—Deja de hacer eso —pronunció en voz baja, aun con el tubo de ensayo en la mano.
— ¿Hacer qué? ¿Qué cosa? —respondió el joven rubio, sonriendo bobamente.
—Deja de mirarme. Al menos, de esa forma.
— ¿Mirarte cómo?
—Con cariño.
La cara de John Watson se tiñó de rojo, desde su cuello corto hasta sus rubias raíces. Sherlock elevó el rostro, mirándole con acostumbrada indiferencia.
—S-sólo te estaba m-mirando, no era nada…
—Las pupilas dilatadas, las mejillas rojas y la respiración lenta me dicen todo lo contrario, colega —dijo, mientras se apartaba las gafas de seguridad del rostro y las dejaba sobre la alta mesa —Te dije que podías irte hace unas horas, ¿por qué no te vas a casa?
—No tengo prisa, quería quedarme a ayudarte —ahí estaba de nuevo esa sonrisilla anhelante que tanto irritaba al menor de los Holmes.
—También te dije que no necesitaba ayuda —puso las manos en la superficie fría de la mesa de laboratorio y le miró con severidad —desde hace dos años.
—Pero yo te conseguí el pase libre para el laboratorio ¿no? —señaló, sonriendo todavía.
Sherlock puso los ojos en blanco y exhaló.
John Hamish Watson, dieciocho años y terriblemente molesto. También el autoproclamado "mejor amigo" de Sherlock Holmes.
Pero Sherlock no tenía amigos, y no iba a cambiar nada porque ese rubio raro enano le siguiera persiguiendo como perro faldero desde la primaria.
Grande fue su error al mostrar un poco de empatía y lástima, más no compasión, y haberle sacado esos dientes a patadas a los niños aquellos. Realmente no le gustaban los abusadores, pero tampoco le gustaban los entrometidos, y John era uno.
Desde aquel acto de estúpido heroísmo, el chiquillo no le había dejado en paz. Se sentó junto a él en una banca durante en el almuerzo, ignorando que Sherlock siempre había estado solo y así le gustaba.
"¿Qué haces?" le preguntó, con la pequeña mueca de disgusto mostrándose en su cara bonita, ante la más radiante sonrisa de ojos brillantes que jamás miró en el rostro de otro niño, manifestarse en John.
"Bueno, noté que lucías muy solo por aquí, así que vine a hacerte compañía" había respondido, con su tonta lonchera de animales sobre las rodillas y balanceando las piernas alegremente. "Ya que ahora somos amigos", dijo.
Sherlock se mostró molesto y extrañado. "¿Quién dijo que éramos amigos?"
"Yo" respondió el pequeño desvergonzado, feliz sin razón aparente.
Y ahí inició su martirio. Oyéndole iniciar conversaciones tontas que no le interesaban, saludándole alegremente al pasar frente al ventanal de su salón y mostrándole las figuras de acción que tanto aburrían al muchacho. Sherlock podía tener diez años entonces, pero no era tan infantil como John suponía. El niño era bobo, demasiado risueño y bajito. Nada que a él le gustase.
Pero Mummy estaba emocionada. Después de tanto tiempo, su hijo más joven finalmente hacía un amigo (aunque ni siquiera se lo hubiera propuesto) y le prohibió tajantemente ahuyentarlo con cualquiera de sus altanerías de niño pedante. Y aunque no lo admitiera, el niño era obediente ante su madre y sólo le quedó resignarse a soportar a John.
Al chico, por su lado, ya ni siquiera le molestaba que Sherlock se quedara callado mientras le hablaba o que ignorara a sus demás amigos al momento de introducirlos con el solitario muchacho. Siempre sonreía con pena, diciéndose que así era el niño y que tal vez tarde o temprano se volvería más amigable. Que por ahora lo tenía a él como compañía.
Estaba equivocado.
Pasaron los años, hasta el final de la escuela primaria y el comienzo de la secundaria. Un John hiperactivo, entusiasmado por primera vez con salir con chicas, y un Sherlock cada vez más retraído. Watson seguía sentándose junto a él, hablándole como si realmente fuera a contestar. Holmes gruñía y quería patearle lejos. Le había tomado el suficiente aprecio durante los pasados dos años para no hacerlo.
Entonces, el buen Hamish había comenzado a llevarse con otros chicos, por lo que era más común el que Sherlock se encontrara solo de vez en vez, y nada le ponía de mejor humor. Nada mejor que sentarse en el césped a escuchar sus propios pensamientos, sin el parloteo constante del rubio. Aunque podía añorarle ligeramente, cuarenta y ocho meses no le bastaban para acostumbrarse a su presencia, después de diez años de soledad constante. Ni siquiera estaba tan apegado a Mycroft. Aun preguntaba qué fue lo que le llevó a tratar de consolarle cuando más jóvenes y pelearse con un par de niños por su culpa. El comportamiento humano es fascinante, pero exasperante, se dijo un día de esos.
