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CAPÍTULO 2:

JUNTOS EN ESTO


—Paldus, relájate. No parecen agentes de la Corporación. Solo son dos chavales.

La suave y conciliadora voz del Ampharos calmó un poco a los dos pequeños, que lo miraron sorprendidos. El Swampert mantuvo su expresión amenazante. Marvin, totalmente petrificado, no tenía ni idea de qué estaba pasando.

—¿La Corporación? —repitió Cynder, atónito—. Nosotros creíamos que vosotros erais de la Corporación.

Los dos Pokémon adultos se miraron entonces, visiblemente perplejos. Relajando sus facciones, Paldus soltó una risa entre dientes, como si Cynder hubiera hecho un chiste que tan solo él había pillado.

—No, chico —respondió el Ampharos—. Nosotros no somos miembros de la Corporación.

—Ni pensarlo, maldita sea… —bufó el Swampert, relajando su postura—. Nos habéis dado un buen susto.

"Lo mismo se puede decir de nosotros…" pensó Marvin.

Marvin se dio cuenta de que Cynder, todavía con la manzana en las manos, se había quedado mirando a los dos recién llegados con una extraña expresión en su rostro, como si los conociera de algo pero no fuera capaz de recordar sus nombres.

—¿Sois… sois Guardianes? —preguntó el Cyndaquil, señalándolos con una pata—. ¿Vosotros sois los que peleáis contra la Corporación?

Los dos desconocidos se miraron de nuevo, buscando una respuesta adecuada en los ojos del otro.

—Son solo críos —dijo el Ampharos—. No creo que pase nada por contestar sus dudas.

—¿Por qué lo preguntas? —soltó Paldus, entrecerrando los ojos y devolviendo la mirada hacia los dos jóvenes.

Marvin atendía a la conversación completamente en silencio, ya que no tenía ninguna intención de abrir la boca y arruinar los intentos de diplomacia de su compañero de viaje.

—Porque, si lo fuerais, hay algo que debéis saber —contestó Cynder.

Paldus arqueó una ceja, esperando a que el Cyndaquil continuara. A juzgar por su expresión, Marvin supuso que se estaba haciendo el desinteresado.

—Creo… que la Corporación atacó Villa Plata hace unas horas—explicó—. No… no sé qué estaban buscando, pero han incendiado el pueblo y lo han destruido completamente.

La expresión desafiante de Paldus se desvaneció en un instante, siendo sustituida rápidamente por una mueca de sorpresa e incertidumbre. Su compañero le dedicó una mirada preocupada.

—¿Estás seguro de eso, chico? —preguntó, tratando de mantener la tranquilidad en su voz e inclinándose ligeramente hacia Cynder—. ¿Completamente seguro?

—No estoy seguro de que hayan sido ellos —contestó Cynder, encogiéndose un poco ante la imponente figura del Pokémon de agua—. Pero dos inquisidores vinieron a quedarse allí durante la noche con sus subordinados, y antes de que nos diéramos cuenta la aldea estaba en llamas. Mi tío me dijo que me marchara de allí y que buscara a los Guardianes…

No obstante, Paldus ya no lo estaba escuchando. En su lugar, había rodeado a los dos jóvenes Pokémon y estaba comenzando a caminar hacia la entrada del Bosque Oscuro. Su compañero trató de detenerlo, haciendo un intento inútil por alcanzarlo.

—Cancela la misión de esta noche—ordenó el Swampert—. Voy a ir a echar un vistazo.

—¡No hagas ninguna estupidez! —lo advirtió el Ampharos, consciente de que no podría pararlo antes de que se sumergiera en el interior del territorio misterioso.

—Hazme un favor y da la alarma en la base. Vamos a necesitar llevar a cabo una investigación, y para eso harán falta voluntarios —respondió el Swampert antes de desaparecer en la oscuridad del territorio misterioso.

El Ampharos soltó un largo suspiro, contemplando en silencio el arco que servía como entrada al Bosque Oscuro. Después, se giró hacia Marvin y Cynder, que lo miraban expectantes.

—Esto… hola —dijo, en un tono tan amigable como la situación se lo permitía—. Lamento el comportamiento de mi compañero. Paldus es un poco impulsivo a veces.

Marvin respiró hondo, mucho más relajado ahora que la intimidante presencia del Swampert había dejado de ser un problema. Cynder pareció calmarse también, alzando la cabeza para poder mirar al Ampharos a los ojos.

—Entonces… ¿es cierto? —preguntó—. ¿Sois miembros de los Guardianes de Pelagia?

El Pokémon eléctrico asintió.

—Así es —dijo—. Mi nombre es Lugnos, y pertenezco a uno de los altos escalafones de la organización de los Guardianes.

—Yo soy Cynder —dijo el Cyndaquil— y este es mi amigo Marvin. Es un honor toparnos con vosotros.

—Un placer, chicos —contestó Lugnos—. ¿Habéis escapado de Villa Plata?

Cynder miró a Marvin unos instantes. El Mudkip se encogió de hombros, dejando que su amigo fuera el que hablase.

—Yo sí —dijo finalmente el Cyndaquil—. Marvin… no sé, no sabemos de dónde viene. Me lo encontré en la entrada del Bosque Oscuro, desmayado y sin memoria. Vino conmigo porque le dije que alguien de los Guardianes podría ayudarle a recuperar sus recuerdos.

Lugnos examinó a Marvin durante unos instantes. Sus ojos eran negros y pequeños, dándole un aspecto amigable a su joven rostro, y se clavaron en los del Mudkip en busca de una respuesta.

—¿Es cierto? —preguntó—. ¿No tienes recuerdos?

—No, solo cosas básicas —contestó Marvin, negando con la cabeza—. Sé identificar objetos y Pokémon, pero no sé quién soy ni cómo he llegado aquí.

Siguiendo el consejo que Cynder le había dado dentro del territorio misterioso, decidió no mencionar nada acerca de su humanidad. Supuso que sería más sencillo explicarlo todo cuando recuperase sus recuerdos.

