Disclaimer: Ante todo Rurouni Kenshin no me pertenece, no hago esto con ánimo de conseguir dinero, solo de entretener a la gente y plasmar mis ideas. Esta gran obra le pertenece a Nobuhiro Watsuki no a mí.

Aclaración: La historia saltará de unos lugares a otros en el tiempo, por lo que no será una aventura lineal, ya que pasaré de unos personajes a otros, pero se verá claramente el cambio, ya que tienen edades diferentes me veo obligada a hacer esto, no obstante le da mucho dinamismo a la historia.

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Bakumatsu.

Por: Shumy.

Capítulo 2: Las extrañas relaciones de maestros y alumnos.

Kyoto

12 de febrero de 1856

Un hombre de unos 40 años paseaba tranquilamente por las calles de Kyoto. Entonaba, o al menos lo intentaba alguna canción tradicional, con pésimos resultados. Sin embargo aquello no altero el buen humor del hombre, que caminaba de forma muy enérgica entre la gente, que se lo quedaba mirando con cara de circunstancias.

Vestía un simple hakama de algodón blanco y unas sandalias, daba de vez en cuando un saltito o aplaudía a la nada, consiguiendo miradas aún más sorprendidas. Desde hacía casi 3 años el país tenía un ambiente apesadumbrado, todos lo sabían, la guerra civil se aproximaba con paso rápido y la sangre no tardaría en derramarse. Para acrecentar el mal ambiente el actual Shogun, Tokugawa Lesada, conocido por su incapacidad mental se estaba muriendo poco a poco. Este hecho se veía con gran preocupación, ya que, una vez muerto el shogun, los clanes de Chōshū y Satsuma pasarían al ataque sin miedo hasta que se designara a su heredero, pues Lesada no tenía hijos y el próximo shogun era una incógnita.

Sin embargo estos sombríos pensamientos no estaban en la mente del hombre, que seguía como antes, caminando y dando saltitos como si tuviera 3 años. Después de doblar la esquina compró unos dulces en un kiosco cercano y se los fue comiendo de camino hasta que llegó a su parada. Se encontraba frente a una posada de grandes dimensiones que parecía bastante concurrida y de mucho éxito. Miró con ojos orgullosos el cartel en el que ponía el nombre del restaurante.

Aoiya.

El hombre entró con gran tranquilidad al interior, donde unos cuantos empleados le saludaron con gran respeto. El curioso personajes solo respondió a sus saludos alegremente y se dirigió a los pisos de arriba. Una vez ahí marchó hacía el ala donde se hospedaban los trabajadores del restaurante, y se encaminó a la habitación del fondo del pasillo. Tocó a la puerta corredera y entró.

-¡Buenas Makimachi-san!-saludó alegremente.

Un hombre con más de 50 años le miró por el rabillo del ojo. Estaba sentado frente a una mesa de espaldas a la puerta, escribiendo lo que parecía ser un informe. Tenía unos profundos ojos verdes que si bien no eran cálidos tampoco eran fríos. Su pelo negro estaba salpicado por una gran cantidad de canas, el ceño y la boca fruncidos le daban un aspecto sereno pero apacible.

-Buenos días Nenji.

-¡No seas tan frío hombre!-Okina, cuyo nombre como ninja era Kashiwasaki Nenji se sentó al lado del Okashira mientras le palmeaba la espalda con humor.

-No estamos en tiempos de estar con una sonrisa permanente en el rostro y persiguiendo jovencitas continuamente Nenji-le reprendió con tranquilidad Makimachi Souta.

-Mouu, no digas esas cosas de mi Okashira, todos tenemos nuestras debilidades.

-Tú muestras tus debilidades con demasiada facilidad-para enfatizar la frase Souta le propino un golpe suave en la cara, que Okina dramatizó estrellándose a posta en la pared mientras lloraba como un recién nacido sin leche.

-¡Eres muy malo!-durante 5 minutos más Okina siguió haciendo pucheros y soltando lágrimas de cocodrilo mientras el Okashira terminaba de rellenar el informe. Al final, cuando Nenji vio que no había forma de ablandar a Souta al estar este demasiado concentrado en aquel papel le entró la curiosidad, ¿Qué estaría escribiendo? Recuperando totalmente la compostura se acerco curioso y miró por encima del hombro del actual Okashira.

-¿Qué es eso? ¿Un informe al shogun?

-No, la incorporación de un nuevo miembro a nuestras filas.

-¿Un nuevo miembro? ¿Qué edad tiene?

-Le quedan unos meses para cumplir los 6 años.

-¡QUEEEEEEEEEEEEEEEE!

El terrible grito pegado por Okina se oyó en todo el Aoiya, no mejor dicho, en todo Kyoto, no, se oyó en toda la provincia, no, en todo Japón. Con gesto de fastidio Souta se tapó los oídos, esperando a que a Okina se le quedaran los pulmones sin aire. Cuando el ninja empezó a ponerse morado Souta decidió hablar para salvarle la vida, Nenji era capaz de asfixiarse antes que dejar de gritar, era un escandaloso.

-No te sorprendas tanto, yo mismo le he metido al Oniwabanshuu, el chiquillo es un genio.

-¡¿Pero que te has bebido Okashira?! ¡No puedes meter a un niño a ninja de esa forma!

-Ya esta dentro. ¿Por qué no vas a hablar con él?-le propuso con tranquilidad Makimachi-Estoy seguro de que el niño se sentirá halagado si el mejor guerrero del Oniwabanshuu va a hablar con él.

-¡Por supuesto!

Una gota de sudor apareció en la nuca de Makimachi Souta, era increíble, pero con agasajar un poco a su mejor agente este ya aceptaba todas sus órdenes.

-Por cierto jefe, ¿Cómo se llama el chico?

-Shinomori, Shinomori Aoshi.

2 horas después…

Llevaba 2 horas buscando al maldito crío. ¿Dónde lo había escondido el Okashira? De seguro que le había engañado para quitárselo de encima, desde que su hijo se había casado con aquella jovencita tan encantadora Nenji sentía que el Okashira estaba preocupado. ¿Tal vez iba a ser abuelo? ¿Se había enamorado de alguna mujer joven? Desde que su esposa murió en el accidente de los barcos negros en Edo la parte más bromista de Souta había desaparecido, pero no se había vuelto un amargado, y la boda de su hijo había conseguido sacarle una sonrisa, era obvio que se moría por ser abuelo. Tan absorto iba Okina en sus pensamientos que no vio que se chocó contra sus piernas. Oyó un suave "Auch" y entonces dirigió su vista al suelo.

Un niño que no debía de llegar a los 6 años estaba sentado en el suelo masajeándose la nuca. Tenía el pelo negro azabache, con un flequillo muy elegante y una pequeña coleta que apenas podía hacerse en la nuca, al más puro estilo samurai. Lo cierto es que aunque eran ninjas todos los Oniwabanshuu llevaban la pequeña coleta en la nuca, no tenían el pelo tan largo como los samuráis, pero no importaba. El muchachito era menudo y de piel blanca, un niño normal y corriente, hasta que le miró a los ojos.

Unos increíbles ojos color hielo.

Los dos se miraron atentamente durante unos segundos, hasta que hizo acto de presencia una joven de poco más de 18 años, muy guapa, con unos bonitos ojos azules y un largo y sedoso pelo negro. Fue entonces cuando Okina puso cara de viejo verde mientras la miraba las piernas. Sin embargo, algo le sacó de su ensoñación.

Una fuerte patada en la cabeza.

-¡Eres un viejo verde!-el niño le había dado en la cabeza una patada con cara de desquiciado mientras la joven los miraba a ambos alucinada. Okina fue a estrellarse contra la pared mientras sus ojos se convertían en una gran espiral. Después de unos momentos de tranquilidad Okina se levantó con una mirada furibunda mirando al niño, que le devolvió una peor con sus terribles ojazos azules. Su mirada echaba chispas y la muchacha, después del shock inicial aguantaba las ganas de reír. Okina habló entre dientes.

-¿No serás tú el nuevo recluta no? Ese tal Shinomori Aoshi.

-El mismo viejo lascivo.

-A mi háblame con respeto renacuajo escurridizo.

-Un tío que mira así a una dama no se merece ningún respeto.

Una nube de humo se alzó sobre los dos contrincantes, que empezaron a pegarse mientras la chica los veía riéndose a carcajadas. El escándalo fue tal que el Okashira se asomó curioso, temiéndose lo que vería a continuación. El cuadro que contemplaban sus ojos era tan gracioso que no pudo evitar que una sonrisa asomara a sus labios. Okina y Aoshi estaban el uno tirado al lado del otro respirando con dificultad con la ropa rasgada y unos cuantos golpes y rasguños por la cara y el cuerpo mientras Yui intentaba recuperar el aire de tanto reír. Souta comprendió que Aoshi se había cabreado tanto porque Nenji se había quedado mirando las piernas de su propia yerna, que acababa de adoptar el apellido Makimachi.

-¡Nenji! Eres un abusón, no solo pegas a un niño, si no que además le miras las piernas a mi hija.

-¡Yo no soy un niño!-gritó furibundo el joven Shinomori.

-¿Qué? ¿Cuala? ¿Cómo?-Okina miraba a todos los presentes intentando encontrar una respuesta, ¿de que hablaba el Okashira?

-Jajajaja-rieron con ganas los dos Makimachi.

-Ella es Makimachi Yui, la mujer de mi hijo y por tanto mi hija.

-Usted debe de ser Kashiwasaki Nenji-dijo con una sonrisa Yui.

-Así es bella ninfa-con total elegancia y haciendo caso omiso de los otros dos Okina se arrodillo frente a la joven y la dio un suave beso en la mano al más puro estilo caballeresco. Pero el pobre ninja, después de soltar de su agarre a Yui sintió un fuerte golpe en la base de la espalda. Abrió a más no poder los ojos mientras veía como la pared se acercaba a la velocidad de la luz y….

¡BAM!

Souta y Yui miraban como el cuerpo de Okina resbalaba de forma patética por la pared mientras el joven Shinomori se palmeaba las manos y ponía una sonrisa victoriosa después del viaje que le había dado a aquel viejo verde.

-Mamiiii, ayúdame mamiiii, hay un niño loco que me quiere ver muerto.

-¡Yo no estoy loco viejo lascivo!

Justo en el momento en que ambos se lanzaban de nuevo al ataque con dientes y garras por delante Souta se materializo en medio de ambos y les dio un fuerte capón en la cabeza a cada uno.

-¡AUCH!-gritaron al unísono.

-Bien, como esta visto que no se llevan muy bien y no quiero problemas en el Oniwabanshuu a partir de ahora Nenji será tu maestro Aoshi-kun.

-¡¿QUEEEE?!-esta vez el grito se oyó hasta en Europa.

Kyoto.

12 de marzo de 1856.

1 mes después…

Hacía un mes que ambos convivían como maestro y alumno. Para mayor desgracia el Okashira había decidido divertirse a su costa, y los había obligado a convivir en la misma habitación. Por mucho que lloró Okina y gruñó Aoshi no pudieron evitar al burlón destino, tendrían que vivir juntos hasta que Aoshi superara todas las pruebas.

Apenas se dirigieron la palabra en aquel mes, y aunque al principio había sido por aborrecimiento mutuo ahora era por pura cabezonería, se apreciaban, aunque no lo demostrarán.

Nenji era un ninja veterano, fuerte y rápido. Aunque siempre iba como un despreocupado Aoshi se dio cuenta del carácter más oscuro del mayor cuando le vio sometiendo a tortura a un indeseado. Para poder ser entrenado como Oniwabanshuu primero debías tener el suficiente estómago como para ver torturar a un hombre. Aoshi lo había presenciado, y había superado la prueba con medalla. A partir de aquel momento los dos vieron aumentado el respeto por el otro. Shinomori era un verdadero genio en la disciplina ninja, como descubrió con gran orgullo Okina, aunque era demasiado impulsivo, mejoraría drásticamente si superará ese escollo.

Sin embargo el mutismo de ambos se vio interrumpido por la prueba que había decidido ponerle Okina al joven Shinomori.

-¡ESTAS LOCO! ¿Pretendes que le robe la ropa interior a aquella chica?

Aoshi y Okina había salido a dar una vuelta. El maestro Oniwabanshuu le había dicho a Aoshi que quería ponerle a prueba, y el niño se había imaginado todo tipo de virguerías, pero en su imaginación ni se le había pasado el robar ropa interior a una mujer joven. Los dos se encontraban frente a una casa de baños termales y después de un rato Okina le había mandado coger la ropa interior de una jovencita muy bien parecida.

-Pues claro, así mejorarás tu sigilo y percepción-dijo con gran alegría Okina.

-Ya claro, también la mejoraría si me mandaras a robar cualquier otra cosa.

