CAPITULO 1: Los ricos también lloran
Lakewood, Illinois
31 de diciembre de 1917
Unos fuertes ladridos provenían de aquel modesto albergue cercano al Lago Michigan, anunciando así la llegada de la noche. Gracias a Miena, quien no paraba de dar vueltas tratando frenéticamente de agarrar su cola, una sonriente señorita Pony abrió la puerta del hogar que llevaba su apellido, y al hacerlo, casi fue derribada al suelo por los alegres y enérgicos niños que allí habitaban. "¡No tan rápido, amiguitos!", oyó decir a la hermana María, quien a duras penas alcanzó a ver el último grupo de chiquitines correr hacia la salida. "¡No olviden abrigarse bien!"
"Cuando se trata de jugar bajo la nieve en víspera de Año Nuevo, nuestros hijos siguen instrucciones al pie de la letra sin siquiera haberlas recibido", rió la señorita Pony. "Y hablando de hijos, ¿dónde está Candy?"
La hermana María se encogió de hombros. "Hace mucho que salió rumbo a la casa del señor Cartwright, y ya debía haber regresado."
"Tal vez haya ido primero al rancho del señor Steve para saludar a Tom, y también para asegurarse que el señor Steve no haya tenido otro quebranto de salud." El señor Steve había sufrido un infarto un mes antes.
"De ser así, Tom no hubiera permitido que Candy regresara tan tarde; usted y yo conocemos muy bien a nuestro muchacho."
Un atisbo de preocupación se reflejó en el cuadrado rostro de la señorita Pony cuando uno de los niños abrió la puerta de golpe. "Señorita Pony, hermana María: ¡vengan a ver a Santa Claus!"
"¿Santa Claus… en Año Nuevo?" Ambas mujeres se miraron sin comprender, y al unísono salieron para ver de qué se trataba. Una vez afuera, la hermana María se llevó las manos a sus pálidas mejillas en contraste con la señorita Pony, quien había enmudecido de asombro. Un carruaje de brillantes colores se estacionaba frente a la cerca, y del mismo bajó una chica vestida con un ancho vestido rojo y sombrero que hacía juego. Unos falsos cabellos blancos ocultaban los rubios rizos de Candice White Andley, quien con sus manos intentaba adherir una espesa barba a su rostro. "¡Jo jo joooooo!", exclamó para deleite de todos los chicos, a quienes no hizo de rogar, y en menos tiempo de lo esperado todos los niños estaban abriendo los presentes y mostrándolos a sus amigos. Candy lanzó una carcajada, acentuando las patas de gallo producto de su constante y contagiosa risa.
"¿Se puede saber qué es todo esto?", preguntó la hermana María simulando enfado. "¿De dónde provienen todos estos obsequios… y qué haces vestida como Santa Claus?"
"La Navidad ya pasó, querida", agregó la señorita Pony.
La joven guiñó un ojo diciendo: "¡Claro que lo recuerdo, señorita Pony! Primero fui a ver cómo estaban Tom y el señor Steve, y por suerte éste se encuentra mejor; luego quise visitar al señor Cartwright y envió todos estos regalos celebrando la pasada Navidad y pidió disculpas por la tardanza. También me prestó un carruaje y este disfraz para traer aún más alegría a los chicos."
"¡Dios bendiga al señor Cartwright!", exclamó la hermana María. "Y aún así se disculpa por no haber dejado los obsequios más temprano…"
"Y ya que viste al señor Cartwright, Candy", interrumpió la señorita Pony, "¿cómo se está adaptando John a su nuevo hogar?"
Candy alzó los brazos con euforia, dejando caer la gigantesca barba. "¡Está muy feliz! Jimmy le ha enseñado varias cosas sobre la hacienda, y el señor Cartwright le muestra mucho cariño." En eso, se llevó una mano al mentón, pensativa. "¿Qué será de ellos cuando el señor Cartwright ya no esté con nosotros?"
