Tan pronto atravesó las puertas del bar del hotel, sintió sobre si las miradas del resto de los comensales. Apretó los puños y redobló el paso hasta la barra, donde se dejó caer con desgano. A un gesto suyo, el cantinero se apresuró a colocarle delante un vaso lleno de sake que el morocho, vació de un solo trago, para luego pedir que lo rellenaran.

Seguro quieres tomártelo con calma.

La mano cálida de su hermano, colocada sobre su hombro, y su voz siempre calmada, lo irritaron. Le dio una mirada de lado, sin embargo, dejó el vaso sin tocar.

Ya me gustaría verte en mi pellejo –farfulló molesto

Itachi tomó asiento a su lado, conteniendo un suspiro.

No te envidio –concordó–, pero creo que tú tampoco te envidiarías asistir a una reunión, con el abogado de tu ex, y medio borracho. Necesitas la mente clara.

Como siempre, su dichoso hermano, tenía razón. Abrió y cerró varias veces los puños. Calma, paciencia. Era condenadamente difícil no vaciar la botella de sake de un trago, detestaba el hecho de que Itachi lo viera en semejante estado de alteración, sin embargo, internamente, agradecía la presencia de su hermano, a pesar de su fachada arisca y orgullosa, lo cierto es que el miedo hacía mella en su interior. Miedo a estropearlo, a no ser lo bastante astuto como para derrotar a su ex, miedo a perder a su hija, o al resultado del sudor de su frente, pese que siempre le recriminaba, por haberlo abandonado tras la muerte de sus padres, Sasuke sabía que siempre podría contar con su hermano, y su inteligencia. Era el halcón que protegía su familia.

Señor Uchiha…

Ambos hermanos, se giraron al mismo tiempo, un hombre relativamente joven los observaba. Tenía cabellos blanquecinos, y ojos verdes almendrados. Una sonrisa fácil surcaba sus labios mientras extendía una mano en señal de saludo.

Soy Mizuki Touji, el abogado de Tayuya Uchiha.

Tayuya Uzumaki –corrigió el Uchiha mayor.

Sasuke observó sorprendido, como Itachi se le adelantaba encarando al abogado. Una expresión adusta ensombreciendo sus rasgos, y una amenaza velada en sus palabras. Toda su postura irradiaba tensión.

Ella perdió el derecho a portar el apellido de mi familia, cuando lo deshonró.

Puede que cuando sus padres murieran él se comportara como un niñato consentido y dejara a Sasuke batallar con problemas que no debía enfrentar, pero ahora, tan seguro como su nombre, que nadie que se metiera con su familia iba a salir de rositas.

Sakura lanzó un chillido cuando la freidora con aceite caliente, derramó parte de su contenido sobre su antebrazo derecho. El dolor fue inmediato y atroz. La pelirosa dejó caer las patatas y corrió hasta el grifo más cercano, metiendo la zona herida bajo el chorro de agua fría. La puerta de la cocina se abrió dejando paso a un exaltado Kankuro:

¿Qué ha pasado?

Na..nada –tartamudeó la chica–. Solo un pequeño accidente.

Sentía como si la piel de su brazo se derritiera, a pesar de estar bajo el chorro de agua fría, podía sentir el vapor escapando por todos y cada uno de sus poros, sin embargo, tenía que cuidar su trabajo, y esa clase de torpezas…

¿Qué no ha sido nada? ¡Deja ver!

Y esa fue la rubia hermana del castaño con su habitual franqueza. Vamos que ver la freidora volcada, las patatas en el suelo, y el aceite caliente era solo cosa de sumar dos y dos. Temari cruzó el espacio que las separaba en dos zancadas, y con nada de delicadeza sujetó el brazo de la chica, sacándolo de debajo del grifo.

La piel, habitualmente nívea de la muchacha, tenía ahora una fea roleta roja que amenazaba con hincharse y comenzaba a rezumar pequeñas gotitas de líquido.

