Más que amigos

Aristta Pineas, 18 años

La madera se desprende en pequeños rizos, mientras el tulipán va tomando forma. La viruta revolotea en el aire antes de aterrizar en el pequeño montón que empieza a cubrir el suelo.

Es madera de roble y estoy creando el columpio en una sola pieza, así que cualquier error en el tallado lo echará a perder por completo. Sin embargo hace mucho dejé de preocuparme por eso. El tallar es una segunda naturaleza para mí, tan fácil como respirar o casi. La gubia se hunde con facilidad en la superficie, creando surcos para esbozar los tallos.

La mayor parte de la gente de mi edad trabaja en la extracción de madera, sin embargo empecé a destacarme en los talleres del instituto de "Diseño y tallado de muebles" y lo demás es historia.

Me echo hacia atrás contemplando mi obra, secándome el sudor que me cubre la frente con la manga de mi camisa. Falta muy poco para que esté terminada. Un par de flores más y entonces podré barnizarla.

Al principio consideré la posibilidad de pintarla, pero la veta de la madera era tan preciosa que me pareció un desperdicio. Hay cosas en la naturaleza que simplemente no pueden ser superadas.

– ¿Estuviste trabajando toda la noche?- mi espalda se tensa y luego se relaja cuando reconozco la voz. Mi corazón empieza a latir aceleradamente y siento mi rostro calentarse cuando mi perenne sonrojo hace acto de presencia. Con algo de suerte podré achacarlo al esfuerzo físico.

–En realidad no- digo mientras me giro para ver a Tre Terrel, nuestro último Vencedor, apoyado en una de nuestras mesas de trabajo- Tuve libre los últimos dos periodos en la escuela y decidí ponerme a trabajar. ¿Qué te parece?

Él se lleva una mano a la mandíbula y frota su barba incipiente con los dedos, fingiendo pensarlo.

–Creo que es asombrosa, pero eso ya tú lo sabías ¿no? Todo lo que haces es absolutamente increíble.

Intento controlar mi turbación, pero es difícil hacerlo cuando él dice cosas como esa. Le dedico una sonrisa temblorosa antes de inclinarme hacia adelante, haciendo que mi cabello caiga sobre mi rostro para ocultar el rojo intenso que debe estar cubriendo mis mejillas.

– Ris yo… - mi corazón late más rápido cuando utiliza mi apodo. Escuchó a Theka llamándome así hace un par de semanas y desde entonces ha comenzado a llamarme de esa manera.

– ¿Sí?- él abre la boca, pero luego aprieta los dientes, como si reconsiderara lo que va a decirme y permanece en silencio. Intento no parecer muy decepcionada.

–Nada- dice meneando la cabeza- ¿Empezamos con la lección o quieres seguir trabajando?

–Empecemos con la lección- digo asintiendo.

Nos dirigimos a una de las mesas que se encuentran libres. Nogal Brown, una de las mujeres que trabaja en el taller, me observa con las cejas enarcadas y ríe en silencio mientras acompaño a Tre, que se sienta en la banca, dejándome lugar para quedar a su lado. Él toma una de las piezas en que estuvimos trabajando ayer. Se supone que era un corderito, pero su cuello ha quedado tan fuera de proporción que parece un caballo con problemas de crecimiento.

–Realmente no soy muy bueno en esto ¿o sí?

Me echo a reír, relajándome a su lado, mientras tomo un nuevo trozo de madera y elijo una gubia para él.

–No está taaaan mal- digo alargando la sílaba.

Él se ríe y aún me maravillo por el sonido. Lo hace en esa manera torpe de quienes no están acostumbrados a reír a menudo, pero el sonido resulta balsámico, como si ayudara a cerrar una herida muy vieja.

– Dudo que puedan catalogarme como "talentoso" en esto, pero supongo que está bien porque me permite pasar tiempo contigo.

Ambos nos congelamos por un momento cuando él deja caer esa bomba entre nosotros. Mi mano tiembla sobre la mesa, picando para que sujete la suya, pero entonces me recuerdo que él sigue muy mal después de haber regresado los Juegos y que yo aún no he conseguido sacar en claro cómo me siento con respecto a Sálix y a la boda que se realizará en un par de semanas, así que cierro los dedos, formando un puño sobre la mesa, y hago como que no ha pasado nada.

