Desnúdate

Esta es una adaptación

Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer.


ARGUMENTO:

Como directora de una galería de arte de Boston, Isabella Swan ha hecho tratos importantes en el pasado, pero ninguno como aquel. Para poder firmar con el increíblemente atractivo, brillante y exitoso artista Edward Cullen, para que exhiba sus celebradas esculturas eróticas en una exposición, Isabella debe cumplir una curiosa pero absolutamente no negociable demanda...

Debe posar para él desnuda, día tras día, o no firmará. No está dispuesta a retroceder ante un desafío, e Isabella acepta. Ardiendo bajo la intensa mirada del hombre más sensual que nunca ha conocido, mirando sus manos trabajar, Isabella se siente vulnerable, aunque liberada y totalmente excitada, y desesperada por la satisfacción que solo un maestro como Edward puede proporcionarle.

De hecho, le suplicaría para que cruzara esa línea. Y cuando lo hace, compasión es lo último que ella desea...


CAPÍTULO 02

Estaba sentada en el coche frente a su estudio, un edificio de ladrillo en el centro de Boston. Tenía los dedos aferrados con fuerza al volante. Bajé la cabeza y, tras regodearme en la autocompasión durante un par de minutos, solté el volante y cogí mi bolso. Me arrastré fuera del coche, anhelando que mi disgusto fuera obvio.

El estudio de Edward Cullen ocupaba toda la segunda planta del edificio de tres pisos. La última planta era su apartamento, aunque se rumoreaba que apenas un par de personas habían conseguido una invitación para entrar en su espacio personal. No conocía a nadie que hubiera logrado estar tan cerca del elusivo señor Cullen. La primera planta albergaba una exposición permanente, y una pequeña galería que era de las más famosas de la zona.

Abrí la puerta y entré.

Edward estaba hablando con una cliente frente a una enorme escultura de roble representando dos figuras femeninas. La pose era íntima y sensual, de un modo que hacía que mi estómago se tensara. La cliente estaba pasando las manos por la suave y seductora escultura de madera como si no pudiera evitar hacerlo. Sabía que no se marcharía sin adquirirla; sólo verla acariciar la escultura hacía que yo misma quisiera comprarla. Avergonzada, me recordé el agujero que había dejado en mis ahorros la compra de uno de sus trabajos unos seis meses antes, en una subasta.

La fascinación de la mujer hacia aquella pieza me incomodaba, y me giré para echar un vistazo al resto de la galería. Una gigantesca escultura de piedra dominaba el espacio; estaba marcada como VENDIDA. Las líneas de la figura femenina eran suaves y apasionadas. Me pregunté a quién habría usado Edward como modelo para aquel trabajo, y si ella seguía aún en su vida.

Escuché un murmullo de voces y pasos en el suelo de madera, y después el tintineo de las diminutas campanas sobre la puerta, indicando que la cliente se había marchado. Miré a Edward y vi cómo cerraba la puerta, y las persianas. Estábamos solos.

—Pareces preocupada, Isabella.

Me aclaré la garganta.

—Señor Cullen, me gustaría hablar con usted sobre la posibilidad de proporcionarle otra modelo.

—Solo tú puedes serlo.

Caminó hasta la escalera y desenganchó la cadena que sostenía la señal de PRIVADO. La cadena golpeó la pared brevemente, pero resonó de forma inquietante a través de la galería vacía.

—Mi estudio está subiendo las escaleras.

—¿Por qué yo?

—Quizá porque eres impresionantemente bella.

—Quizá eso no sea suficiente —Me quedé quieta, conteniendo la necesidad de pasarme los dedos por el cabello. Odiaba ponerme nerviosa.

—Tú me inspiras.

Bueno, ¿qué demonios podía decir después de eso? Yo lo inspiraba, y una sensación de mareo y delicia femenina me atravesó, golpeó mi ego y presionó mis labios. Me había dejado sin palabras, y sabía que eso era exactamente lo que Edward pretendía.

¿Qué quería de mí? Luchando contra la necesidad de salir corriendo de allí, pasé junto a él y subí las escaleras. Edward Cullen parecía demasiado para mí. Yo había abandonado todo deseo previo de desafiarlo. En su estudio, sobre una lona, había un bloque de alabastro de gran tamaño. Frente al alabastro había una plataforma baja cubierta con otro trozo de lona. Me giré hacia las escaleras, y lo miré. Estaba en el último peldaño, mirándome.

—¿Empezamos?

¿Yo había preguntado eso, de verdad?

Sonrió ante mi pregunta, divertido, supongo que por la voz de pito con la que las palabras habían salido de mi boca.

—Sí, creo que deberíamos.

Tragué saliva e intenté ignorar el modo en el que su oscura mirada se deslizaba sobre mi cuerpo.

