Capítulo II

"Sawada Tsunayoshi"

- Lo dije ¿no? - se quejó con el tono entre aburrimiento y fingida superioridad que lo caracterizaba - Dije que era una mala idea - volteó la cara desinteresado sin préstale atención a los demás. Sabía que lo decía era cierto por mucho que su líder lo negara.

- Por primera vez estoy de acuerdo con el niño malcriado. - Lampo le lanzó una mirada de enojo, G no le dio importancia.

- ¿Desde cuándo ustedes son de los que se dejan ganar tan fácilmente? Y más por unos niños - sonrió de forma burlona. Las cejas de la tormenta se crisparon de recriminación mientras fruncía el ceño.

- Te diré, Daemon. Tú tampoco pareces lograr algún progreso - le respondió, imitando la sonrisa que antes había adornado la cara del ilusionista y que ahora había desaparecido. G no estaba de buen humor como para aguantarlo, ni a él ni a nadie.

Y así siguió. Una respuesta le continúo a otra de forma sucesiva. Giotto colocó sus codos en la mesa mientras recargaba su cabeza en sus manos y suspiraba rendido. Le costaba admitirlo pero todo lo que decían sus guardianes era cierto. Por más que lo intentaban no lograban hacer acercamiento con los niños. Ni siquiera sabían cómo era la voz de unos. Eso le estaba causando una jaqueca y estrés horribles, sin mencionar que desde hace días no dormía bien. A veces incluso ni siquiera podía cerrar un ojo en toda la noche.

Justo cuando se decidió a decir algo, la mesa había desaparecido y se estrellaba contra una pared rompiéndose.

- ¡Alaude! ¡¿Qué demonios te pasa?! - Asari se quejó mientras se volvía a poner de pie. Daemon a su lado soltó otra de sus especiales risas pareciendo disfrutar lo sucedido. Nota mental: evitar ponerse del miso lado de la niebla si no quería que una mesa saliera volando hacia su dirección.

- ¡¿Acaba de lanzar la mesa?! - Lampo, del otro lado gritó sorprendido y estupefacto - ¡¿Enserio?! ¡¿La mesa?!

- Alaude, creo que deberías contar hasta diez. Esos arranques inesperados pueden ser malos para tu salud.

- ¡Como si al bastardo ese le importara eso Knuckle! - le espetó G ya también en sus últimos momentos de paciencia. A él casi le daba una pata del mueble en la cabeza. ¿A quién en su sano juicio se le ocurría hacer eso? Ah sí claro, a Alaude.

- ¿Cómo me dijiste?

- ¡Como escuchaste Alaude!

Más voces y reclamos se unieron a la discusión creando una cacofonía que le empezó provocar un dolor de cabeza más acentuado al joven líder. Hizo un recuento mental de lo que pasaba: De alguna forma, la discusión entre Daemon y G se había tornado en una entre Daemon y Alaude. Alaude había aventando la mesa hacia Daemon, haciendo por consiguiente que también casi chocara contra Asari y G que estaban sentados del mismo lado. Lampo gritaba incoherencias, Knuckle trataba de arreglas las cosas sin resultado alguno y Alaude solo quería despellejar vivo a la niebla (y de paso a la tormenta también).

Era suficiente diversión.

Giotto se paró, miró a sus compañeros discutiendo como si fueran gatos a punto de lanzarse unos a otros, inhaló aire y dijo con voz clara y fuerte:

Cállense.

Los ruidos cesaron.

Pareciera que el tiempo se hubiera detenido. Nadie decía nada, nadie era capaz de mover un solo musculo. Los guardianes voltearon su vista a la parte de enfrente de la sala, sin saber que decir. Giotto los observaba a todos con una sonrisa en su rostro, ese simple gesto desentonaba con el aura de superioridad y un casi imperceptible enfado que lo cubría. Todos tragaron en seco.

Lo habían hecho enojar.

- Veo que se están disfrutando el rato. Perdonen por interrumpirlos.

De nueva cuenta, ninguno fue capaz de hablar. Giotto se aclaró la garganta, y aún con esa extraña sonrisa estampada en su rostro, continúo.

- Díganme, ¿creen que es buen tiempo para ponerse a hacer este… -se detuvo, pensando en la palabra correcta a usar – espectáculo? ¿Realmente lo piensan?

Como niños siendo regañados, los guardianes bajaron la mirada. Incluso Daemon y Alaude parecían estar incómodos.

- ¿Creen que estamos para ponernos a pelear por cualquier estupidez? - esta vez, su voz salió ronca y casi en susurro, a pesar de eso sus palabras se pudieron escuchar perfectamente. Tal vez su tono sonó más fuerte de lo que él esperaba, ya que después de eso lanzó un pequeño suspiro y dejo caer sus hombros mientras cerraba sus ojos - No, no estamos para este tipo de escenas.

