ACLARACION: NADA ME PERTENECE.

LOS PERSONAJES SON DE STEPHENIE MEYER. ESTE FIC ES SOLO UNA ADAPTACION DE UNA PORCION DEL LIBRO "PROM NIGHTS FROM HELL" (NOCHES DE BAILE EN EL INFIERNO). LA HISTORIA ORIGINAL ES DE LAUREN MYRACLE, Y LLEVA EL MISMO TITULO QUE EL FIC.

SIN INTENCION DE OFENDER A NADIE, ESPERO LO DISFRUTEN.

AQUÍ LA CONTINUACION

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EL RAMILLETE

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A la mañana siguiente bajé trotando la escalera con la estúpida esperanza de encontrar… No sé: ¿cientos de M&Ms formando las letras de mi nombre? ¿Corazones de serpentina adornando las ventanas?

Nada más alejado de eso: encontré un pájaro muerto. Su cuerpecito yacía en el tapete de la entrada, como si, durante la tormenta nocturna, se hubiera abierto la cabeza contra la puerta.

Lo envolví en una servilleta de papel y lo llevé al bote de la basura intentando no sentir su levísimo peso.

–Lo siento mucho pajarito lindo y dulce –dije–. Vuela hacia el cielo –tiré el cadáver, y la tapa del contenedor se cerró con gran estruendo.

Regresé de inmediato. El teléfono estaba sonando. Debía de ser Alice que quería que la pusiera al día. La noche anterior se había ido con Jasper a eso de las once, pero antes me había hecho prometerle que le avisaría en el momento en que Edward diera el paso.

–Hola, cielo –dije, cuando comprobé que no me había equivocado–. Todavía no tengo noticias… Lo siento.

–Bella… –dijo Alice.

–Pero he estado pensando en Madame Z. En esa obsesión suya con lo de no jugar con el destino.

–Bella…

–En fin, ¿cómo me puede perjudicar que Edward me pida que vaya con él a la fiesta? –me acerqué al congelador y saqué la caja de waffles congelados–. ¿Por el intercambio de fluidos, tal vez? ¿Me va a traer flores, y una abeja va a salir de ellas y me va a picar?

–Bella, cállate. ¿No has visto las noticias esta mañana?

–¿En sábado? Para nada.

Oí que Alice tragaba saliva.

–Alice, no me digas que estás llorando.

–Anoche… Edward escaló el depósito de agua –dijo.

–¿Cómo? –el depósito de agua podría tener unos cien metros de altura, y al pie había un cartel que prohibía subir.

Edward siempre había hablado de ascender hasta la parte alta, pero, dado que era amante de respetar las normas, nunca lo había hecho.

–A lo mejor el pasamanos estaba mojado… o, tal vez, un relámpago. Todavía no lo saben…

–Alice, ¿qué ocurrió?

–Estaba pintando algo en el depósito con un spray, el muy idiota, y…

–¿Un graffiti? ¿Edward?

–Bella, ¿me dejas hablar? ¡Se cayó! ¡Se cayó del depósito!

Apreté el teléfono.

–Dios. ¿Está bien?

Alice se limitó a sollozar. Yo lo comprendía, claro. Edward también era amigo suyo. Pero necesitaba más información.

–¿Está internado en el hospital? ¿Puedo ir a visitarlo? ¡Alice!

Oí un gimoteo, y después crepitaciones. Quien habló fue la Señora Brandon.

–Edward ha muerto, Bella –me dijo–. La altura, la caída… era imposible que sobreviviera.

–¿Qué? ¿Me lo puedes repetir?

–Mi esposo ira por ti. Te quedarás con nosotros, ¿de acuerdo? Todo el tiempo que quieras.

–No –respondí–. Quiero decir… Yo no… –la caja de waffles fue a parar al suelo–. Edward no ha muerto. Edward no puede morir.

–Bella… –insistió ella con infinita tristeza.