—Suena un poco raro, pero supongo que no hay problema —respondió Lugnos, dedicándole una sonrisa serena—. Tenemos gente especializada en esa clase de cosas en nuestra base, así que no habrá ningún problema.

—¿Nos llevaréis a la base? —preguntó Cynder—. Mi tío me dijo que allí estaríamos seguros.

—Sí, Cynder —contestó Lugnos—. La Atalaya es el lugar más seguro de la región de Orsion. Me atrevería a decir que es uno de los sitios más impenetrables de toda Pelagia, de hecho, pero las otras bases de los Guardianes nos hacen competencia.

Marvin frunció el ceño al oír aquello.

—¿Una atalaya? —inquirió—. No suena como un lugar especialmente seguro.

—Oh, no es "una atalaya", Marvin —rió Lugnos—. Es la Atalaya. Pronto descubriréis qué la hace tan especial.

Echando un vistazo al laberinto de rocas que se alzaba ante ellos, Lugnos hizo una mueca pensativa.

—No debería llevarnos mucho tiempo llegar a la base —dijo—. Va a ser raro volver nada más salir de ella, pero… supongo que no tengo otra opción.

Hizo un gesto con la mano, indicando a los dos Pokémon que lo siguieran.

—Os llevaré a la Atalaya —dijo, acomodándose la bufanda alrededor del cuello—. Procurad no quedaros muy atrás, estos laberintos de roca pueden ser realmente traicioneros.


Marvin y Cynder no tardaron en comprobar que el Ampharos tenía razón. Tuvieron que trepar, saltar y agacharse en diversas ocasiones, de forma un tanto torpe, para evitar caerse o tropezar a causa de los desniveles del terreno, y las pequeñas piedras puntiagudas que se repartían por el suelo les hacían daño en las patas. Lugnos, que iba delante y se daba la vuelta de vez en cuando para asegurarse de que sus protegidos no se perdían, era mucho más ágil moviéndose por aquel camino, denotando que ya lo había atravesado en numerosas ocasiones. Poco a poco, se iban acercando a la base de una cadena montañosa.

—Oye Cynder —habló Marvin cuando supo que Lugnos no podía escucharlos—. ¿Quiénes son estos tipos exactamente?

—Oh, son los Guardianes de Pelagia —explicó Cynder—. Llevan protegiendo Pelagia desde hace muchísimos años, prácticamente desde que acabó la guerra que dejó al país dividido…

—¿Hubo una guerra? —inquirió Marvin, sorprendido— ¿Qué pasó?

—No conozco los detalles —contestó su amigo—. Solo sé que los Guardianes se fundaron para asegurarse de que Pelagia no volvía a entrar en guerra.

Marvin asintió antes de volver a quedarse en silencio, siguiendo a Lugnos con paso ligero.

La niebla que había traído el nuevo día todavía no se había asentado y haría difícil su travesía en situaciones normales, pero el Ampharos era capaz de disiparla usando la esfera roja en la que terminaba su cola, cuya luz parecía ser capaz de penetrar incluso las áreas más espesas de niebla.

Aquella niebla, no obstante, era relajante para Marvin. La humedad de la mañana le resultaba extrañamente reconfortante, y no sentía su cuerpo incómodo o pegajoso a causa de ella, ni notaba la cabeza abombada. Supuso que aquello era consecuencia de su nueva condición como Mudkip, pues siendo un Pokémon de agua estaba prácticamente en su medio.

"Si tan solo pudiera usar mis poderes…" pensó, recordando su patético intento de lanzar agua contra aquel Pinsir.

A pesar de la incertidumbre que lo acosaba acerca de su transformación, Marvin no podía evitar sentirse más impotente que confundido, pues era incapaz de defenderse por sí solo si no podía acceder a sus habilidades elementales.

—¿Estás bien? —preguntó Cynder, que debía de haber notado la expresión tristona de su amigo.

—Sí, no pasa nada —contestó Marvin—. Solo sigo un poco preocupado por no poder usar mis poderes.

Cynder se rascó la barbilla con la pata derecha, pensativo.

—A lo mejor deberías preguntarle a Lugnos —dijo—. Ha dicho que ya conoce casos como el tuyo, así que a lo mejor te puede echar una mano.

Marvin arqueó las cejas, sorprendido de que no se le hubiera ocurrido aquella solución tan obvia.

—Tienes razón —respondió—. Ven, vamos a preguntarle.

Los dos Pokémon aceleraron un poco el paso para llegar a la altura de su protector.

—¿Ocurre algo, chicos? —preguntó el Ampharos al verlos acercarse.

—No es nada urgente. Es solo que tengo un… problema —explicó Marvin—. Es un poco embarazoso, pero si no lo digo ahora no sé si podré resolverlo.

—Pues adelante, dispara —contestó el Ampharos.

—No… no sé cómo explicarlo —dijo Marvin, buscando las palabras adecuadas en su cabeza—. Pero antes, cuando estábamos en aquel territorio misterioso, nos atacó un Pinsir. Intenté usar mis poderes elementales para vencerlo, pero solo conseguí escupirle. ¿Es posible que me haya olvidado de cómo usar mis poderes elementales?

Lugnos frunció el ceño, visiblemente confundido.

—Es la primera vez que oigo hablar de algo así, si te soy sincero —respondió—. Aunque es posible que, si has perdido la memoria, tu cuerpo haya olvidado lo que tiene que hacer para invocar tu energía elemental interior.

—¿Y se puede hacer algo para arreglar eso? —preguntó Marvin.

—Creo que sí —contestó Lugnos—. Aunque no soy un experto en estas cosas, la verdad. Creo que será mejor preguntarle a la Maestra Psíquica.

—¿Maestra Psíquica? —preguntó Marvin, confundido por la respuesta.

