Primera cita en el paraíso.

Estaban en el parque. Él y Stiles, el frío de diciembre apenas se sentía. Derek estaba acostado en el césped, con sus palmas bajo su cabeza, igual que una almohada improvisada. Stiles sostenía sus rodillas mientras hacía flexiones.
—Me siento cómo una máquina de ejercicios humana—dijo Stiles.
—No eh escuchado que te quejes cuando ejercitamos por la noche—le respondió guiñando un ojo. —Además, no haces la gran cosa: sólo sostienes mis rodillas.
Stiles apoyó su barbilla sobre ellas—No me gusta cuándo haces ejercicios. Me encanta tú cuerpo y todo, pero eres aburrido cuándo ejercitas.
Derek enarcó una ceja. Sin aviso, flexionó su abdomen y besó a Stiles en los labios. Se quedaron así unos segundos, luego bajó.
— ¿Eso fue aburrido?
Stiles estaba completamente rojo. Golpeó una de sus rodillas— ¡Hay gente viendo!—susurró.
Derek miró a su alrededor: una mujer alimentaba a su bebé con un biberón, una pareja caminaba por la acera tomada de la mano, y un anciano leía el periódico sentado en uno de los bancos. Apenas se movían, parecían maniquíes.
—No creo que les importe—respondió al fin.
Stiles se levantó, y le tendió una mano—Quiero comer algo, vamos.
Lo sujetó. Cuándo se paró junto a él, le dio un abrazo fuerte. Quería sentirlo, olerlo, tocarlo, saber que estaba con él. No sabía exactamente qué pasó luego del baile, pero no había escuchado nada sobre Stuart o el Scott-Bestia. Todo parecía en su lugar.
— ¿Y eso por qué fue?—le preguntó Stiles al separarse.
Derek agarró sus manos—Gracias por ser tú.
Stiles frunció el ceño, confundido— ¿De nada?—respondió más en tono de pregunta.
Eso.
Era su inocencia, la ternura que lo volvía loco. Quería sostenerlo y nunca soltarlo. Era él, de Derek; y Derek de Stiles. Se pertenecía el uno al otro. No quería perturbar eso.
Comenzaron a caminar por la calle, su mano sosteniendo la de él— ¿Cómo está Malia? ¿Cómo lleva... esto?—le preguntó.
Stiles arrugo su boca—No lo sé. No la eh visto—respondió sin mirarlo. —Creo que está bien, supongo.
A decir verdad, el tampoco recordaba la última vez que había visto a los otros. Los últimos días estaban borrosos, cómo si se hubiese saltado las semanas anteriores.
— ¿Crees que llueva?—Stiles le preguntó.
Miró al cielo: una nube blanca flotaba sobre ellos. Era gigante, casi intimidante; las nubes negras significan tormenta, generalmente, las blancas no representan nada, Perón ésta parecía diferente. Gorda y brillante, daba la impresión de que iba a explotar.
Cómo si reaccionara a sus pensamientos, un viento feroz los azotó. Derek cubrió sus ojos. Oía cómo el aire los rozaba. Su camisa se había levantado, y apretó la mano de Stiles. Cuando se destapó, sólo vio blanco, un espacio blanco y brillante, igual que si se hubiese transportado a un lugar desierto. Pero aún sentía a Stiles.
Cuándo su vista se ajustó, reparó en que seguían sobre Beacon Hills. La misma calle, el mismo parque, los mismos árboles, sólo notaba un detalle.
— ¿Está... congelado?—dijo en voz alta.
Las hojas estaban cubiertas de hielo escarchado, había hielo delgado en el suelo y ventanas de algunas tiendas.
— ¿Derek?
Miró a Stiles: estaba temblando, tenía bolsas rojas bajo los ojos, su boca desprendía un vaho gélido al respirar, y su piel... su piel estaba congelándose.
— ¡Stiles!
Él se abrazó a sí mismo, mientras frotaba sus brazos. Derek lo miraba perplejo. Las personas a su alrededor también tenían piel de hielo, se dio cuenta de que no tenían cara. La mujer, el anciano, la pareja; sin boca, nariz, u ojos. No tenían rostro.
Entró en pánico.
—Derek, tengo frío—le dijo. Su voz temblaba, igual que todo su cuerpo.
—Stiles, Stiles vas a estar bien—lo abrazó y apretó contra su pecho—déjame llevarte al loft. T-te daré sopa caliente, vamos.
Intentó jalarlo, pero no se movía. Parecía adherido al piso. ¿Qué estaba pasando? Él no tenía frío, no sentía nada en absoluto ¿¡Por qué no sentía nada!?
—Usa la magia. Haz una bola de fuego ¡No lo sé!—le gritó inconscientemente.
Stiles soltó un ruido apenas audible—N-no puedo. No siento las manos.
Su piel comenzó a agrietarse cómo vidrio. Escuchó el sonido del hielo rompiéndose y volvió a abrazarlo.
—Por favor, Stiles. Déjame ayudarte ¡Vamos al loft!
No se movió. En cambio, Derek vio cómo toda su piel, ahora azul, se llenaba de grietas. Antes de notarlo, el cuerpo de Stiles se rompió en pedazos y se escurrió por entre sus brazos. Gritó. Las partes cayeron al piso.
— ¡No!
Se quedó sin tiempo para hacer algo cuándo abrió los ojos.

Ya no estaba en el parque, ahora sentía la temperatura escasa del lugar. Estaba temblando, y respiraba agitadamente. Experimentó un dolor intenso en su mano. Estaba en una habitación oscura, tumbado en el suelo y sin fuerzas. Veía una familiar puerta de acero frente a él; recordó que estaba encerrado.
—Ya casi termino—dijo alguien a su lado.
Dave, el extraño psicópata que lo raptó en el baile, le dijo sonriendo, arrodillado junto a su cuerpo. Sostenía un cuchillo que goteaba un líquido rojo de la punta. Tardó un segundo en saber que era sangre. Su sangre. La mano le dolía porque lo había cortado.
— ¿Qué vas a hacer?—le preguntó Derek con voz débil. Era difícil mirar a Dave: tenía los ojos, boca, nariz y orejas de Stiles. Igual que Stuart. Pero había algo diferente en Dave; podía sentir una maldad más desarrollada, más oscura.
—No te preocupes—le respondió—, créeme: te gustará.
Derek dejó caer su cabeza, su mejilla impactó contra el suelo frío. Sus párpados se sintieron muy pesados, al cerrar los ojos, sólo escuchó una cosa:
—Vamos a resucitar a Stiles.