Aquí está la segunda parte, contada desde el POV de Phoenix para que veamos las diferencias...
Espero que os guste.
NOZOMI GARDEN
2.
Phoenix Wright estira el brazo para parar la alarma y gandulea un rato más entre las sábanas: le cuesta horrores levantarse. Desearía poder tener un poco más de descanso, o ser rico. No por el dinero, aunque también, sino por mejorar su calidad de vida. Bosteza, se levanta y agarra la primera camiseta que ve sobre la silla, probablemente la misma de ayer. Se inclina hacia la pequeña ventana junto a su cama y trata de abrirla para ventilar.
"Tengo que engrasar esto, es horroroso"
La manilla de la ventana chirría y está suelta. Phoenix suspira, pero no puede permitirse vivir en otro sitio: su sueldo como vigilante apenas le da para vivir allí, en una de las ciudades más caras de Los Ángeles. Hace diez años que dejó su hogar, a sus padres, para buscarse la vida, pero es difícil: su carrera de Biología no le ha abierto muchas posibilidades, teniendo que conformarse con un trabajo por turnos y algo inestable; por suerte, ese año fue trasladado al Grand Hope para vigilar los bonsáis, gracias a su conocimiento en botánica. Su trabajo anterior, de vigilante de banco, era poco generoso, desagradable porque tenía líos más de una vez y estresante por el tipo de gente que acudía allí. Entrar en el Grand Hope fue toda una suerte. Agarró unos pantalones y se metió en la cocina. Abrió la nevera, cuya puerta estaba demasiado usada y tenían que cerrarla con celofán para evitar que se abriera.
"Mierda, Larry no ha comprado y le tocaba a él".
Phoenix suspira; tendría que conformarse con parar en algún local para comprar la cena antes de llegar al parque. Estaba en ese piso gracias a que Larry, su amigo de la infancia, vivía con él, pero era difícil la convivencia con alguien cuyo trabajo era más inestable que el suyo y cuya moral languidecía según el tipo de chicas que se ligase. Phoenix lo apreciaba, estaban juntos desde la primaria, pero no paraba de recordarse que aportaba más problemas que ventajas. Era desordenado, no cumplía sus promesas, le lloraba para intercambiar turnos de tarde por turnos de mañana, se olvidaba en ocasiones de hacer su parte de tareas de la casa, y un largo etcétera. Phoenix agarra un papel y un bolígrafo y garabatea:
"Larry, se te ha olvidado ir a comprar. Si no vas mañana, olvídate del cambio de turno el viernes"
Por suerte, conocerle tan bien le hacía saber su punto flojo. Los viernes y fines de semana, Larry trata de pedir la tarde libre o de cambiar el turno con él u otro compañero de la empresa. Como hoy, se dice Phoenix, y tras ducharse, vestirse, coger una mochila y recoger un poco el cuarto, sale de los apartamentos y tras diez minutos caminando, cruza la autopista y coge la línea plateada 910 hacia Downtown. Al llegar allí, planta la bolsa de comida rápida sobre la mesa y su compañero alza la vista con los ojos brillantes.
—Nick, eres maravilloso, ¡me has traído la comida! —Phoenix aparta a tiempo su bolsa, la refugia bajo su brazo y pone cara de fastidio.
—Encima te cachondeas, Larry. Esto no es para ti, es mi cena. Resulta que a alguna persona se le ha olvidado ir a comprar y no hay nada en la nevera —Larry arruga el gesto.
—¿En serio? Menudo desalmado...
—Larry, no voy a decírtelo más veces, o haces tus tareas o me largo y te dejo solo. Si tengo que tener dos trabajos para pagar el alquiler, no me importará, ¿sabes? —Phoenix lo amenaza porque sabe que Larry no quiere trabajar más que lo justo, y porque él no podría permitirse vivir solo en un piso salvo que alquilara en zonas peligrosas de Los Ángeles, a riesgo de robo o de perder la vida.
—¡Pero Nick! ¡Eres muy cruel conmigo!—el joven hace pucheros y comienza a quitarse el uniforme, pero Phoenix se le adelanta y con cena y todo se mete en el cuarto para vestirse, rodeado de los lamentos de su compañero.
