El amanecer mostró que unas nubes furiosas decoraban el cielo, como pocas veces se había visto en aquel verano. David se incorporó y miró de reojo el reloj mientras terminaba de ponerse la camiseta. Eran las once y diez minutos, lo que significaba que en una hora, o un poco más, Harry vendría junto a su familia para llevarlo a un zoológico mágico. Salió de su habitación con prisa, cruzó la sala y se adentró en la cocina, cuya única ocupante era Evelin, que estaba lavando algunas vajillas.

― ¿Estás preparado? -preguntó ella.
― Sí, supongo -respondió David con un pronunciado bostezo-. ¿Dónde están los demás?
― John aún no se despierta, y tu padre está trabajando.
― ¿Un sábado?
― Dijo que es urgente, pero seguramente regresará antes de que... ¿a qué hora dijiste que te vas?
― Harry Potter dijo que después del mediodía.
― Entonces será mejor que empiece a preparar el almuerzo.
En ese momento sonó el timbre de la puerta. Evelin giró y cruzó la puerta de la cocina. Unos segundos después se oyó el característico sonido de la llave dentro del cerrojo; unos pasos cansados anunciaron la llegada de Bean Harrison.
― ¡Buenos días querida familia! -exclamó al entrar en la cocina, en un intento de ocultar su abatimiento. Como me gusta verlos a todos juntos de nuevo.
― Papá -dijo David-, falta John.
― Er... es cierto, por supuesto, falta John, lo que pasa es que... -comenzó.
― ¿Qué sucede? -preguntó Evelin, y en sus ojos hubo un destello de pánico.
Bean dejó su portafolios sobre una de las sillas, suspiró y explicó:
― Las cosas no están yendo bien en la empresa últimamente. Estamos buscando las salidas que podamos tomar para volver a ser lo de antes, pero es inútil.
― ¿Por qué la gente no contrata más a la empresa para transportar sus cosas?
― ¡Si lo supiéramos! En fin, la semana que viene voy a empezar a buscar nuevas opciones de trabajo... Por supuesto, no pienso mencionarlo en la empresa, pero es algo necesario... ¡Ah, buenos días, John! -agregó cuando su primogénito se unió al grupo.

El almuerzo fue abundante pero rápido para David, quien probó su último bocado poco antes de que sonara nuevamente el timbre. Dio un pequeño salto para incorporarse, corrió hacia la puerta de entrada y luego volvió a la cocina para anunciar que se marcharía en ese instante. Sus padres lo acompañaron hasta la puerta (John emitió un gruñido y siguió comiendo su porción de pollo).
― Lo traigo de vuelta esta tarde -dijo Harry con una sonrisa.
Después de las cálidas despedidas, la puerta se cerró y los dos magos caminaron por el tormentoso exterior. Cuando llegaron al límite de la vereda, David supuso que esquivarían el auto que se encontraba delante de ellos, pero se sorprendió al ver que Harry lo bordeaba para colocarse del lado del conductor.
― Atrás, si no te molesta -le dijo.
David abrió la puerta trasera y se llevo tal sorpresa que olvidó entrar al auto. Allí ya había tres jóvenes; pero no iban apretujados, sino que parecían realmente cómodos. El coche debía de estar encantado para ser más espacioso.
― ¡Hola! -saludaron los tres-. Ya puedes entrar, si aún quieres venir.
Dos de los ocupantes eran hombres. David ya conocía a uno de ellos: el pelirrojo, que parecía el mayor de ellos, se llamaba James; lo había conocido en Hogwarts hacía unos meses. El otro, que iba sentado al medio, era una versión rejuvenecida de su padre. La persona que estaba más próxima a David era una chica pelirroja, y muy hermosa. Ella debía de ser la buscadora tan famosa que había tenido el equipo de Quidditch de Gryffindor, porque aparentaba, cuanto mucho, unos veinte años.
David entró al coche y se acomodó junto a la pelirroja, que no tardó en dirigirle la palabra.