–Por favor, no me digas eso –le rogué–. Por favor, no pongas esa voz tan… –no era capaz de pensar con claridad.

–Sé que lo querías. Igual que todos nosotros.

–Oye, espera –dije–. ¿Haciendo un graffiti? Edward no hace graffitis. Un descerebrado sí, pero Edward no.

–Antes que nada, vendrás a casa. Entonces hablaremos.

–¿Cuál graffiti? ¡No entiendo nada!

La señora Brandon guardó silencio.

–Pásame a Alice, ¡por favor! –supliqué–. ¡Quiero hablar con Alice!

Oí unas voces amortiguadas. Alice volvió al otro lado de la línea.

–Te lo voy a decir –me prometió–, pero no creo que quieras saberlo.

Me invadió el frío y, de pronto, me di cuenta de que no quería saberlo.

–Era un mensaje. Estaba allá arriba escribiendo un mensaje –titubeó–. Decía "Bella, ¿irás al baile conmigo?".

Me dejé caer en el suelo, junto a la caja de waffles. ¿Por qué había una caja de waffles en el suelo de la cocina?

–¿Bella? –oí a Alice desde muy lejos–. Bella, ¿estás ahí?

No me gustó aquella lejanía. Colgué para dejar de sentirla.

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Edward fue enterrado en el cementerio de Chapel Hill. Pasé toda la ceremonia sentada, pues el cuerpo de Edward estaba tan destrozado que era preferible no verlo. Querría despedirme de él, ¿pero cómo despedirse de un ataúd? En el lugar en el que le dieron sepultura, vi a la madre de Edward lanzar un puñado de tierra al agujero en que descansaba su hijo. Fue horrible, pero también irreal, lejano. Alice me apretó la mano. Hice como si no me hubiera dado cuenta.

Aquella tarde cayó un suave aguacero primaveral. Me imaginé la tierra, húmeda y fresca, rodeando el ataúd de Edward. Pensé en Fernando, cuya calavera Madame Zanzíbar había recuperado después de que el suelo empapado devolviera su ataúd a la superficie. Recordé que el costado oriental del cementerio, en donde Edward estaba enterrado, era más moderno y contaba con pulcras zonas de jardín. Por no hablar de los métodos actuales para excavar tumbas, mucho más eficientes que los de los simples enterradores armados con palas.

El ataúd de Edward no se desenterraría. De ningún modo.

Estuve en casa de Alice cerca de un par de semanas. Mis padres recibieron la noticia y se ofrecieron a volver de Botswana. Les dije que no. ¿De qué me iba a servir? Su presencia no9 serviría para traer a Edward de vuelta.

En la escuela, durante los primeros días, los alumnos hablaban en voz baja y se me quedaban mirando al verme pasar. Algunos consideraban romántico lo que Edward había hecho. Otros pensaban que era una estupidez. "Una tragedia", fue la conclusión más repetida, y siempre con voz lúgubre.

En cuanto a mí, me paseaba por los pasillos como un muerto viviente. Me hubiera escapado de clases, pero ocurrió que el tutor me acorraló en una esquina y me obligó a contarle cómo me sentía. Perdía el tiempo. Mi dolor era mío, un esqueleto que me revolvería las entrañas para siempre.

Una semana después de la muerte de Edward, y exactamente una semana antes del baile de fin de cursos, las conversaciones sobre Edward empezaron a escasear a favor de las que giraban en torno a vestidos, reservaciones para cenar y limusinas. Una chica pálida de la clase de Química a la que asistía Edward se enojó y dijo que el baile debía suspenderse, pero los demás mostraron su desacuerdo y defendieron la idea de que la fiesta se celebrara. Eso era lo que Edward habría querido.

Pidieron los consejos de Alice y los míos, dado que ambas habíamos sido sus mejores amigas (y también, aunque no lo dijeron, dado que yo era la chica por la que había muerto). Alice comenzó a llorar pero, tras unos instantes temblorosos, dijo que sería un error arruinarle los planes a todo el mundo, que quedarse en casa y lamentar lo ocurrido no iba a servir de nada.