Tú necesitas un hospital, ahora –sentenció Temari

Y con eso, el mundo se le vino encima. Sus ojos verdes se abrieron con puro pánico. Luchó por zafarse del agarre de la rubia, sonriendo con nerviosismo.

No, de verdad, yo…

No se que patética excusa quieres inventar –interrumpió Kankuro–, pero seguro que no te tendré trabajando aquí sin que te vea un médico, no solo pones en riesgo tu salud, sino también la de tus compañeros, eso por no hablar de la que me armarán los inspectores de salubridad si te agarran, así que no te atrevas a poner un pie aquí sino traes una evaluación del doctor.

¡Buena mierda! Sakura se quitó el mandil, saludó cortésmente y salió a la calle. Valoró la idea de regresar a su casa, y simplemente esperar y buscarse otro trabajo, pero descartando el hecho de que, la quemadura se estaba poniendo realmente fea, otro trabajo implicaría otras investigaciones, más papeles, y eso realmente no le convenía. Había tenido muy buena suerte con el empleo en el restaurante de los hermanos Sabaku no, era un negocio pequeño, no tenía que darle la cara al público, se mantenía escondida, y lo mejor de todo, no le habían pedido más papeles que su identificación. Era lo mejor para pasar desapercibida, y aun así poder alimentar a Konohamaru. No, definitivamente no le convenía perder ese empleo. Tendría que ir al hospital. Si acudía por urgencias, no habría necesidad de tanto papeleo, y podría terminar rápido.

Dos horas más tarde, Sakura se replanteaba su decisión, todo ese tiempo sentada en el atestado salón de espera de la clínica, y aunque su brazo dolía a horrores y comenzaba a tomar un aspecto preocupante, aun no la llamaban. Se levantó medio tambaleante de la silla, y dirigió sus pasos a la salida, había notado una pequeña tienda en la acera de enfrente, necesitaba algo frío para adormecer el dolor.

Sentado en uno de los salones de espera de la clínica, Sasuke miraba a su hermano con un pronunciado tic en la ceja. No sabía si reírse o llorar.

¿Puedes quitar esa mirada de tu cara? –increpó el mayor de los hermanos con una expresión de vergüenza.

Hmp. –masculló ladeando la cabeza.

¡Será mejor que no escuche una palabra de ninguno! –amenazó la mujer.

Alta estatura, apariencia delicada, tez clara, cabellos castaños y ojos oscuros. Un bonito lunar debajo de su ojo derecho. Izumi Uchiha, su cuñada. El amor de la vida de su hermano mayor, y desde el punto de vista de Sasuke, oscilaba entre dos extremos, o era un jodido incordio, o su fuente de diversión. Después de todo, no todos los días se veía a Itachi Uchiha, su serio e imperturbable, hermano mayor, encogiéndose ante una regañina como si fuera un crío de cinco años. Claro que tenía que divertirse. La mirada oscura de la joven saltó de su marido, a su cuñado. Una venita cobró vida en su frente.

¿Quieren explicarme por qué tuve que sacarlos de la estación de policía, detenidos por una pelea de borrachos?

Cierto que tampoco era cosa de todos los días ver al serio pelinegro, metido en una pelea de bar, y mucho menos que terminara con un ojo amoratado y un labio roto. De más está decir que su contrincante quedó en peores condiciones.

¡No estábamos borrachos! –se defendió Itachi–. Sasuke solo había bebido un par de copas, y yo ni siquiera probé el sake.

Izumi apretó la mano en un puño, antes de mascullar entre dientes.

Solo lo estás empeorando –luego gruñó amenazante– ¿En qué demonios estabas pensando?

Itachi la miró con una media sonrisa, antes de responder:

El hombre necesitaba una paliza, y mejor yo que Sasuke.