― Soy Lily. Nuestro padre nos habló bastante de ti, en verdad a todos nos parece que...
― No es que últimamente esté necesitando mucha publicidad¿verdad? -apuntó James, y su hermano lanzó una carcajada al aire.
― No creo que sea un motivo de burla, James, querido -dijo la voz de una mujer, y una cara muy parecida a la de la chica giró para verlos-. Hola, David. Yo soy Ginny -le sonrió-. No le hagas caso a James, se cree gracioso.
― Hola -saludó David tímidamente.
― No lo dije con mala intención, mamá -dijo James, indignado-. Además no me creo gracioso; muchos dicen que sí lo soy.
Ginny guiñó un ojo y volvió su mirada al frente.

― ¿Por qué no podemos aparecernos? -preguntó el chico que era idéntico a Harry-. Por cierto, soy Albus -extendió su mano y estrechó la de David.
― David todavía es muy chico para aparecerse. Además los muggles se sobresaltarían si ven aparecer a seis personas de la nada.
¿Había muggles en un zoológico mágico? David no se atrevió a preguntar, porque estaba bastante cohibido por la situación.
― ¿Cuánto falta? -preguntó Lily.
― Si apretara este botón... -dijo Harry, e hizo un ademán con su mano derecha, apuntando a un botón rojo que había junto al volante.
― Pero no lo apretarás, sería demasiado peligroso. Veinte minutos, cariño.
El viaje fue bastante tranquilo. El auto marchaba a la velocidad adecuada para tratarse de las calles de Londres. A David le sorprendió que los magos utilizasen autos; se había imaginado que todos viajaban por Polvos Flú, como él mismo había hecho el año pasado, o se aparecían, como había dicho Albus. Sin embargo, viajar en los vehículos a los cuales estaba acostumbrado le provocaba más comodidad.
James consumió el tiempo contemplando el mundo muggle que se abría al otro lado de su ventana; Lily conversaba animadamente con sus padres, y Albus parecía absorto en sus pensamientos. Harry manejaba medianamente bien, ya que, aunque de vez en cuando hacía alguna maniobra innecesaria o complicada, no sufrieron ningún sobresalto durante el recorrido.

Por fin, llegaron a destino. O al menos eso parecía, porque el auto se detuvo.
― ¿Están seguros de que es aquí? -preguntó David, contemplando el exterior a través de su ventanilla, sin comprender.
Ya había estado allí. De hecho, había visitado ese zoológico en incontables ocasiones. Los muggles entraban y salían por aquella gran y majestuosa entrada, dispuestos a pasar una agradable jornada en el Zoológico de Londres. Pero nada parecía indicar que hubiese algún zoológico mágico, o algo por el estilo. Todo seguía siendo tan usual y tan poco encantado como lo había sido cada vez que David había visitado aquel lugar.
― Por supuesto que es aquí. Bajen del auto -indicó Harry, y abrió su puerta.
Los demás imitaron la acción, de modo que a los pocos segundos se encontraron caminando entre la multitud. Sobre la puerta principal, en un gran cartel, se leía el nombre del zoológico; David y los Potter se dirigieron hacia allí, pero giraron de imprevisto hacia la derecha. Lo hicieron porque en ese lugar, lejos de la atención de los interesados visitantes, se erguía una descuidada jaula de madera podrida.
Harry avanzó primero, subió por los escalones de la jaula -que crujieron bajo su escaso peso- y entró a ella. Acto seguido, todos los miembros de su familia, y David, hicieron lo mismo.
Harry y los Potter miraron en todas las direcciones, comprobando que no había nadie observándolos, y el padre de familia habló con claridad:
― Queremos visitar el Zoológico Exótico Scamander.
A David le pareció que estaban siendo transportados a una velocidad impensable. La gente, los animales, y los puestos de comida quedaron atrás en una pequeña fracción de segundo.