–Tal vez era demasiado pronto para comenzar con los animales. ¿Qué te parece si optamos por figuras básicas. ¿Te gustaría aprender a hacer una estrella?- digo mientras elijo un trozo de madera con forma de cubo y lo dejo en la mesa frente a él. Cuando levanto la mirada él me está observando fijamente, sus cejas gruesas formando una uve. Él no desvía la mirada, se queda observándome como si tratara de descifrar algo.

Al final, soy yo quien aparta la mirada.

–Una estrella estará bien- dice tomando la pequeña gubia y hundiéndola en la madera.- Tu dirás.

Un suspiro brota de mi garganta antes de que empiece a explicarle las nociones básicas para que retire las primeras piezas de madera.

El anuncio de la boda empieza a salir en el diario, en una cuenta regresiva, con fotos a color de Sálix y su novia. Ninguna duele, ni por asomo, tanto como la primera vez que lo supe, pero sigue habiendo un curioso malestar en mi pecho.

El hecho de que ahora nunca estoy sola parece ayudar. Después de la escuela, llego al taller, donde paso los primeros diez minutos poniendo las cosas en orden y decidiendo cual será mi siguiente tarea.

Como si tuviéramos un horario establecido, Tre siempre aparece puntualmente, atravesando la puerta y haciendo sonar la campanilla.

Ha aprendido a sonreír más. De hecho, ha cambiado mucho en las últimas semanas. Se ha cortado el cabello, no demasiado, pero lo suficiente para evitar que los mechones castaños le cubran los ojos. Le sienta bien. Además, las profundas marcas oscuras que tenía bajo los ojos han ido aclarándose poco a poco, aunque no por completo, aún puedes ver la sombra de su sufrimiento, de las largas noches en vela.

Debe ser difícil, el tener que enfrentarse a una realidad en que la gente te ve como un monstruo. Para mí, él nunca lo ha sido. Simplemente le ha tocado jugar con las cartas que le han tocado y ha tenido que ser el más fuerte para volver a casa. A Camelia nunca la conocí personalmente, pero veo su cara en el rostro de mis hermanos. Era demasiado joven para tener que enfrentarse a eso. Creo que yo también habría perdido la cordura de estar en su lugar. La forma en que murió fue absolutamente horrible.

Mi mirada se dirige por inercia hacia la puerta, esperando que se abra en cualquier momento para revelar la figura de Tre, pero no lo hace. Frunzo el ceño, mis ojos bailan sobre el reloj que cuelga de la pared y veo como el minutero avanza.

–No pasa nada- digo mientras tomo un cincel y empiezo a trabajar en otra pieza- debe haberse retrasado.

Conforme van pasando los minutos sin que él llegue, empiezo a sentirme preocupada, luego, cuando son horas y no minutos, me enfado. Pero ¿quién se cree que es para dejarme plantada?

Cuando el sol se oculta, guardo las herramientas y me dirijo hacia el lavabo para quitarme los restos de serrín y de cola de las manos. Soy la última en el taller, los demás se han ido ya. Mientras me inclino hacia adelante, dejando que el agua limpie mis uñas, escucho la campanilla de la puerta repicando.

Tre.

Contemplo mi rostro en el espejo, decidiendo si sigo molesta o si me siento aliviada al verlo.

Al final, el alivio gana y mi rostro se relaja. Salgo del lavabo secándome las manos con una toalla.

–Pensé que ya no vendrías… - empiezo a decir, pero me congelo en mi lugar cuando veo al hombre apoyado contra la mesa de trabajo. No es Tre.

Es Sálix.

El tiempo se detiene. Lo único que puedo ver a es Sálix.

Su rostro, tan hermoso como si hubiera sido esculpido en mármol. Sus ojos, del color de las violetas, un azul imposible. Oscuras manchas de un suave color púrpura que antes no estaban ahí, enmarcan sus ojos ahora. Luce cansado, como si llevara un gran peso encima.