Su piel tenía el color del batido de vainilla, y me hacía desear lamerla. Me arrepentí de haber tenido ese pensamiento, y me acerqué a la plataforma, desde donde miré el gran trozo de piedra que descansaba junto a ella.

—Generalmente no usas alabastro.

—Pocas de las modelos que han posado para mí encajan en ese medio —Admitió Edward mientras cerraba la puerta, encerrándonos en el interior.

—Entiendo.

Señaló un biombo que había en una esquina.

—Encontrarás una bata tras el biombo. Ponte solo esa bata.

Asentí y caminé hacia el biombo. «Solo esa bata».

La bata era de seda azul oscuro y olía a suavizante. Me quité la ropa con manos temblorosas y me la puse. La seda estaba fría y cayó sobre mi suavemente. Hice un doble nudo en el cinturón (mi nudo de segundad), y finalmente me aventuré a salir de la protección del biombo.

Vi que ahora había un cojín de algodón sobre la plataforma. Era lo suficientemente grande para que pudiera tenderme sobre él.

Edward me miró, y su mirada se movió desde mis pies hacia arriba, hasta que se encontró con mi rostro. Su boca se curvó en una pequeña sonrisa.

—¿Disfrutas poniendo nerviosas a las mujeres? —le pregunté.

Levantó una ceja.

—¿Te pongo nerviosa?

Mirándolo, caminé hasta la plataforma, echando chispas. Edward sabía exactamente lo que me estaba haciendo.

—¿Cómo te gustaría que me pusiera?

—Me gustaría que te tumbaras boca arriba y que gritaras mi nombre, pero por ahora trabajaremos en la posición para la pieza.(kien dice yo?)

«Boca arriba, gritando su nombre». Tragué saliva y di un paso atrás. Era la primera vez que Edward expresaba su interés sexual en mí y, debido a lo interesada que yo empezaba a sentirme por él en ese aspecto, su afirmación me sorprendió. La chocante admisión verbal de nuestra obviamente mutua atracción me había despojado de mi nerviosismo anterior, y había introducido una nueva tensión. Aquel hombre ya no era solo un hombre que quería que posara desnuda para él.

Edward Cullen, ahora, era un hombre que quería desnudarme con propósitos sexuales. Unos propósitos de los que yo habría disfrutado, bajo otras circunstancias. Pero no en aquella situación, yo no tenía el control.

Jugueteé con el cinturón de la bata, con dedos temblorosos. El doble nudo no era suficiente.

—No puedo.

Levanté la mirada y miré su rostro.

Estaba observándome, confuso.

—¿Me tienes miedo?

La pregunta, hecha con tanta dulzura, fue como una cuchilla sobre mi piel. Es difícil comprender cómo es posible que las palabras puedan traspasarte tan profundamente, y tan rápido. No le tenía miedo, al menos no físicamente. Sin embargo, emocionalmente, él representaba un mundo de sensualidad y placer que me había estado negando durante mucho tiempo.

Edward Cullen era todo lo que había buscado siempre en un hombre: fuerte, inteligente, arrogante, con talento y tremendamente atractivo. Su elegancia física me ponía nerviosa. Aquel era un hombre que conocía su propio cuerpo y que, además, sabía exactamente cómo usarlo para su propio beneficio. ¿Resultaría ser aquella elegancia y su aparente atención a los detalles más de lo que yo podría soportar? Es decir, si consiguiera encontrar el coraje para seducirlo.

Me aclaré la garganta.

—Éste no es el tipo de relación que tengo normalmente con los artistas.

—Soy consciente de ello.

—Me gustaría decirte que no, y marcharme —Aparté la mirada, enfadada conmigo misma por dejarle saber lo incómoda que me sentía.

—Entonces, ¿por qué no me dices que no, y te marchas?

Me sonrojé y miré la plataforma.

—Perder tu contrato me dañaría profesionalmente.

—¿Y crees que debería sentirme culpable por haberte metido en una situación que encuentras incómoda? —Cruzó los brazos sobre su pecho y me miró fijamente.

—¿No te sientes culpable? —Levanté una ceja al preguntarle, y no me sorprendió que apartara la mirada. —No pareces el tipo de hombre que normalmente tiene que recurrir a este tipo de cosas para ganarse el tiempo o la atención de una mujer.

—No, podríamos decir que las mujeres se me dan bien.

—Entonces, ¿por qué no me preguntaste? ¿Viniste a Holman sabiendo que querías que posara para ti? —Su expresión lo decía todo. Edward no era un hombre acostumbrado a tener que dar explicaciones.