Ahora se encontraban en un lugar mucho más elegante y bien cuidado. La jaula ya no era tal cosa, sino un acogedor claro bordeado de árboles. Sin duda se encontraban en el linde de un espeso bosque. Y, frente a ellos, había una gran construcción con paredes, torres y detalles extraños. La gran entrada era bastante parecida a la que habían visto hacía escasos minutos, pero David notó una ligera diferencia: ya no decíaZoológico de Londres, sino Zoológico Exótico Scamander. Recorrieron el trecho que los separaba de la puerta con mucha emoción y excitación.
Junto a la entrada había un hombre cuya expresión no dejaba en claro si estaba aburrido o simplemente no sabía dónde estaba su lado derecho.
― Seis entradas, por favor -dijo Harry.
El guardia, sin salir de su aparente ausencia, movió la varita con gran pasividad y seis extraños boletos aparecieron en las manos de los visitantes. A continuación Harry entregó el dinero, saludó con un movimiento de cabeza y siguió caminando, seguido por los demás, hasta unas grandes rejas formadas, aparentemente, por una intensa luz azul.
― Ni se les ocurra cruzar sin pagar -observó Harry. Tomó su boleto y lo colocó con sumo cuidado sobre las rejas mágicas. Éstas se desvanecieron, y Harry caminó sin preocupaciones; pero en cuanto el último átomo de su cuerpo ingresó al zoológico, las rejas reaparecieron. Los demás lo imitaron con naturalidad, y pudieron contemplar la inmensidad de aquel lugar.
Caminaron con lentitud durante unos segundos, sin dejar de girar la cabeza de un lado hacia otro, intentando abarcar aquella vastedad con los ojos. Aquí y allá se paseaban hechiceros curiosos, brujas con niños de la mano y, además, adolescentes que a David le pareció haber visto en Hogwarts.
― ¡Hola! -dijo de pronto una voz a su derecha.
Junto a ellos había una mujer de cabellos rubios que tenía una expresión similar a la del guardia de la entrada, aunque mucho más alegre y amigable. Llevaba una camiseta muy extraña, ya que rezaba en letras azules: "Yo vi un snorkack de cuernos arrugados".
― ¡Hola, Luna! -contestó Harry, y Ginny sonrió en señal de saludo. Los tres hijos del matrimonio inclinaron la cabeza.
― ¿Qué hacen? -preguntó la mujer llamada Luna, en un tono de total despreocupación.
― Vinimos a visitar el zoológico -comentó Ginny, como era obvio-. Traemos un acompañante esta vez.
La mujer palmeó la espalda de David, quien intentó esconderse detrás de Albus.
― Ah... eres el chico David Harrison¿verdad? Te vi en una foto de El Profeta -aseguró Luna, y escudriñó cada centímetro de David con pasividad-. Yo no creo que seas tan malo -agregó, con su ya habitual tono de indiferencia.
― Er... gracias... -contestó David, que no logró encontrar otra palabra.
― Por supuesto que no es malo -observó Harry-. Vamos, Luna, dijiste que había una sorpresa esperando por mí. ¡Ya quiero verla!
― No es nada muy emocionante, en realidad... pero tengo entendido que te gustan... aunque no sé cómo puedes preferir ver uno de esos a contemplar un verdadero snor...
Pero no completó su frase, porque una voz volvió a hacerse escuchar en un saludo, muy cerca de ellos:
― ¡Hola!
Esta vez era un hombre. A pesar de su verdadera edad, los rastros de el tiempo no se notaban -algo no muy extraño en el mundo mágico-. Tenía el mismo aspecto soñador que la mujer de cabellos rubios. Lo que David no sabía era que, en efecto, esa mujer era su esposa.
― ¡Hola, Rolf! -saludó esta vez Ginny.
― ¡Hola! -dijeron los demás.