La mirada de la chica siguió la de su marido, hasta detenerse sobre la mano derecha del joven, envuelta en un pañuelo entintado en sangre. Sasuke cerró la mano en un puño, disfrutando la sensación de dolor. Cierto. El abogadillo de pacotilla se lo había ganado a pulso, con sus comentarios sarcásticos, y aquel contrato espeluznante que había pretendido que firmara. ¿Acaso les había visto cara de idiotas? Sasuke habría podido soportarlo todo de forma estoica, excepto que luego de todo aquello comenzara a hablar sandeces de sus difuntos padres, eso fue lo que realmente colmó el vaso. Sabía que intentaba provocarlo, y había intentado mantenerse ecuánime, pero que encima de todo llegara Tayuya, mofándose y restregándole en su cara del desastre de hacía cinco, y llamándolo una vergüenza para su familia, bueno, eso simplemente iba más allá de lo que cualquiera con una gota de sangre en las venas podría soportar. El vaso que Sasuke sostenía en las manos acabó convertido en astillas, sin embargo, antes de poder lanzarse sobre el tal Mizuki, un furibundo Itachi, con ojos enrojecidos, ya lo estaba moliendo a palos.

¡Aun así, idiota! –gritó la muchacha–. Tienes suerte de que llegara a tiempo y pudiera entenderme con él. ¡Es un abogado! ¡Pudieron acabar peor!

Aquella discusión tenía pinta de acabar con un golpe en la cabeza de alguno de ellos, y Sasuke pensó que mejor dejaba a su hermano lidiar con el drama. No que la chica no tuviera algo de razón, pero total, Itachi ya había recibido algunos golpes esa tarde, que más daba otro. Se levantó llamando la atención de sus dos compañeros.

Iré a por algo frío tu cara, mientras estos idiotas te atienden.

Había visto la tienda en la acera frente a la clínica. Sería algo rápido, de todas formas, la lista de pacientes parecía la historia de nunca acabar. Cruzó la calle, y caminó al interior del recinto. El local climatizado, alivió la sensación de calor del exterior. Distraído, recorrió los pasillos, existía el clásico mito del filete, para eliminar los moretones, sin embargo, como era una persona práctica, prefería una buena bolsa de hielo, claro que no había nada semejante por toda la tienda. Entonces… ¿qué podía hacer? Una pancarta de propagandas le dio la idea. Guisantes congelados. Práctico y asequible. Ahora, ¿dónde estarían? Caminó los pasillos, pero no encontró nada, hasta que finalmente se detuvo frente a la caja registradora, si no había de otra, tendría que preguntar. La cajera, le miró con un sonrojo cubriendo las mejillas:

Esto… ¿pue-puedo hacer algo por usted?

El nerviosismo de la chica lo ponía aburrido. Mejor terminar cuanto antes, abrió la boca dispuesto a ladrarle el pedido, cuando un borrón rosa se colocó entre ambos.

Disculpe señorita, ¿me alcanza una bolsa de guisantes congelados y una botella de agua? –interrumpió la recién llegada

Eh, sí, enseguida.

La cajera salió de su atontamiento para entregar el pedido. En tanto, Sasuke no daba crédito a sus ojos. Una joven, con sencillas ropas de trabajo, piel nívea, cabellos rosas, ¿rosas? Sip. Definitivamente rosas, parecía un maldito chicle ambulante. Esa mocosuela le había quitado el turno, así nada más. Sin prestarle la menor atención, la molesta aparecida pagó su pedido y se marchó. La cajera continuaba mirándolo embobada.

Quiero una bolsa de arvejas –gruñó molesto

Lo, lo sie-siento mucho señor. Esa era la última.

La mirada del Uchiha habría prendido fuego a un glaciar. Maldita mujer. Ah, no, seguro que eso no se quedaba así. Salió como un vendaval en busca de la molesta mota rosada, la encontró cruzando la calle. Corrió hasta quedar a su altura.