—Acudí a Holman para mi exposición por ti. Tú eras mi objetivo, Isabella. Valoro las piezas que creo. Así que, por supuesto, quiero que se muestren en la mejor galería posible, pero podría haberlo hecho en cualquier otra galería de la ciudad.

—¿Por qué no me preguntaste? —demandé de nuevo, más furiosa que antes por su maniobra de prepotencia.

—Porque me habrías dicho que no.

—Así que forzaste una situación en la que no podría rechazarte —Me giré y me alejé de la plataforma. —¿No crees que esto hace que la situación dé un giro?

—Quizá. Pero no dejo que mis escrúpulos morales se interpongan en el camino para conseguir lo que quiero.

Estaba segura de eso. Alejándome más de él, me detuve frente a una estantería casi vacía que había junto a una de las paredes. Un sencillo trozo de terciopelo, en una de las baldas, sostenía ocho mujeres en miniatura. Cada una era única y estaba bellamente tallada.

—¿Qué es esto?

—Forman parte de un proyecto en el que estoy trabajando para mi abuelo.

Lo miré un momento, y dejé que mi mirada volviera a las figuras mientras él se aproximaba.

—Son preciosas.

—Gracias —Cogió la primera pieza, tallada en palo de rosa. —Ésta es mi abuela, Elizabeth. Llegó a Estados Unidos solo con un hatillo de ropa a su espalda, y una niña. Había escapado de China en un momento en el que parecía imposible. Una vez aquí, trató de encontrar al padre de su hija

—¿A tu abuelo?

—No. Mi tía Diana Caro es totalmente china —Cogió otra talla. —Ésta es ella. Es médico en Nueva York. Cuando mi abuela se dio cuenta de que nunca encontraría a su amante, aceptó un trabajo en un supermercado de Chinatown. Mi abuelo la encontró allí y, según dice, inmediatamente sintió un deseo irrefrenable por ella. Ese deseo se convirtió rápidamente en amor. Le prometió el mundo, y aceptó a su hija de dos años como si fuera suya. No han pasado ni una sola noche separados, durante todo su matrimonio.

»Su relación no fue fácil. Tuvieron problemas, pero se las arreglaron para sobrevivir. Tuvieron tres hijos y una hija —Rozó la tercera figura femenina con un dedo dubitativo. —Mi madre, Esme, era su hija. Las otras mujeres son las esposas de mis tíos.

—¿No tuvieron nietas?

—Todos fuimos chicos —se rió suavemente. —Aunque el abuelo espera que algún día yo tenga una hija. Tiene ciento dos años y, como puedes imaginar, está impaciente por que cubra esa demanda.

—¿Cuándo piensas entregarle las figuras?

—La próxima vez que vaya a Nueva York —Se aclaró la garganta. —Deberíamos empezar a trabajar.

Pasé junto a él y caminé hasta la plataforma.

—No estoy segura de poder hacer esto.

—No te voy a hacer daño.

—Todos los hombres dicen eso —Me obligué a quedarme quieta mientras caminaba hacia mí. Se detuvo cuando estaba a punto de tocarme.

—Yo no soy como el resto de hombres de tu vida.

—Ya lo sé —No era como nadie que hubiera conocido antes. Tomé aire profundamente. ¿Cuánto tardaremos?

—Las primeras dos sesiones serán de unas dos horas.

Dos horas. Ciento veinte mininos desnuda con un hombre al que no conocía. Tomé aire, y me obligué a mirarlo a la cara. Me pregunte si Edward pensaría que estaba loca. Jabón y un ligero toque de aftershave acariciaron mis sentidos.

Su aroma era masculino, pero había algo más. Después de un momento, lo localicé. Olía a madera de sándalo y a almizcle egipcio. Me humedecí el labio superior. Tomando mi mano, me guió cuidadosamente hacia la plataforma y me ayudó a subir a ella. Sus dedos se libraron rápidamente de mi nudo de seguridad. Abrió la bata y la dejó caer por mis hombros.

—Confía en mí.

—¿Qué tipo de confianza puede garantizarme un extraño?

—Confía en que llevo creando belleza toda mi vida, y en que nunca, en mis treinta y dos años, he pensado en destruirla —Se aclaró la garganta, sin que su mirada se apartara jamás de la mía. —Cuando era pequeño, mi padre coleccionaba mariposas. Cuando cumplí ocho años me dio la colección que había tardado años en reunir. Me sentí devastado ante toda aquella belleza sin vida. Como puedes imaginar, mi padre no sabía qué hacer conmigo.

—Sí, me lo imagino —Tomé aliento cuando sonrió con dulzura,

—No puedo comprender cómo puede alguien admirar la belleza, y luego destruirla en un intento de mantenerla consigo. Al final, enterramos aquella colección de mariposas en un pequeño funeral en el patio trasero.