–Aristta- dice él en un tono tan bajo que por un momento creo haberlo imaginado, pero no ha sido así. Él me habla, me llama con un tono suplicante que nunca había escuchado hasta ahora. Mis ojos se llenan de lágrimas, desbordados por las emociones que llevo conteniendo durante demasiado tiempo.

Pero no es tristeza o anhelo lo que me hace llorar.

Es rabia. Pura y visceral. Y me doy cuenta de que quiero hacerle daño.

Mis manos se vuelven puños a ambos lados de mi cadera. Quiero lastimarlo, lastimarlo tanto como me lastimó él a mí.

–Aristta- repite él y su susurro suena como un ruego.

–Supongo que debería felicitarte- y me doy una palmada mental, felicitándome por el sonido, frío y carente de emoción, en mi voz.

Él tiene el detalle de parecer avergonzado. Cierra los ojos como si estuviera siendo empujado por un vendaval y cuando los abre, su mirada es más azul que nunca.

–No espero que lo hagas. He venido a hablar contigo.

Mis ojos se entrecierran, a la espera de continúe. Como no lo hace, entonces le respondo:

–Hablar- repito- ¿De qué?

–Yo… yo lo siento. Sé que debí decírtelo. Sé que debí…

–¿Tener agallas?- sugiero- ¿Algo de respeto?

–Lo lamento. De verdad lo siento. Debí decírtelo. No debí permitir que tú… que yo…

Mis ojos se cierran con cansancio. Supongo que esperaba sentirme diferente después de esto, pero sus disculpas no significan nada. No siento nada.

– De acuerdo.

–¿De acuerdo?

Asiento.

– De acuerdo ¿Qué?

–De acuerdo, te escuché. Pero no creo poder perdonarte. Me mentiste. Me heriste y te apareces ahora ¿cuánto? ¿Seis meses después? ¿Siete?

–No ha sido fácil para mí tampoco.

–¿Disculpa?

– ¿Cómo crees que me ha hecho sentir todo esto a mí también? Yo no pedí por esto. Yo no elegí casarme con ella.

No es la primera vez que él me habla sobre la posición en que lo ponen sus padres y su legado, pero sí es la primera vez que lo odio por ello.

–¡No te atrevas! No te atrevas a justificarte, no te atrevas a echarles la culpa a tus padres. Siempre tenemos opción. Siempre.

Él me mira con los ojos redondos por la sorpresa. Es la primera vez que le hablo así. Es la primera vez que me ve realmente molesta.

Y la violencia que me domina, finalmente, se hace con el control. Mi mano conecta con su cara antes de darme cuenta de lo que estoy haciendo. Hay una sensación de triunfo cuando la bofetada resuena, amplificada al rebotar contra las paredes de madera.

Sálix jadea, buscando aire, mientras una sonrisa se forma en mis labios. Esto se siente correcto. Es como cortar una cadena que no sabía que me envolvía. Un cierre. De repente, es como si los meses pasados a su lado no valieran absolutamente nada, porque cada segundo ha sido una mentira.

Puede que pierda mi empleo por esto. La vieja Aristta posiblemente se aterraría por ello. Pero no. Estoy bien.

Él se cubre la mejilla, donde empieza a surgir una mancha rosada con la forma de mis dedos.

–Se acabó- le digo mientras tomo mi mochila de debajo de la mesa y salgo por la puerta mientras él me observa atónito.

Se acabó.

En cuanto el taller se pierde de vista, me apoyo contra el tronco de un árbol.

Se acabó.

Y una sonrisa tan ancha que podría partirme la cara por la mitad, se instala en mi rostro.

Al día siguiente es como si, por primera vez en meses, pudiera respirar de verdad.

Voy a la escuela y me presento, algo insegura, en el taller.

Nadie parece sorprendido de verme ahí. Así que dejo mi mochila en el suelo y me pongo a trabajar.

Tre no aparece.

Tampoco lo hace al día siguiente.

Al tercer día, me armo de valor y pido permiso para salir temprano. Es la primera vez que lo hago, así que el supervisor me lo permite.

La Aldea de los Vencedores se encuentra a dos kilómetros del taller. Hay seis casas ocupadas en este momento, pero reconozco la de Tre sin problema por el porche tristemente vacío. Respiro hondo, antes de perder el valor y golpeo la puerta con el puño.

