Disclaimer: Ni Heroes of Might and Magic III ni ninguno de sus personajes, locaciones o conceptos asociados me pertenecen. Lo único mío son el argumento y personajes originales de esta historia, escrita como un simple pasatiempo sin fines de lucro.


Capítulo 2: Rutina

-Buenos días, Kodziomi -Braemar la saludó apenas entró a la cocina-. ¿Ha dormido bien?

-Muy bien, señor. Ahora mismo estaba preparando el desayuno.

-¿Quiere que le eche una mano?

La naga se quedó mirándolo con un gesto medio en broma, medio en serio; sostenía un cuchillo, dos platos y una jarra de miel sin mayor esfuerzo mientras vertía el agua hervida en la tetera de plata cuidadosamente labrada.

-Figuradamente, claro -se defendió el cazador de tesoros.

-No hará falta, jefe -respondió la otrora militar-. Ya casi tengo todo listo.

Miró por la ventana y luego volvió a su posición normal, terminando de tostar el pan y calentar la leche (Braemar dijo que la prefería justo debajo del punto de hervor). En la parte delantera del jardín había un reloj de sol que curiosamente ella no había visto por estar un poco más adentro, casi dando la vuelta por el costado de la mansión. Un ruido la sacó de su ensimismamiento y vio al humano dejar un par de bandejas junto a ella, además de procurar un juego de vajilla fina, hecho de rica porcelana con detalles en pintura azul muy similar al tono de piel del guardia Kyran.

-Las tareas siempre las haremos a medias, Kodziomi -le sonrió levemente-. Recuerde que usted es mi ayudante, no mi doncella.

-Como mejor le parezca, señor.

A las ocho en punto ya estaban ocupadas dos sillas de un salón en el que fácilmente cabrían quince o veinte personas cómodamente sentadas. La decoración era tan rica como el resto de la casa: el conjunto del comedor estaba hecho enteramente de finísimo ébano. Sus paredes y piso estaban cubiertos, respectivamente, de intrincados tapices rojizos y madera negra pulida. Varios cuadros, representando desde paisajes hasta criaturas nativas de Antagarich, creaban islas de escape al infinito, secundados por ordenadas hileras de plantas de interior que habían regado anoche. El objeto más importante e imponente, sin embargo, era un enorme mapa de Bracada instalado en casi toda la pared detrás de la cabecera de la mesa. Un pequeño atril en su parte inferior tenía una réplica en miniatura con un lente de aumento especial: cualquier área vista en detalle ahí también se ampliaría en el muro.

El dueño de casa contó que ese fue uno de los primeros objetos encomendados por sus padres para la mansión una vez que la adquirieron.

-Cuando era niño y no estudiaba, solía pasarme horas sentado aquí, experimentando con el mapa -apuntó-. Tenía una especie de juego en solitario: recorrer con una sola línea que no se cruzara todos los lugares del país donde había estado. Al principio era fácil, pero conforme fui creciendo se me hizo imposible cumplir la condición.

-¿Por qué?

-Cada vez íbamos a más sitios. Si no estábamos en Erathia o intentando razonar con los incivilizados bárbaros de Krewlod, llegábamos a cambiarnos de ciudad dos o tres veces al año.

-¿Tres mudanzas en un año? -ella sonaba sorprendida ante semejante crueldad-. Y yo pensaba que ordenar mi habitación en casa era un suplicio.

-No se preocupe -él la tranquilizó con una simple mirada-. Sin embargo, he de admitir que eran esos momentos los que me hacían desear que mis padres se dedicaran a otra cosa. No me costaba demasiado hacer amigos, pero la peor parte era tener que dejarlos atrás cuando llegaba la hora de cambiarnos al otro lado del territorio. Durante algún tiempo mantuve contacto con ellos por carta, pero eventualmente dejaron de escribirme. Ignoro qué les pasó.

La expresión de melancolía en el rostro de Braemar era ineludible. Kodziomi vio en ella el mismo amargor del recuerdo que había sentido el día anterior referente a los muertos vivientes.

-Señor, ¿me permite…?

La naga dejó su silla, se aproximó a él y lo abrazó con ternura. No le importaba que esto fuese totalmente inapropiado, considerando la relación estrictamente laboral bajo la que operaban. El anfitrión se tensó pero su cerebro apuntó al lado contrario, relajándolo y haciéndole lanzar un suspiro.

-Gracias, Kodziomi -cerró los ojos e inclinó la cabeza-. Ahora estamos a mano.

-No fue nada. ¿Le parece si terminamos de desayunar? -la chica cambió el tema-. Todo esto siempre es mejor caliente.

Y así lo hicieron. En silencio, intercambiaron de cuando en cuando miradas sencillas mientras devoraban con fruición el pan caliente con mantequilla, las raciones de carne ligeramente curada con sal y las deliciosas galletas de azúcar compradas el día anterior en la pastelería de la calle Bransen. Acompañaron todo ello con té cargado, pequeñas raciones de avena (cereal muy apetecido por esos rumbos a pesar de su oneroso precio) y enormes vasos de leche fresca con miel. Esta última tenía un color y sabor diferentes a la del resto del continente, dado que las mismas abejas, adaptadas a vivir con bajísimas temperaturas, la fabricaban en menor cantidad y con flores mucho más hostiles.

Recogieron todo en dos tiempos y lo lavaron con aplicación, dejando toda la utilería secándose sobre una rejilla de acero templado especialmente adaptada a platos y copas.

-Bien, ya hemos terminado con esto -dijo él-. Ahora tenemos que comenzar el día como corresponde.

-El Gremio Mágico, ¿verdad?

-Así es. Junto con el rollo de pergaminos que tengo en la biblioteca para tomar notas, por favor procure una capa y un arma menor, como una daga o un cuchillo, y reúnase conmigo en la entrada del jardín. Tiene cinco minutos desde ahora.

Kodziomi asintió y partió rauda a su cuarto, ubicado no muy lejos de la biblioteca. Ayer, luego de las compras, Braemar le había dado un tour de la casa y sabía bien dónde estaba cada cosa. Abrió a medias la ventana para ventilar y acomodó sus almohadas sobre la cómoda cama (hecha inmediatamente después de bañarse) en la que había pasado su segunda noche en Calarnen. La estancia, aunque sencilla, ya tenía un toque personal, marcado por las seis cimitarras recién forjadas colgando de la pared. Ella misma las había elegido por su buen balance entre peso y maniobrabilidad; cuando el herrero pidió 2.400 monedas por el set completo, su jefe pagó sin chistar.