La tarde transcurre tranquila, apenas hay visitantes, tiempo que aprovecha Phoenix para estudiar sus apuntes de japonés. Se inscribió el año pasado en primer año y un año después, en segundo, repasan verbos, complementos y algunos kanjis. Phoenix es especialmente bueno entendiendo las estructuras verbales, pero el recordar los kanjis le supone estar constantemente reproduciéndolos en las hojas de su cuaderno o incluso en hojas sueltas. El reloj da las siete y Phoenix sale de la exposición con mochila y su traje de vigilante caminando hacia el invernadero, donde otro compañero ha terminado su turno. Él cubrirá el resto de horas que el invernadero debe permanecer abierto, es decir, hasta las diez. Para cuando Phoenix se coloca frente a la puerta de entrada, junto a una pequeña caseta, agradece la lectura dejada por su anterior compañero. Esa es otra de las peculiaridades de Larry: no lee ni le preocupa lo más mínimo enlazar frases para imaginar mundos extraños.
"Yo quiero vivir mi vida real, Nick. Los libros son para gente que no encaja aquí".
Eso suele decir, pero cuando una chica rompe con él a Phoenix le parece que quien no encaja en el mundo es Larry. O por lo menos, en el mundo de las conquistas. Aunque Larry no parece buscar unos valores en su media naranja, y así le pasa: lo mismo le vale una hippy cualquiera anunciando paz y amor y vistiendo ropa ancha, como una señorita de barrios adinerados que viste Prada y otros complementos fuera del alcance de la economía de su amigo. Phoenix suspira: hace tiempo se cansó de decirle lo que pensaba. Ahora se limita a escuchar y a dar consejos como mejor sabe y a estar ahí junto a su amigo cuando una mujer le planta, algo que sucede demasiado a menudo.
Phoenix abre el periódico, consulta la página de deportes, la de sucesos y la de noticias nacionales y frunce el ceño ante el titular:
"Miles Edgeworth, el prestigioso abogado de Los Ángeles, demuestra la inocencia de la madre del pequeño asesinado con brasas"
Phoenix lee el artículo con el corazón en un puño: una madre acusada de haber asesinado a su propio hijo por su ex pareja, que tenía la custodia del niño.
Al parecer, el abogado estuvo recopilando pruebas y pidiendo más investigación a los jueces porque según la rueda de prensa de ayer, confesó "creer ciegamente en su cliente". Finalmente, las pruebas y los testigos llevaron a conocer al verdadero asesino: un loco obsesionado con secuestrar niños y utilizarlos de experimento. Phoenix cierra el periódico, hastiado de noticias tan horribles. ¿Cómo alguien puede hacer daño a sus semejantes? Es algo que no entiende. Y en el mundo de la justicia es posible que siempre existan hombres corrompibles.
Phoenix siente consuelo al ver que Larry ha ido a comprar y ha ordenado un poco el salón, pero lo bueno se acaba pronto y cuando vuelve de clase de japonés e introduce la llave en su apartamento se encuentra con una banda sonora muy peculiar. Suspira y dice adiós a su estudio; se cambia de ropa y sale del apartamento a correr por las inmediaciones del barrio. Esa es otra de las desventajas de vivir con Larry: tiene más sexo que tú y a veces es imposible quedarse a descansar con todos esos alaridos. Que no sabe qué demonios les hará Larry a las tías para que griten así, debe ser muy flexible, porque el tamaño de su pene tampoco es para ponerle un altar. Es igual, se abstiene de comprobarlo. Cuando vuelve al apartamento pensando que ya habrá parado la letanía, una mujer entrada en años le para.
—Phoenix, cariño. ¿Cómo estás? Ya veo que sigues en forma —oh, sí, es la vecina de enfrente, la señora Green, una mujer jubilada de pelo canoso, entrada en carnes, con una agradable mirada gris, que vive sola y a quien en ocasiones él ayuda. Baja la mirada hacia un bulto que ella lleva en las manos y aspira el olor, haciéndosele la boca agua inmediatamente—. Venía a darte esto, por agradecimiento de que el otro día me cambiaras las bombillas.