—La Maestra Psíquica —explicó Lugnos—, es una Pokémon extremadamente poderosa que trabaja en nuestro equipo. Le gusta mucho investigar sobre la mente de los Pokémon, así que estoy seguro de que tu caso le resultará interesante.

Marvin consideró aquella información. Estar en las manos de una Pokémon tan poderosa era un alivio, desde luego.

—¿Me ayudará a recuperar mis recuerdos? —preguntó.

—Claro —contestó Lugnos—. Ella es capaz de manipular los recuerdos de Pokémon que sufren de amnesia. Y es gratis, por supuesto. Los Guardianes ofrecemos servicios semejantes a todo aquel que lo necesite.

"Pues eso suena bien" pensó Marvin mientras esbozaba una tímida sonrisa.

—¿Y tú, Cynder? —preguntó entonces Lugnos—. ¿Tienes algún lugar al que podamos llevarte cuando termine nuestra estancia con nosotros?

El Cyndaquil, que hasta aquel momento había caminado al lado de Marvin sin emitir sonido alguno, soltó una especie de quejido en voz baja.

—No estoy seguro… —dijo, apenado— Mi tío me ayudó a escapar de Villa Plata, pero no sé qué ha sido de él. Si ha sobrevivido, probablemente sepa algún sitio en el que podamos ir a vivir.

—Intentaremos rescatar a todas las personas a las que podamos —contestó Lugnos, dándole una palmada en la espalda con suavidad—. Al fin y al cabo, es nuestro deber proteger a los más débiles.

—Gracias —respondió Cynder—. Es mi único pariente con vida, y… no sabría a dónde ir sin él.

Marvin pudo notar la pesadumbre en aquellas últimas palabras.

—Es nuestro deber, Cynder —dijo el Ampharos, dedicándole una sonrisa que duró apenas unos segundos—. Aun así, me sigue preocupando no saber el motivo por el cual la Corporación atacaría Villa Plata. No tenemos ningún agente asentado ahí, que yo sepa, y las negociaciones con el alcalde habían acabado hace mucho tiempo…

Al poco tiempo llegaron ante la boca de una cueva en la ladera de la montaña. La entrada estaba rodeada por un arco de color dorado, con unas runas grabadas sobre su superficie. Marvin frunció el ceño, tratando de encontrar algún significado a aquellos misteriosos símbolos. A cada lado del arco había un guardia. A la derecha, un robusto Granbull vigilaba el horizonte con los brazos cruzados, y a la izquierda se alzaba un majestuoso Rapidash. Cuando pasaron, Lugnos les enseñó a los guardias la pequeña chapa que llevaba colgada en la bufanda, a lo que los guardias respondieron con una reverencia.

—Esta es la entrada a nuestra base —dijo el Ampharos mientras guiaba a sus protegidos a través del arco dorado y hacia el interior de lo que parecía un ancho túnel —. El camino es un poco largo, pero no supondrá un problema llegar hasta el final.

Marvin pasó la mirada por las paredes del túnel, adornadas a ambos lados con lo que parecían ser unas piedras luminosas, colocadas de forma regular a lo largo del camino. No sabía qué se esperaba cuando oyó hablar de los Guardianes de Pelagia, pero desde luego aquello era un poco decepcionante para su gusto.

—No me puedo creer que esté entrando en una base de los Guardianes… —comentó Cynder en voz baja.

Marvin no tuvo tiempo de expresar su falta de entusiasmo, sin embargo, pues una figura se acercó a ellos desde la dirección opuesta. Se trataba de una Mismagius de aspecto joven, su rostro ligeramente iluminado por el tenue brillo de sus ojos amarillos.

—Buenos días, Lugnos —saludó con una voz extrañamente etérea que le provocó a Marvin un escalofrío—. ¿No has vuelto un poco pronto de tu misión de hoy?

—Darla, que suerte que hayas aparecido —dijo Lugnos, ignorando el comentario de la Pokémon fantasma—. Necesito que me hagas un favor.

—Ahora mismo me disponía a salir a un recado, querido…

—Darla —la interrumpió Lugnos, tajante—. Necesito que hagas algo por mí, lo digo en serio. Es urgente.

La sonrisa de la Mismagius menguó un poco, pero no desapareció del todo. Antes de responder, sin embargo, echó otra mirada fugaz a Marvin y Cynder con sus brillantes y grandes ojos.

—¿Y cuál es ese favor, querido? —inquirió finalmente.

—Tienes que volver a la base y dar la alarma: Villa Plata ha sido atacada, y creemos que la Corporación está detrás. Tú tienes ventaja moviéndote por la base, así que te agradecería si avisaras a todo el que encuentres en tu camino.

Darla arqueó las cejas, sorprendida por el comentario. No obstante, tan solo inclinó la cabeza en señal de asentimiento. Acto seguido y sin decir una sola palabra más, se desvaneció a través de la pared del túnel. Cuando desapareció, Marvin se dio cuenta de que había estado conteniendo la respiración.

—Bueno, al menos ya no tendremos que hacer un desvío para avisar del ataque —comentó Lugnos—. Podemos llevaros directamente a ver a la Maestra Psíquica.

—¿Esa era… una amiga tuya? —preguntó Marvin, todavía algo perturbado por la aparición de la fantasma.

—Así es —contestó el Ampharos mientras retomaba la marcha—. Darla y yo somos compañeros de equipo desde hace años.

Marvin asintió lentamente. No sabía por qué la presencia de aquella Pokémon le había resultado tan incómoda, pero todavía se notaba algo incómodo.

—Debe ser la primera vez que te encuentras con un Pokémon fantasma —comentó entonces Lugnos, como si le hubiera leído el pensamiento—. Sí, suelen tener ese efecto en los demás… al menos hasta que te acostumbras.

Después de echar un vistazo hacia el fondo del túnel, el Ampharos añadió:

—Venga, que ya queda poco. En unos minutos estaremos oficialmente en el interior de la base.

—Creía que estábamos yendo hacia una torre —dijo Marvin—. Quiero decir, a este paso solo nos vamos a meter cada vez más profundo en la montaña.

