La esquina más oscura
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La soledad también puede ser una llama.
-Mario Benedetti, Canje.
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La primera vez que lo vio, no fue capaz de reconocerlo.
Draco había dado a parar a los barrios bajos casi por error… o por inercia, más bien. Los médicos le habían dicho que eso podía pasar, que era algo llamado "memoria muscular", o lo que sea. Había sido en una de esas noches malas, esas en las que sentía la boca seca y el corazón y el cuerpo y el alma le pesaban, era una de esas noches en las que le pesaba la existencia; de esas en las que se sentía desesperado por un trago que lo ayudara a de dejar de pensar…
El problema era que ya no podía hacer eso. Ya no podía perderse entre el alcohol y las pastillas porque le había prometido a su madre que estaría bien viviendo solo (y, sobre todo, porque no quería tener que regresar a la mansión). Así que tomó su chaqueta y comenzó a caminar, esperando que el ejercicio le ayudara a despejarse.
Voy a hacerme una noche en la boca mascando grillos, (1)
Entonces había terminado en el peor lugar posible de todo Londres. Ahí donde tenía un coctel de soluciones rápidas a la vuelta de cada callejón oscuro…
Desesperado, comenzó a mirar hacia ambos lados de la calle, buscando un taxi que lo llevara lejos de ese lugar porque, francamente, no confiaba lo suficiente en sí mismo como para quedarse ahí mucho tiempo.
Draco no encontró ningún taxi cuando miró hacia el otro lado de la calle, pero encontró algo que llamó más su atención: debajo de una luz que amenazaba con fundirse en cualquier instante, vio a un muchacho de cabello oscuro, con los brazos cruzados sobre el pecho, y se le ocurrió que le recordaba a alguien.
Frunció el ceño. Desde lejos, el moreno se veía delgado, pero no como si no comiera lo suficiente, y parecía al borde de comenzar a temblar de frío. De pronto, la necesidad de irse ya no era tan urgente, así que se quedó ahí, de pie, observando. Tenía los ojos verdes y usaba unos pantalones tan apretados que parecía que se los habían pintado sobre las piernas. Draco no era ningún estúpido, sabía perfectamente bien a qué se dedicaba el hombre tan solo con verlo, por eso le extrañaba más que le pareciera tan familiar; después de todo, Draco había hecho muchas cosas en su vida, pero pagar por sexo nunca había sido una de ellas.
-¿Se te ofrece algo, querido?- le preguntó una mujer, de pronto, con labios pitados de un rojo brillante y los tobillos luchando bajo sus tacones.
-No, lo siento,- le dijo, regresando la mirada al otro lado de la calle, hacia la farola, pero él ya no estaba ahí.
Frunciendo el ceño, Draco se metió las manos en los bolsillos y siguió caminando. De pronto se había encontrado pensando en otra cosa, y fue capaz de regresar a casa sin pensar en nada más.
-¿Estás seguro que no quieres volver a casa?
Era su madre de nuevo. Cada semana, Narcissa le llamaba y le hacía la misma pregunta, y él contestaba siempre lo mismo:
-Sí, madre, estoy seguro.
Así todo el tiempo.
Por lo general, las cosas le iban bien. Tenía un auto relativamente nuevo y de vez en cuando podía permitirse pequeños lujos. Era extraño, pero el ajetreo de la ciudad le daba una calma que nunca había conseguido en Wiltshire: la rutina le daba estabilidad. Cada mañana se levantaba, tomaba una ducha e iba al trabajo; regresaba a casa a las ocho, preparaba la cena, leía un poco y se iba a dormir. De esa forma todos los días, excepto los fines de semana cuando salía a hacer las compras y de vez en cuando recibía llamadas de su madre para preguntarle si quería regresar a la mansión o si quería dejar el trabajo y tomar un descanso. Draco no se atrevía a explicarle los motivos por los que dejó la mansión a penas y tuvo permiso de los médicos, así que ella continuaba preguntando.