Otra vez, silencio. Sintiéndose de alguna extraña forma como un padre cruel que reprende duramente a sus hijos, Giotto abrió los ojos y les mostro una sonrisa de compresión, mucho más sincera que la otra. Sabía que estaban estresados, él mismo lo estaba. Por eso, no los podía culpar del todo por actuar de esa manera.

Ante tal gesto, los demás se relajaron visiblemente. Algunos incluso le devolvieron una tímida sonrisa.

- Mejor retírense y descansen. Mañana seguimos hablando de esto.

Entre pasos inseguros y más de una mirada avergonzada, la sala se fue vaciando. El joven jefe vio como sus compañeros, su familia le dirigía gestos de disculpa antes de salir, incluso las orgullosas nube y niebla, sólo que ellos de forma menos evidente. Todos terminaron saliendo a excepción de uno. Giotto clavó su vista hacia el que antes era el extremo de la mesa, viendo a su mano derecha, a su mejor amigo con la cabeza cabizbaja.

- Perdón por todo.

- No tienes porque disculparte, G. Todos estamos bastante irritables por la situación, es entendible.

- Aún así, actué como un niño insolente - se recriminó a sí mismo la tormenta. Giotto sonrió con picardía dirigiéndole una mirada divertida.

- Por supuesto, por un momento pensé que había viajado en el tiempo y me encontraba con el G que conocí hace años en un pobre barrio. ¿Te acuerdas? - ante aquella extraña referencia, el mencionado alzó la vista y una ceja confundido - Eras como una bomba a punto de estallar en todo momento. No había día en el que no gritara: "¡G! ¡Espera, no!" - Giotto no solo imitó los gritos de cuando era adolecente, sino también las muecas que hacía y el mismo tono agudo que lo singularizarse en esos tiempos.

Se sintió aliviado cuando escuchó la risa de su amigo. Tanto así que él también empezó a reír a carcajadas. Recordar esos tiempos le hacía ganar el valor suficiente para poder seguir adelante, especialmente cuando seguía teniendo a su mejor amigo al lado de él a pesar de todas las dificultades pasadas.

La risa fue interrumpida cuando con el sonido del tocar de la puerta. Unos segundos después, un joven que habían contratado no hace mucho para ayudarles con todos los deberes de la mansión a los demás asistentes se adentro en la sala.

- Disculpe la intromisión. Yo- - se detuvo a media frase. Sus ojos inspeccionaron rápidamente la habitación que estaba patas a arriba, con una mesa destrozada y sillas tiradas por todos lados. Miró confundido a Primo quien sólo sonrió de forma nerviosa. - ¿Qué ha pasado?

- Lo típico - respondió G que conservaba los restos de la risa en su rostro y ladeaba la cabeza de un lado a otro. El chico entendió. Los guardianes eran muy de hacer desastres, lo aprendió casi enseguida al llegar. A pesar de todo, todos los que servían a Vongola sabían que eso simplemente los hacía más unidos. Aunque últimamente los destrozos estaban sucediendo más seguidos, junto con el cómico dolor y desesperación de los encargados de la limpieza.

- La carroza lo está esperando – dijo haciendo una pequeña reverencia. Después de eso, logró ver una clara confusión en su superior.

- ¿Carroza? ¿Para qué? - ante aquellas palabras, el pelirrojo volteó a ver su líder. Su mirada y rostro revelaban que realmente no se acordaba de lo que tenía que hacer. Soltó un pequeño suspiro. A veces podía ser bastante olvidadizo.

- No se te habrá olvido, ¿verdad Primo? - oficialmente el susodicho no sabía que decir. ¿Se le estaba olvidando algo? Trató de recordar pero lo único que lograba venir a su mente era, para molestarlo aun más, el hecho de no saber qué hacer con los niños. - La palabra "recital", ¿te suena?

- ¡Oh no! - sonó como un berrinche. Una exclamación que se asemejaba a una queja infantil que a algo que saliera de la boca de un líder mafioso. El joven encargado de dar el mensaje se llevó su mano a la boca tratando de no dejar salir unas carcajadas demasiado estridentes - ¿Realmente tengo que ir?

- Tienes que ir. Si no vas podrían pensar mal de nosotros. Ya sabes cómo es ese tipo de gente- le lanzó una mirada de sincera disculpa. Giotto frunció aún más el ceño.

- No estoy como para quedarme sordo durante dos horas G - declaró - Las Franchesco son buenas personas, pero desafortunadamente no nacieron con el don de la música.

- Lo sé bastante bien, un recital de ellas es una tortura a los oídos - G aún recordaba aquella vez en la que todos habían ido a uno de sus recitales. Casi creyeron que se iban a quedar sin la capacidad escuchar. Después de eso, apreciaban incluso el sonido de un ave trinando en la madrugada. Despertándolos - Sin embargo, sabes que tienes que ir.