—Yo crecí en un edificio de apartamentos de Nueva York —Tragué saliva, y mantuve mis ojos en su rostro. Apenas podía creer que Edward no hubiera bajado la mirada ni siquiera por un momento.

Dejé caer la bata, y un escalofrío corrió por mi espalda mientras la seda bajaba por mi hiper-sensibilizada piel hasta caer totalmente. Estaba expuesta… vulnerable. Me asustaba poder complacerlo. Me asustaba no poder hacerlo.

Habían pasado dos años desde la última vez que había estado desnuda frente a un hombre. Desnudarse para alguien era algo íntimo, mucho más íntimo de lo que yo me había permitido en mucho tiempo. En alguna parte del camino le había dado a Edward la confianza que me pedía.

Expuesta y preocupada, vi cómo retrocedía un par de pasos. Permanecí inmóvil mientras la mirada de Edward dejaba mi rostro, y vagaba lentamente sobre mis pechos, y después más abajo. Inhaló bruscamente, contuvo el aliento, y después lo liberó como si se hubiera olvidado de cómo respirar. Su reacción me ayudó a dejar escapar parte de la tensión que había estado enroscándose en mi interior. Nadie puede permanecer impasible ante la admiración de alguien.

—Túmbate —dijo amablemente.

—¿De lado? —pregunté, deseando que mis entrañas dejaran de temblar.

Asintió en silencio, sostuvo mi mano hasta que estuve de rodillas, y entonces me liberó. Encontré su mirada y no vi nada excepto aprobación. Dios, aquel hombre era increíble, y su aprobación significaba más para mí de lo que había esperado. Retrocedió un par de pasos y se detuvo para mirarme. Sus ojos se movieron desde mis pies hasta mis piernas, después hasta mis pechos, y, finalmente, hasta mi rostro.

—Preciosa —Se giró y cruzó la habitación para coger algo. Volvió hasta mí con un trozo de seda roja y la sostuvo frente a él, viéndola a ella, y a mí. Edward se detuvo, y entonces agitó la cabeza y se alejó de nuevo. Esta vez trajo un pequeño cojín, que coloco bajo mi cabeza.

Sus dedos se movieron por mi cabello, extendiéndolo sobre el pequeño cojín. Entonces colocó la seda, cuidadosamente, sobre mi pecho. Mis pezones se irguieron inmediatamente, estimulados por el roce del suave material. Sus suaves dedos rozaron mi hombro mientras el material se deslizaba bajo mi brazo y caía a mi espalda. La seda, acariciando y cayendo por mi espalda, envío una oleada de conciencia y excitación por mi espina dorsal. Aparté la mirada mientras Edward se arrodillaba en la plataforma frente a mí.

Intentando mantenerme inmóvil mientras sus manos se movían sobre la línea de mi cadera, me concentré en el aún intacto bloque de alabastro. Edward movió su mano hasta mi muslo; empujó mi pierna izquierda hacia delante, y deslizó la seda entre mis muslos para cubrir mi sexo. Luché contra la necesidad de moverme hacia él, de animarlo a que siguiera tocándome. ¿Me deseaba él del mismo modo en el que yo lo deseaba?

La seda, fría al principio sobre mi piel, se calentó con mi roce. Me sentí enrojecer, e intenté pensar en algo horrible para evitar que mi cuerpo respondiera a una atracción que Edward parecía no tener interés en explorar en ese momento. Su roce había sido tan impersonal que me sentía desamparada. Era difícil recordar que no estaba en una situación personal íntima. Y para él, aquello era trabajo.

Cerré los ojos un momento mientras Edward llevaba la seda de nuevo sobre mi muslo, cubriendo mis "partes íntimas", pero dejándome en un estado de desnudez que era increíblemente estimulante.

—No sabía que cubrías a tus modelos.

Me miró a los ojos y asintió.

—Es una pena cubrirte. Pero cuando te vi por primera vez, fue lo que pensé —Bajó de la plataforma. —¿Estás cómoda?

Sorprendentemente, lo estaba.

—Sí.

Me dejó y volvió con un enorme cuaderno de dibujo. Se sentó en el suelo a medio metro de distancia de la plataforma.

—¿Qué estás haciendo?

—Voy a pasar un par de sesiones dibujándote. Una vez que elija la pose final, comenzaré a trabajar la piedra. Los esbozos me permitirán trabajar en la obra cuando tú no estés aquí.

No tenía nada que hacer, excepto observarlo. Y eso era suficiente.

Edward tenía unas poderosas y cuidadosas manos. Manos que se deslizarían, y dedos que se moverían sobre la piel, brindando calidez y placer. ¿Sería un amante cariñoso, o tomaría a la mujer bajo él y la devoraría con ansia? Casi podía sentir su cuerpo, fuerte y grácil, moviéndose contra el mío, entre mis piernas, y en mi interior. Mi vientre se tensó contra la nada, y me mordí el labio inferior un momento para evitar gemir.

