Luego de atravesar de costa a costa la isla y adentrarse aún más en el bosque, el dragón descendió rápidamente, logrando que al bajarse se sintiera pésimo.
Entonces se sintió incómodo al no saber que decir o hacer, y cuando Bakugo le dio la espalda y caminó entre los árboles, pudo evaluar su situación.
¿En qué demonios estaba pensando? No conocía a ese chico. Lo salvó, si. Pero tenía un dragón que podía montar, y un arco, y no era demasiado amable. Tal vez se estaba confiando demasiado rápido de ese desconocido, pero en el momento en que lo vio sobre ese dragón, sonriendo, como si no hubiera un lugar más a gusto para él, supo que tenía que seguirlo.
Pero ahora que se había ido, y podía pensar en ello con la mente fría, realmente estaba siendo un idiota. ¿Dónde estaba? ¿Cómo regresaría desde ahí?. Supo que si decidía algo, debía hacerlo ahora. Era demasiado cuánto lo fascinaba Bakugo como para poder pensar de manera coherente cuando él estaba cerca. Además, no podía depender de él. Iba a conocerlo, tratar de aprender lo más posible de él, y luego seguiría su viaje. Aún tenía que acampar, cocinarse, llegar lo más cerca posible al reino y volver a casa. ¿No? El plan seguía siendo el mismo. Y con ese plan-
―Oye.
Levantó la vista. Ahora Bakugo llevaba un abrigo abierto, que lucía más como una capa, con un montón de piel con mucho pelo cubriendo sus hombros. Izuku tuvo que desviar su mirada.
―Ven. Y trae la bolsa. ―con el cuchillo que llevaba en la mano le apuntó la bolsa con pescados y siguió, obligando a Izuku a seguirlo.
Lo llevó a una cueva, oculta entre un montón de árboles. Desde donde estaban, Izuku podía escuchar como el viento sacudía los árboles, un montón de pájaros e incluso una caída de agua; pero no pudo determinar en qué dirección ni que tan cerca.
Cuando Bakugo entró en la cueva, Izuku lo siguió lentamente, tratando de que sus ojos se adaptaran a la diferencia de luminosidad.
Entonces enfocó bien su vista, y vio lo que supo era lo más increíble que había visto. No pudo evitar sonreír mientras se acercaba.
Bakugo estaba en cuclillas junto a un montón de pieles que armaban una especie de nido enorme, y dentro de él habían tres dragones, y uno de ellos despierto, al cual Bakugo acariciaba.
―Acércate. Dame la bolsa.
Izuku obedeció, y apenas Bakugo abrió la bolsa, los otros dos dragones despertaron, y los tres se lanzaron sobre él. Al principio Izuku pensó que iban a atacarlo, pero cuando Bakugo se fue de espaldas riendo mientras trataba de levantar la bolsa , supo que era lo que sucedía siempre.
―¿Estos eran los bebés que dijiste? ―le preguntó.
Entonces uno de los dragones alcanzó la bolsa, la rompió y Bakugo alcanzó a mover su brazo a un lado para que los pescados no le cayeran encima.
―Si. Todos mis brazos están rasgados por estos estúpidos lagartos.
Izuku sonrió. Lo más lógico sería que fueran de aquel dragón rojo enorme que los llevó hasta allí, pero sus colores eran diferentes. Eran de un color negro brillante, que a ratos se veía con tonos azulados.
―¿Los encontraste? ―le preguntó.
―No. Los trajo él. Aunque es un pésimo padre adoptivo, así que los cuido por ahora.
―¿Por ahora?
―Van a dejar esta cueva en algún momento, cuando aprendan a volar. Entonces volveremos a ser sólo nosotros dos.
Él. Siempre hablaba del dragón rojo de esa forma. Y no vivía con nadie más. Ni siquiera sabía si tenía una casa o si buscaba un lugar en el que caer cada noche. Quería hacerle tantas preguntas, quería saberlo todo.
Bakugo volvió a incorporarse, esta vez sentándose de piernas cruzadas, y volteó a verlo. Palmeó el suelo a su lado, invitándolo a sentarse junto a él. No. Más bien, era una orden. Para Izuku, esos ojos rojos fijos en los suyos no le estaban invitando; lo estaban dominando. Y no tenía ninguna intención en decirle que no.
Se sentó a su lado, y se quedó en silencio viendo cómo comían los "bebés".
Se sentía fuera de lugar. A pesar de todo, sentía que no encajaba ahí, junto a ese chico y sus dragones. Bakugo ni siquiera le había preguntado su nombre, y eso era razón suficiente para que entendiera que sólo estaba de paso. Entonces fue la primera vez que se lo dijo a si mismo: no quería irse.