- Aparte tendré que aguantar todos los comentarios de los invitados - mientras más iba a ese tipo de eventos, mas entendía el porqué Daemon detestaba a esas personas. Gente que solo le importaba tener más dinero, lucir bien, tener una buena posición social, casar a sus hijos con gente de prestigio y hacer sentir mal a los que tenían menos. Era un verdadero esfuerzo el tratar de llevarse bien con ellos - ¿Y si mejor va Daemon? Esta más acostumbrado a ese tipo de personas.

- ¿Con el humor que se carga ahorita? No gracias, es capaz de realizar una masacre - Giotto tenía que admitir que en eso G llevaba razón - Deja de crear excusas y ve, anda - al terminar de decir esto, el pelirrojo empezó a jalar a su amigo del brazo obligándolo a caminar, pasando al lado del joven para salir de la sala quien sólo los miro divertido, ahora sin aguantarse la risa.

Sin duda alguna la familia Vongola era bastante especial.


Se acercó a la puerta y con cuidado la abrió un poco. Apenas una rendija para que pudiera ver afuera que soltó un pequeño chirrido, lo que hizo que rápidamente volteara hacia atrás para asegurarse de no haber despertado a nadie. Soltó un pequeño suspiro, aliviado al ver a los demás dormidos en sus camas.

Volvió a mirar a fuera. Todo parecía tranquilo. Estuvo a punto de decidirse a salir cuando a lo lejos logro escuchar voces, apretó con fuerza la orilla de la puerta, nervioso.

- ¡Pero G!

- ¡Nada! ¡Vas, e iras solo Primo!

No pudo evitar sonreír. Desde la pequeña rendija veía como, literalmente aquel hombre de cabello rojo se estaba llevando arrastrado por el suelo a la persona que lo había calmado el día que despertó asustado llorando. Esa persona tenía cara de angustia cómica y se sujetaba del suelo con las uñas raspándolo, como reacción a eso el pelirrojo lo jalaba con más fuerza. Era bastante gracioso. Y cuando el par pasó bajando las escaleras mientras se escuchaban las quejas de dolor por el impacto con los escalones del joven jefe, fue entonces cuando se dio cuenta.

Se estaba riendo.

Cerró la puerta con cuidado y se hizo para atrás, cayendo al suelo. Bajó la mirada mientras se abrazaba a sí mismo. No sabía qué hacer, no sabía si confiar en ellos o no. Desde aquel pequeño encuentro que pasó hace días, no había hecho más contacto con ninguno de ellos.

Y quería tenerlo.

Quería volver a sentir la cálida mano acariciando sus cabellos. Quería ver la sonrisa de confianza que le daba, y quería que su rostro dejara de tener sutiles gestos de culpa y preocupación. Y muy en su interior, también quería que él supiera su nombre. Pero no podía decírselo, no podía hablar. Siempre se quedaba callado, con las palabras reusando a salir. Ante eso, volteaba la cara y evitaba mirarlo a los ojos. Ya que sabía lo que vería si lo miraba. Los gestos de dolor de aquella persona se harían más fuertes, y su mirada se volvería cristalina, como si estuviera a punto de llorar.

¿Qué clase de mala persona era para causarle ese dolor a la persona que lo salvó?


- ¿Y no ha pensado en casarse aún? Alguien tan atractivo y joven como usted ha de estar repleto de propuestas de matrimonio - sonó con picardía. Giotto forzó una pequeña risa; mas incomodo no podría estar en esos momentos.

- No tengo intención de casarme todavía. Entre mi puesto y que no ha habido ninguna chica que me interese, permaneceré de la misma forma que hasta ahora - contestó lo más amable que pudo mientras veía como a la mujer delante de él le brillaban los ojos, el joven líder apostaba su hogar a que veía en él una oportunidad de casar a su hija.

Había llegado desde hace unos veinte minutos. Los aposentos, como era de esperarse, habían sido adornados para el evento. Pisos resplandecientes, un candelabro dando una leve pero suficiente luz y las paredes con retratos de los miembros de la familia. Las estrellas principales de la noche, las hermanas Franchesco tocaban –o más bien destrozaban una pieza de música en medio del salón- y por supuesto todo lleno de gente finamente vestida y repleta de adornos. Giotto compartía la opinión de Daemon de que a veces unos se veían impresionantemente ridículos con tanto adornillo.

- Oh, entonces no le importaría conocer a mi hi-

- Si me disculpa creo que saldré al balcón un momento. Necesito un poco de aire, me estoy empezando a marear – la corto lo mas gentil que pudo, y sin esperar respuesta empezó a caminar al balcón esquivando a la multitud. Antes de irse juró ver una cara de rabia en aquella duquesa con quien hablaba.

Caminó perdido en sus pensamientos, sin percatarse que unos ojos conocidos lo vieron pasar.


