Disclaimer: Hetalia y sus personajes no me pertenecen, son propiedad del señor Himaruya. Esta historia tampoco es mía, sino de la fantástica escritora Happymood (os la recomiendo), quien amablemente me ha dado su permiso para traducirla a español y publicarla.
Cuando se despertó a la mañana siguiente Romano estaba de buen humor. La razón era que había tenido un buen sueño que involucraba a la preciosa rubia de su clase y pizza (lo que era una buena combinación, si le preguntaras), y ahora estaba preparado para salir de la cama y desayunar como cualquier mañana. Sin embargo, su buen humor se derrumbó cuando se percató de que Feliciano se desperezaba en el otro lado del cuarto, y finalmente recordó dónde estaba.
Maldición.
Ahora Romano estaba compartiendo realmente una habitación con su hermano, ¿verdad? Romano hizo un puchero y se volvió hacia la pared, todos los pensamientos del desayuno desaparecieron de repente. Una pared lo estaba separando de su auténtica habitación, y acarició la pintura blanca como si le dijera adiós a su mejor amigo. Quería llorar, pero optó por el resentimiento en su lugar y cerró los ojos fuertemente para bloquear la visión de su hermano.
Quizás si lo imaginaba el tiempo suficiente, se encontraría a sí mismo en su habitación otra vez, con suerte con su compañera rubia en los brazos. Pero esto sólo funcionaba en las películas de Disney y él no era una jodida princesa, así que, por supuesto, cuando abrió los ojos otra vez, se encontró cara a cara con el sonriente rostro de su hermano en lugar de con su póster de Lara Croft.
"¡Buenos días, Lovino!"
"No me llames así." Romano gruñó y escondió la cabeza debajo de la almohada. Feliciano rio y le quitó las mantas de encima. Romano gruñó y golpeó a Feliciano con la almohada, lo que simplemente hizo que Feliciano riera más fuerte.
"¡Vamos! ¡Tenemos escuela!" exclamó Feliciano y abrazó la almohada de Romano contra su pecho. "¿No estás emocionado?"
"¡Vete al infierno, Feliciano!" espetó Romano e intentó quitarle de las manos a su hermano lo que era suyo por derecho. Feliciano le sacó la lengua mientras Romano gritaba: "¡Devuélveme eso!"
"Chicos, no es hora de discutir." dijo Rómulo abriendo la puerta justo en ese momento. Romano le lanzó una mirada asesina y cruzó los brazos sobre su pecho. "¡Hoy es un gran día!" añadió Rómulo, sin inmutarse del estado de ánimo de su hijo mayor, que era, considerándolo todo, su estado de ánimo por defecto.
"¡Buenos días, papá!" exclamó Feliciano, tan feliz como siempre, tirándole la almohada a Romano y golpeándolo justo en la cara. El adolescente mayor gritó con sorpresa y miró enfadado a su hermano, que lo ignoraba por completo ahora en favor de abrazar a su padre.
"¡Buenos días, cariño!" exclamó Rómulo con una sonrisa, y luego miró a Romano con gesto severo: "¿Vas a salir de la cama ya? Perderás el autobús."
Romano frunció el ceño y salió de la cama indignado, yendo hacia el armario donde ahora su ropa y la de su hermano yacían lado a lado. Feliciano trotó alegremente hacia él y escogió la ropa para él antes de que Romano pudiera protestar.
"¡Pon algo de color en tu vida, Romano!" exclamó Feliciano levantando hacia él una camisa rosa (que previamente había sido una camisa blanca que desafortunadamente se encontró compartiendo la lavadora con los pantalones de chándal rojos de su padre). Romano miró la camisa y luego a su hermano sin creerlo.
"¿En serio?"
"¡Creo que el rosa te pega, Lovino!" exclamó Rómulo desde su lugar cerca de la puerta, "¡Ahora date prisa! ¡Es hora de desayunar!"
Romano refunfuñó y cogió la camisa rosa de las manos de Feliciano con la intención de tirarla, cuando su padre añadió desde las escaleras:
"¡Oh! ¡Y no volváis tarde hoy! ¡Nuestro invitado llegará justo a tiempo para la cena!"
Romano estaba en tal estado de shock que se dio cuenta de que se había puesto la camisa rosa sólo cuando entró en el autobús y todo el mundo se tapó la boca para ocultar sus risas.
Lo que, maldición.
Su suerte, sin embargo, no terminó ahí. La escuela era una putada, como siempre, pero no tanto como su profesor de matemáticas, que lo pilló roncando en la parte de atrás y decidió que era una buena idea dejarlo castigado cuando las clases terminaran. A Romano no le habría importado que hubiera sido cualquier otro día, pero el hecho de que su padre los estuviera esperando para cenar hacía el castigo insoportable porque entre su iracundo padre y su iracundo profesor de matemáticas, Romano temía a su padre más. Muchas-gracias.