—Te dije que no era una atalaya cualquiera, Marvin —contestó Lugnos—. La Atalaya está construida dentro de la montaña.

—Oh, vale —intervino Cynder—. A decir verdad, yo también me estaba haciendo preguntas sobre eso.

—Pasa con todo el mundo cuando escuchan el nombre la primera vez —dijo Lugnos esbozando una sonrisa.

Durante su camino hacia el interior de la base, el túnel se fue bifurcando y derivando en otros caminos hacia este y oeste, pero Lugnos permaneció avanzando hacia delante, ignorando estas bifurcaciones. Tras de unos minutos más de camino, llegaron hasta un nuevo arco dorado, situado al final del pasadizo, tras el que se veía una habitación iluminada.

Cuando cruzaron el arco, Marvin pudo ver que la sala en cuestión era una habitación circular gigantesca, cubierta por una enorme cúpula de piedra reforzada con enormes vigas de reluciente metal, que se juntaban en el centro de la misma y servían como base para una gran lámpara de araña. Las paredes estaban repletas de grandes corchos, todos ellos empapados de pequeñas notas de papel. El suelo, formado por pulidas losas de blanco mármol, estaba recubierto por una moqueta roja tremendamente agradable al tacto. Comparado con la humildad del túnel que acababan de abandonar, aquello sorprendió notablemente a Marvin.

Sin embargo, lo que más le llamó la atención al Mudkip fue la figura que adornaba el centro de la habitación. Sobre un pedestal del mismo mármol que formaba el suelo reposaba una imponente estatua plateada, representando a un majestuoso Empoleon en una pose triunfante, sus brazos cruzados en una expresión de confianza y portento. Lo más destacado de la figura era una corona dorada de hermosos grabados ondulados situada sobre su cabeza, con varias gemas azules de aspecto valioso incrustadas en ella. Marvin se quedó embobado mirando aquella estatua, casi olvidándose por completo de sus compañeros.

—Bienvenidos a la Atalaya, chicos —dijo entonces Lugnos, interrumpiendo los pensamientos del Mudkip—. Aquí es donde los Guardianes llevamos a cabo todas nuestras tareas.

—Es… bastante impresionante —masculló Cynder, dando una vuelta sobre sí mismo para poder contemplar la totalidad de la habitación en la que se encontraban.

—Lo es ¿verdad? —replicó Lugnos, poniendo los brazos en jarras en señal de orgullo mientras alzaba la cabeza para contemplar la decorada cúpula—. Y pensar que cuando los primeros Guardianes llegaron a este lugar, no era más que un refugio abandonado por la guerra.

Marvin, no obstante, seguía contemplando la estatua plateada del Empoleon, que destacaba considerablemente incluso teniendo en cuenta lo lujosa que semejaba la habitación.

—¿Quién es? —preguntó, señalando la estatua con la pata.

Lugnos bajó la cabeza y se quedó viendo la estatua unos instantes antes de volver a mirar a Marvin.

—Ese, Marvin —respondió, indicándoles a sus protegidos que se acercaran a la estatua—, fue nuestro fundador.

La estatua era todavía más detallada vista de cerca, y aquello fascinó inmensamente a Marvin. A tan poca distancia, pudo notar que incluso se habían grabado marcas de batalla en las metálicas aletas del Pokémon.

—Raegis Furiamar —dijo Lugnos—. Después de que la guerra dejara Pelagia sin protección, hace ya casi 200 años, él tomó la iniciativa de formar esta organización para defender a los débiles y ayudar a todos los Pokémon cuyas vidas habían sido arruinadas por las batallas.

—Mi tío me contó que después de la guerra el mundo era un sitio muy difícil en el que vivir —intervino Cynder—. Me dijo que los Guardianes ayudaban a todos los que lo necesitaban y que eran muy buenos con los demás.

—Raegis se sacrificó mucho para conseguir restablecer el orden en las regiones de Pelagia —explicó Lugnos—. Le debemos mucho.

Marvin, aunque no perdía detalle de la conversación, se había detenido a fijarse en una inscripción que había en el pedestal de la estatua. Estaba escrito en unas runas de formas extrañas que no podía comprender. Le frustraba ser incapaz de leerlo, pero supuso que sería un efecto secundario de su amnesia.

—¿Qué pone aquí? —preguntó—. No sé leer este lenguaje.

Cynder se colocó a su lado para leer bien el texto. Después de echarle una mirada rápida, lo leyó en voz alta.

—A ver… "El poder de hacer el bien se esconde en todos nosotros, pero solo aquellos dispuestos a sufrir son capaces de marcar la diferencia".

—Es una cita que se le atribuye a Raegis —explicó Lugnos—. Cuando murió, nuestra actual líder mandó construir una estatua en su honor, y eligieron esa frase para inscribir en el pedestal.

Los tres Pokémon se quedaron en silencio, sopesando el valor de aquellas palabras mientras contemplaban la imponente estatua. Al poco tiempo, sin embargo, Lugnos volvió a hablar.

—Creo que será mejor que vayamos tirando. Al fin y al cabo, no os he traído para daros una clase de historia —dijo mientras se ponía en marcha.

Los dos Pokémon se dispusieron a seguirle entonces, rodeando la estatua y dirigiéndose hacia una de las puertas del otro lado de la habitación. Mientras caminaban, no obstante, Marvin notó algo de lo que no se había dado cuenta hasta entonces.

—La base… parece un poco… vacía ¿no? —inquirió, buscando algún Pokémon con la mirada.

—Eso es porque muchos de nuestros miembros han salido de misión, como todas las mañanas —explicó Lugnos entonces—. Salvo excepciones, el horario de los equipos de Guardianes es de mañana. Venga, venid conmigo. Os llevaré a ver a la Maestra Psíquica.