…voy a ser la jeringa furiosa
Por lo general las cosas le iban bien, sí… excepto cuando no lo hacían. A veces, sin avisar, le llegaban unas ganas enormes de dejarse devorar por sus monstruos, como la noche anterior, y tenía que salir o correr o ir a trabajar de madrugada. Cada vez sucedía menos, pero la intensidad siempre era la misma. La necesidad de escapar siempre era la misma. De escapar de algo que no lo perseguía, sino que habitaba dentro de él, al acecho.
sobre los que no están enfermos ni muertos.
Colgó el teléfono apenas se despidió de su madre. Ya era tarde así que, como las últimas tres noches, tomó su chaqueta y caminó de nuevo hasta los barrios bajos.
Igual que la noche anterior, el hombre estaba de pie, bajo la misma farola, esta vez usando pantalones de mezclilla y una chaqueta abierta.
Ahora estaba seguro de que lo conocía, pero no sabía por qué. Su cabello negro, sus ojos verdes… todo resultaba tan familiar. Pero no era por eso por lo que seguía regresando, no en realidad. Había algo en su forma de mirar, en su sonrisa forzada, que le recordaba a sí mismo.
Desde el otro lado de la acera, Draco miraba a una persona que parecía casi tan perdida como él, y esa empatía que había nacido en él actuaba como un imán que lo atraía hacia el moreno cada vez más y más cerca.
Mamá, soy el gato que destroza a la rata…
Cuando Draco bebió su primer trago, él tenía quince años, y estaba en una reunión en la casa de los Black, junto con sus padres. Desde niño, esa clase de reuniones formaban parte de su vida diaria. Ni siquiera podía recordar no estar rodeado por adultos bien vestidos o con chicos de su edad casi tan desorientados como él, todos tratando de adivinar qué esperaban sus padres de ellos al llevarlos a las cenas importantes.
Del otro lado de la sala, los adultos fumaban y bebían mientras charlaban seriamente o bromeando de vez en cuando. Por lo menos ellos parecían pasarlo bien. Por eso, cuando Draco creció lo suficiente como para mirar a sus padres a los ojos sin que ellos se agacharan, su padre decidió que era momento de que Draco comenzara a mezclarse con los mayores.
-Pronto te convertirás en nuestro heredero, tienes que comenzar a comportarte como tal-. Le había dicho su padre, pasándole un vaso de wiski como el que él estaba tomando.
Draco lo aceptó sin discutir y le dio un pequeño trago, para complacer a su padre. Lucius asintió y lo guió hasta uno de los sillones, satisfecho con la obediencia de su hijo.
Así había comenzado todo.
…y la rata que queda destrozada…
Bueno, no en realidad. Draco habría pasado el resto de su vida con tan solo dos copas de champaña por evento de no ser por Gregory Goyle.
Como en casi todas las fiestas a las que había tenido que asistir desde los quince, Draco la pasaba en silencio, rodeado de los socios de su padre y algunos de sus hijos mayores. A pesar de haber sido educado para hacer este tipo de cosas, Draco nunca sabía qué tenía que hacer o decir en esas reuniones. Todos hablaban de negocios y cifras que él no comprendía y la habitación se volvía calurosa y sofocante demasiado rápido como para seguir cualquier otro hilo de la conversación. Era fastidioso y cansado y, probablemente, ese día, a sus diecisiete, su fastidio había sido claro para Gregory Goyle, porque se le acercó y le dijo en secreto:
-¿Quieres una? Yo tampoco puedo soportar escucharlos hablar.
Y le puso una capsula en la mano. Draco frunció el ceño, mirando la pastilla transparente y regresando su mirada a Goyle, cuestionándolo.
-Te sentirás mejor, lo prometo.
Draco tragó en seco, mirado a su padre al otro lado de la habitación, cerciorándose de que no lo mirara, y se llevó el regalo a los labios.
Y así comenzó todo.
…y la mancha de sangre…
Esa misma escena se repitió durante todo un año. Los Goyle acababan de comprar acciones Malfoy, así que Greg siempre estaba ahí para ofrecerle algo nuevo para hacerlo sentir mejor y poder resistir despierto hasta la madrugada.