-Venga no seas así, este es el primer lugar que he encontrado-Okina puso su mejor sonrisa inocente.

-Hemos pasado por delante de multitud de mercados y tiendas muy vigiladas.

-¿Si? Pues no me he fijado, jejeje-la risa forzada de Okina no era muy convincente.

-Eres un viejo lascivo.

-Y tú un retraído.

-No he cumplido ni los 6 años.

-Yo a tu edad ya perseguía jovencitas.

Aoshi le miró como si fuera un enfermo, y después de un fuerte sonrojo Okina recuperó el habla.

-De esto ni una palabra.

-Lo primero que voy a hacer es decírselo a Makimachi-sama.

-Ni se te ocurra niño simplón.

-Se lo diré pervertido.

Kyoto.

2 de diciembre de 1858

Habían pasado casi cuatro meses de la muerte del Shogun, Tokugawa Lesada. Shinomori Aoshi ya había cumplido los 8 años de edad y tan solo le faltaba medio año para alcanzar los 9. Desde que Okina le había tomado a regañadientes bajo su tutela el joven Shinomori había mejorado notablemente. Su carácter explosivo aún no había desaparecido, pero estaba mucho más mitigado gracias a las duras sesiones de entrenamiento y preparación para convertirse en ninja.

A su corta edad ya no era un simple alumno del Oniwabanshuu, era un miembro activo, aunque solo estuviera en el rango bajo. Sin embargo seguía teniendo maestro, en el Oniwabanshuu se estipulaba que solo hasta cumplir los 12 años el miembro sería uno más totalmente independiente, por lo que a Aoshi aún le quedaban 3 años y medio bajo la tutela de Okina. A pesar de todo el muchacho no tenía ninguna queja, cierto era que su maestro estaba como un cencerro y de vez en cuando le mandaba pruebas de los más estúpidas y variopintas, pero por lo demás era muy bueno.

Aoshi no conocía las armas usadas por Okina, ya que desde que se descubrió que era un genio en potencia había tenido dos maestros distintos. Oficialmente estaba bajo las órdenes de Okina, quién le enseñaba Kempo y la forma más efectiva de protegerse contra todo tipo de proyectiles envenenados, además de enseñarle el control de shurikens y kunais e instruirle en el espionaje. Sin embargo Makimachi Souta había decidido pasarle su estilo de combate con un arma que a primera vista parecía insignificante, la kodachi.

El estilo enseñado por Souta se llamaba Kodachi Itoo Ryu, y combinaba el kempo con el uso de la kodachi como escudo, una combinación muy peligrosa, sobre todo porque Souta era el mejor en armas y Okina en cuerpo a cuerpo, Shinomori Aoshi estaba siendo entrenado para convertirse en un okashira como nunca antes había tenido el Oniwabanshuu.

Aoshi había sido recogido por Souta cuando vio a Aoshi matar a dos hombres. Resultaba inquietante que un niño de 5 años matara a dos hombres, pero como luego descubrió Makimachi los dos estaban ebrios, y habían matado a la madre de Aoshi. Su padre los había abandonado a él y a su madre cuando Aoshi nació, pues era un aristócrata de sangre azul que no podía juntarse con aquellos de clase social inferior. Le había dado un dinero a su madre para que pudiera mantenerlo y se había marchado para siempre. Aoshi sabía que sus ojos provenían de aquel hombre que no le interesaba, cierto era que su madre lo había pasado mal por culpa de aquel hombre, pero al pequeño Shinomori eso le daba lo mismo, de hecho prefería no haber tenido padre. Aquel hombre era un inglés acaudalado, y por eso las facciones de Aoshi tenían un toque occidental. Su apellido estaba tomado directamente del de su madre. El abuelo de Aoshi había sido un importante samurai que cayó en desgracia, por eso él tenía apellido.

Después de aquella historia el Okashira decidió adoptar al pequeño, y gracias a su tutela y a la de Nenji el muchacho se estaba convirtiendo en un gran ninja, frío y calculador como debía ser.

El pequeño Shinomori apenas tenía contacto con nadie del grupo, solo con sus dos maestros y con Makimachi Yui, la mujer del hijo del Okashira y por tanto hija de Souta.

El pequeño solía acompañarla a comprar todo lo que la mujer necesitara. La mujer era de salud frágil y ya había perdido a dos bebes en sus primeros meses, era demasiado débil como para poder mantener una forma de vida. Aún así ella nunca se rendía en contra de los ruegos de su marido, que no quería que su salud empeorara, era una auténtica luchadora y Aoshi la admiraba y la quería como a una hermana mayor.

Aquel día habían salido a comprar distintas variedades de te, ya que tanto a Aoshi como a Yui les chiflaban los tes, eran unos verdaderos fanáticos de esa infusión. Al ser invierno las calles no tenían el colorido del verano, llenas de puestos y tenderetes donde se vendían todo tipo de cosas, sin embargo la tienda a la que iban estaba abierta todo el año.

Al pasar por la tienda de sake Aoshi vio a un hombre muy alto que llevaba el largo pelo recogido en una coleta baja. Aquello le extraño, pues los samuráis llevaban el pelo en una coleta alta. Aún así el atuendo del hombre era aún más extraño, llevaba una gran capa blanca ondeando al viento.

-Sí, tres botellas de sake.

-Aquí tiene señor.

-Muchas gracias, venga Kenshin, vámonos.

Fue en aquel momento cuando Aoshi percibió al chico llamado Kenshin. Sería poco más mayor que el, tal vez un año, tenía el pelo del color del fuego y él también llevaba el pelo recogido en una coleta baja. Los ojos malva del niño se cruzaron durante un segundo con los hielo de Aoshi, y ambos se observaron con detenimiento.

-¡Baka deshi! Deja de mirar a las musarañas y vámonos, hoy tienes mucho que practicar.

-Hai Shisou.

Sin mirar atrás, ni siquiera fugazmente aquel muchacho salió corriendo detrás de su maestro, que llevaba la capa ondeando al viento, dándole un aspecto magnífico.

Aoshi no supo cuanto tiempo llevaba mirando el lugar por el que habían desaparecido aquellos dos hasta que vio a Yui pasando la mano por delante de sus ojos.

-¿Aoshi-kun?

-No es nada Yui-dono.

Ante toda respuesta Yui solo le sonrió ampliamente.

Región de Edo

Dominio Shirakawa.

17 de Julio de 1846

Kondo Shusuke observaba la vida que se llevaba a cabo en la residencia de sus amigos, los Okita. Shusuke había decidido adoptar a la mayor de los tres hermanos, Okita Mitsu para que pudiera casarse con su hermano adoptivo, Rintaro, ya que el padre, Okita Katsujiro murió en 1845, un año atrás, en combate. Un año antes, en 1844, su mujer había muerto al dar a luz a su único hijo varón, Soujiro.

Con la ayuda de Shusuke los muchachos habían podido sobrevivir, además las hermanas eran bastante mayores. Mitsu, la mayor tenía 13 años, y ya estaba en edad casadera, mientras que Kin, de 10 años era la mediana. Su hermano pequeño, que en un futuro se convertiría en el capitán de la primera división del Shinsengumi solo contaba con 2 años de edad. El hijo adoptivo, quien en un inicio se apellidaba Inoue tenía ahora 20 años, y gracias al favor que le iba a hacer Shusuke podría casarse con su hermana adoptiva, que adoptaría el apellido Kondo hasta que ambos se casaran, dentro de un mes.

Shusuke era maestro de la tercera generación de maestros de la escuela Tennen Rishin Ryu, y esperaba que Soujiro no tardara mucho en unirse a ellos. El pequeño Soujiro, de dos años, corría feliz por todo el patio. Sus dos hermanas habían salido a comprar los alimentos necesarios para un par de días, y su hermano mayor, Rintaro, estaba en el dojo Shieikan, el más importante de la disciplina Tennen Rishin ryu.

De esta forma Shusuke se había quedado al cuidado del niño, que saltaba de aquí para allá sin hacer caso del tórrido calor que los proporcionaba el sol en pleno apogeo. El maestro de Kenjutsu llevaba largo rato observando a Soujiro, y había llegado a una conclusión, apuntaba maneras. Sus pasos eran ágiles y seguros a pesar de su edad, con una gracia natural, como un baile. Sus reflejos, rápidos. Tenía ganas de entrenarle, pero por desgracia solo tenía 2 años, aunque Shusuke decidió que no tardaría mucho en darle un pequeño bokken ajustado a su medida para que pudiera empezar a practicar. Lo cierto es que el niño aprendía rápido, se pasaba el día hablando, moviendo las manos y yendo de un lugar para otro, lo que le permitía andar y hablar mejor a sus dos años que muchos niños a los tres.

Inexplicablemente Shusuke se sentía orgulloso de él como si fuera su padre, pero en cierto modo lo era, iba a adoptar a su hermana y era el adulto que había ayudado a Rintaro a sacar la familia adelante, casi sentía a Soujiro como hijo propio.

-Shusuke-san-el niño se acercó a él levantando su pequeña manita. Tenía los ojos y el pelo castaños, la piel bastante blanca, era delgado y de poca estatura, haciéndole muy ligero. Shusuke lo cogió en brazos y lo lanzó varias veces al aire, que se llenó de las carcajadas de Soujiro. En aquel momento aparecieron Mitsu y Kin con las compras. Lo cierto era que los tres hermanos se parecían enormemente. Mitsu tenía el pelo castaño oscuro, recogido en un elegante moño que la hacía resaltar sus brillantes ojos chocolate. Era una bella persona, muy amable y vivaracha, siempre preocupada por sus hermanos, teniéndolos como prioridad. Estaba enamorada de Rintaro, al igual que él de ella y por fin podrían casarse. Desde entonces Mitsu vivía en una nube de amor todo el día, lo que acrecentaba su belleza natural, que no era poca. En aquellos momentos iba vestida con un sencillo kimono verde con estampados de delicadas flores de un pálido color marrón. El obi era de un color marrón más fuerte, y en conjunto la joven prometida parecía una ninfa de los bosques.

Por otro lado Kin iba con un kimono de fuerte color rojo, con un obi naranja, y unas okobo, calzado usado frecuentemente por las geishas. La niña de 10 años tenía un sedoso pelo castaño, de idéntico color al de su hermano y unos bonitos ojos almendrados que desprendía inocencia. Su pelo corto estaba suelto, aumentando su innata inocencia, en contraposición con la madurez demostrada por Mitsu.

Cuando el niño las vio se desprendió hábilmente de los fuertes brazos de Shusuke y fue corriendo a por ellas.

-¡One-sama! ¡One-chan!-gritaba con felicidad. Mitsu abrió ampliamente los brazos y cogió a Soujiro, que no paraba de reír, era un niño muy alegre. Kin le revolvió el suave pelo castaño, que aún era demasiado corto como para intentar recogerlo o hacer algo con él. Para Shusuke aquella imagen era la de una familia feliz, y aunque en aquellos momentos solo se sentía como un simple observador no podía negar la belleza del momento. Sin embargo su dicha fue enorme cuando los tres se le acercaron, dándole un fuerte abrazo y riendo y hablando sin parar.

-Shusuke-san, muchas gracias por cuidar de Soujiro en nuestra ausencia-dijo Mitsu con educación y una gran sonrisa dibujada en el rostro.

-Ni lo menciones-el maestro de kendo movió la mano restándole importancia al asunto.

Fue ese el momento elegido en el que el estómago de Soujiro decidió entrar en la conversación rugiendo con avidez. El pequeño no pudo evitar sonrojarse ligeramente, lo que le daba un aspecto muy cuco y daban ganas de comérselo de lo mono que era. Las dos hermanas y Shusuke empezaron a reír y las carcajadas del niño no tardaron en unirse a las de ellos. Mitsu le levantó por encima de su cabeza todavía riendo.

-¡Anda que no estas hoy contento Sou-chan, no haces más que reír!

-Es que tú estas muy contenta One-sama y eso me hace muy feliz-dijo el niño con una hermosa sonrisa. Los ojos de Mitsu se humedecieron ligeramente mientras abrazaba fuertemente a Soujiro que luchaba por librarse del abrazo.

-One-sama…que no puedo…respirar…tienes como unos cojines…en la parte delantera…son muy mulliditos…pero me asfixian… ¡One-sama!-el pequeño Soujiro se movía como un pez fuera del agua intentado librarse del abrazo de su hermana y de la prisión que eran sus "cojines"

-Eres un pervertido Sou-chan, y un descarado-dijo Kin totalmente colorada y mirando a su pequeño hermano con reprobación.

-Tú no tienes los cojines tan grandes como Mitsu One-sama, ¿son igual de blanditos? ¿Puedo tocarlos?

-¡Nooo! ¡Aléjate de mi pervertido!-Kin empezó a correr como alma que lleva el diablo con Soujiro detrás, que acababa de librarse del abrazo de Mitsu y corría suplicante detrás de su hermana, a la que sorprendentemente podía seguirla el ritmo.

