Heiji y Kazuha salieron de la residencia de los Toyama sobre las 7 de la tarde. Al estar a finales de agosto, aún quedaba un pequeño resquicio de luz solar en el cielo. El chico había pensado en llevarla al parque para ver la puesta de sol. Después la llevaría a cenar a un buen restaurante, y por último a tomar algo y bailar. Cuando ella estuviera cansada, cogerían un taxi y la llevaría a casa. Con la salida de aquella noche, Heiji pretendía darle a su amiga una especie de "anticipo indirecto" de lo que iba a pasar próximamente. Había encontrado la manera perfecta de declararse. Al final de la noche, le daría a Kazuha un billete de tren. Su plan era marcharse con ella a Kyoto, con la excusa de que tenía que resolver unos asuntos importantes de su club de kendo. Para que ella quisiera ir con él y no rechazara la invitación, le diría que todos los gastos corrían a cargo del instituto, ya que no accedería si le decía que se iban a alojar en el hotel más caro de toda la ciudad. Quería disfrutar con ella de una experiencia mágica, y al final del viaje, antes de volver a Osaka, declararse en el mismo lugar en el que se enamoró de ella, bajo el mismo cerezo en flor.
El corazón de Kazuha iba a cien por hora. Al igual que Heiji, ella también se había dado cuenta del gran cambio que había dado su relación en sus pocas salidas durante aquel verano, y le encantaba. Se sentía genial cuando la miraba de aquella manera en la que sólo él sabía hacerlo, o cuando la cogía de la mano en el momento oportuno. Le quería. Le quería como nunca llegó a querer a nadie, de la tierra a la luna con pasitos de tortuga. Aunque pelearan constantemente, no podía olvidar lo bien que la hacía sentir, lo arropada, lo querida, lo respetada.
Ambos hablaron de cosas triviales durante todo el camino hasta el parque. Una vez allí, los dos se tumbaron en la hierba a ver las nubes, y se hizo el silencio. De repente, Heiji sintió como unos dedos se enredaban tímidamente con los suyos. Hasta entonces, siempre había sido él quien se había atrevido a dar el primer paso para hacer aquel tipo de cosas, y le encantaba que esta vez fuera ella quien se lanzara a acercarse a él, aunque fuera solo mediante un simple roce de manos. No importaba, pues era la piel de Kazuha la que estaba entrando en contacto con la suya. Heiji miró a su amiga sonrojado, y esta, en las mismas condiciones que él, le sonrió. El chico devolvió su mirada al cielo y por un momento se permitió cerrar los ojos, e inspirar muy hondo. Estaba allí, con Kazuha tumbada a su lado, y su mano entrelazada con la suya. ¿Qué importaban ya los casos? ¿Qué importaban el resto de personas? Daba igual si el mundo se caía a pedazos, ella estaba allí, feliz con él. ¿Es que acaso había una mejor sensación que esa?. De repente, Heiji sintió como Kazuha soltaba su mano, lo cual hizo que abriera los ojos y saliera de su burbuja. Dirigió su mirada hacia ella, y la chica, ahora tumbada en dirección hacia el cuerpo de su amigo y apoyando la parte superior de su cuerpo sobre su brazo doblado, se la devolvió, aunque esta vez no había en ella ningún vestigio de felicidad. Heiji la miró confundido y temeroso. ¿Es que había hecho algo mal?.
-Heiji.
-Dime.
-¿Te acuerdas aquella vez, cuando me dijiste que querías ser libre?
-Sí. ¿Qué hay de malo en eso?
-Nada en especial. Simplemente me preguntaba si te sientes así ahora mismo.
-Así, ¿cómo?
-Pues así, feliz.
-Sí, sí me siento feliz. ¿A qué viene todo esto?-preguntó el chico, poniéndose en la misma posición que su amiga, extrañado.
-¿Sabes? Muchas veces me acuerdo de ti cuando miro al cielo.
-¿Por qué?
-El cielo es inmenso, como tus ansias de ser libre.
-Sigo sin comprender a qué viene todo esto.
-Heiji, ¿yo te hago sentirte libre?
-Dime de una buena vez por qué dices esto.
-A veces pienso que yo de alguna forma te ato. Te ato a esta ciudad, a una amistad. Creo que no he hecho bien dándote la mano, ni siquiera sé si tú querías, o no. – Llegados a este punto de la conversación, Kazuha comenzó a sonrojarse. Ambos eran perfectamente conscientes de los cambios que había dado su relación aquel verano, pero nunca habían hablado abiertamente de ello.
-Que yo sepa, aquella conversación terminó contigo dándome la razón. Tú también querías ser libre. Además, por esa lógica yo también te estaría atando, ya que yo comencé a darte la mano a ti sin ni siquiera preguntarte. Es más, ahora mismo ni siquiera sé si eso te molestó o te…
-Eso nunca podría molestarme.- Dijo Kazuha desviando la mirada de la del chico, rápidamente, y aún más roja que antes.