Oye, molestia…

Sip. Definitivamente la caballerosidad y el buen trato no era lo suyo. La chica siguió su camino. Molesto y con un nervioso tic en la ceja, la agarró por el codo, la chica se sobresaltó pegando un grito y golpeándolo en la cabeza con la botella de agua.

¡Le había pegado! ¡La molestia rosada le había pegado! No tuvo mucho tiempo para reaccionar, porque un estridente claxon de autobús, amenazó con ensordecerlos.

Sakura se puso lívida cuando distinguió el pesado autobús que venía a toda máquina en su dirección, estuvo segura de que moriría aplastada por las ruedas del ómnibus, lo siguiente que sintió fue unos brazos masculinos que se enredaban en su cintura y tiraban de ella en un violento empujón hasta la acera.

¡Malditos locos! –gritó alguien desde el interior del carro.

Ambos jóvenes respiraban entrecortadamente, sin ánimos para contestar el insulto. Había sido el susto de sus vidas. En el último segundo, Sasuke había conseguido sacarlos de en medio de la carretera, empujándose contra la joven. La espalda de Sakura golpeó contra la pared exterior de la clínica, mientras él la enjaulaba con su cuerpo, su cabeza descansando peligrosamente cerca del cuello de la chica, que, por raro que pareciera, olía estupendamente bien. Cuando recuperó el control sobre sus cuerdas vocales, se separó unos milímetros para observarla con el ceño fruncido:

¿Qué mierda hacía? ¿Es que está loca?

Sakura se encontró mirando unos furiosos ojos negros. La cercanía del cuerpo masculino, y la adrenalina que todavía circulaba a velocidades anti naturales en su cuerpo, simplemente pudieron más que su cordura. Pegó un grito, agarró la botella de agua y golpeó a su salvador/agresor en la cabeza.

¡Aléjese de mí! –advirtió molesta

Sasuke no daba crédito. ¡Le había pegado! ¡Por segunda vez!

¡Maldita loca! –le gruñó– ¡Deja de pegarme!

Sakura llevó una mano al pecho, blandiendo la botella de agua como si fuera un arma letal.

¡Deje de acosarme! –se defendió

¡Ja! ¿Quién querría acosar a semejante molestia? Solo quiero que me devuelvas lo que es mío.

La pelirosa lo miró pestañeando nerviosamente. ¿Quién era ese hombre? ¿Qué quería? ¿De que hablaba? La profunda mirada de su acompañante comenzaba a ponerla nerviosa. Aun manteniendo en alto la botella de agua lo increpó:

¿De qué habla?

El morocho tuvo un serio trabajo resistiendo la tentación de poner los ojos en blanco y bufar molesto.

La bolsa de arvejas. Es mía.

Ahora fue el turno de Sakura para carcajearse. Miró la bolsa de arvejas, luego a su interlocutor, volvió a mirar la bolsa, y luego al morocho, y entonces no pudo contener la risotada. Sasuke le dio una amenazante mirada de ojos entrecerrados.

Y tiene la desfachatez de llamarme loca –dice cuando logra dejar de reírse–, la bolsa es mía. Yo la pagué.

Solo porque no respetaste la fila –contraataca él–. Me correspondía comprar a mí, si no te hubieras entrometido. Tengo más derechos sobre la bolsa.

Derecho de los sin techo –canturreó ella

Sasuke tronó los puños. Esta mujer iba a sacarle canas verdes. Volvió a mirarla, pequeña, con tez de porcelana, cortos cabellos rosas, brillantes ojos de jade.

Escucha, niñata consentida…

Ahora fue el turno de Sakura. Apretó las manos en puños. Había osado llamarla consentida. Una venita saltó en su frente. Este cabronazo se lo estaba ganando a pulso, mucho ardor en su brazo y todo pero… Nuevos pasos en su dirección, y la voz de la operadora por los altoparlantes llamaron su atención:

Sasuke, ¿está todo bien?

