CAPITULO 2
AMARGOS RECUERDOS
Hermione Granger subió apresuradamente dentro de una de las ya bien conocidas carretas, tiradas por thestrals, y recordó con añoranza aquellos días en que no podía verlos, pues no había presenciado aún la muerte de nadie.
Vestía a la usanza muggle; jeans y suéter gris. Siempre lo había considerado más cómodo. Se acercaba el final de la tarde, y por una de las ventanas de la carreta, se podía observar un maravilloso atardecer.
La chica sostenía en sus manos algo que miraba detenidamente; era una sección del diario del Profeta. En ésta se podía ver una foto, que ocupaba la mayor parte de la hoja, en la que dos chicos, ambos con túnica de Aurores, sonreían y posaban con su varita en mano. En el encabezado de la hoja se podía leer con letras grandes:
AURORES EXTRAORDINARIOS: Practicantes de la magia oscura; ¡Cuidado! Potter y Weasley siempre al asecho.
Hermione Granger dejó escapar un sollozo y una lágrima cayó sobre el pergamino que sostenía. Aunque ella quisiera que ya no fuera así, no podía evitarlo; los extrañaba inmensamente, y, aun cuando ya habían pasado algunos años, no podía dejar de sentir la ausencia de sus amigos, desde aquel día en que se había alejado de ellos.
Miró hacia fuera por la ventana de la carreta, y al fin pudo divisar el lugar a donde se dirigía; el majestuoso castillo de Hogwarts, Escuela de Magia y Hechicería.
Unos momentos más tarde, la carreta se detuvo y la chica bajó. Conjuró un encantamiento locomotor y un baúl se desmontó de la carreta y comenzó a seguirla mientras ella caminaba. Atravesó las pesadas puertas de la entrada del castillo, y una vez dentro, sus ojos no pudieron impedir la inmediata trayectoria que tomaron; ávidamente buscaban algo al fondo del vestíbulo. Caminó hasta ahí y se detuvo, tratando lo más posible de mantener una respiración ecuánime
Sobre uno de los muros se encontraba una placa brillante, en la cual había varios nombres grabados. Con su mano recorrió uno de ellos: Hermione Granger. Esa era ella, sin embargo, la Hermione de esos tiempos era diferente, tenía dentro ese espíritu que buscaba aventura, el espíritu que la hacía arriesgar todo lo que fuera necesario por sus amigos. La Hermione de ahora, en cambio, ni siquiera les respondía sus cartas. Parecía que toda la rebeldía que había conseguido en sus tiempos de estudiante, se hubiera esfumado de nuevo.
Siguió repasando suavemente la placa con sus dedos, hasta llegar otro nombre: Ronald Weasley. Pudo sentir incluso como su corazón palpito mas fuerte al recordar lo que alguna vez le hizo sentir. El estar ahí leyendo su nombre, la hizo sonreír, recordando cuando la salvo de aquel troll y lo valiente que había sido al aceptar sacrificarse en el ajedrez mágico gigante. Desde aquellos días lo había encontrado extrañamente encantador. De pronto otro recuerdo irrumpió en sus pensamientos: Los labios de Ron, y como lo besó con desesperación y ternura aquel día de la batalla final, antes de que él le respondiera el beso efusivamente, levantándola incluso un poco del suelo. Hermione detuvo bruscamente la oleada de recuerdos, al darse cuenta que aún generaban ardor en su estómago, y con determinación llevó su mirada al siguiente nombre: Harry Potter. Su gran amigo, aquel que había sido un verdadero hermano para ella, y recordó cuando llegó apresurado a la sala común de Gryffindor, aun sonrojado por haber dado su primer beso. Si, esos eran lindos recuerdos.
Al final de la placa, en la que había muchos otros nombres de magníficos magos que habían conformado La Orden del Fénix, se encontraba otra inscripción:
A la valentía más allá de la valentía.
Dedicado a aquellos que compartieron la luz de su espíritu, para limpiar la oscuridad que había en nuestro mundo.