Me concentré en su rostro de nuevo. Era perfecto... la línea de su mandíbula era fuerte, clásica. Angular y masculina, de un modo que me hacía desear tocarla. Tenía un cuerpo fantástico, definido y musculoso, pero no demasiado. Era un artista que se expresaba en un medio físico, así que era de esperar.

Cuando estaba en la universidad salí una vez con un hombre palido, pero no había comparación. La diferencia era abrumadora. Mis recuerdos de Brian eran un frenesí de uniones físicas que me dejaban dolorida, y pidiendo más. Brian me había enseñado muchas cosas sobre mí misma, y sobre cómo complacer a un hombre.

Pero Edward no era un universitario. Intenso y apasionado, era el tipo de hombre al que la mayoría de las mujeres no se pueden resistir, al menos en algunos aspectos. Todas sus obras de arte, incluso las más pequeñas de su galería eran sensuales, y estaban llenas de voluptuosidad. Yo admiraba su trabajo desde hacía años, y ahora estaba esculpiéndome a mí. Si alguien me hubiera dicho que conocería y posaría para Edward Cullen el mismo día, me hubiera reído.

EI silencio de la habitación era sorprendentemente reconfortante. Era extraño, porque yo adoraba el ruido, y generalmente tenía la radio o la televisión encendida cuando estaba en casa. ¿Por qué el silencio era más fácil de soportar con él?

—¿Tomarás fotografías?

—No —Levantó la mirada y se encontró con la mía. —Nunca fotografío a mis modelos.

Aquello era un alivio. Tener dibujos míos era una cosa, pero fotografías en color era otra. ¿Qué mujer normal querría que su culo quedara inmortalizado en color?

Me estremecí ante el pensamiento de la cámara. Durante la terapia habíamos hablado de las fotografías que me habían tomado durante el examen médico en el hospital, después de la violación. Aún podía recordar el débil clic de la cámara, y el flash iluminándose. A pesar de mis esfuerzos para no reaccionar, Edward lo había notado y había dejado el cuaderno.

—¿Estás bien?

—Sí.

Se echó hacia atrás, apoyándose sobre sus manos, y me miró.

—Pareces disgustada.

—Estaba pensando en algo desagradable —Dejé caer mi mirada en el trozo de suelo que se extendía entre nosotros. —Pero estoy bien.

Cogió su libreta y volvió al trabajo mientras yo intentaba dejar el pasado a un lado. Últimamente, me parecía más fácil apartar lo que me había pasado en Nueva York. Nunca abandonaba mis pensamientos, pero ahora parecía doler menos, y enfurecerme más. No había sido fácil para mí traspasar el punto del dolor y la traición. Quizá hubiera sido más fácil llegar a la fase de rabia si no hubiera considerado a Jasper Whithlock como un amigo. No es que fuera un amigo íntimo, pero tampoco era un extraño. Hasta ese momento en mi despacho, cuando me di cuenta de que era peligroso, nunca había pensado, ni por un momento, que pudiera hacerme daño.

Miré a Edward y lo encontré trabajando atentamente. Había algo especial en él, y era algo más que sus habilidades artísticas. Me sorprendía que pudiera inspirar a un hombre como él. Había viajado por todo el planeta, y era uno de los escultores más solicitados del país. Sus obras embellecían los vestíbulos de incontables edificios de todo el mundo. Hombres y mujeres de todas partes hacían larguísimos viajes para acudir al lugar donde yo estaba tumbada.

Edward pertenecía a un universo de belleza que yo podía mirar, pero del que nunca sería parte realmente. Mi pasión por el arte, tanto clásico como actual, me había ayudado en los difíciles años con mis padres, y durante la mudanza a Boston. Aun así, nunca había llegado a comprender realmente qué significa ser un artista.

Me moví e hice una mueca cuando el músculo de mi muslo se tensó. Estar sentada, inmóvil, había provocado quise me agarrotara.

—Necesito estirar las piernas.

Edward se levantó y caminó hasta la plataforma.

—¿La pierna?

—El muslo —Tragué saliva cuando se sentó en la plataforma, y me hizo un gesto para que me tumbara boca arriba. —Déjame ayudarte.

—De acuerdo —Me tumbé y extendí las piernas. No sirvió de nada.

Edward recorrió mi músculo con sus fuertes dedos antes de usar ambas manos para elevar mi pierna y moverla. La seda roja descubrió mi sexo, revelando los húmedos rizos que lo cubrían. Lo observé con los ojos entrecerrados mientras suave, pero firmemente, masajeaba mi muslo, y suspiré cuando el músculo comenzó a relajarse bajo su mano.