Pero el problema nunca fueron las fiestas, no en realidad. El problema era toda la maldita mansión, todo ese espacio vacío a su disposición, la presión de su padre por involucrarlo con la compañía, todas las sonrisas falsas que aplaudían todo lo que hacía y trataban de destruirlo a sus espaldas. El problema era que las pastillas de Greg funcionaban demasiado bien, pero no duraban tanto como le gustaría.
El problema fue que pronto comenzó a necesitar más de una y no solo en las fiestas, sino en casa, en la escuela y en su tiempo libre.
…y el pedazo de cola.
Cuando cumplió los dieciocho, Lucius decidió que era un buen momento para que Draco viviera por su cuenta y, para su desgracia, eso significaba que Goyle ya no podría abastecerlo de sus soluciones rápidas. De no ser porque Londres estaba lleno de vendedores, se habría delatado aún más pronto...
Yo me corto el pelo con gillete
Entonces recordó por qué le parecía familiar el hombre de debajo del farol.
Luego de pasar tres meses en Londres, Draco ya sabía perfectamente bien con quién y cómo tenía que hablar para conseguir lo que necesitaba. Cada noche, caminaba unas cuantas cuadras lejos del Soho y esperaba.
…y juego al malo por la calle, así nadie me asalta.
Siempre venía alguien diferente. Era todo muy rápido. Draco extendía diez libras, el vendedor en turno le extendía una bolsa plástica con lo que quería y los dos se alejaban lo más pronto posible. Esa noche, sin embargo, las cosas no sucedieron así.
Cuando el vendedor llegó, no pudo evitar hacer el comentario:
-¿No eres muy joven para vender estas cosas?
Ni siquiera sabía por qué lo había dicho, pero el chico de ojos verdes se veía muy delgado para tener la mayoría de edad. Sus ojos eran verdes y tenía una marca curiosa en la frente, como si se hubiera abierto la cabeza de pequeño (apenas era visible, pero no pudo evitar mirarla). Lo que en verdad le sorprendió no era la posible edad del chico, sino lo que le contestó:
-¿No eres muy joven para consumir estas cosas?
Era una simple pregunta. Quizá más bien una respuesta irónica, un chistecillo sin humor, pero a Draco le había caído como una cubetada de agua fría.
Llego cansado a la casa y pido noche…
Era la primera vez, en mucho tiempo, que alguien le recordaba lo joven que en verdad era. Sus padres (en especial Lucius) siempre estaban insistiendo en que tenía que comportarse como el adulto que era, afrontar las cosas como hombre, hacer lo que un heredero Malfoy tenía que hacer. Su palabra era aceptada como la única verdad posible entre sus inferiores… y aun así, un vendedor lo estaba interrogando, poniendo en duda su juicio. De pronto se sintió como el joven que era y no como el hombre que todos pretendían que era. Y sintió ganas de reír.
…toda la noche que alcance con mil pesos
Y se sintió pequeño, y de pronto se hizo consciente de lo oscura que se veía la calle y de lo sucia que estaba, de las ratas amontonándose en la coladera y de sus uñas disparejas por tanto morderlas. Y sintió ganas de que la calle y la noche y el mundo se volvieran aún más oscuros, para no poder ver nada en lo absoluto. Para no poder verse a sí mismo.
Draco no contestó, pero la forma en la que esos ojos verdes lo miraron (con decepción, tal vez o quizá lo había imaginado), le hicieron sentir unas ganas terribles de vomitar. Apretó la bolsa de pastillas y se la metió en el bolsillo, apresurándose para llegar a casa, sin atreverse a míralo de nuevo. Y deseó poder comprar más noche.
…toda la plata en noche, por favor.
Después de su encuentro con el chico de la cicatriz curiosa, las cosas comenzaron a ir de mal en peor.
No duermo lo suficiente…
De pronto ya nada era suficiente. Sus calificaciones en la universidad se fueron en picada, y cada vez le resultaba más difícil levantarse de la cama. No importaba en dónde estuviese, igual podía sentir cómo se le comprimían los pulmones por la falta de aire, como si las paredes se apretaran contra él.
