2

—Eres un salvaje

— ¡Y tu una bruja!

Yamuraiha y Sharrkan discutían como siempre, cuando de pronto escucharon la voz de Jaffar.

—Sharrkan, el embajador de Heliopat, Narmes, pregunta por ti

— ¿Ah?

Jaffar venía acompañado de Masrur y Spartos, los tres hombres se veían serios, Yamuraiha incluso tuvo un mal presentimiento ante la severidad en el rostro de Jaffar, pero el espadachín pareció no notarlo, y camino como siempre, ausente de toda preocupación hacía la sala de audiencias.

Yamuraiha miro a Jaffar, pidiéndole permiso de ir de forma silenciosa, el primer ministro le dedico una pequeña sonrisa y le dio la espalda, a lo que Yamu atendió siguiéndole. En el salón de audiencias estaba Sinbad en su trono, y frente a él un hombre muy parecido a Sharrkan, pero unos cuantos centímetros más alto, y con una expresión bastante sombría, detrás de él estaba lo que parecía ser su tripulación, también parecía gente de Heliopat.

Extrañada, al igual que la mayoría de sus compañeros, espero detrás del trono.

—Sharrkan —La voz el Rey de Sindria fue fría, y Yamuraiha pudo ver al espadachín dar un respingo— los hombres que vez aquí, han venido por ti, Heliopat te necesita, tu hermano…

—Su majestad ha desaparecido —Dijo el embajador, y en ese momento noto como el autonombrado mejor espadachín de Sindria se quedaba congelado en su sitio. —El Rey desapareció, no hemos encontrado el cuerpo pero… el reino está en problemas, le necesitan, señor

Pasaron unos incomodos momentos en que Sinbad y todos los generales, incluyéndola se quedaron con la vista fija en Sharrkan, hasta que este reacciono, se dirigió hacia el embajador y lo sujeto por la camisa.

—Es una broma, Dime, ¿Acaso es una broma? —La voz de Sharrkan sonaba pastosa, como cuando terminaba bebido. Yamuraiha no podía verle el rostro desde allí, pero podía notar la fuerza con que sujetaba las ropas del embajador y lo tensos que estaban los músculos de su espalda. Sharrkan seguía preguntando. —Dime que estas bromeando

El embajador no contesto, solo miro al suelo.

Sharrkan se alejó del embajador y pareció tambalearse sobre sus pies mientras lo hacía, nunca, ni en sus peores momentos, Yamuraiha lo había visto en tan mal estado.

— ¿Cómo ocurrió? —Su voz fue a penas un susurro.

—El Rey se aventuró con su guardia privada en el desierto, dicen que una tormenta de arena se lo tragó.

— ¡¿Cómo?! Mi hermano fue tragado por una tormenta de arena, ¿y así nada más?, es tu Rey, debes saber dónde está… —La voz de Sharrkan se fue apagando tan repentinamente como perdió los estribos, su mirada estaba fija en el suelo y todo su cuerpo temblaba. —No saben si está muerto

—No señor

— ¿Algún heredero?

—Solo usted mi señor

Sharrkan alzó la vista y se volteó para ver a Sinbad, en ese momento Yamuraiha noto que el hombre que hacía pocos momentos estaba discutiendo con ella sobre si la espada era mejor que la magia había desaparecido. Ahora veía a un hombre herido, y atormentado, furioso, que miraba a su mentor con una mirada apagada y al mismo tiempo desafiante. Estuvo a punto de dar un paso en frente y decir algo, aunque no sabía qué, pero por suerte Spartos la detuvo.

Yamuraiha lo volteó a ver con cierta sorpresa, el hombre de Sasan, soltó su brazo e hizo un gesto de negación, quería decirle que no interfiriera, y quizás era lo mejor, así que no lo hizo.

—Me necesitan más que aquí —La voz de Sharrkan fue firme y casi tan monótona como la de Masrur. Sinbad lo miraba con intensidad.

—Haz lo que debas hacer Sharrkan, no eres mi prisionero

Sharrkan asintió, dedico una reverencia a su Rey, luego otra hacía sus compañeros y les dio la espalda para dirigirse hacia el embajador.

—Narmes, llévame a casa

—Espera Sharrkan —Esta vez fue Jaffar el que habló, con cierta nota de súplica o quizás lastima en la voz, el espadachín no se volteó para verlo, pero si se detuvo. —Sera un viaje largo, deberías descansar.

—No

—Al menos mi señor —Comentó el embajador mientras un hombre llevaba a Sharrkan un conjunto de ropas y unas joyas muy parecidas a las que usaba el día en que llegó a Sindria— dese el tiempo para prepararse

Sharrkan tomó las cosas y como si estuviera ausente, caminó e regreso hacía donde estaban los otros generales. Yamuraiha no pudo evitar detenerle agarrándolo de la ropa.

—Sharrkan

El la miró, sus ojos verdes estaban apagados, y por un momento había parecido envejecer demasiados años, se veía tan maduro y serio que a Yamuraiha casi le dio miedo.

—Sharrkan yo… ¿quieres hablar?

El espadachín sonrió, o más bien lo intento, fue como un ligero movimiento de sus labios, pero le ofreció el brazo, como cualquier noble lo hubiera hecho. Pese a lo incomodo que pudiera resultar aquella situación más adelante, Yamuraiha se aventuró y acepto el brazo de Sharrkan, y lo acompaño hasta su habitación en la torre de leo, todo en el más incómodo de los silencios.

—Sharrkan —Comenzó una vez que estuvieron frente a la puerta de la habitación del espadachín. —Dime por favor, ¿Qué piensas?