—Levántalo un poco.

Coloqué mi pie contra la almohada sobre la que estaba tumbada, y lo levanté ligeramente mientras sus manos se deslizaban al subir por mi muslo, casi hasta el hueso de mi cadera, para detenerse y después viajar lentamente de nuevo hacia abajo. Aquel hombre estaba intentando dejarme tonta. Me mordí el labio inferior y tragué saliva para evitar hacer sonidos. Entonces me miró, y sus ojos vagaron hasta mis pechos, y después hasta mi rostro.

—Eres una mujer muy hermosa.

—Gracias.

—¿Mejor?

Asentí, y me aparté de él cuando separó sus manos. Sabía que estaba a punto de abrir las piernas y pedirle que me follara.

—Ya estoy bien.

—De acuerdo.

Después de un par de segundos, asintió y se levantó. Lo miré mientras volvía a su lugar en el suelo, y recogía su cuaderno de dibujo. Esperó hasta que volví a la posición que habíamos acordado y coloqué la seda de nuevo en su lugar, antes de empezar a trabajar de nuevo. Mi excitación hacía que permanecer inmóvil me resultara casi imposible.

De repente, Edward me habló.

—Háblame.

Fruncí el ceño.

—¿Que te hable?

—Cuéntame qué tal te ha ido el día.

Suspiré.

—Bueno, he tenido una buena mañana, pero la tarde ha sido un infierno.

—Oh, ¿en serio?

—Sí. Un arrogante hombre me manipuló para que posara desnuda en su estudio.

—Debe de ser realmente horrible ser tan hermosa.

Lo miré, y vi que una sonrisa se había deslizado en sus labios mientras miraba atentamente el papel frente a él.

—¿Por eso es por lo que estoy aquí?

—La belleza es algo maravilloso y diverso. He conocido a mujeres que quizá no encajan con la definición tradicional de belleza, pero que eran absolutamente hermosas para mí. Y después hay mujeres como tú... un rostro precioso, y esas curvas... Mi abuelo hubiera dicho que eres como diez kilómetros de mala carretera. Llena de curvas, desafiante, y emocionante al explorarla.

—¿Y tú quieres explorarme?

Levantó la mirada.

—De todos los modos posibles.

—¿Le dices eso a todas las mujeres que traes a tu estudio?

Se levantó y caminó hacia mí. Se sentó en el borde de la plataforma, y me pasó el dedo por la línea de la mandíbula.

—Isabella —El modo cariñoso en el que dijo mi nombre, combinado con el suave roce de sus dedos sobre mi rostro, me hicieron desear abrazarlo. —Cuéntame por qué tienes esa imagen tan pobre de ti misma.

Me sonrojé; necesité hacer un gran esfuerzo para no moverme.

—No sé a qué te refieres. Estoy aquí tumbada, desnuda. ¿Qué más quieres?

Siguió mirándome sin decir nada. Me sentí casi penetrada por su mirada, como si estuviera leyendo mi alma. Sus ojos esmeraldas se obscurecieron y lo tomaban todo de mí, y me moví, incapaz de controlarme.

Sus ojos se oscurecieron aún más, permitiéndome ver su respuesta a mi acción. Él me deseaba, a pesar de la imagen fría que estaba representando.

En silencio, Edward me observó mientras yo jugueteaba con el cojín.

La seda roja se deslizó por mi piel, y sentí que me sonrojaba cuando mis pezones se irguieron más al ser empujados por el material. Posó sus ojos sobre mi pecho. Se pasó la lengua por el labio inferior. Tragué saliva, Casi podía sentir su boca sobre mí. Tenía los pezones tan duros que me dolían. Moví las piernas, y vi cómo su mirada se movía por mi cuerpo hasta ellas. Deseé no llevar la seda puesta. Quería que él viera los húmedos rizos de mi sexo, para que supiera cuánto lo deseaba.

Suspiró, y se levantó.

—No estás tan desnuda como tú piensas.

—He hecho exactamente lo que me has pedido ¿Qué más quieres? —Mi respuesta fue brusca y dura. Me arrepentí de haber perdido el control, pero me había dolido que rechazara mi respuesta sexual.

—Creo que sabes a lo que me refiero. Pero te escondes a ti misma más de lo que escondes al mundo.

Vi cómo se alejaba de la plataforma. Se giró para mirarme mientras la tensión crecía entre nosotros, y entonces bajó los ojos al suelo.

Durante un largo momento no dijo nada, y yo no fui capaz de dejar que el silencio persistiera.

—¿Qué más te da?

Edward recogió la bata del suelo.

—Hemos terminado.