Desde ese momento, todos excepto David se enfrascaron en una interesante conversación. Éste, por su parte, pidió permiso para ir a ver animales, porque la curiosidad lo estaba matando. Caminó por amplios pasillos, todos tan repletos de gente como cualquier zoológico normal. Pasó junto a jaulas que contenían animales mágicos, aunque éstos no eran tan poco comunes como él hubiese pensado. Pero, como supuso, a medida que avanzara encontraría criaturas para todos los gustos. Le interesaron bastante los hipogrifos, quizás por el hecho de que sentía atracción por cualquier tipo de ave y esa era, realmente, muy exótica. Los unicornios también le llamaron la atención, porque había leído muchas historias sobre ellos en cuentos muggles.
Su recorrido continuó por unos minutos, escuchando a los magos y hechiceras destinados a enseñar sobre las criaturas del zoológico... de hecho, se distrajo tanto, que cuando miró hacia atrás los Potter ya no estaban.
Intentando mantener la calma, miró a su alrededor. Harry le había dicho a esa mujer que quería ver una criatura, al parecer, bastante fascinante, por lo que no debía de estar muy lejos de allí. Emprendió la marcha con rapidez pero sin dejar de buscar aquella cabellera alborotada que caracterizaba a supadrino.
Por fin, después de que su desesperación fuera en aumento a un ritmo indeseable, lo vio. Estaba junto a su familia y el otro matrimonio; todos miraban algo que David no lograba distinguir, porque un pequeño grupo de personas obstruían su visión. Se acercó con alivio, colocándose junto a Harry, que parecía compenetrado por lo que veía. David quiso saber qué era lo que estaba robando la atención de el mago, así que miró en la misma dirección, y lo comprendió al instante.
Dentro de una gran jaula había un gran pájaro de vivos colores; cada una de las plumas rojas y doradas parecía haber sido colocada con sumo cuidado y en el lugar adecuado. Una larga cola del color del oro indicaba la parte trasera del ave, que dormía posado sobre un trapecio.
Harry, que hasta ese momento no había desviado su atención, se dirigió a David:
― ¿Qué te parece¿Te gusta?
― Por supuesto que le gusta -apuntó Ginny-. Después de todo, es un fénix.
El verbo gustar no era lo suficientemente amplio como para explicar lo que David sentía al observar aquel pájaro. El hacerlo provocaba que un líquido caliente circulara por sus venas, reconfortándolo y haciendo que olvidase todo lo que había a su alrededor. Pero eso no era lo único que había en su mente.
Recorrió la enorme jaula con la vista. No podía creerlo pero él, hacía apenas unos meses, había estado allí dentro; estaba seguro de eso. Miro hacia atrás, y vio que la luminosidad de las rejas mágicas se colaba por un pequeño hueco; él había visto esa luz, mucho más intensa y de un color turquesa por la oscuridad de la noche. Entonces enfocó su vista nuevamente en el animal; había despertado, y David podría haber jurado que guiñó un ojo en su dirección. ¿Sería posible que...?
― ¿Pero cómo es que no escapa, Rolf? Tengo entendido que los fénix pueden aparecerse -preguntó Albus.
― De hecho hace poco que lo trajimos aquí. Lo mantuvimos en otro lugar durante mucho tiempo, hasta que logramos establecer hechizos anti desaparición lo suficientemente eficaces como para evitar que el animal se escape. Sería algo terrible, la verdad. Desde que está aquí, hace unos pocos meses, las visitas aumentaron.
― Bueno -dijo Harry con firmeza-, no lo dudo. Pero tener un fénix en cautiverio no es nada divertido. Son unas criaturas demasiado increíbles como para estar encerrados todo el día.

Después de una breve discusión sobre la gravedad de tener aquel animal en cautiverio, los Potter decidieron volver a casa. Todos salieron del zoológico muy felices -aunque Harry todavía murmuraba palabras como "crimen" y "locura"-, pero David se llevó algo más que una bonita experiencia de aquel lugar. En el fondo supo que volvería a ver a ese fénix. O, tal vez, volvería a ver desde ese fénix.