Capítulo 2
Residencia de Harold y Amelia Whitherspoon
Hace 25 años
Los días previos a la Navidad
Amelia miró a su hijo y Evelyn que, sentados en la alfombra frente a la chimenea encendida, estaban absortos en un juego de ajedrez.
Todavía no estaba muy segura de cómo fue que se las arregló Mathew, dos días antes, para que la idea de que Evelyn se mudara a dormir a su cuarto sonara a algo que se le había ocurrido a ella.
Un segundo Amelia comentaba que tal vez Evelyn había logrado dormirse, esa primera noche que pasó en la casa, porque la presencia del muchacho le permitió relajarse. Y al siguiente momento él proponía el cambio en la distribución de cuartos.
"- Podríamos probar con la teoría de mamá – dijo con una inocencia que estaba segura era fingida –. Tal vez si duermo contigo puedas relajarte, como anoche, y no tengas más pesadillas. ¿Por qué no te mudas a mi cuarto esta noche y vemos qué pasa?"
Por supuesto, no pudo poner grandes objeciones razonables a este argumento, pero al menos había logrado que durmieran con la puerta abierta. Y no había habido más pesadillas.
Harold dejó sobre la mesa que estaba junto al sofá una de las cartas que habían llegado para él durante la tarde, pensativo.
- Evelyn, el abogado de tus abuelos me ha enviado una nota para preguntarme cuándo puede venir a leer los testamentos – dijo Harold.
La chica levantó la vista del juego de ajedrez, confundida.
- ¿Testamentos?
- Tus abuelos eran personas acaudalas. Lo lógico es que haya testamentos que deben ser leídos – replicó el mago –. ¿Te parece bien si le digo que venga pasado mañana por la tarde? Yo mañana tengo un compromiso.
- Sí… claro – la chica levantó un hombro –. Cuando usted pueda está bien para mí.
- ¿Y por qué no vamos nosotros a su oficina? – propuso Mathew –. Tengo que hacer mis compras de Navidad y supongo que tú también tendrás que hacer las tuyas, Eve. Podríamos aprovechar el viaje e ir a verlo.
Evelyn lo miró consternada, sin saber cómo decirle que ella no podía hacer compras navideñas porque no tenía un knout partido por la mitad, cuando Harold le evitó el bochorno.
- Ustedes dos no saldrán de esta casa hasta que terminen las vacaciones y vuelvan al colegio.
Una de las piezas capturadas por Mathew voló por la alfombra cuando él hizo un movimiento brusco con la mano, por el asombro.
- ¿De qué hablas?
- Hablo de que existen varias medidas de seguridad que todos vamos a tomar en cuenta estas dos semanas. Por si no lo has notado, el Innombrable intentó hacerte daño hace un mes atrás y tanto Dumbledore como nosotros pensamos que, por un tiempo, lo mejor es extremar las precauciones. La primera de ellas es que no pueden salir.
- Papá, somos perfectamente capaces de cuidarnos. Llevamos años haciéndolo.
- Mathew, no me importa si eres el mejor mago de la historia. Todo este asunto del bargaine es muy reciente. No se trata únicamente de tu seguridad personal sino también de la nuestra, así es que el asunto no está abierto a discusión– la voz de Harold era calmada, pero inflexible -. Sé que no puedo ordenarte que te quedes, pero estoy confiando en tu criterio y te lo estoy pidiendo.
Evelyn bajó la vista, resignada aunque no sorprendida. No recordaba un solo día de su vida en el cual hubiera podido moverse con libertad fuera de la casa de sus abuelos o de Hogwarts. Mathew, por otro lado, estaba furioso.
- ¡Esto es ridículo! ¿Acaso piensas que pasaremos el resto de nuestra vida encerrados?
- No, sólo estas dos semanas. Para cuando salgan del colegio la noticia del bargaine ya no será tan nueva y todos estaremos más… asentados.
- ¿Y cómo demonios se supone que haré mis compras navideñas? – preguntó molesto el muchacho.
- Si nos dan las listas, nosotros haremos las compras – dijo su madre, en tono conciliador.
Mathew los miró a ambos, viendo la preocupación y la obstinación brillar en los ojos de su padre. Sabía que Harold Whitherspoon podía ser muy terco cuando algo se le metía en la cabeza y que no daría su brazo a torcer, por mucho que él argumentara. Y aunque no había planeado estar encerrado esas dos semanas, tampoco quería pasarse el tiempo discutiendo.
Enfadado, se giró y clavó los ojos en Evelyn.
- ¿Y tú no vas a decir nada?
La chica le sonrió con tristeza y enderezó el caballo negro de su reina, que estaba caído.
- Bienvenido a mi mundo.