—No han pasado dos horas —Presioné mis labios brevemente. Había hecho lo que él había querido, y su insatisfacción me ponía furiosa.

—No, pero estás demasiado tensa para continuar.

—Lo siento.

No quería disculparme; por un momento, me permití un poco de auto-desprecio por la disculpa. La situación era ridícula. No importaba cómo intentara justificarme, seguía sin estar cómoda con la idea de posar para él. Decir que no a Edward Cullen parecía imposible. ¿Quién era él para entrar en mi vida, y empezar a pedir mi tiempo y atención? Pensé en mi vida antes de que él apareciera, y lo odié por recordarme una de las cosas que había perdido.

—Vístete y te acompañaré a la salida.

Me levanté y dejé que la seda cayera. Edward me tendió una mano para ayudarme a bajar. Dejé que mis dedos se cerraran sobre su palma un momento, antes de soltarlo. En silencio, me ofreció la bata.

La miré brevemente, la descarté, y caminé hasta el biombo. Me vestí rápidamente, aliviada porque la sesión hubiera terminado. Allí, de pie, con mi vestido puesto, aún me sentía desnuda. Mi clítoris vibraba entre mis labios menores, y tenía los pezones increíblemente duros. Cogí mi bolso, dejé el biombo y me enfrenté a la razón por la que mi cuerpo había reaccionado con tanta fuerza.

Edward estaba junto a las escaleras, con la puerta abierta de nuevo. Levanté la barbilla, y caminé hasta él.

Pasando a su lado, bajé las escaleras. Al final, me detuve y me pregunté si aquel final precipitado significaba que había cambiado de idea respecto a que fuera yo la que posara. Se acercó a mí y me acompañó a la salida.

Mientras sacaba sus llaves para dejarme salir, tomé aire profundamente, y dije:

—Señor Cullen...

—Ed —me corrigió. —Mis amigos me llaman Ed.

No estaba segura de querer ser su amiga.

—¿Quieres que vuelva mañana?

—Sí —Giró la llave en la cerradura, y me abrió la puerta. —Pediremos algo de comida, y pasaremos algo de tiempo juntos antes de intentarlo de nuevo.

Caminé rápidamente hasta mi coche, y lo miré mientras abría la puerta del conductor. Seguía donde yo lo había dejado.

No tenía sentido involucrarme con un hombre, sobre todo ahora que mi carrera iba por buen camino, y debería haberme sentido agradecida por su contención. Pero en lugar de eso, me sentía rechazada y enfadada.

Me coloqué el cinturón de seguridad y encendí el motor. Edward cerró la puerta mientras encendía luces. El deseo me estaba consumiendo, y saqué el coche del aparcamiento esperando ser capaz de llegar a casa antes de rendirme a la necesidad de masturbarme.

Por fin, inserté la llave en la puerta de mi apartamento, y la abrí. El viaje a casa no había hecho nada más que llevar al límite mi respuesta física a Ed. Tiré las llaves y el bolso a un lado, y cerré la puerta con un suspiro de alivio. Cuatro cerraduras y una cadena después, la tensión comenzó a abandonar mi cuerpo.

Fui a la cocina y saqué una botella de vino. Con una generosa copa de vino en la mano, entré en la sala de estar. Aún podía olerlo; el aroma del almizcle me había seguido a casa. Sumergiéndome en mis pensamientos sobre Edward Cullen, tomé un generoso sorbo de vino y dejé la copa.

Me saqué el vestido por la cabeza. Mi sujetador sin tirantes y mis braguitas blancas cayeron sobre el vestido. Me quedé con las sandalias un momento, y después me las quité mientras volvía a coger la copa. Humedecí mis pezones con el líquido, y dejé el vaso a un lado mientras mi mano se deslizaba sobre mi cuerpo. Me senté en el sofá. El material, ligeramente rudo, frotó mi piel mientras mi espalda se encontraba con su respaldo. Cubrí mi sexo con una mano, y cerré los ojos.

Al acariciar la caliente carne, un suspiro de alivio escapó de mis labios. Deslicé un dedo entre mis labios menores y rocé mi clítoris cuidadosamente. Mi dedo se movía hacia delante y hacia atrás mientras pensaba en el hombre que me había llevado a aquel estado, sin pretenderlo siquiera. En mi imaginación, veía sus manos moviéndose sobre mis pálidos muslos, la palidez de su piel marcada contra la mía. Entonces, su poderoso cuerpo se movería sobre mi mientras su boca dibujaría húmedos senderos por mi pecho, y sus labios buscarían mis pezones. Apreté los dientes cuando el orgasmo me sobrecogió.