- Daemon, te agradecería que limpiaras tu oz en otro momento…

Después de haber arrastrado a Giotto hasta la carroza, G había vuelto a la casa sólo para encontrarse a todos los demás reunidos en la sala común. Era una escena un tanto extraña, ya que ninguno discutía, es más, ni siquiera conversaban. Cada quien estaba haciendo lo suyo, y dado que la tormenta no tenía mucho que hacer, decidió unírseles.

Y así terminaron. Lampo estaba acostado en un sillón durmiendo, Knuckle estaba leyendo algo al igual que Asari, y Alaude estaba sentado sin hacer nada, justo como él.

Con respecto a Daemon…

Bueno, él limpiaba su arma. Sin embargo G juraba ver un brillo en sus ojos mientras lo hacía y eso le daba escalofríos.

- Oh vamos G, mejor ponte a hacer otra cosa en vez de mirarme.

- Si no tuvieras esa mirada cuando lo haces, no me fija - - no pudo terminar la frase al escuchar el sonido de algo romperse. Todos los guardianes (menos Lampo que seguía dormido ) se pararon y se pusieron en guardia, esperando que en cualquier momento alguien atravesara la puerta con un arma para atacarlos.

Aunque ahora que lo pensaban bien…

- De seguro los niños rompieron algo - declaró Asari al no sentir ninguna presencia amenazante. Luego de unos segundos, los demás aprobaron la idea y volvieron a sentarse a seguir realizando sus actividades.

Todos compartieron una misma opinión en esos momentos. Aunque no lo dijeran, sus acciones eran más que suficientes. Si iban a la habitación donde los infantes se encontraban, lo más seguro es que ellos les huirían, se podrían nerviosos y ellos terminarían mas (si es que se podía) estresados. Mejor dejarlo así y luego cuando los vieran dormidos limpiarían.

G miró al techo unos minutos, preguntándose qué objeto pudo haberse roto. No tenían colocado en el cuarto nada que pudiera romperse con facilidad, y mucho menos objetos hechos de vidrio o cristal que hechos añicos los pudieran lastimar. Entonces, ¿qué? ¿Rompieron un mueble? ¿El colchón? Con un suspiro, decidió dejar de darle vuelta al asunto. Si fuera algo grave hubieran escuchado quejas de ellos, cuando todo estuviera más relajado ya verían que había pasado. Satisfecho con el hilo de sus pensamientos, decidió acomodarse mejor en el sillón y cerrar los ojos. Seguiría el ejemplo de Lampo y se dormiría un rato.

A lo lejos, escondido detrás de un barandal, alejado unos pasos de un florero que había tirado en su distracción, un niño de cabellos castaños los miraba.


Esa noche no había aire y aún así se sentía la gran diferencia entre estar adentro y afuera de la casona. En primera, era mucho más fresco afuera. La gran multitud de personas que se concentraban en los interiores hacia que el calor aumentara. Y en segundo, casi no se escuchaba nada del recital. Esto último lo agradeció, tanto él como sus oídos.

Cerró los ojos mientras se recargaba en el barandal. Los problemas se le juntaban y no sabía qué hacer con ellos. Tan adentrado estaba en sus pensamientos que no notó cuando una persona caminaba hacia a él.

- ¡Despierta ya, Giotto! - escuchó una voz femenina gritar antes de sentir un chorro de agua fría (¿o era vino?) sobre él. No pudo evitar sobresaltarse y soltar un pequeño brinco mientras abría los ojos y empezaba a temblar por el frio. Una risa resonó luego - Deberás andas distraído, eso es raro en ti.

Ya pasadas la sorpresa y el susto anterior, reconoció en su totalidad a la maquiavélica autora de eso.

- Elena - la mujer delante de él asintió y le sonrió, con una copa vacía en una de sus manos - ¡Elena! - exclamó felizmente mientras le daba un abrazo sin aviso previo. Su acompañante se sobresaltó por la acción precipitada, pero luego correspondió el abrazo de buena gana.

- Tiempo de no verte. Veo que sigues igual de enérgico.

- ¿Qué haces aquí? Creí que seguirías en Catania un mes más - comentó el joven líder sorprendido desasiendo el abrazo para mirarla de frente dedicándole una radiante sonrisa.

- Ya ves, lo que uno puede lograr con una cara de cachorro - Giotto movió la cabeza en señal de fingida negación. Ese era uno de los trucos más usados, especialmente en ella. Empezaba a creer que no existía persona alguna que no cediera cuando ponía esa carita - Cuando vine me entere de todo lo que había pasado…

La sonrisa de Giotto se esfumó al instante al saber de lo que hablaba. Elena se preocupó por tal contraste que sucedió en menos de un segundo.

- ¿Es por eso que estas tan distraído? Sabes que no fue su culpa, no po-

- Fue nuestra culpa - interrumpió de forma brusca - Fue para desafiarnos, nosotros tenemos la culpa. ¿De quién más sería?

