Fabius odiaba tener que mentirle a su mujer y cada vez se estaba convirtiendo más en una costumbre. Trataba de convencerse a sí mismo de que era algo necesario, de que lo hacía por el bien de su familia ¿Qué otra cosa podía hacer? Cuántas veces se lo había dicho el bueno de Valyril: "¡Cuánto más dinero, más problemas!" ¡Y qué razón tenía! Pero no veía otra salida a aquel círculo vicioso del que cada vez era más difícil salir.

En el fondo, pensaba Fabius mientras salía a hurtadillas de su casa, estaba seguro que Vitella sospechaba algo. No había que ser un genio para saber que algo estaba ocurriendo: Las extrañas cartas en código que recibía y de las cuales Fabius aseguraba no saber nada, las sospechosas salidas nocturnas, las subidas y bajadas de dinero… y luego estaba Alarion, el misterioso hombre encapuchado que lo visitaba a veces en el mercado. Sin embargo, todavía no le había dicho nada sobre el tema, a parte de la habitual reprimenda por eludir su trabajo o por olvidarse de hacer algo, y Fabius creía saber por qué. Quizás sus métodos eran poco ortodoxos y muy peligrosos pero eran efectivos. Conseguía pagar los cada vez más costosos impuestos a tiempo y de momento eso era todo lo que importaba.

Fabius se subió la capucha de la capa cuando dejó el barrio de los mercaderes y se adentró en Aventius, el barrio plebeyo. Solo con cruzar la calle que los separaba la diferencia del ambiente era palpable. Si en su barrio la gente se saludaba al pasar y los gritos y peleas estaban a la orden del día, en Aventius cada uno se ocupaba de sus propios asuntos y nadie se paraba a hablar con nadie. Si te detenías a preguntar por alguien, todos asegurarían no conocerlo. Pero, utilizando los métodos persuasorios necesarios, al final resultaba que todos se conocían entre todos. Aquello fue de las primeras cosas que aprendió cuando visitó Aventius por primera vez.

El pescador recorrió las callejuelas con paso firme y no se detuvo en ningún momento hasta que llegó a la puerta que estaba buscando. Aparentemente no era distinta del resto pero un glifo apenas perceptible en el marco de la puerta lo marcaba como propiedad de los praesumptor.

Comprobó disimuladamente que nadie lo estuviera mirando y llamó a la puerta con los nudillos, primero dos veces, una pausa, y luego tres veces más. Escuchó como se abría la mirilla y unos ojos se asomaron por la rejilla.

—¿Quién va? —preguntó una voz ronca al otro lado.

—Fabius Galleban —contestó él. Y para convencerlo sacó el paquete de monedas que llevaba guardado y lo sacudió delante de sus ojos para hacerlo resonar.

El hombre no tardó en entreabrir la puerta para dejarlo pasar y luego volverla a cerrar con rapidez. Fabius se hubiera reído de lo rápido que le había abierto si la situación no fuera tan seria. Cuando iba a pedirles algo no accedían tan fácilmente.

—Sígueme y no hables con nadie —le dijo el hombrecillo. Fabius lo reconoció de otras veces, si bien no sabía cómo se llamaba. Solía estar a cargo de la puerta.

Se encontraban en un pasillo estrecho y oscuro que acababa en una única puerta al fondo, iluminada por los bordes, de donde provenía una marabunta de voces. Normalmente la casa no estaba tan animada.

—¿Tenéis visita? —le preguntó el pescadero en voz baja.

—Ajam —contestó él mientras caminaban por el pasillo. Se giró hacia Fabius antes de abrir la puerta y se colocó el dedo índice sobre los labios. El pescadero asintió y entraron a la habitación.

El saloncito, normalmente ocupado por tres o cuatro hombres grises confabulando entre ellos en grupos, estaba repleto de gente con túnicas blancas y negras y relucientes armaduras nuevas, discutiendo y hablando a gritos. Lo primero que se preguntó Fabius fue de dónde habrían sacado esas armaduras y lo segundo si no sería aquello una emboscada de la guardia imperial. Enseguida descartó esa idea, al ver que ninguno de los praesumptor parecía estar nervioso por su presencia.