"¡Candy!", gritó la hermana María.
"Descuide, hermana… yo también he pensado mucho en eso", dijo la señorita Pony, "pero debemos dejar que el tiempo siga su curso. John y Jimmy están en buenas manos, y eso es lo que importa… y más ahora que atravesamos tiempos tan inciertos."
Clin emergió del interior del coche festivo y saltó a los brazos de Candy quien añadió: "¿Quién iba a imaginar la gran batalla que se está librando al otro lado del mundo? Nadie sabe cuándo va a acabar…"
"Cuando Dios así lo disponga, pequeña", indicó William Albert Andley, quien junto a su mano derecha George Johnson, y el saltarín de Pupée, arribaban al lugar.
"¡Albert!" Sin importar que había dejado caer a Clin sobre la nieve, Candy corrió a refugiarse en los brazos que en los pasados años la habían protegido de todo dolor y desesperanza, más de lo que ella hubiera imaginado. Albert se había convertido en el plácido ojo de la tormenta, el maná que mitigaba su hambre de amor y cariño, y su presencia ahora era casi necesaria en el diario vivir de la rubia. ¿Qué sentía por Albert? En repetidas ocasiones había sido sorprendida por el joven millonario observándolo con detenimiento, y no le quedaba otro remedio que sonrojarse. ¿Por qué, de la noche a la mañana, había cambiado su modo de ver a su gran amigo y salvador? Annie había comentado semanas antes que su amor por Archie era seguro y sereno, sin mareas altas o bajas ni torbellinos de pasión, y que eso denotaba cierto grado de madurez en la relación. ¿Así era el verdadero amor entonces… tranquilo y estable? 'Debo estar madurando', pensó en su interior, 'aunque con Anthony me había sentido igual; y cómo no hacerlo, si él era nada menos que el sobrino de Albert…' Y de haber estado en lo correcto sobre sus similares sentimientos hacia Anthony y Albert, ¿cómo explicar su giro en dirección opuesta al enamorarse de-
Ahora era una joven de diecinueve años de figura bien proporcionada y cabellos de rizos definidos recogidos en las eternas coletas que contra viento y marea se negaba a hacer a un lado. Una joven de diecinueve cuya paz consistía en mantener a flote el hogar de Pony y brindar a los niños la seguridad que ella tuvo desde niña, sin olvidar sus dotes de enfermera, ofreciéndose de voluntaria para asistir a uno que otro doctor del pueblo; pero sólo de vez en cuando, pues tenía como norte ayudar en las labores de la casa Pony. Diecinueve años de variadas emociones, demasiadas para una chica de su edad, y el sueño del amor juvenil había sido una de ellas. ¿Pero por qué una ilusión de adolescente continuaba ocupando su mente y su corazón luego de todo este tiempo… tanto, que de sólo ver ese nombre en el titular de algún diario, lo desechaba sin leer el resto del mismo? Dos años antes había confesado a Albert que poco a poco estaba dejando atrás la situación, lo cual era cierto, ¿pero de qué modo? ¿Engañándose a sí misma y a los demás cancelando en su memoria aquel frío y crudo invierno? El no poder pronunciar aquel nombre, ese nombre, la hacía sentirse atrapada en el pasado, y hasta que no enfrentara sus propios miedos ante el amor, no sería quién de encarar lo que sentía por Albert, quien ahora la cobijaba en sus brazos como de costumbre, y tomando el rosado rostro entre sus cálidas manos miró a su ayudante y dijo: "¿Lo ves, George? ¡Nunca es tarde para celebrar la Navidad!"
Todos rieron ante las palabras de Albert, excepto Candy, quien lo apretó con fuerza por la cintura, resguardándose en el exaltado pecho, y no pudo evitar que las lágrimas rodaran por sus mejillas. "¡Oh, Albert! ¡No te había visto desde el día de Navidad, y pareciera como si hubieran pasado siglos sin verte!"