-¡One-chan! ¡No seas egoísta y déjame tocar tus cojines, haber si son tan blandos como los de One-sama! ¿Y de donde los has sacado? ¡Que yo también quiero unos!

Ante aquel comentario Shusuke y Mitsu empezaron a reír a carcajadas y a lagrimear ante semejante pulla de la que el niño no fue consciente. Que inocente era el pequeño Okita, y que tierno y encantador. Aquel fue el momento en el que llegó Rintaro, que observo curioso el cuadro que había ante sus ojos. El joven de 20 años tenía el pelo y los ojos negros. Su piel estaba bastante tostada y era muy serio, aunque tenía una hermosa sonrisa que solo dirigía a Mitsu. Su largo pelo negro se encontraba suelto, siendo acariciado por el viento, ya que al parecer se le había roto el recogedor durante los entrenamientos.

-Buenos días-saludó con cordialidad a Shusuke y a Mitsu y acto seguido y con cara de resignación dijo-¿Se puede saber que hacen esos dos?

La pregunta perdió toda la seriedad dada por Rintaro cuando de fondo se escuchó al pequeño Okita decir:

-¡Kin! Ya que no me dejas tocar tus cojines al menos dime porque los tuyos son más pequeños que los de One-sama, y… ¿Por qué los hombres no tenemos? Seguro que son útiles esos cojines, así al caer no te haces daño, ¿Cuándo caéis al suelo rebotáis? ¿Podemos probarlo?

-¡NOOOOOOOOO! ¡NO PODEMOS PROBARLO SOU, ASI QUE DEJA YA DE PERSEGUIRME!

Ante aquello Mitsu y Shusuke volvieron a estallar en carcajadas mientras Rintaro suspiraba con resignación, vale que fuera un niño, pero si soltaba esas cosas delante de otros dejaría a la familia en vergüenza, y él, Okita Rintaro, no podía permitirlo en honor a Katsujiro, el padre de ambos.

-¡Sou! Ven aquí un momento por favor.

-¡Hai!-dijo el niño con alegría mientras brincaba hasta llegar donde se encontraba su hermano-¿Qué sucede Nii-sama?

-Haber como te lo explico…-el joven de 20 años se revolvió el pelo nervioso mientras Shusuke hacía grandes intentos para evitar reírse, le encantaban esas situaciones en las que Rintaro se veía en un apuro tan grande-Mira las mujeres tienen…tienen esos cojines para poder dar de comer a los niños…si eso es, pero los hombres no los necesitan.

-¿Las mujeres dan cojines a los niños para comer?-unas cuántas interrogaciones y una cara de "No me lo creo" aparecieron en el rostro de Soujiro.

-Pues…no los cojines exactamente, los cojines dan leche y…

-¡¿Dan leche?!-los ojos del pequeño Okita se convirtieron en dos grandes estrellas brillantes. Giró la cabeza con parsimonia y miró a Kin como si fuera un gran surtidor de leche. La joven se estremeció, su hermanito estaba loco.

-Si, pero solo cuando nace un niño Soujiro.

-Ahhh-el rostro del niño se ensombreció pero no tardó mucho en iluminarse-Pero tú y One-sama tendréis hijos pronto ¿no? One-sama puede darme leche y…

El joven no terminó la frase porque recibió un fuerte capón por parte de Mitsu que estaba totalmente colorada tanto por la declaración de tener niños de ella y Rintaro como por imaginarse la imagen de su hermano pequeño mamando de su pecho… un terrible escalofrío la recorrió.

El más pequeño de los Okita permaneció unos momentos más con los ojos en espiral, vale, ya sabía que ni Kin ni Mitsu estaban dispuestas a darle su leche, en ese caso solo quedaba…

-¡Nii-sama! ¡En ese caso todo lo que tienes que hacer es ponerte cojines y quedarte embarazado!

Las carcajadas de Kondo Shusuke se oyeron en varios kilómetros a la redonda.

Región de Edo.

Dominio Shirakawa.

22 de octubre de 1848.

El cambio de estación se respiraba en el aire. El otoño llegaba a su fin y con él los tonos dorados, amarillos, marrones y rojizos de los árboles. En aquellos momentos las últimas fuerzas de la estación daban sus últimos coletazos, desprendiendo las últimas hojas que aún quedaban en los árboles, debatiéndose por no caer al suelo. Sin embargo un suave viento soplaba, levantando las que había en el suelo en pequeños torbellinos de colores y arrancando las que aún se agarraban fuertemente a los árboles. Se respiraba melancolía en todo el bosque, pues dentro de poco llegaría el invierno, y con él se alejarían los pocos animalillos que aún no habían abandonado la región buscando lugares más cálidos donde poder habitar.

Cerca de aquel lugar se encontraban las tierras colindantes del dojo Shieikan, incluidas las casas ocupadas por la familia Okita y la familia Kondo. Sin embargo Okita Soujiro no se encontraba en ninguna de las dos ni en el dojo, si no que estaba en la gran casa de los Inoue, lugar en el que había nacido su hermano político y ahora cabeza de familia de la familia Okita, Rintaro.

Soujiro, de 4 años de edad había ido a ver a Inoue Genzaburo, quién había entrado a entrenar oficialmente al dojo Shieikan el año pasado. Genzaburo tenía 19 años y era un gran espadachín que no tardaría mucho en licenciarse en el dojo. Más tarde aquel joven se convertiría en el capitán de la 6 división del Shinsengumi y uno de los más mayores y veteranos del grupo. Soujiro y Genzaburo eran familia, primos segundos o algo así, el niño no lo sabía ni le importaba, para él Genzaburo era como su tío favorito.

Los dos futuros capitanes del Shinsengumi se encontraban en una de las terrazas de la vivienda tomando te y dulces mientras hablaban todo tipo de tonterías sin importancia sin parar de reír. A pesar de la gran diferencia de edad y por alguna extraña razón se llevaban muy bien.

-Y fue en aquel momento Genza-san cuando Kin one-chan se puso a gritar como una loca por toda la casa, diciendo que ella quería casarse pronto porque One-sama y Nii-sama se veían muy bien juntos y no se cuantas tonterías más.

-Jajajaja, muy típico de Kin-chan. ¿Y me dices que todo eso fue porque los vio abrazándose detrás de unos árboles y besándose?

-Sí, es que Kin esta tarada, yo nunca haría algo así con una chica que asco.

-Algún día te arrepentirás de esas palabras-Inoue rió con ganas ante su propio comentario. Era un hombre muy risueño al que le encantaban los niños, pero que cuando se cabreaba era terrible. Tenía unos bonitos ojos grises y el pelo negro recogido en una larga coleta alta, que era la envidia de Soujiro, él también quería una así, pero por desgracia apenas podía amarrarse el poco pelo que tenía a la nuca.

-Por cierto Sou-kun, veo que Shusuke-sensei ha vuelto a irse a entrenar al dojo.

-Sí-el niño hizo un puchero mostrando su disgusto mientras Genzaburo sonreía con cariño-esta entrenando con el chico ese que vino el mes pasado, Katsugiro o algo así se llamaba.

-Katsuta, recuerda que cambió su nombre-corrigió el mayor.

-Eso, Katsuta.

Shusuke había adoptado a un joven campesino de 14 años que había derrotado a un grupo de ladrones, su nombre, Miyagawa Katsugoro. El destino tenía preparado para el joven campesino un rol de suma importancia durante el bakumatsu, cuando aquel muchacho tomara el nombre con el que fuera conocido y el que se le daría en aquel dojo, Kondo Isami, comandante del Shinsengumi.

Sin embargo en aquellos momentos solo era el recién bautizado Shimazaki Isami Katsuta, un joven espadachín de gran talento que se encontraba al lado de su maestro.

-Es un joven de gran talento, no tardará mucho en superarme, ya lo veras.

-No digas tonterías Genza-san, tú eres invencible.

-Shusuke-sensei me sigue ganando aunque ya tiene 56 años-le recordó el joven Inoue.

-Pero es que Shusuke-sensei le da mil vueltas a cualquiera.

-Yo creo que no, Katsuta-kun será más fuerte que él, y algo me dice que tú serás el alumno más fuerte que ha tenido esta disciplina, te lo aseguro-ante aquella declaración Soujiro se sonrojó visiblemente.

-No soy digno de tantos halagos Genza-san.

-El tiempo lo dirá pero que no te extrañe que lo que digo se convierta en realidad, solo hay que ver como cogiste el bokken el otro día.

Después de haberlo estado pidiendo por mucho tiempo a Soujiro le habían dejado sostener un bokken, aunque eso si, mucho más ligero que los normales. La sorpresa había inundado el lugar cuando el pequeño Okita había dado dos estocadas perfectas con él.

-Fue suerte.

-A eso no se le llama suerte, se le llama talento. Es cierto que la forma en que la sujetaste no fue impecable, pero se perfectamente que la próxima vez lo cogerás a la perfección.

-Tiene demasiada fe en mi Genza-san.

-Se que estas destinado a algo grande, mi espíritu me lo dice.

-Le prometo que no traicionare esa confianza Genza-san.

Ambos quedaron en un pacífico silencio tomando el te y los dulces mientras miraban el cielo otoñal y el bosque cercano. El padre de Genza, Tozaemon, tenía dos hijos mayores que el joven de 19 años, por lo que no le hacía mucho caso. Sin embargo el joven Inoue no se quejaba, y mantenía una relación cordial pero distante con sus dos hermanos, que le miraban como a un bicho raro. Esto ocurría porque la familia Inoue era más rica que los Okita y los Kondo y sin embargo Genzaburo siempre había preferido juntarse con ellos, pero al ser un chico de carácter ejemplar lo toleraban. Su familia tenía importantes rentas en la agricultura y venían su futuro ahí mientras que Genza soñaba con ser samurai y servir a los Tokugawa o a cualquier daimyo para poder tener mil aventuras.

Aquel fue el momento elegido por Shusuke y su joven discípulo para aparecer por el horizonte. Kondo Shusuke tenía el pelo veteado de gris debido a su edad, sin embargo las canas solo le daban un aire solemne e imponente, aunque cuando sonreía solo parecía un hombre mayor más. Era alto y atlético para su edad, pero ya estaba perdiendo reflejos, muy pronto tendría que elegir a los maestros que formarían la cuarta generación del estilo Tennen Rishin ryu.

Por el contrario Katsuta era un poco bajito pero muy musculoso, lo que le restaba velocidad a favor de la fuerza. Su pelo negro estaba recogido al estilo más antiguo, es decir, una coleta alta que se doblaba en la coronilla y el cráneo, aunque no llevaba el resto de la cabeza afeitada. Sus ojos castaños denotaban inteligencia y también un carácter bonachón. Ambos iban vestidos con la indumentaria del entrenamiento. Como maestro de la escuela Shusuke llevaba el hakama de color negro y el gi de un azul oscuro, lo que le hacía parecer un murciélago según la mente del pequeño Okita. Por otro lado Katsuta vestía lo típico, hakama azul oscuro y gi blanco. Mientras que Shusuke no llevaba nada más el alumno iba con un bokken en la cintura, en la parte izquierda, denotando que era diestro.

-¡Buenas Shusuke-sensei, Katsuta-kun!-saludó con alegría Inoue cuando ambos llegaron al lugar.

-Buenas tardes Genzaburo-san.

-Hola Genza, y hola también a ti Sou-kun-dijo el maestro con alegría mientras se sentaba al lado del niño.

-¡Que haces ahí de pie como una estatua Katsuta-kun! Ven siéntate a mi lado-el joven empezó a palmear el sitio que había a su lado.

-Gracias Genzaburo-san.

-Iré a decirle a Hana-chan que nos traiga más te para vosotros y pastas-Inoue se levantó con una sonrisa en busca de la criada de la casa.

Los tres se quedaron en silencio. Soujiro observaba a Katsuta sin ningún intento por disimularlo. Aunque se habían conocido el mes pasado no habían vuelto a intercambiar palabras. Aquel chico era muy callado y misterioso, y Soujiro quería saber más cosas de él. Cuando el joven empezó a ponerse nervioso ante el escrutinio del niño Shusuke le dio un buen capón a Soujiro por impresentable.

-Iteeee, ¡eso duele Shusuke-san!

-Eso te pasa por idiota, si quieres preguntarle algo a Katsuta-kun pregúntaselo, pero no te le quedes mirando de esa manera tan incauta hombre.

-Yo no quería preguntarle nada, es solo que siento curiosidad por él-dijo en tono lastimero el pequeño Okita pasando olímpicamente de la presencia del chico de 14 años.

-¿Por ser nuevo? Pues habla con él hombre, pero no te comportes de esa forma que nos avergüenzas a todos.