Mathew miró a su mejor amigo, que sentado en un sillón frente a él, se veía nervioso. Arthur Weasley era un joven agradable, de rostro amable y cabello rojo que comenzaba a ser más que escaso.
Llevaban allí sentados tres minutos en silencio. Arthur había llegado sorpresivamente a media tarde y, luego de excusar a su esposa por no haberlo acompañado ("Molly está con su madre, que no se encuentra del todo bien, y el bebé está con ella"), aceptó la taza de chocolate que Evelyn le había ofrecido antes de irse aduciendo que tenía que terminar el ensayo de Pociones.
Evelyn lamentaba por Mathew el que Molly no hubiese querido ir con Arthur a verlo. Sabía cuánto había estado esperando el joven poder charlar con ellos en persona, ya que por más que les había escrito desde Hogwarts luego de que el bargaine se hizo público, no había podido contarles la verdad sobre los cómo, cuándo y por qué.
Mathew sostuvo su taza entre las manos, intentando encontrar la manera de romper el incómodo silencio que, por primera vez, se instalaba entre él y Arthur.
- ¿Evelyn es el secreto que nunca pudiste contarme? – preguntó el joven mago de repente, mirándolo con fijeza.
- Sí – respondió, devolviéndole la mirada para que viera la franqueza en sus ojos –. Lo lamento. Le había prometido que nadie sabría acerca de nuestra amistad.
- ¿Y desde cuándo es que son amigos, exactamente?
- Nuestro primer viaje a Hogwarts.
Arthur asintió levemente y sorbió su chocolate, pensativo.
- ¿No te da miedo? – preguntó de repente.
Mathew levantó una ceja, esperando el inevitable comentario acerca de lo no recomendable que era tener una relación con alguien tan peligroso como Evelyn Bright. Sin embargo, decidió no verbalizar el comentario mordaz que tenía en la punta de la lengua y darle una oportunidad al mago sentado frente a él. Al fin y al cabo, había tratado a Evelyn con amabilidad y respeto.
- ¿Qué cosa?
- El estar con alguien que ha sido una fijación para el Innombrable desde que nació.
Mathew sonrió. Arthur era la persona más asombrosa que conocía.
- Con sinceridad, y negaré haber dicho esto si lo repites, tengo miedo todo el tiempo – respondió con sinceridad –. Pero la rabia que me provoca el daño que le hace con su fijación es mayor que el miedo.
Una vez más, el pelirrojo asintió, sorbiendo más chocolate.
- ¿Y ella vale la pena? – preguntó –. No te enfades pero, ¿vale la pena todo ese miedo y rabia?
Durante un segundo, Mathew clavó sus ojos en la nada. Luego los devolvió a la brillante mirada azul de Arthur Weasley.
- Vale la pena morir por ella.
Una lenta sonrisa de resignación apareció en el rostro de Arthur.
- ¡Diablos, viejo! Estás enamorado.
Mathew le sonrió.
- Hasta los huesos.
- ¿Y qué te parece este diseño para las telas del cubrecamas?
Evelyn miró el muestrario con atención, sin decidirse del todo. Ella y Amelia habían mirado pilas de muestrarios de colores, telas y entramados. Parecía que jamás terminarían con tanto detalle. ¿Quién diría que diseñar la decoración de una simple habitación iba a ser tan complicado?
Cuando Harold les dijo que, como castigo por haber conjurado un lazo potencialmente peligroso y mortal, iban a tener que armar su habitación a la manera muggle, Mathew casi se atragantó con pastel de calabaza.
"-¿Castigado? – dijo cuando el ataque de tos se le pasó –. Papá, ¡no puedes castigarme! ¡Soy mayor de edad!
-Y aún así irresponsable. Tómalo como mi despedida de mi responsabilidad de padre en cuanto a castigos refiere. Además, ya que no van a salir de aquí, tendrán algo en qué ocuparse – afirmó Harold –. Les hemos dado el ático, que es la habitación más grande de la casa."
Evelyn pensó que Mathew iba a discutir largo y tendido, pero el muchacho cerró la boca y aceptó lo que le habían impuesto. Ella sabía que semejante docilidad sólo podía deberse a que estaba tramando algo, pero aún no tenía idea de qué sería.
- Me parece que éste quedará bien con el color de la madera – dijo la chica, señalando una de las muestras que Amelia había desplegado en el asiento, debajo de la ventana.
La madre de Mathew miró su elección por un momento, concentrada, y luego asintió.
- Sí, tienes razón. Bien, encargaremos ésta entonces. ¿Terminaste con la lista de lo que necesitarán?
- Está todo aquí anotado – le entregó un pergamino con una larga lista -. ¿No le parece que estamos sobrepasándonos en el presupuesto?