Hay pasos apresurados al otro lado. Un rostro conocido, pero no por ello familiar, aparece al otro lado.

– ¿Sí?- pregunta la chica con confusión.

La forma de sus ojos y el color de su cabello me resulta familiar. Entonces recuerdo que Tre tiene una hermana.

–Hola… perdona, no ha sido mi intención tocar de esa manera la puerta- digo sintiendo como mis mejillas se calientan- Yo… me he dejado llevar.

La chica me observa por un momento y finalmente dulcifica su rostro con una sonrisa.

–No hay problema. Eres Aristta ¿cierto?

Mis ojos se abren y mis cejas se levantan por la sorpresa de que sepa quién soy. Nunca, hasta ahora, he puesto un pie en casa de Tre.

–¿Cómo lo supiste?

La chica amplía su sonrisa y se encoje de hombros, apartándose de la puerta para dejarme pasar.

–Lo adiviné.

La sigo al interior de la casa. Es impresionante, con sus amplios ventanales y los delicados acabados en los marcos de las puertas y de en las molduras del techo. Toda una obra de arte.

–Tre no está- dice mientras me conduce a la cocina.- Soy Sion, por cierto, su hermana.

Asiento mientras continúo embebiéndome de la belleza del lugar.

–¿Quieres una taza de té?

Ella no espera mi respuesta antes de llenar la tetera y encender la moderna cocina. Con una mano señala el pequeño juego de comedor, invitándome a sentarme.

– Te he visto un par de veces- explica ella mientras saca una bandeja y coloca unas hermosas tazas de porcelana y una jarra con leche.- Al principio no sabíamos en dónde se metía Tre, mi otro hermano y yo, quiero decir. Nos aterrorizaba la posibilidad de que llevara las cosas demasiado lejos, así que empezamos a tomar turnos para seguirlo. – se explica ella y sus mejillas se sonrojan un poco- Por lo general se dedicaba a deambular por el pueblo o por el bosque, hasta que un día encontró tu taller.

Abro la boca para decirle que el Rinaudi no es mi taller, pero ella continúa hablando:

–Después de la primera vez que estuvo ahí fue como… como si él volviera. Puede que sea difícil de creer, ya que no lo conocías, pero Tre siempre había sido un buen chico… tan amable, tan dulce, tan alegre… - la tetera empieza a silbar y ella se levanta apresurada para apagar el fuego- y entonces papá murió y Tre empezó a culparse. Fue solo un accidente, pero él está convencido de que… En fin, las cosas eran difíciles en ese entonces, pensamos que lo superaría, que todos juntos podríamos seguir adelante, y fue cuanto todo empeoró: vinieron los Juegos y lo de Camy… y las cosas… fue un desatre.

Sion hace una pausa, para arrojar cubos de azúcar en ambas tazas y se seca la esquina de su ojo con un dedo tembloroso.

–Nunca conseguía dormir más que unas cuantas horas por la noche. Podías decirlo por los gritos. Al final, mi hermano y yo acabamos acostumbrándonos, si es que puedes acostumbrarte a algo así. Y entonces él… te conoció- dice mientras estira el brazo y envuelve mi mano con la suya…

Mi garganta se seca.

–Fue como despertar de una pesadilla. Empezó a dormir más, a sonreír más, a hablar mas… Nos contó lo que pasaba con él, las cosas que sentía… Fue como recuperar a mi hermano- dijo mientras le daba un apretón a mis dedos.- Y tengo que darte las gracias por eso.

–¿A mí?- pregunto y mi voz suena extraña, demasiado aguda.

Sus ojos se tornan brillantes al asentir. Ella suelta mi mano y sirve el agua caliente en las tazas.

–Nos devolviste a Tre, Aristta, y eso es algo que nunca, nunca, podremos olvidar. Por eso me siento horrible al tener que pedirte otro favor, pero realmente creo que eres la única que puede ayudarnos…

Cuando salgo de la casa las piernas me tiemblan y la cabeza me da vueltas. Tanta gratitud es desconcertante.

Me apoyo en el portón que da acceso a la Aldea de los Vencedores.