-Yo no avergüenzo a nadie Shusuke-san, es solo que no me gusta preguntar por la vida privada de las personas. El sinvergüenza eres tú por entrometido.

-Que dices niño.

Los dos se lanzaron al ataque. Katsuta quería separarlos pero la voz de Genzaburo le detuvo.

-Olvídalo, siempre son así-se sentó al lado del joven que veía anonadado como Okita y Kondo no paraban de reír, la "pelea" era en realidad una batalla de cosquillas-es solo que a los dos les encanta tener un pretexto para hacer el tonto, son muy juerguistas-dijo con humor Inoue.

-Lo siento…-el joven de 14 años, que ya era casi un hombre se veía entristecido. Inoue lo miró con extrañez, ¿Qué le pasaba al chico?-Es que…todos aquí han sido muy amables conmigo, y me cuesta creer que haya gente tan amable.

Inoue Genzaburo sonrió con comprensión y puso una mano sobre la cabeza de Katsuta, que le miraba con sorpresa.

-Serás un buen líder para el dojo. Y no tienes que preocuparte, es normal que al principio estés un poco cortado, después de todo vienes del campo, y al parecer con un mal ambiente, no debes preocuparte por eso, tú casa ahora es este lugar y estos-señaló con cierto desdén cariñoso a Shusuke y a Soujiro-son tu nueva familia.

Una gran sonrisa ilumino las facciones de Katsuta, se veía a la legua que había sido un muchacho solitario y triste, y ahora, por fin había encontrado un sitio al que llamar hogar.

-¡Shusuke-san! Genza-san e Isami-san se están escaqueando de la pelea. ¡A POR ELLOS!-gritó el niño.

-¡A POR ELLOS!-coreó el maestro.

Los dos se lanzaron a por los dos tertulianos, Shusuke a por Genzaburo y Soujiro a por Katsuta, que rápidamente se vio superado por el escurridizo niño, que le hacía tantas cosquillas que no pudo parar de reír. Pero después de unos momentos el joven Katsuta contraataco, siendo esta vez Soujiro quién reía feliz.

Cuando se dieron cuenta los dos mayores había desaparecido y solo estaban ellos dos en el suelo. Se levantaron y se observaron mutuamente.

-¿Por qué me llamaste Isami en vez de Katsuta Okita-kun?

-Porque Isami es un nombre más alegre y te pega más.

El joven Shimazaki miró al pequeño Okita de hito en hito mientras el niño sonreía ampliamente. Comprendió entonces que la pelea con Shusuke había sido una excusa para sacarle una sonrisa y luego poder integrarle en el grupo. Su corazón se llenó de cariño hacía el pequeño niño de ojos castaños, que había conseguido devolverle esa confianza innata en él que había desaparecido desde hacía un mes.

-Okita-kun ¿Qué te parece si les damos una lección a Shusuke-sensei y a Genzaburo-san por huir?

-Me parece bien, pero solo si me llamas por mi nombre.

-De acuerdo…Soujiro-kun.

-¡Pues vamos por ellos!

El niño salió disparado al interior de la casa mientras un feliz Isami le seguía feliz, por fin tenía una familia y un hogar de verdad.

Región de Edo.

Dominio Shirakawa.

5 de mayo de 1851.

Era un caluroso día a pesar de que aún no estaban en pleno verano. Las chicharras cantaban su monótona canción raspando sus patas. El paisaje estaba completamente amarillo y no había viento, lo que aumentaba la sensación de bochorno. Sin embargo por encima del canto de las cigarras se oía algo.

El entrechocar de los bokken.

Un niño y un adolescente que ya era hombre estaban practicando en el pasto, alejados del dojo Shieikan y de miradas indiscretas. Okita Soujiro ya tenía 7 años de edad y era capaz de sostener un bokken y utilizarlo, sin embargo hasta que cumpliera los 9 años Shusuke no pensaba meterle como alumno del dojo. Por fin el pequeño había conseguido tener el pelo lo suficientemente largo como para poder hacerse una pequeña coleta alta, aunque aún estaba muy lejos de ser como la de Genzaburo. Su acompañante era ni más ni menos que el antiguo Shimazaki Katsuta. El muchacho había sido adoptado por Shuzuke de forma oficial y de esta forma paso a llamarse Kondo Isami. Ya tenía 17 años y era un auténtico maestro del estilo Tennen Rishin Ryu, solo le faltaba dominar el principio secreto.

Desde que se conocieran hacía casi 3 años, habían intimado enormemente. El carácter de Soujiro no cambió y siguió siendo un muchacho alegre e igual de encantador, aunque había aprendido a ser más discreto pues aunque solo tenía 7 años ya no se le podía considerar un niño. Por otro lado Isami había desarrollado su verdadera actitud y su carácter, demostrando ser un líder nato capaz de mantener la calma y de apreciar el potencial de las personas, teniendo la extraña habilidad de sacar el máximo rendimiento a cada uno, pues sabía como motivar a la gente.

Los dos estaban entrenando. El joven Okita le había pedido como favor especial a Isami que lo entrenara. Y Kondo al percatarse del potencial del niño había aceptado encantado. Las lecciones impartidas por Kondo eran pocas y no abarcaban mucho del estilo, pues no consideraba oportuno que siendo tan pequeño el niño tuviera que entrenar tan duro.

-Sou, atácame con todo lo que tienes.

-Hai.

Soujiro se lanzó al ataque. Levantó el bokken por encima de su hombro y en el último momento giró para intentar golpear el hombro izquierdo de Isami, que interpuso su propio bokken. Ambos retrocedieron y una vez más y sin dejar que sus pulmones tomaran aire el joven Okita lanzó una estocada a las piernas de Kondo, obligando a este a recular. Sin embargo no había observado la pequeña piedra que se encontraba justo detrás de su pierna derecha y al retroceder tropezó, causando un desequilibrio que Okita aprovecho para lanzar un golpe directo al estómago.

Su bokken solo golpeó el viento.

Isami había usado las fuerzas creadas por la caída y, usando su mano izquierda se había apoyado en el suelo impulsándose hacía arriba unos tres metros. Lanzó una estocada que pasó al lado del cuello de Soujiro, pero no porque el niño la hubiera evitado.

Kondo derrapó un par de metros por el suelo y reanudo el ataque a la vez que Okita, lanzando ambos un golpe por delante. Okita no pudo alcanzar a Kondo, pero el futuro comandante del Shinsengumi había dado al niño en el estómago, aunque había medido mucho su fuerza para no hacerle demasiado daño.

El pequeño cayó cuan largo era al suelo y en unos momentos recuperó la respiración, ya que el golpe le había vaciado todo el aire de los pulmones.

-Bastante bien-el joven se sentó al lado del chico que aún jadeaba en el suelo.

-No lo suficiente.

-Claro que si, solo tienes 7 años.

-No es una excusa valida.

-Sou, no seas idiota, dudo mucho que haya algún chico de tu edad que pueda igualarte.

-Se que lo hay.

Kondo Isami suspiró con resignación y ayudo al crío a levantarse.

-Volvamos, se hace tarde.

-Hai.

Caminaron en silencio de vuelta a casa. El día se oscurecía por momento mientras el sol se ocultaba por el horizonte. A lo lejos se observaban las luces de la población de Shirakawa, a las afueras de Edo, donde ellos vivían. Cuando ya estaban llegando se encontraron con Genzaburo, que al parecer los estaba esperando. El mayor sabía que los dos entrenaban y no le había dicho nada a Rintaro ni a Shusuke.

Últimamente Rintaro se había empeñado en que Soujiro estudiara, algo que al niño no le hacía demasiada gracia, él quería saber usar la espada, no las palabras. En las últimas clases le estaban enseñando a leer y a escribir, y su rendimiento no era malo, pero tampoco era sobresaliente. Al parecer su hermano no estaba muy seguro de dejarle ser espadachín, se decía que dentro de poco habría un gran conflicto que sacudiría todo Japón, y su hermano mayor preocupado por su seguridad, no quería dejarle ser samurai.

Aunque en el fondo de su corazón Soujiro se alegraba por la dedicación que tenía para con él su hermano adoptivo no podía dejar de quejarse ante aquel comportamiento. Él quería ser un guerrero y lo que le pasara era cosa suya.

-Venid conmigo, hay algo importante que debéis saber-dijo Inoue de repente. Curiosos y expectantes los dos le siguieron, se dirigían al dojo Shieikan.

Soujiro no pudo evitar observar con gran solemnidad el dojo. No tenía nada de especial, solo que era bastante grande y con bastante fama. Ya no quedaban estudiantes en los alrededores y pudieron entrar sin ninguna interrupción.

Kondo era el estudiante número uno del dojo, tal y como vaticinó Inoue le había superado, ya que el futuro capitán del 6 escuadrón era el segundo, y estaba bastante contento ante aquello. Al parecer algo se traía entre manos porque estaba demasiado silencioso.

Por fin llegaron a donde estaba Shusuke. El hombre estaba sentado en medio del tatami sin moverse y con una katana real a su derecha. Había poca iluminación en el lugar, que solo era proporcionada por las velas aromáticas. Aquello extraño mucho a Soujiro, no solían ponerse velas de esas características en los dojos. Inoue les mandó sentarse y ambos lo hicieron. Los 4 permanecían sentados, Shusuke e Inoue muy tranquilos mientras que Kondo y Okita estaban muy nerviosos, aquel fue el momento elegido por Shusuke, cuando la atmósfera estaba más cargada de tensión, cuando habló.

-Hoy he tomado dos decisiones por el futuro del dojo. Seré breve, pues considero que no tiene caso demorar más las cosas.

Todos guardaron silencio esperando lo que diría el maestro. Shusuke tomó aire y habló.

-Okita-kun-semejante formalidad sorprendió a todos, incluso a Inoue, que no se esperaba ese trato.

-H-Hai-el muchacho titubeó, nunca le habían llamado por su apellido personas tan cercanas a él, pero no tardaría en acostumbrarse.

-He estado meditando mucho y he hablado con tu hermano. Finalmente he decidido aceptarte en este dojo de manera formal, sin que necesites las clases particulares y a escondidas de nadie-miró de reojo a Isami que había enrojecido violentamente ante aquello, sin embargo Soujiro estaba demasiado emocionado para pensar en nada más y no lo notó-¿estas de acuerdo Okita-kun?

-¡Por supuesto!-gritó el jovencito con alegría, sacando una pequeña sonrisa a Shusuke.

-Veo que mi puesto como número dos del dojo peligra-bromeó Inoue. Okita solo atinó a mandarle una sonrisa resplandeciente.

-Mi segunda decisión tiene que ver contigo Isami-esta vez si uso el nombre, no tenía sentido llamar a su hijo adoptado por el apellido-he decidido que te conviertas en maestro de este dojo, serás el 4 maestro del Tennen Rishin Ryu.

Okita sonrió contento, Shusuke esperó paciente, Inoue se sonrió travieso y Kondo se quedó con la boca abierta. Después de unos instantes que parecieron horas el joven habló.

-P-pero Shusuke-san, aún no estoy preparado para ser maestro, ni siquiera conozco la técnica final de la disciplina y…-Shusuke levantó una mano mandando callar, el joven Kondo obedeció de inmediato.

-Se que aún no has desarrollado la última técnica, es por eso que yo seguirá de maestro hasta que la domines.

-H-Hai.

Esta vez el muchacho si pudo sentirse dichoso. Con un pequeño movimiento de la mano Shusuke les permitió marcharse. Cuando el frío de la noche los recibió ninguno lo sintió, solo atinaron a abrazarse como hermanos, por fin habían dado un paso importante en sus vidas.

Región de Edo.

Dominio Shirakawa.

9 de agosto de 1851.

Habían pasado unos tres meses desde que Okita Soujiro se había unido al dojo Shieikan, y desde entonces no había hecho más que progresar. Con gran orgullo Kondo Shusuke descubrió, que tal y como había sospechado los años anteriores Soujiro era un auténtico genio.

Sin embargo aquel día ocurriría algo trascendental para la vida de las personas de aquel dojo.

Desde una peña cercana un muchacho observaba el pueblo con ojos fríos. Tendría 16 años, el pelo negro recogido en una coleta alta y unos ojos azules fríos como carámbanos.

Hijikata Toshizo había llegado.

Región de Kanto.

Yokohama.

15 de abril de 1856.

Yokohama era una pequeña ciudad pesquera. O lo había sido. Tres años atrás se la podría haber calificado de esa manera. Una simple ciudad pesquera más.

Ya no lo era.

Desde la abolición del sakoku, el aislamiento de Japón, hacía 2 años Yokohama había evolucionado. Demográficamente había crecido de forma increíble y económicamente estaba sufriendo un gran milagro, su comercio había aumentado una barbaridad desde el tratado de Kanawaga, donde el gobierno Tokugawa abrió sus puertos a los extranjeros.