Aparté la mano de mi cuerpo. Busqué la copa de vino y vacié el contenido. Esperaba que Edward Cullen estuviera sufriendo tanto como yo. Sería lo justo. Aquel hombre me había obligado a recurrir a la masturbación dos veces en el mismo día.

Cuando pude, me levanté del sofá y fui a la cocina a rellenar mi copa. Miré el teléfono y el contestador automático.

La luz indicadora de mensaje estaba parpadeando demencialmente. Pulsé el botón de "Reproducir". El aparato emitió un zumbido, y después no se oyó nada. Colgaron. Borré el mensaje y encontré dos más iguales antes de llegar al mensaje final. En el momento en el que Alice comenzó a hablar, sonreí.

«Será mejor que tengas un montón de cosas sucias y jugosas que contarme. Lo de mi amante lesbiana y mi amigo gay no tuvo éxito. Fui a Peach Tree con Angela, pero cuando las mujeres empezaron a rondarme me cagué de miedo. Angela tuvo que decirles que yo era su putilla».

—Qué carcelario —Eché un vistazo al aparato mientras Alice continuaba.

«Sí, sé lo que estás pensando. Pero si estuviéramos en la cárcel, definitivamente, querría una amante como Angela soltó Alice. —Oh, y he estropeado mis zapatos nuevos, así que ya te imaginarás cómo me siento ahora».

Me lo imaginaba. Alice adoraba sus zapatos del mismo modo en el que yo adoraba mis bolsos. Me recordó una entrevista que tenía planeada para primera hora de la mañana, y después se cortó, seguramente por el límite de tiempo del contestador. Borré su mensaje y pensé en el resto de llamadas. Parecía que había llegado el momento de cambiar mi número de teléfono de nuevo.

Incomoda con la idea, caminé hacia el dormitorio mientras sorbía mi vino. Fui a mi escritorio, y me senté ante el ordenador. Me eché hacia atrás en la silla y observé cómo se descargaba el correo a mi bandeja de entrada. Había un email de Emmett, y supuse que me había escrito para ver si había recibido la invitación de la boda. No le había escrito, ni había recibido ningún mensaje suyo, desde hacía más de seis meses. Habría sido difícil contactar con el después de percatarme de cuánto daño le había hecho al dejar Nueva York.

Abrí el email a regañadientes y suspiré. Como no había manera de que pudiera ira Nueva York para asistir a su boda, deseaba poder ignorar el mensaje y la invitación sin más. Pero no podía hacer eso: aquel hombre había sido el centro de mi mundo después de la violación. Se había ocupado de todo, e incluso ahora me era difícil imaginar cómo habría sobrevivido sin él. Nunca nadie pareció entender mi dolor y mi horror del modo en el que Emmett lo hacía.

Cerré el mensaje y lo marqué para leerlo más tarde. Si lo ignoraba completamente, llamaría. Entonces tendría que decirle que no podía ir a Nueva York. De hecho, no había vuelto desde que me marché. Mis padres tenían que venir a verme en navidad y en los cumpleaños, aunque habían dejado claro que no les gustaba nada pasar la navidad en Boston.

Mi madre me había mandado dos cartas en cadena, un chiste y el boletín de su club de jardinería. Nunca había llegado a entender por qué pertenecía a un club de jardinería, pues vivía en un apartamento. Al parecer, ella pensaba que las macetas de su ventana contaban como jardín. Le eché un vistazo al boletín; sabía que no me lo habría mandado si no contuviera algo sobre ella. Lo encontré casi al final. Renee Dwyer-Swan estaba allí, en toda su gloria, con una brillante pala en la mano. El artículo afirmaba que había creado un huerto comunitario en Brooklyn.

Ya que los huertos comunitarios habían sido la pasión de mi madre desde hacía más de diez años, no fue una sorpresa. Pero era agradable, y en cierto modo divertido, verla allí, de pie con un mono de diseño y zapatilla de deporte blancas. Miré el reloj y fruncí el ceño. Era demasiado tarde para llamarla. Se iba a la cama con el sol, siempre lo hacía. Me terminé el vino, y fui a darme otra ducha.

Ahora que el deseo ocupaba un segundo plano, me irritaba haber respondido a Ed tan intensamente. Para ser sincera, nunca había sido el tipo de mujer que se niega algo. Si lo quería, generalmente lo conseguía. Verme obligada a lidiar con mis necesidades era un ligero golpe a mi orgullo, sobre todo si esas necesidades habían sido provocadas por un hombre.

Mañana sería un nuevo día, un día que terminaría frente a Edward Cullen, desnuda.


bueno aki les dejo el capi

ustedes ke opinan les gusta?

me regalan review? *** a las ke dejen review les dare un adelanto**

las ke no tengan correo dejenlo asi chaypattinson(hotmail)

los kiero se kuidan =D