"Lo mismo pienso yo", susurró él, "y es por eso que George y yo aparcamos el coche lejos para así sorprenderlos y recibir el Nuevo Año con todos ustedes."
"¡Vivaaaa!", gritaron todos, en especial Candy, quien en su algarabía había resbalado y caído de bruces sobre la nieve. La señorita Pony y la hermana María corrieron a su lado y entre ellas, George, y Albert, ayudaron a la traviesa chica a incorporarse. "Discúlpenos por no haberlo saludado apropiadamente, joven Albert", dijo la señorita Pony luego de asegurarse que Candy estuviera ilesa luego de la caída.
"No hay de qué preocuparse", sonrió Albert. "Pero díganme, ¿qué horas tenemos?"
"Son cinco para las doce", informó su asistente.
"¿No deberías estar con tu familia, George?", preguntó Candy, ante una boquiabierta hermana María quien aclaró: "¡No queremos echarlo de aquí, señor Johnson! Usted siempre será bienvenido."
Una leve sonrisa podía percibirse en el serio rostro del hombre. "No tiene que excusarse, hermana María; comprendo lo que Candy- perdón, la joven Candy-quiere decir… y confieso que ésta ha sido la mejor despedida de año que he tenido en toda mi vida."
"No lo dudo, George", agregó Albert. "¿Te importa si te pido que ayudes a las hermanas con los niños?"
George sabía a qué se refería su jefe: había llegado la hora en que el señor Andley y su protegida tendrían una conversación muy importante. "Por supuesto, señor William…" Y haciendo un ademán con la cabeza, se apartó de la pareja.
Candy y Albert quedaron en silencio, alejados del resto del grupo, y ella tragó saliva al sentirse tan cerca de su mentor, quien no dejaba de estudiarla con la mirada. No podía negar que era un hombre bastante apuesto, lo mismo llevando puesta la modesta chamarra que ahora vestía, como haciendo uso de los elegantes atuendos diseñados a la medida de los Andley. 'Muy joven para ser mi padre', pensó, y su mente se transportó a aquel instante en que lo vio por primera vez, pensando que se trataba de un príncipe de la colina, y sin imaginarse que con el paso del tiempo ese príncipe habría de rescatarla de la crueldad de la familia Legan, y más tarde de la depresión que sufrió luego de su separación de- '¡Dilo!', se ordenó. 'Aunque sea de pensamiento, ¡sólo tienes que decir su nombre! Vamos, ¡dilo!'
Albert la contempló con un brillo traslúcido en sus ojos azules; y es que nunca antes Candy se había visto tan hermosa como en ese momento, allí, con sus coletas de niña y un incómodo vestido de Santa Claus. Y cuando la vio fruncir el ceño y preguntar , "¿Qué estás mirando?", dio un paso hacia ella, y la tomó en brazos; pero esta vez no colocó la rubia cabeza sobre su hombro como solía hacer. Tomándola de la barbilla, alzó la diminuta cabeza de manera que ambos quedaran mirándose frente a frente. "Juro por mis seres más queridos que mi único motivo al adoptarte era protegerte", murmuró.
Ella intentó bajar la cabeza para ocultar el rubor que incendiaba sus mejillas, pero él insistió en subirle el mentón, esta vez acercándola más a él. "La amistad es el comienzo de muchas sorpresas, y de esas sorpresas afloran los sentimientos más inesperados…", dijo con voz ronca, y descendió su rostro para besarla.