Estoy abrumada. Me debato entre ir a buscar a Tre o no, cuando lo escucho. El silbido de un hacha al cortar el aire y el impacto del filo al dar con el tronco. No es un sonido extraño en nuestro distrito, pero los árboles de esta zona no pertenecen a ninguno de los sectores de talado.

La curiosidad me gana. Me dirijo silenciosa a través de los árboles que rodean la Aldea hasta que lo veo.

Es Tre. Podría reconocerlo en cualquier parte. La curva de su nariz, el ángulo de su mentón y la forma en que los mechones de cabello empiezan a caer de nuevo sobre su frente. El corte de cabello no le ha durado nada.

Se ha quitado la camisa, que está hecha una bola sobre el manto de hojas en el suelo. Sostiene un hacha larga en sus manos y está golpeando, sin ton ni son, el tronco del árbol con el filo. Los hachazos caen en diferentes puntos del tronco, formando un patrón carente de sentido. El sudor corre por su espalda, cubierta de fuertes músculos. Ni siquiera se percata de mi presencia. Doy un rodeo, hasta que puedo observar su rostro.

La escena me hace jadear. Tiene la cara contorsionada en una mueca de puro dolor y sus pupilas están tan dilatadas que el negro se ha tragado por completo el resto del color.

Actúo sin pensar, olvidando la regla número uno para sobrevivir en el Siete: nunca, jamás, te metas en la trayectoria de un hacha.

Mi cuerpo se dirige hacia él, mis brazos se estiran y mis ojos se cierran para recibir el impacto.

–¡Tre!

El golpe no llega. Abro los ojos y veo como el permanece con los brazos por encima de su cabeza, sujetando el hacha. Los músculos de sus bíceps están hinchados, cubiertos por pequeñas venas azules.

–¿Ris?- sus pupilas se contraen al mismo tiempo que sus manos se abren y el hacha cae hacia atrás, clavándose en el suelo.

Tre permanece con los brazos estirados, mientras que algo más fuerte que yo me obliga a envolver mis brazos alrededor de su cintura. Pasa un segundo y luego otro. Y entonces él está envolviéndome con sus brazos. Su barbilla se apoya en lo alto de mi cabeza y lo siento aspirar con fuerza.

– Ris, Ris, Ris- repite la sílaba tantas veces que pierde sentido, mientras sus brazos se ciñen con fuerza alrededor de mi cuerpo, cortando mi respiración.

Su cuerpo irradia calor por todas partes. Su sudor moja mi ropa. Y entonces él hace algo que me congela en mi lugar: apoya sus labios sobre mi frente, dejando ahí un beso.

–No pasa nada- dice cuando me siente tensarme- Porque estoy soñando. Así que las cosas no serán raras ni nada después de que te diga esto- murmura contra mi pelo- Pero te quiero, Ris. Te quiero.

Luego, se limita a rozar con sus labios la cima de mi cabeza y yo no tengo el valor para decirle que no es un sueño, porque me aterra lo que podría pasar si lo hago.

Es Tre, es mi amigo.

–Me gustaría que fuera tan fácil el poder decírtelo. A veces pienso que es imposible el verte y no gritártelo.- continúa él hablando- ¿Entiendes? Seguro que ahora la verdadera tú está furiosa conmigo. Pero no puedo, no puedo verte y sentir lo que siento y saber que tú…

Se calla por un momento.

– Ser tu amigo es muy bonito. Pero ya no quiero serlo- dice él y mis ojos se abren de golpe. El dolor recorre mi columna- No quiero ser solo tu amigo…

"Sigue", pienso en decirle, "dime más". Pero no lo hace. Me atrae más cerca y besa mi cabeza de nuevo.

–Ahora debo irme a casa. Tal vez cuando despierte vaya a buscarte.

Permanezco muda.

–Y entonces todo va a estar bien. ¿De acuerdo?

Todo lo que puedo hacer es asentir. Él me suelta, recoge su hacha y camina, tropezando un par de veces, sin mirar atrás. Me deja sola en el bosque con la cabeza y el corazón hechos un lío.

Al día siguiente, Tre aparece en el taller.

Trae un ramo de flores silvestres en una mano, y una caja de pasteles en la otra. No es la primera vez que aparece con regalos, pero siempre lo había visto como otra cosa dentro de nuestra amistad.