Abrió el armario, ahora lleno de ropa nueva, práctica y cómoda, desde las chaquetas hasta la interior. Aún recordaba con gusto la expresión de las costureras y vendedoras cuando se llevaron la mitad de las existencias (bueno, nunca tanto) en dos enormes bolsas de tela, cargándolas cual frutos de una buena cacería en los bosques de Padon. Dirigió uno de sus seis brazos al tercer cajón de pino antiguo para extraer de él una daga antigua, regalo del mismo herrero por la compra anterior. Era lo suficientemente grande para causar buen daño en manos expertas como las suyas y lo suficientemente pequeña para ser guardada en un bolsillo sin despertar sospechas. Dejó el arma encima de la cama y luego cogió una capa forrada en tonos negros, haciendo juego con sus escamas y realzando el blanco de su tersa piel, bien tratada con aceites aromáticos.

-Esto me servirá -dijo, silbando esa cancioncilla de batalla-. No es ni cáustica ni acaramelada y puedo dejarla colgando de una silla sin que nadie más se tropiece.

Se miró al espejo por un momento. Si hace apenas dos días estaba hecha un despojo, ahora parecía una naga totalmente nueva, salida de una compleja y dolorosa muda de piel. Llevaba una blusa gris oscuro y un chaleco de tela gruesa sin mangas, abotonado a conciencia, realzando su busto y cubriéndola más allá de sus caderas. Un cinturón negro con hebilla dorada mantenía todo en su sitio; lejanos parecían ya los tiempos en que usaba el complicado entramado de correas y protectores asignado a las de su especie.

-Puedo hacerlo -tomó aire a lo máximo que le dieron los pulmones y luego lo dejó salir-. Puedo hacerlo.

Envainó la daga al lado derecho de su cuerpo, se puso la capa y ajustó su cabello antes de cerrar la ventana. La mañana se estaba poniendo helada y lo que menos deseaba era retrasar a su patrón.

-C4-

-Cuénteme algo, Kodziomi -dijo el muchacho mientras bajaban tranquilamente por el sendero hasta la calle que iba de la plaza al castillo.

-¿Qué clase de cosa?

-Sólo deseo saber algunos puntos elementales -replicó él-. ¿La cama es apropiada para usted? ¿Su habitación es lo que esperaba? ¿Tiene suficiente espacio en su armario y cómoda?

La pelinegra se cohibió un poco, deteniendo el movimiento de sus escamas sobre el adoquinado suelo. Miró a Braemar con algo de curiosidad, sin acertar a comprender del todo sus intenciones. ¿Sería ese un reflejo de esa personalidad tan peculiar descrita por las viejas de la plaza, caracterizada por largas incursiones a zonas húmedas y días enteros empleados en escribir cartas que luego eran arrojadas a la chimenea? Ayer, casi al final del recorrido por la mansión, notó trozos de pergamino quemado en el descansillo. Su liviandad y negrura evidenciaban una data de días, cuando no semanas.

-Este… Sí, la habitación es cómoda. ¿Por qué…?

-No piense mal -él volvió a tranquilizarla y la animó-. Dado que usted es mi asistente a tiempo completo, lo mínimo es que esté en el ambiente apropiado. Si necesita algo, no dude en pedírmelo.

-Realmente se lo agradezco -volvió a ponerse en movimiento, sintiendo el frío contra la parte inferior de su cuerpo-. Ahora quisiera hacerle otra pregunta.

-Lo que desee.

-¿Le dio el mismo tratamiento a sus anteriores asistentes?

Ahora fue él quien se detuvo, clavando su mirada en la de ella. Una levísima capa de soledad parecía cubrir los ojos del cazador.

-Por supuesto, querida -la naga se sonrojó, una vez más, al escucharle decir esa simple palabra-. Comprenderá usted que este no es un trabajo razonable y, por lo tanto, las prestaciones tampoco son razonables, al menos para los estándares de nuestro país -ahora siguieron moviéndose hacia el centro de Calarnen-. En lo personal, vivo bajo un axioma: cada misión que emprendo bien podría ser la última.

-Eso es exactamente lo que solía decirme mi madre -interrumpió Kodziomi-. Cada noche, cuando nos contaba historias junto al fuego, terminaba con esas mismas palabras que usted ha dicho.

-Las seis asistentes que tuve antes de su llegada recibieron exactamente el mismo mensaje. Todas ellas eran chicas encantadoras y atentas -recordó-, pero ninguna sabía siquiera cómo blandir correctamente un arma. Imagino que ya habrá escuchado lo que se dice de mí en el pueblo…

-Pues sí… -se avergonzó un poco por haber siquiera considerado en creer semejantes disparates-. Ayer, mientras venía camino a la mansión, me encontré con gente que lo trató de nigromante, mercenario despiadado, mago loco e incluso evasor fiscal.

-¿Necrófago no?

-¿Eh…? -el tono de la reptil era de incredulidad-. ¿En serio lo han tildado de necrófago?

-No sé si de eso o de necrófilo -Kodziomi rió a esa mención de su jefe-. ¡Como si yo fuera a comer carne de zombie o tener una fijación sexual por las vampiresas! Ese es el problema con las ciudades pequeñas como esta: toda la imaginación está concentrada en los chismosos de medio pelo.

-Como las comadres de la plaza.

-¿Conversó con ellas?

-Desearía no haberlo hecho -suspiró la espadachina-. Me lanzaron todas esas advertencias dignas de folletín y creo que de puro milagro no lo calificaron de violador en serie. Siendo honesta, jamás he visto dos mayores desperdicios de espacio en toda mi vida. Al menos los borrachos perdidos de nuestros puertos son una atracción turística.

Para su sorpresa, Braemar rió con ganas, el eco rebotando en las casas del inicio del sendero. La calle ahora se extendía hecha y derecha a ambos lados, con sus tranquilas construcciones echando humo blanco por las chimeneas y las torres del monumental castillo donde sesionaba el Club de los Notables vigilando cada movimiento de ese mundo en miniatura (al menos así se veía desde arriba) encargado a sus dominios.

-Esa fue buena, Kodziomi.

-Sólo me burlo de lo que es burlable, señor.

-¿Y desprecia lo que es despreciable?

-Como lo haría cualquier ser racional -contestó ella, hinchando un pelín el pecho para disfrutar del momento-. Ya sabe, viene de serie cuando se es naga.

-Pues usted y yo tenemos más en común de lo que pensaba -le rodeó los hombros con su ancho brazo izquierdo para luego volverla a mirar de frente-. Definitivamente no me equivoqué al contratarla.

