No salí de mi departamento durante todo el resto del día, simplemente temía demasiado salir y encontrarme con él, había estado frente al televisor tumbada sobre el sofá, pensando en las miles de razones que pudo haber tenido para volver, y ninguna me pareció suficiente, miré hacía la ventana y me di cuenta de que el sol se había ocultado. Me digné a levantarme y mirar por la ventana hacia la calle, rogué por no verlo fuera del edifico. No fue así, la calle estaba desértica, me alegre, pero aun me inquietaba algo, no supe cuanto tiempo me estuve de pie frente a la ventana hasta que el teléfono sonó.
Me apresuré a responderlo y respondí con voz temblorosa.
-¿Diga?
-¿Serena?-dijo una voz del otro lado, por el susto tardé en reconocerla.
-¿Qué sucede, Seiya?
-No fuiste al trabajo en toda la tarde, fui a buscarte y me dijeron que no habías regresado, te llamé varias veces al celular pero no lo contestaste, me preocupé por ti, ¿estás bien?
-Eso creo.
-Iré por ti, saldremos a tomar un café, algo, lo que tú quieras, ¿de acuerdo?
-No quiero salir, quiero quedarme aquí.
No le di tiempo de responder y le colgué, de nuevo me tumbé sobre el sofá a seguir pensando, un rato más tarde escuché que alguien llamaba a la puerta y el corazón se me aceleró. Me levanté lentamente y la abrí. Seiya se encontraba de pie con una bolsa en la mano, me sonrío y yo lo deje entrar.
-¿Qué haces aquí Seiya?, te dije que no quería salir.
-Lo sé, por eso no vamos a salir, vine aquí, me preocupas, nunca faltas al trabajo, además ahora que te veo… tienes cara de pocos amigos, pareciera que estas enferma, por favor, Serena, dime que sucede, sabes que me preocupas mucho.
-No creo que quieras saberlo, no es algo tan…importante.-respondí dudando.
-Traje panecillos y café, puedes decirme que sucede mientras comemos, te hará sentir mejor, ¿de acuerdo?
Seiya se sentó en el sofá y acomodo los panecillos sobre la bolsa, me dio un vaso de café y el otro se lo quedó él. Me miró durante un largo rato para ver si le decía algo, al ver que no respondía le dio un sorbo a su café y se aclaró la garganta.
-Vamos, Serena, puedes decirme, en realidad es muy raro que hayas faltado al trabajo, y dudo que estés enferma, te conozco bastante bien…yo soy tu…
-¿Mi qué?
-Pues, me entiendes, no soy tu novio porque no lo quieres…pero sabes bien que te quiero, y que estoy contigo, cada día desde hace cinco años.
-Calla, no lo menciones.-dije llevando mis manos a la cabeza.
-Entonces eso es, Serena, ¿qué sucede?, me estas preocupando…
Lo miré, con mucha seriedad, pero mis ojos revelaban lo contrario, me dolió mucho si quiera decirlo.
-Volvió.
Seiya tardó un momento en comprenderlo, pero luego abrió los ojos como platos y por un momento sentí que había dejado de respirar. Se puso de pie rápidamente y comenzó a dar vueltas por la habitación.
-Necesitas calmarte, Seiya.
-¡No!, ¿cómo quieres que me calme cuando ese idiota ha regresado?, y tu… ¿Por qué lo viste?
-¡Seiya!, ¿tu crees que yo hubiera querido verlo?, simplemente me dirigía al trabajo cuando lo vi entre la multitud, ¡no fue mi culpa!
-Entonces pudo haber sido un producto de tu imaginación…
-¡No!, no lo fue, eso creí al principio, pero luego él me miró… y comenzó a caminar hacía mi, pero yo huí, corrí hasta aquí, ¡era real!
-Serena, no te sientas mal por ello, si no sabe donde vives, si no sabe donde trabajas todo esta bien, no te preocupes, puedes evitarlo, la ciudad es bastante grande, hay pocas probabilidades de que te encuentre, si te busca con tu familia dudo que alguno de ellos le diga donde estas, tranquila, ¿lo ves?
-Pues si… supongo que no debo preocuparme tanto, pero la sola idea de pensar que esta aquí, en Tokio, me atormenta, el debería estar lejos… muy lejos.
-No pienses en ello, tienes que seguir tu vida normal, para que el sepa que tu seguiste adelante, y que te superaste.
Seiya se fue una hora después, cuando me encontraba más tranquila, aun así me mataba la idea de pensar que en cualquier momento podría encontrármelo otra vez y que ahora no viviría tranquila.
Al día siguiente no puse atención en ninguna de mis clases, tenía mi cabeza en su rostro, aun no podía creer que lo hubiera visto otra vez, mi corazón latía fuerte cada vez que lo recordaba, ¿Por qué?, ¡debía odiarlo!, no podía pensar en el como algo bueno, no podía perdonarlo, ¿Por qué había regresado?, aun me lo preguntaba.