En un rincón, sentado en una silla de madera junto a la pared, se encontraba Alarion, ataviado con su habitual ropa vieja, que en aquel momento destacaba entre tanta elegancia. El portero le señaló con la cabeza que fuera hacia allí y, tras asegurarse que le hacía caso, dio media vuelta para volver al pasillo.

Fabius se acercó a él, el praesumptor lo miró brevemente, le indicó que se sentara sin dirigirle palabra y continuó observando a la multitud que los rodeaba. El pescador se sentó delante de él, un poco cohibido, y esperó a que Alarion se decidiese a hablar. No parecía preocupado por los hombres armados, pues su postura en la silla era muy relajada, pero no dejaba de observarlos con suspicacia.

Sin la capucha subida, Alarion era un hombre consumido por la vida. Parecía mayor de lo que era, en parte por las canas que amenazaban en las raíces de su cabello, en parte por una gran quemadura que le cubría casi la mitad del rostro. Y aun así, una vez dejabas de fijarte en su quemadura, lo que más llamaba la atención de él eran sus ojos. Tenía la mirada de un hombre que ha visto mucho más de lo que hubiera querido ver.

—¿Sabes quiénes son? —le preguntó a Fabius finalmente.

El pescador los miró de nuevo, más detenidamente. Si no eran de la guardia imperial ni militares y, desde luego, no eran templarios… solo cabía otra posibilidad.

—Tengo mis sospechas —le contestó él. Alarion pareció sorprendido y se giró hacia él con interés.

—¿Ah, sí? ¿Y qué es lo que sospechas? —le preguntó el hombre, apoyándose sobre la mesa que los separaba.

Fabius tardó unos segundos en contestar, no muy seguro de si debía decirlo.

—Venatori —contestó finalmente en voz queda.

Alarion esbozó una media sonrisa de satisfacción y su cicatriz se torció de forma grotesca. Asintió lentamente con la cabeza y volvió a apoyarse en el respaldo de la silla cruzando las piernas.

El praesumptor no añadió nada más y siguió contemplándolos con la mirada perdida. Fabius se retorció en su silla, un poco nervioso.

—Tengo tu dinero —le dijo, sacando de nuevo el saquito de monedas para ponerlo encima de la mesa—. Está justo.

Aquello pareció llamar su atención, pero tampoco creó en él ninguna otra reacción.

—Gracias —le contestó él, de forma automática. Cogió el saquito y se puso a contar las monedas con parsimonia.

Se volvió a crear un silencio incómodo.

—También hablé con Lucrecia. No volverá a molestar a la magister, te lo aseguro —le siguió diciendo.

Alarion alzó una ceja.

—Más le vale —le contestó él, guardándose el monedero. El hombre pareció meditar algo, suspiró, se pasó una mano por el pelo y se levantó de la silla—. Ven, salgamos a dar una vuelta. Me estoy agobiando con tanta gente.

Fabius se sorprendió pero no replicó y lo siguió por la sala en dirección a la salida. El portero les abrió la puerta al verlos y Alarion se subió la capucha antes de salir. La luz de la calle los iluminó de pleno y los cegó momentáneamente. Al praesumptor pareció afectarle más porque tuvo que apoyarse en Fabius para no caerse.

—¿Estás bien? —le preguntó el pescadero, sujetándolo con preocupación.

—Sí, sí, ya está… —le contestó él, con una mano en la cabeza. Se había quedado blanco y respiraba entrecortadamente pero pareció recuperarse enseguida—. Creo que llevaba ahí metido demasiado tiempo.

Fabius no contestó pero frunció los labios con desaprobación.

Se pusieron a pasear tranquilamente sin un rumbo fijo y sin mediar palabra durante un buen rato. No era ya un silencio incómodo como en el del local, sino que había entre ellos una comprensión mutua y una calma locuaz.