Ella cerró los ojos, aguardando probar los labios del hombre que contra todas las adversidades la había defendido hasta de sus propios parientes, resultando en diversas polémicas con la tía Elroy y los temibles Legan. 'Albert', pensó con gratitud al sentir el cercano aliento masculino, 'tú, más que nadie, mereces que corresponda a tu beso…' Y justo antes de que él sellara con los labios el vínculo que los unía, no pudo evitar sonreír ante lo absurdas que eran las circunstancias: allí estaban, frente al hogar de Pony, a sólo unos segundos de recibir el año 1918, con los niños jugando a lo lejos, en plena nieve y envuelta en… ¿la niebla? La niebla… Año Nuevo… celebración… George… Mauritania… un chico llorando... Se apartó de golpe, haciendo que él tambaleara al encontrar el vacío en lugar de la rosada boca de la enfermera. La miró extrañado, con sus ojos llenos de interrogantes, mordiéndose los labios con la frustración de quien no ha logrado su objetivo. Y al ver una lucha interna desatarse en las verdes pupilas de la chica preguntó: "¿Tú me amas, Candy?"
"¡Feliz Año Nuevo!"
La señorita Pony, la hermana María y todos sus amigos del hogar aparecieron frente a Candy lanzándose sobre ella y el joven millonario, sacando a Candy de su estupor, lo cual agradeció en silencio. Rápidamente dio un beso a Albert en la mejilla y exclamó: "¡Feliz Año Nuevo… para todos!"
A una distancia prudente del grupo, George mostraba una discreta sonrisa. Con excepción del señor William, ninguno de los presentes tenía idea de lo que mucho que para él significaba este festejo. En eso, vio que Candy se aproximaba a él, con sus bellos ojos danzantes de júbilo. "¡Feliz Año Nuevo, George! ¿Puedo estrecharte la mano?"
George no supo qué decir ante la emoción que lo embargaba. La señorita Candy, la niña a la que él tuvo que llevar casi a la fuerza rumbo a la mansión Andley, y a quien posteriormente acompañó en su viaje a Inglaterra, se había convertido en toda una mujer, y bajo la tutela del señor William y las enseñanzas de la señorita Pony y la hermana María, tenía asegurado un futuro estable sin perder sus buenos valores. Incapaz de reprimir sus impulsos por más tiempo, la tomó en brazos, colocando la cabeza de ella sobre su hombro; y al ver que ella afianzaba el contacto, sus ojos se llenaron de lágrimas.
"¡Oh, vamos, George!" Candy levantó la mirada. "¿Por qué tan triste? ¡Alégrate! Después de todo, tú también has hecho mucho por mí estando al pendiente de mis asuntos, aunque fuera por mandato de Albert", le dijo, consciente del papel tan importante que había jugado el reservado hombre a lo largo de su vida, y comprendió en ese instante el gran aprecio que le tenía.
"¿De veras lo cree así, señorita Candy?"
"¡Por supuesto! Estoy segura que llegará el día en que tengas tu propia familia y protegerás a tus hijos tal y como lo han hecho tú y Albert conmigo."
George abrió la boca para agradecer a Candy por sus palabras, pero Albert se acercó y una mirada fue suficiente para saber que su jefe aún no había terminado de hablar con la jovencita que ahora se liberaba de sus brazos. Con una leve inclinación hacia adelante, George regresó al lado de la señorita Pony y los demás. En cuanto lo hizo, Albert miró a Candy con seriedad. "Debemos hablar sobre lo que pasó."
"No sé si quiera hacerlo, Albert.."
"Vamos", la tomó del hombro y la condujo a la parte trasera del hogar de Pony, recostándola contra una fría pared de madera. "En dos días George y yo partiremos a un viaje de negocios, y no será hasta dentro de una o dos semanas que nos vuelvas a ver… y no quiero irme sin que antes sepas todo lo que llevo dentro", señaló, dándose golpes en el pecho. "Sabes de lo que te hablo, ¿no es así?"
Ella se cubrió el rostro con las manos, pues no podía sostenerle la mirada. "Albert, yo…"
"Shhhh…." El llevó un dedo índice a los diminutos labios, manteniéndola en silencio. "No tienes por qué sentirte culpable por mis sentimientos… y no importa lo que pase entre nosotros a partir de ahora, siempre seremos más que amigos. Un día firmé un documento que me convertía en tu tutor, y no me arrepiento de la acción que tomé, pues sabía que con ello me estaría comprometiendo contigo de por vida… pero ya no eres la niña que viera llorando una vez en la colina, y por tal razón he decidido que ya es tiempo de decirte lo que siento por ti."