-A mí tampoco podrías molestarme tú. – la chica sonrió tímidamente, y miró a Heiji a los ojos.
-Ven, acércate.- le pidió el moreno. Ella se acercó a él, y acto seguido, el chico pasó un brazo por su espalda y se tiró bocarriba en la hierba del parque, arrastrándola con él. De esta forma, Kazuha quedó tumbada sobre su pecho. Heiji la acercó más a él con su brazo, hasta quedar la cabeza de ella por debajo de su barbilla.
-Me haces libre, Kazuha.- dijó Heiji de repente, rompiendo el silencio.
-Deja de decir chorradas. Estar toda la vida obligado a verle la cara a la misma persona no es precisamente lo más parecido a ser libre.
-Podría haber pasado de ti desde el minuto uno. Realmente, si quisiera ahora mismo podría echarte a un lado, tumbarte otra vez en la hierba; donde estabas antes, levantarme de aquí, decirte que tengo a una tía buenísima esperándome en algún sitio, e irme.- Heiji paró de hablar un momento, y la apartó de la misma forma que había explicado hacía un momento. Los ojos de Kazuha ya habían comenzado a enrojecerse cuando de repente, el moreno se tumbó sobre ella, apoyando todo el peso de su cuerpo sobre los codos. -Sin embargo, no me levantaré, ni te diré que tengo a una tía buenísima esperándome y seguidamente me marcharé, porque no quiero. ¿Lo entiendes ya Kazuha? No tengo ninguna clase de compromiso contigo, podría dejarte aquí e irme a echar un polvo con alguna de mis admiradoras. Sin embargo, aunque nada me ate a ti, te antepongo antes que cualquier polvo con cualquier chica, por muy buena que esté. Yo decido a quien le dedicó mi tiempo y esta noche yo quiero que sea nuestra. Quiero pasarla contigo, porque la cadena que me ata a ti, también, en realidad me da libertad.- Kazuha se quedó mirando a Heiji, algo asombrada y con las mejillas sonrojadas. Con algo de miedo, levantó una mano y la llevó a la cara de Heiji. En toda su vida, podía dar fe de que nunca había conocido a un chico como él. Le encantaba su piel, su pelo y sus ojos. Desde que era pequeño, siempre había sido muy guapo, y conforme fue creciendo, esa belleza se fue convirtiendo en un indiscutible atractivo que le había hecho tener un gran éxito entre las chicas del instituto desde que entró en la secundaria. Cuántas habrían sido capaces incluso de dar dinero con tal de tener el más mínimo roce con él. Y allí estaba ella, tumbada con él sobre su cuerpo, mirándose a los ojos. La miraba de una manera en la que nadie lo había hecho jamás. No sabía exactamente cuál era la diferencia entre aquella mirada y el resto, pero la tranquilizaba. La hacía sentir bien.
Heiji le sonrió, para a continuación terminar con la distancia entre sus cuerpos y tumbarse sobre ella, apoyando la cabeza sobre su hombro derecho. La mano que Kazuha tenía en su mejilla pasó al pelo de su mano, para después comenzar a acariciarlo levemente. Kazuha apoyó sus labios en la frente del chico, y al igual que Heiji cerró los ojos.
-Y yo, ¿te hago libre a ti?- preguntó el moreno sin ni siquiera abrir los ojos. Kazuha comenzó a reírse levemente y besó su frente de manera suave. Heiji sonrió, abrió los ojos, y subió levemente su cabeza hasta dejarla a la altura de la de Kazuha y pegar su frente con la de ella. Se colocó al lado de la chica, pasó su brazo derecho por encima de su cuerpo, y la pegó a su cuerpo, todo lo que pudo. Una vez hecho esto, volvió a cerrar los ojos. Ya nada más era necesario, estaba en su lugar.
Heiji abrió los ojos cuando ya se estaba poniendo el sol. Kazuha aún seguía durmiendo.
-Kazuha.- la llamó sacudiéndola levemente.
-Dime- contestó ella abriendo los ojos con dificultad, aún con voz de dormida.
-Mira.- Heiji se colocó bocarriba otra vez, mirando en dirección contraria a su amiga. Ella apoyó la cabeza en el pecho del chico y miró hacia el mismo lugar.
Ver aquella puesta de sol juntos, no tenía precio. Aquel era uno de esos momentos que ellos consideraban íntimos, así que el moreno, como era normal en él desde hacía un tiempo hasta entonces, sujetó la mano de Kazuha. Esta sonrió para sí.
-¿Nos vamos? Tengo un poco de hambre.- Heiji emitió un suave sonido a modo de asentimiento y se levantó de allí rumbo al restaurante, llevando a la chica de la mano.