- Entonces, de nadie - le respondió frunciendo el ceño. Ellos no habían matado a toda esa gente, ellos no tenían porque echarse al hombro un peso tan grande. Vio como el contrario estuvo a punto de contradecirle, así que se adelantó y colocó un mano frente a él - No quiero objeciones. No es su culpa y punto.

Giotto dejó escapar un suspiro cansado.

- ¿Así es como controlas a Daemon? - Elena lo miró confundida bajando el brazo que había usado como silenciador - Digo, podría intentar hacerlo mismo. Pero no creo que a él le agrade mucho.

Fue suficiente para que el aire pesado se disipara y Elena soltara una pequeña risa acompañada de una media sonrisa de Giotto.

- ¿Cuantos sobrevivientes hubo? - preguntó dubitativa. Giotto la miró ensanchando un poco la sonrisa pero ahora con nuevos tintes de tristeza en ésta. Pero en parte, le gustaba lo positiva que solía ser Elena. Ella no preguntaba si había habido sobrevivientes, ella preguntaba cuantos hubo.

- Siete - el joven dio un brinco de sorpresa al escuchar el sonido de la copa rompiéndose en el piso de mármol. La figura femenina a su lado lo miró fijamente con una mirada incrédula. Giotto veía con claridad lo que decían sus ojos, parecían gritar: "¿Solo siete? ¿De tanta gente solo han sobrevivido siete?" - Y ninguno pasa de los once años.

Elena sintió un extraño hueco en el estomago. Apartó la mirada de él. No más de onces años, eran unos niños. Para ellos, eso debió de haber sido el fin del mundo.

Un profundo silencio le siguió de eso. Giotto miraba hacia el frente, pero su mirada se perdía en pensamientos interiores. Elena no se atrevió a decir nada más, sopesando la situación.

- No sé qué hacer - la voz que surgió de la garganta del cielo le erizó la piel. Sonó demasiado aguda y quebrantada. La mujer volteó a mirarlo, el flequillo rubio de él le impedía ver por completo sus ojos, pero cuando una lagrima cristalina se hizo paso a través de su mejilla, supo que estaba irremediablemente mal - Simplemente no se qué hacer… - siguió hablando, las palabras impregnaban una desesperación que le resultaba difícil creer que provenía de Giotto - Por más que intento… no, más bien por más que lo intentamos no hemos logrado acercarnos a los niños. Mientras más pasa el tiempo pareciera que más se aíslan de nosotros.

- Giotto… - Elena tomó una de sus manos entre las suyas y apretó, tratando de brindarle apoyo. Comprendió que no solo era Giotto, sino también los demás que se encontraban en el mismo estado. Tragó mientras trataba de alejar la imagen mental de todos así de angustiados.

G, Asari, Knuckles, Alaude,Lampo.

Daemon.

Su corazón se encogió. Daemon. Su Daemon.

¿Cómo estaría él en esos momentos? Trató de refrenar el impulso que tuvo de llamar a todos los presentes de la fiesta hipócritas sin cerebro (justo como él hubiera hecho) jalar a Giotto con ella e ir a la mansión Vongola para estar junto al lado de la niebla.

- Siento que he fallado, Elena. Y eso me tiene destrozado, ¿qué pue- - su frase se quedó estancada en el aire. Su boca se quedo congelada al sentir como unas pequeñas pero firmes manos le limpiaban las lágrimas.

Cuando su mirada se aclaró, vio a Elena con una sonrisa escuálida en su cara. Pero sonrisa al fin y al cabo.

- No has fallado. Solo es cuestión de ganárselos uno por uno, poco a poco - durante unos segundos Giotto la miro como si estuviera procesando sus palabras.

Elena parpadeó confundida

- ¿Giotto?

- ¿Uno por uno? - repitió Giotto en forma de pregunta.

- Sí, no esperaras ganarte a todos al mismo tiempo y de un jalón ¿no? Es como tú con tus guardianes - explicó, parpadeando de forma más seguida y rápida. Su amigo la miró ladeando la cabeza - Te fuiste ganando a cada uno por separado ¿no es así? Primero a G luego a Asari y así le seguiste con cada uno de ellos. A pesar de que todos al principio te evadían, ¿recuerdas? - Giotto asintió, parecía un niño a quien le explicaban el origen de todas las cosas en el Universo - ¿Han hablado con ellos por separado?

El joven líder pensó un momento en eso. Y ahora que recordaba, no había sido así. Nunca habían estado a solas con un solo uno de ellos.

- Ya sabes, es como cuando eres niño y quieres llorar porque te caíste. No lloras enfrente de otros iguales que tú ¿cierto? - Elena siguió explicando - Si lloras, lo haces cuando estás seguro que nadie te ve. Así puedes dejar salir todo lo que tienes con tus padres, o quien sea que te consuela.

