Aquí, Alonsina Quijano reportándose. Debería terminar FLY, y me disculpo por dejar colgados a varios sin saber qué ocurrió luego de que Pema y Tenzin se besaron (mega spoiler, ya lo sé). Verán, aquella semana en que iba a finalizar el fanfic, la profesora "mala suerte" nos dejó mucha tarea y nos mandó a preparar varias presentaciones, entonces se me fue el tiempo en ello (y algunos días debo trabajar).

En fin, prometo acabarlo para diciembre, ya que tentada por lovelywtt entraré a NaNoWriMo en noviembre… Y de momento les dejo con un one-shot acorde a las fechas… debería estar terminando mi tarea. No tengo mucha inspiración ._.


La nuit se couche tard

Les fleurs sont encore pâles

C' est ta présence qui s' éloigne

Comme les petites voiles des bateaux qui font naufrage

Mes yeux se sont noyés en larmes

"La muerte" – Monsieur Periné. (Les recomiendo que la escuchen)

La visita.

Korra despertó al escuchar un ligero barullo en el comedor; la pequeña de seis años caminó por entre los pasillos, cautelosa de no hacer ni el más mínimo ruido, pues la maestra Katara podría despertarse en cualquier momento.

Los sonidos entremezclados con la nevisca se escuchaban poco usuales. No se trataba del murmullo mundano de los adultos, ni mucho menos de Naga y sus ruidos nocturnos, no. Había algo más, e incluso ella no estaba muy segura de por qué se encontraba caminando hacia el salón donde la gente se reunía para comer. El brillo titilante de una veladora se dejaba ver desde la ventanilla de la puerta, y al mismo tiempo, se escuchaba a dos adultos conversar amenamente sobre temas diversos, pero las voces se perdían en un eco vacío.

-¡Agua, tierra, fuego, aire! – exclamó uno de ellos.

-¡Eso es trampa! – contestó otro, y poco después se escuchó un pequeño zape.

Korra entreabrió la puerta, y mirando hacia adentro encontró el altar austero que su maestra Katara había dejado para "La visita".

-Creo que alguien nos está viendo – susurró uno de los dos hombres, cuyo peinado consistía en una cola guerrera de la Tribu Agua.

-No temas. Estamos seguros – respondió el otro; un hombre joven, gallardo, cabeza afeitada, de barba negra, tatuajes celestes en forma de flecha.

Korra azotó la puerta, y de inmediato se recargó en ésta. ¿Quiénes eran esos sujetos? Parecían conocidos, aunque las imágenes en la obscuridad lucían borrosas.

-¿Tienes miedo, pequeña? – preguntó el hombre de los tatuajes materializándose frente a ella de la nada; éste le sonrió ampliamente a la pequeña, quien recibió un susto mayor, el cual le hizo entrar gritando al comedor.

Korra se guareció debajo de la mesa sin entender muy bien qué estaba ocurriendo. ¿Eran ladrones? ¿Por qué los guardias no se habían despertado? ¿Cómo es que aquel sujeto había pasado de estar adentro a estar frente a ella? Levantó con ambas manitas el mantel de la mesa, divisando a ambos hombres de nueva cuenta.

De repente recordó que sus poderes no eran sólo un accesorio; ella era el avatar. Podía deshacerlos si así lo gustase; de inmediato saltó, y con el puño muy en alto, gritó:

-¡Soy el avatar! ¡Aléjense!

Ambos sujetos se miraron el uno al otro.

-Es muy tierna – sonrió el hombre de cola guerrera.

-Te lo dije, pero no quisiste creerme.

-¡Aléjense, o sufrirán mi furia!

Sin embargo, en cuanto Korra intentó dominar el agua de un vaso que encontró cerca a la ofrenda que Katara había montado, se percató de que ésta no se movía; lo intentó una vez, otra más, y hasta que al fin se rindió.

-¿Qué me ocurre? ¿Qué clase de agua es ésta?

-No es el agua, Korra. Es que todavía estás soñando – respondió el hombre tatuado.

-Yo tampoco puedo controlar el agua, pequeña. Acéptalo, amiga – terció el otro.

-Muy gracioso, Sokka.