–La vida sigue –agregó. Su novio, Jasper, hizo un gesto de asentimiento. La rodeó con un brazo y la estrechó.

Rosalie, presidenta de la comisión que organizaba el baile, le puso la mano en el corazón.

–Así es –afirmó, y después me miró con actitud solícita y teatral–. ¿Y cómo estás tú, Bella? ¿Podrás olvidarlo?

Me encogí de hombros.

–Da igual –le respondí.

Ella me abrazó. Me tambaleé.

–Bien, chicos, ¡seguimos adelante! –exclamó, mirando a quienes nos rodeaban–. Angela, sigue con las flores de cerezo. Jessica, dile a la señora de Paper Affair que queremos cien serpentinas azules, ¡y no aceptes un no por respuesta!

En la fecha del baile, al mediodía, dos horas antes de que, según lo planeado, Jasper fuera a buscar a Alice, guardé mis cosas en la mochila y le dije a mi amiga que me iba a mi casa.

–¿Qué? –exclamó–. ¡No!

Dejó la plancha para el cabello con la que estaba ocupada. Para disfrutar aun más, había despegado ante sí todo lo que iba a adornarla: el maquillaje brillante de Babycakes, el labial Dewberry y el vestido, que estaba colgado en la perilla de la puerta de su baño. La tela era de color lila, y el escote tenía forma de corazón. Era una hermosura.

–Llegó el momento –afirmé–. Gracias por haber permitido que me quedara tanto tiempo… pero ya es hora de que me vaya.

Cerró la boca. Quería discutir, pero sabía que yo tenía razón. Ya no estaba cómoda. No importaba demasiado, porque no habría estado cómoda en ningún lugar, pero, pese a ello, eso de andar lloriqueando por la casa de los Brandon hacía la sensación de estar encerrada y que Alice se sintiera cada vez más frustrada y culpable.

–Pero si el baile es hoy –repuso–. ¿No es un poco raro que pases la noche del baile en tu casa? –se me acercó–. Quédate hasta mañana. No haré ruido cuando llegue; lo prometo. Y también te prometo no soltarte el rollo… Ya sabes. Lo que pasó después de la fiesta, quién se enredó con quién y los nombres de las que se desmayaron en el baño de mujeres.

–Pues deberías –contesté–. Y deberías quedarte ahí todo el tiempo que se te antoje, y hacer todo el ruido que quieras al llegar, y emocionarte, hablar por los codos y todo eso –sin previo aviso, los ojos se me llenaron de lagrimas–. Deberías, Alice.

Me tocó el brazo. Me aparté con toda la delicadeza de que fui capaz

–Y tú también, Bella –dijo.

–Sí… bueno –me eché la mochila al hombro.

–Llámame a cualquier hora –ofreció–. Tendré el teléfono encendido, incluso durante la fiesta.

–Está bien.

–Y si cambias de opinión, si resulta que prefieres quedarte…

–Gracias.

–¡O incluso si decides venir a la fiesta! A todos nos gustaría que estuvieras allí… lo sabes ¿no? Que vayas sola no tiene importancia.

Me estremecí. Alice no había tenido intención de herirme, pero lo cierto era que sí me importaba tener que ir sola, ya que Edward era quien tendría que haberme acompañado. Edward faltaba a su cita no por haberse interesado en otra chica o por padecer una gripe tremenda, sino porque había muerto. Por mí.

–Oh, Dios –lamentó Alice–. Bella…

La aparté de mí. No quería que nadie me tocara.

–No pasa nada.

Nos quedamos calladas, en el interior de una burbuja de torpeza.

–Yo también lo extraño –afirmó.