A pesar de no conocerse mucho, siempre había habido entre ellos una conexión peculiar y desde el primer momento habían congeniado. No confiaba lo suficientemente en él como para considerarlo su amigo, Fabius todavía temblaba cuando lo veía aparecer por el mercado y se ponía nervioso si tenía que hacer negocios con él, pero lo respetaba enormemente y confiaba en su profesionalidad.

Caminaban por unas calles mugrientas llenas de subidas y bajadas y de vez en cuando se cruzaban con algún que otro personaje singular. Vagabundos, dementes y maleantes era lo que más abundaba. Nadie intercambiaba ni una sola palabra y todos, por muy bravos que fueran, andaban con la vista fijada al suelo. Fabius tenía la sospecha de que eso se debía al hombre que lo acompañaba. No le cabía ninguna duda de que, por mucho que fuera con el rostro cubierto, todos conocían a Alarion Harbus.

Al pasar por una bocacalle, el praesumptor le hizo una señal a Fabius.

—Ven, vayamos ahí—le dijo, dirigiéndose hacia allí. El callejón terminaba en un pequeño mirador con vistas al mar.

Los dos hombres se acercaron al borde y Alarion se sentó con alivio en el banco de piedra. Al pescador le recordó a un cuervo visto de costado, con su capucha en forma de pico y sus ropas negras. Se preguntó por qué siempre parecía tan cansado.

—¿Qué opinas de los Venatori? —le preguntó al fin. Fabius ya se imaginaba que le querría hablar de eso.

El hombre se sentó a su lado en el banco mientras meditaba la respuesta.

—Que son un grupo de fanáticos violentos con la cabeza llena de fantasías —le contestó el pescador.

Alarion se rio quedamente.

—¿Fantasías? ¿No crees entonces que ese Antiguo pueda restaurar la gloria del Imperio? ¿Que pueda adquirir el poder de los Antiguos Dioses y unir todas las naciones en una? —le preguntó en un tono socarrón.

—Pues claro que no —le contestó Fabius, alzando una ceja escéptica. No veía a dónde quería ir a parar.

—Yo tampoco lo creía —le confió, poniéndose serio de golpe—, pero he visto cosas que… ¿Crees que los Antiguos Dioses existieron de verdad?

—No lo sé —le dijo Fabius, tras pensarlo unos segundos. Luego añadió, girándose hacia él—: Y si realmente existieron dudo mucho que les importemos lo más mínimo.

—No, deben despreciarnos profundamente, por eso quieren destruirnos cuando alguno de ellos consigue cruzar el Velo —comentó Alarion, refiriéndose a los Archidemonios. Decía la leyenda que cuando un Antiguo Dios cruzaba el Velo se corrompía y se convertía en un Archidemonio, quien entonces dirigía a los engendros tenebrosos y traía la Ruina—. Pero este Corypheus… dice haber estado en la Ciudad Dorada y haber visto el trono de los dioses ¿Y si fuera verdad? ¿Y si lograra conseguir su poder? Podría ser el renacer el imperio, el inicio de una nueva era.

—No lo dirás en serio… —se sorprendió el pescadero, mirándolo con los ojos abiertos.

—¿Por qué no? ¿Has escuchado lo que está ocurriendo en el sur? Una gigantesca brecha en el Velo y miles de grietas se están formando por todo Orlais y Ferelden. Multitud de demonios aterrorizando a los dos países ¡Por todas partes! ¡Y todo eso provocado por una sola persona! ¡Alguien con semejante poder puede hacer lo que le dé la gana! —se emocionó Alarion, gesticulando con los brazos. Fabius nunca lo había visto tan agitado.

—¿Lo estás diciendo en serio? ¿Pero tú te estás escuchando? Ese presunto magister ha hecho explotar el Cónclave, matando a cientos de personas, ha rasgado el Velo dejando escapar a miles de demonios y destrozó el pueblo de Refugio en una noche ¿Esa es la persona a la que quieres confiar el futuro de Tevinter? —le respondió él con indignación. Nunca le había hablado en ese tono a Alarion pero se encontraba tan ofuscado por sus palabras que no pudo evitarlo.