Se detuvieron ante un edificio con base piramidal, extendido hacia el despejado cielo como una punta de lanza. Estaba construido con piedra blanca, su sección media un poco más ancha y curvada. En la zona más alta y en el portal se veían hermosas franjas de bronce pulido, azulejos y oro a intervalos regulares. La explanada a su alrededor era de baldosas gris perla, generando la sensación de que eran un inmenso espejo capaz de leer los pasos de todos quienes circulaban por encima. Una escalera de mármol llevaba al acceso principal, flanqueada por muros repletos de glifos escritos, notó Kodziomi, en idiomas bastante similares a los que viera en los pergaminos del pasillo de entrada.

-Recién vengo a darme cuenta que el Gremio Mágico (3) está justo detrás de la plaza y del tablón -dijo ella, mirando hacia atrás-. No sé cómo no lo vi antes.

-Es el efecto que tienen las comadres de la plaza y su verborrea insoportable. ¡Mire, precisamente ahí están!

El cazador apuntó hacia el mismo banco donde la naga las había encontrado ayer; esas capas marrones eran un lugar común a esas alturas. La fuente arrojaba agua lentamente, dando un poco de paz al centro del centro, lleno de más gente a cada momento que pasaba.

-Así veo… Señor, se me acaba de ocurrir una idea.

-¿Qué tiene en mente?

-Ir a meterles un poco de miedo. Ya sabe, jugar con esos estúpidos rumores sobre usted, dejar volar la imaginación…

Braemar rió con ganas por segunda vez esa mañana.

-¡Me gusta, me gusta! -añadió mientras se frotaba las manos ante la perspectiva de una buena broma-. Eso sí, preferiría caldear un poco el ambiente y dejar que se confíen. Cuando salgamos del Gremio, dejaré que tome el mando de esta conversación.

-Mayor razón para hincarle el diente a lo que se nos viene por delante -expresó ella, sintiendo el dulce prospecto de una buena broma cocinándose en el horno.

Subieron hasta la entrada y cruzaron la amplia puerta de roble. De inmediato fueron recibidos por los complementarios aromas de la tinta, los pergaminos, las eternas discusiones sobre la valía de un hechizo u otro… En concreto, ellos no estaban aquí para aprender magia sino para visitar la biblioteca pública, cuya obligación legal de mantener recaía en la noble institución establecida por el regente Magnus durante los primeros años de formación de Bracada.

Aunque la mayoría de los materiales ofrecidos fuesen gratuitos para la comunidad y hubiese programas especiales para estudiantes de escasos recursos pero con amplio potencial, el Gremio Mágico se financiaba exclusivamente con aportes de sus miembros registrados para así mantener su independencia frente al poder político. La cuota de seis mil monedas de oro al año era obligatoria desde el presidente hacia abajo y no se admitían retrasos en los pagos bajo ninguna circunstancia; quien fallara era expulsado sin más ceremonias e impedido de reintegrarse a la organización hasta el final de los tiempos. Afortunadamente y gracias a la maravillosa tecnología de los monolitos, cualquier oficina podía recibir los pagos y luego los encargados derivaban el registro correspondiente a la sede del afiliado.

-¿Había entrado antes a una sede del Gremio, Kodziomi? -preguntó Braemar con ese tino que lo caracterizaba.

-Nunca en la vida -replicó ella sinceramente-. Una vez conocí a un par de colegas de la guardia, también nagas, que debían custodiar la sede allá abajo, en Maratzante. Me contaron que intentaron entrar de curiosidad y, cuando las sorprendieron, faltó poco para que las mandaran a volar con un hechizo o dos. Después de eso pidieron cambio de turno. Nunca más las volví a ver.

-Bueno, aquí la gente es bastante más tranquila -enfatizó con un movimiento de su mano izquierda-. Y si intentan objetar su presencia, pierda cuidado. Usted viene conmigo y la tratarán como si fuese yo mismo.

Siguieron por el pasillo de madera gruesa iluminado con velas eternas y luego cogieron la tercera puerta de la izquierda. Salieron a una pasarela conectando el edificio principal con otro más bajo, construido como una espiral parte blanca, parte bronce. A su alrededor asomaba la típica escalera de caracol en dirección a la amplia cúpula, ubicada a cuarenta o cincuenta pies sobre el duro suelo de adoquines.

-¿Puede subir? -preguntó el muchacho-. De lo contrario, no tengo problema en cargarla.

Kodziomi dudó un momento, mirando hacia arriba y percibiendo la escalera como más grande y menos piadosa. Cerró los ojos con furia y sacudió la cabeza para quitarse tanto el miedo como el rubor. Era una sensación extraña la causada por este cazador, tan educado, tan honesto y a la vez tan enigmático.

-No hay problema, jefe -lo miró con un temple a toda prueba-. Vamos, que ya comienza a soplar el viento helado desde las montañas.

Así era. Braemar conocía bien esta brisa, afilada cual navaja y que hacía silbar los callejones más estrechos. Siempre la asoció a fracasos, a misiones abortadas luego de que un simple viento terminara transformándose en tormenta de nieve, forzando a todos a cobijarse bajo techo y dar amplio tiraje a las chimeneas.

Cogieron el pasamanos y ascendieron poco a poco por los peldaños de hierro que, a juzgar por su tosca apariencia, habían visto días mejores. Los pasos del chico hacían eco sordo ante el cantar del frío, mientras Kodziomi movía su parte inferior en complejos patrones para ir dejando atrás un peldaño y luego otro.

-¡Aaaaah…!

La escalera pareció tambalear. El chico se volteó de inmediato, chocando con la visión de su ayudante aferrada a la baranda con sus seis brazos, los ojos cerrados y los dientes apretados. Bajó cinco peldaños hasta ella y se arrodilló; estaba tensa como cuerda de arco compuesto.

-¡Kodziomi! -exclamó sin elevar la voz más de la cuenta-. ¿Qué le ocurre?

-Perdón… -su voz era un hilillo, despojada de la confianza mostrada hace apenas unos instantes-. Miré hacia abajo y me vino un mareo…

-¿Sufre de vértigo?

El tono de Braemar era de preocupación absoluta, diagnóstico compartido por sus ojos y la forma en que intentaba relajarla para que soltara la reja separándola del suelo.

-Un poco… Perdón por no habérselo dicho antes, señor.

-No hay problema, Kodziomi -le dio leves toques en las muñecas-. Mejor que lo hayamos sabido ahora que estamos en la seguridad de la ciudad y no en los riscos de las montañas Litma, por poner un ejemplo. Ahora relájese.

Rodeó la cintura de la naga con sumo cuidado y luego soltó, uno a uno, los brazos restantes. Ella seguía con los ojos cerrados, tratando de pensar que todo esto no era más que un mal sueño. Las ondas de vapor emergiendo de sus bocas demostraban el acompasamiento de sus respiraciones. No había nadie más en la escalera; si lo hubiera, ya podría comenzar a armarse de paciencia.

