notaban -algo no muy extraño en el mundo mágico-. Tenía el mismo
aspecto soñador que la mujer de cabellos rubios. Lo que David no
sabía era que, en efecto, esa mujer era su esposa.
― ¡Hola,
Rolf! -saludó esta vez Ginny.
― ¡Hola! -dijeron los
demás.
Desde ese momento, todos excepto David se enfrascaron en
una interesante conversación. Éste, por su parte, pidió permiso
para ir a ver animales, porque la curiosidad lo estaba matando.
Caminó por amplios pasillos, todos tan repletos de gente como
cualquier zoológico normal. Pasó junto a jaulas que contenían
animales mágicos, aunque éstos no eran tan poco comunes
como él hubiese pensado. Pero, como supuso, a medida que avanzara
encontraría criaturas para todos los gustos. Le interesaron bastante
los hipogrifos, quizás por el hecho de que sentía atracción por
cualquier tipo de ave y esa era, realmente, muy exótica. Los
unicornios también le llamaron la atención, porque había leído
muchas historias sobre ellos en cuentos muggles.
Su
recorrido continuó por unos minutos, escuchando a los magos y
hechiceras destinados a enseñar sobre las criaturas del zoológico...
de hecho, se distrajo tanto, que cuando miró hacia atrás los Potter
ya no estaban.
Intentando mantener la calma, miró a su
alrededor. Harry le había dicho a esa mujer que quería ver una
criatura, al parecer, bastante fascinante, por lo que no debía de
estar muy lejos de allí. Emprendió la marcha con rapidez pero sin
dejar de buscar aquella cabellera alborotada que caracterizaba a supadrino.
Por fin,
después de que su desesperación fuera en aumento a un ritmo
indeseable, lo vio. Estaba junto a su familia y el otro matrimonio;
todos miraban algo que David no lograba distinguir, porque un pequeño
grupo de personas obstruían su visión. Se acercó con alivio,
colocándose junto a Harry, que parecía compenetrado por lo que
veía. David quiso saber qué era lo que estaba robando la atención
de el mago, así que miró en la misma dirección, y lo comprendió
al instante.
Dentro de una gran jaula había un gran pájaro de
vivos colores; cada una de las plumas rojas y doradas parecía haber
sido colocada con sumo cuidado y en el lugar adecuado. Una larga cola
del color del oro indicaba la parte trasera del ave, que dormía
posado sobre un trapecio.
Harry, que hasta ese momento no había
desviado su atención, se dirigió a David:
― ¿Qué te parece¿Te gusta?
― Por supuesto que le gusta -apuntó Ginny-.
Después de todo, es un fénix.
El
verbo gustar no era lo
suficientemente amplio como para explicar lo que David sentía al
observar aquel pájaro. El hacerlo provocaba que un líquido caliente
circulara por sus venas, reconfortándolo y haciendo que olvidase
todo lo que había a su alrededor. Pero eso no era lo único que
había en su mente.
Recorrió la enorme jaula con la vista. No
podía creerlo pero él, hacía apenas unos meses, había estado allí
dentro; estaba seguro de eso. Miro hacia atrás, y vio que la
luminosidad de las rejas mágicas se colaba por un pequeño hueco; él
había visto esa luz, mucho más intensa y de un color turquesa por
la oscuridad de la noche. Entonces enfocó su vista nuevamente en el
animal; había despertado, y David podría haber jurado que guiñó
un ojo en su dirección. ¿Sería posible que...?
― ¿Pero cómo
es que no escapa, Rolf? Tengo entendido que los fénix pueden
aparecerse -preguntó Albus.
― De hecho hace poco que lo
trajimos aquí. Lo mantuvimos en otro lugar durante mucho tiempo,
hasta que logramos establecer hechizos anti desaparición lo
suficientemente eficaces como para evitar que el animal se escape.
Sería algo terrible, la verdad. Desde que está aquí, hace unos
pocos meses, las visitas aumentaron.
― Bueno -dijo Harry con
firmeza-, no lo dudo. Pero tener un fénix en cautiverio no es nada
divertido. Son unas criaturas demasiado increíbles como para estar
encerrados todo el día.
Después de una breve discusión sobre la gravedad de tener aquel animal en cautiverio, los Potter decidieron volver a casa. Todos salieron del zoológico muy felices -aunque Harry todavía murmuraba palabras como "crimen" y "locura"-, pero David se llevó algo más que una bonita experiencia de aquel lugar. En el fondo supo que volvería a ver a ese fénix. O, tal vez, volvería a ver desde ese fénix.