Asentí. Luego me fui

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Volví a mi casa deshabitada para descubrir que no había electricidad. Genial. Pasaba con demasiada frecuencia: las tormentas vespertinas derribaban árboles que caían sobre transformadores, y barrios enteros se quedaban sin electricidad durante horas. A veces el suministro cesaba sin que hubiera un motivo claro. Tal vez demasiada gente tenía conectado el aire acondicionado y, por esa razón, se producían sobrecargas en la red; ésa era mi teoría. La Edward tenía que ver con fantasmas, uuuh. "Quieren que se te eche a perder la leche" me había dicho con voz sombría.

Edward.

Se me hizo un nudo en la garganta.

Intenté no pensar en él pero, como era imposible, lo dejé existir en mi cabeza, junto a mí. Me preparé un sándwich de mantequilla de cacahuate, que no fui capaz de comer. Subí a la planta alta y me tumbé en la cama, sobre la colcha. Las sombras ganaron terreno. Una lechuza ululó. Estuve mirando el techo hasta que dejé de divisar la malla de telas de araña.

En la oscuridad, mis pensamientos se encaminaron hacia lugares siniestros. Fernando. Madame Zanzíbar. "Tú eres como todas las demás, ¿no es cierto? Estás dispuesta a cualquier cosa con tal de conseguir un novio".

Había sido aquel mismo anhelo el que me había llevado a idear la estúpida visita a Madame Zanzíbar y a formular el deseo, aún más estúpido, si eso era posible. Eso había sido lo que le había dado el empujoncito a Edward. ¡Ojalá no hubiera tocado el maldito ramillete!

Me puse en pie de un salto. ¡Dios!, ¡el ramillete!

Tomé el teléfono celular y presione el tres, la tecla que tenía asignada al número de Alice. El uno era para mamá y papá, y el dos para Edward. Todavía no había borrado su nombre y acababa de descubrir que no iba a tener que hacerlo.

–¡Alice! –grité en cuanto oí que descolgaban.

–¿Bella? –dijo ella. Al fondo, oí a Rihanna gritando "¡S.O.S.!" – ¿Estás bien?

–Sí, bien –contesté–. ¡Mejor que bien! Es decir, no hay luz, la oscuridad es total y estoy sola, pero qué más da. No va a durar mucho –me reí y fui caminando hacia el vestíbulo.

–¿Ah, sí? –dudó Alice. Su voz apenas se sobreponía al ruido y a las carcajadas–. Bella, casi no te oigo.

–El ramillete. ¡Todavía me quedan dos deseos! –bajé las escaleras a toda velocidad, alegre como unas castañuelas.

–Bella, ¿qué estás…?

–Puede traerlo de regreso, ¿lo habías pensado? Todo volverá a ser como antes. ¡Hasta podremos ir al baile!

La voz de Alice se volvió autoritaria.

–Bella, ¡no!

–Qué idiota soy… ¿Por qué no se me habrá ocurrido antes?

–Espera. No lo hagas, no… –se interrumpió. Oí un "¡Ay!" seguido de una serie de disculpas de borracho, y después a alguien que decía: "¡Me encanta tu vestido!". Al parecer se la estaban pasando en grande. Pronto me reuniría con ellos.

Fui al estudio y me aproxime a la estantería en que había dejado el ramillete. Tanteé entre los libros y toqué algo suave, como un pétalo.

–Ya estoy aquí –anunció Alice. El escándalo del ambiente había disminuido, así que supuse que había salido al exterior–. Oye, Bella: sé que estás sufriendo. Lo sé. Pero lo que le sucedió a Edward fue sólo una coincidencia. Una espantosa coincidencia.

–Llámalo como quieras –repliqué–. Voy a pedir mi segundo deseo –rescaté el ramillete, hasta entonces escondido tras los libros.

El nerviosismo de Alice era cada vez más evidente.

–Bella, no. ¡No puedes hacer eso!

–¿Por qué no?

–¡Sufrió una caída de cien metros! Su cuerpo quedó… Dicen que quedó irreconocible y… Por eso el ataúd cerrado, ¿recuerdas?