-¿Se siente mejor?

-Algo…

-Respire profundo y no piense en la altura.

Tomó dos de las manos de su asistente con las suyas propias, abrazándola y luego incorporándose poco a poco. El alquimista nominal se sentía en una cuerda, tanteando la fina línea que separaba la ayuda de la incomodidad intrusa. Recordó el sigilo de no pocas de sus misiones, esperando el momento preciso para asestar el golpe y obtener el tesoro o, lo que era lo mismo, recuperarlo de las manos de esos ignorantes saqueadores. Desde el primer día que decidió enfocar su vida en la cacería de tesoros, Braemar odió a ese pútrido estamento de la raza humana incluso más que a los bárbaros de Krewlod. La inmensa mayoría ignoraba el valor de las piezas que hallaba y se desprendía de ellas por unas pocas monedas, pasando por alto no sólo los suculentos negocios realizados por conocedores como él, sino también las historias únicas guardadas en la esencia más pura de cada objeto, atadas inexorablemente a sus creadores y las formas de vida que pulieron sus propias existencias. En cierto sentido, los seres humanos también eran artefactos en el gran tablero de los misterios; sin ir más lejos, sus fallecidos padres saltaban a la palestra. Ajedrecísticamente hablando, los diplomáticos ejercían el papel de torres, capaces de moverse a cualquier casilla sobre la base de la intriga, el decoro y el buen gusto a la hora de vestir.

-Ya está, Kodziomi -le tomó los hombros-. Puede abrir los ojos.

Poco a poco las persianas se fueron levantando, mutando la visión de la chica desde la oscuridad a la fuerte luz mañanera. Superado el ataque inicial del destello y con los latidos del corazón ya normalizados, la naga contempló los cálidos ojos negros de su contraparte.

-¿Mejor? -preguntó él.

Por un momento quiso romper el contacto con él, ansiosa de ocultar el rubor que inundaba sus perladas facciones, pero no lo hizo. Asintió en silencio y luego se refugió en sus brazos. Tal vez ella estuviese adaptada al cruel frío bracadano, pero se rindió ante las hebras de calor emanando de esa mente y corazón genuinamente preocupados por ella. Hasta su propia familia, con sus férreas costumbres y parcas emociones, parecía borrosa en comparación.

-Gracias -susurró ella tras separarse-. Lo necesitaba.

-Cuando quiera -asintió él en ese tono comedido-. ¿Terminamos la subida? -le tendió la mano.

-Claro, jefe.

El calor había girado el ánimo de Kodziomi en 180 grados, quitando el rubor de su rostro y volviendo a poner al frente a esa naga de armas tomar. Cubrieron la mitad restante del ascenso sin separarse, mirando siempre hacia los carriles del céfiro por donde pasaban las nubes a toda prisa, rumbo a los inhóspitos parajes del suroeste.

Volvieron a mirarse fijamente al llegar al amplio descanso donde se encontraba la entrada a la biblioteca pública.

-Este… incidente de la escalera me recordó a otra cosa que solía decir mi madre -indicó ella, totalmente recuperada del susto.

-¿Y eso sería…?

La reptil suspiró, buscando algo más de confianza en el aire gélido que ya tenía a la gente de abajo correteando por su vida.

-Nunca se debe dejar al orgullo rechazar una mano de ayuda, porque prácticamente todas esas ocasiones pasan sólo una vez en la vida.

"Las nagas sí que son sabias", pensó él. "Tal vez deberíamos tener más de ellas en el consejo asesor y sacar de ahí a esos genios coléricos que todo lo arruinan".

-De verdad le agradezco que me haya tendido un cable, señor Braemar -continuó la pelinegra-. Esto del vértigo me ha jugado malas pasadas un par de veces, pero me aseguraré que no sea un impedimento para asistirlo en sus labores -sentenció con solemnidad.

-Ya sabe que aprecio la honestidad, Kodziomi, como pocas cosas en esta vida. Pero también hay algo que llega a la misma altura y es la confianza -se reclinó contra la enorme barrera-. Repetiré algo que le dije también a mis anteriores asistentes: este oficio casi no entrega oportunidades de confiar en otros; tal es el miedo a las puñaladas traperas. Si usted me considera digno de ser su confidente, tenga por seguro que corresponderé a su gesto de igual manera e iré incluso más allá.

-¿Más allá? -la naga estaba impresionada por esta faceta tan noble de su empleador.

-Si llegáramos a estar en un apuro de los grandes, pondré mi vida en sus manos sin pensarlo dos veces. Espero, al mismo tiempo, que no se sienta incómoda de hacer lo mismo en caso de necesidad.

Le tendió su mano enguantada con franqueza. Ella, tras dudar por una fracción de segundo, se la estrechó firmemente, permitiéndose el pequeño lujo de dejar surgir una sonrisa ídem. Tal vez tuviese la malla de la dura crianza materna incrustada en la conciencia, pero deshacerla, a este paso, sería cuestión de tiempo.

-Somos un equipo, ¿verdad?

-Exactamente. ¿Entramos?

Ambos desaparecieron detrás de la maciza puerta de roble, dejando atrás el frío y el viento. Ante sí tenían la misión de recopilar y comparar información sobre cierta estatuilla de propiedades cuestionables, encargo de una maga de Valtara dispuesta a pagar bien por adquirirla. Con algo de suerte, podrían aderezar todo con té caliente, algunos pastelillos y, de paso, reventarle una vena a la estricta solterona que hacía de bibliotecaria.

-C5-

Ojo de Águila (4).

A esa cuestionable teoría, basada en el aún más cuestionable argumento de que ciertas personas con aptitudes mágicas podían aprender hechizos con sólo ver a otros usarlos, estaba relacionado el artefacto de marras, siguiendo su rastro entre toneladas de bibliografía, esquemas y demases durante casi cuatro horas. La estatuilla, conocida como el Pájaro de la Percepción, estaba hecha en su totalidad de mármol. Sobre una base cuadrada con un ojo tallado en la parte frontal se levantaba una esfera lisa, perfectamente pulida; en su parte superior estaban los detalles de una paloma con sus alas extendidas y sus patas intentando aferrarse a la pelota. La hechura, según la siempre bienvenida ayuda de Artefactos de la A a la Z, databa del año 950 AS y sus orígenes estaban disputados entre Tatalia y Erathia. "Entre usted y yo", le había dicho Braemar a Kodziomi, "esto del Ojo de Águila lo asociaría más a las brujas de los pantanos; la escuela erathiana es demasiado estricta a la hora de la magia". La naga se preguntó por qué una habitante de Bracada buscaría experimentar con algo tan relativo e inexacto; hasta donde sabía, todo el ciclo mágico estaba basado en tres valores: precisión, repetición y especialización.

