FLORES Y CALABAZAS

Por Cris Snape


Disclaimer: El Potterverso es de Rowling. La persona que ideó la Magia Hispanii fue Sorg-esp.

Esta historia participa en el reto "Especial: OTP" del "Foro de las Expansiones"


Calabazas

Juanma

Cuqui tenía un mal día. En cuanto percibió que alguien había traspasado las protecciones mágicas, comenzó a agitar sus ramas violentamente. Estaba claro que quería alejar al intruso por las malas, pero Juanma no se achantó. Conocía a ese sauce boxeador desde pequeño y sabía cómo lidiar con él.

No quería pensar en lo que había pasado en Madrid. Mónica le gustaba desde siempre y le había costado bastante confesar sus sentimientos. Aunque no lo hizo de forma directa, desde el principio supo que la chica se tomaría la molestia de averiguar qué significaban las flores. Era evidente que había captado el mensaje. Por desgracia, el resultado no fue el deseado.

Juanma había tenido bastantes clientes ese día y poco tiempo para pensar, pero en cuanto cerró la tienda comenzó a darle vueltas al asunto y decidió que lo mejor que podía hacer era visitar a Cuqui. Quería estar enfadado con Mónica, quería sentirse humillado por el rechazo y tener una excusa para gritar barbaridades, pero no era así. Simplemente estaba triste y decepcionado.

No podía culpar a Mónica por no gustarle. De hecho, considerando lo capullo que fue con ella en el pasado, bastante hizo con regalarle su amistad. Una amistad que tal vez desapareciera después de ese día. No tenía ni idea de cómo enfrentarse a ella tras lo ocurrido. ¿Con normalidad y como si no hubiera pasado nada?

Tal vez lo mejor fuera hacer borrón y cuenta nueva. Tal vez…

Estaba tan ensimismado que no se dio cuenta de que Cuqui estaba realmente agresivo. No vio las ramas acercándose hacia él y apenas reaccionó cuando le golpeó en el pecho, tirándolo contra el suelo.


Cuqui le había roto tres costillas. Pese al dolor, Juanma se apareció en San Mateo, donde fue atendido de inmediato. Ya le habían dado la poción para reparar sus huesos y podría irse a casa en cuanto terminara de hacer efecto porque, por suerte, no tenía más heridas de consideración. La verdad era que había sido un tonto al acercarse a Cuqui mientras mantenía la mente en otro lado. Por más cariño que le tuviera, un sauce boxeador siempre sería un sauce boxeador.

Había llamado a sus padres pese a no hacerle ninguna gracia. Convertirse en herbólogo le había costado mantener con su progenitor más de una discusión y por eso se fue de casa. Vivía en una casucha en ruinas al lado del invernadero en el que se ocupaba de una buena parte de sus plantas. Tanto la casa como el terreno eran de su tío José Vicente, a quien no le gustaba nada el campo. Por ese motivo, le había dicho que si era capaz de rehabilitar la finca podría quedársela, puesto que ninguno de sus otros sobrinos estaba interesado en ella. Y en eso andaba Juanma, compaginando su trabajo como herbólogo con el de albañil.

Sus padres llegaron después de que lo subieran a planta. Ambos se comportaron como se esperaba de ellos. Su madre se preocupó por él. Su padre por el sauce.

—Ya he dicho muchas veces que esa clase de plantas deberían ser exterminadas.

—No se puede hacer eso, papá.

—¿Por qué no? Mira cómo estás.

—Si Cuqui me ha golpeado ha sido por mi culpa, porque me despisté.

Su padre apretó los dientes. Siempre había considerado que ponerle nombre a un árbol era ridículo.

—Además, los sauces boxeadores son muy importantes para el ecosistema mágico. Hay varias especies de hadas que hacen sus madrigueras junto a sus raíces y…

—No me vengas con esas, Juan Mari —Juanjo se sabía de memoria sus discursitos.

—¿Te han dicho cuándo te dan el alta? —Inquirió su madre, cortando de raíz la discusión. Juanma agradeció el cambio de tema porque no soportaba el desdén de su padre hacia la herbología.

—Seguramente mañana. La poción hará efecto durante toda la noche, así que seguramente dormiré poco.

—Pues me quedaré contigo —Y dicho eso, acomodó su chaqueta y su bolso en el armario. De nada serviría decirle que no hacía falta que lo hiciera—. Juanjo, mañana por la mañana tendrás que traernos algo de ropa limpia.

—Pero si el niño ya no vive en casa.

—Queda ropa en su armario y lo sabes. Anda, hazme caso.

Juanjo López, auror de profesión, bufó. Su mujer era una mandona de mucho cuidado y, aunque a veces discutían por ese motivo, aquel no era ni el momento ni el lugar. Se quedó un rato más en San Mateo y cuando se marchó prometió que regresaría a las ocho en punto de la mañana.