Llevaban cuatro días haciendo compras y el monto gastado le parecía excesivo. Particularmente si tomaban en cuenta que la habitación que estaban arreglando sólo la ocuparían al salir de la escuela y en tanto no pudieran mudarse a una casa propia.
Amelia le sonrió.
– Es nuestro regalo de Navidad para los dos, así es que deja de preocuparte por el dinero y ve a ayudar a Mathew porque creo que es la sexta vez que lo escucho maldecir. Iré a ver si el té está dispuesto para cuando llegue el abogado de tu abuelo.
Evelyn vio a la mujer salir con rapidez de la sala y se quedó un segundo sentada, mirando por la ventana.
El jardín estaba totalmente cubierto por la blanda nieve que había estado cayendo los últimos dos días y los rayos del sol refulgían sobre las puntas de las ramas congeladas.
Le gustaba la casa de los padres de Mathew. Era un lugar cálido y tranquilo. Aunque el clima se había puesto un poco frío y revuelto cuando luego de que Mathew lograra que ella se mudara a su cuarto, Amelia les pidió, de manera tan educada que no pudieron rehusarse, que dejaran la puerta abierta.
"No podré escuchar si algo está mal, y no podré venir a ayudarte".
Por supuesto, Mathew no se atrevió a decirle que no iba a necesitar ayuda porque probablemente no habría pesadillas. De hacer eso se hubiera visto obligado a explicarle que llevaba casi seis años durmiendo cada tanto en el mismo cuarto que ella, por lo que la puerta permaneció abierta y a medida que los días pasaban, el humor del muchacho tendía a ser un poco más irritable.
Tampoco ayudaba el que Amelia siempre estuviera cerca durante el día y mucho menos el que, a veces, también apareciera James.
Una nueva maldición llegó desde la parte superior de la casa y luego se escuchó el golpe seco de algo que fue arrojado con fuerza al suelo.
Sonriendo, subió las escaleras con calma. Sacó su varita al llegar a la puerta donde arrancaban los escalones que llevaban al altillo y apuntó a los peldaños, murmurando un hechizo que había encontrado en un libro de la biblioteca.
- Mithrandil – dijo en voz baja, antes de subir.
Al llegar arriba miró el trabajo en progreso que terminaría siendo su dormitorio.
En un rincón alejado había recipientes con pintura, varios pinceles y rodillos. Madera desparramada por varios lados, junto con serrucho, clavos, martillo, lijas y unas cuantas cosas que no tenía ni la menor idea de para qué servían.
El esqueleto de lo que terminaría siendo una cama se encontraba en el medio del cuarto que olía a pintura fresca y estaba iluminado por el sol.
Sentado en el suelo debajo de una ventana, con el ceño fruncido y el rostro lleno de aserrín, Mathew contemplaba el papel que sostenía en sus manos. Al escucharla entrar, levantó los ojos y la miró frustrado.
- Dime algo, Eve. ¿Por qué demonios es que necesitamos una cama tan grande y tan alta?
La chica le sonrió.
- Quiero que sea así de grande porque a mí me gusta que las mantas estén bien enganchadas y tú tiendes a hacer un lío con ellas apenas te metes en la cama – con lentitud caminó hacia él –. Y quiero que sea así de alta porque me gusta poder contemplar cada rincón del cuarto mientras estoy acomodada contra las almohadas. ¿Por qué? ¿Es muy complicada de hacer?
Mathew lanzó al suelo, con fastidio, el papel en donde estaba el dibujo que ella había hecho dos días antes.
- No es que sea muy complicada. Es que no sé si podré tenerla terminada a tiempo.
Evelyn se apoyó en los hombros de Mathew y se sentó de costado entre las piernas entreabiertas del muchacho, cruzando los brazos alrededor de su cuello.
- ¿A tiempo para qué?
En lugar de responder, él se entretuvo enroscando un mechón del negro cabello de la joven en uno de sus dedos llenos de aserrín.
- Eve, ¿dónde está mi madre?
- En algún lugar de la planta baja – respondió ella, limpiando con delicadeza la suciedad que Mathew tenía en el cuello y la quijada.
- ¿Está ocupada?
- Eso parece.
- ¿Cuán ocupada?
Ella sonrió ante el brillo de los ojos de él.
- No lo sé. Dijo que iba a revisar que esté todo listo para cuando llegue el abogado que leerá los testamentos – peinó el cabello castaño oscuro con los dedos –. Ya que estamos quiero advertirte que acabo de poner un hechizo en las escaleras. Cualquiera que ponga un solo pie en ella hará crujir todos los escalones, a menos que sepa la contraseña.
Los labios de Mathew se estiraron en una sonrisa mientras sus ojos se oscurecían.
- ¿Tienes una idea de cuánto me gusta que seas así de brillante?
