Capítulo 2
Instituto de Roheibeth, 1996.
Korra se dirigía al comedor cuando recordó que había olvidado su anuario en el vestuario de chicas. Quería que Ginger se lo firmase, pero nunca había tenido el valor de pedírselo.
En los pasillos del instituto se oían voces femeninas exageradamente agudas y voces masculinas exageradamente graves. Korra suspiró mientras iba hacia el vestuario. Cuando llegó había una cola muy larga, así que tendría que conformarse con lo que quedase en el comedor, lo cual podía ser una ventaja, dependiendo de cuál fuese el menú del día.
Korra odiaba la comida. Le daba la impresión de que todos la observaban y reparaban en el hecho de que comía sola. Aunque no los consideraba amigos, siempre coincidía con otros miembros del club de informática. La mayoría se traía la comida de casa y, por tanto, dedicaban la hora de comer a jugar a Mazmorras y Dragones, sin perder el obligado cuarto de hora en la cola. A Korra también le habría gustado prescindir de la comida, pero su madre nunca iba al supermercado, con lo cual en casa no había nada para comer. El desayuno consistía en lo que estuviese de oferta en el Burger City. Y la cena provenía de la cafetería del otro lado de la calle. A Korra le encantaban las ensaladas de pollo frito con aliño ranchero. El cocinero cuarentón casi siempre añadía más pollo para ella. El recuerdo de la sonrisa lasciva del hombre cuando le entregaba la comida le revolvía un poco el estómago, pero no tanto como ver a Asami Sato sentada en un banco con su anuario en el regazo, escribiendo algo.
—¿Qué estás haciendo? Es mío. —Las palabras salieron de los labios de Korra antes de que pudiera darse cuenta de su error.
La expresión sorprendida de Asami habría resultado graciosa si se hubiese prolongado, pero no duró. Enseguida la sustituyó una emoción que Korra conocía bien: la ira. Asami cerró el anuario de golpe, lo dejó sobre el banco y se levantó con amenazante decisión.
—¿Tuyo? ¿Y cómo sé que es tuyo? —repuso—. Podría pertenecer a cualquiera.
A otra persona que no fuese Asami Sato, Korra le habría preguntado por qué firmaba un anuario si no sabía a quién pertenecía. Pero Korra no había aprobado los cursos por la cara.
—Mi nombre está en la contraportada. Te lo enseñaré. —Se acercó a Asami, rozándole la pierna con la mano sin querer. Asami ahogó un grito y retrocedió. Korra se apartó con las manos vacías.
—Lo siento —dijo, aunque apenas la había tocado. Tenía la mala costumbre de disculparse por cosas que no eran culpa suya, sobre todo cuando estaba nerviosa. Asami cogió el libro y lo miró como si no lo hubiese visto antes.
—Si es esto lo que quieres, ven a buscarlo.
Korra se enorgulleció de dudar sólo un instante antes de extender la mano y coger el libro por el borde. Su idea era hacerse con el anuario, educadamente por supuesto, y salir corriendo de allí.
La sonrisa de Asami fue la primera señal de que no iba a ser tan fácil, pero Korra estaba dispuesta a intentarlo. El rostro de Korra puso a Asami sobre aviso, pues de repente sujetó el anuario y lo metió bajo el brazo.
—Un momento, ¿y cómo sé que es tuyo? Korra, a punto de llorar, señaló el anuario con la cabeza.
—Si lo abres, en la portada verás que pone: «Este libro pertenece a Korra Dennis». Oh, vaya. Ésa soy yo. Tengo... —Korra se palpó los bolsillos de los vaqueros— mi carnet de estudiante.
—Sé quién eres.
—¿De verdad?
Asami asintió, pero no dijo nada. «¿Por qué está tan nerviosa?» Korra se puso en guardia, por si una de las compinches de Asami salía de detrás de una taquilla y le daba una paliza. En realidad, hasta el momento Asami se había limitado a robarle novelitas románticas, a empujarla contra la taquilla cuando iba camino del comedor o a pedirle «prestado» un dólar que ambas sabían que nunca devolvería, pero había una primera vez para todo. Korra hizo ademán de retirarse.
—¿A dónde vas? Creí que querías esto.