El trayecto a través de la fortaleza fue lo más llevadero del viaje. Aunque tuvieron que andar bastante a través de laberínticos pasillos repletos de desvíos, las alfombras eran comunes y permitían un descanso a los pies de los cansados Pokémon. Las paredes de los largos pasillos solían estar adornadas con cuadros de distintos tamaños y formas, todas ellas representando Pokémon de infinitas variedades y actos de todo tipo, desde batallas triunfantes hasta banquetes de tamaño gigantesco, pasando por representaciones de Pokémon legendarios en su medio natural. Marvin incluso alcanzó a percibir a Raegis en alguno de ellos.

Después de ascender a lo largo de una escalera de caracol, el grupo llegó finalmente a un pasillo un tanto diferente de las demás. Los pasillos estaban hechos de un mármol de color negro y la iluminación era mucho más tenue. No obstante, aquella área parecía estar especialmente cuidada, ya que todo parecía reluciente y pulido.

—En este piso es donde se hospedan los psíquicos de más alto rango —explicó Lugnos—. Normalmente están haciendo experimentos o meditando, así que os recomendaría no hacer demasiado ruido.

Los tres Pokémon comenzaron a caminar por el largo pasillo, dejando atrás diversas puertas, cada una con una placa con un nombre escrito en un lenguaje que Marvin no supo identificar. Por lo que él sabía, tan solo era capaz de leer el lenguaje humano, y ni siquiera estaba totalmente seguro de ello.

Finalmente, llegaron hasta una de las últimas puertas del pasillo, situada a la izquierda, adornada con una runa de color azul grabada sobre su superficie. Antes de entrar, Lugnos se dirigió a Marvin y Cynder.

—Escuchadme un momento —dijo—. Elina, la Maestra Psíquica, acaba de llegar de una misión bastante larga en el sur, así que procurad no causarle problemas ¿de acuerdo?

Los dos Pokémon pequeños asintieron. Lugnos se puso firme, carraspeó, y se dispuso a llamar a la puerta.

Para sorpresa de Marvin, no obstante, la puerta se abrió por su cuenta antes de que el Ampharos llegase a tocarla con su mano.

—Podéis pasar —dijo una voz femenina desde el interior.

Lugnos les indicó a sus protegidos que entraran primero, cosa que hicieron sin pensárselo dos veces.

El interior de aquella habitación era lo más fascinante que Marvin había visto hasta entonces. Las paredes estaban recubiertas de estanterías repletas de libros de diferentes tamaños y con lomos de variados colores. Artefactos de formas pintorescas decoraban las estanterías, así como las mesas y el escritorio que yacía al fondo de la habitación. Gemas, esferas, discos de varios colores… esto, sumado a la iluminación azul de la habitación, le daba un aire místico a las dependencias de la Maestra Psíquica.

La propia Maestra, una esbelta y bella Espeon estaba sentada tras su escritorio, contemplando a los recién llegados con unos grandes y brillantes ojos púrpuras. Además de un pañuelo dorado que rodeaba su cuello, llevaba un collar de perlas moradas de una belleza extraordinaria, que parecían perfectamente pulidas. Lo que más sorprendió a Marvin de ella, sin embargo, era lo joven que era. Se había esperado a una especie de anciana sabia, pero aquella Pokémon no parecía mucho más vieja que Lugnos.

Lugnos hizo una ligera reverencia, instando a sus dos protegidos a hacer lo mismo. Elina no tardó en devolvérsela con una impecable elegancia.

—Darla me advirtió de vuestra llegada —dijo con un tono sereno.

—¿Han enviado un equipo de investigación a Villa Plata? —pregunto Lugnos, directo al grano.

Elina arqueó ligeramente las cejas.

Marvin notó que todas sus expresiones eran increíblemente sutiles y controladas, como si la Pokémon tuviera sus emociones a raya en todo momento.

—Estoy segura de que sí —informó—. Después de recibir el mensaje, Astrid apareció notablemente furiosa en el salón principal y empezó a gritar órdenes a todo el mundo hasta que no quedó ni un solo Pokémon sin movilizar.

—Era de esperar… —dijo Lugnos, casi para sí mismo.

—De todas formas —continuó Elina, levantándose del cojín sobre el que se sentaba para inspeccionar a los dos Pokémon que no conocía de forma más exhaustiva—, algo me dice que me has traído a uno de estos Pokémon para que lo inspeccione…

Su forma de andar también parecía calculada al milímetro, si bien era extremadamente elegante. La Espeon pasó la mirada por Cynder, para luego posarla sobre Marvin.

Cuando el Mudkip le devolvió la mirada, se quedó prácticamente hipnotizado por la belleza de sus pupilas, blancas y brillantes, mientras ella parecía inspeccionarlo con la vista. Había un brillo especial en ellas, algo que Marvin sintió que nunca podría encontrar en los ojos de ningún otro Pokémon.

—Eres tú ¿verdad? —preguntó Elina— Tú, Mudkip, eres el que necesita mis servicios.

Sin que Lugnos pudiera interrumpir la escena, Marvin asintió, todavía fijado en aquellos preciosos ojos a los que creía que nunca podría mentir.

—Bien —dijo la Espeon—. Dame los detalles, por favor. Necesito saber a qué me estoy enfrentando.

Marvin pestañeó al notar cómo sus visión se volvía ligeramente borrosa al no hidratar sus ojos.

—M-me llamo Marvin…

—No he preguntado por tu nombre —lo interrumpió ella—. He pedido detalles acerca de tu problema.

El joven Mudkip tragó saliva, sorprendido por el corte.

—Me desperté en medio de un bosque sin recordar nada —expuso—. Quiero decir, recuerdo cosas básicas y sé identificar objetos y Pokémon… pero no tengo ningún recuerdo de mi vida pasada. Ah, y tampoco sé cómo usar mi energía elemental.

La Pokémon psíquica asintió sin cambiar su expresión en lo más mínimo. Sin dejar de mirar al Mudkip, dio a Lugnos una orden.

—Dejadnos solos. Necesito concentrarme para hacer este trabajo, y patrones neuronales ajenos podrían confundir mi lectura.

