Otra noche más.

O tal vez no... Porque no era una noche cualquiera, se la estaba pasando en grande mientras estrujaba las sabanas de una cama que no era la suya.

Disfrutando con los ojos entrecerrados y una media sonrisa que era casi perezosa, su piel perlaba en sudor mientras él y su compañero movían sus caderas con una cadencia sensual que bien y podría ser mortal, esa noche no estaba en su alcoba.

Era un huésped nocturno y nada más.

Y mientras su anfitrión trataba de acallar los débiles gemidos con besos que distaban de ser castos, largos cabellos castaños caían como una cortina escondiendo los rostros de ambos.

Archie coloco su cabeza sobre el hombro del chico y cerró los ojos cuando no resistió más. Sabía que estaban a punto de terminar y podía sentir su mirada sobre él, esos ojos azules que enfurecidos parecían casi negros, aunque en medio de la obscuridad de la habitación no había manera de distinguir el color.

Solo podía aferrarse a él y morderse los labios para no hacer ningún sonido que despertara a alguien.

Las monjas, benditas religiosas, a veces hacían guardias por los dormitorios de los chicos y si les descubrían…

Apretó las sabanas.

Abrió los ojos y volvió a comprobar que no era su habitación, esta era más grande y lujosa que la que el compartía con su hermano, y aunque era muy fácil escabullirse puesto que sus balcones eran vecinos, el miedo de ser encontrados en semejante situación no dejaba de apoderarse de él, eso y una extraña sensación de sentirse vivo en sus brazos.

Cuando dejo de sentir sus labios al fin le escucho decir su nombre.

— Archie…. — le susurro la voz.

— Archie….

El no contesto, solo quería sentir su cuerpo contra el suyo, ya faltaba muy poco.

—Archie— de pronto el timbre de la voz que le llamaba había cambiado, aquella voz aterciopelada se había desvanecido.

— ¡Archie despierta!

El muchacho abrió los ojos, asustado, miró a su hermano con las manos en jarras ya vestido con el uniforme negro, se dio cuenta que todo había sido un sueño.