La secundaria pasó sin muchos percances, de cualquier forma. Un par de golpizas por bocatas para Sherlock, y otro par para John por tratar de defenderle. El menor de los Holmes notó un poco impresionado que aunque corto en estatura, John había crecido fuerte, fibroso y robusto, mientras que él seguía siendo el mismo renacuajo pálido y escuálido de siempre. Lo justificó por la falta de sueño y una alimentación balanceada desde muy joven, en vez de una predisposición genética. Al menos no era gordo, se consolaba a sí mismo.
Sherlock era el chiquillo que sangraba por la nariz después de un golpe muy fuerte, y John era el joven que le rompía las piernas a cualquiera que le hubiera puesto una mano encima. Con el tiempo. Holmes le vio como un molesto guardaespaldas y aquello aumentó puntos en su propia tabla de cariño para el pequeño Watson. Aun con la sangre corriendo sobre su labio superior, pensó que podría sacarle más provecho en el futuro, pese a que no entendía por completo la razón por la que alguien con el carisma y la habilidad natural de John Watson para hacer amigos y agradar a las chicas, seguía andando tras su espalda como un guardia. Era el mayor enigma de su vida de pre-puberto.
John seguía hablándole con ese tono condescendiente y la mirada acaramelada que tantos escalofríos le daba, aunque lo mirara besando tímidamente a alguna jovencita en los pasillos. Nunca caía en cuenta en como los ojos del chico le perseguían por el corredor, incluso aun teniendo los labios en la boca de una mujer.
Y para cuando los dos ingresaron a la preparatoria, después de un fallido intento de ser enviado a un internado como Mycroft, Sherlock supo que eso estaba pasando.
La gente podría decir que alguien como él podía ser muy observador en algunas cosas, pero completamente ignorante en otras, pero eso no era cierto. Sherlock notaría cualquier cosa con los indicios adecuados. Y ahí estaba todo.
Lo supo cuando comenzaron a irse en autobús y John rozaba sus dedos "accidentalmente" con los propios al sentarse juntos. Sonreía con vergüenza, parpadeaba lentamente y luego apartaba la mirada. Cuando comenzó a andar hombro a hombro con él, en la calle o en la escuela, y seguir tocando las venas de su muñeca con las puntas de los dedos. Era inquietante.
El aroma a colonia para hombres que comenzó a invadir el espacio cuando estaban juntos fue la siguiente señal.
"¿Qué es eso?" preguntó una ocasión en la biblioteca, cuando el olor fue especialmente intenso "¿Por qué usas colonia? Tú nunca usaste colonia antes".
"Oh, sólo es un detalle" dijo seguido de una risilla nerviosa, con las mejilla sonrosadas "Estamos en la preparatoria, Sherlock. A las chicas les gustan esas cosas, yo creo". Ambos zanjaron el tema ahí, pero al muchacho de cabellera rizada no dejó de darle vueltas en la cabeza.
John tocándole las manos al estar juntos. John usando colonia (claramente robada de su padre) cuando estaban juntos. John sonrojándose al ser interrogado por él. John riéndose de forma extraña, más de lo habitual. John mirándole tan cariñosamente desde el otro extremo del salón. John acompañándole casi religiosamente de vuelta a su casa, dando un par de pasos atrás, otro al frente, y finalmente yéndose a su propio hogar, con la clara intención reprimida de decir algo. Algo importante.
Sinceramente aterrador. A Sherlock no le molestaba ser el objetivo amoroso de un chico, para nada. Le molestaba ser el de John. ¿Qué demonios andaba mal en la cabeza ceniza de ese chico? ¿Era algún tipo de masoquista? No lo entendía, para nada.
La gente se enamoraba de las personas amables, de las personas con las que tenía cosas en común, con la que de verdad reparaba en su existencia. Incluso aunque sólo fuera amor de amigos, él suponía que todo aquello estaba requerido. ¿O de verdad desconocía tanto la naturaleza humana?
Las personas como John Hamish Watson no se enamoraban de personas como Sherlock Holmes.
Cualquier cosa que ese chico cabeza duro hubiese visto en él, estaba mal.
De cualquier manera, lo que sea que John quisiera de Sherlock, jamás lo obtendría.
Y Sherlock se encargaría de ello.