Aunque sonara a cuento de brujas (perdonando la expresión), esta primera aproximación al trabajo netamente académico había salido bien. Incluso, tras hurgar un poco, ella desenterró referencias a otros dos objetos muy similares y que, a juzgar por lo que recordaba de la galería repleta de tesoros, no estaban en poder de su empleador. Uno era el Vigilante Estoico, hombrecillo forjado en bronce, portando capa y bastón; en su base estaba el mismo ojo que en la estatuilla. El segundo, conocido como el Emblema del Conocimiento, bien podría haber sido un hermoso regalo de cumpleaños o bodas. Hecho de oro macizo con incrustaciones en zafiro y (oh, sorpresa) un ojo desde el que nacía una cruz delgada y roja, venía ataviado con una gruesa cadena. El muchacho la recompensó con una mirada de satisfacción y, terminadas sus notas, devolvió los libros con un ánimo tal que casi hundió el mostrador completo bajo su peso.

Lo mejor vino después. Salieron de la sede del Gremio con el ánimo por las nubes y se dirigieron donde las comadres, quienes seguían en sus eternas pláticas sobre todo, nada y algo más. Braemar apenas pudo contener la risa al ver sus rostros desencajados luego de que Kodziomi les contara sobre su nuevo trabajo.

-¿A que no saben dónde vamos a ir esta noche? -les preguntó, tratando de forzarlas intencionalmente a asustarse.

-¿A dónde? -devolvió la pelicastaña.

-A abastecernos de carne, por supuesto -la espadachina hizo brillar sus ojos con malicia-. He oído que por aquí hay unos cementerios soberbios.

-Es que se me antojó comer filetes frescos -añadió él, siguiéndole totalmente el juego-. He oído que la barriga, bien sazonada con sal, romero y algo de tomate, queda de lo mejor.

-Por no mencionar que se pueden hacer sopas exquisitas con los muslos y huesos, jefe -la complicidad fluía limpiamente entre ambos-. ¿Sabe? Tengo una receta que me enseñó mi madre y me encantaría prepararla.

-Con todo gusto, querida -ahora él miró a las descompensadas mujeres y luego a su asistente, quien captó la referencia de inmediato.

-Se me ocurre una mejor idea -añadió la naga-. ¿Qué tal si ustedes vienen a cenar a Bakorima esta noche? Total, donde comen dos comen cuatro.

La broma terminó saliendo mejor de lo que ambos habían predicho. Se notaba a un legua que las pobres señoras estaban a punto de vomitar, totalmente anonadadas por algo que, dado su carácter simplón, se habían tomado al pie de la letra. Presentaron sus excusas con voz temblorosa y luego partieron corriendo en direcciones opuestas; poco después se escuchó el eco de sendas arcadas, señal clara de que la vereda o la pared de un desafortunado vecino recibieron el digno tratamiento del asco.

-Eso les enseñará a no andar inventando rumores que luego no pueden controlar -bufó ella-. Ya verá que no volverán a causarle problemas, señor.

-Se tomó un poco en serio lo de mi faceta de necrófago, ¿no cree?

-Sólo fue para darle un poco de sazón dramático -rió de forma cristalina-. El resto, como acaba de ver, viene sin ayuda. Además…

-¿Sí?

-Considerando todos los apelativos otorgados a usted por la chismorrería de la ciudad, tal vez debería comenzar a meterles un poco de susto, como con estas viejas.

-¿Para qué? Todos merecen divertirse con algo. Yo tengo la cacería de tesoros, usted le dio palizas a los malos elementos durante años y el populacho, para qué estamos con cosas, usa esos ridículos rumores para dar sentido a sus mayoritariamente vacías vidas.

Esto último salió de la boca de Braemar con un tono de marcado desdén, casi elítico en su composición más pura.

-Y hablando de rumores, ya va siendo hora de pasarnos por la taberna (5) para visitar a Garth -apuntó a la construcción en la esquina, casi al frente desde su actual posición-. Más de alguna vez sus comentarios me han puesto en la pista de tesoros jugosos. ¿Le apetece un vaso de sidra caliente?

La chica pelinegra admitió que eso sonaba muy bien, aunque muchas veces se frenara de forma inconsciente a la hora de beber alcohol tan temprano.

-No estaría mal, aunque mi favorito personal es la hidromiel. Se me ocurren pocas formas mejores de regar una mañana bien aprovechada.

Cruzaron la calle con cuidado e ingresaron al ya bullicioso mundo del alcohol. Como siempre, las camareras de generosa delantera se movían con maestría entre los optimistas parroquianos de rostros colorados y voces cantarinas. Meditando bien sus pasos para no chocarse con nadie, el dúo llegó a la barra y atrajo la atención del tabernero con un par de golpes fuertes.

-¡Ah, Lord Braemar! -gritó el tipo calvo-. ¡Qué gusto verlo por estos lados! Veo que viene acompañado.

Sus ojos se posaron en Kodziomi, quien lo saludó con un movimiento de mano.

-Veo que ya consiguió un empleo, querida.

-Tuve suerte -retrucó la naga-. Eso sí, este es sólo mi primer día y no quiero dar nada por garantizado.

-Mi nueva asistente tiene estupendo criterio, como podrá ver -añadió el muchacho, poniendo unas cuantas monedas sobre la mesa-. Tráenos una jarra de hidromiel y otra de sidra caliente con especias.

-¡Marchando!

Garth fue a por los barriles donde guardaba su mejor cosecha, tarareando una cancioncilla mientras se hacía con lo pedido. El cazador y su ayudante se sentaron en la barra a esperar, ella mirándolo fijamente.

-¿Lord Braemar? -preguntó, alzando la voz para hacerse entender-. Perdón que lo diga así, señor, pero no me había mencionado eso cuando nos presentamos.

-No me gusta usar mi título -dijo él en el mismo tono-. Mis padres eran nobles, no lo niego, pero soy de la misma opinión que usted respecto al tema. Ambos somos seres de carne y hueso.

-El pedigrí vale de bien poco a la hora de sacar partido a los grandes momentos de la vida -complementó la naga-. Los privilegios son como el viento: se van tan rápido como llegan. Al final del día, cuando nos vamos a dormir o a encontrarnos con el abrazo bendito de Ikerena, lo único que cuenta son nuestras propias acciones y experiencias.

-¿Ikerena?

-Nuestra diosa -contempló la mirada curiosa de su contraparte-. Según las leyendas de mi gente, ella fue la primera reina, fundando el clan que lleva su nombre varios siglos antes del Silencio en compañía de un humano del que se enamoró perdidamente. Todas las nagas en Bracada descendemos de ella y hemos buscado perpetuar su legado a través de nuestras propias familias, contribuyendo desde siempre en el ámbito militar-logístico.