-¿Sokka? – preguntó Korra… ¡Claro! Ella los conocía.

-Veo que me conoces, ¿Cierto?

Ella asintió, aún sin comprender completamente lo que ocurría.

-Soy Sokka, guerrero de la Tribu Agua.

-Y yo soy Aang – dijo –, y yo soy un maestro aire.

-Tú eras… tú eras el novio de la maestra Katara…

-Niña lista – susurró Sokka, llevándose un trozo de carne a la boca.

-¿Pero cómo? La maestra Katara me habla de ti todo el tiempo, al igual que el guerrero Sokka que era su hermano. Pero ustedes están…

-¿Muertos? Sí.

-¿Y por qué los veo?

-Yo te puedo explicar, Korra – comentó Aang con voz pacífica, sentándose en una de las sillas cercanas al pequeño altar, en donde se apreciaban las fotos del "chico boomerang", y del esposo de Katara. De alguna manera, Korra sentía un ligero toque de confianza en aquella sonrisa quieta que poseía ése que se llamaba "su vida pasada"; era ella, pero hace muchos años. Ambos intercambiaban miradas muy fijas.

-Tú eres el avatar, y sé que lo sabes.

Korra asintió.

-Por eso puedes vernos, pequeña. Porque el avatar es un gran puente entre el mundo de los humanos y el mundo de los espíritus; sólo tú puedes convivir con los espíritus de la gente que ya no está, o con grandes criaturas de formas fantásticas…

-¿Y los demás no pueden ver todo eso? – dijo, abriendo los ojos ante todo lo que Aang le estaba contando.

-Algunas veces como hoy, pero siempre creen que es algo que no paso. Es como si en ocasiones nosotros…. ¡Sokka! ¡Mastica con la boca cerrada!

El guerrero de la Tribu Agua volteó hacia los dos avatares encogiéndose de hombros.

-No he comido nada en años.

-Ni siquiera los comes, son sólo sus esencias.

-¿Esencias? – cuestionó la niña.

-Su olor. Nosotros ya no podemos comer.

-¡Es lo más cerca que he estado de comer en mucho tiempo! – renegó Sokka, llevándose un trozo diáfano de carne seca (que más bien era su olor).

-¿Y por qué no pueden comer?

-Porque ya no tenemos cuerpo, pequeña.

Korra se quedó pensativa por un momento ante la respuesta… ¿Ya no tenían cuerpo? ¿Qué clase de gente eran ahora? Aang escrutó sus gestos brevemente, y al cabo de un rato, éste preguntó:

-Dime, Korra… ¿Quieres jugar en trineo-pingüino con un viejo avatar?

-¿Qué es trineo-pingüino?

-¿No sabes lo que es? – terció Sokka, alarmado.

-¿Debo?

-Si eres de la Tribu agua del sur, sí, así es.

Sokka se acercó a ambos maestros, y captando la mirada de Aang, los dos leyeron las intenciones del otro con una sonrisa maliciosa.

-¿Quieres jugar con nosotros?

-Pero no puedo salir. ¿Y si la maestra Katara se entera?

-No se enterará… ¡Vamos!

Aang tomó de la mano a Korra; Sokka estiró los músculos espectrales con un par de movimientos.

-A mi cuenta – dijo Sokka, alzando la mano con un ademán de conteo.

-Una… dos…

Los tres, tomados de las manos, comenzaron a correr hacia la pared que debía salir al patio.

-¿Qué pasa? ¿Qué vamos a hacer?

-¡Sujétate, Korra!

-¡Tres! – gritó Sokka, y en el acto todos dieron un pequeño salto que habría de causarle un susto mayor al pequeño avatar. Sin embargo, cuando pensó que estaría estrellada contra la pared de madera maciza, encontró que todos se encontraban en el patio de la fortaleza, y allí mismo se hallaba el espíritu de un enorme bisonte volador.

-Appa, tenemos compañía – musitó Aang a su peludo amigo, acariciando su frente con gentileza.

-¿Qué es esto? – al parecer Korra no había visto algo de tales magnitudes en mucho tiempo, contando así a su vida pasada.