No parece ni remotamente cohibido por el momento que compartimos ayer, lo que me hace pensar que él, definitivamente, cree que se trató de un sueño.

No hay forma de que pueda decirle la verdad, sería mortificante para los dos, así que acepto sus regalos de buen agrado y ambos fingimos que no han pasado días desde la última vez que estuvo aquí.

Sin embargo las cosas cambian. Empiezo a verlo con otros ojos. Cada detalle en él es ahora estudiado con unos ojos completamente distintos.

Cuando su piel toca la mía, mi mente viaja a esos momentos en el bosque. Mi garganta se seca y de repente, el aire en la habitación parece insuficiente.

Si él lo nota, no lo dice.

No conseguimos muchos avances en su tallado. Sus manos, fuertes y duras, no están hechas para esa clase de labor. Sin embargo seguimos intentándolo. El talla pequeñas figuras algo deformes al tiempo que yo continúo avanzando en el columpio.

Y de repente llega el otoño. Y con él, aparece el miedo. Porque es el tiempo de la Cosecha.

Trabajo como posesa los siguientes días, presa del pánico hasta que, el día antes de que llegue la temida hora, le doy la última capa de barniz.

Es perfecto, tal y como lo veía en el interior de mi cabeza.

Lo entrego, con algo de ayuda del encargado de transporte y ambos lo colgamos de las vigas del techo de su casa utilizando resistentes cadenas. Tre no está. Tal vez se encuentra en el bosque, esperando a que yo aparezca en medio de sus sueños febriles.

No lo hago. Me siento en el columpio y empujo el suelo con un pie para empezar a mecerme. Mientras un mal presentimiento se afianza en mi pecho.

Así me encuentra Tre unas horas más tarde, cuando regresa con la camisa colgando sobre su hombro y el torso de nuevo cubierto de sudor.

–¿Aristta?

Él me observa, desde el segundo escalón, y una débil sonrisa aparece en sus labios.

Y de repente ya no estoy meciéndome. Estoy parada sobre las puntas de mis pies mientras mis manos se apoyan en sus hombros y mi boca se estrella contra la suya.

Nunca he besado a nadie, excepto a Sálix. Y siempre, en cada ocasión, había sido él quien había iniciado el beso. Esta vez, todo es diferente. Y en cuanto me doy cuenta de lo que estoy haciendo, me quedo quieta. Empiezo a apartarme y entonces es él quien reacciona.

Sus manos se hunden en mi cabello y sus labios presionan gentilmente los míos, al menos al principio. Y de repente es como dejar caer una chispa sobre madera seca.

Resulta abrasador. El calor me envuelve, iniciando en mis labios y expandiéndose a través de mi cuerpo, como una onda, que quema todo a su paso. Mis rodillas se debilitan y siento que caeré al suelo y entonces su mano baja desde mi cuello hasta mi cintura y él me sostiene, pegando cada curva mía a su cuerpo, mientras profundiza el beso y me hace sentir mareada.

Me aparto cuando me falta el aire, mientras siento la cabeza dándome vueltas. Abro la boca para decir algo, pero entonces sus labios vuelven a encontrar los míos y yo me olvido por completo de lo que iba a decir.

Un sonido gutural brota de su garganta. Me alejo, por segunda vez, deseando que mis pulmones fueran más fuertes. Esta vez, Tre me lo permite. Sus labios dejan un reguero de besos desde la comisura de mi boca hasta mi sien y luego recorren el camino inverso y vuelven a dar con mis labios.

Finalmente, él se aparta.

Pienso en todas las cosas que deseo decirle. Sin embargo, cuando consigo hablar, son unas palabras muy diferentes las que salen de mis labios:

–Tengo miedo.

Y entonces me echo a llorar.

Él no me pregunta el motivo de mi miedo. Creo que lo sabe. Se limita a abrazarme y a murmurar palabras en mi oído que no significan nada y que, al mismo tiempo, lo son todo.

El día llega. Estoy parada en la hilera de las chicas de dieciocho, a la espera de que inicie la Cosecha. Mis rodillas tiemblan y mis labios arden por los besos compartidos. Tre me dedica una sonrisa cuando sube al escenario, sentándose junto a Olive Banyan. Ellos dos serán los mentores este año.