-Interesante historia -señaló él, haciéndole una seña a Garth para que les trajera también algo de comer-. ¿Aún existen miembros del clan original en esta época?

-Sí, pero son muy pocas. Son las únicas nagas que están exentas de pelear, dedicándose principalmente a labores religiosas y de conservación histórica; tal vez les interese conocerlas, debido a que ellas también estudian artefactos de un modo u otro. ¿Conoce usted los santuarios ubicados cerca de ciudades como Maratzante o Erkandi?

-El de Maratzante sí; de hecho, pasé una vez por fuera cuando acudí a cerrar un trato en el barrio de Tasarina hace un par de años. Tenía cuatro torres pintadas de negro, si no me falla la memoria.

-Ese santuario -asintió Kodziomi-, así como otros desperdigados por toda Bracada, son responsabilidad exclusiva del clan Ikerena. Mientras el visitante sea de corazón puro y tenga buenas intenciones, nunca se le negará la entrada.

Su conversación se vio interrumpida por la vuelta de Garth con un lote de delicias, incluyendo las ya mencionadas jarras rellenas a rebosar de reconfortantes líquidos.

-Aquí tienen -señaló con una carcajada-. Estos embutidos llegaron hace poco de la charcutería; más frescos no pueden estar. También hay algo de pan fresco y algunas galletas con orégano.

Bebieron un poco de sus respectivos tragos, saboreando la deliciosa sensación del alcohol expandiéndose por sus cuerpos. Asintieron en silencio y luego procedieron a la charla protocolar.

-¿Y bien, Garth? -comenzó Braemar-. ¿Algún rumor sabroso o digno de mención?

-La verdad, no hay muchos que caigan en esas categorías -el dueño de casa se encogió de hombros-. Lo más notorio fue referente a la trifulca que hubo aquí mismo la semana pasada: cinco de los instigadores recibieron 30 días de cárcel y, el sexto, debido a su falta de historial, fue dejado en libertad pero con una advertencia que ni les cuento.

-¿Una trifulca? -preguntó ella.

-Así es, señorita Kodziomi. Se les pasó la mano con el alcohol, subieron los tonos y terminaron ahuyentando a toda mi clientela. Fuimos a parar a la calle mientras los desgraciados usaron cuatro de mis taburetes y una mesa para golpearse. Llamamos a la guardia y, tras diez minutos que no describiré porque es demasiado vergonzoso, se los llevaron detenidos.

-Pues los borrachos no son muy útiles a la hora de buscarse la vida -acotó el cazador de tesoros.

-Incoherencias de los dioses -añadió el tabernero-. En lo que a mí concierne, esos imbéciles no entrarán aquí nunca más.

-¿Hay otras tabernas en la ciudad?

-Ninguna, por suerte para mí y desgracia para ellos -Garth rió-. Tendrán que ir a fondearse a Padon, aunque no creo que los colegas de allá les tengan tanta paciencia.

-Parece que no estamos de suerte hoy, jefe -la pelinegra miró a Braemar con algo de decepción-. ¿Quizás podríamos ir donde la bruja esa y mostrarle lo que hemos hallado…?

-Tiene razón, Kodziomi -él suspiró, no muy convencido de ver nuevamente a esa lunática-. Eso sí, no hay convoyes hacia Valtara hasta mañana en la maña…

Un toque en el hombro le hizo voltearse con tanta fuerza que casi se cayó del taburete.

-Perdone, joven -una anciana bajita, vestida de azul oscuro y con expresión campechana le dirigió la palabra-. ¿Es usted Thomas Braemar?

-¿Quién quiere saberlo?

-Tengo información que podría interesarle -blandió una especie de mapa enrollado fuertemente-. Después de todo, usted es bastante famoso por estos rumbos.

-¿Famoso yo? Creo que se equivoca, señora.

Salvo otra mirada cómplice entre ambos, no despegaron sus ojos del ajado pergamino que llevaba consigo la anciana, amarrado con un lazo de seda negra que, en función de su estado, evidenciaba celo y cuidado.

Al ojo, la extraña era unas ocho pulgadas más baja que Kodziomi; Braemar mismo le sacaba diez. Su cabello canoso era corto, bien peinado y, a juzgar por el aroma emanando de sus plateadas fibras, tratado con aceite de lavanda. Verde era el color de sus chispeantes ojos, insertos en un rostro medianamente arrugado y tan blanco como el común de los habitantes del distrito. En la mano izquierda llevaba una capa color burdeo, pulcramente doblada y de buena hechura a pesar del paso de los años. Las manos, curtidas por décadas de trabajo, tenían unas tan bien cuidadas como el resto del cuadro, impidiendo precisar su oficio. Llevaba un mínimo de maquillaje y un sencillo anillo de plata en los dedos; era casada o viuda. No había rastro alguno de collares o aretes visibles.

-No sea tan modesto, joven -repitió con la típica voz calmada de alguien que lo ha visto todo y vivido aún más-. Usted es Thomas Braemar y su reputación lo precede -ahora se puso seria-. Tengo un encargo para usted.

-¿Y de qué se trata?

-Este lugar no es el más apropiado para hablar del tema.

El chico posó ahora sus ojos en Garth.

-¿Podemos tener algo de privacidad en esta taberna? -complementó con sus manos para hacer frente al cada vez más fuerte ruido de los parroquianos.

Mediante otro gesto, el tabernero cogió la bandeja con todo e hizo que lo siguieran. Subió la escalera hasta la primera puerta a la izquierda del pasillo; la habitación donde se alojara la reptil durante su primera noche en Calarnen lindaba al frente y del otro extremo. Entraron a una estancia simple, con dos ventanas cerradas por las cuales ya se veían caer los primeros copos de nieve. Al centro, una robusta mesa con seis sillas ídem los esperaba. Garth dejó todo instalado y luego se mandó cambiar para seguir satisfaciendo las necesidades de su bullante clientela.

-Así está mejor -dijo la anciana, sentándose en el sitio más cercano y cogiendo algo del picoteo tras un gesto del muchacho-. Como le dije antes, Braemar, tengo algo que sé que le interesará.

Desenrolló el pergamino que llevaba y lo extendió en la mesa. Era un mapa del distrito, tan antiguo como su misma dueña. Casi en el mismo centro había una X hecha de tinta roja.

-Necesito que recupere un objeto guardado en la cripta de mi familia -señaló la marca-. En circunstancias normales iría yo misma, pero los achaques y otros asuntos me han mantenido atrapada en la ciudad durante casi seis meses. Lo necesito con urgencia; tres días es el máximo plazo.