Phoenix no tiene ganas ni corazón para rechazar comida hecha con cariño, así que abre las manos para cobijar lo que quiera que desprenda ese olor maravilloso.
—Gracias. Lo cenaré hoy.
—Ya es un poco tarde y aún así sales a hacer ejercicio. Eres todo un ejemplo —le sonríe ella, y Phoenix no puede evitar sentirse incómodo al escuchar esas frases de devoción.
—Hago lo que puedo —es su humilde respuesta, y tras intercambiar varias frases con ella, sube a casa. Por suerte, Larry y quienquiera que sea su acompañante han terminado, aunque siguen encerrados en el cuarto de él. Phoenix desenvuelve el bulto en la cocina para descubrir una deliciosa tarta de queso con moras azules. Le encantaría compartirla con Ema, pero sabe que si la guarda en el frigorífico, será pasto de Larry, así que la cena en su habitación mientras repasa las lecciones del día. Después, se da una ducha y cae rendido en la cama sin saber nada más de su compañero de piso.
Al día siguiente es día de libranza, pero no por ello Phoenix se queda en casa. Tras barrer, poner una lavadora y hacer diversas tareas, recibe un mensaje de Ema citándole a tomar algo por la tarde.
Phoenix suspira. Le apetece salir, pero hoy hace de profesor para la estudiante Morgana Mint. A veces le gustaría poder descansar un poco más, aunque reconoce que tener la mente ocupada le hace estar más activo y de buen humor. Morgana Mint vive en Normandie Avenue, a unos treinta minutos caminando, y cuando Phoenix llega, Morgana lo recibe con un abrazo. Es muy efusiva y a veces le molestan las continuas muestras de afecto y su insistencia en salir juntos, y él ya no sabe cómo explicarle, sin ofenderla, que no le interesa.
—Hoy es tu día libre, ¿no? —Morgana se sacude la larga cabellera rubia rizada y Phoenix asiente. La pregunta es irrelevante, porque ambos saben que si él está allí es porque tiene el día libre—. Podríamos salir después.
—Pues... voy a ir luego con Ema a tomar algo, puedes venirte —Morgana hace pucheros. No conoce a esa tal Ema, pero seguro que está intentando lo imposible para salir con su genial profesor. La imagina como una chica muy alta y espigada, con mucho pecho, con el cabello largo y lacio y muy lianta. Además, Ema es mayor que ella y eso aumenta las posibilidades de que se quede con Phoenix. Y no le gusta nada. Cruza los brazos y cambia de tema, y por fin se ponen a estudiar. A eso de las seis, Phoenix coge el bus hacia Santa Mónica y por fin entra en un club donde se reúnen jóvenes a bailar y a tomar algo. El local está tranquilo y Ema está con otras dos amigas y un chico. Phoenix sonríe al verlos: son compañeros de clase de japonés. Ya ha salido con ellos alguna otra vez, aunque es difícil que Phoenix Wright se encuentre incómodo en una situación social. No es de quedar con grupos grandes de gente, pero es evidente que su sencillez le hacen una persona sociable y agradable al resto, incluso aunque salga con gente menor que él. Phoenix puede adaptarse muy bien a gente joven porque él mismo no tiene el espíritu de su edad, y los jóvenes lo consideran divertido porque también comparte muchos de sus puntos de vista y sus aficiones.
—¿Qué tal esta semana? —le pregunta Ema mientras sorbe un poco de su bebida gaseosa—. No me he podido pasar por el jardín, he tenido exámenes.
—Bien, como siempre. Aclimatando algunos bonsáis y haciendo el turno de mi compañero.
—¿Otra vez te lo ha cambiado? Ese Larry es un listo. Dile que no —Phoenix alza las cejas, como si él no quisiera hacerlo; el problema es que si no le cambia el turno, Larry lleva a la chica al apartamento y se dedican a divertirse toda la noche. Y sí, entre ellos son respetuosos, pero a veces Larry podría quedarse un fin de semana en la cama, solo, o buscarse algún otro entretenimiento: además del trabajo de vigilante, no hace nada más y siempre anda fatal económicamente—. ¿No me digas que prefieres trabajar? Ufff, qué coñazo. Espera a que gane más dinero y podrás mudarte conmigo.