Sharrkan la soltó y abrió la puerta de su habitación, luego le invito a pasar con un movimiento de la mano. Una vez dentro dejo la ropa que le había sido entregada por el embajador sobre la cama y se sentó en el suelo, con la mirada clavada en sus manos.

—Por favor Sharrkan

—Yamuraiha, jamás desee el trono, nunca, pero si desee volver a mi hogar muchas veces, jamás creí que este sería el motivo

Yamu se acercó a él y se sentó a su lado, por un momento recordó al niño que lloraba todas las noches en su cuarto, al niño con quien jugaba por las tardes, y con el que no se llevaba tan bien. Ese niño que había llegado como discípulo de Sinbad hacía tantos años.

—Cuando me dejaron aquí, me sentí abandonado, un prisionero, después de todo eso era, según las leyes, estoy aquí para evitar que Heliopat ataque Sindria…

—Sinbad jamás haría eso

Sharrkan alzó la vista y la miro fijamente, Yamuraiha se sonrojo por la intensidad que tenía la mirada del espadachín, pero no desvió la mirada, en ese momento su amigo y rival le necesitaba.

—Quizás no lo haría, pero para eso me dejaron, y a ti, y a Pisti, y a todos, pero ahora puedo volver a mi casa, con mi gente, solo que, seguiré solo

— ¿Querías mucho al Rey de Heliopat?

Sharrkan volvió a fijar su vista en el suelo.

—Es mi hermano mayor, al igual que tú, piensa que soy un tonto, discutíamos siempre sobre si la magia o la espada era mejor, él tiene una cantidad de magoi increíble, incluso conquisto una celda

Yamuraiha se enterneció ante la forma en que Sharrkan hablaba de su hermano, y una parte de ella sintió una tristeza profunda cuando se dio cuenta de que Sharrkan había perdido a su familia, igual que ella. Le tomo la mano con cuidado, Sharrkan dio un leve respingo, pero al ver sus manos entrelazadas, solo asintió a sonreír.

—Seré un Rey terrible

—Puedo ir contigo

Sharrkan la miro incrédulo, sus ojos se abrieron de forma desmesurada y por un momento la vitalidad que lo caracterizaba volvió a su rostro, Yamuraiha un tanto avergonzada, pero decidida, aferro su mano con más fuerza y le sostuvo la mirada.

—Serás un idiota ególatra y un tanto salvaje, pero no estás solo, si necesitas ayuda yo puedo ir contigo

Sharrkan sonrió de la forma más dulce que jamás hubiera podido imaginar, y sosteniéndole la mirada, alzó su mano libre para acariciar el rostro de Yamuraiha mientras acercaba su rostro al de ella poco a poco. Cuando sus narices chocaron entre sí y el sonrojo de Yamuraiha no podía ser mayor, él coloco su frente contra la de ella, soltó su mano y la agarro gentilmente por los hombros.

—Me ayudaras más quedándote aquí, cuidando de nuestra familia

Yamuraiha no sabía que decir, su cabeza era un coctel de emociones que se contradecían unas con otras, impidiéndole hacer cualquier cosa. Notando su turbación, Sharrkan la abrazó, y ella correspondió al abrazo.

Pasaron un rato abrazados, no sabía cuánto tiempo, pero le dolió demasiado cuando él se alejó de ella, con una sonrisa triste en sus labios. Lo veía derrotado.

—Sharrkan, yo sé lo que se siente… perder a alguien

—Lo sé, y es por eso, que sé, que puedo con esto, porque no estoy solo, ¿verdad, Yamu?

—No, pero…

Sharrkan se puso de pie y le ayudo a incorporarse, y así, sin soltar su mano, la hizo mirar la ropa que yacía sobre la cama, una túnica blanca y muchas joyas de color dorado. La jalo hacía la cama y tomo un medallón con forma de serpiente que puso entre las manos de ella.

—Sé que no estoy solo, ahora lo sé, quiero que tomes esto

—Sharrkan

—Deja de ser tan terca y tómalo

El reclamo salió apagado, fue más una súplica, así que Yamu se limitó a aceptarlo y sostenerlo contra su pecho, comenzaba a sentir el dolor de la perdida, no había querido pensar en eso, pero aquello significaba que él se iría, y no sabía por cuanto tiempo.

—Bien, pero tú también…

Yamuraiha se quitó uno de los caracoles dorados que llevaba en el pelo y se lo entrego al espadachín, él lo observo atónito por unos segundos, pero luego una sonrisa apareció en sus labios, aunque esa sonrisa era tan sombría como el color de sus ojos.

—Gracias, ahora si me disculpas, necesito cambiarme

Yamuraiha salió del cuarto dejándolo solo, y fue a reunirse con Sinbad, como esperaba, había reunido a los demás generales para informarles el hecho de que de ahora en adelante, serían solo siete. Nadie dijo nada, nadie mostro tristeza, aunque sin duda la melancolía lleno el salón. Horas después, Sharrkan, completamente transformado y vistiendo las ropas de un príncipe de Heliopat salió para reunirse a los hombres del embajador y tomar un barco rumbo a su país natal.

Pisti le saltó en cima entre lágrimas que nadie supo con certeza si eran falsas o reales, pero Sharrkan respondió a ellas con una gran sonrisa, una que por un momento hizo que Yamu sintiera ganas de llorar.

—Si necesitas algo… —Comenzó a decir Sinbad, pero Sharrkan lo interrumpió con un movimiento de la mano que le quitaba importancia al asunto.

—Estaré bien, prometo venir a visitarles pronto, ya es hora de irme

Y despidiéndose de todos uno por uno con un abrazo, subió al barco. Se mantuvo en la cubierta hasta que el barco se alejó demasiado para poder verlos, si bien no les dedicaba palabras, sonreía de forma casual mientras agitaba la mano.

Y el barco se perdió en el horizonte.