-¿Tres días? -inquirió Kodziomi-. Perdón, señora, pero ¿por qué tanta prisa?

-No se preocupe -el cazador tranquilizó a la anciana ante su mirada perpleja-. Esta chica es mi asistente; puede usted hablar ante ella con entera libertad. Y permítame secundar su pregunta. ¿Por qué tanta prisa?

-El objeto en cuestión es herencia de mi madre; fue enterrado con ella cuando falleció hace ya treinta años -cerró los ojos para enfocar mejor esos dolorosos recuerdos-. Por razones de las que no me siento muy orgullosa y en las que no ahondaré lo necesito de vuelta. Si no lo tengo en mi poder antes del plazo ya señalado, perderé mi casa. No tengo otro sitio dónde ir, mucho menos a mi edad.

-Comprendo bien -Braemar indicó a la naga que preparara un trozo de pergamino mientras los tres seguían comiendo-. Ahora necesitamos una descripción del artefacto.

-Es una especie de emblema dorado con leones verdes junto a una especie de poste o columna; no puedo precisarlo bien. Tendrá unos diez centímetros de ancho y recuerdo también que llevaba un lazo de seda roja en la parte posterior.

-No sé por qué, pero me suena… Kodziomi, haga una nota al margen, por favor.

-Ya está, jefe -ella levantó la pluma y la sumergió nuevamente en el tintero.

-¿Hay alguna otra seña que nos pueda dar? Por ejemplo, ¿a cuánto está la cripta de Calarnen?

-Unos veinticinco kilómetros al suroeste de aquí. Está algo apartada del camino principal, junto a un bosquecillo de abetos -hurgó un poco en su capa-; si siguen las montañas del este no tiene pérdida. Aprovecharé de dejarles la llave ahora mismo.

Les pasó un cilindro de piedra pulida similar a la obsidiana, con un patrón complejamente tallado en su superficie. En otro contexto, habría sido un artefacto digno de estudiar para Braemar y su asistente.

-¿Qué puede contarnos sobre la cripta? -dijo Kodziomi.

-Seis generaciones de mi familia descansan allí. Tiene dos niveles, incluyendo un subterráneo al que se accede por una escalera de piedra. Hay antorchas por todos lados, así que basta una flama para dejar el sitio más presentable. Mi madre está enterrada en el centro de la cámara inferior, pero el artefacto no está en su ataúd.

-Menos mal -intervino el alquimista nominal-. Lo último que quería era tener que abrirlo. No me mire así; siento tanto desprecio por los asaltatumbas como cualquier persona civilizada.

-Hace bien. Volviendo a lo que nos convoca, recuerdo perfectamente que este… emblema, por llamarlo de alguna forma, fue guardado en una caja de piedra colocada al frente del ataúd.

El chico revisó los apuntes tomados por su asistente y le dedicó una mirada de aprobación. La naga guardó el trozo de pergamino en el bolsillo de su propia capa y luego volvió a sentarse.

-Con eso es suficiente, señora -dijo él-. Iríamos ahora mismo, pero el clima empeora por momentos.

-Además, hay otros asuntos de los que debemos encargarnos antes de salir -añadió ella.

-Le garantizo -continuó el hijo de diplomáticos- que mañana temprano estaremos en la cripta y, evitando un imponderable de aquellos que hacen arrancar el pelo, tendrá el artefacto en sus manos antes del atardecer. Antes de que se vaya…

La dejó congelada justo cuando intentaba ponerse de pie.

-…tenemos que ver lo de mis honorarios. Mi tarifa mínima es de cinco mil monedas de oro.

-¿Cinco mil…? -ella se estremeció-. Señor Braemar, entienda mi situación. No puedo pagar tanto.

-La comprendo perfectamente, señora, pero yo no trabajo por caridad -se puso mucho más serio-. Tengo ciertos estándares que cumplir, cuentas que pagar, comida que comprar…

-Se lo digo en serio. No puedo pagar semejante cantidad.

Kodziomi vio en acción el talante más duro de su empleador. Percibió en sus ojos una tendencia de atracción hacia el prospecto de un nuevo trabajo para así no tener que ocuparse de la lunática de Valtara, pero también otra de recelo respecto a la tarifa. El mundo era un lugar duro y, salvo las sacerdotisas de Ikerena, los tiempos no estaban para inspirar altruismo. Incluso el Gremio Mágico exigía ciertas condiciones antes de pensar siquiera en aceptar nuevos miembros.

En eso tuvo una idea luminosa. Tocó el hombro de Braemar y le susurró algo al oído, obteniendo otra mirada de aprobación y un… ¿sonrojo? Tal vez la tensión le estaba afectando un poquito.

-Me gustaría saber algo -dijo ella, mirando a la señora del vestido azul-. ¿Cuánto puede pagarnos por este trabajo?

-Quinientas monedas. Es todo lo que tengo.

-Se las aceptaremos con una condición -la pelinegra dejó que su lado más serio tomara el control de la situación-: cualquier otro artefacto que encontremos en la cripta y no esté sellado bajo un ataúd será para nosotros. ¿Le parece bien?

La anciana se quedó pensando un momento. Esta era una posición incómoda pero algo más llevadera respecto a la demanda original del cazador. Se quedó quieta durante casi cinco minutos, sopesando ventajas y desventajas. Cerró los ojos y pareció descender en un sopor profundo; un observador poco entrenado bien podría haberla confundido con una estatua arcana.

-Acepto -sentenció-. Tener el emblema de vuelta es lo que me importa; todo lo demás es paja molida.

-Me alegro que hayamos podido llegar a un acuerdo, señora -dijo Braemar-. Podrá pagarnos una vez que tenga el artefacto en sus manos. Si nos deja su dirección, se lo llevaremos directamente apenas volvamos de la cripta.

-Vivo en la calle Bransen, al lado de la pastelería. Es una casa de dos pisos con techo rojizo y jardín en la parte posterior.

-Anotado -mencionó Kodziomi.

-Realmente les agradezco que aceptaran el trabajo. Esperaré sus noticias con ansias. Ahora debo irme.

-¿No desea llevarse algo de esto? -preguntó ella, señalando la bandeja aún llena de delicias.

-Tengo prisa, querida.

Volvió a enrollar el mapa, cogió su capa y salió del salón como una exhalación, dejando a sus contrapartes bastante sorprendidas.

-Hizo una apuesta arriesgada, Kodziomi -él bebió casi la mitad del jarro de sidra de un solo trago-, aunque su capacidad de improvisación me sorprendió gratamente.

-Era eso o tener que vernos las caras con esa desquiciada obsesionada con ese sinsentido del Ojo de Águila, jefe -replicó la pelinegra, haciendo un poco de memoria sobre la otra cliente-. No me juzgue mal, pero se nota a una milla de distancia que no la soporta.

