"Más que amigos"

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Capítulo 1: "Mi Heroína"

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¿Cómo empezó todo esto? Pues para responder a tu pregunta, debo retroceder muchos años en el tiempo, desde el momento en que conocí a Serena. Ambas íbamos en primaria, en la misma sala de clases, teníamos solo diez años. Serena siempre fue una chica carismática y cariñosa, por lo que se relacionaba bien con la mayoría de nuestros compañeros.

Yo en cambio, era una niña mucho más introvertida, crecí de forma solitaria luego de la muerte de mis padres y fui criada por mi abuelo materno. Mi única compañía eran mis cuervos, admiraba la belleza de sus plumas negras, la inteligencia y la elegancia con la que volaban. Sé que es algo fuera de lo común, pero así soy yo y no pienso cambiar a estas alturas de mi vida.

Serena era la típica chica consentida por su familia y siempre estaba feliz. Su cabello rubio lo llevaba peinado de una forma muy característica, haciéndose dos odangos en cada lado de la cabeza. Siempre hablaba con alegría con todo el mundo y no se conformó al ver a una de sus compañeras sola, mirando por la ventana, excluida de todos. No era que yo no supiera hacer amigos, solo que no me interesaba tenerlos, creí que no me hacían falta.

Así que un día, Serena decidió cambiar de puesto con mi compañero y se sentó en un pupitre en frente de mí. Desde entonces, Serena no paró de intentar entablar conversación conmigo, yo le respondía solo con monosílabos. Yo pensaba y se lo dije en más de una ocasión, de que ella no iba conmigo, era demasiado extrovertida y gritona para alguien tan seria y silenciosa como yo.

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Un día, a la hora del almuerzo, Serena olvidó su comida. Recuerdo que lloriqueó un buen rato cerca de mí. Su llanto era tan irritable que le di mi sándwich de jamón y queso para que parara de chillar de una buena vez.

— Rei, eres una buena persona, me has salvado la vida. Pensé que no te simpatizaba, ahora te doy infinitas gracias. —Dijo Serena de forma dramática.

— No es para tanto. Solo te di mi almuerzo para que te callaras de una vez y más vale que lo disfrutes porque es mi sándwich favorito. —Dije.

— Te lo agradezco tanto, Rei. Eres buena persona. —Dijo ella con una gran sonrisa.

— No lo soy, solo lo hice porque tu llanto me irrita. —Dije.

— Pero me diste tu almuerzo, eso nunca lo olvidaré. —Dijo Serena con los ojos cristalinos.

— Vas a hacer que me arrepienta, niña. —Dije con el entrecejo fruncido.

Serena comenzó a comer mi almuerzo, al parecer estaba muy hambrienta porque comía de forma descomunal, aunque con los años descubrí que ella todo lo devoraba de esa manera.

— ¡Está buenísimo! Creo que esto merece que yo te compense. Haré lo que sea para devolverte el favor, lo prometo. —Dijo Serena con la cara toda embarrada en migas de pan.

— ¡No tienes que hacerlo!

— ¡Lo haré!

— ¡Ay, Dios! ¿En qué me metí? —Dije con resignación. Saqué una naranja de mi bolso y comencé a quitarle la cascara, mientras Serena me observaba con sus grandes y expresivos ojos azules.

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La promesa de Serena se cumplió más pronto de lo que pensé. Un día, después de la escuela, caminé hasta mi hogar como de costumbre. Estaba sola, mi abuelo trabajaba hasta muy tarde ese día.

Yo solo quería llegar pronto para alimentar a mis cuervos-mascotas. Pero en el ante jardín, habían dos niños como de mi misma edad, apedreando a Phobos y Deimos. Corrí hacia ellos lo más rápido que pude y empujé con fuerza al más alto, este se cayó al piso.

— Ya llegó la rarita. —Dijo el otro chico mirándome con desprecio.

Yo corrí a ayudar a Deimos y Phobos, ambos yacían en el suelo, había una gran cantidad de plumas desparramadas en el piso. Deimos no se movía y Phobos aleteaba pidiéndome ayuda con sangre en su cabeza.

Me estremecí ante la escena, caí de rodillas al suelo y sentí muchas ganas de llorar.

— ¿Por qué lo hicieron? ¡Ellos no hacen daño a nadie! —Grité con coraje.

El chico que arrojé al suelo se levantó y caminó hacia a mí de forma amenazadora.

— Porque nos choca la gente rara. No es normal tener de mascota a dos cuervos ¡Loca de mierda!

— Lo más probable es que esta rarita sea una bruja. —Agregó el otro chico.

Yo me quedé paralizada, ni siquiera conocía a estos chicos ¿Por qué me odiaban tanto?

— Los únicos locos son ustedes ¿Acaso les parece muy normal matar a dos aves a pedradas? ¡Par de imbéciles! —Grité poniéndome de pie, devolviéndole una de las piedras al chico que me llamó "loca de mierda", dándole justo en la frente.

El chico gritó, cayó al piso y un chorro de sangre salpicó. Yo me asusté, no pensé en lo que había hecho, por el impulso de rabia y dolor.