Es mi última cosecha. Si libro hoy, entonces estaré a salvo. Todo se habrá acabado.

Por favor, por favor, por favor.

La escolta se para frente a la urna de las chicas. Sus dedos rebuscan por un momento y entonces pilla un papel entre sus dedos índice y corazón. El pulso me late en la garganta.

Por favor, por favor, por favor.

–La chica que representará al Distrito Siete en los Quincuagésimo Quintos Juegos del Hambre es ¡ARISTTA PINEAS!

La cabeza empieza a darme vueltas. Escucho los gritos de los gemelos atrás, entre la audiencia de los no elegibles. Pero no me giro. Todo lo que puedo ver es la mirada horrorizada que me dirige Tre cuando empiezo a avanzar hacia el escenario.

Ni siquiera me entero de quien es el chico que irá conmigo. Todo a mí alrededor parece haberse convertido en un pitido agudo y un borrón de color.

Cuando la ceremonia acaba, me meten en una habitación para las despedidas. Mi familia entra primero. Mis hermanos y mi madre se echan a llorar mientras mi padre me sujeta los hombros con fuerza.

La siguiente en entrar es Theka. Ella no llora. Me abraza largamente y me dice lo fuerte y lista que soy. Me hace prometerle que hará todo lo que pueda por salir adelante y luego me abraza de nuevo.

Mis compañeros del taller entran a despedirse también. Uno por uno me dedican palabras de ánimo.

Finalmente, me quedo sola. Y entonces la puerta se abre de nuevo y esta vez es Tre quien entra.

Ni siquiera tengo tiempo de decirle nada. Su cuerpo me aprisiona contra una de las paredes y antes de darme cuenta de lo que sucede, él me está besando. Es un beso diferente, no es lento y suave, sino que está cargado de desesperación.

Por primera vez desde que mi nombre salió elegido, empiezo a llorar.

Sus dedos barren las lágrimas en mis mejillas y su respiración se mezcla con la mía cuando vuelve a besarme.

–Te quiero- dice él. – Te he querido desde que encontré el móvil afuera de mi casa. Te quiero desde que hice que te golpearas la cabeza con la mesa.

–Tre…

–Y no voy a perderte. Vamos a luchar, juntos. Y vas a ganar. Y volverás aquí. Volverás conmigo. Lo prometo.

Cierro los ojos, asumiendo lo que él dice. Y cuando los abro, le creo. Le creo por completo.

–Muy bien. Porque yo también te quiero.

El agente de paz abre la puerta. Enarca una ceja cuando ve nuestra cercanía. Si le parece extraño, no lo dice.

–Hora de marcharse. El auto ya está afuera.

Tre sujeta mi mano y desliza algo entre mis dedos. Bajo la mirada y encuentro una figura de papel doblado. Un corazón.

– ¿Cómo lo…?

–Puede que sea pésimo en las tallas de madera, pero al parecer el doblar papel no se me da mal. – dice con una sonrisa tensa mientras sujeta mi mano libre. – Aún tienes mucho que enseñarme. Cuando regresemos, quiero aprender a hacer ese pájaro.- dice antes de inclinarse para besarme de nuevo.


¡Feliz cumpleaños Lauz!

Chanchán. Meses después aquí tienen el final de su historia de amor, Ale y Lauz.

Aquí acaba el camino para Tre y Ris, les dejé el final abierto para que cada una se haga sus novelas en su cabeza. Lamento informarles que Aristta no gana sus Juegos. EEEEEEEEEEEEH! Jajajajaja! Es broma, si lo hace y luego vuelve con Tre a su distrito, deprimida como todos los que ganan y la pasa muy mal, pero gracias a Dios tiene muchos motivos para sanar por dentro y sentirse mejor. Tiene varios talentos entre los cuales escoger y logra una vida tranquila con Tre. Que a cada rato le sale sin camisa.

Espero que les haya gustado el final que le di a esta pareja. Sospecho que preferirán este al que les tocó en los Juegos.

Lauz, que cumplas muchísimos años más y seas muy feliz.

Un abrazo, E.