-Tiene razón. No la soporto -volvió a suspirar, hundiendo la cabeza entre sus manos-. Bastarda más grande no he conocido en mi vida. Hubiera visto la mirada de sus lacayos cuando les daba órdenes… Lo único que querían era salir de ahí apenas pudieran o suicidarse; uno de ellos me confió esa clase de testimonio mientras ella se revolvía entre libros llenos de pseudomagia y basura.

-Un caso perdido -ella se acercó a su jefe y le dio un toque en el hombro para animarlo un poco.

-Nunca antes he roto contratos, pero prefiero mil veces tomar el encargo de esta señora antes que verme las caras con Serena.

"Serena", pensó la naga. Había oído hablar de ella durante sus días de militar. De pequeña mostró enorme potencial para ser maga e incluso uno de sus primeros hechizos se sintió en una ciudad cercana. Lamentablemente, carecía por completo de control a la hora de canalizar sus energías innatas y fue expulsada de la Academia Imperial tras casi mandar al otro patio a dos de sus profesores. Eso contribuyó a acentuar aún más su explosiva y caprichosa personalidad, exacerbada por una nada despreciable fortuna.

-Cualquier ser racional se alejaría de ella, señor. Con esto no pretendo ofender a sus pobres sirvientes -expresó con sorprendente criterio-, sino enfatizar que las personas de su tipo, sean millonarias o no, necesitan ser protegidas de sí mismas.

Terminaron de devorar sus raciones en silencio, pensando en el desafío que deberían enfrentar mañana. Acto seguido, abandonaron la taberna y ajustaron sus capas para enfrentar adecuadamente la lenta caída del manto blanco sobre la ciudad, cuyas chimeneas seguían arrojando una lenta y metódica procesión de humo blanco.

-¿Qué tal las cosas hasta ahora, Kodziomi? -inquirió Braemar tras dejar atrás la calle Bransen y seguir rumbo al castillo.

-Han sido… interesantes -contestó ella con franqueza-. Al menos ahora entiendo un poco mejor las diversas dimensiones de su trabajo. Parece fácil en teoría, pero debajo del agua todo es tensión.

-Muy cierto, querida -redujo la distancia entre ambos para dejar pasar un carruaje viniendo desde las inmensas torres junto al lago-. Y me permitiré confiarle algo más, ya que hemos basado el día en esa tónica.

-¿Qué cosa?

-Habría aceptado el encargo de la señora sin cobrarle nada, considerando la alternativa -miró al cielo y luego a su asistente-. Lo de las cinco mil monedas fue mi forma de ponerla a prueba.

-¿Ponerla a prueba?

Llegaron al inicio del sendero y siguieron avanzando lentamente hacia la mansión Bakorima.

-Varias veces he tenido encargos por los que me han ofrecido sumas astronómicas de dinero, pero los he rechazado al tratarse de peticiones de millonarios estrafalarios, simples coleccionistas de salón que entienden incluso menos del tema que los ladrones de tumbas -volvió a poner esa mueca de desprecio ante la sección más execrable de la humanidad-. Lo que aprecio en mis clientes, como en el caso de la venerable anciana, es que los artefactos pedidos tengan un significado especial en sus vidas: el recuerdo de un amor, historias de familia, cosas así. Por eso me tomo mi trabajo tan en serio.

-Ya veo -acompañó ella-. Es una dimensión sentimental especial. Usted no sólo busca la felicidad para sí mismo a través de su trabajo, sino también para los demás. Dijera lo que dijera, eso es bastante altruista, aunque haya dinero de por medio.

-¿De verdad lo cree así?

-Totalmente.

En un gesto sin precedentes, ella le tomó del brazo derecho con sus tres izquierdos y se pegó al cuerpo de su empleador como rémora.

-Agradezco su prueba de confianza y también el que me permita ser parte de esto, señor Braemar -dijo con ternura-. Presiento que mañana será un gran día.

-Si vamos adecuadamente preparados, considere su predicción cumplida.

El resto del camino se les fue en elaborar un plan de acción. Primero revisarían la biblioteca en busca de mayores datos sobre el emblema y luego empacarían lo indispensable para una salida por el día. Los asuntos del transporte y los misterios de la cripta serían reservados para el momento adecuado. Respecto a los apuntes sobre el Pájaro de la Percepción, bastará decir que la chimenea estuvo encantada de servírselos para la cena.


Nota del Autor: La franqueza y la confianza asoman como los primeros pilares sobre los que se sostiene la relación entre el humano y la naga, manifestada en tres episodios diferentes y transitando de la teoría a la práctica. Kodziomi consigue dejar sus primeras huellas concretas en la merecida broma a las viejas de la plaza y la negociación con la mujer de azul, antesala de la primera misión real que enfrentará junto a Braemar. El cazador, por su lado, prefiere mantener un perfil bajo y sobrio a pesar de un linaje tan noble como el de su ayudante. La nostalgia crea otro punto de conexión entre nuestros protagonistas, permitiendo un breve asomo de empatía y cariño... sin renunciar a la formalidad. Después de todo, ambos están unidos por un pacto estrictamente profesional y deben respetar sus códigos.

Dado que HOMM3 no ahonda mucho en la vida de ciudad más allá de lo estrictamente confinado al reclutamiento de tropas y generación de recursos, decidí liberar mi imaginación y dar vida propia a ese pequeño mundo entre los muros, el lago y las montañas; algo de esto se desplegó también en el primer capítulo. Ikerena, la diosa de las nagas, también es de mi creación y sería interesante ver si puedo desarrollarla un poco más en el futuro.

Referencias

(3) El Gremio Mágico, edificio disponible para todas las facciones y que va de los niveles 1 al 5, enseña magia a cualquier héroe que porte un libro de hechizos. La Biblioteca, edificio exclusivo de la Torre, añade un hechizo extra por cada nivel.

(4) Además de las habilidades primarias (Ataque, Defensa, Poder Mágico y Conocimiento), los héroes parten con dos habilidades secundarias únicas y pueden aprender, conforme suben de nivel, hasta seis más.

(5) La Taberna también es universal y tiene tres efectos concretos: permite reclutar héroes adicionales durante el turno por 2.500 monedas de oro, aumenta la moral de las tropas defensoras en un asedio y también entrega rumores más o menos ciertos sobre la partida en curso.

Con esta entrega ya tenemos una fuente de conflicto y anticipación para lo que viene. Siéntanse libres de dejar sus comentarios, los que responderé apenas pueda por mensaje directo. ¡Hasta la próxima y asegúrense de cerrar bien sus ventanas durante las noches de tormenta!