–¿Y?

–¡Lleva treinta días pudriéndose en una caja de madera! –gritó.

–Eso que acabas de decir me parece de muy mal gusto, Alice. Seguro que si tuviéramos que resucitar a Jasper en lugar de Edward, no estaríamos teniendo esta conversación –me acerque las flores al rostro, tanto que los pétalos me rozaron los labios–. Escucha: tengo que colgar. ¡Pero toma un ponche a mi salud! ¡Y también a la de Edward! Sí, que sean muchos por Edward; ¡Seguro que está muerto de sed!

Y colgué el teléfono. Alcé el ramillete en el aire.

–¡Deseo que Edward vuelva a la vida! –grité, exultante.

Un aroma putrefacto colmó la estancia. El ramillete se erizó, como si los pétalos estuvieran plegándose sobre si mismos. Sin pensarlo dos veces, lo lancé lejos de mí, del mismo modo que hubiera hecho con un bicho inmundo. Pero qué más daba: el ramillete ya no tenía importancia. Lo importante era Edward. ¿Dónde estaba Edward?

Miré alrededor con la ridícula esperanza de verlo sentado en el sofá, observándome y burlándose de que me asustara por culpa de unas simples flores secas.

Sin embargo, el sofá estaba vacío y no era más que un bulto lúgubre y amenazador pegado a la pared.

Corrí a la ventana y escudriñé el paisaje. Nada. Sólo el viento, agitando las hojas de los árboles.

–¿Edward? –dije.

Otra vez nada. El desconsuelo comenzó a abrirse paso en mi interior rápidamente, y me dejé caer en el sillón de cuero de mi padre.

"Idiota, Bella. Idiota, patética…"

Pasaron los minutos. Las cigarras chirriaban.

"Idiotas cigarras".

Y luego, débilmente, un golpe. Y luego otro. Me enderecé.

Al removía la gravilla de la carretera… o del sendero del jardín. El sonido estaba cada vez más cerca. Un ritmo lento y descompensado, como de algo que cojeara o que se arrastrara. Agucé el oído.

Ahí estaba: otro golpe, esta vez muy cerca del porche. Y estaba claro que no era humano.

Las palabras de Alice se me agolparon en la mente, casi hasta asfixiarme. "Irreconocible", había dicho. "Podrido". No había prestado atención y ya era tarde. ¿Qué había hecho?

Me erguí y salí corriendo hacia el vestíbulo, en donde nadie –ni nada– podría alcanzar a verme si se asomaba por las amplias ventanas del estudio. ¿Qué era exactamente lo que había traído de vuelta a la vida?

Golpearon la puerta. Se me escapó un gemido. Me tapé la boca con las manos.

–¿Bella? –dijo una voz–. Estoy… ¡Caray! Estoy confundido –oí una carcajada, tan irónica como familiar–. Pero aquí estoy. Eso es lo único que cuenta. ¡Vine a llevarte al baile!

–No tenemos por qué ir al baile –repuse. ¿Era yo la que tenía aquel tono de voz tan estridente? –. ¿A quién le hace falta un baile? Ay, ¡por favor!

–Sí. Claro. Eso lo dice la qué mataría con tal de conseguir la velada romántica perfecta –la perilla de la puerta chirrió–. ¿No me vas a dejar entrar?

La respiración se me aceleró.

Oí una serie de chasquidos, como de fresas pasadas estrellándose en el fondo del bote de la basura, y luego:

–Caray. Qué mal.

–¿Edward? –susurré.

–Me da un poco de vergüenza, pero… ¿no tendrás por ahí un quitamanchas?

"Mierda, mierda y mil veces mierda."

–No estás enojada, ¿o sí? –me preguntó Edward. Parecía preocupado–. Vine tan pronto como pude, pero es que esto es muy raro, Bella. Porque vamos a ver…

Me imagine un ataúd bajo tierra, sin aire. "No, por favor", pensé.

