-¿Puedo ir a jugar con Y, mamá?

Sabía que podía, que a su madre no le importaba que lo hiciera. Hacía mucho, demasiado tiempo que sus padres no le daban importancia a nada. Si lo preguntaba era sólo por la esperanza de que le respondiera algo, lo que fuera, cualquier cosa que le permitiera oír su voz.

No tuvo esa suerte. Su madre se limitó a alzar brevemente la mirada y a asentir casi imperceptiblemente con la cabeza.

X contuvo las lágrimas y salió de casa, tratando de borrar el pesar en su mente para sustituirlo con la expectativa de unas liberadoras, quizá incluso felices horas en la compañía de su mejor y único amigo.

Los Señores del Tiempo que conocían el monte Perdición pensaban que, pese a su imponente nombre, no dejaba de ser un terruño perdido en medio de la nada, lo justo como para permitir a su propietario el título de terrateniente y el más mínimo orgullo que pudiera ir asociado a él.

Para el hijo del terrateniente y su amigo era el mejor lugar que podía existir en todo Gallifrey.

-¡Voy a ganar! ¡Voy a ganar!

-¡Que te lo has creído!

Los pastos de hierba roja se extendían hasta donde alcanzaba la vista, y por mucho que corrieran jamás terminaban. Parecían cubrir el mundo entero, como si todo lo demás (el Mar Perlado, la Cordillera Emperadora e incluso la propia casa de X) no fueran más que fantasmas de un sueño que hubieran tenido mecidos por el susurro de las briznas.

-¡Soy el señor de estas tierras! ¡El rey de Gallifrey! ¡Jamás podrías vencerme!

Y parecía llevar razón. Estaba a sólo unos pasos de la línea de meta que habían acordado. X gastó sus últimas reservas de adrenalina en un frenético sprint que, tras unos angustiosos segundos, le permitió alcanzarlo y abalanzarse sobre él. Cayeron en la hierba, rodando y peleándose amistosa pero ferozmente.

-¡Iba a ganar, eso es trampa! ¡Tramposo!

-Así ganamos los dos. Los dos reyes de Gallifrey.

Gritó cuando el otro rey le mordió en un dedo. Quiso devolverle el favor con un buen puñetazo, pero Y le esquivo a tiempo y continuaron hasta que, agotados, sudorosos y sonriendo de oreja a oreja, se tumbaron uno al lado del otro.

-Mañana tenemos que repetirlo.

-Sí…

Un negro pensamiento pasó repentinamente por la mente de X, congelándole la sonrisa. Su amigo, que era muy perceptivo y se daba cuenta casi siempre al instante de esas cosas, le miró preocupado.

-¿Otra vez?

-Sí.

Hubo una pausa antes de que X se decidiera a hacer su pregunta.

-¿Tú no tienes miedo?

-No sé… El hijo de unos amigos de mis padres lo superó, y he oído que está muy contento. Muy orgulloso.

-Pero ya sabes… sabes que…

-Lo de tu hermano, lo sé.

Volvieron a callar durante unos instantes, uno por respeto, el otro porque los recuerdos le dolían demasiado. Aquello había destrozado a su familia, hasta el punto de que sus padres parecían olvidar muy a menudo que aún tenían un hijo. Ahora era Y lo más parecido que tenía a un hermano, y lo quería tanto por ello…

-No te preocupes tanto-le dijo él, con una sonrisa que parecía sincera-Seguro que con nosotros es distinto. Seguro que nos irá bien a los dos.

-No puedes saberlo.

-Claro que puedo-respondió, dándole énfasis a su afirmación con un pequeño puñetazo en su hombro-Soy el rey de Gallifrey.

-No sé qué haría sin ti-dijo X, y un silencio mucho más largo e intenso que los anteriores invadió por completo el ambiente.

Cuando volvió a casa sus padres estaban en cama, no supo si dormidos o despiertos. No es algo que tenga importancia, pensó él, pero las lágrimas que brotaron de sus ojos cuando se acostó arruinaron cruelmente su intento de autoengaño.