—Puedes quedártelo —dijo Korra, que quería alejarse de Asami a toda costa. Como si se encendiese un interruptor, surgió la expresión furiosa a la que Korra estaba acostumbrada. Asami salvó la distancia que las separaba en dos zancadas. Sin dar tiempo a que Korra reaccionase, la cogió por la parte delantera de la camisa y la atrajo hacia sí, de modo que Korra percibió el olor a menta que emanaba de su aliento. Korra esperaba una bofetada, pero no la recibió.
—No quiero tu anuario. Sólo quería pedirte una cosa.
—La hora de comer casi ha acabado. Puedo... dejarte un dólar si andas escasa de dinero. —Korra se buscó en su bolsillo. Si le daba un dólar a Asami, no le llegaría para patatas fritas y tendría que comer la hamburguesa sola, pero valía la pena si se libraba de la humillación y el dolor de recibir una paliza. La alivió oír carcajadas de gente que entraba en el vestuario.
—Lo sé. Dios, ¿pero quién se cree que es para pedirme que salga con él? Como si yo fuera...
Korra se quedó sin aliento cuando de pronto se vio arrastrada a la zona de duchas del vestuario. En los dos años que llevaba en el instituto de Roheibeth nunca había visto que nadie usase las duchas más que para vestirse. Korra jamás había sudado en la clase de gimnasia, pero al menos se lavaba lo esencial en el cuarto de baño. La mayoría de las chicas de su clase se limitaban a vestirse e ir a comer.
La espalda de Korra chocó contra la pared y no pudo reprimir un grito sofocado. No sabía qué había hecho, pero Asami tenía una expresión muy extraña en la cara.
—No vuelvas a ponerte esa blusa —susurró Asami.
—Yo... Pero ¿por qué? Me la compró mi madre.
—Me importa un bledo quién te la haya comprado. No te la pongas. —El puño de Asami estrujó la blusa con fuerza.
—De acuerdo. No lo haré. —Korra torció el gesto mientras pensaba qué le diría a su madre cuando le preguntase por qué sólo se ponía la blusa los fines de semana. Se trataba de un regalo caro, algo que su familia apenas podía permitirse. Asami estaba mirando algo y, cuando Korra bajó la vista, se fijó en sus pechos, que destacaban bajo el tejido, y en los pezones, bien visibles incluso a través del sujetador. Korra sintió que el rubor le subía por el cuello.
Asami la soltó de pronto y miró la camisa arrugada.
—Lo siento —dijo en voz baja. Korra abrió la boca por costumbre para decirle que daba igual, pero no logró articular las palabras. No se trataba de alguien que había tropezado con ella en el pasillo, sino de la persona que la aterrorizaba siempre que la veía. Alguien que hacía que levantarse cada día e ir a aquel agujero fuese cada vez más difícil. Y de repente se creía que bastaba con disculparse. Korra apretó los labios y bajó la vista.
—¿Eh? —exclamó Asami en tono afectuoso. A Korra se le pasó el enfado tan rápidamente como se había iniciado. Lo que había alterado a Asami se estaba disipando, y Korra corría el peligro de ganarse una patada en el culo.
—Te he dicho que siento lo de la blusa, ¿de acuerdo? —Asami levantó la mano y Korra se encogió y cerró los ojos para no ver el golpe que supuestamente se avecinaba. El golpe fue sustituido por una suave presión sobre su pecho. Korra bajó la vista, la deslizó sobre las uñas irregulares y la posó en la mano sorprendentemente femenina que reposaba sobre su pecho.
«Se muerde las uñas.» ¿Qué es lo que ponía a Asami Sato tan nerviosa y la inducía a morderse las uñas? La idea resultaba tan intrigante que Korra tardó unos instantes en darse cuenta de que la mano de Asami acariciaba su blusa, realizando un movimiento giratorio sobre el pecho. ¿Estaba intentando planchar las arrugas que le había hecho o tranquilizar a Korra? Fuese cual fuese el motivo, el pulso de Korra se serenó y los músculos de su espalda se relajaron. Se pasó la lengua por los labios, suspiró y se apresuró a ponerse derecha, cuando se dio cuenta de que casi había bajado la guardia.
—Quieres que la gente te vea con esta blusa, ¿verdad? —preguntó Asami, mientras trataba de alisar las arrugas infructuosamente. La pregunta parecía seria, como si Asami quisiese averiguar algo.
—¿Qué? No... —Korra lo entendió de pronto. «Está como una cabra, y nadie sabe que estoy aquí sola con ella»—. No quiero que nadie me mire. —Asami tomó aliento y miró a Korra. Parecía confundida, incluso asustada. Korra se preguntó por qué nunca se había fijado en la perfección de sus labios, pero sacudió la cabeza, negándose a admirar a alguien que había estado a punto de pegarla. Además, nadie en su sano juicio admiraba la forma de unos labios. Tal vez no fuese Asami la que estaba loca.