―No se que tipo de dragón son estos. No comen carne. Él come carne de lo que sea, y pescado, y personas. Pero estos sólo me aceptan pescado.
―¿Personas?
Bakugo lo miró serio.
―Sí. Se come a las personas que quieren matarlo. Pero no te preocupes, a ti ya te aceptó.
Todo cobró sentido en ese momento, y se le heló la sangre.
―Entonces, cuando estábamos junto al río… ¿ibas a matarme?
Fue aun peor pronunciar las palabras. Bakugo bajó la vista y se concentró en los dragones, que ya habían vuelto al nido en ese momento. No necesitaba decir nada. Izuku ya había entendido todo. Cuando los encontró en el bosque, Bakugo estaba pescando, y el dragón estaba dormido. Y cuando el dragón se acercó a él, Bakugo lo había apuntado con el arco. Bakugo estuvo a punto de matarlo.
―¿Por qué te detuviste?
Bakugo otra vez lo miró, pero seguía sin decir nada.
―¿A cuantas personas has matado?
―Oye, no es como crees. Yo-
―¿A cuantas?
―No lo sé. No lo sé, ¿está bien? Bastantes. Y él ha matado a muchas más. Pero no es como tu crees.
Sintió que estaba a punto de llorar. Trató de no volver a verlo directo a los ojos. Ya no se sentía capaz. En cambio, miró a los dragones. La idea de que el chico que tanto había idealizado en tan poco tiempo fuera realmente una de las personas con las que no quería cruzarse le hacía sentir mal. Aún así, esperaba que le dijera algo. Esperaba que le hiciera cambiar de parecer, porque no quería que cambiara la opinión que tenía sobre él.
Y Bakugo volvió a hablar:
―Esas personas… no eran buenas personas. Ni siquiera se les puede considerar personas. Eran cazadores. Venían a cazarnos. Hice lo que tenía que hacer. Lo volvería a hacer. Si en este momento estoy vivo, es por él. Y quiero creer que él está vivo porque aprendí a cazar personas como ellos.
―Creí que tu familia cazaba dragones.
Se rio de forma hiriente. Izuku sabía que la razón por la cual Bakugo le explicaba aquello no era para agradarle; más bien, sonaba orgulloso de lo que era.
―¿Cuál familia? Mi padre me mandó con un sujeto horrible a que me enseñara a cazar desde que tenía tres años. La primera vez que estuvimos frente a un dragón fue cuando tenía nueve. Y el sujeto, que me estaba golpeando y gritando, apenas lo vio salió corriendo. Ese dragón pudo haberme comido en un segundo, pero se lo comió a él. Supe entonces de qué lado quería estar en toda esta mierda.
Se sintió la peor persona en el mundo. Lo estaba juzgando sin siquiera conocerlo, y eso era lo contrario que debía hacer al irse con él. Era una historia triste, y a la vez asombrosa. Era la mejor historia, e Izuku estaba siendo un imbécil al pensar mal de él antes de oírla. El hecho de que haya preferido a un dragón por sobre su gente, y que aquel dragón lo haya aceptado, hablaba un montón sobre cómo era su familia y por qué prefirió a los dragones.
―Ese dragón… ¿fue el dragón rojo?
Bakugo asintió.
―Por eso el apellido Katsuki en mi no tiene peso. Por eso no me tira la sangre. No quiero ninguna conexión con esa gente de mierda ni con ningún otra. Los clanes, los cazadores, las tribus, el jodido reino y el jodido príncipe. Todos pueden venir en grupo a tratar de destruir lo que me he ganado; los espero con espada en mano.
Sintió una calidez inundar su pecho, y la admiración que sentía por él aumentó en proporciones gigantescas. Sus palabras… la convicción que había en ellas… ese chico era sin duda la representación de la victoria.
―Eres asombroso.
Bakugo lo miró, con un gesto de estupefacción en su rostro, como si no se esperara eso. Y a Izuku le hizo gracia. Estaba preparado para que lo atacara la isla completa, pero no para escuchar un cumplido.
―¿Y cuál es tu historia? ―le preguntó.
Al lado de lo que acababa de decirle, le daba vergüenza decir que era primera vez que se daba una vuelta por el bosque.
―Pues… no lo sé. Supongo que ya te lo dije: llegué muy lejos de casa.