Caminé lentamente hasta el café en donde trabajaba y respondí las preguntas necesarias con respecto a mi falta, me dedique a trabajar con la mente perdida. Durante la tarde todo estuvo tranquilo, no hubo mucha gente, así que opté por acomodar los productos del mostrador principal, por lo que me agache y ahí estuve durante un buen rato.
Escuché que la puerta se abría y supuse que era un cliente, pero decidí no ponerme de pie hasta que llegara a la caja. Al ver los pies del cliente frente al mostrador me puse de pie, alisé mi delantal y tomé una hoja con la que tomaba las órdenes, sin mirarlo le pregunte que deseaba.
-¿Qué desea ordenar?
El hombre tardó un rato en contestar, me desesperé y lo miré, al momento de mirarlo me respondió.
-Un capuccino.
El corazón se me paralizó por unos instantes, sus ojos clavados en mi me martirizaban, no lo soporte, agache la mirada.
-Enseguida.-fue lo único que pude responder.
Le preparé el café lo más rápido que pude, rogué porque fuera una coincidencia, solo deseaba que se largara, no quería verlo, no lo soportaba.
Se lo entregué y nuestras manos rozaron, un estremecimiento me invadió el cuerpo, no lo soporté, me dio el dinero y esperé a que se fuera, pero no lo hizo, no supe cuanto tiempo se quedó ahí de pie, mirándome, y yo con la mirada clavada en el suelo.
-Serena.-escuché.
Cerré mis ojos y trate de olvidarlo, desee que al abrirlos ya no se encontrara ahí de pie, pero no fue así, su voz siguió insistiendo.
-Serena.
Me giré y caminé a la parte trasera de la cafetería, minutos después regresé y para mi fortuna ya no estaba. Al anochecer salí del trabajo acongojada, distraída, no podía creer que hubiera tenido contacto tan cercano con el, había estado a punto de colapsar.
Caminé lentamente, la calle estaba muy sola, después de un rato sentí que alguien me seguía, me asusté y caminé más rápido, quien me seguía también comenzó a caminar más rápido, temí que pudieran asaltarme y cuando apenas iba a empezar a correr sentí que me tomaban por el brazo, asustada me giré y trate de zafarme.
-¡Serena!-gritó Diamante.
Me quede petrificada al verlo bien, era el y me había estado siguiendo.
-Serena, no corras, no te vayas, te he estado esperando.
No me atrevía a hablar, me tomo por ambos brazos y me miraba con sus enormes ojos grises que yo tanto recordaba, su cabello se agitaba con el viento, ya no recordaba que tan hermoso era, y me molesté, el no podía llegar con su belleza a atormentarme.
-Respóndeme algo.
-¡No!, ¡déjame ir, Diamante!, ¡déjame!, no quiero hablarte, no quiero verte, ¡vete!
Diamante me miró con tristeza y luego me rodeó con sus brazos, yo me puse rígida pues no me agradaba aquella situación, ¿Cómo se atrevía a regresar y abrazarme como si nada hubiera sucedido?, pero por alguna extraña razón me sentí sumamente tranquila entre sus brazos.
Al soltarme yo seguí sin hablar, y mi mirada estaba perdida.
-¿Por qué hiciste eso?-le dije.
-Quise hacerlo, quería sentirte entre mis brazos.
-¡Cállate!, por Dios, no puedo creer ni una sola palabra de lo que hablas, no puedo creer que estés aquí, ¿Por qué regresaste?, ¿Por qué?, ¡debiste quedarte muy lejos!
Hubo un silencio prolongado, tenerlo tan cerca me resultaba difícil, no lo soportaba, no pude controlarme y comencé a derramar lágrimas desenfrenadamente, me giré para que no me viera y cubrí mi rostro con las manos. Sentí como sus brazos volvían a rodearme, comencé a golpearlo en el pecho mientras me apretaba más fuerte, solo quería huir de ahí.
-Déjame, Diamante, no puedo soportar tenerte tan cerca y a la vez tan lejos, ¡déjame!-le supliqué.
Diamante me soltó lentamente, lo miré por última vez y comencé a caminar rápidamente hacia mi casa. Minutos después había llegado al edificio y cuando abrí la puerta me di cuenta de que Diamante me había estado siguiendo, eso no estaba nada bien, ahora sabía donde vivía y donde trabajaba, esta vez era inevitable volver a verlo. Entré rápidamente, con lágrimas rodando por mi rostro, asustada, acelerada.
Me acosté en mi cama sin poder dormir, solo lograba recordar sus brazos rodeándome, aquel delicioso olor que lo impregnaba, sus ojos radiantes, su cabellera, no podía quitarme esos pensamientos de la cabeza. ¿Por qué había regresado y yo aun seguía pensando en él de esta manera?
Estúpida Serena, ni siquiera los cinco años, ni siquiera el daño que me hizo han podido hacer que lo deje de querer. ¡Lo odio!