Eso hizo recordarle que aquel único encuentro bueno que había tenido con uno de los niños había sido cuando los demás estaban inconscientes y sus guardianes detrás de él.

¿Era tan simple? ¿Realmente era tan sencillo como Elena lo hacía ver?

Como leyendo sus pensamientos, la mujer continuo con su plática.

- Cada quien se encarga de uno ¿no? - al no obtener respuesta, ahora fue turno de Elena de ladear la cabeza confundida - A ver, ¿por dónde empiezo con esto? - se preguntó a si misma fijando los ojos hacia arriba - Existen varios tipos de personalidad, sería mejor que cada quien tratara de acercarse más a quien se le parezca más. No esperes que un niño quien se lleva bien con Alaude se muestre sincero con Daemon o viceversa.

Ciertamente eso era claro.

Giotto se empezaba a sentir algo estúpido. Es verdad que cada guardián parecía que encajaba más con uno de los niños. Curiosamente era el que cada quien había salvado y para ser aun mas única la cosa, tenían una apariencia física casi idéntica. Era como verlos a ellos mismos de pequeños.

- ¿Giotto? ¿Me estas escuchando?

- ¿Qué si te estoy escuchando? ¡Eres un genio! - gritó de alegría, tan fuerte que Elena tuvo voltear para el interior para cerciorase que nadie había escuchado. Había unos cuantos que habían volteado y los miraban fijamente. Estuvo a punto de comentárselo, pero al ver la mirada brillante del líder Vongola no pudo quejarse de nada.

¿Era un genio? ¿De dónde sacaba eso? Sin pleno aviso Giotto la volvió a abrazar, y al igual que el grito anterior, el abrazo fue demasiado fuerte.

- ¡Te besaría, pero estoy seguro que Daemon me mataría después! - exclamó entre risas.

- ¡Y yo lo ayudaría! ¡Somos cercanos pero no tanto! - respondió Elena que se encontraba entre sacar una sonrisa o no, estaba siendo contagiada por el inesperado cambio de humor de Giotto.

- ¡Ven, necesito que tu se los digas! - y sin decir nada mas, Giotto la soltó de su abrazador agarre y la tomó de la mano mientras empezaba a caminar hacia adentro de la casona jalándola.

- ¡G - giotto! - le gritó al estar a punto de caerse - Andar con tacones no es tan fácil, ¿A dónde me llevas con tanta prisa?

- ¡ A la mansión Vongola claro esta! - esa declaración fue suficiente para que Elena mandara de una patada los tacones a otro lado del salón (que casi le daban en las piernas a la duquesa con la que Giotto hablara al principio de la fiesta) y corriera tratando de igual el trote de su compañero.


Estaba oficialmente confundido. Estaba seguro de que sus guardianes seguirán despiertos a estas horas. Claro que ya era la una de la mañana, pero últimamente ninguno de ellos dormía mucho.

Tampoco contaba con el hecho de que se habían quedado dormidos en la sala.

Miró atentamente a cada uno. Lampo estaba acostado en un sillón él solo, con un brazo cayendo, babeando y una pierna encima de un cojín mientras que la otra estaba en una extraña posición. Los demás estaban recargados en los sillones con los ojos cerrados durmiendo normalmente. G, Asari y Knuckle en uno, Daemon y Alaude en otro. Al último par tuvo que verlo más de una vez para asegurarse de que su mente no le estaba jugando malas bromas.

- Normalmente no se quedan dormidos en la sala - comentó el joven líder mientras se paraba en el sillón donde estaba Lampo durmiendo.

- Deben de estar cansados - dijo casi en susurro Elena tratando de no alzar la voz para no despertarlos.

Ignorando el palpable deseo de Elena de dejarlos soñar en paz, Giotto se decidió a sacarlos de su sueño para comentarles lo pasado en la fiesta.

- Oye, Lampo - empezó a zarandearlo sin mucha fuerza, esperando poder despertarlo aunque sin mucho éxito - Lampo…Lampo...

- ¡Toma esto! - gritó el guardián mientras literalmente, le daba un puñetazo en la cara a un Giotto desprevenido quien cayó al suelo por el golpe - No me vencerás… - terminó dando un ronquido y cambiando de posición mientras su pobre víctima se sobaba el cachete rojo y Elena reía en voz baja.

Con la mejilla adolorida por el golpe, Vongola Primo se paró entre quejidos y empezó a caminar directamente hacia G que estaba en la orilla del otro mueble, saltándose a Kncukle y a Asari. Después de todo, no quería recibir un golpe de cualquiera de esos. Además de que tenían el sueño muy pesado. Despertarlos sería difícil. Ahora que lo pensaba ni siquiera tenía lógica tratar de despertar a Lampo, se podría estar cayendo la casa y el no despertaría. La emoción le había hecho olvidar ese hecho.