—Deberías irte a casa tú también —Juanma se acomodó un poco mejor. Los huesos dolían mientras se regeneraban—. Esos sillones son muy incómodos.

—Los he visto peores —Marisol se dejó caer en uno de ellos y cruzó una pierna sobre la otra—. Dices que estabas despistado cuando Cuqui te golpeó.

—Un poco, sí.

—¿Y eso? Tú siempre estás muy concentrado cuando trabajas.

Puede que su padre fuera el auror, pero era su madre la que hacía esa clase de interrogatorios. Juanma suspiró y se llevó una mano al pecho.

—Algo no me salió como quería, sólo eso. Pero ya da igual.

—¿Seguro?

—Seguro, mamá. Tengo que mirar hacia delante.

Marisol se conformó con la respuesta. Estaba claro que quería saber algo más, pero Juanma no se sintió con fuerzas para confesarse. Ni ante ella, ni ante nadie.


—Hay que ser tonto para dejar que Cuqui te golpee. Es el sauce boxeador más soso que he visto en mi vida.

Adriana, su mejor amiga desde hacía muchos años. Se conocieron en los campamentos mágicos de verano y se convirtieron en inseparables porque ambos compartían su pasión por la herbología. De hecho, la joven contaba con cierta reputación en la Europa mágica y había recibido numerosas ofertas de trabajo de compañeros muy importantes. Por alguna razón, ella había optado por dar clase en el internado mágico de Barcelona, cosa bastante extraña viniendo de alguien que aseguraba odiar a los niños.

Después de pronunciar esas palabras, se acercó a la cama y le dio un abrazo. Los de San Mateo estaban tardando un poco más de la cuenta en darle de alta porque sus huesos no habían sanado tan rápido como cabría esperar.

—¿Qué haces aquí? ¿No tienes que dar clase hoy?

—He tenido que venir a Madrid a solucionar un par de temas y en el Ministerio me he encontrado con tu padre. Él me ha dicho lo que te ha pasado —Adriana chasqueó la lengua—. En serio, Juan Mari, ¿cómo te las arreglaste para terminar así?

—Tenía la mente en otro sitio.

Juanma sabía que su amiga no se conformaría con una explicación vaga. Efectivamente, Adri le miró con el ceño fruncido y se cruzó de brazos al tiempo que se sentaba sobre la cama. Sin duda alguna, tendría que confesar.

—¿Dónde?

—Ayer pasó algo y…

—Pues tuvo que ser bastante grave para hacerte perder la concentración.

—Verás…

Juanjo se detuvo. Aquel momento estaba resultando ser un tanto embarazoso, pero la verdad era que siempre se sentía mejor después de compartir confidencias con Adri. Era curioso, pero jamás había conseguido tanta intimidad con ningún otro de sus amigos.

—¿Sabes que hace poco operaron a Mónica Vallejo? Tuvo apendicitis.

—Ni idea. Pensé que seguía en Estados Unidos.

—Vino hace un par de semanas —Juanjo carraspeó—. Por lo que pasó con su hermano, ya sabes.

Adri asintió, pero seguía sin comprender nada.

—¿Qué tiene que ver todo eso con Cuqui y tu estupidez?

—Tiene todo que ver porque le he estado mandando flores a Mónica para desearle una pronta recuperación y… Bueno, incluí cierto mensaje y…

Adriana abrió mucho los ojos, entendiendo finalmente todo lo que había pasado.

—¿Ha captado ese mensaje? —Juanma asintió—. Y te ha dicho que no.

—Bueno, nunca he sido un tipo con suerte.

Le daba pena, estaba claro. Adri le miró fijamente, hizo un ruidito extraño y le dio otro abrazo.

—¡Ay, pobrecito!

Odiaba que hiciera eso. Quizá solo quisiera demostrarle su apoyo moral, pero conseguía hacerle sentir como un tonto. O como un niño pequeño necesitado de cariño. Una de las dos.

—No pasa nada. Si no le gusto, no la puedo obligar.

—Pues ella se lo pierde.

Por suerte, no comenzó a despotricar contra Mónica. Hubiera sido muy desagradable.

—Fui a ver a Cuqui después de eso y no pude concentrarme. Fui un tonto, lo reconozco, pero…

—Si querías hablar con alguien, haberme llamado a mí. Parece mentira que no conozcas a ese sauce boxeador. No tiene nada de sensibilidad.

Juanma se rió y agradeció que la chica dejara de abrazarle.

—Lo tendré en cuenta para la próxima vez.

—¿Te refieres a la próxima vez que te den calabazas?

—Me refiero a la próxima vez que necesite hablar.

Adri fue a decir algo, pero llamaron suavemente a la puerta. Juanma dio un respingo cuando descubrió a Mónica Vallejo entrando en la habitación. Realmente no se esperaba que fuera a ir a visitarle, aunque era normal que se hubiera enterado de lo ocurrido habida cuenta de que su madre era sanadora.

—Hola, Juanma. ¡Adriana! Hace mucho que no te veo.