—¡A la mierda todo eso! Ese… ese… ser tiene en sus manos el poder de abrir el Velo y reunir todo un ejército de demonios ¡Demonios, Fabius! ¿Quién podría alzarse contra eso? —le contestó él en el mismo tono.

—¡Justamente, Alarion! Los demonios son impredecibles y no siguen las órdenes de nadie. En cualquier momento pueden volverse contra su amo. Y además ¿para qué queremos el sur? —añadió Fabius—. El problema lo tenemos aquí arriba, es aquí donde tienen que cambiar las cosas.

—Estoy seguro que el Antiguo ya ha pensado en ese inconveniente… Pero tienes razón —reconoció Alarion, tranquilizándose un tanto—. El problema lo tenemos aquí arriba. El imperio está podrido.

—Me sorprende que digas eso —le dijo el pescadero sin mirarlo. Él se volvió hacia Fabius alzando las cejas—. Te quejas de la corrupción pero tú mismo vives de ella. Eres un praesumptor, Alarion, un ladrón. Si el imperio no estuviera podrido no tendrías trabajo.

—¿Acaso tengo pinta de ladrón? —le contestó él, extendiendo los brazos. Fabius lo observó con seriedad y vio, no por primera vez, a un hombre derrotado. Solo había que fijarse en la posición en la que se encontraba, ahí sentado con la espalda encorvada, intimidante pero con aspecto cansado, sombrío pero pálido. En una pelea mano a mano, no creía que durara mucho—. Soy un hombre de negocios, Fabius, pero es cierto que vivo de la corrupción. Aun así, eso no significa que lo apruebe. Es solo un medio de vida, una manera de sobrevivir en esta opresiva sociedad ¿qué más podemos hacer? No somos magos, no podemos cambiar nada.

—¿Y crees que ese Corypheus puede cambiar algo? ¿Arrasando todo el sur con sus Venatori y sus demonios? ¿Qué cambiará eso?

—¿Y quién sino? ¡Nadie está haciendo nada por mejorar la situación! Si alguien no hace algo pronto, Fabius, el Imperio se va a ir a la mierda y los Qunari nos machacarán ¡Tevinter desaparecerá! ¡Puf! —le contestó Alarion haciendo mímicas con las manos para simular una explosión.

—Estás exagerando… Los Qunari llevan años tratando de invadirnos…

—Sí, y al final lo lograrán.

Se impuso un silencio cargado de tensión y Fabius dejó escapar un largo suspiro.

—¿Qué me quieres decir con esto, Alarion? —le preguntó al cabo de un rato— ¿Estás pensando en unirte a los Venatori?

Esta vez fue él quien respiró hondo antes de contestar.

—No lo sé, pero no lo descarto. Ya no estoy para combatir en la guerra pero quizás podría ayudarlos desde aquí.

—Piensa bien en lo que dices —le dijo Fabius con suavidad, girándose hacia él con una expresión casi cariñosa—. Si haces eso te vas a ganar muchos enemigos. No todos apoyan a los Venatori, ni siquiera entre los magisters.

—Lo sé, por eso te lo quería comentar primero —le contestó él para sorpresa de Fabius—. Eres un hombre inteligente, ya te he dicho varias veces que estás malgastando tu talento en ese puesto de mercado.

—No empieces, por favor… —le cortó él. No era la primera vez que trataba de camelarlo para que se uniera a su gremio.

—Lo sé, lo sé, y sabes que lo respeto. No quiero convencerte de que te unas a los praesumptor ni a los Venatori, pero quería conocer tu opinión al respecto. No es una decisión fácil.

—Lo siento, Alarion, pero no creo que unirte a los Venatori sea una buena idea.

El praesumptor se entristeció visiblemente y se quedó absorto mirando el horizonte. Las olas producían un relajante sonido al chocar contra las rocas y algún que otro pájaro piaba de vez en cuando. A lo lejos se distinguían los mástiles de unos pocos barcos y a su derecha se entrevía entre la niebla parte del Camino imperial, que unía la isla de Minrathous con el continente.

—A veces me da la sensación de que estoy echando mi vida por la borda —murmuró Alarion con melancolía— ¿A ti no te pasa?

Fabius no contestó.