Solo en Nagasaki se había tenido contacto con los extranjeros, los llamados holandeses de Dejima, que enseñaban tecnología y medicina occidentales.

Ajena a todo esto una niña de 2 años paseaba tranquila por aquel lugar. No era consciente de que todas aquellas cosas serían trascendentales a lo largo de su vida, principalmente las idea occidentales respecto a la mujer. De momento solo pensaba en correr y jugar.

La pequeña tenía el pelo y los ojos de un castaño muy bonito, como con reflejos de magenta, algo verdaderamente muy extraño. Era guapísima, se podía ver, y su piel era blanca y suave a pesar de vivir en la calle, era bastante obvio que cuando creciera iba a ser una mujer de increíble belleza. Después de ir saltando y brincando la niña llegó a su casa.

Tenía 3 hermanos y 2 hermanas. Los chicos tenían 12, 8 y 5 años, mientras que las niñas eran de 10 y 7 años. La pequeña nena era la más pequeña. Nunca recordaría ni los rostros de sus hermanos ni como se llamaban. Vio como su padre estaba hablando con un hombre corpulento que no le gustaba nada. Después de un buen rato el hombre le dio una bolsa de monedas a su padre y ambos se giraron hacía ella.

-Yumi-chan, vas a irte con Riste-dono ¿vale?

-¿No venís conmigo papa?-la niña parpadeo con dulzura y el llamado Riste asintió con aprobación.

-No podemos, pero algún día iremos, no te preocupes.

-Vale, pues hasta luego entonces.

La niña fue cogida en brazos por el otro hombre sin ser consciente de su destino. La niña sorprendentemente no había puesto pegas, pero no era de extrañar, apenas tenía nada que comer con su familia y no se llevaba bien con sus hermanos ni hermanas. Ellos siempre se metían con ellas y sus hermanas, sumisas no les decían nada, eso era algo que a Yumi la sentaba muy mal. Tomaban ejemplo de su padre que siempre golpeaba a su madre. Yumi le odiaba.

-¿A donde vamos Riste-san?

-A una nueva casa Yumi-chan, una casa de verdad no ese tugurio.

-¿Allí los hombres no pegan a las mujeres?

-Salvo en raras ocasiones no.

-Riste-san, ¿usted me pegara o dejarán que me peguen?

-No Yumi-chan, se que eres una buena chica.

-Arigato.

Y así, contenta y felicidad Komagata Yumi abandonó aquella vida que odiaba para sumergirse en un mundo completamente distinto.

Región de Kyoto.

Casa de Hiko Seijuro.

13 de febrero de 1857.

Kenshin observaba fascinado como la fina nieve caía sobre la cada vez más gruesa capa. Shisou había bajado a Kyoto a comprar más sake, que ya se le estaba acabando y le había dejado allí, diciendo que un baka deshi como él no podría acompañarlo a través de la nieve o no se que historias.

"A shisou no le hace falta el sake para ponerse borracho"

Pensó con humor negro el pequeño pelirrojo. Llevaba cerca de medio año conviviendo con el gigante y Kenshin le había tomado mucho cariño, además había visto que su maestro estaba loco, se pasaba el día diciendo cosas de que él era el hombre más guapo y sexy del mundo y otras tonterías varias. Anda que no tenía ego ni nada. Pero eso al niño le daba igual porque se sentía querido y protegido, además Hiko como prometió le estaba ayudando a proteger la vida que debía a aquellas tres hermanas.

El pequeño Himura estaba aprendiendo a usar el Hiten Mitsurugi Ryu, una técnica ancestral de la espada diseñada para matar a varios enemigos en un instante mediante la velocidad divina, claro que él era un tanto torpe.

La filosofía del Hiten Mitsurugi Ryu se amoldaba perfectamente a los sentimientos de Kenshin, una espada al servicio de los demás, una espada para proteger a los más débiles y desfavorecidos.

La nieve seguía cayendo como si nada, pero Kenshin vio algo que le llamaba más la atención. La figura de su maestro acababa de salir de los arbustos en los que se encontraba y caminaba imponente hacía la casa con el sake a la espalda.

-¡Shisou!-el niño salió alegremente de la casa saludando al maestro, que le dio un jarronzazo en la cabeza, haciendo que las espirales salieran en sus ojos.

-No grites baka deshi, estropearás mis lindos oídos y no podré escuchar como las chicas suspiran por mí.

Una gran gota de incredulidad salió en la nuca de Kenshin.

"Esta peor de lo que pensaba"

-Pero si vives como un ermitaño Shisou, solo las ranas pueden suspirar por ti.

-Las ranas croan no suspiran mentecato-dijo el maestro con un tic en la ceja.

-Soy un mentecato porque no me enseñas nada Shisou.

-¿Con que no te enseño nada ee? Coge ahora mismo tú katana, que vamos a entrenar.

-¡Nani! Shisou, que hace mucho frío hombre.

Por toda respuesta Kenshin recibió otro capón por parte de Hiko, que le hizo un buen chichón mientras el maestro dejaba su sake y cogía la katana de él y la de Kenshin. Le tiró al niño la suya, que se tuvo que levantar rápidamente para evitar que el acero cayera al suelo. Con cara de circunstancias Kenshin salió detrás de su maestro a entrenar a la nieve, se iba a morir de frío.

"Que hice yo para merecer esto"

Lloraba el niño. Arrastrando los pies por la nieve llegó junto a su maestro a donde solían entrenar.

-Bien baka deshi, atácame con todo lo que tengas.

El maestro se puso en guardia, pero Kenshin no atacaba, y así pasaron varios minutos mientras el malestar de Hiko aumentaba. Finalmente con un gran tic en la ceja derecho gritó.

-¡Baka deshi, te he dicho que…!-recibió en pleno rostro un gran bolazo de nieve. Al principio no sabía que era aquello. ¿Le atacaban los espíritus o algo así? Su respuesta fue contestada cuando escuchó las carcajadas del niño mientras las lágrimas salían libres de sus mejillas de pura risa.

-¡Tendría que haber visto la cara que ha puesto Shisou!-un nuevo ataque de risa hizo temblar el cuerpo del niño que señalaba a su maestro con un dedo acusador. Los dos ojos del maestro se llenaron de llamas infernales. ¿Con que eso quería aquel baka deshi? ¡Pues él, Hiko Seijuro le daría batalla! Con rapidez hizo una gran bola de nieve que sujeto por encima de su cabeza. Kenshin empezó a temblar de miedo, los ojos de su maestro eran dos llamas y su boca y nariz echaban humo.

-¿Quieres que veamos la cara que pones tú baka deshi?-con gesto maniaco Hiko levantó aún más la bola mientras Kenshin lloraba asustado-Vas a sufrir mi ira divina y…

Hiko no pudo acabar la frase.

La gran bola de nieve había caído sobre su cabeza, enterrándolo en el proceso. El maestro no la había aplastado lo suficiente y la nieve no había estado lo suficientemente compacta. Una gran gota de sudor salió en la nuca de Kenshin. De repente la cabeza de su maestro asomó fuera del montón con un gran número de nieve en la cabeza. El pequeño Himura quedó unos momentos en shock y….

-¡JAJAJAJAJAJAJA!-el muchacho volvía a reír mientras caía al suelo agarrándose el estómago, su maestro parecía un gordo hombre de nieve con un cono blanco en la cabeza. Ante este pensamiento volvió a estallar en más y más carcajadas.

-Vas a morir…-Siseó un Hiko muy pero que muy cabreado. Esta vez no cayó en el mismo error e hizo una bola que cabía en su mano y mucho más compacta-¡Hasta nunca baka deshi!-gritó a pleno pulmón mientras lanzaba la bola a la cara de Kenshin…error.

Hiko tenía tan mala puntería lanzando proyectiles que la bola se estrelló con las ramas de un árbol que a su vez estaba conectado a un árbol cercano al de Hiko. Total, que como todos los árboles estaban interconectados y Hiko había lanzado con tanta fuerza la onda expansiva llegó al árbol bajo el que estaba Hiko y…

-¡JAJAJAJAJAJAJAJAJA!-Kenshin no pudo evitar volver a reír cuando toda esa nieve caía sobre Hiko que puso cara de miedo ante la que se le venía encima. Volvió a ser sepultado por la nieve. Pero esta vez el maestro salió como un tigre enfurecido a por Kenshin dispuesto a ahogarlo. Kenshin pensó que el yeti o alguna criatura de esas había tomado posesión sobre el cuerpo de su maestro y…le lanzó una bola a las partes más íntimas de los hombres con certera puntería. Hiko cayó redondo al suelo agarrándose como podía los cataplines.

-Estoy muerto.

-¡JAJAJAJAJAJAJAJAJA! ¡ANIMO SHISOU, USTED PUEDE!-una venita salió en la nuca de Hiko y se lanzó como un perro furibundo a por su alumno que reía como un poseso mientras corría por todos lados con Hiko…con un Hiko sonriendo feliz de que Kenshin hubiera recuperado la sonrisa. El maestro pensó con alegría que todas sus payasadas habían servido para alegrar la vida de un chico muy importante para él.

Región de Aizu.

Aldea Kawamata. Mansión privada de Takagi Kaito.

2 de diciembre de 1850.

Era diciembre, uno de los meses más fríos y duros del año. Sin embargo en él se podían apreciar paisajes de gran belleza que te encogían el corazón. El agua del río estaba congelada, brillando ante los tenues y tímidos rayos del sol de mediodía, que solo servían para darle al lugar un aire angelical. La corriente estaba totalmente paralizada, como si fuera una fotografía perfectamente tomada pero en tres dimensiones, permitiendo observar los más maravillosos e insospechados detalles. La pequeña cascada se encontraba en las mismas condiciones que el resto de su elemento, brillando con luz propia con multitud de destellos de luz que hacían las delicias de cualquier espectador. Los saltos de agua se observaban a la perfección, igual que la piedra negra del fondo que producía una curiosa perspectiva cuando se miraba casi a ras de suelo, simplificando la luz y las tinieblas en un mundo que brillaba, el primero con alegría, el segundo con misterio.

Los árboles sin hojas estaban completamente cubiertos de nieve blanca y pura, que cuando había excedentes o algún movimiento en las ramas caía al suelo haciendo un agradable crujido. El campo había sido conquistado de igual manera por la nieve, dando la sensación de ser un páramo blanco y visto de lejos, un campo de rosas blancas demasiado juntas y abiertas a la luz del mundo.

Un suave viento helado soplaba en el lugar, ese típico viento que entumece los dedos de los pies, te deja la nariz y las mejillas rojas y te hace expirar vapor blanco por la boca, pero que sorprendentemente no te es incómodo y solo te hace sentirte más a gusto con su leve caricia, que despierta todos los sentidos y te hace disfrutar más de la vida.

Sobre una roca oscura, que milagrosamente no tenía capa de hielo, se encontraba un niño de 6 años observando maravillado aquel espectáculo con sus profundos y extraños ojos dorados.

Yamaguchi Hajime había salido aquella mañana a dar una vuelta puesto que hoy no tenía obligaciones en la mansión del daimyo Takagi. El niño después de recuperarse había sido asignado bajo la tarea de ayudante del jardinero, y en ocasiones limpiaba o recogía alguna habitación, aunque era pocas veces. Visto lo visto no tenía mucho que hacer pues todas las plantas estaban bajo los efectos de la nieve y por tanto no podía ni podarlas, regarlas o abonarlas como debería hacer un jardinero. El muchacho estaba contento con el trabajo que se le había asignado. Su padre antes de morir le había enseñado como tratar las pieles para crear cuero duro y flexible, pero a Hajime le gustaba más cuidar de las plantas y verlas crecer.

Dado que hacía frío llevaba una camiseta de algodón interior bajo el gi de invierno, que era también de color blanco, un hakama con doble forro en las piernas para no pasar frío de color azul cielo. Sobre él unas polainas de cuero negro, evitando así que sus pies y gemelos se congelaran o se mojaran al ser el cuero impermeable, pudiendo caminar con tranquilidad en la intemperie, mientras que en las manos llevaba unos guantes azul oscuro cortados a la altura de la falange proximal, enganchados a unas protecciones para el antebrazo, lo que le daba gran movilidad.

El muchacho llevaba un rato reflexionando sobre su vida. Después de haber enterrado los cadáveres de su pueblo natal el chico no tenía a donde ir, y menos mal que el padre de Tokio les había ofrecido comida y techo a cambio de que trabajaran para él. Al principio el niño temió que los fuera a explotar al no tener donde ir, pero aunque exigente, Takagi Kaito no abusaba y no pedía más de lo que ellos podían hacer, además de darles bien de comer, de vestir y con un buen techo y una cama confortable.

Era un gran hombre y había sido muy amable con ellos, el muchacho sabía que estaría agradecido a ese hombre toda su vida.