Ni se te ocurra Primo - Giotto paró al instante quedándose quieto. G seguía con los ojos cerrados pero claramente se había despertado por el sonido del puñetazo que le habían dado junto el estrepitar de su caída. El guardián de la tormenta era de su sueño increíblemente ligero, Giotto se había llegado a preguntar cómo era capaz de dormir toda la noche cuando era capaz de captar hasta el más mínimo sonido - Mejor vete a joder a Spade y con eso dicho G dio media vuelta acomodándose de mejor manera volviendo al mundo de los sueños.

El cielo asintió lentamente, todos esos años junto a G le hacían saber que no era bueno molestarlo, aunque fuera él. Se dio la vuelta caminando unos pasos para llegar donde estaban sus guardianes de la niebla y nube. No estaba demente para molestar a Alaude a estas horas así que se fue directamente con el ilusionista, con toda la mirada asesina de Elena sobre él. Le hizo un gesto de disculpa a su amiga y siguió con su propósito.

- Daemon…Daemon - empezó a hacer lo mismo que con Lampo, solo que esta vez con éxito. Y sin un golpe directo en la cara.

- ¿Qué demonios quieres Primo? - preguntó de mala gana y adormilado la niebla.

- Necesito decirte algo.

- ¿No puede ser mañana? Tengo sueño - fue su última palabra antes de voltearse y darle la espalda a su líder. Giotto volteó a ver a Elena como pidiéndole ayuda. Ella solo alzó los hombros divertida, el rubio tomó eso como un "no te ayudare".

- Vamos Daemon… - si tenía que suplicar lo iba a hacer. No es que no estuviera ya acostumbrado a hacer ese tipo de acciones con él.

- ¡Que te viole el caballo de Alaude! ¡Tengo sueño, deja dormir! - Giotto se quedó en un shock momentáneo ante tal respuesta, ni siquiera sintió el cojín que le habían lanzado en su cara. Elena no pudo evitar reírse ante aquella escena. Daemon era todo un experto en dar respuestas, de eso no había duda.

Cuando Elena dejó de reír para evitar despertar a todos, aún se lograba escuchar una segunda risa cerca de ellos.

Ambos amigos se voltearon a ver confundidos.

El joven líder se llevó un dedo a su labio para indicarle no hiciera ruido, empezó a caminar hacia la puerta, la cual curiosamente se encontraba levemente abierta y cuando estaba a unos centímetros de ésta pudo alcanzar a escuchar el sonido de diminutos pasos.

La abrió en su totalidad y sus ojos se agrandaron de sorpresa al ver a aquel pequeño niño castaño recargado en una pared, bastante nervioso.

Los dos se miraron fijamente sin saber qué hacer.

Dubitativo, Giotto decidió dar unos cuantos pasos hacia delante. Al notar que el niño no mostraba señas de querer huir dio unos cuantos más hasta quedar a uno metro de distancia de él. Luego, se agacho para poder verlo a su altura. El chico no dejó de mirarlo con los ojos un poco humedecidos.

A una distancia prudente, Elena veía todo sorprendida por el parecido que ese niño tenía con Giotto. Era como una versión pequeña de él mismo. Si no conociera bien al líder, diría que sin duda, el niño era su hijo.

- P - perdón, yo solo… - tartamudeó el pequeño. Las lágrimas empezaban a escurrirse por sus mejillas, pensado en que lo más probable sería en que lo sacaran de la casa por su falta de respeto. Con eso en mente empezó a llorar fuertemente, combinando con el llanto palabras de disculpas que no se lograban entender.

Giotto lo miró por unos momentos y, luego de unos segundos empezó a arremedarlo fingiendo estar llorando. Eso llamó la atención del pequeño quien paró y lo miró confundido .

- ¿P- por qué llora? - pregunto, aún moqueando y visiblemente preocupado. A paso decidido, se acerco más a él y le tomo una mano de forma audaz - N- no llore, por favor - pidió entre tartamudeos.

Giotto sonrió interiormente al ver que su plan había funcionado y paró el llanto falso.

- Porqué tú estas llorando - respondió ante el desconcierto del más joven - Porqué si tú lloras estas triste… - lentamente y con suavidad, Giotto cerró los dedos de su mano alrededor de las pequeñas palmas del menor, quien apenas se dio cuenta de que en su arranque lo había tomado de ésta - Y si tú estás triste, yo también lo estoy.

- ¿Porqué? - la pregunta sonó tan inocente que Giotto soltó una pequeña risa ante ésta.

-Porqué somos una familia. Y es normal que una persona este triste si otro miembro de su familia lo está.

Somos una familia.

Familia.

Las palabras retumbaron en su mente.

Antes de que todo sucediera, su única familia había sido su madre. Su padre nunca estaba en casa. Incluso ahora se preguntaba si él sabría lo que ocurrió estando lejos o si, para su desgracia, había decidido volver el día en que todo acabo.