Los sueños me quedan trancados en la garganta,
Entonces ocurrió. Tres meses más tarde, sus padres fueron a buscarlo, luego de recibir una llamada de la universidad (hacía dos meses que había dejado de asistir) cuando lo encontraron fuera de sí, recostado en un sofá roto y sucio. No fue difícil para los Malfoy adivinar lo que su hijo había estado haciendo esos últimos meses. Lo que no sabían era que Draco llevaba más tiempo lidiando con las pastillas desde hace mucho más tiempo atrás.
como pastillas sin agua
Cuando lo hicieron entrar a una clínica, Draco no protestó. Ni siquiera hablaba, en realidad, y tuvieron que pasar diez meses antes de que estuviera limpio y cinco más antes de que lo dejaran ir a la mansión con la promesa de que estaría constantemente vigilado y seguiría acudiendo a sus consultas de los viernes.
y uno deja de sentirlos etéreos,
Durante ese tiempo, Draco se dejó llevar por el entusiasmo de sus padres por regresarlo a la sobriedad, pero todo sucedía frente a él como si estuviera viendo una película, como si él solo fuera parte de un guion a medio terminar. Uno con un solo personaje.
son ásperos, lijas de pensamiento
Ahora estaba en el mismo lugar en el que las cosas habían comenzado a hacerse pedazos: en Londres, a mitad de la noche, esperando por alguien. Pero ahora las cosas eran diferentes. Ahora tenía algo más en qué pensar y es que, después de haber pasado dos años viviendo un infierno, sentía algo de curiosidad por su antiguo vendedor. Porque solo se trataba de curiosidad, se dijo, no tenía nada que ver con la forma casi predadora con la que aguardaba en su esquina y, sobre todo, nada tenía que ver con lo solo que parecía el moreno, ni con lo mucho que Draco esperaba que ese joven pudiera apagar la de él.
Cuando detuvo su coche, Draco no tenía intenciones de tocarlo. No en un principio, al menos. Su interés hacia el moreno era casi científico: quería observarlo, conocer sus reacciones, sus variantes… Quería mirarlo como se mira un eclipse, un huracán: nunca directamente y a una distancia segura.
Sin embargo, a medida que hablaba con él y lo miraba de cerca… Era como si una marea lo arrastrara cada vez más y más hacia él.
Su pulso, su cuerpo entero, se había agitado al verlo ahí, pidiendo por él, invitándolo a ser parte de ese placer que parecía arrasar con él también. Y Draco se dejó llevar, tocándolo como si fuera un objeto precioso, delicado… y peligroso.
Hacía mucho tiempo desde la última vez que Draco se había sentido tan bien sin tener que tomar nada.
Harry temblaba bajo el roce de sus manos y gemía como si estuviera aprendiendo a hablar por primera vez, y Draco quiso dejar una marca en él, borrar con sus besos los labios de aquellos que se habían atrevido a tocar a Harry sin darse cuenta de lo brillante que era. Porque a pesar de haber pasado la noche en el frío, de satisfacer a hombres que no se molestaban en hacer lo mismo por él, de aceptar los regateos… aun así, Harry se dejaba llevar y repetía su nombre y se estremecía y pedía por más. Y lo que más le fascinaba a Draco era que ese momento le pertenecía solo a él, a ambos, y que cuando llegara la mañana, la tormenta terminaría y los dos serían dejados sólo con los escombros, pero no podía importarle menos. Por lo que a él respectaba, podría reventarle el corazón desde dentro al día siguiente y no le importaría en lo absoluto luego de haber estado con Harry la noche anterior, porque sabía que estaba viviendo algo único, una anomalía, un evento catastrófico que iba absorberlo como un tornado. Y de pronto Draco sintió que el mundo hacía implosión desde ese pequeño cuarto de hotel, y que todas las personas que hacían el amor en ese instante eran arrastradas, también, hacia ese cuarto.
Draco no podía pedir más. De pronto era consciente de que él también estaba vivo, como si esa luz que emanaba de Harry lo iluminara a él también, alumbrando sus esquinas más oscuras.