Intentó razonar con su profesor sin ningún éxito, y realmente esperaba que su padre lo entendiera y lo perdonara.
Por supuesto, sólo el hecho de que su padre fuera a descubrir que se había dormido en clase y que le habían puesto un castigo era aterrador por sí mismo. Romano se maldijo por su estupidez, y contempló los minutos pasar con el corazón latiendo como loco en su pecho.
"¡De verdad que necesito-¡"
"No."
Estaba en problemas.
"¿Señor?"
De verdad que estaba en serios problemas.
"Tienes que quedarte aquí sólo durante una hora más. Ahora cállate."
Problemas con P mayúscula.
En algún punto, su hermano le envió un mensaje al móvil, preguntándole dónde estaba, pero cuando el profesor lo pilló mirando el aparato le quitó el teléfono, y Romano no tuvo manera de decirle a Feliciano que iba a ir a casa más tarde.
Lo que, maldición.
Así que, para recapitular su desgracia. Llevaba una camisa rosa, su padre había alquilado su habitación a un perfecto extraño que tenía que conocer ese mismo día y su profesor lo estaba torturando con un castigo innecesario porque Romano no encontraba x+y=z tan emocionante como un buen partido de fútbol.
Cuando sonó el timbre, Romano ya iba dos horas tarde. Recogió sus cosas tan rápido como pudo, se chocó contra una serie de personas (entre las que estaba la rubia con la que había tenido el sueño húmedo) e intentó coger el primer autobús que lo llevara a casa antes de que la mierda llegara al ventilador (pero ya lo había hecho y olía horriblemente).
Llegó a casa sudando como un cerdo, temiendo lo peor cuando tocó el timbre y su padre le abrió la puerta. Rómulo lo miró con una mezcla de decepción y preocupación en la cara que inquietó a Romano.
"Lo siento mucho." soltó Romano entre jadeos. "¡Mi profesor de matemáticas es un auténtico cabrón! ¡No he hecho nada y me ha castigado sin una buena razón ni nada! ¡Y, papá, tienes que creerme cuando te digo que no tenía ninguna jodida razón para ello!"
Rómulo enarcó una ceja ante el parloteo de su hijo y levantó una mano para hacerle parar de hablar. Le sonrió ampliamente y lo empujó suavemente hacia adentro, cerrando la puerta detrás de ellos.
"Está bien. Ya hablaremos sobre esto más tarde." dijo Rómulo y a Romano no le gustó el calmado tono de voz de Rómulo ni un poco. No tenía tiempo para cuestionarlo, sin embargo, mientras su padre lo conducía a la cocina sujetándolo por el hombro.
Romano abrió la boca para decir algo más cuando finalmente se dio cuenta de que había gente hablando en la otra habitación. Durante un momento se había olvidado que tenía que estar en casa más temprano por una razón y su corazón comenzó a latir rápidamente en su pecho. Tragó saliva, porque conocer a gente nueva no era su pasatiempo favorito, y dejó que su padre abriera el camino.
"¡Mi hijo mayor está aquí finalmente!" anunció Rómulo cuando entraron en la cocina. Romano sintió dos pares de ojos que se volvieron para mirarlo y de repente su cara se puso muy roja. En primer lugar, reconoció la cara manchada de salsa de su hermano, y luego sus ojos se clavaron en un hombre realmente apuesto.
Apuesto es un eufemismo.
El tipo en cuestión se levantó cuando él entró y le sonrió de un modo que mareó a Romano. Romano contempló los ojos verdes del otro primero y luego su mirada descendió a los labios y bajó hasta los bíceps que mostraba por debajo de su camisa simple.
Romano sintió de repente algo raro en el estómago.
"Antonio, este es Lovino." Dijo Rómulo dándole unas palmaditas a Romano en el hombro, y la rara (pero algo agradable) sensación en su estómago de repente se convirtió en horror. Los ojos de Romano se abrieron como platos y contempló incrédulo la cara de su padre, que simplemente le sonrió inocentemente.
"Lovino es mi hijo mayor." Continuó Rómulo, "Tiene diecisiete años." Continuó, "Mi Lovino. Me dijo que tenía que hacer algunas cosas para mañana después del colegio así que no podía venir a tiempo. ¿No es así, Lovino?"
Romano se quedó mirándolo, duramente, indignado, furioso, pero no tuvo tiempo para replicar cuando el chico nuevo, Antonio, dio un paso adelante y le estrechó la mano. Los ojos de Romano volvieron a Antonio en seguida. Eran casi de la misma altura, y Romano se sonrojó cuando se dio cuenta de lo cerca que estaba la cara de Antonio.
"No tiene importancia." dijo Antonio con una brillante sonrisa, "Es un placer conocerte, Lovino."