Siempre se caracterizó por ser un niño torpe, no era hábil en cuestiones físicas ni intelectuales, sin mencionar que era de los que soltaban lloriqueos con facilidad, tanto así que todos los que lo conocían lo llamaban "Perdedor Tsuna", un apodo algo cruel para un niño de apenas nueve años. Su madre no lo sabía, no quería preocuparla. Pero no había día en el que él no fingiera una sonrisa y llorara en silencio en su habitación.

Por supuesto, que esos llantos no se comparaban con los que soltó cuando el fin empezó.

Había sucedido rápido y lento a la vez. En ocasiones le pareció que todo acababa en un segundo, y en otras en una horripilante cámara lenta. Estallidos y gritos en todas partes. Cortinas de humo y llamaradas que nublaban su vista. Nunca se había sentido tan inútil, sin poder hacer algo para evitar que su pequeño mundo siguiera derrumbándose. El peor dolor fue ver cayendo a su madre mientras se ponía en medio de un ataque dirigido hacia él. Aún ahora, no estaba seguro de que había sido. Vio que salían llamas, pero no se parecían a las que emanaban del fuego. Eran más… coloridas. Si, esa era la palabra. Después de un golpe directo con esas llamas su madre quedó tendida en el suelo, los hombres le sonrieron con burla mientras salían del edificio que se caía a pedazos con él dentro.

Recordaba un terrible dolor en todo su cuerpo, una desesperación que inundaba todo el aire. Creía que iba morir, realmente iba a morir como un "perdedor". O eso fueron sus pensamientos hasta que sintió que el peso encima de él desaparecía, y antes de caer en una oscuridad total, vio unos ojos como el sol que lo observaban esperanzados.

Los mismos ojos que ahora lo miraban con una calidez comparada a la de su madre.

- T-tsunayoshi - tartamudeó. Giotto ladeo levemente la cabeza sin entender del todo. El pequeño inhaló profundamente y lo repitió - Tsunayoshi. Sawada Tsunayoshi. E-es mi nombre.

Vio como el rostro de su salvador parecía iluminarse y una sonrisa brillante se dibujaba en su rostro. Parecía aliviado y contento.

- Tsunayoshi - repitió Giotto. El niño pensó que la forma en la que dijo su nombre lo hacía sonar como alguien importante. Sintió una punzada de orgullo en su pequeño corazón - ¿Qué te parece si te digo Tsuna? Sería como un diminutivo, solo entre amigos - y luego añadió - entre familia.

"Tsuna" a secas, nada de "Perderdor" acompañado. Ni "inútil" ni "patético". Y solo sería con ellos, entre amigos y familia. De nueva cuenta volvió a sentir la punzada en su corazón.

- Ah, ¿dónde están mis modales? - habló el mayor rascándose la nunca con la mano libre y una sonrisa a medias - Mi nombre es Giotto. Aunque también escucharas que varios de aquí me digan "Primo".

Tsuna asintió. Lo sabía. Incluso en su casa había escuchado hablar de los Vongola y de lo poderosos y nobles que eran. Eran sus protectores, sus guardianes. Vongola Primo era su líder. A diferencia de las demás familias de la mafia, los Vongola eran más accesibles y compresibles, sin mencionar que daban menos miedo que la mayoría de los hoscos personajes que reinaban en ese mundo tan distinto al acostumbrado para él.

Había comprobado todo lo dicho por los ciudadanos. Los Vongola eran especiales. Y todos se preocupaban por los demás a su forma, aunque algunos guardianes lo negarían si se les llegara a preguntar.

Hablando de negar las cosas, él no era muy diferente hace mucho. Creciendo escuchando narraciones sobre lo fuertes que eran sus protectores, Tsuna mentiría si dijera que nunca había soñado con ser como ellos. Tener la capacidad de proteger a las personas y conservar la gentiliza del corazón.

Y ahí estaba. Frente al líder de la familia que tanto había admirado.

No, ahora era su familia.

La mejor que hubiera podido pedir.

Otra punzada, estaba vez más fuerte que las anteriores y la cual siguió de un abrumador sentimiento de felicidad. Tanto así que no pudo evitar empezar a llorar mientras reía torpemente. Por un momento, Giotto se asustó y se pregunto si había dicho algo malo, pero pronto descarto la idea al escuchar la suave risa del infante. Todas sus dudas terminaron en la nada cuando sintió que el niño cortaba distancia entre ellos y lo abrazaba mientras lograba articular una serie de "gracias" entre hipidos.

Un poco sorprendido, Giotto lo cubrió entre sus brazos y sonrió de forma más tranquila.

- Bienvenido a los Vongola, Tsuna.


Re editado y vuelto a escribir por ElenaMisaScarlet el 30 de Agosto de 2015