Mas imágenes arribaron a su mente, se vio a ella misma con varias heridas en la cara, cansada más siempre insistente, sus amigos estaban con ella, heridos también, cansados de esperar, temiendo que el final llegara para todos en cualquier momento. Ya había habido demasiados sacrificios, no querían ni uno más, y sin embargo uno tras otro fueron cayendo personas queridas, Lupin, Tonks, Fred. Podía sentir otra vez el dolor no sólo de ella, sino de todos, el miedo, la incertidumbre. Sentía desgastada el alma y deshecho el corazón, ante el final victorioso de una guerra en la que habían perdido demasiado. Si tan sólo pudiera deshacerse de aquellas pesadillas que todavía la cazaban por las noches.
Abrumada por todos los recuerdos que se amotinaban en su mente y con los ojos llenos de lagrimas, Hermione soltó un suspiro y recargo su espalda en una de las frías paredes del castillo, lentamente fue bajando hasta sentarse en el suelo abrazando sus rodillas; miro su mano derecha, en la que aun sostenía el diario del Profeta, y decididamente la puso boca-abajo en el suelo.
Una dulce y firme voz interrumpió de repente sus diálogos internos.
"Bienvenida a Hogwarts nuevamente, Profesora Granger." Dijo McGonagall sonriendo. Hermione la miro sorprendida y rápidamente se levanto del suelo. "No tiene idea la alegría que me da recibirla de nuevo aquí."
"Profesora McGonagall…" Dijo Hermione sonriendo. Se sentía feliz de verla; no era un secreto que siempre había sido su favorita, y creía son absoluta certeza, que Hogwarts no podría haberse quedado en mejores manos. Sin embargo estaba un poco impactada, McGonagall se veía más acabada que la última vez, y era sorprendente ver así a una mujer que siempre se había mostrado fuerte y resistente a cualquier cosa. "Me alegro mucho de verla, y si… debo decir que estoy muy alegre también de estar aquí, ya extrañaba Hogwarts."
"No hay necesidad de mentir, Hermione, se perfectamente cómo te sientes." Dijo dulcemente la Directora de la escuela, dejando a un lado las formalidades del trabajo y hablándole de mujer a mujer. "Sin embargo, te hemos echado mucho de menos en las reuniones anuales del día de la Victoria."
Hermione bajó la mirada, y sintiéndose un poco avergonzada, buscó las palabras correctas para continuar "Lo siento. En verdad no miento cuando digo que los he extrañado a todos… pero fueron tiempos muy difíciles, profesora…"
"Y es más difícil cuando decides vivirlo sola, Hermione." Respondió con una mirada que parecía algo severa. Hermione bajo la mirada, sabía que no tenia caso decir nada más, la Directora notó la tristeza en la expresión de su rostro y decidió poner fin a la conversación, era mejor que la chica tuviera un momento a solas para re-adaptarse a su regreso, por lo que le dijo. "Sea como sea, aun hay tiempo para corregir errores. Por ahora supongo que está cansada, Profesora; La llevaré a su estancia."
Momentos después Hermione se encontraba ya en su habitación, era grande y sin lugar a dudas, en nada parecida al antiguo dormitorio de sus años de escuela en Hogwarts, y que tenía que compartir con otras chicas; este era todo para ella, con un escritorio que le serviría para preparar sus clases. Se alegró al ver que había suficiente espacio en unas repisas para acomodar los libros que tenía en su baúl. Sobre el escritorio había una ventana que daba hacia los campos de Quidditch y frente a él, un pequeño y cómodo sofá. Del otro lado de la habitación se encontraba un ropero mágico, perfecto para cualquier mujer, ya que siempre tenía espacio, junto al ropero estaba una puerta que llevaba a su baño privado, y por supuesto estaba lo que más anhelaba en ese momento; una enorme cama con dos almohadas grandes y esponjosas que no tardó en comprobar, para cerciorarse de que eran tan cómodas como se veían. "Ya habrá tiempo mañana para desempacar" Pensó, mientras cansada se acomodaba bajo las cobijas y en menos de cinco minutos quedó profundamente dormida.