"¡Albert, no!"
"Debo hacerlo pues no quiero que haya secretos entre nosotros. Candy… cuando perdí la memoria, no tenía idea de quién eras, mas tus ojos verdes me inspiraron confianza y me decían que debía mantenerme cerca de ti. Me diste buenas atenciones en aquella horrible habitación del hospital, y luego conseguiste un hogar para mí, e incluso fuiste a vivir conmigo sin preocuparte por lo que opinaran los demás, incluyendo a-" Iba a decir "Terry", pero se detuvo, aunque demasiado tarde, pues la mirada de Candy se había tornado helada y distante. "Luego había recobrado mis recuerdos, pero lo que no sabes es que lo hice mucho antes de lo que pensabas."
"¿A qué te refieres?", preguntó ella con inquietud.
"Cuando recuperé la memoria, temí perder el contacto contigo, y preferí mantener las cosas como estaban, pues la convivencia contigo, los quehaceres del apartamento, el día a día de nosotros… no quería perder nada de lo que habíamos compartido, y por un tiempo oculté la verdad; además, estabas abatida por lo ocurrido en Nueva York y…" Guardó silencio al verla cerrar los ojos al escuchar el nombre de la ciudad. "Un día tú y yo compartíamos un emparedado en medio de la naturaleza, y te pregunté si me permitías compartir más cosas contigo, que fuéramos más amigos."
"Lo recuerdo, Albert."
"Aún así", continuó él, "era muy prematuro comenzar a cortejarte pues muchas cosas te habían sucedido; entre éstas, la pérdida de tu empleo, el cual insisto que puede ser tuyo de nuevo si así lo quieres. No quise apresurar las cosas pues antes quería estar seguro de que no tuvieras más dudas en tu corazón… y espero que no las tengas, pues lo que intento decir, Candice White Andley, es que me he enamorado de ti, y si me aceptas, quisiera convertirte en mi esposa."
Candy palideció, recriminándose en silencio por haber hecho caso omiso a su intuición sobre los sentimientos de Albert. Respiró profundo, pues la admisión de su príncipe de la colina no la había tomado por sorpresa, pero sí su propia reacción ante tal declaración. "Albert", comenzó, "no sé qué decirte, pues yo también había comenzado a sentir cierta tensión entre nosotros…"
"Lo que quiero dejar claro es que no tenía intención alguna de casarme contigo cuando te adopté. ¡Apenas eras una niña! Empecé a verte de un modo diferente a partir de mi pérdida de memoria, y desde entonces no ha cambiado lo que siento por ti. Y si todavía lo dudas, quiero confesarte algo que hice hace mucho tiempo, y no sé si puedas perdonarme…"
"¿Pedirme perdón, tú? ¿Por qué?"
Sudando copiosamente en la fría madrugada, William respondió: "Luego de la última vez que viste a Terry-"
"¡No digas ese nombre, por favor!" Candy se llevó una mano a la boca como queriendo contener todo el dolor reprimido, y Albert se alarmó ante la angustia reflejada en las pupilas color esmeralda. "No me queda otro remedio que hablar de él", prosiguió con cautela, auscultando cada gesto de su pequeña. "Aquella vez que lo encontraste en ese teatro de quinta, todo borracho y maltrecho, yo había abandonado la ciudad con tal que ustedes pudieran encontrarse y conversar."
"Como bien te conté, nunca llegamos a hacerlo."
"Lo que no sabes, Candy, es que regresé a Chicago antes de lo que creías. Horas antes de llegar al apartamento, me detuve a tomar unos tragos en una cantina con el fin de analizar un poco las cosas, cuando de repente un muchacho de muy mal aspecto pedía a gritos que le sirvieran más y más de tomar. Al principio no lo reconocí pues su apariencia era la de un vagabundo, hasta que se puso en pie, dando comienzo a una especie de monólogo o parlamento. Prácticamente estaba actuando allí, en medio de aquella taberna."