-Esto, pequeña, es un bisonte volador. Es mi mejor amigo y se llama Appa… Es mi animal guía. Y dime, ¿Tú tienes mascotas?

-Un perro-oso polar que se llama Naga.

De repente ésta se manifestó, empezando a aullar.

-Tranquila amiga – pidió Korra, estirando la mano para tranquilizar a su oso. Empero, el avatar notó que su mano atravesaba a su mascota.

-¿Qué me pasa? ¿Qué le pasa a Naga?

-No es nada, pequeña. Para mañana ya estarás mejor, y deberías dejar que Naga venga con nosotros.

-¡¿Estás loco, Aang?! – gruñó Sokka.

-¿Qué hay de malo en eso?

-Los perros-osos polares son los animales más sanguinarios que hay en la tundra. Son enemigos naturales de los cazadores de la Tribu Agua, y quien acababa con uno se consideraba un cazador habilidoso. Todos morían en el intento.

-Sokka, estás asustando a Korra. Además, si ella logró domesticar a un "monstruo" como tú lo llamas, ¿No la hace más increíble?

La niña le sonrió al guerrero, quien pronto se inclinó para acariciar al animal aquél, pero este intentó moderlo.

-¡Te dije que era salvaje!

-Le gusta la carne de foca –añadió Korra.

Los tres se quedaron en silencio, y después de ello subieron al lomo de Appa.

O-O-O-O-O-O-O-O

Los pingüinos, ruidosos por naturaleza, saltaban y no podían cerrar el pico. La presencia involuntaria de dos avatares en un mismo sitio los mantenía alegres pero intranquilos.

-¡Son muchos pingüinos! – gritó con asombro la niña.

-Y son muy pocos en realidad – aseguró Sokka.

-Bien… ¿Y cómo se juega Trineo-pingüino?

Sokka sacó una gran barba falsa de algún lugar desconocido; la acarició en señal de pensamiento, y prosiguió:

-Deberéis de ser apta para montar un pingüino. Pero primero debéis atraparlo, y ése es un antiquísimo y sacro arte.

-¿Y cómo hago eso?

Sokka había atrapado unos pescaditos de entre el hielo, dándoselos a Aang posteriormente. En el momento preciso, Aang arrojó uno de ellos hacia Korra:

-¡Atrápalo, pequeña!

En las manos de Korra se hallaba un simple pescado que provocaría que montones de pingüinos comenzasen a acercarse hacia ella.

La niña reía ampliamente.

-Me están haciendo cosquillas.

-¡Atrapa uno!

Acto seguido, la niña le obsequió al animalito aquello que buscaba. De inmediato se vio encima del pingüino.

-Ya lo monté… ¿Qué sigue?

En un movimiento seco, Sokka empujó a la niña por la pendiente que se localizaba justo frente a ellos.

-¡¿Qué haces, Sokka?!

-Sólo le doy "un pequeño impulso" a tu reencarnación.

-¡Pero no debía ser así! ¡Voy tras ella!

-Relájate, Aang. Somos espíritus, y ella lo es por ahora.

-No del todo.

En un raudo movimiento, Aang montó uno de los pingüinos que comenzó a avanzar con suma rapidez. Por mero instinto y al verse solo con un montón de carne andante, Sokka decidió seguir a su amigo.

Mientras tanto, el temor que inicialmente había invadido a la pequeña Korra se había disipado; cada curva, cada montículo diverso con el que su pingüino y a la par de una Naga que se deslizaba sobre su pancita, Korra sintió una ligereza como nunca antes, y con ello, una risa auténtica que no había experimentado a causa de esa clase de peligros absurdos que rara vez le dejaban tener.

-¡Korra! ¡No te va a pasar nada! – Aang se acercaba a ella en su trineo pingüino.

-¡Esto es lo más divertido! – gritó ella, en tanto el animalito aleteaba más y más; Naga la seguía.

De repente, en una curva cerradísima Korra no supo controlar la velocidad, e intentando evadirla sólo se cayó, dándose un gran golpe en la cabeza.

-¡Auch! – exclamó, en tanto que su perro-oso polar se acercaba para olfatearla.

