CAPÍTULO 2

El objetivo

Ya era más de medianoche cuando Vegeta abandonó el entrenamiento y se dirigió a la casa. Era plenamente consciente de que estaba forzando el cuerpo, pero todavía no llegaba al límite de su resistencia y hasta ese momento no iba a cambiar el ritmo. Después volvería a empezar, entonces su límite estaría aún más alto, y su objetivo más cerca.

Lo conseguiría, de eso no tenía ninguna duda. Alcanzaría el estado de Super-Saiyano y lo sobrepasaría, era su deber como príncipe del planeta Vegeta y también su destino. Sólo había sido una broma cósmica el que un guerrero de tercera clase como Kakarotto lo consiguiera primero; tal vez un castigo, por haber sido derrotado la primera vez que llegó a la Tierra. Aquel día tuvo que huir por su vida y nunca podría olvidar la humillación, pero lo que de verdad le corroía las entrañas era que Kakarotto impidió a su amigo que le rematara.

¿Quién diablos se creía ese desgraciado que era para perdonarle a él la vida?

Apretó los dientes al recordar que incluso había depositado en él su última voluntad, cuando se moría a los pies de Freezer. Él, legítimo heredero al trono de su pueblo, suplicando a un guerrero de tercera clase, a un traidor, que vengara a toda su raza… Y lo peor es que finalmente había sido un desconocido el que lo había logrado, en menos de lo que se tarda en decir "imposible". Un adolescente venido del futuro, un saiyano surgido de quién sabe dónde y que, como Kakarotto, era capaz de alcanzar ese nivel legendario.

Él también lo conseguiría. Por su honor que lo conseguiría.

La cocina, que estaba a oscuras, se iluminó automáticamente cuando entró. Un robot de poco menos de un metro de alto se deslizó hasta él.

–¿Desea cenar, señor? –preguntó con voz monótona.

–Sí –gruñó Vegeta, encaminándose a la salida–. Llévalo a mi habitación.

–Enseguida, señor.

Era lo mismo todas las noches No podía negar que era una suerte haber encontrado refugio en la casa con mejor tecnología de la tierra. Aquella gente cubría sus necesidades sobradamente y ni siquiera tenía que verlos la mayoría del tiempo, lo cual le satisfacía enormemente. Alternar con los terrícolas no le interesaba lo más mínimo, y menos cuando suponían una distracción para él.

Se detuvo al entrar al salón. Hablando de distracciones.

Ella estaba allí, sentía su energía, aunque muy débilmente. La televisión estaba encendida. Se acercó un poco para asomarse y la vio tendida en el sofá. Se había quedado dormida viendo una película y en medio de un montón de restos de comida basura. Frunció el ceño. Sólo llevaba puesto un camisón y la tela se le había subido hasta la cadera.

La reacción fue inmediata. Sintió cómo su corazón empezaba a bombear sangre hacia abajo, sintió el calor extenderse por su piel, se sintió endurecer. Cerró los ojos y apretó los dientes. Trató de pensar en algo que no fuera arrancarle las bragas y hundirse entre sus piernas mientras ella le pedía más. Contó hasta diez y respiró hondo. Decidió no abrir los ojos mientras se alejaba de allí en dirección a las escaleras.

Hacía demasiado tiempo que no estaba con una mujer, se decía a sí mismo; su cuerpo se estaba rebelando y eso era todo. No tenía nada que ver con ella en particular. Sí, era atractiva. Por eso la deseaba. Pero le pasaría lo mismo con cualquier otra hembra con unos atributos parecidos; lo que pasaba era que ésta estaba demasiado cerca. Iba a tener que redoblar sus esfuerzos por evitarla, o puede que al final acabase cometiendo una imprudencia.

Tras varios minutos bajo el agua helada de la ducha, Vegeta cerró el grifo y salió del baño envuelto en una toalla. Su cuerpo volvía a estar en reposo, había logrado encauzar su mente hacia el objetivo real y ya sólo deseaba llenar el estómago y dormir toda la noche para poder seguir entrenando al amanecer. La cena, como esperaba, ya estaba dispuesta sobre la mesa. Pronto sería otro día. Tal vez el siguiente fuera el día.