"¿Tan mal se encontraba, Albert?" Candy rechinó los dientes en un intento por controlarse.
Albert cerró los ojos al ver la congoja de Candy y volvió a abrirlos diciendo: "Así es; tanto, que un balde de agua fría y dos o tres puños que le propiné casi no eran suficientes para sacarlo de ese letargo en que se encontraba."
"¿Qué sentido tiene que me cuentes todo esto?", reclamó ella con su voz ahogada en un sollozo contenido.
"Sé lo difícil que debe ser para ti sacar viejos esqueletos de tu armario", dijo el rubio, temiendo que tales "esqueletos" siguieran en la superficie, "pero si quiero tener un futuro contigo, no debo ni quiero esconder ninguna información de ti. Cuando Terry estuvo sobrio, conversamos un rato sobre ti, y desde lo alto de una montaña le mostré la clínica del doctor Martin… y tú te encontrabas allí."
"¿Cómo dices?" Candy no podía creer lo que estaba escuchando. Su amor inglés no había estado en Chicago por pura casualidad; ¡había ido en su busca! Entonces formuló la pregunta que terminó por derrumbar la confianza que tenía Albert en sí mismo y en su relación con Candy. "¿Y por qué no me buscó?"
Nunca antes la desesperación se había apoderado del alma de Albert, ni siquiera en sus días más tristes, ni ante la pérdida de sus más allegados… hasta ahora. Armándose de valor, dirigió la vista hacia la linda enfermera que tantas alegrías había llevado a su vida. "Le conté sobre tus tropiezos en tu trabajo y la forma como habías ido a parar a la Clínica Feliz, y le dije que si tú lograste salir adelante en medio de tantas dificultades, él debía seguir su ejemplo y también salir adelante tal y como había planeado." Y al ver que ella no emitía palabra alguna confesó: "Todo este tiempo me repetía a mí mismo que había hecho lo correcto, y que un encuentro allí, en Chicago, sólo habría de resultar en un desastre emocional para ustedes; pero ahora me doy cuenta que cometí un gravísimo error. ¡Debí haber permitido que ustedes dos se vieran y aclararan las cosas! En lugar de eso, desalenté a Terry por completo, y aunque luego el remordimiento me hizo decirle que aún estaba a tiempo de buscarte, ya era tarde, pues él había resuelto no salir a tu encuentro. Me había aprovechado de su mal estado, y terminé por alejarlo de tu lado."
"No tenía caso que el joven Granchester y yo nos viéramos; y aunque él hubiera entrado por la puerta de la clínica del doctor Martin, no habría sido de mi agrado hablar con él."
"Pues yo no pienso lo mismo. Candy… mi intromisión les costó a ti y a Terry un último encuentro, ¡y eso no estuvo bien!"
"Eres humano, Albert", sonrió Candy con resignación. "Tú también estás en todo tu derecho de cometer equivocaciones."
"Más que haber cometido una equivocación, ¡actué en forma muy egoísta! No niego que Terry es como un hermano para mí y que le deseo lo mejor, ¡pero yo no podía permitir que tú y él se vieran porque te quería para mí! ¿Comprendes ahora por qué me siento tan culpable?"
Candy tomó una mano de Albert entre las suyas. "Sin importar cuáles fueran tus razones… hiciste lo correcto, pues no era el momento adecuado para volver a ver a-" No pudo continuar, lo que desgarró aún más el corazón de su amigo, quien retomando el tema de su declaración dijo: "Pase lo que pase, pequeña… no quiero que te sientas presionada por mi confesión de amor. Aún no pierdo las esperanzas de compartir el resto de mi vida contigo; pero si por una u otra razón decidieras que no deseas estar a mi lado, nuestro lazo de amistad seguirá tan firme como el tronco del padre árbol donde tanto te desahogas."