Sin una sola palabra más, el Ampharos hizo una nueva reverencia y le indicó a Cynder que lo acompañara fuera. La puerta, de la misma manera que la vez anterior, se cerró tras ellos sin que nadie llegara a tocarla.

Una vez que estuvo segura de que se encontraba a solas con Marvin, Elina rompió contacto visual y comenzó a dar vueltas a su alrededor, inspeccionándolo al detalle.

—El tuyo parece un caso… inusual —dijo—. No es mi deseo alarmarte, pero es muy probable que alguien haya bloqueado esos recuerdos a propósito. Un golpe en la cabeza, por poner un ejemplo, es incapaz de provocar un borrado de memoria tan selectivo como el tuyo.

"¿Bloqueado mis recuerdos?" pensó Marvin, al que no le gustaba el sonido de aquellas palabras.

—Sí, bloqueado —contestó la Espeon—. Si quieres preguntar algo, hazlo en voz alta, pues para mí es lo mismo que si lo haces en tu mente.

Marvin se puso rígido. Sabía que era una psíquica, pero no se esperaba que pudiera leer sus pensamientos con tanta facilidad. Creía que al menos sentiría algo cuando eso ocurriera.

—¿Por qué alguien querría bloquear mis recuerdos? —preguntó.

—No tengo forma de saber eso —respondió Elina mientras lo inspeccionaba—. Tal vez mi lectura aclare qué es lo que te sucedió. No temas, pues, ya que esta es mi especialidad. He hecho esto a muchos Pokémon.

La Pokémon psíquica se detuvo finalmente en frente de Marvin, volviendo a mirarlo directamente a los ojos. Colocó una de sus patas delanteras sobre el hombro del Mudkip, que se había quedado impresionado una vez más por la belleza de los ojos de la Espeon.

—Si no te resistes, el proceso será totalmente indoloro —dijo ella mientras la gema de su frente comenzaba a brillar—. Será mejor que te quedes quieto y te relajes, para hacer todo esto más sencillo. No debería llevarnos demasiado tiempo…

Antes de que Marvin pudiera objetar, aquellos ojos lo habían atrapado una vez más, convirtiéndose en el foco de su concentración. Elina respiró hondo y dio comienzo al proceso.

Lo primero que Marvin sintió fue cómo su cabeza comenzaba a dar vueltas cada vez más y más rápido, la habitación difuminándose a medida que esto ocurría. La gema de Elina y sus brillantes ojos eran lo único que no parecía moverse del sitio, como si todas las cosas hubieran empezado a girar en torno a ellos. La sensación de mareo vino seguida de una más acelerada, semejante a la de la adrenalina, y Marvin sintió que su cuerpo comenzaba a dejar de responderle. Su mente estaba a merced de Elina, y aquello lo hacía sentirse increíblemente vulnerable.

La sensación no duró, sin embargo, ya que la Espeon terminó cortando la comunicación, y todo volvió poco a poco a la realidad. La habitación volvió a materializarse ante Marvin, que había quedado considerablemente desorientado.

—Ugh… —fue lo único que fue capaz de decir, todavía anonadado. No se esperaba que aquella lectura mental fuera a ser tan… violenta.

—Esto es extraño —dijo Elina, que se encontraba mirando hacia la puerta con una expresión abstraída—. Muy extraño, Mudkip.

—¿Por qué? —preguntó éste, apoyándose en una pared para no caerse al suelo de pura desorientación— ¿Qué ocurre?

La Espeon hizo una pausa. Su rostro no revelaba qué era lo que estaba pasando por su cabeza, pero Marvin supuso que estaba buscando una forma suave de decirle que tenía un problema terrible y…

—No es tan terrible —dijo ella, cortando su hilo de pensamiento y comenzando a dar una vuelta por la habitación—. Al menos, no si mis suposiciones son correctas. Y permíteme decirte que rara vez me equivoco.

Volvió a mirar a Marvin, esta vez con una expresión ligeramente inquisitiva.

—Como ya he expresado, no es posible que tu amnesia selectiva haya sido causada por un accidente —explicó—. Tampoco existe ningún recuerdo en tu mente más allá de lo ocurrido esta noche, salvo fragmentos confusos cuyo patrón no soy capaz de establecer, y que por lo tanto tu mente no puede reconocer de ninguna forma. En resumen, Marvin: tu mente está totalmente vacía de recuerdos.

—¿¡Qué!? —exclamó el Mudkip— ¿Quieres decir que no puedo recuperar mis recuerdos?

—Quiero decir que no hay nada que recuperar —contestó ella en tono autoritario, como si le molestara que alzaran la voz en su presencia—. Teniendo esto en cuenta y sumándole el hecho de que se trata de algo demasiado selectivo para haber sido causado por un mero accidente… eso significa que una entidad externa ha extraído los recuerdos de tu mente. Si eso es cierto, dudo que haya dispuesto de tanta información al mismo tiempo. No, tus recuerdos… siguen almacenados en algún sitio, aunque me es imposible decir dónde.

Marvin no podía creer aquello. Intentó responder, pero de su boca solo salieron balbuceos sin sentido.

—Sé que este conocimiento puede resultar un tanto desagradable —dijo Elina—, pero debes saber que quien ha buscado en tu mente para extraer esos recuerdos ha sido un psíquico extremadamente profesional y cauto. No solo ha dejado intactas tus funciones motrices y tu aprendizaje social básico, sino que se ha tomado la molestia de borrar de tu cabeza cualquier rastro que una lectura mental intrusiva podría haber dejado atrás.

"Eso no me ayuda…" pensó Marvin.

"Lo sé" dijo la voz de Elina. En lugar de provenir de su boca, sin embargo, estaba proyectándose directamente en la mente de Marvin. "Mi especulación es que quien ha hecho este trabajo tan… profesional ha sido un miembro de la Corporación de Inteligencia".

"¿Cómo? ¿P-por qué?"