–Da igual. Fue raro… Dejémoslo así –intentaba manejar la situación–. Entonces, ¿me vas a dejar pasar o no? ¡No me voy a quedar aquí!

Me pegué a la pared del vestíbulo. Las rodillas me fallaban, los músculos no me respondían, pero sabía que, me mantuviera tras la solida puerta de entrada, estaba a salvo. No sabía en qué se había convertido Edward, pero sí que era de carne y hueso. En parte, al menos. En resumidas cuentas, nada de fantasmas que atraviesan paredes.

–Edward, deber irte –afirmé–. Esto es un error, ¿de acuerdo?

–¿Un error? ¿A qué te refieres? –su desconcierto me rompió el corazón.

–Yo sólo… Dios –rompí a llorar–. Ya no podemos estar juntos. Lo entiendes, ¿verdad?

–No, no lo entiendo. Tú querías que te pidiera que fueras al baile conmigo, y yo te lo pedí. Y ahora, sin motivo alguno… ¡Ah! Ya entiendo.

–¿Sí?

–¡No quieres que te vea! Eso es, ¿verdad? ¡No estás muy segura del vestido que te pusiste!

–Hummm… –¿debía seguirle el juego? ¿Debía decirle que sí para que se fuera?

–Vamos, Bella. No debes preocuparte por nada –se rió–. En primer lugar, eres guapísima. Y en segundo lugar, en lo que a mí respecta, es imposible que no parezcas… un ángel caído del cielo.

Parecía haberse tranquilizado, como si hubiera tenido la molesta impresión de que algo estaba fuera de lugar y no lograra identificar de qué se trataba. Sin embargo, ya lo había entendido: Bella tenía problemas de autoestima, ¡sin duda! ¡La tonta de Bella!

Oí que rebuscaba en el suelo, y luego el crujido de una tapa de madera. Me quedé tiesa. Conocía ese crujido.

"La caja de la leche… Horror. Recordó que hay una llave bajo en la caja de la leche."

–Voy a pasar –anunció, acercándose a la puerta a trompicones–. ¿Te parece, Bella? De repente, por alguna razón, ¡me muero por verte!

Se rió, alborozado.

–Bueno, no quería decir eso… pero, en fin: parece que es el tema de la noche. Todo está saliendo mal, pero muy mal.

Volví al estudio y me puse a caminar a gatas, palpando el suelo. ¡Sí al menos hubiera un poco de luz!

El cerrojo estaba atascado, y las llaves, en la mano de Edward, tintinearon. Su respiración era espasmódica.

–¡Ya voy, Bella! –anunció. Más tintineos–. ¡Ya casi estoy ahí!

Sentí el pánico que apenas sabia donde me encontraba. Oía mis propios jadeos y chillidos como si fueran de otra persona. Me concentre en las sensaciones que me enviaban las manos, dedicadas a toquetear y arañar.

El cerrojo se abrió con un golpe seco.

–¡Al fin! –celebró Edward.

La puerta se abrió rozando la desgastada alfombra en el mismo instante en que aferré el precario ramillete.

–¿Bella? ¿Por qué están las luces apagadas? ¿Y por qué no te has…?

Cerré los ojos y formulé mi último deseo.

Cesaron todos los sonidos, con excepción de los susurros del viento que pasaba entre las hojas. La puerta continúo su parsimonioso movimiento hasta tomar con el marco. Me quedé en el suelo, sin moverme. Estaba sollozando, pues se me estaba rompiendo el corazón. Más bien ya se me había roto.

Después de unos momentos, las cigarras retomaron su ansioso cantico. Me puse en pie, crucé la habitación y, temblorosa, me detuve en el vano de la puerta. En el exterior, el pálido resplandor de la luna brillaba sobre la carretera desierta.

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:O CUANDO LA LEI ME MORI DE MIEDO, Y MAS PORQUE ESTABA SOLA EN MI CASA Y ERA DE NOCHE.

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