Sintió las manos de Harry abrazarle la cabeza, como si fuera suyo, y algo dentro de él dio un vuelco. Había una pureza casi ridícula en ese pequeño gesto, porque dentro todo ese sudor, semen y saliva, dentro de todo ese desastre de fluidos y olores desagradables, Draco se sentía limpio, como si le hubieran lavado el alma, como si le hubieran dado vuelta a su piel para tallarla por dentro. Pero también se sentía deshecho y vuelto a hacer, diferente, como si hubiera perdido un poco de él para dárselo a Harry; como si hubiera perdido un poco de él para hacer espacio y dejar entrar a Harry. Porque así eran las cosas estando con él: grotescas, catastróficas, al rojo vivo; pero dentro de todo ese desastre, de esa destrucción y pérdida había también belleza y felicidad, pero era una belleza triste y una felicidad con fecha de expiración.
Temblando, Draco lo abrazó con fuerza, como queriendo detener el tiempo, y alzó la cabeza para besarlo de nuevo.
Nunca veas a una puta con luz de día, *
Cuando despertó, la habitación ya estaba bañada por los primeros rayos del sol, haciendo visibles las motas de polvo que flotaban a su alrededor. Su cuerpo se sentía ligero y no tenía el menor deseo de levantarse. Harry seguía dormido a su lado y no quería despertarlo, y solo por un momento, consideró la idea de quedarse hasta que lo hiciera.
es como el cabaret a las diez de la mañana,
Draco sonrió a medias, sin humor. Sabía que era una idea ridícula: algo dentro de él albergaba el temor de que, al encontrarlo ahí, Harry lo trataría con frialdad hasta que ambos se vistieran y cada quien regresara a donde pertenecían: Draco a su pequeño departamento, y Harry lejos de él, inalcanzable.
con los rayos de sol atravesando el polvo que se levanta cuando barres.
Temía que la noche anterior hubiese sido una ilusión, que Harry hubiera hecho su trabajo demasiado bien, y que toda esa emoción y vida de la noche anterior fuera solo un acto destinado a esfumarse en el momento en el que tuvieran que empezar a discutir sobre el precio a pagar.
Como descubrir al actor que viste haciendo Hamlet en la cola del pan.
Pero, en realidad, Draco no le tenía miedo a ninguna de esas cosas. Lo que en verdad le preocupaba era lo que Harry pudiera descubrir de él una vez que lo viera con la luz de la mañana. Temía que pudiera verlo tal y como era… y no le gustara lo que encontrase, que adivinara su pasado, sus errores, y lo hallara indigno. Temía a su rechazo, la decepción en sus ojos, la indiferencia.
Sabía que el Harry de la noche anterior, ese que se entregó a él sin medida y le pidió que lo tocará, a la mañana le pediría que no lo hiciera. Y no quería quedarse para presenciar eso. No quería verlo abrir los ojos y darse cuenta que no quería dejar de mirarlos nunca. No quería verlo levantarse y no poder resistir el impulso de arrojarse a sus pies de nuevo y darse a él hasta que no quedara nada.
Ya era lo suficientemente malo verlo dormir, porque en su sueño Harry lucía más joven… y más cansado. Dormido, Harry no podía ocultar la fuerza con la que el mundo se había esforzado en hacerlo trizas (y había fallado).
Como abrir un cajón y descubrir una foto de cuando la puta tenía nueve años.
Se levantó de la cama, sintiendo una punzada en el estómago, inseguro de qué era lo que tenía que hacer ahora. Se vistió muy despacio, casi deseando que Harry despertara en cualquier momento y lo detuviera, y le pidiera que se quedara con él, a pesar de todo… Pero el miedo le podía más a la esperanza, y Harry no despertó de todas formas, así que terminó de abrocharse el cinturón en silencio y se llevó la mano a los bolsillos.
Sacó su cartera, contando los billetes que tenía consigo, pero no tuvo valor pasa sacar uno solo. Sería como admitir que Harry había sido sólo un objeto, una mercancía que podía comprar, y Draco no podía hacer eso. Quizá el moreno se molestara al darse cuenta de que había gastado una noche en vano, pero tenía la esperanza (esa misma a la que el miedo se le sobreponía), de que Harry entendiera lo que trataba de decir.
Suspiró, mirando el cuerpo que dormía frente a él una última vez y salió de la habitación.
Es como sería este puto mundo si hubiera que soportar las cosas tal y como son.
Lo difícil había venido después.