Después de soltar un cansado suspiro el muchacho decidió volver, tal vez en la casa necesitaban ayuda de cualquier índole, en cualquier caso al muchacho no le importaba. Había descubierto que era un negado en cuanto a cocinar y preparar las verduras, al igual que cualquier tipo de pasta, pero tenía un verdadero don para hacer el pescado a la brasa y el arroz, que siempre le quedaban de rechupete. Claro que antes de descubrir eso había estado a punto de incendiar la cocina. Había sido un episodio bastante cómico que prefería no recordar, menos mal que no ocurrió nada grave. Por otro lado a cortar la carne y el pescado y limpiarlo todo se le daba muy bien, estaba hecho un manitas con los cuchillos.

El chiquillo también ayudaba a hacer la colada, aunque generalmente era dándole el canasto de ropa lavada a las encargadas de tenderla. Tenderla no podía porque aún era demasiado bajito y en cuanto a lavar…pues aunque lo hacía sin quejas le era un poco desagradable, no porque fuera un "trabajo de mujeres" si no porque se le quedaban los deditos arrugados y era un verdadero incordio.

En alguna ocasión le había tocado limpiar el suelo del dojo antes de que Hayashi, el maestro de kendo, que por cierto era muy estricto, empezara sus clases con los alumnos. Casi todos sus alumnos eran muchachos que estaban de paso, pues sus padres también eran nobles que había ido a visitar al daimyo del lugar por las más variadas y dispares razones, desde tratados comerciales a simplemente gorronear comida unos días. Aquellos niños no eran alumnos verdaderos, y a pesar de todo era sabido por todos que Genyursai decía que ninguno valía nada, al igual que los hijos de los burgueses que eran los otros pocos con derecho a coger el shinai en el dojo. Nadie sabía que tipo de alumno buscaba el viejo maestro, lo único cierto es que todavía no le había transmitido sus conocimientos a ningún alumno, solo había enseñado algunas posturas básicas, pero nada más. El hombre conocía y era maestro de dos estilos únicos e increíbles de lucha. El primero de ellos era el Itto ryu, un estilo que databa de finales de 1500, por lo que era uno de esos estilos arcaicos y peligrosos, sin embargo este estilo se había dado a conocer y era bastante famoso en Japón, aunque era muy difícil encontrar un maestro. Este estilo se basaba en la fuerza espiritual, que dividía en tres categorías, Shin, el espíritu del corazón, kin, la energía interior y Ryoku, la energía del cuerpo.

El principio fundamental de este estilo de lucha era el Uchikachi, lo que significaba ataque y defensa en un solo movimiento, era por tanto, un estilo de sumo equilibrio espiritual y corporal que permitía al luchador controlar su cuerpo y su mente hasta su máximo potencial.

El otro estilo dominado por Hayashi era mucho menos conocido, el Mugai ryu. Su nombre original era Mugai Jikiden Kenpo y combinaba kenjutsu, iaijutsu y un extraño pero efectivo kenpo, diferente al de los ninjas ya que estaba adaptado a los samurais pero era igual de mortífero. Tenía dos corrientes, uno proveniente de Edo y otro llamado el linaje de Himeji. El primero se rumoreaba que había desaparecido por completo y era el más ofensivo y mortífero, pero algo le decía a Hajime que su maestro dominaba esa corriente, o ambas.

El muchacho había escuchado que su fundador era un alumno de un monje Zen. A la disciplina Zen también se la podía considerar, budismo Mahāyāna, y se había desarrollado en Japón aunque su origen venía de la India. Además de eso lo único que sabía el chico era que en China a la disciplina Zen se la llamaba Chán.

"Soy un cateto, no se nada de nada"

Su mirada dorada reflejaba un tremendo fastidio ante aquella revelación que acababa de comprender después de estar con la cabeza en las nubes. Decidió que tendría que aprender a leer y escribir, aunque no sabía como podría conseguirlo, sólo era el hijo de unos comerciantes cualquiera, no podía aspirar a tanto. Pero los retos iban con él y era demasiado inteligente y tozudo como para ceder ante las tradiciones. Él aprendería a leer y a escribir y entonces podría empezar a estudiar la cultura e historia de otras naciones, y los estilos de lucha. No sabía porque pero le llamaban la atención de sobremanera.

"Lo conseguiré, lo juro"

Con esa convicción el chico echó a andar en dirección a la mansión del daimyo, pensando con su aguda mente todo tipo de estrategias para poder aprender y conseguir un maestro, estaba seguro de que era difícil y que tardaría, pues los kanji eran bastante complicados, pero le daba lo mismo porque iba a conseguirlo, aunque fuese solo. De pronto una bombilla en su cerebro se iluminó.

"Tokio"

Claro, la niña ya sabía leer y escribir bastante bien, sobre todo para la edad que tenía. Tal vez pudiera pedírselo a ella, esperaba que le ayudara, porque no veía muchas esperanzas. Además la muchacha también sabía hablar y escribir chino, pero aquello no igualaba ni de lejos a un secreto que había descubierto unas semanas atrás. Tokio sabía escribir al estilo occidental y encima sabía hablar más o menos inglés y holandés. Pero aquello era un secreto, y su padre no quería que nadie supiera aquello, ya que él tenía buenas relaciones, aunque fueran ocultas, con los pocos extranjeros que había en Japón.

Esa era una de las razones por las que Leeron estaba a su servicio. Había sido él quién había enseñado todo aquello a Tokio, ya que el joven ninja se había criado en Shangai, donde conoció a unos ingleses mercaderes, que le enseñaron su idioma y el holandés.

"Tal vez Leeron estaría dispuesto a enseñarme, es muy buena persona"

Hajime no sentía ninguna vergüenza en admitir que había cogido un cariño tremendo a los habitantes de aquel lugar. Kaito había lavado con sangre el honor de su pueblo y los había acogido a él y a su hermana, Manami, su mujer, se estaba encargando de que Hina recibiera educación junto con otras muchachas de más alta estirpe, enseñándola a cantar y tocar instrumentos entre otras cosas. Hiroto, el gigante bonachón, siempre estaba dispuesto a echarle una mano, Leeron siempre estaba pendiente de que nada les faltara a él y a Hina y además le había salvado la vida gracias a sus cuidados médicos. Honoka, la dama de compañía de Tokio siempre le daba más comida de la establecida con un guiño de ojos, hasta Hayashi le caía bien porque le regañaba cuando hacía algo mal y Tokio…

Tokio era la mejor de todos, siempre le sonreía y le hablaba como si fueran totalmente iguales, siempre le comprendía y le ayudaba en todo lo que podía, nunca le miraba por encima del hombro y era la única persona que le había visto a punto de llorar por los sucesos de aquella noche en que se conocieron.

No podía evitar echar de menos a sus padres, los dos habían muerto para protegerlos a él y a Hina de aquellos maleantes. Con la muerte de sus padres la responsabilidad había hecho presa de él y el pequeño muchacho aún se encontraba mareado, el mundo le estaba obligando a madurar muy pronto, aunque eso le salvara la vida más adelante el niño no era consciente de ello, y por tanto todos esos temas para él eran un rollo.

Sin darse cuenta ya se encontraba frente a la mansión. Aunque en un principio iba con intenciones de ayudar desistió, y en vez de ir a comer con los demás fue directamente a su cuarto. La casa era muy grande, con la capacidad de tener albergadas en su seno a unas 40 personas con comodidad. Era la residencia de verano del daimyo, pues normalmente el resto del año lo pasaba en la corte de uno de los daimyos más importantes de Japón, Matsudaira Katamori, señor de Aizu. Sin embargo Takagi había preferido permanecer ese año en su residencia particular, nadie sabía porque.

El chiquillo llegó a su cuarto. Era pequeño y lo compartía con su hermana, pero tenían espacio de sobra para extender los futones y dormir cómodamente. Lo cierto es que aquel cuarto era más grande que el que tenía en su aldea natal, lo que marcaba claramente las diferencias sociales, sin embargo al chico no le preocupaban, si todos eran como la familia Takagi eso los convertía en buena gente.

Extendió el futón y se quedó ahí tirado durante varias horas sin apenas moverse, bastante triste y taciturno por los desagradables pensamientos que le llegaban a la mente, el olor del humo, el calor del fuego, los gritos de desesperación…y las carcajadas de los atacantes.

OoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOFlashbackOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoO

Región de Aizu.

Aldea Hanawa.

26 de julio de 1850.

Parecía un día más en la simple y tranquila vida de la aldea de Hanawa. Los campesinos empezaban a recoger las primeras cosechas de la temporada para poder plantar cara al frío invierno.

La familia Yamaguchi era una de las más ricas de la pequeña aldea, lo que no era un gran logro, pero era algo. Eran "Shokunin", artesanos, por lo que tenían derecho a un apellido, y aunque era de los más vulgares también era muy importante en aquella época tenerlo, te abría muchas posibilidades. Yusuke, el cabeza de familia, se encontraba preparando mantos, correas, zapatos, ropas y cualquier otro utensilio que pudiera hacerse con cuero, pues era curtidor. Cuando su primogénito nació los Yamaguchi decidieron quedarse allí, pues eran nativos de Edo.

Después su segunda hija nació y no tenían intenciones de tener más hijos. El varón heredaría el trabajo de su padre, la niña se casaría con alguien capaz de mantenerla, eso creían sus padres, pero lo cierto es que ninguno de los dos críos llegó a tales cosas.

Cayó la tarde y cuando el sol empezaba a ocultarse demostró que sus rayos eran rojos.

"Eso significa que se va a derramar sangre en la noche"

Eso solía decir Yusuke. Para desgracia de todos no se equivocaba.

Hajime se encontraba en un acantilado cercano al pueblo observando la puesta de sol. Su pelo negro estaba alborotado, pues aunque no era nada incómodo ni frío hacía viento. El niño tenía una mirada relajada. Su pierna izquierda pendía del acantilado, totalmente inmóvil, mientras que la derecha estaba flexionada contra el pecho del niño, que tenía el codo derecho apoyado en esa rodilla, dejando el brazo en un ángulo de noventa grados. Su barbilla estaba apoyada en el brazo, mientras que su otra mano estaba apoyada completamente abierta en el suelo, dándole un punto de apoyo.

Sus ojos dorados brillaban de forma sobrenatural ante el resplandeciente sol rojizo. El muchacho miraba con gran fijeza el horizonte escarlata, sumido completamente en sus pensamientos mientras su pelo se movía salvaje hacía atrás, dándole un aspecto de muchacho serio.

El sol fue tapado por el horizonte, pero el chico no se movió. La luna ya tomaba fuerza en el firmamento, ese orbe plateado totalmente redondo, suspendido en un manto de estrellas. Era una luna que despierta tus instintos más primitivos, y el muchacho notaba como su pulso se aceleraba de pura excitación, como si fuera un depredador a punto de cazar a su presa, como si fuera un lobo.

Sin embargo aquellos pensamientos dejaron de tener sentido cuando oyó los gritos. Una gran cantidad de gritos y risas venían desde la aldea. Al principio no les dio mucha importancia, los del pueblo eran muy chácharacheros y seguro que en ese momento habían liado alguna. Hasta que olió el humo.

Venía del pueblo.

Y los gritos eran de horror, no de alegría.

Con una velocidad que no era normal a su edad se levantó de un salto y salió corriendo en aquella dirección. Llegó al borde del terraplén, desde donde podía verse perfectamente todo el panorama. Sus ojos se abrieron de espanto.

La puesta de sol.

Era exactamente igual. El mismo color rojo, el mismo calor, la misma sensación. Un fuego enorme igual que el astro mayor. Solo que esta vez el color rojo no provenía de los rayos del sol, si no de la sangre de sus habitantes. El calor no procedía de una esfera de fuego incandescente a miles de kilómetros de distancia, provenía de su hogar. La sensación de infierno era la misma, pero antes se notaba muy lejana e irreal, ahora era completamente real.

Bajó a toda velocidad la cuesta, directo a su casa. Por el camino vio a hombres vestidos al estilo samurai matando mujeres y niños, no, no eran simples mujeres y niños, eran sus vecinas y sus compañeros de juegos. Con lágrimas en los ojos siguió corriendo todo lo que le permitían sus pequeñas piernas. El hollín se le metía en los ojos y escocia, pero nada tenía que ver con el dolor que aquellos gritos estaban haciendo en sus oídos y su cabeza, no podía soportarlo.

Llegó a su casa, aún no la habían atacado pero estaba cercada por un océano de llamas. Entró y su padre estuvo a punto de matarle con un cuchillo pensando que era uno de aquellos desalmados.