"Porque me resultaría extremadamente extraño que un psíquico tan talentoso trabaje por su cuenta. Los Pokémon psíquicos son un lujo actualmente, Marvin, y si no los reclutamos nosotros lo hace la Corporación. No, existe muy poca probabilidad de que fuera alguien que actúa por su cuenta…"

Marvin frunció el ceño. Ni siquiera se había topado con aquellos tipos de la Corporación de Inteligencia y ya les tenía manía.

"Si me lo permites, agregaré un detalle a mi diagnóstico" dijo Elina. "Pues no es muy natural conocer a un humano transformado en Pokémon".

Un escalofrío recorrió la espalda de Marvin.

"Lo… lo has visto"

"Lamento si te resulta una molestia" respondió la Espeon. "No obstante, esto es un dato increíblemente interesante, pues hace incontables eras que nadie tenía constancia de la existencia de humanos en Pelagia".

"¿Qué quieres decir?" preguntó Marvin.

Esta vez, sin embargo, Elina no contestó. Usó sus poderes psíquicos para abrir la puerta, permitiendo a Lugnos y Cynder volver a entrar en la habitación. Si bien Cynder parecía bastante preocupado, Lugnos estaba igual de tranquilo que siempre.

—He concluido mi investigación —explicó—. Depende de Marvin revelar los detalles o no, pero debes saber que se trata de un caso sin precedentes al que no puedo poner remedio en mi estado actual.

—Oh —dejó escapar Cynder, visiblemente decepcionado.

—Es… una lástima, Marvin —dijo Lugnos, mirando al Mudkip con cara de circunstancias.

—No obstante —intervino Elina—, debo decir que sería un desperdicio para mis investigaciones permitir a este Mudkip abandonar nuestra base sin más, pues el misterio de su mente me resulta extremadamente interesante.

Se hizo el silencio en la habitación.

—Tal vez sea… un poco precipitado ¿no crees? —preguntó Lugnos, inclinando la cabeza para mirar a sus dos protegidos.

—¿El qué? —inquirió Marvin, molesto por no saber de qué estaban hablando los dos Guaridanes.

—Eso debemos preguntárselo a ellos —dijo Elina, ignorando la pregunta de Marvin.

Fue entonces cuando Lugnos les dirigió una mirada pensativa a los dos Pokémon que había rescatado aquella noche. Carraspeó.

—Chicos —dijo, inclinándose lentamente hacia ellos—. Elina está proponiendo que os unáis a los Guardianes.

Ambos jóvenes se quedaron callados, devolviéndole la mirada a Lugnos y después mirándose entre ellos. Cuando Marvin se fijó en las ranuras de los ojos de Cynder, identificó una determinación que no estaba allí antes, un brillo en sus ojos que denotaba la ilusión que aquella propuesta le había provocado.

—¿U-unirnos a los Guardianes? —preguntó el Cyndaquil, que parecía demasiado emocionado como para articular una frase completa— ¿Nosotros?

—Sí —contestó Lugnos—. Al fin y al cabo, supongo que ninguno de los dos tenéis un lugar a donde ir de todas formas, así que su idea no es descabellada del todo, pero…

—Yo quiero —lo interrumpió Cynder, girándose para mirarlo—. Todavía no sé si mi tío consiguió escapar de Villa Plata, pero… —hizo una pausa— supongo que, si lo ha hecho, se pasará por aquí tarde o temprano. Creo que no tengo un lugar mejor en el que estar.

Marvin, por otro lado, no lo tenía tan claro. Lugnos continuó hablando con Cynder, pero el Mudkip ya no estaba escuchando sus palabras, pues se había parado a reconsiderar la idea seriamente.

"Lugnos tiene razón. No tengo ningún sitio al que ir…" se dijo. "Esto es todo muy precipitado, pero tal vez… si lo que Elina dice es cierto, quizá esta sea la única oportunidad que tenga de saber qué le ha pasado a mi memoria".

"Es la mejor opción" resonó la voz de Elina en su mente. "Soy consciente de que resulta algo abrupto pero créeme, esto nos beneficiará a todos. Os proporcionaremos un hogar, y a cambio tú te quedas por aquí y me ayudarás a resolver tu misterio".

Marvin le echó una mirada a la Espeon, que simplemente inclinó la cabeza hacia un lado como si no tuviera ni idea de por qué. Agitó su cola en el aire, disimulando.

—Yo… —comenzó a decir Marvin, todavía no del todo convencido de aquel plan—. No sé si debería. Ni siquiera sé qué se hace exactamente aquí.

—Nada que deba preocuparte —le respondió Elina—. Los equipos de rangos inferiores realizan misiones con riesgos mínimos para ayudar a todos aquellos cuyas vidas han sido dificultadas por la Corporación. Lo cierto es que rara vez entramos en conflicto real con la organización, ya que llevamos sobre esta tierra mucho más tiempo que ellos.

La voz de la Espeon era natural y relajada, casi como si no le estuviera pidiendo que se uniera a una organización de tal calibre. Marvin tragó saliva, sopesando la cuestión.

"Si dice que puede investigarme…" pensó. "Supongo que es un pequeño sacrificio que hacer, quedarme por aquí y tratar de ser útil mientras Elina busca una solución a mi problema…"

Notando que todos lo estaban mirando fijamente, el Mudkip decidió dar una respuesta final.

—Lo haré. Me uniré a los Guardianes yo también —declaró, su voz algo temblorosa—. Al menos… al menos hasta que pueda recuperar mis recuerdos ¿vale?

Aquellas palabras le sonaron raras incluso a él, pero a cada momento que pasaba se hacía más obvio que no tenía otra opción. Notó la mirada de Cynder puesta en él, una mirada de ilusión que parecía casi milagrosa dadas las circunstancias.

—En caso de que eso ocurra —dijo Elina entonces— serás libre de irte si así lo deseas. Los Guardianes no poseemos el derecho de obligarte a permanecer con nosotros.