—¿Tienes novio? ¿Te has puesto la blusa para él?
—Sabes muy bien que no. —La incredulidad se reflejó en la voz de Korra antes de que pudiera disimularla.
—¿De verdad? No es eso lo que me han contado. Una sensación de alivio inundó el estómago de Korra, relajando la tensión nerviosa, mientras comprendía de qué iba todo aquello.
—¿Te refieres... a Bolin? No es mi novio ... ¿Es el tuyo? —Bolin había tenido la osadía de besarla. Korra recordaba su empeño por apartar la boca de aquel aliento, mezcla de cigarrillos Pall Mall y de chicle de melón Bubbaloo.
La expresión de Asami pasó de la sorpresa a la diversión. Cuando su diversión se reflejó en una sonrisa de oreja a oreja, Korra decidió que, por muy loca que estuviese, Asami tenía unos labios preciosos y, en aquel momento en que podía verlos, unos dientes estupendos. Korra se olvidó del miedo y miró a Asami a los ojos. Ésta se puso colorada y sus largas pestañas aletearon como si quisiera ocultar sus emociones. Korra también bajó la vista, inexplicablemente avergonzada por ambas.
—Entonces, ¿por qué dejaste que te besara? —preguntó Asami.
Korra sacudió la cabeza, confundida por la pregunta y por el tono tierno que había empleado Asami.
—No le dejé... Me pareció horrible. Lo aparté de un empujón.
—Él me dijo que te había gustado. Que querías que lo hiciese.
—Sí, claro, me encantó que me besase ese descerebrado delante de todo el mundo. — Korra se puso seria. No era la primera vez que tenía problemas por hablar de más, pero Asami no pareció molesta.
—Estupendo, porque no lo volverá a hacer. Le dije que, si lo hacía, acabaría caminando como un pato el resto de su vida. —Asami estudió la cara de Korra y, luego, asintió, como si hubiese oído algo.
—¿Cómo sabes lo que ocurrió? No estabas allí. —Korra estaba cada vez más confundida. «¿Cómo? ¿Ahora es mi protectora? Genial. Se quedará con todo el dinero de mi comida, en vez de conformarse con la mitad.»
—Lo oí pavonearse delante de sus amigos. Dijo... dijo que besabas muy bien.
—¿En serio? —Korra no esperaba algo así.
—Sí, lo dijo. Aunque yo no lo creí. Le dije que no sabía lo que era un buen beso ni aunque lo viese en el cine. —Asami soltó la frase siguiente a toda prisa—: Me parece que debo probar, aunque sólo sea para ver a qué viene tanta emoción. — Asami la miró como si esperase oír algo. Korra separó los labios y los humedeció, pero no fue más allá.
De pronto, Asami dobló las rodillas, alzó la cabeza y los labios de ambas se encontraron. El sudor cubrió la frente constantemente húmeda de Korra y sus gafas resbalaron sobre la nariz. La mano de Asami soltó la blusa de Korra mientras la besaba, y todo se hundió en el silencio. Korra sintió algo. «Dios mío, ¿ésa es su mano?» Algo rozó su pecho a través de la blusa de seda. Seguramente era una prueba. Asami pararía enseguida, se reiría de ella y la acusaría de pervertida delante de todo el mundo. Korra puso la mano sobre el pecho de Asami para apartarla. Pensaba que Asami era dura, todo músculos. Y lo era, pero también era suave. ¿Por qué no podía abrir los ojos? El calor se extendió por su estómago y luego descendió. Aquella sensación no le resultaba extraña. Sabía cómo presionar y dónde tocar para alcanzar el máximo placer. Como si la hubiese oído, Asami introdujo una pierna entre las de Korra y la rozó con ella. Korra se apartó, ahogando un grito que murió sobre el hombro de Asami.
—¿Estás bien? —La pregunta de Asami acarició su oído. Por segunda vez en dos días la habían besado a la fuerza. Pero en esa ocasión, aunque muy a su pesar, le gustó. Korra se encorvó, vencida, y asintió. No se atrevía a levantar la vista por miedo a que Asami se riese de ella. Estaba pensando en una novela que acababa de leer, en la que la chica esperaba sin respirar que el protagonista la besase. «Esto es lo que siente al quedarse sin respiración.»