-¡Hajime!-el hombre le abrazó fuertemente mientras el niño notaba los gritos de su madre y su hermana detrás. Un terrible alarido le devolvió a la realidad. Al girar la cabeza vio como aquellos seres desgraciados acababan de matar a la señora Hoisy, una anciana muy amable que siempre les daba pastas para el te a él y a su hermana. Una Katana sobresalía de su pecho, manchada con la sangre de la anciana. Su última mirada fue dirigida a él. Los ojos de ella se llenaron de lágrimas e intentó levantar el brazo, como intentando alcanzarle. Una segunda katana hizo impacto, levantando una lluvia de sangre y acabando de un solo soplo la vida de aquella mujer.

-¡No mires!-no supo de quién era la voz. Lo único que sabía es que no podía apartar los ojos de aquellos vacíos y sin vida, simplemente no podía. Notó como su padre lo tiraba al suelo y cerraba la puerta de un portazo, atrancándola.

Su madre le cogió en brazos, apoyándole fuertemente contra su pecho. El niño salió de su ensoñación cuando algo cayó sobre su frente. Era agua, no, no era agua…eran lágrimas. Levantó su mirada ámbar, encontrándose con los ojos de su madre llenos de dolor y lágrimas. Pero no eran dolor por la casa perdida, ni siquiera por ella o por su marido, eran por sus hijos, notaba que los perdía. El alma del niño se le cayó a los pies mientras la desesperación hacía posesión de su cuerpo.

Si tan solo fuera más fuerte podría luchar y acabar con esos cabrones.

Si tan solo pudiera protegerla, decirla que todos estarían bien, que aunque fuera un niño él lo sabía y que no tenía porque preocuparse, porque él estaba allí.

Si tan solo pudiera destruir el mal aquello no estaría pasando.

-¡YUSUKEEEEEEEEEEEEEEEEEEE!

Aquel gritó, aquel lamento le heló la sangre, era de su madre y aquello le dolía más.

Giró la cabeza, separándola de su pecho para poder ver. Como a cámara lenta su padre caía, atravesado totalmente por la mitad, con toda la sangre volando a su alrededor, manchando las paredes y a todos los presentes. Al sentir el líquido carmesí los hombres sonrieron con aquel infierno de fuego detrás de ellos. Eran demonios, eran siervos del mal, sucia escoria que mataba por avaricia. No pudo verlos otra vez. Su madre le había arrastrado con ella. Él no sabía que hacer, su cuerpo no se movía, no respondía. Quería hacer algo, gritar, luchar, llorar. Pero nada hacía.

NADA

Su madre se encerró con la niña sollozante y el niño mudo en una habitación totalmente negra. Por fin pareció que su cerebro funcionaba, estaban en la parte trasera de la casa. En aquel pequeño cuarto había una diminuta salida que su padre había decidido tapar con clavos y demás objetos punzantes para evitar que los ladrones pudieran entrar por ahí. Su madre atrancó la puerta y se giró vislumbrando la pequeña salida con una extraña mirada de decisión y serenidad. Hajime ya sabía lo que iba a hacer.

"NO LO HAGAS MAMA"

Esas palabras nunca salieron de su boca, fue una súplica muda dirigida a su madre, que por toda respuesta sonrió. Esa sonrisa que comprendes que es una despedida, que vas a morir, pero que inexplicablemente es pura felicidad, porque sabes que aunque tú mueras personas que para ti son más importantes que tu vida vivirán. Y aquel era un pensamiento alentador.

Con rapidez su madre empezó a quitar los cuchillos mellados, los clavos, todo lo que cubría aquella salida a la libertad. Sus manos se llenaron de su propia sangre, igual que su hermoso rostro que a pesar de las heridas no mostraba dolor, su paz de espíritu era demasiado fuerte. Grandes golpes se oyeron al otro lado de la puerta, estaban intentando derribarla. La mujer redobló sus esfuerzos y por fin la salida estaba despejada.

El niño sintió deseos de llorar. Por ahí ella no podía escapar, no con las manos en ese estado, no con tan poco tiempo. Su madre se giró hacía su hermana, cogiéndola con suma delicadeza y poniéndola en brazos del niño, que tenía los ojos anegados de lágrimas. Ella le dio un abrazo y con un dedo sangriento limpió las lágrimas que resbalaban por las mejillas del niño, dejando un abundante rastro de sangre.

-Cuida de tu hermana.

-Mamá…por favor…por favor-nuevas lágrimas asolaron su rostro, la puerta estaba a punto de ceder.

-No mires atrás, solo vive, algún día podrás plantarle cara a tus miedos y vencerlos, ahora solo eres un niño.

-Mamá…no…

-Te quiero hijo.

Los siguientes segundos fueron confusos. Su madre le agarró de la ropa, empujándolos a él y a Hina fuera del infierno que era su casa a la vez que la puerta se abría. Lo último que vio Hajime antes de echar a correr fueron los ojos contentos de su madre y su dulce sonrisa.

El acero cortó el viento y acabó con otra vida.

-¡Hajime! ¡Hajime despierta!

OoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOFin FlashbackOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoO

Yamaguchi Hajime se levantó como un resorte de su cama, con los ojos llenos de lágrimas. Tokio le miraba llena de miedo y preocupación por él, podía leerlo en esos ojos verdes. No aguantó más. Se abrazó fuertemente a ella y lloró como el niño que era, como nunca lloró en su vida. Ella correspondió al abrazo y así se quedaron. Los dos arrodillados, ella acariciando el suave pelo de él e intentando consolarle, él desahogándose, sin ser capaz de parar de llorar. No supo cuanto tiempo estuvieron en esa posición, pero poco a poco él se fue calmando. Finalmente él se quedó dormido en los brazos de la niña, que no dejó de acariciar su cabeza hasta que escuchó algo que hizo que sus ojos se llenaran de lágrimas.

-Arigato, Tokio.

Región de Aizu.

Aldea Kawamata. Mansión privada de Takagi Kaito.

12 de febrero de 1852.

Yamaguchi Hajime tenía casi 8 años de edad. El niño de ojos dorados no era consciente de que aquel iba a ser un día muy importante en su vida, de hecho sería el día cero en su vida como espadachín y arte marcialista.

Todo era normal aquella mañana de febrero. Milagrosamente la nieve había desaparecido, pues aquel invierno estaba siendo bastante caluroso. Los pajarillos cantaban en las ramas, saltando de un lado a otro. Parecía que la naturaleza estaba decidida aquel día a acariciar con su música los oídos humanos.

Hajime se estaba esmerando particularmente en unos árboles de sakura, que empezaban a cobrar vida después del invierno. El jardinero poco más podía enseñarle ya, así que, aunque oficialmente era su alumno ya se encargaba él mismo de los trabajos que hacer. El pequeño tenía ganas de que florecieran, no sabía porque pero aquellos árboles siempre le recordaban a Tokio. Eran rosados cuando la vida volvía a salir a borbotones por todas partes, el resto del año tenían un saludable color verde y en invierno parecían palos, como si las pérdidas los sumieran en la depresión, eran unos árboles fascinantes.

Aquel día el padre de Tokio marcharía a Aizu, pero no llevaba con él ni a su esposa ni a su hija, ellas debían quedarse aquí. Por suerte ninguno de sus amigos iba con el sequito, así que solo echaría de menos al padre de Tokio. Había sido convocado para una reunión importante por Matsudaira Katamori y rápidamente acudiría a la llamada de su señor.

Sin embargo nadie sabía que la partida del señor de aquella región tendría que esperar por culpa de un niño que en aquellos momentos cuidaba alegremente de las sakuras, y por supuesto el niño tampoco lo sabía.

Después del "incidente" que tuvo, en el que abrazó a Tokio de esa forma y tuvo la pesadilla el muchacho se sentía mucho mejor. Solía visitar las ruinas de Hanawa una vez cada dos meses y aunque sentía tristeza ya no tenía tantos remordimientos ante aquello, nunca podría perdonarse el haber sido tan débil, pero aceptaba que era un niño y que no había podido hacer nada, y aunque aquello no era una excusa era la pura verdad.

Desde aquel día había empezado a intentar aprender a leer y escribir en secreto e incluso había espiado a Tokio mientras daba clases para poder ver los kanjis que tenían relación con las palabras. Un día la niña lo había pillado y había intentado perseguirle para darle un buen golpe, gritando cosas como pervertido, salido y niño psicópata. Por dios, ¡si habían corrido por toda la comarca! Él estaba hecho polvo y las fuerzas de Tokio aumentaban por momentos, al final la niña le había cazado y le había dado un golpe que le hizo ver las estrellas.

Cuando le contó la verdad de porque la espiaba ella se había echado a reír y le había dado otro golpe llamándole idiota. Nunca comprendería a las mujeres, pero bueno, al menos Tokio se había ofrecido a enseñarle y el muchacho ya sabía leer y escribir. Además había hablado con Leeron y este había aceptado encantado a darle clases junto con Tokio.

Se pasaba el día picándole, porque lógicamente ella sabía más que él, y entre comentarios sarcásticos, golpes y lanzamiento de tinteros había aprendido a hablar chino y más o menos sabía escribirlo. Y claro, Leeron que se emocionaba muy rápido había empezado a enseñarle el alfabeto extranjero y estaba encantado de tener dos alumnos tan competitivos. Porque si, los dos niños se habían picado y estaban todo el rato compitiendo para ver quién escribía o leía mejor…eran un caso.

-¡Listo!-gritó Hajime con alegría. Ahora podría irse a desayunar tranquilamente y luego dar las clases de chino.

Como es lógico había tenido que amoldar su horario a las clases, así que se levantaba más temprano para hacer todo el trabajo de la mañana antes del desayuno y así poder estudiar después. La tarde siempre la tenía completa con recados de todo tipo, no solo de jardinería, así que acababa el día baldado, por lo que se acostaba pronto, y eso había propiciado que el muchacho fuera tan aplicado y responsable en sus tareas.

Se desperezó un poco y fue al comedor, que ya estaba rebosante de gente por el viaje. La mayoría de los samuráis del séquito de Takagi irían con él a Aizu, mientras que unos pocos se quedarían en la mansión. Aquel era el último año de paz en Japón, el incidente de los barcos negros sería un año después, y todos hacían una vida completamente normal. Después del desayuno, compuesto por un bol de arroz y unas verduras fue a buscar a Hina.

Su hermana estaba de ayudante en la cocina aunque también solía limpiar los cuartos de los huéspedes. En la cocina solo se encargaba de llevar las cosas donde fueran necesarias y de limpiar los platos, pues aún era demasiado pequeña para pensar en cocinar.

El chiquillo iba tatareando una canción que había cantado una joven maiko el día anterior y que le había gustado mucho. Sin embargo su felicidad y tranquilidad se vieron destruidas por los gritos de alguien.

Eran los de su hermana.

Con la masacre de su pueblo aún en la mente Hajime echó a correr buscando a su hermana con desesperación. Cuando la vio no pudo soltar un suspiro de alivio, solo estaba llorando. Pero cuando giró completamente quedando de cara a ella en el pasillo vio que no estaba sola. Había dos chicos mayores con ella.

El más joven tenía 13 años, era hijo de un comerciante rico de la región. Se creía muy fuerte ya que practicaba artes marciales y no lo hacía mal. Tenía el cabello castaño recogido en una coleta alta y unos ojos oscuros con un tono bravucón. A Hajime no le caía nada bien desde que le vio. Solo causaba problemas.

El mayor tenía 14 años, era alto y atlético y dominaba el kenjustu, no era un hacha, pero era mejor que el otro muchacho. Tenía cara de cerdo y una mirada maligna en el rostro. Llevaba el pelo totalmente afeitado salvo una coleta alta en la parte posterior de la cabeza, el peinado más antiguo de los samurais. Su padre era un aristócrata acomodado de la región de Kanto.

Hajime no sabía como se llamaban ni le importaba, eran dos idiotas creídos que se irían hoy para Aizu, lo que no entendía es que hacía Hina en todo aquello.

-¡Hina!-llamó el chico con tranquilidad. Los tres se giraron a verle ya que ninguno había captado su presencia. Ellos con altanería y su hermanita con los ojos llorosos. Sintió deseos de partirles la cara-¿Qué ha pasado?

La niña intentó ir con su hermano, pero el mayor la agarró del pelo y la tiró al suelo, impidiendo que avanzara. Al ver que el chiquillo de ojos dorados estaba a punto de iniciar una pelea el mayor dijo con socarronería.

-Tranquilo chaval. Solo nos estábamos divirtiendo un poco. ¿Es muy agradable pegarle a las chicas no crees? Sobre todo cuando empiezan a llorar. Tú también estas invitado a hacerlo, podemos compartirla-una sonrisa cruel alumbraba su rostro. Hajime estaba temblando de rabia.

-Es mi hermana-lo dijo casi como un gruñido. La sonrisa de los otros dos se amplio.