Draco creyó que lo peor de todo será irse sin avisar, pero estaba muy equivocado. Lo peor eran los días: porque cuando estaba despierto no podía evitar pensar en Harry, en sus ojos, en sus manos, en su risa cansada… porque despierto lo echaba de menos, y las manos le hormigueaban, ansiosas por tocarlo de nuevo, por pasarle los dedos entre su desordenado cabello negro.
Pero también estaba equivocado en eso, porque lo verdaderamente terrible, lo peor de todo, eran las noches, porque entonces lo recordaba como lo había visto las noches anteriores: de pie junto a su farola, esperando. Esperando por alguien dispuesto a pagarle por un poco de su tiempo. Esperando a un desconocido que lo usaría y lo dejaría regresar a la calle. La sola idea lo hacía enojar. No porque Harry estuviera con otros hombres, lo que Draco sentía no eran celos, era algo más visceral, más doloroso, porque le enfurecía saber que otros hombres lo tendrían en sus manos y no tendrían ni idea de lo importante que era aquello que sostenían, porque no daban a Harry el valor que en verdad tenía, y eso le hacía hervir la sangre.
Aun así, no terminaba de armarse de valor para ir con él una vez más, inseguro de cuál sería la respuesta del moreno.
La cuestión era que Draco ya estaba viviendo el peor de los casos: estaba sin él, echándolo de menos. Si iba de nuevo, era eso lo peor que podía pasar: que lo rechazara y no quisiera verlo jamás. Pero eso ya estaba sucediendo, y ni siquiera había pedido la opinión de Harry. Lo mejor que podía sucederle sería que Harry aceptara a irse con él de nuevo, y si no iba, eso tampoco sucedería.
Esa fue su lógica cuando, dos noches más tarde, tomó las llaves de su auto y decidió hacer el intento. No tenía nada que perder, después de todo.
¿Cuándo un monstruo no es un monstruo? (2)
Las cosas no cambiaron a pesar del tiempo: Draco iba cada noche por Harry, luego de meditarlo durante todo el día, y se escapaba de la habitación por la mañana. Y, al igual que cada mañana, deseaba tener las agallas para quedarse hasta que Harry despertara, hablar co él, invitarlo a desayunar, tal vez y… ¿y qué? ¿Decirle que no podía dejar de pensar en él? ¿Que no le importaba su trabajo ni su pasado mientras le dejara pasar unos momentos con él? ¿Que le gustaba el sexo con él pero que le gustaba aún más escucharlo hablar cuando terminaban? ¿Que preferiría escucharlo hablar toda la noche, conocerlo mejor que nadie? Para esas alturas Draco sabía que Harry no se reiría de él (al menos no en su cara). Harry era una buena persona. Una buena persona a la que le habían sucedido cosas malas. Una buena persona que había perdido a sus padres desde muy joven. Una buena persona con malos parientes que lo habían maltratado hasta que decidió que la calle era mejor que estar con ellos. Una buena persona que había aprendido a sobrevivir a costa de los demás y había dejado de preocuparse por ello desde la primera vez que alguien lo abofeteó por negarse a que…
No, no quería pensar en eso. Draco también le había contado cosas de su propia vida, cosas sencillas, sin dar muchos detalles al respecto. Habían pasado juntos el tiempo suficiente para que Draco supiera que Harry jamás se reiría de él, no de esa forma, al menos. Pero Draco sí que se reía de sí mismo, porque no importaba lo mucho que quería estar con Harry, algo dentro de él le recordaba todo el daño que podía causarle si no era cuidadoso... El problema era que, al escapar cada mañana, también estaba hiriéndolo. Draco lo sabía, lo había visto en los ojos de Harry cuando iba por él la noche siguiente y parecía casi sorprendido de verlo de nuevo, como si llevara meses sin tener noticias de él aunque acabara de verlo hace unas horas.
Las cosas siguieron así hasta una mañana en la que Harry despertó antes de lo esperado.
-Sigues escapándote como si de verdad me debieras dinero.
Su voz le había llegado como un ronroneo desde la cama. Algo dentro de él se hizo pedazos en ese preciso momento, pero también se sentía aliviado. Tanto, que no pudo evitar inclinarse hacia él y lo besó en la mejilla y ¡Dios, cómo le gustaba hacer eso!