Marvin asintió. Aunque aquellas palabras no eran demasiado reconfortantes, era un alivio saber que no se estaba comprometiendo a nada a largo plazo.

—Entonces queda zanjado —intervino Lugnos, que parecía bastante aliviado—. Supongo que todavía estoy a tiempo de ir a la sala común a buscar un par de reclutas para que me ayuden a cumplir la misión que Paldus dejó pendiente… pero creo que a vosotros dos no os vendría mal una cabezada ¿qué me decís?

Marvin simplemente asintió. Sabía que Cynder llevaba despierto una cantidad de tiempo considerablemente más larga que él, y coincidía con Lugnos en el hecho de que necesitarían descansar.

—Lleva a los dos cadetes a algún dormitorio vacío para que puedan descansar —comandó Elina—. Asegúrate de que se registran como equipo de resistencia y enséñales las instalaciones.

—¿Estás segura? —inquirió Lugnos— ¿No deberíamos buscarles un equipo de entrenamiento antes de dejarles formar su propio equipo?

Elina negó con la cabeza.

—Los monitores ya tienen bastante coordinando tres equipos superpoblados. Creo que deberíamos darles un respiro ¿no?

El Ampharos se quedó callado con expresión pensativa. Elina arqueó las cejas, como si estuviera volviéndose impaciente.

—Bueno, si tú lo dices… —contestó finalmente Lugnos, no demasiado convencido—. Venga, chicos, debería haber habitaciones libres en alguno de los pisos inferiores. Ha sido un placer, Elina.

Los tres Pokémon hicieron una última reverencia antes de abandonar la habitación. Cynder, no obstante, se detuvo mientras estaba cruzando la puerta, con una expresión difícil de descifrar en el rostro.

—¿Cynder? —preguntó Marvin, que se había fijado en el comportamiento de su amigo.

El Cyndaquil lo miró durante unos instantes, como embobado, pero recuperó rápidamente la razón. Agitó ligeramente la cabeza y le sonrió a su amigo antes de volver a ponerse en marcha.


—...Marvin.

—¿Hm?

—Estás despierto ¿verdad?

—Sí… ¿tú tampoco puedes dormir?

—Lo… lo cierto es que no.

La habitación que Lugnos les había asignado no era nada extremadamente lujoso, pero tampoco era incómoda. Las dos camas, situadas una al lado de la otra, eran relativamente cómodas y mullidas, pero ninguno de los dos Pokémon había conseguido pegar ojo desde que se habían deseado un buen descanso hacía más de una hora.

Marvin, que estaba mirando al techo, sintió cómo su amigo se revolvía entre las sábanas.

—No puedo dejar de pensar en mi tío —contó Cynder—. Ni en mis amigos de Villa Plata. Me gusta pensar que están bien, que han escapado… pero no sé. Es difícil cuando todavía no he tenido noticias de nadie.

—Aún es pronto —intentó consolarlo Marvin—. A lo mejor no han tenido tiempo de contactar contigo…

—Supongo… —respondió Cynder.

La habitación se quedó en silencio mientras Marvin consideraba sus opciones. No tenía ni idea de qué debería decir en aquella situación.

—Es curioso —continuó hablando el Cyndaquil—. Antes, Villa Plata lo era todo para mí. Era mi mundo. Y ahora… ahora ya no está, y parece que el mundo sigue adelante sin ningún problema… es muy raro.

Su voz estaba comenzando sonar débil, temblorosa. Como si llevase toda la mañana evitando hablar de aquel tema y, por fin en intimidad, pudiese finalmente revelar lo que sentía.

—Estoy seguro de que no pasa nada —dijo Marvin—. Todavía hay tiempo para que…

—Yo hui, Marvin —lo interrumpió Cynder—. Los dejé atrás. Debí quedarme para proteger el pueblo, pero en aquel momento tan solo podía pensar en correr, en escapar de allí…

El pequeño Pokémon comenzó a sollozar.

—No podrías haber hecho nada —trató de tranquilizarlo Marvin, hablando con toda la suavidad con la que pudo—. Si esos tipos de la Corporación son tan duros como todo el mundo dice… quizá solo habrías conseguido que te hicieran daño a ti también.

—A lo mejor… —contestó Cynder— ¿Pero sabes qué? Al menos ahora sé una cosa…

—¿Sí?

—Sí. Cuando estábamos saliendo de la habitación, Elina contactó conmigo telepáticamente. Fue muy raro escuchar la voz de otra persona en mi cabeza… pero ella me dijo que era cierto que eras un humano. Me dijo que no debía dudar de ti, y que te guiase mientras no pudieses recuperar tus recuerdos…

Marvin arqueó las cejas, sorprendido.

—Así que… —continuó el Cyndaquil— eso es lo que voy a hacer, Marvin. Aunque haya fracasado protegiendo el lugar donde vivía, a mi tío y a mis amigos… aunque haya sido un cobarde y haya escapado…

Hizo una pausa, sollozando de nuevo.

—Voy a protegerte. No fallaré en eso.

Un calor poco habitual comenzó a llenar el pecho de Marvin, que no pudo evitar sonreír un poco ante el comentario. Después de todo aquel caos, aquello era precisamente lo que necesitaba oír.

—Haremos una cosa —dijo entonces con tono conciliador—. Si tú me guías en este mundo desconocido… yo prometo ayudarte a descubrir por qué esos tipos atacaron Villa Plata. Si hace falta, también haré lo que pueda para intentar encontrar a tu tío.

Cynder no dijo nada durante unos instantes.

—¿En serio? —preguntó con tono incrédulo.

—Claro. Es lo menos que puedo hacer.

Poco a poco, Cynder dejó de sollozar.

—Entonces es un trato —dijo—. Nos ayudaremos mutuamente ¿de acuerdo?

La sonrisa de Marvin se hizo más ancha.

—De acuerdo. Supongo que, como dijiste en aquel territorio misterioso… estamos juntos en esto.