Asami apoyó la frente en la de Korra, sin importarle la humedad del sudor. En la garganta de Korra brotó un gemido, que no cobró forma hasta que ambas se besaron de nuevo.
Esta vez los labios de Asami se mostraron tímidos, como si le diesen la oportunidad de rechazarla. Cuando Asami abrió más la boca, Korra se vio obligada a hacer lo mismo. Con profunda sorpresa, se dio cuenta de que Asami introducía la lengua dentro de su boca.
Aquello no era más que una broma, ¿verdad? Korra se estremeció y se le aceleró la respiración a medida que el beso se tornaba más exigente. El aire que exhalaba la nariz de Asami le acarició el labio superior y Korra empezó a pensar que se desmayaría si no respiraba. Entonces Asami se apartó.
—Tienes que respirar por la nariz —dijo, en un tono afable. Korra asintió con la cabeza como una loca.
Asami observó su rostro. Parecía como si esperase alguna reacción, y Korra obedeció mansamente, como tenía por costumbre.
—¿Qué... qué estás haciendo? —Sentía la lengua adormecida.
—¿A ti qué te parece? —Asami subrayó la pregunta con otro beso desgarrador—. ¿Qué te hace sentir lo que estoy haciendo?
Se sentía como si le hubiesen dado una patada en el estómago. Korra quería preguntarle por qué la besaba de aquella manera. Y, a continuación, por qué había dejado de besarla. No sabía lo que tenía que sentir hasta que las lágrimas asomaron a sus Ojos. Sus labios entumecidos por los besos se separaron como si quisieran decir «oh, no» antes de que la primera lágrima resbalase por su mejilla.
—¿Por qué lloras? Yo no... —De repente, el cuerpo de Asami dejó de presionarla contra la pared y Korra sintió una paradójica mezcla de alivio y decepción. Tardó un minuto en comprender por qué Asami se había apartado de ella.
La señora Graves, profesora de gimnasia de Korra en la segunda clase, cogió a Asami por el brazo y la arrastró fuera de la ducha. Era casi tan alta como Asami y el doble de ancha.
—Te he pillado, Asami Sato —dijo, poniéndose delante de ella. Korra las siguió, tratando de recuperar el aliento para decirle a la señora Graves que estaba en un error.
—¿Korra? Korra, dile que no te he hecho daño. Espere, señora Graves, por favor. —Asami trató de agarrarse a la puerta y miró a Korra con expresión implorante.
—Un momento, señora Graves —gritó Korra—. Usted no lo entiende... —«¿Qué se suponía que tenía que decir? ¿Qué le había encantado que Asami Sato la besase? ¿Que era algo que deseaba? ¿Cómo podía explicárselo a la señora Graves?» Korra se tapó la boca con la mano en el preciso momento en que Asami la miraba a los ojos por encima del ancho hombro de la señora Graves. «¿Cómo iba a contarle a nadie algo así?»
Asami la miró durante lo que a Korra le parecieron años; sus ojos rogaban como habían rogado los de Korra en la ducha. «¿Qué quiere de mí?» La señora Graves desprendió a la fuerza los dedos de Asami del marco de la puerta. Una sonrisa retorcida se dibujó en el rostro de la muchacha.
—Ha sido divertido, Korra. —Había un tono de crispación en su voz que hizo que Korra se encogiese de miedo. Korra las siguió, incapaz de decir nada. Asami consiguió en tres ocasiones que la señora Graves aflojase el paso para mirar hacia atrás, y en cada ocasión el gesto se volvía más distante al ver que Korra no decía nada. La señora Graves abrió la pesada puerta del despacho y empujó a Asami para que entrase.
—Vete a clase, Korra. Yo me ocupo de esto.
Korra quería que la puerta se cerrase de golpe para librarse de las maldiciones que seguramente Asami Sato lanzaría contra ella. Pero no ocurrió tal cosa. Vio cómo la puerta se cerraba lentamente. Y, como en un sueño, Korra se limitó a girar sobre sus talones y hacer lo que le habían ordenado. Ir a clase.
Hola, pues aquí esta otro capítulo se que los personajes estan un poco fuera de lo habitual. Pero bueno, espero que les guste aunque la verdad no se.
eso dependera de ustedes decirme si voy bien o no.
cuidense mucho y espero verlos pronto.
Que La Fuerza Los Acompañe...