-¿Y que más da? Para ser un hombre debes golpear a las mujeres, son escoria que solo sirve para preparar la comida, limpiar y dar placer, son animales.

-Lo que importa no es el sexo de la persona, si no la persona en si misma-Hajime había siseado de forma peligrosa aquello. Los dos notaron que su mirada se estaba volviendo más hostil por momentos.

-Tienes razón, tú eres tan cobarde como una puta. Voy a darte una paliza que no olvidarás criajo de mierda.

Justo cuando los tres estaban a punto de lanzarse a soltar golpes apareció el daimyo con gesto severo, lo había escuchado todo. Y no iba solo, iba con los padres de los chicos.

-¿Qué creéis que estáis haciendo?-dijo con tono inquisidor Takagi entrecerrando los ojos. No le gustaba tener problemas en su casa. Rápidamente los dos abusadores pusieron cara de chicos buenos.

-Este enano quería pegar a la niña, solo hemos salido a defenderla.

-Ya veo-el comerciante, que era el padre del más pequeño, a pesar de lo que había oído se puso de parte de su hijo.

-Esto es intolerable Takagi-sama, este chico debería ser azotado por intentar pegar a su hermana y por intentar intimidar a mi hijo y al hijo de Itoo-san-el aristócrata de igual forma pasaba olímpicamente de lo que habían oído.

-O-oni-chan no, él no…

-Tranquila pequeña, no dejaremos que ese bruto de haga daño-el aristócrata rápidamente se había puesto en movimiento para callar a la niña.

Yamaguchi Hajime estaba temblando de ira, ¿él haciendo daño a Hina? Antes se mataba, ella era lo más importante, esos malditos cerdos…El ambiente estaba bastante tenso pero al chico le dio lo mismo.

-Yo no quería hacer daño a mi hermana, fueron estos dos quienes…

-¡Habla con más respeto!-el comerciante le intentó dar un tortazo pero el chico lo esquivó ágilmente.

-Takagi-sama, este chico merece un castigo.

-No tenemos tiempo-al parecer el daimyo no iba a ponerse abiertamente de parte del chico, pero desde luego no tenía ninguna intención de castigarle o recriminarle nada.

-¡Aizu puede esperar un día señor!

-Que sea un combate-una cuarta voz resonó en la espalda de todos, que se dieron la vuelta sorprendidos.

Hayashi Genyursai, el maestro de kendo se encontraba de pie observando con ojos escrutadores la escena. Era completamente calvo y tenía una larga barba blanca. Era bastante mayor, aunque nadie sabía a ciencia cierta su edad. Alto y musculoso era una figura imponente y sus ojos eran escrutadores, como midiendo a las personas que se encontraban ante su presencia.

-¿Un combate?-preguntaron los tres adultos a la vez.

-Así es, quien gane será el que diga la verdad. Posponga el viaje a mañana Kaito-sama, no ocurrirá nada por tan simple retraso.

-Pero…-Kaito intentó hablar pero Genyursai le hizo callar.

-Se lo que digo Kaito-sama.

Takagi estaba preocupado, ¿un combate? ¡Hayashi tenía que estar loco! ¡Era más que obvio el resultado! Le sacaba más de 5 años el pequeño a Hajime y encima llevaban tiempo siendo alumnos de kendo o de artes marciales. El niño no podía ganar, era una locura.

Los dos se miraron durante unos minutos en completo silencio. Hasta que Kaito lo rompió.

-Tu sabrás lo que haces…-fue un murmullo que escucharon todos. El chico se puso lívido. ¡¿En que coño estaban pensando?! ¡Pero si nunca había cogido un bokken o lanzado un puñetazo! Tragó saliva.

-Gracias Kaito-sama, iré a avisar a unas cuantas personas, quiero que en 30 minutos estemos todos en el dojo, gaki (Mocoso, enano) vete para allá y encuéntrate a ti mismo.

Sin decir nada todos se marcharon. Kaito cogió a Hina en brazos mientras que los chicos y sus padres le miraban de forma burlona antes de irse. El maestro de kendo le echó una última mirada y desapareció.

Como un autómata Hajime fue al dojo y se sentó. ¿Encontrarse a si mismo? No entendía aquello, no entendía lo que estaba pasando. ¡Joder! Se suponía que aquel era un día normal, ¿Cómo había acabado así?

El chico empezó a pensar, intentado recordar algún entrenamiento que hubiera visto pero…

"No he visto ninguno, he estado tan preocupado por estudiar y trabajar que no he visto ninguno"

No se dio cuenta pero ya había llegado la hora. De repente vio como todos estaban allí. Kaito con Manami y Tokio mirándole preocupadas y él con ojos de acero, Hiroto y Leeron con incredulidad, Hina con miedo, hasta Honoka le miraba con espanto.

Los padres de los imbéciles estaban en las gradas mirando con una sonrisa cruel al muchacho, que tenía la mirada perdida. Hayashi se acercó con los dos muchachos y comenzó a explicar las reglas.

-Serán dos combates. El primero será a puño limpio entre Itto-kun y Yamaguchi-kun. El segundo con bokken entre Samoto-kun y Yamaguchi-kun. El que gane será quien dice la verdad.

"Eso es injusto, Hajime no puede ganar a ninguno, menos a los dos" Tokio estaba súper cabreada, no podían permitir aquello, pero Hayashi parecía imperturbable y tenía una mirada extrañísima en el rostro.

Samoto y el maestro se echaron a un lado, dejando espacio a los dos combatientes. Después de la reverencia inicial (que tuvieron que repetir dos veces porque Hajime no sabía que tenían que hacerla) empezaron.

Itto se lanzó directo al ataque sin pensar si quiera en la defensa, el chico le parecía un oponente demasiado fácil. Hajime no se había movido y tenía los ojos como platos, todos pensaron que de espanto. Con una sonrisa victoriosa Itto lanzó un gancho con la mano derecha, iba a golpear a Hajime, todos los vieron, iba a darle tal golpe que le dejaría fuera de combate.

El puño solo golpeó el aire.

Yamaguchi reapareció a la izquierda de Itto, pero no hizo intentona de golpearle. Itto aprovechó y retrocedió para poner distancia entre ambos, mirando con cierta prudencia al muchacho. Todos observaron con sorpresa a Hajime pero este no se movía y el flequillo tapaba sus ojos.

Con un rugido Itto se lanzó a por Hajime. Fue aquel momento en el que el chico levantó la mirada.

Sus ojos dorados habían cambiado.

Tenían un nuevo brillo, un brillo de decisión, de confianza. Itto le lanzó un puñetazo con la derecha, luego otro con la izquierda, empezó a lanzar patadas, pero todas eran esquivadas con gran maestría por el joven lobo. Así estuvieron durante varios minutos, todos atentos a aquel duelo tan extraño.

-¡Deja de huir maldito cabrón!

Itto iba a lanzarse de nuevo al ataque, pero no pudo. Con gran velocidad Hajime se lanzó al ataque, puñetazos, patadas, todos exactamente iguales a los lanzados por Itto anteriormente, quien no pudo parar ninguno y cayó al suelo desmayado y con fuertes golpes en todo el cuerpo.

Nadie se movía, impactados aún por lo que habían visto. Hayashi observo al muchacho.

"Ha esquivado los golpes para poder observar la fuerza y trayectoria y copiarlos, consiguiéndolo en solo un par de minutos. Además su mirada ha cambiado, ya no es un niño indeciso… ¿puede ser que él?"

-Samoto-kun.

-Hai.

Itto no podía creer aquello, pero recogió a su hijo inconsciente y lo llevó junto con el médico. Hayashi le lanzó el bokken a Hajime. Con gran sorpresa el maestro vio que lo cogía a la perfección.

-Gaki, ¿has entrenado alguna vez?

-Solo he entrenado como abonar las plantas señor.

Una sonrisa de orgullo nació en el rostro de Hayashi.

-¡Comenzad!

El combate solo duro dos segundos. Samoto se lanzó al ataque con un golpe perfecto. Hajime atacó con la izquierda en una estocada horizontal.

Sobra decir que destrozó completamente el bokken de su rival y un par de costillas de Samoto, que quedó inconsciente en el acto. Gritando el hombre cogió a su hijo echando una última mirada asustada a Hajime.

El muchacho dejó caer su bokken al suelo y se miró las manos, incrédulo. Ese ataque le había salido del alma, no tenía ni idea de cómo lo había hecho.

-Lo que ha salido a relucir a sido tu Shin, tu energía del corazón.

-¿Shin?

-Tienes el corazón de un joven lobo gaki.

-Yo…

-Kaito-sama, Manami-dono, Tokio-dono, Honoka-dono, Leeron-san, Hiroto-san, Hina-dono. Os pido que os marchéis un momento, en seguida os dejó hablar con el muchacho.

En silencio, aún sorprendidos por lo que había pasado los 7 salieron en completo silencio. Hayashi había sospechado que Hajime era un genio desde que le vio trabajar en jardinería. Esa soltura que tenía…pero sobre todo esa mirada. Ese instinto de supervivencia, esa fuerza. Cuando el maestro se vio solo se giró de nuevo hacía el chico.

-Llevo mucho tiempo…esperando este momento.

-Hayashi-sama…

-Genyursai-sensei, a partir de ahora eres mi alumno Yamaguchi Hajime. Yo te enseñaré el Mugai ryu y el Itto ryu, te convertiré en un samurai, un samurai legendario.

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Antes de nada pedir disculpas por no meter ni a Shishio ni a Katsura, pero es que me estaba quedando súper largo y además no me apetecía mucho escribir sobre ellos XDD

Aquí tenéis el segundo capítulo, bastante humorístico excepto la parte de Saito. Es que el maldito lobo se me ha revelado y he tenido que reescribir su parte varias veces. Primero mi cerebro olvidó completamente lo que iba a poner, después escribí un pasaje de su vida que yo calificaría como una mierda, así que lo borre, porque me daba vergüenza mirarlo, por dios que patética era esa parte…casi prefiero no mencionarla. Y al final iba a escribir escenas divertidas y me salió el flashback que no tenía intenciones de ponerlo hasta más adelante…jodido miburo, me ha manipulado totalmente XDDD Por cierto, Tokio tiene la sakura (cerezo) porque es la flor oficial de la ciudad de Tokio. Y respecto al duelo…pues ha salido eso, no quería ponerlo así, de hecho quería ponerlo desde el punto de vista de Saito, pero otra vez el jodido lobo se ha revelado ¬¬ menudo cabroncete esta hecho…y que peligro tenía ya desde crío.

Bueno ahora vamos por partes, los personajes que salen en la vida de Saito son ficticios (invención mía todos XD) menos Tokio y sus padres que fueron reales aunque nada se sabe de ellos, solo se les conoce por ser Tokio la esposa de Saito. En la parte de Okita TODOS son reales y no me he inventado a nadie, salvo a la criada de Inoue claro XDDD

Haber en los review he notado que hay cierta psicosis por Tomoe, tranquilos, que no va a ser protagonista, a mi no es un personaje que me desagrade, pero simplemente no se como tratarla por lo que no la voy a incluir mucho en la historia, así que tranquilos que no va a haber escenas de KenshinxTomoe, salvo las originales creadas por Watsuki ya que a mí me gusta Kenshin con Kaoru-chan y Tomoe con Akira. Tampoco voy a variar las edades tanto como para que Kaoru y Misao sean adolescentes, lo siento, pero no es un universo alternativo del bakumatsu, es el bakumatsu con pequeñas modificaciones, pero ni de coña tan grandes. Así que el OkitaxKaoru olvidarlo porque Okita es de la edad de Saito XDDD Si queréis a Okita con pareja ya buscare a alguien por ahí.

Y bueno, los protagonistas más protagonistas van a ser los Shinsengumi porque son los que más me gustan y de los que más conozco, a mi los Ishin Shishi no me caen muy allá que digamos ¬¬

Por último, aunque este capítulo contiene mucho humor esta historia es dramática y de aventuras, va a haber amor si, pero están en guerra por lo que si estáis buscando una historia de amor solamente veréis SaitoxTokio y ShishioxYumi principalmente, al menos como pareja, no creo que entren más, no al menos de Sanosuke, Kaoru, Misao y compañía. Así que amor de las parejas preferidas por el fandom no va a haber. Los "jóvenes" saldrán más adelante, pero no puedo poner por ejemplo el pasado de Kenshin con 5 años igual que a Misao, porque Misao nació durante la guerra me parece, doy saltos pero no tan grandes.

Muchísimas gracias por sus review ha: gabyhyatt (la maldita página me lo borró, pero se agradece igual), Bruja, Misao Koishikawa, cindy-jhonny (la parte de Okita dedicada a ti ^^), Natsumi Niikura, Tumba de Tomoe y Hiko Master.

Próximo capítulo: Ironías del destino.

Espero veros por ahí chicos^^

Atentamente: Shumy.