La chica suspiró con alivio. "¿En serio, Albert? ¿Prometes no enfadarte conmigo si no te acepto?"
Una sonrisa de triunfo momentáneo se dibujó en el rostro de su encargado. "¿Debo suponer que lo vas a pensar?" Al verla sonrojarse añadió: "Descuida, estoy preparado para todo. Prefiero mil veces tenerte como amiga a perderte por completo, y siempre mantengo eso en perspectiva. El amor hace que nos volvamos tontos, mas no ciegos."
"¿Qué sería de mí sin ti, querido Albert… sin tu protección y cariño?" El problema era que ahora él deseaba algo más que eso. "Por supuesto que voy a pensar en tu proposición. ¡Mi vida entera no me alcanzaría para agradecer todo lo que has hecho por mí!"
"La mejor forma de agradecérmelo es siendo feliz, y no precisamente a través de los demás", dijo él. "Debes ocuparte un poco más en ti, y decir adiós a tus pasados temores."
"¡Pero soy feliz… muy, muy feliz! Tengo a la señorita Pony y a la hermana María, a mis amigos, a los niños del hogar, a ti…", y se sorprendió al escucharse a sí misma mencionar un último nombre, "¡y a George!"
"Me alegra escuchar que estimes tanto a George, pues aunque no es un hombre expresivo, te tiene un profundo afecto."
"Hoy por primera vez lo vi con otros ojos. Al principio, cuando lo conocí, me inspiraba un poco de miedo pues pensaba que había ordenado secuestrarme; luego me pareció prepotente al intentar llevarme a Inglaterra en contra de mis deseos, pero una vez abordamos el Mauritania rumbo a Southampton, apenas se separó de mi lado. ¡Es un señor muy caballeroso y atento!" Señaló con el dedo índice a Albert. "¡Pero mucho cuidado con abusar de su amabilidad, abuelo William! A la primera queja que me dé George sobre usted, ¡entonces sí me rehúso a que usted y yo seamos novios!" Ambos rieron a carcajadas, liberando el peso de la incertidumbre que los arropaba. "Ahora váyase a su casa, abuelito, ¡no quiero que le dé un resfriado por mi culpa!"
"Haces que me sienta como un anciano decrépito", fue todo lo que él pudo decir. Y al ver que ella lo empujaba con una escoba que había tomado, se encogió de hombros. "¡Como ordene, señorita White!" Y minutos después, él y George se despedían de la señorita Pony y la hermana María, y caminaron rumbo al coche de la familia Andley. Candy sonrió para sus adentros… había sido una Navidad en la que pudo compartir con casi todos sus amigos, excepto Patty, quien con su abuela Martha permanecía en Florida, aún llorando la muerte de Stear; y Archie, a quien había notado un poco extraño en los últimos meses, y estaba casi segura que Annie pensaba igual sobre su prometido. ¿Por qué no celebraban aún su matrimonio? Contra su voluntad, lanzó un bostezo de cansancio; y aunque se resistía a decir adiós a un día tan maravilloso, entró finalmente a la casa.
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Dentro del coche, George Johnson y William Albert Andley llevaban sus respectivas procesiones por dentro. Para Albert, era comprensible la indecisión de Candy sobre la idea de contraer matrimonio con él; con lo que no contaba era con la reacción de la chica ante la sola mención de Terry. ¿Sería posible que hubiera estado equivocado sobre ellos, y que más que un tierno romance de jovencitos, ambos habían sentido un profundo y verdadero amor? Conocía de muchos matrimonios en que ambos esposos se conocían y amaban desde niños, por lo que no podía descartar que la relación de Candy y Terry fuera más seria de lo que todos pensaban. Por segunda vez en la noche, lo inundó el desasosiego; y a no ser porque George estaba inmerso en sus propios pensamientos, éste último hubiera alcanzado a ver el rostro de su rico y exitoso jefe completamente bañado en lágrimas.