Aang llegó hasta donde estaba, y Sokka se les unió enseguida:

-¿Qué ocurrió? – dijo éste.

-Korra se cayó.

-Se nota que nunca ha montado un trineo-pingüino.

-¡Otra vez! – pidió Korra, causando que sus dos mayores la miraran anonadados.

-Korra, pudiste haberte mat… bien – frenó Aang.

-¿Pude qué?

-No importa. Dime, ¿Por qué no sabías montar un trineo-pingüino? Pensé que tu maestra era Katara.

-Lo es, pero…

-¿Pero?

-Es ese anciano con barba el que no me deja. Debo entrenar todo el día para ser el avatar…

Tanto Sokka como Aang denotaron tristeza con la mirada. ¿Era justo que un niño viviera así?

-Nunca pensé que esto pasaría – susurró, levantando a Korra y sentándola sobre Naga –, y nunca creí que Katara lo permitiera.

-La maestra Katara a veces me deja salir a jugar cuando no está el señor barbón. Ella ha sido muy buena conmigo.

Los dos antiguos héroes de guerra se quedaron meditabundos.

-Ven, Korra. Es hora de ir a casa.

O-O-O-O-O-O-O-O

-Creo que por hoy debemos descansar – pidió Aang, cargando a Korra hasta su cama, en donde su cuerpecito se hallaba hecho bolita.

-Pero no tengo sueñ… - la niña bostezó, y éste se convirtió en dos más.

-Menos mal que no tienes sueño, avatar – dijo Aang, retirándole algunos mechones de cabello de la frente.

-¿Y cuándo te volveré a ver?

-Cuando quieras, Korra. Siempre estoy adentro de ti…

-¿Y si no sé cómo llegar hasta ti?

-Tú sabrás cómo en su momento. Ahora duérmete.

El avatar Aang subió las cobijas de la cama de Korra, y su espíritu entró de nuevo a su cuerpo respectivo. El monje suspiró.

-Recordaste a tus hijos, ¿Cierto? – preguntó Sokka sentado junto a la cama de Katara.

Asintió aquél.

-Está bien. Mira a Katara...

La maestra agua de cabellos nevados comenzaba a experimentar el frío de la edad; éstos pronto se habrían de convertir en una capa de hielo completa, tan prístina y blanca como el polo mismo.

-Ha pasado mucho tiempo. Y ella sigue siendo hermosa.

-Sé que te extraña, Aang. No tienes idea de cuánta falta le hiciste cuando te fuiste.

El avatar antiguo siguió mirando el rostro cicatrizado de su esposa; posó la palma de la mano sobre su mejilla, y Katara le brindó una sonrisa dormida. Acarició parte de su rostro con el pulgar, y la maestra masculló algunas cosas poco comprensibles.

-Te amo, cariño – susurró Aang besando la frente de su esposa.

-Te amo – respondió ella con suma claridad, aunque no había abierto los ojos.

-¡Ugh! – Sokka se entrometió.

-¡Oye!

-No puedo evitarlo – se encogió de hombros.

Ambos salieron de la habitación, dirigiéndose hacia la ofrenda del comedor; contaba con un pequeño espejo, unas cuantas veladoras, carne de foca, vegetales cocinados al vapor, tazas de té y algunas fotos de sus años gloriosos. Las admiraron con cierta nostalgia, y al cabo de un rato, Sokka habló:

-Debemos irnos, Aang.

-Pero, ¿y Katara? ¿Y qué pasará con Korra? ¿Y si no logra ser una niña normal? Han hecho con ella lo que…

-Encontrará su camino, no lo dudes. Tú lo hiciste, y ella lo hará.

-¿Desde cuándo te volviste tan espiritual? – preguntó extrañado.

-Soy un espíritu y soy Wan Fuego – contestó, volviendo a sacar su barba postiza.

-¡Sokka!

-Debemos irnos a donde pertenecemos. Ellas estarán bien.

Colocó su mano, sonriendo.

El fuego de la veladora central que se encontraba frente al espejo comenzó a crecer súbitamente, creando un enorme portal con ambos objetos… y los dos grandes héroes entraron en él, dejando atrás el mundo de los mortales; la visita había terminado.