El otro muchacho me miró con odio, sacó de su mochila un bate de béisbol y se acercó a mí para golpearme, yo no retrocedí, aunque mi cuerpo me pedía que lo hiciera, pero estaba paralizada por lo que me estaba pasando.

Cuando iba a golpearme, se detuvo bruscamente porque una piedra lo golpeó en la espalda.

— ¡No toques a mi amiga! —Dijo una voz tras él.

El chico se volteó a verla con furia, mientras el otro seguía lloriqueando por la pedrada que le di en su frente, la cual no paraba de sangrar.

— ¡No te metas en esto, enana! —Gritó el muchacho amenazando con el bate.

En ese momento, vi a Serena como nunca antes. Estaba con el ceño fruncido y sostenía en sus manos un palo con alambre de púas envuelto. La verdad es que se veía imponente, a pesar de ser solo una niña. Dio un grito de como si fuese a la guerra y agitó el palo dando golpes a todas partes. Los chicos gritaron asustados, incluso el que me amenazó soltó el bate para correr más rápido, cayó al suelo, pero se paró enseguida y siguió corriendo aterrado.

Serena se había vuelto mi heroína, ella me había salvado la vida. Comencé a llorar sin poder contenerme. Ella soltó el palo y corrió a tomar entre sus brazos a Deimos, lo envolvió con su sudadera.

— ¡Vamos! ¡Levántate, Rei! Hay un veterinario cerca, podemos llevar a tus aves para que las atienda ahora. —Dijo Serena con desesperación.

Yo entre llantos le dije que no era necesario.

— ¿Cómo no, Rei? ¡No perdamos más tiempo! ¡Vamos!

— Deimos estaba muerto cuando llegué y... Phobos dejó de moverse hace un par de minutos. Ambos ya murieron, Serena. —Logré decir entre sollozos.

Serena miró a Deimos que estaba en sus brazos y comenzó a llorar fuerte y de forma desgarradora.

— ¡Lo siento! —Gritó con dolor.

¿Acaso me pedía perdón por la muerte de mis amigos? Pero si ella no había hecho nada malo. Dejé de llorar, tomé a Fobos entre mis brazos y me acerqué a ella, quien abrazaba el cuerpo de Deimos, me pareció que a ella le dolía tanto como a mí perderlo.

— ¡No llores, Serena! No ha sido culpa tuya. —Dije con voz temblorosa.

— Yo te seguí, lo he hecho durante días. Quería hablarte, pero no lo hice pensando que te molestarías. Cuando vi lo que ocurría, salí corriendo a buscar algo con que defendernos. Se me ocurrió que el palo era muy poco para asustarlos y me detuve a buscar algo más. Puse el alambre de púas lo más aprisa que pude. Creo que demoré demasiado, tal vez solo debí pedir ayuda... pero no vi a nadie, a ningún adulto. —Explicaba Serena sin poder dejar de llorar.

Yo no podía creerlo, ella hizo todo eso ¿Por mí? Observé sus manos, estaban heridas a causa de las púas, imaginé que con la desesperación colocó el alambre con las manos desnudas.

Ese día, Serena lloró conmigo por varios minutos, luego de eso, me ayudó a darles sepulturas a mis queridos cuervos en el jardín trasero de mi casa. Cuando Serena iba a marcharse a su casa, me pidió disculpas nuevamente.

— No pude salvar a tus mascotas. Lo siento, Rei. Aún te debo una.

¿Acaso Serena no entendía que había hecho mucho más por mí que yo por ella? ¿No entendía que salvarme la vida era mucho más valioso que un simple almuerzo? Corrí hacia ella y la abracé con fuerza. Ella correspondió el abrazo y volvió a llorar. Desde aquel día, no puedo vivir sin esos abrazos cálidos que me dieron fuerzas para salir adelante.

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Mi abuelo llegó tarde en la noche y le conté lo sucedido. Afortunadamente sabía bien quienes eran ese par de mocosos violentos y fue hasta su hogar a reclamar a sus padres. Tuvo una gran discusión, porque los chicos estaban heridos y me culparon de todo. Los padres de eso chicos creían que yo era una especie de bruja y que por ello había que despreciarme. Le pedí a mi abuelo que nos marcháramos, ya había sido suficiente humillación por un día.

Mi abuelo lloró al regresar a casa. Pero no era su culpa, tampoco era mía. La culpa la tenían esos padres ignorantes que criaron a sus hijos de mala manera. Mi cabello negro, mis oscuros ojos, mi ropa preferentemente roja y negra me daba un toque oscuro que a la gente ignorante atemorizaba. Sumándole mi seriedad en una niña tan joven, más dos mascotas peculiares, ante los ojos de los demás era una rarita.

¿Había motivos para andar riendo todo el día? Tal vez los había, pero no para mí. La muerte de mis padres, el sacrificio de mi abuelo, la muerte de mis mascotas, simplemente me hacían dura, pero no mala. La vida no tenía muchos colores para mí, por suerte Serena apareció en mi vida para vivir conmigo un arcoíris.

Desde ese día, mi abuelito intentó no trabajar más horas extras para no dejarme tanto tiempo sola en casa, pero yo ya no lo estaba, ahora tenía a Serena a mi lado, a mi heroína.