Romano quería gritar por el uso de su segundo nombre, pero en ese momento tenía la garganta demasiado seca para decir nada al respecto. Culpó al aire acondicionado del autobús. Sin embargo, consiguió un suave:
"Romano."
Antonio parpadeó.
"¿Perdón?"
"R-Romano." Romano lo intentó de nuevo, pero sólo salió como un chillido. Rómulo se rio y le palmeó fuerte en la espalda de nuevo.
"Pobre Lovino". Dijo Rómulo, "No lo malinterpretes, Antonio. Es realmente tímido cuando conoce a gente nueva."
Romano le lanzó una mirada asesina, pero Rómulo se encogió de hombros y le indicó que se sentara a comer.
"¿Seguimos comiendo entonces?" preguntó Rómulo, "¡La pasta se enfriará!"
Antonio asintió y luego le sonrió a Romano otra vez, quien frunció el ceño, preguntándose si simplemente debería marcharse hecho una furia hacia su habitación (antes de recordar que no tenía habitación) y luego sólo se sentó junto a su hermano, frente a Antonio.
"Bueno, antes de que fuéramos bruscamente interrumpidos, ¿dijiste que estás estudiando Economía?" preguntó Rómulo entre bocado y bocado de pasta. Romano hizo una mueca y trató de comer algo también, pero sentía que no podía tragar nada y terminó cogiendo su pasta y mirándola.
"Agronomía, en realidad." Dijo Antonio y el corazón de Romano dio un vuelco al oír la voz del otro. Gruñó, llamándose a sí mismo idiota en su cabeza y empezó a devorar su cena a pesar de que no estaba realmente hambriento. Oyó a Antonio reírse delante de él, pero Romano no lo miró.
"Estoy muy contento de que me diera esta oportunidad, señor Vargas. Era un problema encontrar un apartamento en esta ciudad".
"¡Oh, sólo es una idea que se me ocurrió de pronto!" dijo Rómulo lanzándole una mirada de decepción a su hijo mayor, al que le importó un bledo. "¡No estamos haciendo esto por caridad, por supuesto! Necesitábamos el dinero."
"Sí, bueno… estaba realmente feliz cuando usted me lo ofreció." Dijo Antonio y Romano lo vio mirándolo cuando alcanzó el agua. "No voy a ser una molestia, señor Vargas".
"Estoy más preocupado por mis hijos." Rómulo se rio, "Necesitan estudiar también, pero ahora que están compartiendo la misma habitación, me preocupa que se pongan a discutir sobre las cosas más tontas en lugar de concentrarse en sus tareas."
"Me ofende eso." Espetó Romano, hablando por primera vez desde que llegó a casa. "Lo estoy haciendo bien, muchas gracias".
"¿De verdad?" preguntó Rómulo levantando una ceja y entonces miró a Antonio. "Lovino está en esa etapa de su vida, tú sabes. Es uno de esos adolescentes angustiados que creen que son el centro del mundo…"
"¡Hey!" se quejó Romano. "¡Yo no soy-!"
"… y que creen que lo tienen todo bajo control." Terminó Rómulo. Antonio asintió, y Romano le lanzó una mirada enfadada. Ya no le gustaba Antonio, pero no tuvo tiempo de exponer sus pensamientos cuando Rómulo lo miró de nuevo: "Creo que tienes problemas en matemáticas, ¿no?"
"No con matemáticas" espetó Romano. "Con mi profesor de matemáticas."
"Él es muy amable". Se metió Feliciano. "De hecho compró caramelos el pasado Halloween. Fue muy amable y nos hizo reír".
Romano refunfuñó.
"Es un pervertido." Dijo Romano. "Estoy seguro de que esa es su manera de atraernos hacia sus brazos."
"Estoy seguro de que tú no tienes problemas en matemáticas, ¿verdad, Antonio?" preguntó entonces Rómulo, ignorando las bromas de su hijo. "Ya que estudiando economía y todo…"
A Antonio le pilló de improviso la pregunta, pero rápidamente dijo:
"No, realmente no. Bueno, las matemáticas del instituto no eran nada comparado a lo que tenemos que hacer ahora, así que…"
"¡Eso es genial!" exclamó Rómulo y sonrió satisfecho, "¡Lovino necesitaría una ayuda extra!"
Romano dejó caer su tenedor y miró con la boca bien abierta a Rómulo, que lo miró desafiante. Feliciano se rio con el intercambio de miradas, mientras que Antonio sonreía.
"Yo podría…" comenzó Antonio, "Sí… vale, si a él no le importa."
"¡Por supuesto que sí que me importa!" exclamó Romano, "Yo no necesito… ¡clases particulares!"
"Si puedes arreglártelas con él…" dijo Rómulo haciendo caso omiso a su hijo, "te rebajaré un 5% de tu alquiler."
"¿En serio?" preguntó Antonio y parecía realmente feliz. Rómulo sonrió y Romano casi choca la cabeza contra la mesa. Casi.
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