-Lo dices como si no quisieras que me fuera,- dijo él, tanteando el terreno. Quizá hoy era el día en que las cosas cambiaran. Quizá hoy podía hacer mejor las cosas.
-Lo dices como si desearas que no lo quisiera.
¿Acaso soy tan transparente?, pensó Draco, observando a Harry. Su cabello estaba desordenado, su cuerpo seguía desnudo bajo las sábanas y se veía cansado. Muy cansado. Entonces Draco se dio cuenta de que este era el momento en que las cosas tenían que cambiar o terminar de una vez por todas: estaba haciéndole daño a Harry.
-¿Y qué si lo hago?- lo retó, armándose de valor. Sin embargo, la respuesta del moreno lo sorprendió.
-Cada vez que te veo,- dijo por fin abriendo los ojos, negando con la cabeza. –tu humor se vuelve más y más negro…
-O tal vez tú eres demasiado incrédulo como para darte cuenta cuando te hablan en serio.
Tragó en seco. Esto no estaba saliendo como él esperaba, pero ya era demasiado tarde para retirar sus palabras.
Harry se encogió de hombros, llevándose los brazos detrás de la cabeza.
-La vida me ha enseñado que nadie toma en serio a alguien como yo, así que ¿por qué tendría que hacer yo lo contrario por los demás?
A pesar de que parecía despreocupado, Draco sabía que, en el fondo, Harry se sentía herido. Herido por el mundo, por la vida y por la noche. La forma en la que decía "alguien como yo" era extraña, ajena, como si repitiera algo que le habían dicho muchas veces. Pero había algo más:
-¿Soy como los otros, entonces?
Por supuesto que sí, pensó Draco. ¿Por qué pensaba que habría una diferencia entre él y cualquier otro cliente? (por lo menos a los ojos de Harry).
-No. Pero tampoco eres diferente.
-¿No lo soy?
Por supuesto que no lo era. El hecho de que lo viera prácticamente todos los días (las noches) no significaba nada. Aun así, no podía evitar sorprenderse. Una pequeña parte de él esperaba que Harry tuviera un concepto distinto de él.
-Lo preguntas como si te sorprendiera.
-Tienes razón.
Porque, claro que la tenía. Era igual a ellos. No importaba si se repetía que esto era distinto, que era mejor, que era sincero si Harry no lo creía también. Sabía que tenía que explicarse, hacerle entender que no era así, pero…
-Pero temía que…
No. No podía decirlo. Temía que me odiaras, que no quisieras verme de nuevo. Temía que te dieras cuenta lo despreciable que fui, lo terrible que todavía puedo llegar a ser.
-Temía…- había muchas cosas a las que temía, pero todos sus miedos tenían raíz en uno solo: -que si me quedaba a verte despertar, no fuera capaz de irme nunca.
-Entonces no lo hagas: quédate.
Los brazos de Harry lo rodearon por la espalda, como si estuviera rescatándolo de un mar en el que se ahogaba. Quizá había sido así; después de todo, su cabello goteaba y su camisa estaba húmeda. ¿Cuándo había comenzado a llover dentro de la habitación?
Harry tiró de él suavemente, regresándolo a la cama, y sintió sus labios contra los suyos, y se preguntó si de verdad se había estado ahogando.
Oh, cuando lo amas.
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1) Pequeño Godzilla, Pablo Paredes
* Anónimo
2) Start here, Caitlyn Siehl
.
N.A: Bien, bien... estoy pensando seriamente en hacer una tercera parte de esto... Cuando empecé este fic, sabía hacia adónde quería ir, y como todavía no llego ahí, creo que le debo un capítulo más... ¿Ustedes que piensan? ¿Les gustó? Quizá no era lo que esperaban, pero tenía muchas ganas de dejar claro el contraste entre Harry y Draco, incluso con la forma de narrarlo, espero que haya quedado bien.
De nuevo, para no romper la tradición, les actualizo mientras me vuelvo un año más vieja xD se nos está haciendo costumbre, ¿no? En fin, pasen un bonito viernes-fin de semana.
Chane~