Bakugo lo quedó viendo, haciendo una mueca de medio lado que pudo o no ser una sonrisa, y se levantó. Le ofreció la mano, y apenas Izuku la tomó ni siquiera pudo sujetarla y Bakugo de un tirón ya lo tenía de pie.
―¿Sabes cazar?
―No, en realidad yo no-
―Entonces ven. No vas a quedarte aquí si eres un inútil. Debes alimentar a mis bebés o les diré que te coman.
¿Iba a enseñarle a cazar? Izuku no sabia hacerlo. Ni siquiera comía carne. Podía recolectar granos y frutas y estaría bien por mucho tiempo. ¿Para qué demonios iba a querer aprender a cazar si jamás iba a hacerlo?
Izuku lo siguió, obviamente.
Cuando se adentraron un poco en el bosque, bastante, Izuku comenzaba a preguntarse qué estaban haciendo en realidad. Entonces Bakugo se detuvo, y estiró la palma de su mano hacia atrás para detenerlo.
―¿Qué estás-
No alcanzó a terminar la pregunta. Bakugo se dio vuelta y cubrió su boca con su mano, y se movió unos pasos a la izquierda para apuntarle a un ciervo que estaba a unos metros. Estaba calmado, comiendo algunas cosas del suelo.
Al principio se maravilló de lo hermoso que era, y lo grande que era su cornamenta. En la aldea, apenas unas crías descuidadas se acercaban de vez en cuando a las personas, pero nunca había estado tan cerca de uno adulto. Fue entonces que cayó en cuenta de la situación.
Izuku abrió mucho los ojos, y negó con la cabeza.
Bakugo le quitó la mano de la cara, y se acercó mucho a él para poder susurrarle.
―Debes apuntar al cuello. ―puso el arco en sus manos temblorosas y se puso detrás de él, sujetando sus hombros. Luego le siguió susurrando al oído. ―Te mostraré cómo.
A Izuku ya no le entraba aire en los pulmones, y al tratar de dar un paso hacia atrás tropezó, y con las pisadas que dio, el ciervo levantó la cabeza y miró en su dirección. Bakugo lo había sujetado para que no cayera, y no lo soltó hasta que el ciervo volvió a bajar la cabeza.
Entonces Izuku sentía los latidos de su corazón demasiado fuertes, y ni siquiera podía hablar porque Bakugo se molestaría si por su culpa se escapaba el ciervo. Sólo trató de respirar, y cerró los ojos cuando los brazos de Bakugo pasaron alrededor de los suyos y los levantó, obligándole a tomar el arco, con su mano sobre la suya, y poniendo una flecha en su otra mano, llevándola al arco y tensándola de a poco. Izuku sabía que estaba temblando, y si aún estaba en pie, era sólo porque Bakugo lo estaba sosteniendo.
―Mira.
Izuku abrió los ojos; la punta de la flecha apuntando directo al cuello de aquel animal; y eran sus manos las que sostenían el arco. La cuerda, tensándose cada vez más.
Volvió a negar con la cabeza y a tratar de retroceder, esta vez tropezando con los pies de Bakugo.
―No puedo. No puedo hacerlo.
―Si puedes. Concéntrate. Yo estoy apuntando.
No era eso. No era un problema de nervios, era un problema de moral.
―No, yo no… no puedo. No puedo matarlo.
―Baja la voz. Verá que estamos aquí.
―No. No me hagas hacerlo. Por favor. ―su voz temblaba, y estaba haciendo lo posible por bajar el brazo; pero Bakugo lo sujetaba con fuerza.
―¿Qué demonios pasa contigo? ¡Ya dispara!
Entonces cerró sus ojos con fuerza, y comenzó a llorar.
―Por favor no me hagas hacerlo. No puedo hacerlo. Por favor, no quiero hacerlo.
Entonces Bakugo lo soltó, y Midoriya cayó al suelo de rodillas, sin atreverse a abrir los ojos, apretando el arco entre sus manos contra sus rodillas, aún llorando.
―Tsk. Maldición. ―la voz ronca de Bakugo hizo que Izuku supiera exactamente la mirada que le estaba dedicando, y no quiso levantar la vista.
Bakugo estaba enojado. Las pisadas fuertes cuando se alejó de él lo dejaban en evidencia.
Izuku no quería que se enojara, pero tampoco podía matar a un ciervo. No se sentía capaz de vivir sabiendo que clavó una flecha en el cuerpo de un animal que no estaba haciendo nada. No podía soportar la idea, y haber estado tan cerca de aquello lo dejó mal.
Luego de eso, le tomó unos segundos calmarse y dejar de llorar.
30/01/18
Santiago de Chile