Phoenix sonríe. Ema le dice eso todas las semanas, pero la muchacha es hermana de una inspectora de policía y vive con ella en un barrio muy lujoso de la ciudad y no cree que deje el hogar familiar pronto. Sobre todo cuando en esa casa pueden vivir cinco personas de forma holgada.
El mundo está muy mal repartido, se dice Phoenix, aunque en este caso las hermanas Skye lo han conseguido todo por su cuenta: estudios, trabajos, ascensos, etcétera. Lana Skye ya era un prodigio cuando entró a la policía, pero su hermana sigue la misma estela. Siendo universitaria y estudiando una carrera tan complicada se permite el lujo de estudiar japonés porque le gusta. Y le abrirá puertas. Phoenix no es especialmente ambicioso, simplemente con ganar lo suficiente y hacer algo que disfruta vive feliz, pero desearía poder independizarse de Larry.
—¿Has ido a estudiar con Morgana hoy? —al ver asentir a Phoenix, hace un puchero—. ¿Por qué no se viene? ¿Es autista, o qué?
—Me parece que no quiere juntarse contigo. Teme que tenga toda tu atención en ti y no en ella.
—¡Qué chorradas! Si no me conoce. Además, solo es para pasar un buen rato, está un poco obsesionada contigo. Ni que fueras un tipo interesante —Phoenix empuja a la chica, pero son esas bromas las que los unen. Tanto uno como otro son francos con lo que sienten y desde el año pasado salen bastante a menudo a divertirse. Aunque es mucho más divertido en verano, cuando acuden a la casa de Ema y aprovechan para bañarse en la piscina o cuando van a Santa Mónica o Venice a tomar el sol en la playa.
Como Ema y Phoenix se quedan callados, la muchacha frente a Ema se dirige a él.
—¿Y tú por qué estudias japonés? —Phoenix sonríe y no puede evitar la mirada soñadora. La chica, Cassandra, es de la edad de Ema, morena, con los ojos muy pequeños, aparentemente muy educada y correcta.
—Siempre me ha gustado la cultura japonesa. Creo que tienen cosas muy interesantes de las que podemos aprender. Y siempre me he sentido atraído hacia su forma de hablar, sus costumbres.
—¿Los templos y los kimonos? —indica el otro chico, Brun, sentado junto a Ema.
—No me imagino a Phoenix vestido con un kimono —ríe Ema—. Seguro que se lo pisaría o lo doblaría mal.
—¡Oye! No me conoces lo suficiente para decir eso.
—Los kimonos son bonitos para las chicas —apoya Brun—, pero no me imagino vistiendo uno. Lo que sí es interesante es ir a los templos.
—A mí me interesa más el mundo de la traducción —dice Cassandra—. Me gustaría traducir cómics japoneses.
—¿Trabajar en una editorial? —pregunta Phoenix, y ella asiente. Es interesante. Siempre le han gustado las asignaturas de letras, aunque finalmente se decidiera por una de ciencias. Y él no lee muchos cómics japoneses, pero una antigua novia que tuvo en la facultad también era aficionada a ellos, así que podría mantener una conversación de cómics de chicas si se diera el caso.
Toman otra copa más y antes de dar las diez se despiden: Phoenix y Cassandra van hacia las barriadas del sur y toman el mismo autobús. En el trayecto siguen charlando y cuando el moreno llega al apartamento cena con Larry, quien le pone al día de su nueva conquista, Chantelle, una estudiante que acaba de llegar a Los Ángeles. Larry habla de ella con la misma adoración que la anterior novia, una pandillera de Compton que le metió en diversos líos y después desapareció. Phoenix escucha atentamente y reza porque no sea otra más de la lista de amantes de Larry que lo usan para cualquier cosa y después lo abandonan vilmente.
CONTINUARÁ