Preocupado por la ausencia de su hermano, y deseando escapar de la regañina de su mujer, Itachi sugirió salir en busca de él. Para sorpresa de ambos, no tuvieron que ir muy lejos, unos gritos provenientes del exterior del hospital llamaron su atención. Ninguno podía creer lo que veía, Sasuke, alias el imperturbable, Uchiha, tenía el rostro colorado y gritaba a voz en cuello a una muchachita de cabellos rosas y ojos verdes, que por cierto, amenazaba con atizarle con una ¿botella de agua? Y peleaban por… ¿una bolsa de arvejas? ¿Estarían soñando?

Interrumpió la discusión llamando a su hermano, no le pasó desapercibido, la sospecha, casi aprehensión, que cruzó los ojos verdes de la muchacha cuando notó su presencia, aunque casi enseguida pareció distraída por algo. La pelirosa lo estudió, deteniéndose en su ojo morado que se hinchaba por momentos, para sorpresa de todos, se acercó al matrimonio y le extendió al Uchiha mayor el paquete de guisantes. Le dio un saludo formal y una sonrisa amable mientras decía:

Toma, parece que lo necesitas más que yo. Además, me acaban de llamar para ver al médico.

Las venitas en la frente de Sasuke se volvieron mangueras de presión. ¿En serio? A él le gritaba, lo llamaba acosador, le pegó dos veces, y a su hermano simplemente le daba el pequeño paquetito, ¿así sin más? ¡Joder! ¿Es que todas las mujeres o eran zorras o estaban locas?

Sakura soportó con ecuanimidad las curas del doctor. Fue una horrenda media hora, en la que el galeno se dedicó a remover toda la piel lastimada, pedazo a pedazo. ¡Maldita sea! Sabía que ese era el procedimiento estándar, es más, antiguamente, y en más de una ocasión ella misma tuvo que realizar las mismas curas, pero vamos, que no es lo mismo torturar a alguien a ponerse ella misma en la cámara de tortura. La Haruno no volvió a respirar hasta que el doctor aplicó una crema antiséptica sobre la piel enrojecida, casi sangrante, y la vendó con cuidado.

Gracias por su cooperación, Haruno-san –sonrió el médico–. La espero dentro de tres días para repetir la cura.

"Ya te crees que me agarras" pensó con sorna la chica. Ni por oro regresaría. Con lagrimones en las esquinas de los ojos abandonó la consulta, acunando su brazo herido. ¡Malditos, Kankuro y Temari! ¡Se vengaría! ¡Seguro!

Para contrariedad de la chica, se encontró con el mismo morocho engreído de antes. Ambos esquivaron la mirada y se pasaron de lado con la misma expresión de molestia.

Bueno, al menos tendría el resto del día libre se dijo la chica. Lo cierto es con el dolor del brazo no podría hacer nada, necesitaría un camión de analgésicos. Salió a la calle en dirección a la farmacia, una vez compró la prescripción del médico se dispuso a regresar a su casa.

El reflejo en la cristalería de la farmacia le heló la sangre. Una persona de alta estatura, cubierto por una gabardina gris, y un sombrero de palma que le ocultaba el rostro. Procuró no mirarlo directamente, así que mantuvo su paso confiado, aunque en el rango de las paredes de cristal, así podría observar su reflejo, cuando se movió, el desconocido lo hizo, cruzó la calle, también la imitó. ¡Mierda! Las manos comenzaban a temblarle. No pierdas la calma, se dijo. Un taxi pasaba en ese preciso momento y lo obligó a detenerse, se subió de un salto. Con el corazón latiéndole violentamente contra las costillas, apenas se acordó de pedirle al taxista que diera un par de vueltas por la ciudad, cuando miró a través del cristal, podrá jurar que el desconocido anotaba algo en una libreta. Probablemente, la matrícula del coche. ¡Joder!

Hola tan solo el primer capítulo y ya tengo cuatro seguidores y dos favoritos. Mil gracias.

Gracias por tu comentario Inhala. Y gracias por los ánimos. Espero les guste la historia.