Por toda respuesta, ella lo besó.
- Déjeme ver si lo entendí bien, señor Pringle. ¿Mi abuelo especificó en su testamento que todos sus bienes pasarían a mi abuela, a menos que ella hubiera fallecido en cuyo caso pasarían a entidades de beneficencia?
El atildado mago de expresión tensa asintió.
- Sí.
- ¿Y el de mi abuela decía que todas sus posesiones eran para mí?
- Sí.
- ¿Y está seguro de que mi abuelo falleció primero?
- El testamento de Tadheus se activó primero. Unos minutos después se activó el de Marilla – le sonrió con tirantez a Evelyn que, sentada junto a Mathew, lo miraba azorada –. Por lo tanto, todos los bienes de Tadheus pasaron a Marilla y, un par de minutos después, pasaron de Marilla a usted, señora Whitherspoon.
Evelyn miró a Mathew, cuyo rostro mostraba a las claras que estaban pensando lo mismo que ella. Harold, que se encontraba sentado frente a los dos jóvenes del otro lado de la mesa del comedor de la casa de los Whitherspoon, carraspeó.
- ¿De qué estamos hablando exactamente, Patrick?
El abogado de Tadheus Bright levantó las cejas.
- Dinero en efectivo, plantaciones de oliváceas y viñedos, participación como accionista en varias empresas, membresías en clubes, obras de arte que están en préstamo en varias galerías…. Lamentablemente, muchas cosas se quemaron junto con la casa, pero en líneas generales yo diría que no tendrás que preocuparte por el bienestar económico de las próximas tres generaciones de Whitherspoon… aún si te las ingenias para despilfarrar todo tu dinero antes de morir.
- ¿Y yo voy a tener que hacerme cargo de dirigir todo eso? – preguntó Evelyn, preocupada.
- Si lo hace en persona o contrata a alguien que lo haga por usted, es algo que tendrá que decidir. Pero sí, básicamente, es su responsabilidad – replicó el jurista.
Mathew giró sus ojos y los clavó en Evelyn.
- Mierda – dijo por lo bajo –. Eso va a ser complicado.
- Ni que lo digas – replicó la chica, atónita.
- ¡Vamos, Mathew! No me digas que te preocupa el regalo de Navidad que vas a darle a Bright. ¡Eres rico, viejo! Tu nueva esposa vino con miles de galeons debajo del brazo como regalo de bargaine.
- No estoy preocupado por lo que voy a regalarle en Navidad. Pero fuera de eso, la rica es ella, no yo. El dinero es suyo, no mío.
- ¿Y qué fue de todo eso de en salud y enfermedad, riqueza y pobreza?
Sentados en la habitación de Mathew, James y él miraban catálogos de regalos navideños desde hacía treinta minutos.
- Eso es en los matrimonios muggles –replicó Mathew, evaluando con detenimiento una colección de libros de Aritmancia que estaba de oferta -. Y el nuestro ni siquiera tuvo la ceremonia normal. ¿Por qué crees que ella insiste en que su apellido es Bright?
- Pensé que es porque de esa forma pueden seguir engañando a todo el mundo en el colegio con este circo de que se detestan.
- Esa es la excusa formal – Mathew golpeteó con suavidad la hoja, pensativo –. Pero sé que es porque nunca nos casamos realmente, ¿me entiendes?
James frunció el ceño y miró a su primo por un momento.
- La verdad, no – terminó diciendo antes de evaluar la página que tenía abierta ante él -. ¿Qué te parece si le regalas esos guantes para Quidditch?
- James, ¿en qué estás pensando? ¡Yo no le regalaría guantes para jugar Quidditch!
- ¿Por qué no? ¡Son guantes fantásticos!
- ¡Porque no! – fastidiado, lanzó el catálogo al suelo y se apoyó contra la cabecera de la cama –. Es la primera vez que vamos a pasar la Navidad juntos. Abrir los regalos y todo eso… no puedo regalarle cualquier cosa…
James se apoyó en los pies de la cama y miró a su primo con gravedad.
- A mí me gustarían esos guantes.
- Es una chica, James. No le regalas ese tipo de cosas a una chica.
- Pues esta chica en particular es una jugadora de los mil demonios. Creo que precisamente ella apreciaría estos guantes en su valía.
Mathew le lanzó una mirada torva.
- Ya tengo lo que voy a darle. Pero si no lo tuviera, no le compraría guantes de Quidditch, puedes estar seguro de eso.
Por un largo rato ninguno de los dos dijo nada, hasta que finalmente James suspiró y cruzó los pies por los tobillos.
- ¿O sea que no te importa que se los regale yo? Porque no tengo ni la menor idea de qué darle para Navidad a alguien a quien jamás pensé que le regalaría algo para Navidad.