Las chicas se saludaron con un beso en la mejilla. Aunque no eran amigas, solían tratarse con cordialidad. En realidad, Mónica solía ser amable con todo el mundo. Incluso con Adri, quien no era Miss Simpatía precisamente.

—He venido a Madrid para arreglar unos papeles. ¿Cómo estás? Supe que te fuiste a estudiar a Estados Unidos.

—Ya he vuelto. Tengo que terminar el máster, pero lo haré desde casa.

—Juanma me ha dicho que te operaron de apendicitis.

—Ya estoy restablecida.

Juanma las observó hablar. Su mente vagó libre y comenzó a fantasear con la relación que podría existir entre ambas en caso de que Mónica quisiera ser su pareja. Sin duda, podrían llegar a llevarse bastante bien. Y eso era muy importante para él, puesto que quería a Adriana como a la hermana que nunca tuvo.

—Juanma, ¿estás con nosotras?

Eso sí, odiaba cuando Adri comenzaba a pasarle la mano por delante de los ojos. Vale que era un tipo que tendía a ensimismarse más de la cuenta, pero aquello no era necesario. Bueno, quizá en esa ocasión sí, puesto que no se había enterado de lo que le estaban diciendo.

—Le decía a Mónica que tienes tres costillas rotas.

—¡Oh, sí! Supongo que a estas horas estarán casi bien. El sanador quedó en venir a verme en un rato.

—Pues voy a ir a ver si lo veo a él o a tu madre —Sus intenciones eran tan claras que Juanma estuvo a punto de ponerse rojo—. Me alegro un montón de verte, Mónica. Hasta pronto. Adiós, Juan Mari.

Dicho eso, le dio un beso en la mejilla y desapareció a toda velocidad. Juanma tenía ganas de maldecirla porque, aunque sabía que actuaba de buena fe, no le gustaba nada la idea de quedarse a solas con Mónica. El día anterior ya tuvo suficiente, gracias.

—¿De verdad que lo tuyo no es nada?

—Eso dicen todos. Ha sido un accidente laboral de lo más tonto.

—¿Un accidente laboral?

—Estaba echándole un vistazo a un sauce boxeador. ¿Te acuerdas que Adri y yo cuidamos de uno durante nuestro sexto año en los campamentos mágicos?

Mónica arrugó el entrecejo como si tratara de hacer memoria.

—¿Ese que os encontrasteis en una maceta?

—Ese mismo. Algún iluminado pensó que era buena convertirlo en un bonsái. Seguro que a él no le hubiera hecho ninguna gracia que lo enterraran en un tiesto diminuto.

Mónica sonrió. Era agradable mantener una charla como aquella, cuando no había sentimientos de por medio. Sin embargo, ella no estaba allí para hablar sobre imbéciles que adoran los bonsáis y Juanma era plenamente consciente de ello.

—Menos mal que no ha sido nada. Debió darte un buen golpe.

—Es un sauce boxeador. Es su trabajo.

Juanma se encogió de hombros. Lo ideal hubiera sido que Mónica diera media vuelta y desapareciera de su vista pero…

—Juanma, respecto a lo que pasó ayer...

Genial. Ahí estaba el único que tema que en ese momento no quería tratar.

—Creo que será mejor que lo olvidemos.

Lo dijo con gran convicción, pese a saber que a él le resultaría imposible olvidarse de ella.

—¿Qué?

—He sido un idiota.

—No creo que hayas sido un idiota, Juanma.

—No debí mandarte esas flores.

—Puede —Mónica le miró a los ojos. Estaba preciosa—. Si eso significa que nuestra relación actual se resentirá, sí que hubiera sido mejor que no me mandaras nada.

Juanma notó que la boca se le quedaba seca y tuvo que esforzarse por hablar.

—Me gustaría que sigamos siendo amigos, Moni.

—A mí también.

—Lo que pasa es que creo que me vendrá bien que nos mantengamos alejados un tiempo.

Hasta que se le pasara. Eso como mínimo.

—Voy a estar muy ocupada con el máster. Y tú tienes tu negocio, así que es posible que no nos veamos mucho.

—Cuando tú termines, seguro que podremos quedar de vez en cuando.

—Seguro.

Juanma realmente no confiaba en que el enamoramiento se le fuera a pasar porque ya llevaba mucho tiempo con eso encima, pero tenía que intentarlo. Ahora que sabía que Mónica no quería nada con él, debía hacer todo lo posible por quitársela de la cabeza. Por su bien y por el de todos.

—Pues ya está —Dijo él.

—Sí. Será mejor que me vaya. Adri puede volver con el sanador en cualquier momento.

—Sí. Gracias por la visita, Mónica.

La chica asintió. Antes de marcharse, sacó de su bolso un paquetito de grageas de todos los sabores. El primero que Juanma se tomó sabía a calabaza. A veces la vida disfrutaba poniéndose jodidamente irónica.

FIN